Georgette y el general (de “El país del humo”) por Sara Gallardo

Esta historia cuenta cómo un buen pensamiento transformó un edén en un desierto.

El desierto puede ser visto por cualquiera que se asome a la ventanilla del tren unas estaciones después de Chajáes.

Vi el edén en mi infancia. La casa blanca, el jardín. Plátanos de tronco manchado llegaban hasta el agua. Su balcón, que ahora falta, y las puertas, que ya no están. Aquel primor hacía pensar menos en un establecimiento de campo que en el costurero de una dueña prolija. Alguien preguntó de quién era. Alguien chistó.

Georgette era una muchacha que el general Narváez se trajo de Francia. Lo francés hacía furor. De un viaje había que traer jabones, ropa, libros, cocineros, zapatos, perfumes, pianos, quesos, sombreros, sábanas, institutrices, guantes, vinos, y quien pudiera, una muchacha. En la actualidad todo se consigue bastante bien aquí.

Era especialmente encantadora, no sólo por sus hoyuelos sino porque todo le parecía bien. Habrá sonreído ante la perspectiva de instalarse en el campo. Lo inevitable puede aceptarse también sin sonreír.

El general pasaba la mayor parte del año volviendo magnífica una estancia, hoy famosa. Las avenidas se han vuelto tan bellas que verlas dan ganas de llorar. Hasta sus pájaros desdeñan a los otros sin que nadie piense en discutirles el derecho. Con franqueza, el mayor monumento a la gloria del general es esa estancia. En atención a los bronces que pueblan el país y a las chapas de esmalte azul con su nombre en las calles omitiré decirlo. De cualquier modo, poco papel tiene la estancia en esta historia, si no fuera porque la casa de Georgette quedaba a tres leguas de allí. Algo más de una hora de galope.

Se instaló en un revuelo de baúles. Qué habrá pensado de una llanura tan grande, no sabemos. Conocía los bifes y los monumentos a los próceres. Habrá comprendido.

El general era el más civil de los hombres. Hubiera considerado un mínimo error en su francés una derrota imperdonable. Las sufría. Riendo, ella lo corregía. Nada grave, matices. Lo pasaban tan bien como si nunca hubieran salido de París.

La casa de Georgette era en relación con la estancia como la pluma que deja el cisne al nadar. Quien las viera desde el aire, como ocurría diariamente a las cigüeñas, no podía dejar de pensar en un potrillo blanco que sigue a su madre. Vistas desde el suelo tenían menos vínculos. Una ballena incomparablemente grande y matizada durmiendo al sol, y un bote. Un continente poblado de razas, y una isla.

De perezosa, Georgette se volvió activa. La primera cosecha de huevos dio origen a cierta omelette surprise que motivó bromas picantes. Inventó arreglos de flores para la casa. Si alguien, en verano, sirve cerezas mezcladas con jazmines sepa que ella lo hacía.

Viéndola trabajar, el general la llamaba ma petite abeille. Cuando venía del tren le traía regalos, ella se alegraba. Cuando venía de la estancia le hablaba de arces, álamos y alisos, ella se aburría. Pero nadie disimuló mejor el aburrimiento; mentón en mano, ojos brillantes, pensaba en otra cosa. Después surgían recuerdos de abuelos abanderados en los Andes, del general en persona, catástrofe del indio. Ella recordaba: era un héroe. Se encendía.

De no ser por Obarrio hubiera sido el paraíso. Obarrio había servido a las órdenes del general. Se cuadraba para hablarle. Usaba pelo al hombro, vincha y chiripá. Era el capataz de Georgette. Benévola hacia los hombres desde la infancia, no podía mirarlo sin espanto. El general le había contado cómo, terminada la batalla de Los Pasos, se había demorado a contemplar desde el caballo la llanura; muertos, caballos sin dueños, ruidos. Vio a un hombre a pie entre los restos. Pensó en un ladrón. Se inclinaba sobre los caídos. Les alzaba la cabeza por los pelos. Los degollaba. Cumplido el requisito montó y partió. Era Obarrio.

Inútil que el general explicara a Georgette qué es un gaucho. Inútil que ella pidiera otro capataz. Obarrio solía rascarse un brazo. Ella no dudaba de que la sangre vertida le escocía. Nunca llegó a comprender que las gargantas tratadas por su capataz no le habían merecido pensamientos ulteriores.

En el tren de las seis solían llegarle cajas atadas con moños. Aparecían blusas, enaguas con cintas, un chal. El viento llenaba la casa de un olor a ovejas. Sonreía frente al espejo.

La primera fisura en su reinado se produjo un verano. La familia del general se instaló en la estancia. Pasó días y noches sola. A veces lo veía aún. Llegaba .ti atardecer oliendo a agua de colonia.

Mientras fue ministro dejó de verlo durante meses. Cuando empezó la campaña para la presidencia no lo vio más. Fieles, aliados, adulones llegaban a la estación por docenas. Una noche, un grupo que había bebido champagne dobló en volanta por la huella de su casa y le ofreció la más desagradable de las serenatas. Obarrio dio vuelta los caballos, los sacó a rebencazos. Georgette no saibó por días.

Brillante fue la presidencia del general. Pero Georgette no se interesaba por la política.

Engordó. Aquel rizo que siempre escapaba de sus peinados dejó de escaparse. A veces, sentada ante el piano, hacía sonar una nota.

Se entregó al orden. Un grano de polvo era un drama.

Quedó la cocinera. Quedó Obarrio. Una vez por año él se iba. Adónde. A beber sangre en tierra de indios según la cocinera. Qué sangre, inquiría Georgette temblando. Fresca, de yegua, que salta a la boca desde el pescuezo en un chorro que crece y decrece con el latir del corazón. Pasado un mes volvía, saludaba, soltaba sus caballos. Se ponía a trabajar.

Georgette sufría desmayos. Hacía llamar al médico del pueblo. El peón partía al galope. La fiebre la vencía. El muchacho de la farmacia llegaba en un zaino, los vidrios de las ventosas sonando en la alforja. Ambos, el médico y el muchacho, acudían con solicitud, se retiraban soñadores.

Empezó a hablar en francés sentada en un banco del jardín. Un día alzó los ojos y vio ante sí al degollador de Los Pasos. Un dedo negro emergía de sus botas de potro. Le pidió una cerisette. El traía un cordero en los brazos. Se lo ofrecía para criarlo. No comprendió aquel ceceo gauchesco. El no entendía francés.

Murió una tarde, en su cama imperial. El acolchado de taffetas se correspondía con el poniente rosa. Su fantasma se levantó. La vio, despeinada, dormida. Vio la casa, el piano, la cocina. Vio los caballos en el palenque. Vio un diamante, una estrella, un lirio, creyó verlos. Era el amor de Obarrio. Amor por ella.

Suspendida en la casa recorrió los armarios, las flores que quedaban. Un anhelo por irse, una ansiedad por estar, su destino entraba y salía en ella haciéndola persistir en su zozobra. Temblaba como el corcho de un hilo invisible en un agua invisible.

El presidente de la República jugaba al croquet con sus hijas. Era su mes de vacación. Bajo los árboles una muchacha le sonrió, hoyuelos que variaban en los claroscuros del sombrero de paja; era rubia; un rizo se escapaba de su peinado; como un vuelo de abejas, un recuerdo de besos la envolvía. El general corrió bajo las ramas. El grito de una hija lo detuvo. Se volvió con una sonrisa estática. Estaba a punto de caer en un canal que las lluvias habían vuelto profundo.

Comenzó la decadencia del general. A partir de esa hora perdió la calidad de acero de su mente. En conferencia con los gobernadores se interrumpía para pedir un bombón de licor. El país esperaba un gobierno comparable al primero. El vicepresidente se esforzó por complacerlo. Nada resultó como es debido. De todos modos, el general ya había entrado en la historia. Y la historia no le imputó aquel fin.

Nadie sabía el apellido de Georgette, el general lo había olvidado, en la tumba se puso Georgette y una fecha.

Quedó sola, flotando por la casa y el jardín. Persistió su pasión por el orden. La casa tomó ese esplendor anormal. Ni una pluma fue llevada por el viento, ni una hoja entró por la ventana del salón durante años. Corrían rumores, no se encontraba personal. El edén persistía.

Terminó al medio siglo. Cuando una hija del general, aquella que lo corrió el día del croquet, cumplió ochenta años. Con ese motivo tuvo un buen pensamiento. Hizo rezar una misa a la intención de los miembros vivos y difuntos de la familia de Narváez y de todos cuantos tuvieron algo que ver con ella. Los méritos de la misa son infinitos. Los beneficios alcanzaron y sobraron. Alcanzaron para mucho más de lo imaginado por la hija del general. Alcanzaron a los peones que cavaron pozos para los árboles de su estancia, a los indios que exterminó y a los soldados que mandó. A los aliados y a los enemigos. A Obarrio, a la cocinera, al médico del pueblo y al muchacho de la farmacia. Me alcanzaron a mí, que lo cuento, y a ustedes, que lo leen. Alcanzaron a Georgette.

Esa bendición cayó sobre su ánima. La zozobra se quebró como un vidrio. Una rendija pareció mostrarse. Por ella se coló. Y entró en la paz.

Y la casa se dejó estar. Las hojas pudieron avanzar sobre las avenidas, la glorieta se pudrió, las avispas se instalaron en las arañas. Se desplomó el balcón; perdió las puertas. El edén se hizo desierto.

Allí está. Puede ser visto por cualquiera que se asome a la ventanilla del tren unas estaciones después de Chajáes.

Comments are closed.