Jorge Luis Borges

borges_editorialLa obra de Borges redefine las relaciones entre lectura y escritura en el marco de la literatura argentina, y amplía la noción de ficción por vía de lo fantástico tanto a través de la perversión de los géneros discursivos, como mediante la revisión de categorías establecidas.  Para él, el lenguaje es el punto de partida del mundo, el material con el que el cosmos nos entrega sus secretos.

Un hombre perseguido por el silencio de sus ojos, con una sinfonía de palabras que lo instalan más allá de cualquier destierro, el de sí mismo, el de la muerte, juega en soledad con su propia finitud. Así lo dice:”…He de encerrar el llanto de las tardes, en el duro diamante del poema”

A partir de Borges, la identidad deja de ser una garantía tautológica para convertirse en un viaje, en el que jamás volvemos a ser iguales a nosotros mismos. Es por eso que en su obra se privilegia la vinculación entre el espejo y el laberinto.

Pocas veces se menciona la influencia que Macedonio Fernández tuvo sobre la obra de Borges. En las dos obras se calibra la magnitud del tiempo cuya dimensión nunca antes había sido tratada de esa manera.

Con todo, las afirmaciones ya clásicas sobre su obra harían bien en vaciarse… del fonema Borges. La lectura, tras el olvido necesario. La lectura, con la inocencia imprescindible. La lectura sorprendida por la emergencia de una inquietud obscena o la premura de una contradicción que bifurca el sendero hacia un rumbo inesperado. La lectura, al fin, que no tema provocar con su movimiento -acaso inexacto, acaso inflamado de un ímpetu que desconoce las reglas ancestrales-  el derrumbe de una estructura a la que se le había retaceado la oportunidad de un renacimiento.

Olvido de Borges, para que su escritura impar devenga diferencia, y retorne con las heridas expuestas.

Tantalia