Hipótesis de una historia sin fin

Hay hechos históricos que se convierten en divisoria de aguas: la más o menos reciente caída del muro de Berlín, la antigua de Cartago o el grito de “¡Tierra!” en el amanecer de 12 de octubre de 1492; algunos son inescrutables, como la aparición del habla, y otros son fantásticos, como el encuentro de Moisés y su Dios en el Sinaí. Si bien siempre ha sido de sumo interés para los investigadores escudriñar los hitos de la historia, el de Moisés es mirado con cierta indulgencia por la ciencia, prefiriendo asignar a Hammurabi el origen de la jurisprudencia. Aun así, el famosísimo “No matarás” es un indicio de que la Humanidad, con intervención divina o sin ella, intentaba salir de la animalidad. ¿Lo hemos logrado? No lo sé. Ese mismo pueblo no ocupó Canaán precisamente por medio del diálogo, y así seguimos. Pero no es de esto de lo que trata este Ensayo sino de Moisés y su encuentro con el milagro en el Sinaí.

Qué decir de este hombre que vagó por cuarenta años con su pueblo por el desierto siguiendo, dice la leyenda, una fantasmagórica luz por la noche y una columna de humo durante el día. Menos mal que aparecieron las codornices y esa sustancia mágica, el maná, probablemente el tereniabín, porque su pena no habría sido ver pero no pisar la Tierra Prometida sino ser víctima de la antropofagia. Si incluyo este relato es porque la leyenda, hija de la tradición oral, esa etapa previa a la escritura, fue, es y será fuente de información; imperfecta, por cierto, pero fuente al fin. Pero ya es hora de abandonarla e ir a los últimos hallazgos.

En diciembre de 1997 los arqueólogos de Bagdad, luego mudados a Beirut por ciertas cuestiones entre Sadamm, George W. y el resto, hallaron en unas cuevas unas tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes. La datación del Carbono-14 las ubican unos cuatro mil años antes de nuestra era. Las inscripciones fueron escaneadas y sus facsímiles llegaron a la Universidad en la que me desempeño, la de Tres de Febrero. Con ese material se abocó un equipo a un análisis comparado de las lenguas, sin sospechar que otro dato echaría luz sobre lo que no esperaban hallar, puesto que el estudio era de análisis de lenguas y no sus contenidos.

Cierta noche, el radiotelescopio de Pampa del Leoncito captó una secuencia de ondas hertzianas que obedecía a un patrón de emisión. Para que se entienda: ruido llega desde todos los lugares del universo, pero que éste deje de serlo y pase a obedecer a una secuencia es la delicia de los radioastrónomos. Uno de ellos, Luis Benavente, a las once de la noche del 17 de febrero de 2006 captó y grabó una continuidad de treinta y dos segundos y veintiún centésimas. Este hecho se repitió durante las siguientes seis horas con un intervalo de veinte minutos, pero, por más que Benavente y sus colaboradores permanecieron a la escucha los días y las noches siguientes, no volvieron a captarla hasta el año siguiente, más o menos en el mismo día, llegando a la conclusión de que la posición de nuestro planeta era el que permitía captar la secuencia emitida desde un lugar determinado del Universo. Al observarse que el mismo coincidía con la ubicación de Marte se dispararon todas las conjeturas imaginables, incluyendo que se trataba de un mensaje enviado por marcianos y resolviendo la existencia de vida extraterrestre en el barrio vecino, pero no, el paso de Marte era casual y la emisión provenía de más lejos, de mucho más lejos, casi desde el borde del Sistema Solar interior, esto es, más allá de la órbita de Urano desde que Plutón perdiera su jerarquía de planeta.

Los dos hechos, las tablillas halladas en Iraq y las secuencias captadas por Benavente, que pasaron a llamarse justamente Secuencias Benavente, no se hubieran conjugado sin la oportuna participación de Giorda Lurda. Este buen señor no es arqueólogo ni es astrofísico; estudió filosofía sin graduarse pero es un pensador hecho y derecho. Y me atengo a afirmar esto último puesto que Lurda no atiende las especulaciones lógicas a las que es tan proclive la Filosofía sino a las intuitivas; algún día la universidad le dará el título honoris causa. Cuestión que en cierta oportunidad se hallaba merodeando la Universidad, siempre en busca de nuevos conocimientos, y observó que Miriam Rodríguez, una jovencita que estudia Lingüística, estaba leyendo los facsímiles enviados desde Beirut. Lurda le preguntó qué era y Miriam le explicó. Dos horas estuvo escuchando y leyendo. Otro día, pocos después, hizo lo mismo por la Biblioteca, donde acababan de recibir un paper desde la Universidad de Cuyo en el que minuciosamente se exponían los hallazgos, estudios y conclusiones de las Secuencias Benavente. Curioso como el que más, Lurda pidió a ambos departamentos unas copias de sendos trabajos. Conociéndolo, se las proveyeron, y se fue feliz a su casa, feliz de disponer de tanto material novedoso, material que iría a parar a la pila que tiene esa casa tan desordenada y ecléctica como su dueño, pero que esa vez no quedó en la pila y le provocaría en esa misma noche, tras una deleitada cerveza, un cigarrillo y mirando las estrellas desde la ventana de su sala, un presentimiento.

Al día siguiente pidió al rector una reunión académica en el aula magna de la Universidad. Intrigado por la convocatoria asistimos la mayoría, dado que cuando Lurda habla podemos encontrarnos con la más descabellada de las conjeturas como la mayor de las clarividencias. Lejos estaba yo de imaginar que iría a tratar sobre una de las más antiguas. Para la exposición convocó a nuestra joven amiga, Miriam Rodríguez, quien nerviosa pero eficientemente (para ello, al verla temerosa, la había entrenado el mismo Lurda) explicó que el contenido de las tablillas constaba de diez enunciados y que leídos sin pausa considerable podían consumir más o menos medio minuto de parlamento. También convocó a Luis Benavente, quien, sin temor alguno y con un poco de egolatría, demostró que las secuencias recibidas en Pampa del Leoncito es probablemente un mensaje, que consta de diez partes y, ya era sabido, que el tiempo era de poco más de medio minuto. Los asistentes preguntamos si podían decir cuáles eran los contenidos; Benavente sugirió que podría tratarse de un encriptamiento de lenguaje matemático; Rodríguez que podría ser de un lenguaje escrito; y que, una coincidencia que se dilucidó en ese momento entre ambos, las estructuras, en caso de tratarse de lenguaje escrito, tenían similitud a la raíz indoeuropea, desechando todo origen extraterrestre. Puedo decir que fue grande el interés que reinó en la sala ante tantas coincidencias. Entonces habló Giorda Lurda.

—Seré breve —dijo, y todos se lo agradecieron—. Nos hallamos ante algo que atrae al investigador y por ello esta reunión. Todos lo somos y ruego al señor rector organice el estudio y su publicación, y que todos ustedes pongan al servicio de este enigma, porque lo es, todos sus medios y conocimientos para esclarecerlo. Yo tengo una hipótesis —y miró a la audiencia—. Me la van a objetar, pero no me la van a refutar hasta tanto me demuestren lo contrario: este mensaje es el que recibió Moisés en el Sinaí y fue emitido por uno o más seres humanos, que un día partieron de la Tierra en un viaje interplanetario que demoró más de lo previsto y que al retornar se encontraron con un planeta intentando salir de una barbarie en la que había caído. En él no podían vivir, o mejor dicho convivir, y debieron apartarse, pero eso no evitó que entreguen sus saberes, los primordiales, a los más despiertos —en este momento la mayoría sonreía benévolamente los disparates que escuchaban, algunos meneaban sus cabezas—. Las Secuencias Benavente, emisión que está rebotando en el espacio desde hace, al menos, seis a ocho mil años, podría ser lo que escuchó Moisés y que él creyó como voz de Dios, algo mantenido por la tradición oral; y las tablillas son el registro primero de ese acontecimiento, o tal vez uno de ellos.

Se detuvo. Miró al rector, a Miriam, a Benavente y a la audiencia, que ya no sabía si permanecer en la sala, y agregó:

—Sé bien que van a resistir mi hipótesis, pero demuestren fundamentadamente lo contrario. Entretanto, invítenme con una buena cerveza. La ocasión lo amerita.

Yo no sé si fue esta última ocurrencia o porque es conocido por sus insólitas propuestas, lo cierto es que fue aplaudido y felicitado. Lógicamente vino la cerveza, pero también lo hizo Miriam Rodríguez, deseosa de hablarle: “Señor, yo no sé si lo que usted dijo puede ser cierto, habrá que averiguarlo, y para ello muy bien lo que acaba de hacer, esta reunión, pero debo agradecerle por mí. No sólo me dio más seguridad, también me dio una clave: todo es posible”, y dándole un beso se fue muy presurosa. Yo me quedé al lado de Lurda mientras conversaba con Benavente, el rector y otros académicos. La respuesta de mínima en general era que su hipótesis era muy arriesgada (omito por pudor ciertos calificativos empleados por algunos colegas). Giorda Lurda fue directo: “Lo que tenía que decir ya lo dije, ahora le toca a ustedes”.

Pasados tres años el impulso inicial menguó, pese a que la investigación se había extendido a doce universidades por el mundo. Miriam Rodríguez se fue a trabajar a la UNAM, algo que me alegró, y cada tanto le manda un correo a Lurda preguntando por su salud y cómo van las cosas. Pasados tres años casi siempre le responde lo mismo: “Todavía no me refutaron la hipótesis, aunque tampoco aparece la comprobación”. Tal parece que la comprobación no aparecerá. Según las últimas conclusiones las tablillas no contienen los Diez Mandamientos sino el registro de una serie de transacciones de granos de cebada entre dos pueblos precaldeos, y la estructura de las Secuencias Benavente no es del lenguaje matemático sino del escrito, pero cercana a la gramática latina, una lengua que no existía en tiempos de Moisés. Todo lleva a que no hay relación alguna entre lo descubierto en Iraq, lo captado en San Juan y lo que cuenta la leyenda del Sinaí. Giorda Lurda lo tomó de manera pensativa, tal vez meditando con una cerveza parecida a la que se confeccionara con la cebada registrada en las tablillas con escritura cuneiforme. El otro que quedó pensativo y encerrado en cierto mutismo fue Luis Benavente, toda vez que dejó de recibir aquellas secuencias de ondas hertzianas. Pasados esos tres años la investigación cayó en un estancamiento, a tal grado que algunos gabinetes de las otras universidades comenzaron a archivar los estudios realizados y dedicarse a otra cosa. Hasta que apareció un niño.

Giorda Lurda tenía en su casa unas copias de lo hallado en Iraq enchinchadas en una pared de su escritorio y el niño las vio. “¿Qué es esto, tío?”, le preguntó, y el tío le explicó. El niño se quedó mirando, a las copias, claro, tal vez con la percepción de Champollion, tal vez con la de massa Legrand, el de Poe, pero más que nada con la percepción de un niño, y dijo: “Parece un juego”. Un juego, un juego… pensó Giorda Lurda.

—¡Jabberwocky! —exclamó recordando cierta jerigonza.

—¿Qué? —preguntó el sobrino

Pero el tío, lejos de responder, buscó un disco, lo puso en la lectora y dijo:

—Escuchá —y el sobrino escuchó.

—Para la música soy malo.

—¿Música? Lo que escichás es lo que supuse estaba escrito allí.

—¡Nooo! Qué va, ni ahí.

—¿No?

—No… Bah, no sé. ¿Y si es? A ver, dejame escuchar otra vez… Sí, parece un juego, como el que jode mi hermanita que le enseñan en el Jardín.

—¿QUÉ? —preguntó el tío.

Otra vez debimos reunirnos en el Aula Magna de la Universidad. Otra vez a la espera de qué cosa extraña nos iría a proponer Giorda Lurda. Y era extraña, pero inteligente una vez que entendimos qué era lo que había pasado en el diálogo entre tío y sobrino. La propuesta, debidamente presentada, fue enviada a las universidades que estudiaban el caso. Al principio fue bastante resistida pero ciertos ámbitos, los más jóvenes, la aprobaron, y los académicos, los más viejos, pensaron que un poco de ejercitación en cuanto a metodicidad no era perjudicial sino todo lo contrario. Tras varios intercambios se definió el procedimiento y comenzó la experimentación. Cómo sería ésta que cierta tarde Giorda Lurda recibió un llamado telefónico desde México. Era Miriam Rodríguez preguntando cómo era eso de hacer leer las inscripciones cuneiformes y escuchar las Secuencias Benavente a todos los niños de entre tres y diez años, en todas las escuelas, y que luego los docentes sólo tomen nota de qué es lo que dicen esos niños. Giorda Lurda le respondió:

—No sé, pero si en tan solo cinco minutos mi sobrino me hizo despertar una idea, imaginate lo que pueden despertar cientos de miles de niños.

—Maestro —le respondió Miriam—, perdóneme lo que le voy a decir, pero ¡qué familia la suya!

Los resultados son dispares, las conclusiones son dispares. Algunos, como Benavente, acusan a la investigación de muy poco seria mientras otros sostienen que quizá se haya tratado de la investigación conjunta más seria desde que existe el pensamiento científico. Tengo ante mí el texto definitivo e hipotético. Definitivo porque es la síntesis de todas las respuestas, casi un millón de niños; si de muestreo se trata, éste fue muy cumplimentado. E hipotético porque nadie, hasta el más acérrimo defensor de la propuesta, se atreve a decir que tanto las Secuencias Benavente como las tablillas de arcilla dicen exactamente eso. Pero es sugestivo:

Dice el tuerto voy al puerto

y la Luna ay qué hambruna.

Sale el Sol sin color,

las estrellas todas ellas

brilla apaga sin cesar.

Va la nube baja sube

Y la lluvia mojará

al que viene o se aleja

cuál será la moraleja.

Nada dice si estos versículos tienen relación con el Decálogo de Moisés, tampoco si fue, es o sería recibido por cultura alguna motivando su humanización. Aquellas certezas anunciadas al principio seguirán más o menos en las mismas certezas e imprecisiones, pero algo nuevo (¿o quizá nada nuevo?) apareció en las sociedades modernas, posmodernas o trasmodernas (¡qué manera de etiquetar!): la sobrina de Giorda Lurda y cientos de miles de niños cantan, bailan y juegan estas palabras en sus escuelas, en sus casas y en sus calles. Y a veces se animan algunos adultos, como Giorda Lurda, quien la canturrea mientras se deleita con una cerveza.

Lo demás quedará en hipótesis.

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