Los monstruos del sacro bosque

Nota explicativa:

Este relato pertenece a una novela aún inédita. Para darle aún más autonomía, dos datos:

  • Los “Bullpento” son unos cuatriciclos eléctricos solares. Disponen de un acumulador de energía dinámico inventado por Leo, uno de los personajes.
  • Los hechos acontecen a partir de la cota máxima del Camino del Pumbo, en la actual provincia argentina de Córdoba.

65…

…los kilómetros transitados, mil ciento diez metros de altura, las cimas cerca de los dos mil, las nueve y treinta de la noche; todos números, como los últimos mil doscientos metros ascendidos (y veinte de pendiente) para llegar a ese rellano; números ascendidos y caminados pues los Bullpento habían llegado al cero de reserva y ellos, los cuatro, casi llegaron al mismo cero. Números, números y más números. Un impass entre los números se produjo cuando Giulietta, echada sobre la hierba de ese rellano para recuperarse un poco del esfuerzo, dijo: Miren las estrellas; y todos miraron, y se maravillaron; y Yaura, que no se había echado sobre la hierba sino que avanzó unos metros más por el camino, dijo: Miren el valle, allá, al otro lado. Lo hicieron, y se volvieron a maravillar: las estrellas arriba, las ciudades abajo. A ver si lo recuerdo dijo Panda fortaleciendo el impass, No, no lo recuerdo, esperen. Fue a su Bullpento, a su morral, tomó una tablilla, leyó: “Siempre he tenido ante mis ojos la imagen de mi pri­mera noche de vuelo en la Argentina; una noche sombría en que centelleaban, como estrellas, las luces dispersas en la llanura”. ¿Quién dijo eso?, preguntó Yaura. Saint de Exupery[1]. ¿El aviador?, preguntó Giulietta. Sí, anduvo por estas tierras. Y lo comentaron, y volvieron a mirar, y se volvieron a maravillar, pero Yaura, Giulietta y Panda pues Leo, quien apenas pispeara las luminarias, se volcó a revisar una y otra vez cada Bullpento, tomando nota (otra vez los números) del consumo de líquido de freno, del depósito de la lubricación, del desgaste de las cubiertas; a cada dato una anotación, números, números y más números. Leo, no olvides poner las alarmas, dijo Panda mientras armaban la carpa. Sí, sí, yo me encargo, respondió, pero siguió tomando nota y revisando los números de los kilómetros andados, los ascendidos, los valores promedios, o sea: más números. ¡Panda!, exclamó en un momento: ¿Apenas dos kilómetros por hora? Con ciento setenta metros fue el promedio de este último tramo, y añadió, mientras preparaban la cena: No olvides las alarmas. Sí, sí, respondió Leo mientras leía algún número más.

Tengo un chiste, dijo Panda metido dentro de su bolsa de dormir: Estaban en parlamento los caciques Paja Brava, Lloriqueo, Nube Pinchada y Casimiro Loquemeo. En medio de las risas Leo preguntó: ¿Y el chiste? Ése es el chiste. Pero un chiste es como un cuento, debe tener introducción, nudo y desenlace. Éste lo tiene, insistió Panda; Introducción: “Estaban en parlam…”. ¡Ya, cállense! dijeron a coro aún riendo Yaura y Giulietta, Vamos a dormir de una vez. Giulietta se dio vuelta, Yaura cumplió con su salvaje costumbre de dormir desnuda y Leo, a medias entre los Bullpento y el día de mañana, miró el resplandor que emitía la tablilla de Panda. ¿Qué lees?, preguntó. Una novela histórica, respondió Panda pasándole por un momento el texto. Mirá esta parte: la descripción del Sacro Bosque con sus colosales rocas; el duque hizo construir en ellas… ¡No! Me corrijo: hizo tallar la piedra haciendo emerger ballenas, elefantes, monstruos, dragones, bestias del tamaño de un edificio. Antes, al mirar las rocas que nos rodean, tuve la sensación de estar allí. ¡Ay, Panda!, exclamó Giulietta, ¡Linda comparación para este lugar! Vamos a dormir, que estamos lejos de los ocho kilómetros por hora de promedio, dijo Yaura cubriendo su naturaleza con el saco de dormir; algo que Panda no pasó por alto. ¿A ver? dijo Leo comenzando a leer.

Y en medio de la serenidad de esa noche, con la sola claridad de la tablilla, observó divertido que Cuerpo de Oso miraba con cierta excitación, cosa que no pasó inadvertida por la dulce Iaguareté, el cuerpo de Luna Brillante, cuerpo que él, Piel de León, vio crecer, ya que juntos, desde muy niños, corretearon, jugaron y acompañaron a los mayores en los largos peregrinajes de caza y pesca, de invernadas y veranadas, recorriendo los suelos agrestes, lujuriosos y esteparios de estas vastedades, habitadas miles de primaveras atrás por sus antepasados. Y que él, Piel de León, de niño, gustaba redondear pequeños maderos y hacerlos correr en las pendientes que de a miles se aparecían en aquellos suelos agrestes, lujuriosos y esteparios; y que un día, él, Piel de León, ya no tan niño, al tener que mover una bestia de gran tamaño bajada por una certera boleada y ultimada por un eficaz lanzazo, no hallaba cómo hacerlo. Entonces, él, Piel de León, perforó por el centro un par de esos “maderos que giran”, ensartó su lanza por ellos, ató unas ramas generando una suerte de plataforma, cargó la bestia y la llevó hasta la toldería, para beneplácito de sí mismo y asombro de los que allí vivaqueaban. Adormecido en esos recuerdos, súbitamente se sintió zamarreado mientras una voz gritaba: ¡Piel de León, Piel de León! ¡Nos atacan las fieras de Orsini! Y vio que Cuerpo de Oso tomaba un leño encendido y se atrevía a enfrentar unas bestias oscuras y bufantes, de colosales cuernos, que ya habían arrasado con parte de lo que habían dejado la noche anterior cerca del mismo fuego que les diera calor, lumbre y grata comida, y que Luna Brillante, que fuera quien le zamarreara, y la dulce Iaguareté intentaban recuperar los mantos, las pieles, los cuchillos de obsidiana, las hachas de piedra, los odres de cuero, los “maderos que giran” que hábilmente ideara él mismo, las hondas y las bolas, comenzadas ya a ser arrojadas contra esas colosales bestias que, a los cielos gracias, al venerable Rastro del Choique gracias, habían sido contenidas por la eficaz reacción de Cuerpo de Oso, que ya estaba saliendo de la caverna portando el chifle y el tambor, el chifle y el tambor…

¡El chifle y el tambor! se dijo y un grito se le atragantó al darse cuenta que donde momentos antes esas bestias habían arrasado a fuerza de coces y cornadas estaban los chifles de Luna Brillante, Iaguareté y el suyo, olvidados por él, obsesionado como lo había estado de revisar sus “maderos que giran”, maravilloso invento que les permitía migrar la patria con más soltura, toda vez que ya las cargas no debían ser soportadas por sus espaldas ni esforzadamente arrastradas en las milenarias rastrilladas. Y un inmenso e insoportable malestar le arrebató cuando recordó que no había puesto las trampas, pese a que Cuerpo de Oso se lo advirtiera mientras cenaban la rica sopa de maíz… Decidido se dirigió hacia la caverna para reingresar en ella y recuperar los chifles del mismo lugar donde las colosales bestias etruscas se empacaban en defender el territorio ocupado. Sin medir peligros trepó la escarpa y ya estaba a pocos pasos de la terrible boca que diseñara el duque giboso cuando un tibio peso lo contuvo, unas tibias palabras lo refrenaron, un amor de hermana le decía “Detente, por favor; no sigas”, y reconoció la voz de Yaura, hermanita querida, que allí, aún semidesnuda, le acariciaba la blonda melena, su espesa barba y repetía su nombre: Leo, Leo, por favor, ven abajo, mientras las voces de Giulietta y Panda gritaban: ¡Bajen pronto, bajen pronto! ¡Las baterías, Las baterías!, decía una y otra vez mientras Panda le acercaba un poco de agua, Giulietta lo abrazaba y Yaura, al fin, se vestía. ¡Las baterías! ¡Las alarmas!, seguía lamentándose mientras algo desayunaban a la luz del amanecer y a la espera de que los Bullpento se nutrieran de la energía del sol. Yaura reaccionó preocupada al ver su rostro enrojecido por la desesperación: Nos vamos a arreglar igual. Está completo el equipo de Panda y está el transmisor general, le dijo para aliviarlo; Con sólo mantenernos en pareja la posibilidad de comunicarnos entre los cuatro y el exterior no se pierde, intervino Panda, agregando: No te des manija por lo de las alarmas. Te lo dije, es cierto, pero si pienso en todas las macanas que me mando yo… Pero Leo no salía de la suya. Los Bullpento se alistaron y reiniciaron la Travesía, tratando Yaura, Panda y Giulietta que las cosas sean agradables; vano intento de que el barbado amigo se sobreponga porque para Leo la Travesía se había convertido en una pesadilla, en una sucesiva aparición de imágenes, en un confuso discurso interior en el que se mezclaban la pérdida de las baterías y su omisión de instalar las alarmas con la estampa de las colosales bestias, en medio de ese Sacro Bosque colmado de gigantescas rocas con forma de elefantes cornudos, ballenas de siete patas, dragones peludos y él en medio, en busca de los necesarios chifles, pues, sin ellos, ¿cómo se comunicarían? Y cómo explico, cómo justifico que fue por mi culpa. Y tras esa curva una roca se le semejaba una arpía, la rama de un árbol una serpiente, la brisa de la mañana el rebufo de las bestias de Pier Francesco Orsini, duque de Bomarzo, el creador del Sacro Bosque, cuyo horóscopo auguraba eternidad; que así lo sería, puesto que “murió esa noche de marzo de 1572 en que yo, tumbado sobre la mesa de la boca del infierno, sentí el frío de la piedra contra mi cara”[2], y que estaba aquí, cinco siglos después y al otro lado del mundo para sentir el frío de la piedra y el mismísimo infierno, ya no en mi cara sino en lo más profundo de mi ser…

¡Bajada!, gritó Panda sacando a Leo de tan estrafalarias conversaciones interiores. ¡Tengo una idea!, retumbaron los auriculares del casco. Una apuesta: los varones contra las mujeres, el que llega primero a este punto, y señaló en el mapa que se desplegaba en los visores de cada uno de los cuatro, hoy no cocina. Mientras Panda, Yaura y Giulietta discutían los pormenores de la apuesta, Leo se acercó y, medianamente interesado, dejó hacer, y los dejó partir. Tan cierta fue la apuesta que de pronto se halló en medio del roquedal que le intimidaba, y así sea por la apuesta o por la intimidación se lanzó también, dejando que su Bullpento obedezca su poca pericia conductiva, temiendo algún golpe contra la montaña o, peor, que se desbarranque y su máquina se destroce; y recordó que Panda es un temerario, quién sabe qué haría con su Bullpento, o Yaura, o la misma Giulietta, que poca práctica había tenido en conducir esos vehículos; y así, discurriendo un nuevo coloquio interior, bajó y bajó, doblando a derechas y a izquierdas, pasando cerca de la pared de filosas rocas o del borde del despeñadero y, de pronto, al mirar la velocidad, se asombró hallarse cercano a los setenta kilómetros por hora, velocidad en recta que un mes atrás Panda lograra; pero al recordar el estado en el que había quedado el Esperpento se le helaron las venas. Sin embargo, el “setenta y uno” que acusaba su visor le hizo crecer la sensación de proeza y así, un tanto subyugado por lo que estaba haciendo, llegó casi sin darse cuenta al lugar un tanto llano en el que Panda y Yaura discutían, ¿cuándo no?, que ganamos nosotras pues llegamos primero, que sí pero yo llegué primero, que no, que eso es trampa, y Leo los dejó, aún agitado de su propia hazaña, que discutan esos dos y se puso a mirar su Bullpento mientras Giulietta se le acercaba, y entre los dos comenzaron a mirar la grabación de la bajada para intentar dar corte a la discusión; entonces el visor arrojó un singular dato, en ese mismo lugar en el que Leo sintió la pared de filosas rocas tan cerca y el despeñadero a un paso de su Bullpento, y un “¡Oh!” exclamó Giulietta y mudo quedó Leo no pudiendo creer lo que estaba viendo. Giulietta llamó a Panda, que seguía discutiendo con Yaura (¡cuándo no!) y los hizo callar, y así pudieron todos ver el dato que Leo no podía creer: “v: 92,065 km/h”. Un número más, es verdad, pero que sacó a Leo de su entuerto: la apuesta se olvidó y Panda fue felicitado, pero, a poco y sin decir nada, los tres miraron al barbado amigo y hermano y lo abrazaron.

Por un momento recordó los toros, los “monstruos de Bomarzo” y, claro, su error: Tanto preocuparme por los números y no vi lo más importante. Pero, cosa extraña, primera vez que lo llamó “error” y, cosa extraña, ya no sentía que lo ahogaban esos monstruos y todos los desvaríos que leyera en la novela. Miró el paisaje, volvió la vista hacia aquellas cumbres que guardarían las peores imágenes de su vida. Miró a Yaura… “Luna Brillante”, recordó sonriendo.

—Necesito contarles algo —dijo.

—¿Qué?

—Un sueño muy extraño que tuve anoche.


[1] En Tierra de hombres.

[2] En Bomarzo, de Manuel Mujica Lainez.

Comments are closed.