Miguel de Cervantes

Las letras de habla hispana implican casi como punto de partida a Miguel de Cervantes Saavedra, no solo por su obra máxima, “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, sino también por el resto de su producción que incluye relatos, poesía y obras de teatro.

A cuatrocientos años de su fallecimiento, sigue siendo evidente la revolución que supuso el Quijote en el campo estilístico de la narrativa, dejando una huella no solo en España sino también en el resto del mundo. Se trata de la obra más traducida después de La Biblia. En ella se privilegia y representa la lectura como parte activa y constitutiva del texto. La parodia, junto a los ricos juegos de contraste, da al texto el carácter barroco que lo ha caracterizado.

Sin embargo, y a expensas de las categorías normativas al uso y abuso de teorías literarias, filológicas históricas y cualesquiera se plazca mencionar (en verdad, Cervantes y puntualmente su Quijote, configura una suerte de vale todo para regocijo de los especialistas de toda laya), un rezumo inquietante palpita en la dermis de la letra cervantina. Una letanía acaso silenciada por las texturas casi cripticas de una lengua castiza encallada en modos ya perimidos, y que propicia el prejuicio, apresura el juicio y suscribe una condena casi descarada: no hay lector contemporáneo para semejante tótem literario.

Una letanía, que incesante e inaccesible a la banalidad de la época, prosigue batiendo su parche. En el preciso corazón del prejuicio, del juicio y de la condena.

Tantalia