Los Mapas Negros (extracto)

En lo primero que repara es en el libro. Y ante esa ausencia, la mano se desquicia, para hacerse aparato sonoro para hacerse gritos, en la punta de esos dedos que se desperezan que se desesperan y se diría que hablan que rebuscan hasta donde lo permite el límite del brazo. Hablan con la boca, ahora; restriegan ojos que se resisten a despegarse. El libro, bajo uno de los asientos. Solo cuando reaparece, la mano y el resto del cuerpo se apaciguan.

Tal vez no habría que sorprenderse, ni de sus ojos ni de su memoria. Aquellos porque hace ya mucho que prefieren desarmar a construir imágenes; la otra porque ha adoptado la senda más coherente y hace del recuerdo una voluntad separada del cuerpo. Y entre los dos se las arreglan, elfos traviesos a espaldas del ogro, para confundirlo con sus arbitrios.

Entonces: en el aparato perceptivo de Sander, además del último tramo de una noche de una espalda maltrecha por el sueño desapacible de un viaje poco confortable encogido en el asiento trasero de un autobús y de una ventanilla humedecida por su propio aliento, se emplazan curiosas percepciones. Y las llama palabras, las llama graffitis, las llama muro derruido, pizarra y a lo que hace con todo eso lo llama leer:

(dibujo de flecha apenas visible) “HACIA EL PUENTE DE LAS ESPERAS INÚTILES”.

Luego, esos mismos ojos se entrecierran y a lo que hacen, lo que Sander no registra de sí,  también lo llama leer:

…y tras lo inesperado, una revelación. Que será cualquier cosa, menos urgente. Hasta sería sospechoso que así lo fuese: supondría el cinismo del fanático o la complacencia del adulón. A fin de cuentas, la revelación que transforma es la que se ignora que eso esté haciendo.  

Dedos que hablan, ojos que leen páginas desaparecidas…

Está claro que un viaje ha sucedido.

Sucede.

Al fin se decide y baja.

Los movimientos iniciales, los que suelen ejecutarse con la convicción de un autómata. Hasta que la curiosidad -y a menos que se padezca lo que podría llamarse “la última fase de la mutación”- detiene los pasos. Sander se detiene, gira la cabeza, ve ese rostro encima del suyo: es el corazón el que se lleva la peor parte. A un costado de la violenta aparición y dos planos por detrás, un cartel designa TERMINAL, a un cubo oxidado y lleno de parches. Un cubo de esos que transportan mercaderías en los buques comerciales y que, inservible para los viajes y olvidado por los puertos, ha convertido su devenir en una precaria estación de autobuses. La mutación de aquel destino de viajes sin tregua por los mares que se quieran imaginar a ese retiro inmóvil se completa con una puerta -que se resiste a quedarse quieta y a que sus goznes cedan el lamento ante la brisa ante las convulsiones que la linterna que empuña la mano del rostro repentino le saca a la tierra reseca ante los empellones de los perros en su correteo tras alguna gallina noctámbula y huída de su corral- y un par de ventanucos: uno, donde un empleado somnoliento cumple todas las tareas pertinentes –vender los pasajes, atender a los conductores y a los vehículos, ver pasar las horas sin nada que vender ni nadie a quién atender- y otro, donde un pájaro pequeño y amarillo parece ser el único que, al soñar con la mañana, se le escapan de entre las plumas donde esconde su cabeza, motivos para expresar acordes de entusiasmo.

Esto por detrás, del rostro que prosigue en silencio.

Un carácter hosco, casi brutal: eso es lo que asemeja, a decir de las palabrotas que sin el menor reparo le asesta mientras lo mira a los ojos,

¡por un demonio! Hay mucho que caminar… Así que más vale que empiece…

El tono de la mujer. Tal vez no tuviese nada de particular y todo lo refiriese del mismo modo. Luego, si enojo o altivez, estaría por verse,

además, ¿adónde piensa que ha llegado? Porque si no le quedó claro durante el viaje, es porque es muy necio o muy idiota…

La mujer no espera y comienza la marcha. Pero Sander está como atornillado al polvo del camino (en verdad, una mezcla de arena tierra muerta hace mucho y ese pedregullo artificial que crece con los restos de las construcciones abandonadas),

escúcheme bien muchacho: a mí no me importan los motivos de Korta para asistir las dudas de un tonto sin lengua: él paga y yo estoy ahí donde él pide. Así que… a moverse. Que usted va a ir del otro lado: por qué y para qué, ni lo sé ni me importa.

Y así es: irá. Su bolso ya está en manos de la mujer, que habla mientras camina. A él, entonces, no le queda más remedio que tomar su mochila y seguirla.

Lo que sigue, es una caminata corta. No puede estimarlo desde una medida temporal –aún le perdura algo de ese tedio que al latir en el corazón de los relojes, le impide tomar la distancia necesaria para distinguir el andar de las agujas- ni tampoco puede hacerlo desde las referencias que acostumbra ofrecer el espacio: a su alrededor, el escenario es como los que se utilizan para dar sensación de movimiento en los dibujos animados: una senda recta y polvorienta, pastizales resecos que encubren el brillo de las aguas del río, una que otra casa precaria -no es una sino varias, pero que los sentidos insisten en verla como una que se repite cada tanto para interrumpir los largos momentos de esa tierra parca y descuidada como puesta allí para que nadie olvide la cercanía del desierto. Pero aún así, puede asegurar que fue un trayecto corto, el que lo ha llevado, y casi sin darse cuenta, a un paso del muro de niebla. Tras la cola de esa extraña y hasta su destino,

que así lo indican las palabras. Un magnífico instrumento de medición, se afirma. Cuando se puede describir un paisaje en unas pocas líneas, por caso. O cuando las palabras que le llegan a quien sólo le es permitido escuchar, no buscan reunirse en una historia, ni siquiera en una pequeña, y no son más que hilachas de sentido venidas para desahogar un cuerpo de parecer turbio.

Como si viniese de paseo al zoológico… Moverse moverse: ¿qué más nos queda..? Eso hicimos, siempre… como hacen los animales… como hizo el pueblo de Cristo: ¡ellos sí saben qué significa!.. Vivir aferrados a un desierto a un sendero de agua muerto y negro… y moverse antes que se coma lo poco que nos queda… lo que nos dejaron… Pero el río tiene su manera de hacer justicia…

Sin darse cuenta, levantó la vista y la puso, inquisidora, en la de la mujer. Y cabría preguntarse la razón: al cabo, ese último sermón no parecía ser menos delirante que los anteriores,

¿la justicia del río?

ya lo digo yo siempre: ¡como se curan los sordos cuando les interesa! Ahora escucha… ¡Y encima habla! Justicia dije, sí… ¿qué le extraña? No me diga que no entiende… En todo caso debería: usted mismo va hacia allá abajo y no puede desconocer los movimientos que esta serpiente barrosa y marrón planea junto a esa puta salada gorda y petulante con la que no deja de fornicar. Allá abajo… Conspira, el barro que no para de escupir nuestro gusano, marrón como la misma mierda de los que nos condenan a estar prisioneros… En el anverso de la brújula y siempre pegados al sur. Para que todos los otros destinos sean algo posible, nosotros pegados. En contra de todos los rumbos… el anverso de la brújula. Que sólo sabe indicar norte, norte norte… Como si sólo para eso sirviésemos. Condenados a un cementerio de insomnes…

La mujer se detuvo un instante y el rostro comenzó a mudarle de color, como si se encendiese o como si de pronto, hubiese recordado o descubierto o reparado en un dato decisivo,

que al fin le ha llegado la hora a esa odiada comarca sureña. Que al fin las aguas repondrán la justicia de las cosas como siempre lo habían sido, como en el tiempo de los señores de los mapas, que decidían lo que merecía ser y lo que no…

¡ya  entiendo!.. Se está burlando de mí… ¡Pero que zorro había sido..! Por eso está acá. Ya lo sabías bien… todo… ¡Sí! Era eso… Pero si seré bruta… ¿qué es lo que saben?

La vieja farfullaba entre dientes, veloz y sin pausas y él apenas podía seguirle el rumbo a sus palabras. Pero al mismo tiempo, se imponían a su discurso inconexo largos silencios junto a una expresión que le acercaba el rostro al que uno esperaría encontrar en un ser humano, como si en medio de sus dislates acudiesen sesgos de conciencia indicándole que su temores de conspiración son un sentimiento vacío del más mínimo antecedente. De pronto, ella suelta el equipaje que viene cargando. Se vuelve hacia el hombre y le clava una nueva mirada, una que vuelve a ser tan hosca como todas las anteriores, pero con algo diferente, algo nuevo. Algo así: cinismo, calma forzada y espuria, puñal que se esconde para ser usado y no para amenazar, como el que se blande con cada palabra violenta con cada gesto que intimida pero no consuma. Y todo, surcándole la mente con el frenesí de las intuiciones repentinas,

¿de que otra forma entender que ese petimetre de ciudad viniese a este cementerio de espíritus insomnes?

Exaltaciones como esa, argumenta la alegría de la anciana. Pero también está lo que la preocupa. Porque ese enviado de Korta puede ser un exiliado solitario e inofensivo, pero también puede que sea otra cosa… Hay que apurar el paso, entonces. Que el tonto llegue cuanto antes. Que la basura se quede, para siempre, allá abajo, y ya nunca regrese, nada ni nadie. Nosotros condenados al sur. Pero ellos al fondo del mar.

Caminata corta, palabras de odio… Y vistas curiosas, que su extraña guía de senda tradujo en epígrafes más propios de un libro de cuentos que de un catálogo de turismo,

(él señala algo que apareció como de la nada, como si hasta ese momento que la tuvo ante sus ojos, la planta de reciclaje hubiese estado recubierta por un manto invisible –por otra parte, eso ya lo había oído o soñado o leído: que la planta es un espectro nocturno que el día dispersa)

¿de qué planta habla? En el desierto sólo hay cardos y espinas… ¿para la basura? La basura va más allá mi amigo. Justito del otro lado, allá donde va usted…

Ahora él señala los cascotes apilados, ora formando un semicírculo, ora recostados sobre una pared a medias de pie o a medias derruída, depende si la espiral se asienta en la curva descendente o en la curva ascendente,

el escondrijo de la puta, cualquiera lo sabe… ¿O de esto tampoco le habló el viejo? Con estas ruinas inseminadas de mierda empezó la desgracia… La peor que le puede suceder a una persona. La que trae el desengaño. Por ella nos vinimos aquí. Por ella nos quedamos sin nada…

Y junto a esa pared, un inesperado recorte de gramilla verde como el verde del prado más fértil. Señala Sander,

la mierda, precisamente.

Sin embargo, en este punto, algo en la manera tosca y oscura de relatar de la vieja modifica lo que viene siendo,

…érase un hombre brutal y una mujer temeraria. El hombre, sólo lo era, humano antes que bruto, ante ella. Y ella, hembra antes que insignia y cetro, ante él…

imagínese: un carneador de animales y la heredera temporal del poder divino… Una pareja extraña…

Sander piensa en decirle, en preguntarle, en aclararle, que él nada sabe de la inverosímil historia de amor entre el matarife y la reina; entre el padre falso y esa medio hermana noble del padre verdadero… Calla. Y no es compasión ni pereza ni falta de imaginación. Calla porque hay algo, en esa manera entrecortada de contar de la vieja que convierte a los desconocidos personajes de esa historia, en los émulos de las figuras encerradas entre marcos,

¿usted quiere saber de ese espacio verde?..

La vieja baja la cabeza, como si hubiese perdido el hilo de la trama,

los trozos selectos de tierna carne de becerro, de ternero menos que joven que donaba el amante oculto… Que no eran mera utilería, para atizar las ganas y ahuyentar los reparos y luego a desecharlos en el corral de los mastines reales. No… La puta los arrojaba en la vasija de plata… cubierta con leche fresca de cabra aromatizada con hierbas… Y al día siguiente los ponía en las manos del cocinero real, para acabar, al fin, en cena y almuerzo de real amante…

¿no le da asco la puta?.. Los desechos reales de alimentos inseminados por la pasión del amante… ¿Ve ahora, por qué el verde de la grava? Verde de abono de puta con cetro. ¿Entiende que el asunto tiene una lógica estricta, como pocas en este mundo?

¿De que lógica hablará la vieja?..

¿De una donde la mierda y el amor, cuando es lo que desean, son íntimas como nada podría serlo?

Nunca ha estado frente a un muro semejante.            De pronto -y eso provoca ese esbozo de sonrisa- se percata que es el segundo muro fuera de lo común desde que eventos igual de insólitos han comenzado a caerle encima como una bandada de insectos porfiados. Claro que aquel, el primero había sido parte de un sueño. ¿Y que quiere significar con esa acotación? No: él, con todas esas singulares especulaciones sobre la mirada, y los cuadros, y las imágenes que hay que escuchar… ¿Sueño y realidad, dice ahora?: él, no puede establecer jerarquías tan maniqueas. La cosa va entre dos muros: atravesarlos con un abrir de ojos o tironeado por una campesina irascible, es toda la diferencia que cuenta. Al menos para quienes precisan del orden que demarcan los hitos en la ruta y de una voluntad que dé el paso necesario para que la historia no haga de un muro uno de mero lamento. Atravesarlos: si eso hace Sander, todo está bien.

Tal vez fuesen esas escenas del pasado… Suele suceder: que incidan ante los ojos como si celasen del carnaval de elementos veraces ante los que ellas, las que albergan objetos de retaguardia (como los llamó un tipo que se paso la vida tratando de hallar la manera de mencionar lo sabido como nunca había sido mencionado), parecen no tener esperanza de disputar el espacio más humilde. Escenas que juegan su envidia de las escenas que las suceden. Y alteran las percepciones externas… O tal vez eso demuestre que los ojos que miran hacia afuera se superponen con los que miran hacia adentro.

O la niebla, en los ojos: aunque no se ha dejado tomar por ella, está tan cerca como para comprobar con la palma de su mano, que un muro de gas no es menos muro que uno de piedra.

Pero pasemos un poco en limpio el estupor de Sander (quizá esto también lo ayude): hacia fuera, la cima de esa loma frente a la cual él y la guía gruñona pasaron una centena de pasos hacia atrás (ya se dijo que las palabras –o los pasos que se le parecen bastante- son su único instrumento de medición del tiempo) Y no se trata de las sombras que se movían en derredor de ella. Eso ya lo ha visto a todo lo largo del recorrido: que en ese extraño paisaje las gentes disfrutan sobremanera con los paseos nocturnos. Como si aguardasen algo… No: lo llamativo, para su mirada presente (llamémosla de ese modo para no confundirla con la celosa) es la mansión que remata la loma. ¿A qué sorprenderse, podría decir? Que a un arquitecto le llame la atención una construcción de esas características en medio de tan podrida desolación… Pero no: es el atributo de familiar el que le saca de las casillas. Con ojos de arquitecto ante un hijo propio, no ante un hijo ajeno…

En todo caso, pura indiferencia hacia lo que ve adentro,

hacia una tarde de lluvia. Él, una mirada clavada: en las baldosas que en una ciudad se repiten o se alternan sin más criterio que el mentecato motivo de la-puerta-propia. Y ve, como en ese momento no pudo, el empellón que el cuerpo de ella recibe del suyo. Ella, que camina con la mirada elevada, hacia las cúpulas inmarcesibles hacia las pequeñas dramáticas que se abren y se cierran en segundos imperceptibles en los balcones de las casas en los carteles que permanecen sólo porque la pared que los sostiene decide que así debe ser y que anuncian cosas tan olvidadas como el muro o el cartel mismo. Es una mirada elevada, pero que se cuida de no llegar al cielo: una mirada inocente, no extraviada. No un turista, un niño. Los turistas caminan las calles con la distracción de la costumbre. O con la costumbre de la premura. Que para el caso, da igual: la mirada siempre atada a una imaginaria paralela al piso. Siempre a nivel.

Es cierto que hace tiempo sus ojos supieron eludir la línea recta y hallaron motivo de entusiasmo en el piso. O para decirlo de una vez con palabras que sirvan a ese muro que lo aguarda para devorárselo entero: que Sander es un enamorado de los deshechos. Y los desechos ni se elevan ni se sostienen: siempre caen siempre se arrojan; su ley es la de la gravedad. Por ejemplo si algún día él volviese a desandar esa calle donde se chocó con ella y la pared decidiese soltarle la mano a ese cartel olvidado en la altura de un muro gris, su mirada seria, en ese instante preciso, la hermana íntima de la de ella,

es de esperar, digo: aún sin ser demasiado imaginativo, que una mirada que siempre se eleva y otra que siempre desciende están condenadas al desencuentro… si fuéramos sólo mirar. Y si a veces estoy a punto de suscribir que si no sólo, casi… Eso somos. Hasta que el resto del cuerpo se encarga de avisar cuan lábil es esa convicción. Como esa tarde, en que el mío se estrelló contra el de ella,

ea badulaque… A la mujer brutal ya no le importa guardar la menor forma y entonces se afloja la faja para llamar a su cliente de ruta de la manera que ella cree que él merece ser llamado,

hasta aquí voy yo. De aquí en más, son tus piernas y tu culo con lo que cuentas,

mira hacia el cielo. Busca la línea del horizonte; ve que ya no es un territorio apelmasado de sombras, que la paleta de colores, poco a poco, va buscando los cálidos rojos del amanecer,

vamos badulaque… ¿O acaso te pinchó la mierda el cerebro? He oído de algunos, que les sucedían cosas semejantes al acercarse a la pared de gas…

la bruta habla, exige, ordena… Pero esa película íntima y repentina es más fuerte,

y allá lejos, en las catacumbas de una biografía inútil, la lluvia comenzaba a ser. Y me apuraba, a favor de esa aprensión que suscitan las tormentas imprevistas, como si fuésemos volúmenes de carbonilla revestidos de piel huesos y carne ilusoria. Aunque no tengo la certeza que no seamos algo semejante, lo que si sé es que, si por caso de eso estuviésemos hechos, unas gotas de agua no sólo no nos dañarían: al contrario: quién sabe, las mutaciones que deviniesen, convocasen hallazgos tan gozosos como inesperados. Y déjenme decirles que no es retórica vacía de espesor: más bien estoy pensando en algo bien concreto al decir esto. Si les parece y disponen de un instante de paciencia para escuchar una pequeña historia –y si no, sería conveniente que levanten la vista de la página sin permitirse ni duda ni demora para reflexionar acerca de si esta historia es la que buscaban leer: aun sorteando la anécdota que les mencionaba, lo por venir propondrá quién sabe cuántas más (y tal vez, todo esta extensa diatriba escrita no sea sino eso: una dilatada e inútil red de digresiones),

buen momento eligió, para sus cuentitos… Pero le aviso: soy mujer brutal, descreída… mujer. Y encima una que odia…  No piense entonces que me va a aflojar con unas palabritas. Yo que usted, no pierdo más tiempo y doy el paso… El amanecer complica las cosas… Ni se imagina cuanto,

a la niebla le debo el recuerdo y a lo que hubo en usted –Sander se atreve y apoya su mano en el talle de la campesina. Y no se sorprende, cuando encuentra un terreno amable blando y recatado. Como el algodón que rellenaba un asno, que conociera una vez,

la lluvia y las carbonillas… que en eso estaba. Hace mucho tiempo atrás, en los confines occidentales de la China Imperial, un sujeto que si mal no recuerdo se llamaba Chu Xsieng o algo por estilo –seguramente no: un día descubrí que si olvidar los nombres de las personas o de las cosas, puede ser no más que una mera banalidad de la memoria, pero que perturba hasta lograr su objetivo de mantenernos cautivos a su corral de precisiones y verdades, también puede serlo de una impensada oportunidad: la condición es la de inventar un nombre o un rasgo una situación o un final. En este caso, además de no tener nada de banal, el olvido se convierte en uno de los ejercicios más estimulantes que conozco. Olvidar inventa,

y vivía en una pequeña cabaña emplazada en un valle de verde tan perenne como el mismo silencio, que se extendía entre un río y un grupo de montañas elevadas que encubrían a su vez un volcán de laderas apaisadas y boca siempre oculta entre las brumas. Y pintaba. O debiera decir intentaba encontrar una escape a una obsesión que le carcomía la sangre y las noches. El volcán. Pudiera decirse que el hombre era un amante del volcán. Y como sucede, siempre, lo que acerca lo que sostiene lo que aviva la voluntad de un amante no es lo que ve sino lo que ignora. La boca del volcán. Que ni por un momento se separaba del abrazo de las brumas, desentendida de su amante lejano o para nada desentendida: no sería extraño que tal cosa sucediese. El caso es que la boca permaneció tan anhelada como oculta. La decisión de pintar, como está de más decirlo, es inseparable de ese desencuentro. Hasta entonces, lo había intentado todo: buscar un ángulo de observación más cercano ya casi en los límites del valle y a los pies de las montañas; otra vez, lo intentó desde el río, suponiendo que en su curso rodearía el volcán y llegaría entonces al tomarlo por detrás, casi por sorpresa, aunque nada de eso sucedió según lo previsto pues la curva del río se dirigía hacia el preciso lado contrario, de resulta que no sólo nunca tomó por sorpresa a su obsesión sino que la sorpresa estaba reservada para él en una caída de agua  de varios metros que no lo mató de milagro pero lo dejó maltrecho por varios meses. Al fin, su desesperación, lo llevó a una decisión extrema, y contra toda lógica –no tenía la más mínima experiencia, y aún teniéndola, las dificultades del terreno casi siempre congelado lo hacían casi inexpugnable- una mañana salió decidido a atravesar la inmensa barrera de piedras tornasoladas primero, y, si lo conseguía, intentar escalar la pendiente del volcán hacia su amada y misterioso boca. De más está decir, que el intento fue un fracaso que duró lo que un suspiro o lo que sus pies inexpertos tardaron en asumir que seguirían resbalando, una y otra vez, y cayendo entre la grava, el pedregullo y la tierra a medias congelada. Darse cuenta, cuando quedar postrado por largos meses ya no tenía solución. Allí, en medio de esa convalecencia que no hacía más que dejar su mirada quieta entre las brumas, fue que apareció la pintura. Si no la podía contemplar con sus ojos, la inventaría, para ellos. Y eso fue lo que hizo, desde ese momento, lo que buscó pintar, sólo eso, en cada momento. Sus semanas no se medían en días, sino en pinturas de volcanes. Decir que las variaciones del tema que había elegido el entusiasmo de Chu fueron miles, no es ningún hipérbole. Miles. De volcanes… Coronados por esas brumas que aún con todos los esfuerzos que porfiaba en sacar de su cuerpo, no podía desembarazar de la figura.  Como una oscura broma, la boca ahora tan cerca suyo como para hacerla hablar si eso desease, se mantenía en su maniobra de escondite. O quizá lo que le sucedía a nuestro desafortunado pintor, es que el desencuentro se extendió a la relación entre su mano y el pincel. El cansancio y la desazón, lo obligaron a pensar que o se detenía a reflexionar acerca estas cuestiones o enloquecería hasta hundirse en el suicidio. Y un día comprendió: que pintar no era algo muy diferente a esas montañas o a ese río que lo habían vencido con tanta facilidad. Un destino,

¿por qué estos recuerdos? La lluvia, es cierto… Que según las circunstancias, sacude las ideas. Como la niebla. O tal vez eso que suele suceder: extraviarme al llegar a los epílogos, como si no quisiese terminar pero tampoco seguir,

hacia delante, hacia una tarde, cuándo Chu se sentó en el portal de su cabaña, apoyo su cuadro junto al dintel de la ventana, encendió su pipa de cerezo y se sentó a departir en silencio con su sueño. Hacia esa tarde en que la luz del día se iba yendo y la vigilia de un cuerpo cansado, le acompañaba. Se hizo noche oscura. Y vino la lluvia. Era el fin del invierno, y la primavera adelantaba su presencia. Oscura toda la lluvia de esa noche. A la mañana siguiente, el cielo estaba azul y libre para que el sol despertase el rostro ajado de Chu quien, como cada mañana, luego de asearse y beber un té, se dirigió a sus telas y a sus tintas. Entonces, al pasar junto a la ventana lo vió, a su volcán. Y vió su boca plena e inconfundible sobre un cielo más azul que el de esa mañana. Luego del estupor inicial, no tardó en comprender que unas gotas de lluvia se entrometieron a la casa por la ventana entreabierta y al caer sobre la tela, enjuagaron las brumas que Chu no lograba borrar…

Ahora, se puede aprovechar el silencio de Sander y la campesina, y arriesgar algunas impresiones. El inconveniente, acaso esté en el orden de aparición de los elementos: el estado de ánimo, hoy; la imagen femenina, en un ayer que él cree incapaz de definir y que acaso no sea incapacidad sino la insistencia de un mero atributo pues como todo ayer sólo importa que se halla a la distancia suficiente como para invocar ausencia.

¿Qué cosa habrá sido la última que sus ojos rescataron de las alturas? ¿Qué aspecto de esa urgencia se quedó condenado a una postergación indefinida? ¿Qué otro, seguirá siendo inconmovible, a menos que unas gotas de lluvia (o unas gotas de niebla que él ni se imaginaba) vengan a develar una aparición que estaba fuera de los planes?

una ausencia singular: la de un nombre que no acepta hacerle concesiones al olvido y se sostiene como la garra a la presa,

por mi parte, será mi última advertencia: o cruza o hago lo que hace tiempo tengo ganas de hacer con los badulaques que vienen desde abajo…

No hizo falta terminar la frase.

En menos tiempo que el contenido entre un inspirar y expirar (cosa que la brutal, a menudo, solía hacer con los ojos cerrados) Sander desaparece de la esfera.

La voz está pero invisible. Susurro,

el muro de niebla es verdaderamente un muro. Y tan ancho y consistente que más que un límite es un territorio en sí mismo,

¿qué tiene que ver todo esto conmigo?, dice otra voz, algo más elocuente, algo más consistente, que la invisible,

iluso… ¿Cómo esperas responder algo tan complicado? Cómo, quién ni siquiera es capaz de reconocer los gestos que le devuelve un espejo cuando le busca la mirada…

La voz, ahora sí. Lo sobresalta. No es capaz de estimar a que distancia: el eco de un original lejano o acaso esté caminando junto a él. Es imposible saberlo. Y en todo caso, es otra cosa lo que lo agita: el diálogo, que fluye como si él y el cuerpo de esa voz fuesen dos viejos conocidos vaciando copas en el bar del purgatorio,

no te burles… Además yo sé que evitás asumirlo pero estás de acuerdo conmigo…

eso cae de maduro. Claro que estoy de acuerdo. Pero porfiás con el mismo error…

¿error..?

…error sí. ¿O no lo habíamos dejado bien en claro? Que esto es un asunto entre voces. Y entre voces, contigo es nada. Nada… que como cualquier otra, nunca puede reconocerse en un algo.

Es tan cerrada la niebla que se diría sólida, como un muro. Que no sólo anula la mínima reflexión de luz sino que hasta deforma la intensidad y el tono de los sonidos. Hasta hacer imposible reconocer si la voz (o el sonido) es el de una mujer el de un anciano o de un niño,

¿juegos de palabras?.. Como si tu mismo fueras algo más que eso. Al menos, mi apariencia se confunde con el resto. Me miran me odian me toman del brazo me arrojan sus maldiciones… En cambio tu… ¿Tu dije? Para una miserable voz, tu es una atributo inmerecido? Uff: en verdad que estoy agotado. Dejémonos de peleas y discusiones bizantinas. Y ayúdame a buscar respuestas…

De acuerdo: no más peleas. Aunque tampoco es preciso tratarme de miserable…

Risas, como de niños pequeños. No ha de ser la voz, piensa Sander. A la voz no le decae ni un decibel de su espesura, nunca,

eso sí: considero que debieras empezar a buscar una salida, antes que respuestas a preguntas que no son más que retórica inútil. Urgente, una salida. Si sigues caminando en círculos, se hará noche. Y en la noche… ya sabes: te arriesgas a quedar como el amontillado del cuento. No olvides que estás dentro de un muro. Que tarde o temprano se encarga de hacerlo sentir, en uno…

ya ya: entendí bien. Pero sospecho que seguir sin entender no servirá de mucho. Seguir y seguir con los mismos errores; seguir y seguir con las mismas e inútiles preguntas… Seguir, y que lo extraño decaiga en lo absurdo…

Sander hace silencio. Sabe que eso es lo que más le conviene… Pero vuelve a caer en la trampa,

…eso, de una identidad que acabe siendo o no de acuerdo al ánimo de la memoria. Es una idea casi sórdida. Que se trae esta otra pregunta: ¿cómo saber qué demonios soy si la respuesta está siempre detrás? ¿Cómo, cuando la tierra se desmorona tras cada nuevo paso y el abismo se regocija pisándonos los talones con tanta mala fe que siempre se aquieta el tiempo justo y necesario para que el paso siguiente sea cómodo y seguro pero ausente de alternativas? Y si no puedo saber quién (supongamos eso y supongamos una memoria absolutamente inútil): ¿cómo saber qué tiene que ver y qué no, con ese quién imposible? Con lo cual, el problema no es entonces la carencia de sentido, sino la carencia de recuerdos,

y dale con los tropezones en círculo… Es un poco agotador departir con una voz tan necia. Sin embargo diré una cosa más, a ver si así te das cuenta dónde estás parado. Diré que empecinarse con recuerdos, cualesquiera fuesen, es el pantano de los sentidos… No no: así entenderás menos. Piénsalo como si fuese una construcción geométrica: dibujas formas, las pones delante de tus ojos, un poco más lejos que el alcance de tus manos. He allí tus recuerdos. Y este día dejará de ser el último eslabón para convertirse en el primero…

De pronto, como si hubiese percibido algún peligro repentino, la voz se calla. Y luego, unos pasos. Para hacer más perturbador el momento,

¿y entonces? Sigo sin comprender, qué demonios tiene esto que ver conmigo. Qué demonios esta niebla, este viaje de mierda, ese viejo delirante con sus propuestas sacadas de la isla de Nemo… ¿Qué mierda tengo que estar haciendo yo aquí?

Pero ya ninguna voz, le responde a Sander.

Que al decir de esos colores que empiezan a imprimirse ante sus ojos, y que sin margen de duda son los mismos colores de un cielo en una mañana de sol, está a un paso de salir del muro. Y cuando se está tan cerca de pasar del otro lado, las voces ya no acompañan, ni a la suya ni ninguna otra pregunta de nadie, ni nada de nada de nada.

Es un peligro casi mortal, para esas voces, correr el riesgo de salirse de esa cúpula gaseosa…

Casi podría decir que son como descargas eléctricas, como si estuviese entre las manos de la jovencita que le temía a Polidori mientras imagina los momentos inmediatamente previos al nacimiento de su criatura. A veces, las descargas, se reúnen entre sí y aunque precario, le ofrecen la dádiva de un sentido. Otras, no. O bien son escenas inconexas o bien la insistencia de una de dos de tres, nunca muchas más, que se repiten como lo harían en un proyector descompuesto.

Ahora es de esas, la imagen: la casa de la colina que vió a lo lejos, mientras desandaba el camino hacia el muro de niebla. La particularidad, o al menos eso puede concluir luego de unos chispazos, es que aparece, la imagen en estricta relación a una observación actual. Cada vez que Sander intenta fijar su mirada en el Zofione, esa casa fantasmática se lo impide, como si tuviese celos, como si quisiese ser ella la única que ocupe sus reflexiones. O como si le dijese, la entrometida, que el Zofione está allí para ser abordado y no para una contemplación periférica,

¿y por qué esa manera demediada de recordar?, se pregunta mientras reanuda la marcha a la vera de un malecón que fuera gris de piedra y hoy es verde de musgo.

Como si hubiese adoptado los mismos vicios de su mirada externa (porque al fin recordar no es sino mirar de espaldas al mundo). La que se estremece ante los cuadros, y ve en ellos lo que prosigue tras la imagen retenida entre los marcos… La solución, repite, la solución… Los relámpagos son realmente insoportables… Desviar la mirada: dejar de posarla en los cuadros o en cualquier cosa que se ofrezca pasiva como ellos(los marcos están aunque no se los vea).

Que algo no anda nada bien con su cabeza, lo sabe: alguna vez, lo que hoy le es arduo hasta lo imposible, no fue de esa forma. Su memoria era un mecanismo ante el que nada más debía seleccionar la secuencia de escenas y luego traducir…

Antes, ¿cuándo?

Se dá vuelta. Nadie siquiera a tiro de una mirada perdida en el horizonte.

¿Su propia voz? Tal vez le convenga escuchar. Quizá sepa algo. Tal vez algo…

Aquella noche… Los canelones a la rossini… ¿Casa de Carla? Para nada: no hubo. Sólo anterior. En la última ya había huído…

Carla, claro.

Es algo.

Reconocer un nombre para el comienzo

Y que importa si el nombre exacto o no: los comienzos son tan inciertos como los recuerdos que quieren mencionar.

 

¿se siente mal?

siempre sospeché que mal o bien no significan nada… a no ser por su capacidad de cerrar diálogos o evadir intimidades. O anticipar una traición… Pero ahora estoy seguro. Son las pequeñas delicias que se nos concede a los estamos a punto de estirar la pata.

Korta busca una silla pero no la encuentra. Entonces, desentendido de toda formalidad, utiliza el cuerpo de Sander como sostén. Para que dejarse caer en el piso no sea grotesco, además de doloroso,

por eso le digo: ni lo intente… Al menos hasta que escuche lo que tengo para decirle. Porque supongo que se ha convencido que esto va muy en serio… ¿Sabe? Ser cruel, es otra de las ofrendas que se le hacen a los moribundos que en vida fueron cautivos de demasiados silencios… Desde luego que podría esperar que me muera… No ha de faltar mucho, está bien claro… Pero lamento decirle que eso no lo libera: cualquier cosa que intente, Severo… Que nada sabe de crueldades, es cierto. Él, sólo sabe ser fiel. 

Sander también se deja caer, en el piso, junto al viejo. Que está en lo cierto, punto a punto. La idea, al menos la que tenía un minuto atrás era esperar que se muriese. Ahora ya no está tan seguro. De tener esa idea o ninguna otra. Sólo esa curiosa intuición (a las emociones fuera de libreto, a las emociones que arrasan hasta con los cuerpos más expertos en denegar los estímulos del mundo,  Sander les llama de esa forma)…

Ganas que ese viejo se quede el tiempo suficiente para que él pueda vomitar las dos o tres cosas que vienen por detrás de las circunstancias recientes,

¿por qué a mi? No me conoce… no lo suficiente… Unas conferencias, un libro que ni siquiera existe por mi voluntad… Si es por los explosivos…¿su hermano?..

Ulrich…

¿Qué?

Justamente: no entiende. O mejor dicho: no sabe. Esa es su virtud. La única. La virtud de no tenerlas. ¿Recuerda la reflexión de malo o bueno? Eso es usted. La superación de esa falsa opción. Musil lo adelantó. El es padre de Ulrich, pero eso ya no importa. ¿Cómo explicárselo? ¿Cómo explicarle a alguien que fue un títere de sueños ajenos y aun así no entiende, de que se trata “esto” como usted dice? De nada. Usted porque usted no existe, usted porque está disponible. Usted, porque sí. No ha de haber muchos más, capaces de semejante odisea…

pero no es cierto… Yo sé… De alguna forma…

¡Claro! De eso hablo. Usted es la prueba que las palabras no son un rumbo obligado. Usted sabe, aunque no entienda nada de ellas… Usted, ha superado a Ulrich. Usted, no carece de atributos. Usted los ignora… Un estratega sutil y, aunque me cueste entender el motivo, de una eficiencia lapidaria. Como una cabeza que es capaz de caminar veloz pisando las huellas de una lobotomía profunda. 

Sander mueve las manos… Tiene sueño. Que le ordene lo que mierda quiera, ese viejo de mierda. Pero que lo haga de prisa…

¡Ha llegado el testigo..!,

le grita a un par de mujeres que cruzan un camino acompañadas por un burro que se lleva cansino sendos morrales repletos de vaya a saberse qué cosas.

Las mujeres los miran, se miran, si piensan algo de él no se les nota en lo más mínimo; siguen su camino.

Sander se encoge mientras balbucea una y otra vez ese sustantivo.

Testigo testigo testigo…

Hace un pase de baile à la Búster, que a poco estuvo de arrojarlo al piso polvoriento que desciende hacia la orilla del agua. Lo importante es que ha recuperado el buen humor.

Un testigo. Y para mejor, uno que no tiene que rendir cuentas ni tendrá que declarar en proceso y será libre de conservar sus observaciones para hacer con ellas lo que le venga en gana.

Libre, y así todo condenado: un testigo sin proceso, es una condena.

Condenado a atestiguar.

Y atestiguar (verbo transitivo, de uso generalmente apócrifo), se puede decir que en este caso ha perdido hasta el último rasgo de sentido. De los sentidos conocidos, al menos. Como si uno dijese: a partir de hoy cavaré un pozo en ese predio abandonado. Un pozo: ni una tumba ni el espacio para un retoño de jacarandá ni para un tesoro ni para huir ni para pasar un tiempo que se niega a hacerle las cosas llevaderas… Sí: podría pensarse en los castigos de ciertos presidios: cava un pozo; cava cava; ¿hasta dónde? No lo sé ¿y cuándo lo sepa? Nada: lo tapas y vuelves a comenzar.

Acción inútil…

pero tampoco sería esto, exactamente.

El pozo que condena al convicto es un círculo perfecto. Cava y rellena. Sufre y aprende.

Atestiguar, tal como Korta se lo ha encomendado a Sander, no. Si círculo, uno que nunca cierra. Es el “sufre” (o goza o pudrete o desespera o lo que se quiera) sin el “aprende”. El paréntesis que abre sin el paréntesis que cierra. Ningún círculo.

Tiene su lógica, que sea así, quién ha de ser testigo en derredor de las orillas del Pauperloch.

Testigo, en la espiral.

…pero eso no lo va a decir porque si lo hiciese tendría que dar explicaciones y aunque el tipo no entienda nunca nada de lo que se discurre entre las letras, tampoco es cuestión de arriesgar,

¿y qué cosa tendría que atestiguar?

Eso no importa. Yo podría decirle… ese libro, que desde luego no ha ido a sus manos por casualidad, podría decirle… Pero lo mío es imperfecto porque elegí imaginar. Y eso me hace incapaz de ser testigo de nada. Y el libro lo es pues algo que no transpira que no grita que no teme ni tiene hambre o ganas de cortarse las venas, es un ser mutilado para determinados quehaceres. Y en esto, tener la rezón, es nada. Si ficción o crónica, es nada. ¿Qué cosa? Lo que vea. Eso.

¿Eso es todo?

Me temo que no.

Korta respira profundo. El aire cada vez es más difícil de encontrar. Hace un último esfuerzo,

Lo que sigue quizá le haga creer que entiende… Créalo, si eso le sirve… Lo que sigue…  Son dos pasos bien sencillos: descomposición composición, podría llamarlos.

La dinamita que acaba con todo, primero.

La memoria que lo recupera todo, después.

Y no se atrevió antes a preguntar, Sander, de qué sirve un movimiento que se anula a sí mismo. Inútil, diría él. Que no entiende, le hubiesen dicho.

Y con razón. Si eso piensa de ese movimiento…

 

En la orilla opuesta, Sander espera por el barquero. Le han dicho que por allí anda, que tenga paciencia,

suba.

Se da vuelta y lo ve. Es un hombre pequeño y delgado, tanto que se diría al borde de la hambruna, como esos cuerpos que les tocó ser motivo del capricho supremo de un burócrata -junto a la analogía le aparece una puntada en el costado, a la altura del bazo, allí donde dicen que duele cuando uno corre con la boca abierta. Siempre que aparece el tema de los campos, a Sander le aparece ese dolor. En verdad en sus casi cuatro décadas de vida, ha pensado en el tema no más de tres o cuatro veces. Pero en todas y en cada una, el dolor se ha hecho presente como un síntoma demasiado preciso, más propio de síntoma de personaje de ficción que busca con la reiteración pautada arrojar una metáfora de sí, que de un tipo de carne y hueso donde el dolor es siempre una visita mutante. Será que lo recuerda tan bien porque tres o cuatro veces son escasos para reflexionar sobre los campos pero, en relación a las veces que ha corrido con la boca abierta, es una medida más que considerable. Tampoco faltó el psicólogo que refiriese las muertes reales de sus abuelos y las depresivas historias acerca de ellos con que su madre amenizaba la antesala del dormir en reemplazo de las truculencias (así las consideraba) de Hoffman o los Grimm. Ni tampoco, claro, faltó el gurú de turno que relacionara esos dolores con una de sus vidas pasadas en donde el no sería parte de las víctimas sino un encumbrado mecanismo de los victimarios.

no es que tenga mucho por hacer. Pero me da por ahí abajo, tener que esperar… Los siervos, muchachito, búsquelos del otro lado. Que a mí pagaron para llevarlo no para esperarlo… El hombrecillo aprieta las mandíbulas para contener la andanada de desagrado que le provocan los extranjeros. Y más, los que usan a Gerasia como un muelle de paso para saltar al muelle de los depravados.

Sander se disculpa y sin demora sube.

El resto del camino habido entre ellos, no opuso ni una mota de voz al silencio: el barquero con la vista al frente y sus paletazos ofuscados; Sander, con las manos firmes sobre el maletín que guarda el plástico y los ojos libres, los ojos, que de todo lo que tienen para recorrer, se quedan con el extraño edificio rojo con forma de cono truncado y con una chalupa de esas antiguas que sólo se ven en los museos y que, al menos eso parece a simple vista, deriva vacía hacia el noreste, hacia una especie de boca donde el agua excede los bordes de la tierra…

El apuro o el descuido. El caso es que a la barca la dejaron sin una miserable amarra.

El apuro el descuido… O un acuerdo entre la barca y el navegante.

Así, Clara por su surco y Wolf por el suyo.

La orilla llega pronto. Y al barquero, que se supone sería su edecán de tierra, no le preocupa demostrar su afán por deshacerse del pasajero, cuanto antes.

Dejarlo sólo, en el crujiente muelle de Vintelia.

Apenas si le permitió sacar su mochila del interior de la barca. Y en el apuro, a punto estuvo de  llevarse el maletín con el plástico. Hubiese sido fatal, para el hostil lugareño: el vaivén del agua y los panes de explosivo a la deriva sobre el piso de madera, es una relación sin destino (si bien ese que él utiliza es más estable que otras combinaciones, tiene una particular intolerancia a los movimientos pendulares),

luz de día en medio de la noche, aullido de cien osos entrándole a sus hembras con la primera luz de primavera. Y el desagradable rocín, hecho cenizas, al fondo del líquido negro.

Sander aplica una sonrisa al rostro ofuscado: recordar a su obeso maestro en las artes de los fuegos que descomponen y esa amanerada insistencia de hacer retórica con ellos, como si se tratase de flores o las hazañas de algún Rolando flamígero e inestable, lo ayuda.

Luego, es necesario ajustar coordenadas…

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