19 de diciembre de 1971, por Roberto Fontanarrosa

Yo sé que ahora hay muchos que dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que le hicimos al viejo Casale. Yo sé, nunca falta gente así, pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo. Ahora es fácil hablar al pedo, ahora habla cualquiera.

Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario esos días anteriores al partido. Y te digo esos días, desde semanas antes se venía hablando del partido, la ciudad era una caldera. Porque eso era lo que era la ciudad: una caldera. Claro, los que ahora hablan son estos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando, en pedo, a los gritos y después, ahora te salen con que son… ¡qué son! ¿moralistas?… De qué se la tiran, hijos de mil putas.
Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar, pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hermano. Prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa, en los boliches, en la calle, en cualquier parte, saltaban chispas, pero te lo juro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas, o mejor dicho, de los maleficios. Hay que entender que no era un partido cualquiera hermano, era una final, final.
Pero no era un final, final, era una semifinal. El que ganaba después venía a jugar a Rosario y le ganaba a cualquiera, fuera Central como Newels. Acá le hacía la fiesta a cualquiera.

¡Y cómo estaban los lepra! Ellos tendrían que acordarse ahora, los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale. No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra, ¡no se acuerdan ahora! Había que aguantarlos, ¡porque se corrían una fija! ¡Pero una fija se corrían, hermanito! Que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo se pensaban que nos iban a hacer la colita, sino que además nos iban a meter cinco en el monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la puta madre que los parió! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco goles estos culo roto!
La verdad hermano, con una mano en el corazón, ¡tenían un equipazo! ¡Un equipazo de padre y señor mío! ¡Hay que reconocerlo! Jugaban y daba gusto, buen toque, te abrochaban bien abrochadito. Marito Zanabria, el Mono Oberti. Dios querido, el Mono Oberti, ¡qué jugador! Silva, el que era de Lanús, el albañil, Montes de cinco, Santamaría, el cucurucho. Qué se yo, ¡era un equipazo! Un equipazo, hay que reconocerlo. Y la lepra se corría una fija. Sabés cuántos había en la ruta el día del partido. Yo no sé. Eran miles, millones. Yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. ¡Si son cuatro gatos locos! Y de golpe para ese partido aparecieron como hormigas, de abajo de la tierra, esos desgraciados. ¡Todos fueron!
¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces oíme. ¡Había que recurrir a cualquier cosa! Hay partidos que no podés perder, ¡tenés que ganar o ganar! ¡No hay tutía! Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que tenía que hacer cagar a Kennedy, ¡me daba lo mismo hermano! ¡Hay partidos que no se pueden perder! ¡Y qué! ¡Te vas a dejar basurear por estos soretes! ¡Para que después te refrieguen y te pongan la bandera por la jeta toda la vida! No, mi viejo. Entonces hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo viste. Tu vieja por ejemplo. Que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia, viste.

Y te digo yo, esa vez no fui a la iglesia. No fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos que si no te aseguro que me confesaba. Y todo si servía para algo. Pero con los muchachos nos enganchamos con la cuestión de la brujería, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Newels. Y de todas esas cosas de que siempre se habla.
Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con la camiseta de Newels clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja, que no manya nada de todo esto, tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de esos de Pilato, Pilato, si no gana Central en Ríver no te desato. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella. Pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale. Pero yo le decía que sí, para no desilusionarla a la pobre vieja.
Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales. Ya había tipos que lo estaban haciendo y además el partido era en el Monumental. Y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con 30 cadenas y no te saca ni Dios después, hermanito.
Entonces me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso, y veníamos y veníamos. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani, porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata, en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero.
Yo iba a llevar por supuesto el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos, y no me había fallado nunca el gorrito ese. A ese lo iba a llevar. Era un gorrito milagroso. El Cuqui iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha, no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo, porque íbamos perdiendo, y con eso empatamos.

O sea todo el mundo repasó todas las cábalas posibles, como para ir bien de bien, no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra. El boludo de Michi decía que él había estado detrás del Valija, y el Miguelito porfiaba que era él el que había estado detrás del Valija. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido. Para que veas cómo venía la mano en esos días. Sabés qué te lleva eso, hermano, sabes qué te lleva a eso: el cagazo. El cagazo, hermano, te lleva a hacer cualquier cosa. Como lo que hicimos con el viejo Casale. Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo. Nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro. No podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Bueno, te juro que si perdíamos, agarrábamos el Ciudad de Rosario y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre. Pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo.
Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola, y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más, porque es loco. Así que yo le creía.
¡O hacerse trolo! Y a otra cosa, mariposa. Darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa, pero te digo, nadie quería ni siquiera oír hablar de esa posibilidad.
Ni se nombraba la palabra derrota. Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen la papa, o tiene otra cosa, algo malo, pero el cangrejo, mi viejo, ¡no te lo nombra nadie!
Y ahí fue cuando sale a relucir lo del Viejo Casale. Era el padre del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros. Pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo. Lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos que en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca pero nunca lo había visto perder a Central contra Newels. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio, vos te preguntás, cómo carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Newels. ¡Qué mierda hizo! ¡Este coso no va nunca a la cancha! Porque, oíme, alguna vez lo tuviste que ver perder. A menos que no vayas a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así. Que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida.

Y me acuerdo que le preguntamos eso al viejo. Y el viejo nos dijo que no. Y nos explicó que él iba siempre, un fana de Central que ni te cuento. Pero se había dado, qué se yo, una serie de cosas, de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Newels él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo, ni se acuerda él. Que estaba de viaje por Misiones, el viejo era comisionista. Que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar. Que estaba engripado. Otra vez le dolía un huevo. ¡Qué se yo! La verdad hermano, la posta era que al viejo nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos había ganado. ¡Era un privilegiado el viejo! Y además un talismán. Porque así como hay tipos mufas que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto, tu equipo gana. ¡No es joda! Y el viejo Casale era uno de éstos. De los ojetudos.
Entonces ahí nos dijimos: este viejo tiene que estar en el monumental contra Newels, no puede ser de otra forma, tiene que estar. Claro, dijimos, seguro que va a estar. Si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda, viste. Porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo. Te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver en la cancha. Ni en la calle, ni en ninguna parte. Además el viejo ya estaba bastante veterano, porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus 60, 65 los tenía por debajo de las patas.
Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito, decimos, vamos a la casa del viejo a asegurarnos que vaya y si no lo llevamos atado. Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué se yo, nosotros no sabíamos. Ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, o una kermés, cualquier cosa, el viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.
La cuestión es que vamos a la casa y a que no sabés con la que nos sale el viejo. Que andaba mal del bobo, que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha. Nos sale con eso. Que no, que había tenido un infarto en no sé qué partido, un partido de mierda, después de una pelota que pegó en el palo. Que había estado muerto como media hora. Que lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore. Y que no había clavado las guampas de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a una cancha desde hacía ya, mirá, no sé lo que te digo, dos años, dos años y medio. Y no era sólo que el no quería ir sino que el médico y por supuesto la familia le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, para que no le pateara el bobo. Porque parece que el viejo escuchaba cualquier cosa demasiado fuerte y se moría. ¡Tan jodido andaba! Vos le hacías ¡Uuuuuhhh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! ¿Te imaginás, nosotros, la desesperación? ¡Porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno hermano! Era un anuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires.
Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo. A convencerlo, a decirle: pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal del cuore usted! ¡Si se lo ve cero kilómetro! ¡Vamos Casale!
Me acuerdo que lo jodía Miguelito y le decía: “¿Cuántos polvos se hecha por día?” “Usted está hecho un toro”. Pero el viejo ni mierda, en la suya, que no y que no. Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Newels tenía un equipo de mierda y que ya a los 15 minutos íbamos a estar 3 a 0 arriba, y que el partido era una mera formalidad. Que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. ¡Pero el viejo nada! Una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, la madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión. Porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno.

En resumen, que el viejo nos dijo que no. Que ni loco. Que ni siquiera sabía si iba poder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, ¡aún sin escucharlo! Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era. Sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo: ese día bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego. ¡No quería ni escuchar los bocinazos el viejo! “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a él no le importa nada el fútbol y ahí paso el día sin escuchar radio ni nada.” Porque el viejo decía, y tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír. ¡Pobre desgraciado! Y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar a la quinta de ese hermano que tenía para borrarse del asunto. Muy bien.
¡Te digo que salimos de allí hechos bosta! Porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi ya era un dato seguro que éramos boleta. Para colmo al Valija, el día anterior, le había caído una tía del campo. Y él se acordaba que en un partido que perdimos contra San Lorenzo esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Sí, no te asustés, decidimos lo del secuestro.
Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad. Que el viejo se nos iba a morir en el viaje o en la cancha. Y que después se iba a armar un quilombo. Que íbamos a terminar todos en cana. Y que además eso era casi un asesinato.
Pero al Dani mucha bola no le dimos, porque siempre ha sido un exagerado. Y más que un exagerado, medio cagón, el Dani.
Pero nosotros estábamos bien decididos. Y más que nada, por una cosa que dijo el Valija. El viejo estaba diez puntos, había tenido un infarto, tenés razón. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos lo ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse dentro de un ropero o no ir a la cancha. O dejar que te rigoree la familia, como la esposa, y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros, que se ve que lo querían hacer durar al viejo como mil años para sacarle la guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito, y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno.
Con casi sesenta años, no te digo que parecía un pendejo, pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, se movía, qué se yo, chupaba… Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita. No te digo un vasazo, pero su medidita se mandó. La cosa que el Miguelito elaboró una teoría que, te digo aún hoy, no me parece descabellada.
El viejo era un turro hermano, un turro que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien. Y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el verso del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey. La tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él viviendo como un bacán el viejo. ¿Y de qué se privaba? De algún faso. Que no sé si no fasearía a escondidas. Y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Mónaco, el otario.
Bueno, con ese argumento y con lo que dijo el colorado, se resolvió todo. El Colorado vino y habló clarito. Nos habló de los grandes ideales. De nuestra misión frente a la sociedad. De nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que para nosotros eso era verdad. Iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados. Que habíamos tenido lo nuestro. Y que de última teníamos experiencia en malos ratos y en fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, iban a tener de por vida una marca, que los iba a marcar para siempre como un fierro caliente. ¡Las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela! Los iban a destrozar. Les iban a pudrir el bocho para siempre. Iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa. Disminuidos ante los leprosos. Temerosos de salir a la calle, de mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano. Porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo. Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita. Y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama, porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de la lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son crueles. No viste cómo descuartizaban bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas. Son hijos de puta los pibes en ese sentido. Lo que decía el colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa. Que por la cagada de cuatro reverendo hijos de puta que empeñaron el país la tenemos que pagar todos. Y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido.
Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos newelistas. Estaba también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo. Son así, son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Newels, ¡a la mierda! De ahí en más todos los pibes se hacían de Newels, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarle del Gitano Juárez, del flaco Menotti ni comprarle la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que Ríver sale campeón y se hacen de Ríver. Son así. Y en ese momento no era como ahora, que mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces cuando van al chiquero del parque, por mejor equipo que pueda tener Newels, los pibes piensan: ¡Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria! Y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos, y vos ves que ahora, los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Newels y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época. Los pendejos son más materialistas. Yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.

Entonces la cosa estaba clara. Había que secuestrar al viejo Casale. Y si no aguantarse que quince o veinte años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos, nacidos después de ese partido. Y esto hoy sabés lo que sería. Beirut sería un poroto al lado de esto, te lo juro hermano.
El que organizó la “Operación Eichmann”, como la llamamos, fue el Colorado. La llamamos así por ese general alemán torturador que se chorearon de acá una vez los judíos, viste. Y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado era un tipo muy cerebral, le carbura bien el bocho, y el organizó todo. El Colorado para ese entonces ya no estaba en la OCAL.
La OCAL, no sé si sabés, es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, es Organización Canalla Anti Lepra. Son un grupo de ñatos como el Klux Klux Klan, más o menos. Que tienen reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones. O si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá, yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro tenés que odiar a la lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central. Hacen reuniones, escriben el libro de actas. Piensan maldades contra los lepra. Festejan fechas patria de partidos que le hemos ganado, tienen himnos. Son como esos tipos, los masones, esos que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas.
Bueno, de la OCAL al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo. Pero es un bocho el Colores. Y él fue el que organizó todo el operativo. Y te la cuento porque es linda. No sé si un día de estos no aparece en el Selecciones.
Averiguamos que ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al 1400, lo único que lo dejaba, por ese entonces si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis y Paraguay o San Luis y Corrientes. No más allá de eso. A menos que fuera un pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño, que no sé para que mierda iba a hacer eso. Ahora la duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto. Porque si se iba en auto nos recagaba. Pero nos jugábamos a que iba a ser en ómnibus.
Porque auto no tenía. Y seguro que el hermano tampoco tenía, porque debía ser un muerto de hambre como él seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien tempranito para no infartarse con las bocinas. O sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestro para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego, porque después cómo llegamos nosotros a Buenos Aires, para la hora del partido, con el quilombo que era la ruta, y en un ómnibus de línea. Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires. O sea que la cosa estaba clavada, era posta posta. Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo. Además le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colorado manejó la cosa como un capo, un maestro.
El asunto era así: el Rulo es un amigo fana de Central, que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo, y en esa época tenía un par de coches de la 305. Tuvimos un ojete así de grande. Porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué se yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305. Y con uno de esos ya tenía pensado pirarse para el monumental el día del partido. Y más bien que se llevaba como 900 o 1000 monos que iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió. No iba a perderse el partido ese. Entonces el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha por España estacionadito. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en el boliche de ahí cerquita. Desde donde veía la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco de la matina ya estaba el Miguelito apostado en el boliche, haciéndose el boludo, junando para la casa del viejo. Te juro que ni los Tupamaros hubieran hecho un operativo como este, hermano. Fue una maravilla.
Apenas vio que salía el viejo, con una canastita, donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso el pobre viejo, el Miguelito casó una Vespa que tenía en ese entonces. Dio vuelta la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.
Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pibes, de estos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sota. Que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulóver, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.

Te digo que aquél día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además el quilombo había sido guardar todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta, que medía 52 metros, loco. Media cuadra de bandera que decía: “Empalme Graneros, presente”. Y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el viejardo no la bichara.
La cosa es que el viejo subió medio dormido. Se sentó en uno de los asientos de adelante, que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Nadie se hablaba, como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla.
La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto, con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza, como diciendo “mirá vos”.
Se ve que tenía ganas de hablar. Pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de esas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus, hermano. Como cuando se muere algún ñato, viste, que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido, y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo: “En la esquina, Jefe”.
Y yo no sé qué le dijo el Rulo. Algo de que ahí no se podía parar, de que estaba cerrado el tránsito, de que había que seguir un poco más adelante. Y el viejo se la comió. Pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, de nuevo el viejo: “En la esquina”, le dijo. Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano, ¡vos no sabés lo que fue! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo. Y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por las ventanas. Y a los gritos, hermano: “¡Soy canalla, soy canalla!”, por las ventanas.
Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo la cara que puso, mirá, no te la puedo describir con palabras, sino para afuera mirábamos, porque los grone, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí, sin gritar ni armar quilombo para no deschabarse con el viejo. Pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos, a golpear las chapas del costado del ómnibus. Y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los chorros van a asaltar una carreta, donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro, haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, bocinas, bocinazos, cornetas, una joda.
¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta, esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar. Eso era conmovedor. Te saludaban, gritaban, levantaban los puños. Por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo.
Pero vuelvo al viejo. No sabés la caripela del viejo. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos, este es el momento crucial. Ahí el viejo cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y gritaban. No lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular ni una palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy, ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca, llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto, porque, qué se yo, te da un poco de asco. ¡Además con un viejo!
Pero mirá, te la hago corta. Cuando el viejo vio que no había arreglo, que no había posibilidad que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó. Pero entregó, entregó, eh.
Porque al principio nosotros nos acercamos y nos reputió. Nos dijo que éramos unos irresponsables, asesinos, que no teníamos conciencia, que era una vergüenza. Qué se yo todo lo que nos dijo. Pero después cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto. Que estaba hecho un toro. Que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa. Y empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano. Y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.
Mirá, hermano, y creéme porque es la pura verdad, qué intención puedo tener en mentirte hoy por hoy.
Mucho antes ya de entrar en Buenos Aires, ese viejo era el más feliz de los mortales. Te lo digo yo, y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía factura, gritaba por la ventana. ¡Y a la cancha se bajó envuelto en una bandera!
No había en la hinchada un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu. Se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió. Y después se bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo yo lo busqué, lo busqué, porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas.
Pero después miré para el lado del viejo y lo ví abrazado a un grandote en musculosa casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Que si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refucilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé qué tenía el flaco Menotti que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡Qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo.

fontanaY ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante. Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos: ¡Qué importa! ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! ¡Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.

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