El cuerpo detrás de la palabra

Eduardo Naranjo

Por más que pensemos, disertemos, soñemos, el cuerpo insiste en estar ahí. Hay una resistencia que lo incluye como una alianza tensa. Sobre cualquier espejo, la escritura caotiza el cuerpo al nombrarlo. No quiere dejar de ser conexión de deseos, conjunción de flujos, barómetro de intensidades.  El cuerpo nunca está, niega pronombres tras un vidrio esmerilado.

El cuerpo cumple una función, que no siempre es la misma. Ajeno a nosotros, cuando comienza a comportarse de otra manera nos resulta más extraño todavía. El cuerpo de la escritura despliega preguntas que ahora tienen otra respuesta, algunas que ya conocemos, otras que nos sorprenden, las más, que no queremos escuchar.

Con todo, el cuerpo siempre está,  y es otro. En eso se parece a la muerte. Un dolor sin nombre lo habita, lo llena de silencios.

Sin embargo, es la palabra, con su doble juego de abrir o ceñir quien marca la identidad de un cuerpo a través del relato. identidad que, aunque repita la exacta distribución sucesiva de los significantes empleados,  jamás podría ser repetido en ningún otro lugar. Es otro y es él mismo. En todos los textos que asisten al mismo texto, o en todos los cuerpos que asisten a un mismo cuerpo, hay  una cantidad de palabras despejadas de la decisión de ocupar un sentido dentro del conjunto en el que están asociadas.

Desarmar y armar como una masa de plastilina, el cuerpo, la palabra para  conformar un todo único, con la dificultad con que se encuentra el lector frente a una manufactura que los interpela constantemente.

Redacción Tantalia