Testigos

“Con pequeñas ferocidades se construye el tiempo” decía el cartel de la entrada.

Todos vivimos escondidos en nuestras ratoneras. Desconectados del exterior casi totalmente, salvo por un pequeño orificio en la pared, hecho por ellos, por donde se podía ver la entrada al túnel.

No importaba dónde estuvieran las guaridas de los otros, todos ellos tenían una vista hacia el mismo lugar. Parecía un lugar oscuro y húmedo, quizás por el terror que producía suponer que, en algún momento, nos vinieran a buscar para llevarnos allí…

A la entrada, hombres sin color vigilaban. Tenían en sus manos una especie de arma que solían poner en la frente de los sospechosos.

Desde la radio, todas las tardes nos obligaban a ir hacia esa lucerna y mirar. Una voz monótona, como la de una operadora, repetía la orden: “Vean hacia el túnel”

Los custodios, mirando hacia un público invisible, comenzaban a renovar sus máscaras, lentamente, amenazantes. Ellos exhibían sus barbijos como manera de quebrar al enemigo, de aniquilar sus fuerzas, en esta guerra hecha de dientes chatos, de huesos o pieles o agujas de marfil y todo tan adentro del cuerpo, sin poder respirar.

A pocos metros, con el rostro desnudo, se desplazaban los otros, los enemigos de papel, jugando entre los charcos de las plazas, haciendo crujir las hojas de otoño, gruñendo mientras transpiraban su sangre helada, emergente de sus sombras.

De vez en cuando, gritaban y escupían nuestras puertas, deseosos de hacernos claudicar.

Muchas veces, los hombres sin color los apresaban, les ponían ese arma en la frente y los subían a un carro, no sin antes colocarles una máscara. Eran llevados por el túnel.

Nunca supimos nada de ellos.

En el medio, siempre estaba el fuego, montado en la raya oblicua de mis ojos.

El fuego que quema al miedo.

Yo sabía de los otros refugiados porque a veces salíamos a la puerta para inspección. O para los abastecimientos alimenticios. Aunque debíamos cubrirnos las bocas, podíamos reconocer las miradas conocidas y, algunas veces, solíamos intercambiar alguna que otra palabra, difícil de entender.

Ese momento, lo esperábamos con alegría. Aunque nos colocaran a gran distancia, ver a otros nos daba esperanza.

Luego, volvíamos a la oscuridad, al silencio, al miedo.

Adentro, el tiempo era un lugar dentro de la piedra, un mar pulido y solitario que emergía desde el fondo de la línea del fuego.

Unos metros más abajo, alguien silbaba una canción infantil. Eso era lo único que nos mantenía unidos.

Delgado hilo que atravesaba la locura.

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