La lotería del solsticio de invierno

Son infinitas las terrazas que Nadine puede ver. En cada una de ellas, cientos de personas provistas de su reposera con su correspondiente conversor fotosintético descansan de cara al sol. A medida que se va acercando, Nadine repara en la transparencia de esos cuerpos echados, como si tuvieran la consistencia de un cristal blando. Consulta su guía electrónica que le informa la edad promedio de aquellos asoleados pacientes: entre setecientos y ochocientos años. Ahora que logra verlos más de cerca se da cuenta que llevan una fina túnica transparente muy delgada. La guía le confirma que sirve para filtrar los rayos más nocivos del sol.

Unos pasos atrás vienen Selene y Arturo conversando animadamente y señalando aquí y allá el insólito espectáculo que están presenciando.

A Nadine le impresiona el líquido bordó brillante que circula por la cánula conectada a un dispositivo que parece una flor sintética, por cuyo tallo metálico desciende, lentamente, el precioso líquido que los longevos pacientes reciben con beneplácito. La elaborada sustancia permite que sus cuerpos continúen funcionando normalmente, pero a un ritmo mucho más lentificado.

-Ese señor de allá- señala Selene- es casi transparente. Desde lejos, su reposera parecía vacía.

-Y aquella mujer –agrega Arturo – parece que su peinado flotara sobre su cabeza, y se le nota el líquido bordó circulando por sus venas.

Visto desde el aire, pensaba Nadine, todo esto se asemeja a un panorama de pequeños paneles solares salpicados por transparentes figuras alargadas e inertes. Recorrían esas enormes terrazas que se emplazaban sobre el piso 88 de cinco torres, en las que se distribuían las oficinas y los laboratorios de Cronía.

Para Nadine, Arturo y Selene, todo había comenzado cuando se inscribieron en la Lotería del Solsticio de Invierno para presenciar a lo que “inmortales” como ellos los llamaban. Venían inscribiéndose hacía cinco años y recién ahora habían sido seleccionados y podían participar en la visita de Cronía, el enorme Instituto Solar que mantenía a unos pocos privilegiados en su predio con el fin de extenderles la vida cinco o seis veces más allá de la de cualquier mortal.

Cuando se presentaron para la visita, primero debieron permanecer seis horas en las cámaras purificadoras para no transmitir sus gérmenes a los “inmortales”. Luego pasaron por las salas informativas donde se interiorizaron sobre todo el proceso, y finalmente accedieron a las enormes terrazas.

Los que optaban por esa forma de longevidad, pasaban en principio una primera etapa de dos meses de depuración sanguínea, luego durante otros dos meses más se sometían a una readaptación del funcionamiento glandular. Durante todo este tiempo utilizaban un sofisticado sistema de aparatos de gimnasia pasiva, para que sus músculos no se entumecieran. Pese a toda esta preparación, algunos precisaban intensificar algunas etapas de adaptación. Quedaban descartados en esta etapa los que habían sufrido alguna enfermedad grave o padecido hepatitis. La adaptación al líquido bordó era una prueba muy dura tanto para el hígado como para el páncreas. Se trataba de un complejo extracto vegetal que transformaba el proceso fotosintético en una especie de hemoglobina, pero manteniendo una diferencia esencial para la preservación prolongada de los órganos. Durante los primeros años de esta práctica habían muerto tres pacientes que padecieron cáncer o hepatitis. Una vez que los cuerpos se adaptaban a la nueva “hemoglobina” (la clorofiloglobina) había que realizar una rehabilitación de algunos órganos. Las mujeres se adaptaban más fácilmente y sus cuerpos soportaban muy bien el tratamiento, especialmente las que habían sido vegetarianas.

A Nadine le pareció demasiado todo aquello sin embargo, el asombro fue más fuerte que la impresión que le causaba aquel proceso. Los cuerpos de los “inmortales” parecían tener la textura de un crustáceo, muy alejados ya del aspecto humano.

Es la tercera vez que se reúnen. En esta oportunidad tienen un plan. No es demasiado ingenioso. Después de todo, con medio litro para cada uno alcanza. El problema es la edad, tienen que tener menos de veinte. Cada uno porta su recipiente estéril y se mantiene a la expectativa.

Arturo lleva el aerosol paralizante, Nadine y Selene portan las cánulas para la extracción. Saben que están a punto de cometer un delito, pero con la baja última del presupuesto de seguridad, es poco probable que se vea algún policía en las calles. Lo difícil es la limpieza del brazo, si la zona donde se le inyecta la aguja que conecta a la cánula está muy sucia, la sangre no servirá, y todo habrá sido en vano. En otras dos oportunidades no pudieron: no llevaban el aerosol, y ningún joven se prestó voluntariamente a la extracción pese a que le ofrecieron dinero. De todas formas, indigentes sobraban, hubieran podido optar por más chicos. De hecho el instructivo que aparecía en el sitio de internet de Cronía decía: “Cuanto más pequeño, mejor. Su sangre se halla aún libre de impurezas”. Pero les pareció demasiado, así que autolimitaron su búsqueda entre diecisiete y veinte años. Por lo general, estaban muy drogados. Si es así, tendrían que procesar la sangre hasta limpiarla por completo. Se trataba de un proceso bastante caro, pero valía la pena. Con esa sangre podrían visitar las terrazas de los inmortales. La lotería organizaba los sorteos de acuerdo a la calidad de la sangre que el aspirante ofrecía. Por lo general les alcanzaba para una visita de un día completo con almuerzo y cena incluido.

Selene se aproximó a un grupito de cuatro jóvenes y dos chicas que parecían dormitar sobre sendos colchones inflables bajo el alero de un edificio.

-Tirale el aerosol – le dijo Selene a Arturo.

-Pero, si están durmiendo…

-¿Durmiendo? – intervino Nadine – Me parece que están bajo el efecto de la neoendoanfetamina, la nueva droga que se vende en las calles.

-Sí – reafirmó Arturo – me parece que justamente para garantizar su circulación es que se ve menos policía en las calles.

-¿Y vos –preguntó Selene a Nadine – cómo sabés de esa droga?

-Mi padre trabajó durante muchos años en el departamento de drogas. Sé que se trata de ésa por el leve temblor en los labios y el rápido movimiento lateral de los ojos.

-Ah –dijeron al unísono Selene y Arturo. Y sin mediar palabra comenzaron a insertar las agujas en cánulas para la extracción. El proceso fue relativamente rápido. En menos de quince minutos habían logrado llenar los tres recipientes.

Para su recorrido por las terrazas les habían conectado un pequeño monitor al oído que los guiaría, a fin de elegir aquellos pacientes que estuvieran dispuestos a contarles su historia.

Nadine se detuvo en una reposera sobre la que descansaba una mujer de pelo corto increíblemente blanco. Reparó en sus párpados transparentes, atravesados por pequeños capilares azules que le causaron una fea impresión. De pronto, los ojos se abrieron.

-Una visitante, seguro – dijo la mujer – Digamos que estoy de ánimo para hablar. ¿Quieres conocer mi historia?

-Sí – dijo Nadine.

-Primero aguarda a que me desconecte del programa de distracción alfa.

-¿Qué es eso?

-Todos tenemos un programa de distracción. Si no, nos moriríamos de aburrimiento.

-Ah.

-No hay nada más terrible ni letal que el aburrimiento.

-Depende –dijo Nadine

-Depende de qué – preguntó la mujer

-Conozco una secta que cultiva la meditación y no necesitan nada de eso.

-Sí, sé muy bien a quiénes te refieres. Pero hace un par de años han sido contaminados. Su población bajó a menos de la mitad. Ya no quedan maestros entre ellos, solo algunos alumnos avanzados. Los dueños de Cronía los buscaron para integrarlos en la empresa, pero se negaron. Deben haber muerto todos ya.

La mujer hizo un ademán con la mano y una ventana de la pantalla que tenía delante se apagó. Estaba conectada a la pantalla por un pequeño dispositivo que llevaba implantado detrás del lóbulo de la oreja derecha.

-Listo –dijo- Tengo en la actualidad setecientos cincuenta y dos años.

-¿Y desde cuándo está en Cronía?

-Hace quinientos cincuenta años, exactamente. Aunque no lo parezca, he rejuvenecido. Cuando llegué a Cronía mi piel estaba seca, prácticamente muerta. Me había debilitado mucho.

-¿Ha realizado viajes espaciales? – preguntó Nadine

-Pocos. Uno a Júpiter, dos a las lunas de Saturno, y un par más a Marte. De todos ellos me quedo con el viaje a Titán, Encelado no estuvo mal, pero me gusta más aquella otra luna. Sus lagos son increíbles. El trayecto fue algo complicado. La tripulación no estaba habituada a los viajes por el espacio. Uno no quiso ser hibernado y hubo que bajarlo a último momento de la nave. Dos de los que despertaron cuando ya estábamos por llegar tuvieron una descompensación, uno se murió y el otro tuvo que ser intervenido en la nave, no llegó a conocer Titán.

La mujer le contó que había nacido en un barrio humilde, pero pronto obtuvo un puesto en una gran empresa en la que ascendió. Estuvo casada con el dueño hasta que descubrió que cometía varias estafas y decidió denunciarlo. Fue perseguida por sus secuaces y debió huir en un viaje espacial a Marte. De vuelta se enteró que lo habían encarcelado, ahora podía ser ella misma la ejecutiva de la empresa, sin embargo, un socio del que había sido su jefe la difamó y nuevamente se vio obligada a huir. Esta vez vivió un tiempo en varias islas de la Polinesia. Con el tiempo, el nuevo jefe cayó en desgracia, ya que se descubrieron una serie de negocios irregulares con su viejo socio. Creyó entonces que finalmente había llegado su momento, regresó a Nueva York, pero ni bien ingresó a los EEUU fue encarcelada acusada de ser cómplice de los directores que habían dirigido antes la empresa. No pudo probar su inocencia. Estuvo cinco años en la cárcel. Cuando salió, decidió formar su propia empresa, tenía el personal que la seguiría, conocía perfectamente el manejo del negocio. No podía fallar. Así fue, durante los dieciocho años siguientes vio crecer la empresa que había fundado hasta que decidió dar un paso al costado. Podría vivir de rentas. Se lo merecía. Cuando tuvo que realizarse la primera intervención seria, se puso en contacto con Cronía.

Arturo estaba delante de la reposera de un hombre que, según rezaba el cartel, tenía setecientos veinticinco años. Estaba completamente pelado, sus párpados apenas se abrían hasta la mitad del ojo y lo veía con dificultad.

-Hola, jovencito – le dijo

-Veo que es realmente longevo – dijo Arturo

-Así es

-¿Y cuándo es que se contactó con Cronía?

-Eso ocurrió hace quinientos cuarenta años. Ya casi no me acuerdo. A veces siento como si hubiera nacido aquí.

-Me imagino – dijo Arturo

-Pero mi vida anterior fue bastante ajetreada. Hoy la veo como si se tratara de la vida de otra persona. Me resulta increíble que sea la mía. Ha pasado tanto tiempo que ya hasta me parece un sueño lejano.

-Y qué me puede contar…

-Yo era un muchacho como usted. Quería saberlo todo, conocer los secretos de este mundo, pero mis padres eran demasiado rígidos. No querían que anduviera lejos. De hecho, me impidieron salir del país antes de cumplir los dieciocho, imagínese.

-Entonces, después de cumplir los dieciocho…

-…me fui a la China. Mis padres se enojaron mucho. Pasé en aquel país cerca de un año. Cuando volví no querían hablarme. Decidí que era hora de hacer mi vida prescindiendo de ellos. No nos volvimos a ver. Me enteré treinta y cinco años después que fallecieron en un accidente. Me fui a Marte primero y luego a Encelado, también estuve en Ío y en Ganímides. La gente de allá vive más tranquila, la Tierra es una locura, nunca hay tiempo para nada. Anduve por todas partes hasta que a los ciento cuarenta años tuve que realizarme una intervención. Nada de gran riesgo, pero una intervención del corazón nunca es una broma. Salió todo bien y entonces me contacté por primera vez con Cronía.

-Muy interesante –dijo Arturo.

Selene estaba de pie junto a la reposera de una mujer que apenas se movía. Es más, suponía que estaba muerta y nadie se había dado cuenta de ese hecho. Muy sutilmente le tocó el hombro, y la mujer reaccionó de golpe, movió la cabeza hacia ambos lados y se la quedó mirando con los ojos muy abiertos.

-¿Qué quiere? – preguntó molesta

-Saber más sobre usted – dijo Selene con voz pausada.

-¿Para qué quiere saber más sobre mí? No hay nada interesante que saber. Váyase.

-Pero, ¿cómo? Cuando fuimos seleccionados por la Lotería nos dijeron que todos los pacientes son amables y cuentan sus experiencias a los visitantes, se ve que usted no es así.

-No, no lo soy.

-¿Por qué?

-Vea, jovencita. Quizás yo sea la excepción entre todos los que están aquí.

-¿Cómo es eso?

-Fueron mis hijos los que me internaron en Cronía. Yo no quería. Siempre quise una vida normal. Vivir lo que vive cualquiera

-¿Entonces? ¿No está aquí por propia voluntad?

-En absoluto.

-¿Y sus hijos?

-Esos. Afortunadamente ya murieron. Anduvieron por el centro de África. Les advertí del peligro, pero, como siempre, no me escucharon.

-¿Y todo esto ocurrió, cuándo?

-Uhh. Deben hacer ya ciento cincuenta años. Tengo trescientos ochenta. Soy de los más jóvenes de estas terrazas.

Cada uno llevó su recipiente a su casa. No debían mencionar la visita a Cronía. Sus padres

no estaban de acuerdo con esa visita. A ellos les pareció cosas de viejos. Hablaban de visitantes desaparecidos, de que la Lotería era una trampa y una gran mentira. Nada de eso parecía posible. Cómo podía ser, tanta gente que frecuentaba a diario las terrazas…debieron saberse aquellos secuestros y hasta desapariciones de las que les hablaban.

Al tercer día de haber obtenido la sangre se presentaron en las oficinas de admisión de Cronía. Un robot de voz neutra, atornillado a la silla desde la que hablaba les preguntó con voz microfónica:

-¿Han obtenido las muestras necesarias para el ingreso?

Los tres contestaron afirmativamente.

-Coloquen los recipientes en las respectivas cápsulas.

Colocaron los tres recipientes en una cápsulas especialmente diseñadas para tomar una pequeña muestra y analizar la sangre. El procedimiento demoró unos minutos. Nadine, Arturo y Selene se miraron ansiosos. La voz micrófonica les comunicó con tono falsamente triunfal:

-Las muestras están en perfecto estado. Los tres han sido admitidos. Pasan al próximo sorteo. Deberán esperar diez días para el resultado. Si resultan favorecidos, oportunamente se les hará saber qué día pueden visitar las instalaciones. Buenos días.

Estaban entusiasmados. Al fin podrían conocer las oficinas, laboratorios y especialmente, las terrazas de Cronía.

Una voz los llamó a los tres para que tuvieran un momento de descanso y distensión en la sala contigua a las terrazas. Se dirigieron allí. Nadine tuvo una rara sensación. La historia que le habían contado era excitante, pero había algo que no terminaba de encajar. Miró a sus compañeros y les pidió que se adelantaran. Volvió sobre sus pasos y se dirigió nuevamente a la anciana que le había contado aquella historia. Había llevado consigo un pequeño micrófono que le permitía oír conversaciones a distancia. Así que se acercó a una distancia prudencial de la reposera de la mujer y oyó:

“Una visitante, seguro. Digamos que estoy con ánimo para hablar…”

Corrió para alcanzar a sus amigos. Casi estaban por ingresar en la sala de relax, cuando los detuvo.

-¡Esperen!

-¿Qué pasa?- preguntó Arturo – ¿por qué estás tan agitada?

-Necesito comentarles algo antes de que entren.

Selene la miró inquisitiva e impaciente.

¿Qué te pasa? ¿No era esto lo que queríamos?

-Sí, pero hay algo que tienen que saber.

-¿De qué se trata?

Nadine les explicó que la anciana había repetido exactamente las mismas palabras que le había dicho a ella a otro visitante.

-¿Y?

-Creo que no están vivos

-¿Cómo que no están vivos?

-Para terminar de comprobarlo me tienen que ayudar -dijo y le pasó el micrófono a Arturo para que él se acercara a su “inmortal” y verificara si le estaba contando exactamente lo mismo a la persona con la que estuviera conversando.

Arturo repitió los movimientos de Nadine, y se mantuvo a distancia prudencial para que no lo notaran. Escuchó con asombro:

“Pero mi vida anterior fue bastante ajetreada. Hoy la veo como si se tratara de la vida de otra persona. Me resulta increíble que sea la mía.”

Mientras se acercaba a Nadine pensaba: “Las preguntas, ¿cómo pueden repetirse si cada visitante haría sus propias preguntas”

-Sí – le dijo a Nadine – repitió exactamente lo que me dijo a mí. Ahora, ¿cómo puede ser que lo hagan si cada visitante les hace diferentes preguntas?

-Cierto – contestó Nadine – no lo había pensado.

Le propuso a Selene que llevara el micrófono a su “inmortal” y escuchara lo que le estaba diciendo a su circunstancial visitante.

Selene se acercó a la reposera, pero estaba vacía. La mujer ya no estaba.

Los tres se encaminaron a la sala de relax y se recostaron cada uno en su reposera. Enseguida tuvieron una extraña sensación. Cerca de sus sienes había pequeños orificios desde los cuales parecía salir algo así como una voz. La voz les indicaba qué pensar. Los tres comenzaron a pensar en lo que la voz les indicaba. Como se habían relajado no le dieron demasiada importancia. Nadine permaneció un rato adormilada, pero entonces recordó el cuestionamiento de Arturo sobre las preguntas. En las visitas les habían dado unos monitores. Eso era. Los monitores los habían inducido a realizar las preguntas que hicieron. Entonces….los inmortales, estaban muertos.

Miró a los costados. No vio ni a Selene ni a Arturo. Estaba segura que se habían ubicado en reposeras contiguas a la suya. Se levantó y corrió hacia las terrazas. Todos se detuvieron a verla extrañados. Volvió a la sala de relax. Ahora todas las reposeras de la sala estaban vacías. Cómo podía ser. La primera vez que había entrado estaban llenas de visitantes. ¿Dónde se habían ido?

Una voz microfónica por un altoparlante dijo su nombre.

“Señorita Nadine Abismal. Su visita a Cronía, que incluye oficinas, laboratorios y terrazas, ha concluído”

Nadine corrió por las terrazas viendo como los visitantes seguían con interés los relatos de los supuestos inmortales. Cada uno con su monitor en la oreja, para luego marchar a la sala de relax.

Nadine estalló:

-Los quieren matar, los están atontando para matarlos. Los inmortales están muertos.

Un robot se acercó delicadamente a ella. Los visitantes la miraban extrañados y molestos. El robot le puso un somnífero en la nariz y Nadine se desmayó.

Cuando se despertó, se encontró en una camilla desnuda, maniatada y con la boca tapada. Un hombre con delantal y un monóculo con espejo se le acercó. Llevaba unos lentes extraños y su voz cavernosa comenzó a oirse.

-Es curioso. Muy curioso que no se haya rendido ante todas la evidencias, querida. Cuánto lo siento. Hubiera sido preferible. Morir en estado de inconsciencia, qué bendición. ¿No le parece? Sus amigos han sido afortunados. Entre paréntesis, la sangre que trajeron no era de muy buena calidad, igual pudimos rescatarla. Es una lástima que los jóvenes de hoy se droguen de esa forma, su sangre cada vez viene peor. Pero bueno, todo sea en función de la empresa. La empresa lo es todo. No solo para nosotros. También para ustedes. Esperan meses y algunos hasta años para ser seleccionados por la Lotería del Solsticio de Invierno. Esa es la fuerza de nuestra empresa: la creencia. Somos creíbles, querida. Eso nos ha hecho casi invencibles. Cada tanto aparece alguien como usted, que se da cuenta, y debemos actuar con celeridad y discreción. La discreción ha sido en estos últimos años una de nuestras máximas virtudes. ¿Quién no querría ser inmortal? ¿ A quien no le gustaría sostener una charla con alguien que lo fuera? Les damos lo que piden.

Nadine se removía infructuosamente en la camilla.

-Es inútil, querida. En breve te unirás a tus amigos. Simplemente te mantuve con vida por curiosidad. Quería ver el rostro de alguien que no nos cree. No veo nada diferente de los otros. Tu curiosidad por los inmortales te ha llevado a la muerte – dijo y le aplicó en el brazo un líquido verdoso oscuro.

Nadine sintió que se le cerraba el pecho y de repente dejó de respirar.

Han pasado casi doscientos años de aquellos tristes sucesos. Todavía recuerdo el rostro de la joven, desafiante y resuelto. No he podido perdonarme aquella decisión, pero no tuvimos alternativa. Fue la única vez que nos alimentamos con sangre de manera violenta, la única casi en mil años. Ellos aportaban al banco fruto de donaciones y así obtenían el derecho de visitar las instalaciones. Ahora las terrazas se han ido vaciando. Hartos de su sueño reiterado, mis congéneres me fueron abandonando. Yo misma he decidido terminar de una vez con este atroz privilegio. No pienso permitir que una vez más, me venza el sueño.

Hizo un esfuerzo enorme, alzó su brazo izquierdo muy despacio, pero las energías no le alcanzaron. Llegó a aferrar la cánula que la alimentaba con su mano, pero ésta cayó pesada sobre la camilla. Así se fue quedando dormida, mientras su sueño se iba ennegreciendo muy lentamente.

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