La estructura de los sueños

a   G.G.M

No caí en la cuenta que se trataba de una pesadilla hasta el tercer o cuarto médano. La cosa era así: yo intentaba llegar al mar bajando por un angosto camino de arena enmarañado de esas plantas de gajos carnosos que abundan junto al mar (nunca supe el nombre vulgar ni mucho menos el científico), se oía el rugido de las olas y podía oler el característico aroma del agua salada, pero cada vez que pensaba que aparecería la playa, aparecía un nuevo médano, gigantesco, soleado pero sombrío, como el alto murallón de un presidio o un cementerio, hasta que algo me mordió el tobillo y desperté.

El otro hombre me escuchaba sin pestañear; tenía las piernas cruzadas y aparentaba la calma de un psiquiatra, aunque solo fuera otro paciente que aguardaba como yo en la antesala del dentista. Hizo un gesto indescifrable que tanto podía significar ‘No sé qué decirle’ como ‘Así son los sueños’. Finalmente dijo ‘Uña de gato’. Lo miré sin entender.

-Las plantas de su sueño, explicó, Se llaman uña de gato.

Asentí con un apuro inusitado que me empujaba a seguir contándole. No tardé en volver a dormirme y seguir soñando. Estaba de nuevo en Buenos Aires, no muy lejos de mi barrio, digamos la avenida Pampa casi llegando a las vías del Ferrocarril Mitre. Una chica muy linda esperaba a mi lado para cruzar la avenida; era negra, o mejor dicho marrón claro, ¿vio que en realidad los negros son marrones de diferentes tonos?, nunca supe por qué les dicen negros. ‘¿Me podés ayudar?’, me dice la chica, y veo que tiene las piernas cubiertas por una especie de arnés con tiras de cuero, como usaban los enfermos de poliomielitis hace muchos años. Le dije que sí, claro, y la tomé del brazo para cruzar la avenida que ya no era Pampa sino Federico Lacroze o alguna con dársenas de cemento en el medio y antiguas farolas con guardas de cristal blanco, como las que había en Buenos Aires hasta entrados los años sesenta. Llegamos a mitad de la avenida, pasaban trolebuses no sé si se acuerda, esos que en el techo tenían una vara metálica adosada al cable de suministro eléctrico. Pero la dársena de cemento es de repente una cama angosta dentro de una estrecha habitación, y ahí está recostada la chica marrón claro, triste, decepcionada; veo por primera vez que una de sus rodillas es enorme, quizá más grande que una pelota de fútbol, con protuberancias y hasta cráteres secos que de inmediato me recordaron escenas de las figuritas Marte Ataca, quizá las recuerde usted, venían con un chicle sabor banana. Ya de pie, la chica me recrimina algo esperándome nuevamente en la dársena de cemento; no es que la haya abandonado, simplemente me detuve a saludar a una compañera de oficina (al parecer trabajo en un destacamento del Estado, aunque no podría precisar qué clase de tarea hago ahí), mi compañera, de la que no recuerdo ya ni la cara, alcanza a decirme que ‘las cosas se están poniendo feas’. Le explico a la negrita que solo me demoré unos segundos por ese encuentro casual con mi compañera de trabajo, que por cierto se ha esfumado, y ella me mira entre incrédula y decepcionada, sin reprochármelo baja su cabeza bajando la vista en la rodilla deforme y vuelve a mirarme con la expresividad de aquellas actrices del cine mudo, que sin decir nada en concreto brindaban al espectador un variado menú de interpretaciones. ‘Qué hermosa’, le  digo sonriente (de verdad lo es) pero ella no lo cree y mira a un costado con la misma expresión triste de siempre, ya que en un segundo nos conocemos desde siempre. Sin embargo no volveré a verla, lamentablemente. Ahora estoy volviendo a mi casa a pie por la avenida Pampa (al instante voy por Sucre, la calle paralela) y sin mediar proceso que justifique cambio, estoy nadando calle abajo porque las aguas llegan hasta los primeros balcones de los edificios. No veo gente; al parecer estoy solo en esta situación, aunque al llegar a la avenida Melián (la que tiene esos árboles inmensos que se llaman Tipas, de esos sí conozco el nombre), hay una marea embravecida, como si el agua que inunda la calle Sucre fuera un correntoso río, y la avenida Melián su desembocadura al mar. Entonces sí veo gente flotando alrededor de un muchacho uniformado, también flotando, que explica a los demás que no se puede cruzar Melián en esa bocacalle: hay que nadar hasta Monroe por alguna calle paralela, y desde ahí ver si se puede subir hasta Villa Urquiza. No le hago caso (soy desobediente hasta en sueños) y avanzo nadando por Sucre con serias intenciones de cruzar Melián, a pesar de la intensa marea en que se ha convertido; sin embargo, al llegar a la bocacalle, una fuerte corriente submarina me impide pasar, devolviéndome varios metros atrás al torrentoso río Sucre. A pesar del temor que me infunde el oleaje centrífugo y centrípeto, intento nuevamente ingresar a la avenida y una y otra vez esa fuerte pared de agua me lo impide… ¿lo estoy aburriendo?

-En absoluto, dice el hombre amablemente, Es más entretenido que esas revistas que hay ahí.

Continué contándole, animado por su buena predisposición de oyente ocasional. Mire, no podría explicar en qué momento desapareció el mar de la avenida Melián. Una gitana me pedía ahora un cigarrillo, cerca de mi casa, exactamente en Juramento y Álvarez Thomas, y no sabe cómo se enojó cuando le dije que no fumaba, ‘Me importa un pito si fumas o no, he dicho que me des un cigarrillo’. Tal vez escapando de la gitana me trepo a una especie de cornisa ancha como un balcón, pero sin parapeto ni baranda, junto a una ventana entreabierta. Es de noche, probablemente madrugada, y al espiar disimuladamente entre las rendijas de la persiana comprendo que esos tres tipos conspiran para cometer un crimen, no me pregunte cómo lo sé. De hecho –y esto es lo más sorprendente- ya no soy yo el que los observa sino otro tipo, de ojos claros achinados (se parece bastante a John Travolta) pero a la vez soy yo el que los observa, soy yo y soy él, y de repente me descubren agazapado en la cornisa, abren la ventana de inmediato e intento saltar, pero hay como diez metros hasta el suelo, quizá más, y en la duda quedo colgando de la losa, apenas agarrado con las manos, hasta que uno de ellos me levanta de las muñecas y me lleva al interior. Ríen con fiereza criminal; no se molestan en preguntarme qué hacía allí o qué pretendía, solo discuten entre ellos la manera en que van a eliminarme. A continuación estoy en un jeep  con los tipos (¿ahora soy uno de ellos?) saliendo del edificio, una especie de garaje en un patio muy amplio. Cuando atravesamos el patio hacia la calle alcanzo a ver en una cochera vacía las piernas desnudas del cadáver de John Travolta, aunque solo presumo que se trata de él ya que el resto del cuerpo está tapado con una manta. El mero hecho de no haber sido yo el que yacía ahí me hace sonreír plácidamente en el asiento trasero del jeep…

-El Mero-Mero, interrumpe el hombre de manera enigmática.

-¿Perdón?

Como no agrega nada más sigo contándole mi sueño, aunque nunca sé bien hasta qué punto se diferencia de una pesadilla. El jeep se pierde en el tráfico de la avenida Gral. Paz a pleno sol, y un instante después estamos en una ruta, ya de noche. Los delincuentes han sido sustituidos por una chica coreana con una herida de bala en el brazo y yo voy al volante del ex jeep, dado que ahora conduzco un Torino Grand Routier color champagne en perfecto estado, como recién salido del concesionario. La chica coreana (por motivos que ignoro sé que es coreana y no de otro país asiático) repite una palabra en su idioma que de alguna manera sé que significa ‘apurate, apurate’, y cuanto más a fondo piso el acelerador del Torino, más cerca del techo se oye el helicóptero que nos persigue. Sin dejar de manejar a 220 km por hora (recuerde que el velocímetro del Torino marca una velocidad final de 240) me asomo por la ventanilla e insulto al tipo que conduce el helicóptero, al que no puedo verle la cara porque lleva casco y antiparras, y porque es de noche. ‘Apurate, apurate’, sigue diciendo la coreana en coreano mientras el copiloto del helicóptero empieza a arrojarnos inmensas estatuas de cerámica, réplicas de ovejas, cabras y jirafas en tamaño real que se estrellan contra el pavimento de la ruta haciéndose añicos sin llegar siquiera a rozarnos. La frenética persecución muta en extenuante cabalgata sexual…Como ocurría con el infortunado John Travolta poco antes, ahora un tipo rubio de pelo largo (él y yo que soy él, simultáneamente) estamos encima de una mujer a la que no alcanzo a ver pero si a oír. Y a juzgar por los sonidos emitidos no la están (no la estamos) pasando nada mal. Enseguida soy yo solo el que está sobre la mujer, que resulta ser Bárbara Eden, no sé si la ubica, la actriz que hacía de Jenny en Mi Bella Genio, bueno, creo que esa fue la mejor parte del sueño, sin dudas la única, porque antes de terminar con Jenny ya estoy sentado en esta gigantesca roca ovalada que resulta ser una especie de… huevo… enorme, como supongo serían los huevos de las criaturas prehistóricas….

-Comienza a recordar, maravilloso, suspiró el hombre revelando un leve acento francés.

-¿Perdón?, me dio la sensación de que iba a decir algo más, pero justo se abrió la puerta del consultorio y una chica de rasgos asiáticos me llamó por mi nombre. Me puse de pie, entré y me indicó el sillón. Era mi primer turno con este dentista. El que me atendía desde hacía años se radicó en España y alguien me había recomendado a este doctor pocos días atrás, no recuerdo bien quién.

-¿Está cómodo así?, dijo una voz proveniente de impensados parlantes muy angostos, colocados disimuladamente al ras de las paredes.

Asentí conforme y dije sí, con cierta curiosidad. Aquel sillón  parecía muy moderno en comparación al que tenía mi dentista anterior, pero no le di demasiada importancia a eso tampoco, simplemente supuse que a este doctor las cosas le iban un poco mejor que al que había emigrado a España.

-Apoye los brazos en los costados por favor, dijo nuevamente la voz masculina, Y tenga la bondad de estirar bien las piernas.

Hice lo que me pidieron y pregunté si quien hablaba era el doctor Romero, pero no hubo respuesta. En cambio surgieron del sillón unas abrazaderas automáticas que sujetaron instantáneamente mis brazos y mis piernas de manera tal que había quedado prácticamente inmovilizado. Entonces apareció la chica de rasgos asiáticos y me dijo que tuviera la amabilidad de abrir la boca. Obedecí y ella introdujo una tableta color lila que tenía sabor a ananá.

-¿Qué es?, pregunté casi sonriente.

-El doctor es quien hará las preguntas, contestó la chica perdiéndose por una puerta que no había advertido al entrar al consultorio. Apoyé plácidamente la cabeza en el sillón, y apenas tocar el respaldo asomó un centenar de cablecitos o fibras ópticas que envolvieron mi cráneo sin ejercer la menor presión ni causarme el más mínimo dolor, aunque pude comprobar que mi cuerpo estaba completamente inmovilizado. Entonces se apagaron las luces y como una función de cine se desplegó frente a mis ojos una pantalla que ocupaba casi toda la superficie de la pared. ¿Qué clase de dentista es este? ¿Cuánto me va a costar la visita con este modernísimo instrumental?, no dejaba de preguntarme cosas como esas cuando comenzó a salir por los parlantes una música que me sonaba familiar. No demoré en reconocerla: la cortina de Mi Marciano Favorito, una de las tantas series de televisión que veía en mi infancia mientras tomaba la merienda. Casi simultáneamente apareció en la pantalla un dibujo de línea que me hizo pensar de inmediato en el contorno de la ciudad de Buenos Aires, y en su interior un punto justo a la altura del barrio de Villa Urquiza, es decir mi barrio. Al menos es lo que me parecía. Entonces apareció finalmente el doctor Romero, un hombre de unos cincuenta años, algo calvo, anteojos de cristales pequeños sin armazón y guardapolvo de inusitado color azul cobalto. Junto a él estaba la asistente de rasgos asiáticos y detrás de ellos –lo que terminó por sorprenderme aún más- apareció el hombre que había estado escuchando mis sueños en la sala de espera. Antes de poder decir una palabra comprendí que no podía articular ninguna. Mi garganta estaba paralizada o adormecida, no lo sé, lo cierto es que había perdido la facultad de hablar.

-¿Puede escucharme?, preguntó el doctor Romero.

Intenté asentir con la cabeza pero fue un esfuerzo inútil ya que como dije estaba completamente inmovilizado, No obstante él captó mi afirmación sin dificultad.

-Bien, dijo poniendo las manos en los bolsillos de su guardapolvo azul cobalto, ¿Qué vamos a hacer con usted, señor sagitariano?… Sonaba como una pregunta retórica, si bien yo tenía una respuesta concreta y era ‘Una carie, como le dije por teléfono’. En cambio se pusieron a charlar en francés con el hombre que había estado conmigo en la sala, a quien el doctor Romero llamó Jean-Marc un par de veces. La asistente de rasgos asiáticos, apartada a un metro de ellos, preparaba un instrumental que jamás he visto antes en un consultorio odontológico.

Luego de una breve inclinación de cabeza la chica se fue y el doctor Romero le siguió los pasos. Entonces quedé a solas con el tal Jean-Marc, que depositó en la palma de su mano el instrumental que había preparado la chica.

-Sé que puede oírme, sonrió, Y yo también lo oiré aunque no pueda hablarme. Solo piense las respuestas de lo que le preguntaré.

A continuación sacó dos auriculares inalámbricos que estaban ocultos en el instrumento con perfil de afeitadora eléctrica, y los introdujo en mis oídos.

-Alaska, dijo serenamente, Esos huevos gigantes no fueron un sueño, ocurrió en Alaska, el río Yukón, lo recuerda.

El punto que había dentro del mapa de la Capital Federal comenzó a titilar.

-¡Miente!, exclamó Jean-Marc exaltado.

‘No sé de qué carajo me está hablando’, pensé asustado, ‘Solo le conté un sueño, fue solo un sueño’.

-Pues esto no lo es, dijo él oprimiendo un pequeño botón en el sillón que me produjo un furtivo nudo visceral, Empiece a contarme su ‘sueño’ antes de que pierda la paciencia.

‘Es cierto, trabajé como piloto de avión en una pequeña empresa canadiense durante mi autoexilio, en los años de la dictadura. También es cierto que a menudo sobrevolaba el territorio norteamericano, es decir, la parte norte de la frontera entre Canadá y Alaska…’

-Continúe, dijo el hombre con tono severo.

‘Recuerdo un lugar, una dependencia del Servicio Meteorológico de Alaska, cerca del río Yukón… muy cerca de ahí se detuvo el avión…’

-Exactamente ¿cómo ocurrió?

‘Las condiciones atmosféricas eran inmejorables teniendo en cuenta la época del año, diciembre, y la nave estaba en perfectas condiciones, le juro que nunca supe lo que ocurrió exactamente, solo sé que los motores se detuvieron como si los hubiera apagado desde el control de mandos, los flaps sencillamente no se habían abierto ni un milímetro, recuerdo que el reflejo enceguecedor del río me impedía ver nada alrededor… nunca entendí cómo logré aterrizar la nave con tal perfección en aquel terreno recortado y áspero, pero estoy seguro que no lo hice solo…’

-Todo eso lo sé, dijo Jean-Marc, Cuénteme qué siguió después. Hábleme del huevo gigante.

Por más que me esforzaba no lograba asociar el hecho real de aquel accidente aéreo con la escena del huevo gigante, que para mí solo había sido un sueño. Hasta que el punto dentro del mapa volvió a titilar y el hombre se acerco a centímetros de mi cara.

-Eso que ve en la pantalla es un esquema virtual de su cerebro, dijo serenamente, Y el puntito que parpadea es la ecuación mental de una mentira, que también se activa ante engaño, omisión o simple voluntad de olvido.

Hubiese dado cualquier cosa para que todo aquello fuera una pesadilla, pero sabía que no lo era, no al menos de las que se tienen durmiendo.

‘No sé qué ocurrió con el huevo, se lo juro, aunque esa difusa imagen mía sentado encima de una roca ovalada, una estilizada letra qu si se quiere, ¿Quién dijo que era un huevo?, yo no lo dije, usted lo dijo…’

Sin decir palabra el hombre pulsó el mismo botón de antes, lo mantuvo pulsado algunos segundos, aquella indecible descarga dolorosa, solo que esta vez la intensidad se desvaneció súbitamente trayendo un remanso de oscuridad y silencio. Las luces se habían apagado y las abrazaderas que me sujetaban al sillón se abrieron al instante. Era mi oportunidad de escapar, de hecho la puerta del consultorio también se abrió y salí corriendo, buscando jadeante la escalera de mármol negro, ¡bendita Buenos Aires y sus inesperados cortes de luz!, bajé las escaleras tropezándome y chocando con las barandas. Jean-Marc corría tras de mí, y alguien más detrás suyo que oí pero no perdí tiempo en dar vuelta la cabeza. Seguí corriendo sin aliento, rebotando en los escalones y contra las barandas, las piernas no me daban, pero apareció el resplandor de luz que me anunciaba Planta Baja, bendita planta baja, el portero y dos señoras del edificio cuchicheaban oxigenados por el rumor de una vecina que era visitada semanalmente por dos jóvenes de aspecto audaz y desenfadado, y a ciertas horas se escuchaban con escalofriante nitidez largos gemidos placenteros de sus tres voces desatadas. Me convenía la presencia de público en el hall de entrada, eso distraería a mis perseguidores; no me aprenderían impunemente ante testigos, estábamos en democracia. Debía ir frenando la marcha antes de llegar a Planta Baja, pero la inercia me expulsó sin lograr levantar a tiempo un pie que arrancó de cuajo el cable de las lucecitas intermitentes de un gran árbol de navidad florecido de falsos regalos con sus envoltorios brillantes y sus moños, y todos los animalitos del pesebre que lo circundaba volaron por el aire sin ruido, aunque pude ver los añicos por todo el hall, sin reparar obviamente en el portero y las vecinas que me vieron correr perseguido por dos hombres jadeantes y tensos. Noté, eso sí, que ahora el cielo pintaba un gris lila y unos refucilos muy tenues vacilaban a distancia cada tanto, casi risueños, lejos de ese temor inquietante que producen los relámpagos y los truenos. De hecho empezó a llover fuerte. Ante mis ojos brillaba ahora el flamante halo de la condición del hombre como sujeto libre en tiempo y lugar. Pude escuchar casi detrás de mis oídos el diálogo agitado, entrecortado, de mis cazadores, ‘¡Hay que agarrarlo!, decía el supuesto doctor Romero, ‘Descuide, gruñó a mis espaldas Jean-Marc, No recordará nada de lo ocurrido, no lo recordará…’

Abrí la puerta del taxi cubierto por gotas de lluvia como verrugas, creo que el taxista no se asustó tanto por mi aspecto como por mi forma de entrar, ¡Acelere ya! ¡A donde sea!, le dije con los dientes apretados. Me di vueltas instintivamente para constatar que estaba fuera de peligro, las siluetas de Romero y el francés se perdieron en segundos. De pronto tengo en la cabeza esa frase: ‘No recordará nada de lo ocurrido, no lo recordará…’ ¿Recordar? ¿Recordar qué cosa?


Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *