Un viento que arrasa

Si no pasa nada tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad
Ustedes suministren las ilustraciones que yo les suministraré la guerra

William Randolph Hearst

 

Sopla un viento frío sobre la explanada de la casa de gobierno. Un viento que se arremolina subiendo por las escaleras, merodeando las secretarías e ingresando al amplio despacho presidencial, donde permanece flotando como una niebla densa e invisible que se condensa e instala circulando por todos los rincones de la sala.

El teléfono sonó con insistencia en el despacho del primer mandatario. En la sala contigua, el secretario levantó el auricular:

– Soy Ache -dijo una voz del otro lado – páseme con el presidente.

El secretario hizo una señal al presidente para que atendiera la llamada, éste hizo un gesto interrogativo que no tuvo respuesta.

– Hola – dijo intuyendo para qué lo llamaba Ache.

– ¿Qué decisión va a tomar señor ? – preguntó Ache con firmeza.

– Todavía no lo decido – se hizo una pausa en la que el presidente casi pudo escuchar el pensamiento de Ache.

– El tiempo corre.

– ¿No pueden hacer nada para evitar los titulares de mañana?

–  ¿Como qué?

– No sé. Un incendio como aquella vez en el depósito de la zona sur.

– No. Esta vez no. Los acontecimientos se han precipitado demasiado rápido – A Ache le cansaba dar explicaciones, principalmente porque dentro de su ámbito laboral no tenía que darlas.

– Secuestren la tirada, o simulen que algún otro la secuestra.

– Tendríamos que secuestrar la tirada de todos los diarios, además mucha gente ya lo vio por internet. No hay margen para ninguna maniobra.

– Pero…

Ache lo interrumpió

– Señor, usted sabe que no hay otra salida.

–  ¿Cuánto tiempo tengo?

–  Nada. Debe decidir ahora.

– ¿Ahora? Son las once y media de la noche. ¿Cómo puede ser que se haya filtrado la información? – se lo preguntaba más a sí mismo que a Ache.

-Disculpe señor, aquí me preguntan algo – dice Ache. El presidente se da cuenta de que tapa el auricular con la mano. Oye lejanamente una conversación en inglés de la que solo rescata tres letras: org. No comprende lo que puedan significar.

El viento se arremolina y gira en el amplio aire y luz al que se abre el ventanal posterior del despacho presidencial. De a ratos, sopla con una violencia inusitada.

– Las redes, señor. Funcionan a una velocidad increíble – Ache hizo una pausa. No quería continuar con la conversación, había tenido un día demasiado largo. – Justamente por eso es hora de definirse.

El presidente permaneció en silencio con el auricular en la mano. Parecía escuchar el viento, como si pudiera traerle alguna respuesta. Miró al secretario que lo observaba de reojo.

– Está  bien – le dijo a Ache – Llámeme en quince minutos.

– Muy bien – dijo Ache y colgó.

Puede tratarse quizá de alguna organización internacional. Es muy probable, dada la trascendencia del medio que dirige Ache.

El viento formaba espirales que subían y bajaban  por el aire y luz del edificio como un vasto pájaro invisible.

El presidente llamó con un gesto al secretario, quien se apersonó en su despacho.

– ¿Si?

– Llame al señor Eme- se dibujó una incógnita en el rostro del secretario.

– Enseguida – realizó la llamada y la pasó.

– Su llamada – le dijo.

El presidente le hizo una seña de agradecimiento, pero se lo quedó mirando con una interrogación en los ojos, como si hubiera descubierto el momento justo en que la cara del secretario cambiaba ante su mirada.

O de alguna organización nacional que cuente con mayoría de capitales extranjeros.

– Señor Eme. Necesitaba hablar con usted urgente.

– ¿Qué ocurre, señor presidente?

–  Como usted sabe por supuesto, el escándalo por la contratación directa para la ampliación de los oleoductos del sur ha trascendido por las redes y mañana saldrá en la prensa…

– Si, me he enterado. Una lástima, además presentan pruebas.

–  Así es, y es por eso que lo llamo. Le quería pedir como su presidente que prorrogue ese titular por veinticuatro horas… solo eso le pido.

– Imposible, señor. Lamentablemente el diario ya está en rotativas como se imaginará, por otra parte… – el señor Eme vaciló, iba a preguntar por Ache pero prefirió dejar la frase inconclusa.

– Por otra parte, ¿qué? – se estaba poniendo muy nervioso. Entendía de pronto una trama que no había previsto.

– Ya es demasiado tarde.

– ¿Por qué? Porque ustedes sacaron la noticia con demasiada rapidez.

– Señor , no hacerlo hubiera sido un suicidio periodístico. Tenga en cuenta que estamos en crisis.

– No me venga con la crisis. Este país siempre estuvo en crisis. Solo le pido veinticuatro horas.

Eme juntó coraje. El presidente lo estaba acorralando y no quedaba más que enfrentar la pregunta.

– ¿Se lo pidió al señor Ache también?

– No, no pude – mintió.

– En realidad debo confesarle que ya me ha llamado y me ha ordenado sacar el titular mañana.

– Y el único responsable voy a ser yo.

– Así son las cosas. Era casi imposible que la información no se filtrara.

El presidente colgó el teléfono y volvió a llamar al secretario, mientras pensaba: “Ache domina absolutamente el juego”.

Pero recordando el momento en que ha escuchado esas tres letras siente que se trata más bien de una palabra que las incluye.

– Un auto, necesito un auto ya.

El secretario se lo quedó mirando como si no entendiera el pedido, o como si tuviera a la vez que cumplir con alguna otra orden en sentido contrario.

– ¿No me escuchó?

– Sí, sí. Enseguida, señor- el secretario pulsó primero una tecla en su celular y luego marcó un interno en el teléfono de su despacho.

– Un auto para el presidente – dijo en voz alta para que lo escuchara.

– Enseguida – respondieron del otro lado del receptor.

El secretario dispuso su sillón frente al despacho presidencial, sostuvo su mirada a la altura que imaginaba podía estar su teléfono, comenzó a contar mentalmente: uno, dos, tres (…)dieciocho, diecinueve, veinte”. De pronto  vio aparecer al presidente en la puerta.

– ¿Y el auto? – le preguntó el primer mandatario nervioso. En ese momento comenzó a sonar su teléfono. El secretario respiró aliviado.

El presidente atendió.

Afuera la ventisca parecía no ceder, se oía el golpeteo de una ventana que habría quedado abierta, el presidente esperó a oír el ruido a vidrios rotos, pero alguien la cerró.

– Hizo mal en pedir el auto – escuchó la voz de Ache – No juegue conmigo, también me he enterado de que habló con Eme – El presidente se dio cuenta: “El secretario”, se dijo. Colgó el teléfono y lo llamó.

El secretario apareció en el despacho. No lo miró a los ojos.

– Está despedido.

El secretario permaneció en suspenso en el despacho mientras el presidente lo miraba de arriba abajo.

– Vaya a buscar al subsecretario-  En menos de diez segundos, se apersonó.

– ¿Señor presidente?

–  A partir de ahora es usted mi nuevo secretario.

El teléfono volvió a sonar.

– Voy para allá – dijo Ache – Le prohibo abandonar su despacho. Usted no puede decidir esto solo.

– ¿Usted me va a prohibir a mí?

–  Sí. Yo le prohibo. No me venga ahora con lo de la “investidura presidencial”. Todo lo que hago es por su bien y el de todos nosotros.

–  Por el suyo querrá decir. Yo mañana tendré que presentar mi renuncia públicamente.

– ¿No se da cuenta que todos estamos en peligro?

– ¿Hasta dónde están en peligro ustedes?

– Si esta información sale de nuestro pequeño círculo, estamos perdidos. Todos, ¿comprende?. Queremos minimizar los daños.

El presidente se quedó unos segundos en suspenso. Mientras habla con Ache en una hoja de papel prueba varias alternativas que no lo convencen. Hasta que mirando fijo las tres letras: o, r, g , como si se tratara de un rayo de sol que de pronto lo ilumina se dice: “Horgan”

– Entonces… ¿no hay ninguna otra salida?

– Renuncie mañana a primera hora. No queda otro camino dadas las circunstancias. Si se hace lo que le digo contará con nuestro apoyo incondicional.

– Está bien.

“Es eso. La banca Horgan”

El viento como una peste, no cesaba de soplar, se colaba por debajo de todos los despachos, merodeaba los pasillos de aquel gran edificio.

– Sé que es difícil para usted, puedo comprenderlo.

–  No lo creo, no tiene idea del trabajo que fue alcanzar la presidencia.

–  Ah, otra cosa.

– ¿Qué? ¿qué más quiere de mí?

– Al secretario que despidió lo vuelve a nombrar. Es mi hombre de confianza como ya lo habrá notado.

– ¿Cómo su hombre de confianza?

– Sí.

– ¿Y por qué tendría que volver a emplearlo?

– Porque se lo ordeno yo.

Al presidente le tembló el auricular en la mano y colgó. Todo le pareció de golpe irreal, alucinatorio, como si hubiera vivido un sueño intenso que duró casi tres años.

Un sueño que se remontaba a su juventud en el partido, hasta que había logrado algún cargo. Al principio fue fácil. Todo era hablar con la gente, escuchar sus demandas. Pero en la medida en que el cargo era mayor, crecieron las presiones y se fue alejando del pueblo. Su persistencia y tenacidad lo llevaron finalmente a la gobernación, donde las cosas se complicaron de veras. Era un país dominado por los monopolios, quien llegaba al poder tenía que pactar con ellos. Cuando por fin alcanzó la presidencia había ideado una estrategia: mientras simulaba arreglar con los más poderosos, había pactado con una gran cantidad de organizaciones de pequeñas y medianas empresas. Si lograba mantener ese equilibrio, lo dejarían gobernar. El sistema funcionó bien  el primer año, pero después comenzó la ofensiva de los grandes. Se habían dado cuenta de su plan. Fue en ese momento que apareció Ache en escena. Comenzó a asediarlo para que firmara contrataciones directas sin licitaciones y sin pasar por el congreso. Tuvo que asistir al senado a dar explicaciones en dos oportunidades. Expertos que Ache había contratado lo asesoraron y pudo salir milagrosamente airoso. Después se enteró que sus antiguos socios habían sido absorbidos por los monopolios o habían desaparecido. Con la suma del poder, Ache y sus aliados lo hicieron firmar la contratación directa para una importante extensión de oleoductos en el sur. La operación había sido secreta, sin embargo se filtró en la redes y ahora terminaría haciéndose pública por la prensa local.

Volvió a llamar a Ache.

– ¿Cómo voy a hacerlo?

– Su secretario le va a alcanzar una copia de lo que va a leer por cadena nacional mañana a primera hora.

– De acuerdo.

– No quiero arrepentimientos.

– No los habrá – el señor Ache iba a cortar – antes de que corte, una última pregunta. ¿Qué van a decir los titulares de mañana? ¿A quién van a culpar?

– Señor presidente..-dijo Ache frente a la pueril pregunta – En principio vamos a culpar a la oposición como siempre. La gente nos creerá, siempre nos creyó. Somos como una religión.

– ¿Y yo?

–  Usted quedará asociado lamentablemente a esta negociación. Usted se vio forzado a ceder a ciertas presiones… Sabe de todas formas que cuenta con nuestro apoyo.

–  Pero, si ustedes…

– Nosotros…

–  ¡Es increíble!

– ¿Qué es increíble? ¿que tenga que renunciar? Consulte al juez X sobre su situación, quien es hombre de nuestra confianza. Va a ver lo que le va a decir.

Ache hizo un silencio esperando algún comentario, pero como no emitía sonido, continuó.

– No se preocupe, va a estar bien…siempre y cuando…

–  Siempre y cuando…

–  Cumpla bien su papel. Se haga cargo de esta situación.

– ¿Y ustedes? ¿Acaso no fueron ustedes los que me empujaron a esta renuncia? Quiero hablar con ese juez ahora mismo.

– Vea, señor presidente. Se lo voy a explicar de este modo. Haga de cuenta que el país es algo así como un enorme mecanismo. En él, usted es el engranaje más importante. El juez al que desea llamar, también lo es, y su secretario, los diputados y los senadores. Cada uno es engranaje que en mayor o menor medida colabora para que funcione adecuadamente el mecanismo.

– Así parece – dijo ya ausente, por decir algo.

– Exacto, y para que todo funcione, señor, todos debemos cumplir con nuestra parte.

– ¿Y la suya? ¿cuál sería?

– ¿Mi parte? – preguntó Ache más bien con un tono afirmativo – Yo soy el que supervisa el funcionamiento de todo el mecanismo. Somos la parte invisible de él. Mi función es saber cuándo un engranaje funciona mal y reemplazarlo a tiempo para que no se resienta todo el mecanismo.

– ¿Por eso tengo que renunciar?

– Por eso

–  Usted gana.

– Como siempre.

– No se confíe. Nadie es indispensable.

Se puso el sobretodo, tomó de su escritorio un arma, la guardó en el bolsillo interior, bajó a la explanada. El viento arremolinado lo detuvo en el umbral durante unos segundos. El auto lo esperaba. El conductor era el secretario anterior. Entró al asiento de atrás, el vehículo salió a toda velocidad por la avenida y se hundió en la noche.

Era tarde, sin embargo el señor Eme decidió hacer la llamada

– ¿Hola? ¿El señor Ye?

– El mismo – dijo una voz del otro lado.

– Ya está. Mañana renuncia a primera hora.

– Perfecto.

– Hago esto solo porque habíamos acordado que era lo mejor para todos, pese a que sé que mañana va a salir en su portada alguna mala referencia sobre nosotros.

– Es así. Manejamos nuestras fuentes.

– Espero que hayan sabido elegir sus palabras con cuidado.

– Haremos lo posible. Somos un diario opositor.

– ¿Haremos? Ya lo han hecho. Faltan tres horas para que el diario esté en la calle.

–  ¿Se le ofrece algo más?

– El sobre que pactamos lo recibirá mañana por correo privado.

– No hace falta. No lo hicimos por eso.

– Sí. Es necesario. Recibirá el sobre, lo repartirán según su criterio, y volveremos a ser adversarios.

– ¿Y si no?

– Ya sabe lo que puede pasar. Busque por internet la historia de algunos diarios del interior recientemente desaparecidos.

– Comprendo.

– Buenas noches, entonces.

Un hombre mira nervioso el televisor, sentado en su sofá. La imágenes muestran al presidente aclarando a la población los motivos de su renuncia. Poco a poco, se lleva un revólver a la sien, y dispara, pero algo se traba en el arma, vuelve a insistir pero no se produce la detonación. En la otra habitación duerme su mujer. Mira el arma como sin entenderla. “¿También este mecanismo manejan?” se pregunta. Y arroja el arma con fuerza bajo la mesa del televisor.

A los tres días de la renuncia, asume el vicepresidente la primera magistratura. Ese mismo día, el secretario, que había sido despedido por el anterior presidente, recupera ahora su puesto.

El flamante presidente está acomodando su despacho según su propio criterio. En ese momento suena el teléfono. El secretario le pasa la llamada.

– Señor presidente – dice Ache – Felicitaciones.

– Gracias.

– Es necesario que nos veamos a la brevedad. Se trata de un contrato pendiente sobre la ampliación de una serie de oleoductos en el sur que su antecesor no alcanzó a firmar.

Mientras escucha las palabras de Ache, la mano del presidente que sostiene el auricular comienza a transpirar hasta mojar totalmente el aparato y recuerda una palabra que le había susurrado el ex presidente un día antes de asumir: Horgan. Mira por la ventana, es un día soleado, apacible.

Afuera sopla una brisa agradable que apenas se percibe. el aire se balancea entre los rayos del sol, pero la bandera está totalmente desplegada en el centro de la explanada.


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