Macedonio Fernández

macedoniofernándezpintura¿Quién es hoy para nosotros, Macedonio Fernández? ¿El nombre de un escritor legendario que vivió retirado del mundo como un Diógenes moderno sin necesitar prácticamente nada, el principal impulsor de una forma de escritura que se perpetuaría en Borges, Marechal, Cortázar y Onetti, o simplemente un personaje excéntrico que tocaba la guitarra, tomaba mate, llegó a pesar menos de cincuenta kilogramos y cambiaba de pensiones continuamente? Macedonio hoy es casi un punto de partida, un origen, un comienzo (como a él mismo le hubiera gustado) de algo que tuvo repercusiones y bifurcaciones insólitas dentro de la literatura argentina del siglo XX.

Macedonio ha creado una forma de escritura que abandona la mímesis definitivamente, para poner a la misma escritura frente a un espejo, haciendo de ella un rito interminable que nunca llegó a desembocar en la publicación. Macedonio era capaz de vivir de sus propios interrogantes, asediarlos desde su propia existencia. La circulación o no de su obra era un problema menor para él, que acaso había adoptado a la escritura como una especie particular de luto por la muerte de Elena de Obieta en 1920, su esposa. Alguien que subsume a su escritura a las volutas del pensamiento, como si lo instantáneo del pensamiento pudiese ser por fin congelado, fijado. De este modo, el presente número de Tantalia busca invitar a los lectores a la aventura de la escritura macedoniana, como si pudieran adentrarse (y deleitarse) en territorios totalmente desconocidos.

M.G.J.