Tarde de agosto, por Erskine Caldwell

Cuando Vic Glober despertó, los oídos le zumbaban por causa del calor. Recién hacia media hora que se había dormido, y se preparaba a dar media vuelta para seguir la siesta; pero al abrir por un momento los ojos, vio sobre sus pies desnudos la cabeza lanuda y negra de Huberto. Levantó los párpados y los mantuvo así todo el tiempo que le fue posible, recibiendo en los ojos la luz enceguecedora.

Huberto se hallaba parado en el patio, junto a la galería, con una piña en la mano.

Vic le lanzó una maldición.

El negro volvió a pasarle la piña por los pies desnudos haciéndole cosquillas en las plantas, y retrocedió enseguida para ponerse fuera de su alcance.

– ¿Qué significa eso de pararse ahí, hacerme cosquillas?- le gritó-¿No encontraste otra cosa que hacer? ¿Por qué no vas a la plantación a matar esas larvas de los tallos? Si te quedas ahí sin hacer nada, no me van a dejar una sola planta de algodón.

– La verdad es que no quería despertarlo, don Vic, pero hay un hombre blanco que anda en busca de algo. No quiere decir qué, pero está allí sin hacer nada, esperando algo.

Vic se incorporó, despierto ya del todo. Se sentó en la colcha y se calzó los zapatos sin mirar hacia el patio. La reverberación de la arena blanca le daba directamente en los ojos, y no alcanzaba a ver más allá de la galería. Huberto tiró la piña y se hizo a un lado.

– Debe buscar camorra –dijo Vic – Cuando vienen y no dicen nada, y se quedan sentados, mirando, es porque buscan camorra.

– Ahí está, don Vic – y señaló hacia el lado opuesto del patio con un movimiento de cabeza-Está sentado contra aquel sauce, allí.

Vic buscó con la vista a Guillermina. Se hallaba sentada en el escalón más alto, al otro extremo de la galería, exactamente frente al forastero blanco. No miró a Vic.

– Para otra vez, ten más cabeza y no me despiertes cuando estoy haciendo la siesta. No es hora para andar levantado, en pleno verano. De vez en cuando necesito dormir un poco.

– Patrón, nunca lo hubiera despertado, sea la hora que sea, si no fuera por la señorita Guillermina que se está ahí sentada, mostrando todo lo que tiene de lindo, y ese hombre blanco que hace rato que afila un palito sin decir una palabra. Tengo miedo de que pase algo cuando ya no quede nada del palito ese, y ya le queda muy poco. Por eso lo desperté, don Vic. Ya queda muy poco del palito.

Vic dirigió una rápida mirada a Guillermina y luego se quedó observando al forastero, que se hallaba sentado bajo el sauce de su patio delantero.

El trozo de madera tenía ya el espesor del papel.

– Patrón –dijo Huberto descansando el cuerpo sobre el otro pie, con intranquilidad -, no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?

– ¿De qué lado vino?

– Yo no vi que viniera de ninguna parte don Vic. Levanté la vista, y ahí estaba él, sentado contra el sauce, afilando el palito ese. Creo que debo haber estado adormecido cuando llegó, porque cuno abrí los ojos, ya estaba allí.

Vic se deslizó por la colcha hasta que sus pies colgaron fuera de la galería. Apenas se sentó, el sudor le comenzó a correr por el cuello.

– Pregúntale qué quiere.

– No vamos a tener alboroto hoy día, ¿no es cierto don Vic?

– Pregúntale qué busca por aquí, te dije.

Huberto avanzó hasta casi la mitad del camino, hacia el sauce y se detuvo.

– Dice el señor Vic ¿en qué lo puede servir?

El hombre no contestó. Ni siquiera levantó por un instante la vista del palito que estaba afilando.

Huberto volvió a la galería. A cada paso que daba, se le agrandaba el blanco de los ojos.

– ¿Qué dijo?

– Todavía no dijo nada, don Vic. Parece como si no me oyera. Mejor será que vaya y le hable usted, don Vic. No me hace caso. Me parece que lo único que hace es estarse ahí parado mirado el peldaño de arriba, a la señorita Guillermina. Puede ser que si usted le dice a ella que se entre a la casa y cierre la puerta, él se decida a prestar atención a lo que le decimos.

– No tiene sentido mandarla adentro. Yo puedo hacerlo hablar. Pásame esa romana.

– Don Vic, le estoy tratando de explicar lo de la señorita Guillermina. La señorita se ha estado sentada ahí, en ese escalón alto, mostrando sus cosas lindas, y él estuvo mucho rato mirándola a ella, don Vic. Si usted no se opone, don Vic, yo que usted, creo que le diría a la señorita Guillermina que se fuera a sentar a otra parte. La señorita hoy no tiene mucha ropa puesta encima que digamos, don Vic. Eso es lo que he tratado de explicarle. Salí al patio hace un rato, para ver qué era lo que miraba tanto, y cuando digo que la señorita Guillermina tiene poca ropa puesta, quiero decir que tiene solamente ese traje delgado, don Vic. Usted mismo puede ir a mirar, para ver si miento o no, don Vic.

– Pásame la romana, te digo.

Huberto fue hasta el extremo de la galería y le trajo la pesada romana de hierro, que se usaba para el algodón. Luego retrocedió, dejando el paso libre.

– Patrón, hoy no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?

Vic se preparaba para saltar al patio, cuando el hombre que se hallaba bajo el sauce metió la mano en el bolsillo y sacó otro cuchillo. Tenía unas diez u once pulgadas de largo, y ambos lados del mango estaban cubiertos con cuero peludo de vaca; en uno de los extremos sobresalía un botón automático. El forastero lo apretó con el pulgar y la hoja saltó de la vaina. Comenzó a jugar con los dos, lanzándolos al aire y recogiéndolos en el dorso de la mano.

Huberto se corrió al otro lado de Vic.

– Don Vic, no es que quiera meterme en sus asuntos, pero me parece que usted se echó un fardo bastante grande cuando fue y trajo aquí a la señorita Guillermina. Me parece que ella más nació para niña de ciudad que de campo.

Vic le lanzó unas maldiciones.

– Yo le digo, don Vic, que usted debería conseguirse una mujer que no se sentara en un peldaño alto frente a un forastero, por menos cuando no se ha puesto más que un traje delgado encima, y nada más. Yo salí ahí afuera y miré a la señorita Guillermina, don Vic, y la señorita está tan desnuda como un pollo desplumado, menos una parte muy pequeña que vi.

– Cállate –Vic dejó la romana sobre la colcha, al lado suyo.

El hombre del sauce cerró la hoja del cortaplumas y lo guardó en el bolsillo. En cuanto al cuchillo con mango forrado de cuero de vaca, lo lanzó al aire y lo barajó fácilmente en la palma de la mano.

– Don Vic, usted dormía todo el tiempo, y no sabe lo que yo sé. La señorita hace ya rato que está allí, en ese escalón alto, mostrando las cosas lindas, y él lo tiene parado. Lo sé, don Vic, porque yo mismo salí ahí afuera y miré.

Vic lo maldijo.

El hombre del patio lanzó el cuchillo al aire y lo recibió junto a la espalda.

– ¿Cómo te llamas?- le preguntó a Guillermina.

– Guillermina.

Tiró nuevamente el cuchillo.

– ¿Y tú?- preguntó ella con una risita.

– Floyd.

– ¿De dónde eres?

– Carolina

Lo lanzó a más altura que en ocasión alguna anterior, y lo barajó mediante un hábil movimiento.

– ¿Qué haces aquí, en Georgia?

– No sé; echar un vistazo, nada más.

Guillermina dejó oír una risita ahogada, y le sonrió.

Floyd se levantó, cruzó el patio y fue a sentarse en el último escalón. Rodeó las rodillas con los brazos y miró hacia arriba, a Guillermina.

– No eres tan fea –le dijo-He visto muchas peores

– Tú tampoco estás mal. –Se rió con la risita ahogada, al mismo tiempo que apoyaba los brazos en las rodillas y lo miraba.

– ¿Qué te parece si te diera un beso?

– ¿Y a ti?

– No estaría mal. Creo que he dado muchos peores que este.

– Bueno, no lo vas a poder dar si sigues sentado allá abajo.

Floyd subió los escalones, apoyándose en pies y manos, y se sentó en el inmediato al de ella. Se recostó contra Guillermina, y le rodeó la cintura con un brazo; el otro se lo pasó bajo las rodillas. Entonces ella se deslizó hacia su escalón. Floyd la atrajo hacia sí, al mismo tiempo que con los labios hacía un ruido de succión.

– Patrón –dijo Huberto, encogiendo los labios-, hoy no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?.

Vic lo maldijo.

Guillermina y Floyd bajaron un peldaño sin aflojar el abrazo.

– ¿Quién es ese bobo cabeza-amarilla? –dijo Vic- Hay que tener tupé; venirse aquí a tontear con Guillermina.

– Usted no va a hacer nada que pueda armar alboroto, ¿no es cierto don Vic? Yo no quiero meterme en ninguna dificultad hoy día, don Vic.

Vic echó una rápida mirada al cuchillo de once pulgadas; estaba clavado en el peldaño donde el forastero apoyaba los pies. Se mantenía derecho sobre la punta, con sus veintidós pulgadas de alto, y la luz del sol se reflejaba en su brillante hoja, mancando en la pierna del pantalón de Floyd, una raya de luz.

– Anda y sácale el cuchillo, y tráemelo. No le tengas miedo.

– Don Vic, seguramente que me duele desilusionarlo pero si quiere el cuchillo de ese hombre blanco, va a tener que ir usted mismo. No tengo intención de que me corten de arriba abajo con ese aparato. Seguro que esta vez no puedo servirlo, don Vic. Si quiere el cuchillo de ese hombre blanco, tendrá que ir usted por sí mismo, don Vic.

Vic lo maldijo.

Huberto retrocedió hasta el extremo de la galería. A cada rato miraba hacia atrás, para tener bien presente el lugar en que estaba el tronco del plátano; se hallaba entre él y el bosquecillo de pinos más allá del algodonal.

Vic lo llamó, ordenándole que volviera. El negro lo hizo lentamente, apareciendo en la esquina de la galería; se paró a pocos pasos de la colcha en que se hallaba sentado su patrón. Le temblaban los labios, y se le había dilatado el blanco de los ojos. Le ordenó que se acercara, pero él no quiso avanzar ni una pulgada más.

– ¿Qué edad tienes? – preguntó Floyd a Guillermina.

– Quince

Sacó el cuchillo de donde estaba y lo clavó más profundamente en el mismo lugar.

– ¿Y tú cuantos tienes?

– Alrededor de veintisiete.

– ¿Eres casado?

– Actualmente, no –le respondió él- Y tú, ¿cuánto hace?

– Unos tres meses.

– ¿Te gusta?

– Hasta ahora si.

– ¿Otro beso?

– Recién te di uno.

– Me gustaría darte otro.

– En realidad, yo no debería dejarte que me beses otra vez.

– ¿Por qué?

– A los hombres no les gustan las muchachas que besan demasiado.

– No soy de esos

– ¿De qué tipo eres?

– Me gustaría darte muchos besos.

– Si, pero si te dejara hacer eso, después te irías enseguida.

– No. Me quedo para otra cosa, además.

– ¿Para qué?

– Para que me des lo que falta.

– A lo mejor me haces daño.

– No te va a doler.

– ¿Y si duele?

– Vamos adentro a tomar un trago, y te voy a demostrar.

– Tendremos que ir a la vertiente a buscar agua fresca.

– ¿Dónde está?

– Cruzando el campo, en aquel monte.

– Bueno –dijo Floyd incorporándose-. Vamos.

Se agachó y arrancó el cuchillo. Guillermina bajó corriendo los escalones y cruzó el patio. Cuando él se dio cuenta de que no tenía intenciones de esperarlo, corrió detrás, sosteniendo los cuchillos en el bolsillo con una mano. Ella iba adelante, guiándolo a través de la plantación de algodón, hacia la vertiente del bosquecillo. Poco antes de llegar, la tomó del brazo; corrieron uno al lado del otro el resto del camino.

– Patrón –dijo Huberto, con voz temblorosa -, hoy no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?

Vic lo maldijo.

– No quiero que me maten en un montón de dificultades, y que a lo mejor me abran en dos con ese cuchillo grande y peludo. Si usted no se opone, creo que voy a irme a casa ahora, a cortar un poco de leña para la cocina.

– Ven acá. Quédate donde estás, y déjate de hacer maniobras para escaparte.

– ¿Qué estamos por hacer, don Vic?

Vic se dejó caer de la galería y cruzó el patio. Se detuvo bajo el sauce, y miró el suelo en el lugar en que Floyd había permanecido sentado; luego dirigió la vista hacia los escalones de la galería. El calor meridional se filtraba entre las escasas hojas del árbol; el aire caliente que respiraba le quemaba la boca y la garganta.

– ¿Tienes una escopeta?

– No, señor patrón.

– ¿Por qué no? Justo cuando necesito una, tú no la tienes. ¿Por qué no guardas una para tenerla siempre a mano?

– No sé para qué, don Vic. Solía tener una para matar conejos y ardillas, pero un día me puse a pensar, y la vendí en la primera ocasión que se me presentó. Creo que hice muy bien en venderla. Si la tuviera, me la estaría pidiendo a cada rato, como ahora.

Vic volvió a la galería, recogió la romana y martilló el suelo con ella. Después que hubo dado unos cuatro o cinco golpes, la dejó caer y partió en dirección a la vertiente. Caminó hasta donde terminaba la sombra, en el patio, allí se detuvo. Permaneció un momento escuchando.

Se oía a Guillermina y a Floyd, que estaban en el monte. Floyd le decía algo a Guillermina, y ella se reía ruidosamente. Se produjo un silencio que duró varios minutos y luego rieron otra vez. Vic no podía distinguir si ella reía o lloraba. Ya iba a dar media vuelta para volver a la galería, cuando oyó un fuerte grito. Fue como un alarido, pero no exactamente; como un chillido, pero tampoco precisamente eso; más bien como una persona que riera y llorara a la vez, en un tono agudo y excitado.

– ¿De dónde vino la señorita Guillermina, don Vic? ¿De dónde la trajo?

– De allá abajo, cerca de aquí.

Huberto escuchó los ruidos que llegaban del pinar.

– Patrón –dijo, después de un momento-, me parece que no fue a buscarla lo suficientemente lejos.

– Si, fui lo suficiente. Si hubiera ido más allá, me habría encontrado en Florida.

El negro encogió los hombros varias veces, mientras alisaba la arena con sus zapatos de anchas suelas.

– Don Vic, yo en su lugar, la próxima vez iría hasta allá, y tal vez más lejos todavía.

– ¿Qué quieres decir con “la próxima vez”?

– Y, estaba pensando que la vez no la dejará más tiempo aquí, don Vic.

Vic lo maldijo.

Huberto levantó varias veces la cabeza y trató de mirar sobre la plantación hacia el pinar.

– Cállate y no te metas en lo que no te importa. La voy a tener hasta que se me dé la gana. ¿Dónde crees que voy a encontrar una muchacha más linda que Guillermina?

– Patrón, no pensaba en si es linda o fea, sino en lo que hace. Vino ese blanco y se sentó aquí y no pasó un momento y ya ella lo tenía con el pájaro parado.

– Se porta así porque es muy chica todavía para saber que no debe tontear. Con el tiempo va a comprender mejor las cosas.

Huberto cruzó el patio detrás de Vic. Este se dirigió a la galería, y el negro se detuvo junto al sauce y se apoyó contra él; desde allí, casi alcanzaba a mirar sobre el algodonal hacia el monte de pinos. Vic subió y se tendió sobre la colcha. Se sacó los zapatos y los tiró a un lado.

– Por Dios que yo lo sabía; algo iba a pasar después que acabara de afilar ese palo –se repetía Huberto-. Los blancos demoran bastante en afilar un pedacito de madera, pero cuando terminan no queda nada, se levantan y hacen algo antes de que pase mucho tiempo.

Vic se incorporó.

– Oye Huberto…

– Si, señor patrón.

– Ten el ojo alerta sobre esa romana; que no se mueva de donde está, y cuando vengan de vuelta por la huella, me despiertas enseguida.

– Si, señor patrón. ¿Está por hacer una siestita?

– Si. Y si no me despiertas cuando vuelvan, te voy a retorcer el pescuezo.

Se acostó nuevamente sobre la colcha y se dio vuelta sobre un costado, para no recibir la resolana en la cara.

Huberto se rascó la cabeza y se sentó, apoyándose contra el árbol, cara a la huella que venía de la vertiente. El ronquido del patrón sobrepasaba los ruidos que, a intervalos, llegaban del bosquecillo situado más allá del algodonal. Permaneció sentado mirando la huella, somnoliento, canturreando por lo bajo. Faltaba mucho para la puesta del sol.

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