Futuro

Vio el instante preciso en el que la niña casi es embestida por dos bicicletas y vio el gesto de terror en la niña, por ese instante en que todo se trastoca, se derrumba, se altera. Los hechos y el gesto indicaban que la niña debía ser socorrida urgentemente, pero lejos de hacerlo siguió escuchando las grabaciones de los Rolling Stones, si eran bien leídas por el reproductor; de hecho éste dejaba oír en ese momento una de las primeras versiones de “Paint in black” con la voz de un jovencísimo Jagger, pero lo que acababa de ver hizo que comenzara a recordar los momentos de terror; Humboldt primero, inmediatamente Ludmila, a quien no pudo asociar con el mismo gesto de terror que vio en la niña porque lo que vio en Ludmila fue algo más misterioso todavía, misterio que le interesaba, el de Ludmila, si es que hubo terror o no en ella, y así, con Jagger, Richards, Wyman, Watts y todavía Jones como fondo, se puso a indagarlo, al Terror.
Podría uno ser ese que tanto insiste con que “Soy un Dios celoso”, por lo tanto vengativo; la Biblia está llena de muerte y venganza hasta el hartazgo, pero horror, lo que dice horror, poco o nada. Recordó a Gilgamesh y la saga griega, en especial la de Homero: batallas, espadas, descuartizamientos, degollados y empalados; relatos crueles que interesan por la épica, el heroísmo o las traiciones pero que no trasuntan espanto u horror. Se le cruzó Juan recordando un pasaje: “Al frente, como rey, llevan al ángel del Abismo, cuyo nom­  bre hebreo es Abadón; Destrucción”, pero, se dijo, un apocalipsis es tanto revelación como una forma literaria, y vaya si hay poética en él. Cuántos escritores fantásticos de hoy debieran abrevar de esa fuente como lo hizo Umberto Eco para disparar la imaginación en el ayudante del hermano William en “El nombre de la Rosa”… Pensó en la Edad Media, en la que hay un indicio de terror con los dragones, suerte de demonios, y a la par los santos caballeros que los derrotaban. Lo del indicio es porque es aquí donde la idea del demonio comienza a asustar a los pueblos, que si antes lo hacía (y lo habrá hecho) no hay registro porque las víctimas no eran el pueblo sino que, para los literatos, tal o cual demonio encontraba más rédito acosando a los héroes.
El disco de los Rolling Stones hizo la pausa entre pistas. Prestó atención. Apenas escuchó los primeros acordes, algo de piano y un seductor juego de tumbadoras, reconoció “Simpathy for the Devil”. Se preguntó si sería casualidad que justo en ese momento ese tema reprodujese la lectora de discos compactos. Mientras la voz de Jagger era cortesía del demonio hacia ministros y demás, recordó a otro poeta que hábilmente amedrentaba al lector adentrándolo al ámbito propicio: “Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada (…). ¡Oh vosotros los que entráis abandonad toda esperanza!”. La esperanza… ¡Caramba, si ésta sucumbe!, pensó, ¿explica eso el terror?
Recordó que Dante buscó la salvación no tanto en Dios sino en Beatriz. Fue entonces a otra sublimación de la mujer, en un relato horrible; ahora sí nos asomamos al espanto: “Berenice”, de Edgar Alan Poe; ¡oh, sí!, horror, espanto y terror todo junto. Y recordó “El pozo y el péndulo”, que si aquél es el horror éste es la tortura, el terror metódico, producto de una inteligencia y para nada demoníaca, salvo que el demonio (lo acababa de sugerir Jagger) conduzca a ciertas personas con poder, y peor cuando el argumento es torturar y promover la muerte en el nombre de Dios.
Pero Jagger ya había dejado las alegrías de Satán para deleitarse con “Satisfaction”, otra forma de placer. Pensó, porque ya habia orillado lo de la tortura, que muchas veces se la ejerció, y ya no como mera recurso de la ficción sino como un hecho histórico. No lejos en el tiempo: Armenia, Polonia y Rusia; y no lejos en el espacio… Da lo mismo si son treinta o dos mil los desaparecidos. La tragedia se reduce a unas pocas palabras: “Están desaparecidos. No están, no existen”. ¿Habían delinquido? Es posible, pero es improbable. Se detuvo al oír la suave melodía de “Ruby Tuesday”. Muy Dylan, pensó. La canción de protesta, se dijo recordando al baladista. Sensibilidad, percepción de la realidad; sospechada o evidente injusticia; y su colorario: resistencia, rebeldía y tendencia a la sublevación. Hasta aquí no hay delito, mas luego la lucha armada, la guerrilla, el homicidio. Aquí hay delito pero ¿cómo probarlo si el sospechado fue desaparecido, “no existe”? El craso error: la ausencia de un juicio y el castigo, si correspondía. No es que el remedio fue peor que la enfermedad, se despreció a la enfermedad (aquella observada por la sensibilidad y definida por la percepción de la realidad) y se la ocultó alegremente bajo la alfombra, o miserablemente.
Pensó en la sensibilidad de Ludmila. ¡Qué inmensa era y qué inteligencia la suya! Veía la realidad, curaba la enfermedad. Y qué bien lo hacía, sin dañar, a puro amor. Su eslogan era “Toda persona es una posibilidad, siempre”, recalcando eso de siempre. Pero también fue víctima del terror. Jagger recorría la última pista del disco compacto. “Factory girl”. Atinado tema para este momento del análisis, pensó. Se acercó a la ventana por la que había visto el gesto de terror en la niña súbitamente amenazada por los dos ciclistas. Si nada hizo en esa oportunidad se debió a que la niña fue rápidamente asistida por alguien, supuso la madre, y los mismos ciclistas, y notó que el terror que le vio en el rostro fue pasando a la congoja y, poco a poco, sollozo mediante, ternura también, a cierta calma, aunque, sospechó, la niña jamás olvidaría ese instante, porque nadie olvida un instante como ése, verse… Que no es verse, se dijo, es sentirse amenazado por la mismísima muerte, sea ésta imaginada o no. El miedo a la muerte es lo que aterroriza, no es la falta de esperanza, es sentir la muerte, y tal vez… No, tampoco es tal vez; es sentir la presencia de la Muerte… Y puede ser a causa de un hecho fortuito y hasta natural, como un cataclismo, que los hay, pero distinto cuando es producto de la voluntad humana.
¿Por qué se decía todo esto? ¿Conocía él al terror? Sí; Humboldt lo llamaba. Fue aquella noche que volvía de una agradable velada familiar con pizza, cerveza y la voz de Gardel susurrando tras las conversaciones. Esa noche en la que caminaba por esa calle y miraba a los que disfrutaban en las tantas mesas que hay por fuera de las casas de comida, y veía que los comensales gustaban de una cerveza al triple de valor de la que él había consumido un rato antes. Nada de malo hay, se había dicho entonces, en disfrutar de una noche serena, y si por ello se paga el triple y el bolsillo lo permite no era cosa que le debía incumbir. En eso estaba, en la mirada sobre los que disfrutaban de esa noche serena, cuando un auto oscuro apareció a gran velocidad desde una de las esquinas, tan rápido que no pudo llegar a identificar la marca del mismo; de la matrícula ni hablar, y habría sido bueno porque repentinamente se abrió el techo de ese auto oscuro, o estaría abierto, y salió quien portaba algo en sus manos, algo que pudo saber de qué se trataba cuando una ráfaga de disparos dio en un grupo de mesas casi completa de comensales. Y cayeron las copas, las botellas, las sillas y las mesas; cayeron también las vidrieras que estaban por detrás; cayó algún camarero que andaba entre esas mesas y, por supuesto, varios de los comensales. Cómo desapareció el auto nunca lo supo, porque ¿cómo decirlo?: fue asombro y ruido, el de los disparos y el de las vidrieras y las mesas, pero todo se fue convirtiendo en un fondo sonoro que se diluía, no supo si de los oídos o del entendimiento, porque el entendimiento había desaparecido, la inteligencia fue totalmente inútil, solo pudo recordar esa súbita e imposible parálisis, tan súbita que nada pudo detenerla y tan imposible porque jamás había sentido algo igual. Y ahora que lo recordaba volvía sentir el dolor en el cuerpo. No el de las balas; él nunca había estado en la línea de tiro; era el de la reacción del cuerpo, el de sus músculos, su estómago, su vientre y si hubiera podido verlo el de su piel, porque no podía ver, y si veía no comprendía, no comprendía, no podía hacerlo, no podía nada. Y nunca supo qué fue de él entre ese instante en el que el mundo y su vida se detuvo y cuando se halló en su casa, que le resultó tan salvífica como cuando un animalito apaleado se esconde en su madriguera… Recordaba vagamente que cuando los que quedaron vivos intentaron salir del disturbio y el espanto surgieron gritos y él, aun sabiendo que ninguna bala lo había tocado, no pudo reaccionar por más que oyera los ayes que quebraron el instante de silencio que se había producido tras la desaparición de ese auto oscuro, misterioso y asesino. Ahora que lo había revivido todo, a causa de lo que viera tras la ventana, se detuvo a observar la parálisis que había sentido en aquella oportunidad, y entre el análisis y la reviviscencia siempre le surgía la misma respuesta: el Terror… el Terror…
Lo pudo definir (no inmediatamente, necesitó un largo proceso para ello): ante el estado de terror el entendimiento se confunde, el espíritu se amilana y la voluntad desaparece. ¿Debido a qué? Otra respuesta sencilla: aquel temor a la muerte. Pero un temor que surge del cuerpo porque la inteligencia no hace a tiempo a procesar los hechos. El inevitable y prodigioso instinto de supervivencia. Tan en lo profundo como la vida misma. Es lo que sintió la niña, es lo que había sentido él en esa esquina de Humboldt y Paraguay. La compactera había hecho silencio pero no se había dado cuenta, inmerso como lo estaba en el arrebato de su cuerpo al revivir aquella noche de horror y muerte. Pensó en la crueldad, en el terror… Pensó en Ludmila. ¿Qué habrá sentido Ludmila?
Se había cruzado con ella unos días antes y la vio y la sintió como siempre, una fuente de vida, toda alegría y voluntad, y de la buena; eran destellos los que sentía de esos ojos alegres y hasta pícaros. Luego, cuando se enteró de la espantosa noticia, fue a ella, pero se encontró con un inesperado silencio y una opacidad en esos ojos que habían sido alegres y hasta pícaros. No era tristeza, no era llanto, no era dolor; no era nada de lo que le suele suceder al resto de los mortales en una circunstancia parecida; era una total opacidad; la vida retirada en esos ojos… que habían sido alegres y hasta pícaros. No pudo comprenderlo en ese momento y no podía comprenderlo ahora.
Recordó “La naranja mecánica”. Conversando con un amigo terapeuta éste le había dicho “Más que de terror, Poe es psicológico. Hay una escuela que lo incluye en sus investigaciones”. “¿Leíste a Burgess?”, le preguntó; “No, pero vi a Kubrick. Entiendo adónde querés llegar: el ser humano puede ser cruel”. Puede ser cruel, puede ser cruel, se dijo. ¿Por qué no todos? La cultura, sí, claro, esa gran conductora, pero, al socializarlo, ¿qué pasa con su realidad animal? ¿Se intenta matarla? Algo inútil; esa parte existe, quizás explique la crueldad y quizás explique el terror. Él mismo se reconocía cuatro personas: el comprometido, el virtuoso, el indolente y el animal. Notaba que las dos primeras corrían parejas, una en la relación con el mundo y la otra con lo trascendente, o con Dios, si se quiere. Pero esa indolencia… Recordó a Camus: “Comprendí que había destruido el equilibrio del día. Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara”. Dostoievsky en “Crimen y castigo” rescata a Raskolnikov de la indolencia y de la animalidad y lo lleva al arrepentimiento, pero Camus es tan indolente como Mersault.
—Alguien me dijo en consulta que a veces siente el deseo de hundir su bota en el rostro de quien tiene al frente, que hacerlo sería placentero y que la sensación le surge desde algún lugar profundo. Es una sensación que asusta a mi paciente —le había comentado el amigo terapeuta—. ¿Y el sexo? —agregó—. ¿Hay ­  algo más animal que la cópula?
Recordó entonces los momentos de goce y plenitud con su mujer en los cuerpos entrelazados, sudorosos, anhelantes y abiertos, como sus almas, para luego arrebujarse el uno con el otro en el descanso necesario tras la sublime obra de unión. Pero también recordó el desenfreno, esa cosa extraña y visceral al querer morder, arrasar, avasallar al cuerpo que poseía; el sexo por el sexo; penetrar a la hembra; una vez más: arrasarla, avasallarla, ¿violarla? Recordó “El libro de Manuel”. De qué manera tan atrevida Cortázar describe la sodomía, y Francine que se somete… ¿Donde está el amor? ¿Qué animal es éste que se dice humano?…
Se detuvo. Burgess, Camus, Dostoievsky y Cortázar. ¿Por qué nuevamente la literatura si antes la había abandonado para recurrir a la historia? Intentando una respuesta sacó el disco de los Stones, lo guardó en su estuche y éste al anaquel junto a un centenar de estuches más. ¿Puede la música moderna despertar la violencia? Es inopinado comparar las composiciones de los Rolling Stones con las de Vivaldi o de Bach, pero Wagner movilizó a un pueblo y colaboró en una de las masacres de la humanidad. Wagner no lo pensó así cuando compuso su música, pero esos fueron sus efectos. Y Alex, ¿no termina condicionado por la “Técnica Ludovico”? Significativo nombre: Ludovico, Ludwig… Buscaría nuevamente a Anthony Burgess, lo volvería a leer; también a Stanley Kubrick, pero en ese momento prefirió el “Canon” de Pachelbel; lo necesitaba.
Mientras escuchaba la suavidad y el ritmo de las cuerdas se acomodó en su sillón preferido y pensó que el mismo ser humano es capaz de los dos extremos: la bondad y la maldad. ¡No, no!, se corrigió; dicen de Einstein: “El mal es ausencia de amor como la oscuridad es ausencia de luz”. Ludmila, Ludmila…
Lamentó mucho su muerte pero terminó concluyendo que quizás era la mejor salida a una vida profanada; justo una vida comprometida por los demás. “Toda persona es una oportunidad”, y por ello, por trabajar por esa oportunidad de los demás, volvía a altas horas de la noche, y nadie oyó sus gritos. No murió esa noche. Su cuerpo perduró cinco meses más, pero habían matado su espíritu. Habrá sentido la impotencia en ese momento y todo se le apagó, y la naturaleza nada pudo hacer, sólo que el cuerpo persista un poco más. Su muerte comenzó la noche en que tres cretinos la empujaron contra una pared y le desgarraron la ropa. Inmerso en esos pensamientos sintió la compasión. Y sintió el compromiso. El de la tarea para que no sean violadas más ludmilas, para que los niños sientan cerca la mano protectora cuando la circunstancia se les vuelve adversa, y para que la codicia no ejecute a un sujeto que estaba por testificar en un juicio, sin importar, por ello, que mueran otras tres personas, queden heridas cinco, se conmocione todo un barrio y él reviva el terror al recordarlo.
Pachelbel silenció sus cuerdas. Poca cosa cinco minutos; necesitaba más. Pensó en la dupla Schiller-Ludwig. ¿Podría escucharlos ahora que había recordado al Alex de Burgess? Pero, se preguntó, ¿qué culpa tenía Alex que, aun siendo un bad boy, le gustara Beethoven? ¿Qué culpa tiene Burgess que unos soldados violen a su esposa y por eso escribió “La Naranja Mecánica”? Y al fin, ¿qué culpa tiene Beethoven de lograr una de las páginas sinfónicas más excelsas de la historia? Dejó el sillón en busca del disco y lo colocó en el reproductor para que leyese directamente el Cuarto Movimiento. No lo entusiasmaba tanto la Oda de Schiller sino ese juego sublime donde orquesta y coro sube, sube y sube y se sostiene elevando no sólo la música sino el sentimiento. La perfección: sentir la elevación del espíritu; ¿cómo, entonces, Alex podía ser tan cruel si gustaba tanto de esa música y cómo el Sistema podía ser aún más cruel empleando esa misma música para someter al Alex-animal?
Con cierta desazón apagó el reproductor. No podía escucharlo. Sintió una gran pena porque amaba ese fragmento.
La habitación quedó en silencio. Anochecía; el ocaso. Recordó unos versos. No gustaba de su autor pero sí esos versos: “¿No sientes? / ¿Qué? / La tarde… / La soledad del mundo…”. Hasta Capdevila fue capaz de percibir lo inefable. Los poetas. ¿Por qué suicidan los poetas? “Porque indagan el alma y a veces se encuentran con cosas que no pueden soportar. Hay que estar preparado o no meterse muy adentro”, le habían dicho. Recordó a Lugones, a Storni, a Quiroga. Recordó a Edvard Munch, “El grito”; ese gesto mudo ante la
XXXX peor de las incertidumbres. El arte, el arte, sólo el arte lo puede expresar. “Guernica”, un momento cruel de la historia en pocos trazos. El arte, el arte, sólo el arte lo puede expresar. “Las meninas”. Vino a su mente esa imagen bella destacada en el claroscuro y la asoció con la niña que sintió el terror. La mirada. Sus ojos, pensó, y los de Ludmila, la vida apagada en ellos, en esos ojos que habían sido alegres y hasta pícaros; y otra vez: la mirada infantil del cuadro de Velázquez y la de Ludmila. Los ojos, la puerta del alma, dicen. El alma. ¿Por qué se suicidan los poetas? El alma…
Sabía que no hay música que alcance, no hay pintura, no hay poema que llegue, pero se acerca, y cuando lo hace puede uno encontrarse con las mejores y las peores cosas del hombre, y es necesario que así sea. Es necesario que alguien llegue, lo vea y lo describa, porque no habrá ciencia que lo logre; sólo el arte, sólo el arte.
Intentó vanamente recordar los ojos alegres y hasta pícaros. No quería recordarlos apagados, no quería ver su alma ya difunta. Quería recordarla viva, pero no podía. La imagen de esa mirada ausente era más fuerte que todos los otros momentos. Recordó a Discépolo:
Pero un frío cruel
que es peor que el odio
punto muerto de las almas
tumba horrenda de mi amor.
¡No podría haber un concepto más preciso, la idea de “el alma en punto muerto”! Fue a su biblioteca en busca de una carpeta casi olvidada, lo hizo pensado en otro tango:
¡Aullando entre relámpagos,
perdido en la tormenta
de mi noche interminable, ¡Dios!,
busco tu nombre.
Se detuvo. No necesitó la carpeta. Recordó lo esencial: “Seguirte es dar ventaja”. Allí comenzó a comprender.

Alex habría tenido su momento de bienaventuranza con la dupla Schiller-Ludwig. Quizás el caso patológico fuera Anthony Burgess. Su amigo terapeuta debía leerlo y luego conversarlo entre los dos. ¿Y Mersault? Le seguían pareciendo importantes esas pocas palabras: “Comprendí que había destruido el equilibrio”. Ante ese primer disparo lo que comprendió Mersault es que se había condenado. Veamos a Francine, se dijo, ¿no se somete a la sodomía porque teme perder a Andrés? “Te vas a ir, Andrés”, repite una y otra vez; la Eva sometida, la ausencia de Lilith, el triunfo de Magdalena de mano del Nazareno. A Raskolnikov logra Dostoievsky rescatarlo de su condena. ¿Y Ludmila? Ningún crimen en ella, ninguna condena. Pero seguirte es dar ventaja. ¿Sabía Ludmila que daba ventaja? Si es así, si es así… Tuvo una sospecha. La tanteó. ¿Es posible?, se preguntó, y sin pensarlo más tomó el teléfono:
—¿Puede el alma decidir partir? Los estados vegetativos, ¿son almas que ya no están?
—Eh… —intentó responder el amigo terapeuta a semejante pregunta—. El EEG plano indica un estado de muerte aun cuando el cuerpo mantenga sus signos vitales, pero que eso signifique que lo que llaman “alma” se murió, se apagó o ya no está… Bueno, sinceramente, no es mi tema. Quizás algún cura, digo, los religiosos.
—O los poetas.
—O los poetas —convino el amigo—. Sí, entiendo a lo que querés llegar. ¡Diablos, que son jodidos ustedes!
La habitación era penumbra y silencio pese a cierto murmullo y algunas luces que se reflejaban desde la calle. En esa penumbra y silencio comenzó a dejarse llevar por la hipótesis, ¿puede el alma decidir partir?, y así se mantuvo durante largos minutos, a medias entre el ensueño y la abstracción. Unos versos olvidados vinieron a su mente:
Morir sin morir y vivir sin la vida.
Para el cielo una conjetura diferente.
Despierta pronto – al más
arduo milagro de la fe.
La enigmática Dama de blanco. No fue Eva y fue mujer; no fue Lilith pero no renunció a su modo de ver el mundo. No fue Magdalena ni Francine, pero aceptó su condición. Legó una poesía que hoy sigue cautivando y lo seguirá haciendo. “Morir sin morir y vivir sin la vida…”, se volvió a decir. Que las dos partes se escindan pero permanezcan, liberada el alma de la tragedia del cuerpo. ¿Pero esto no es la definición de zombi, o la del alma en pena? Ensimismado oyó el teléfono. Dudó. Al fin atendió.
—Me dejaste con cierta intriga y, suponiendo la existencia de eso que llaman alma, busqué en tus colegas. Y dice Benedetti que “el alma es incapaz”…
—“…de ser alma sin tus huesitos”, le dice al cuerpo.
—¡Ah! ¿Lo conocías? Sí, claro; debés conocerlo. Y este otro de un tal Parra…
—“Cuando se muere la carne el alma se queda a oscuras.” Es de Violeta, de una canción muy triste.
—Che, no te puedo ganar.
—También hay otro verso de Mario: “La vida, ese paréntesis”. ¿Y por fuera, qué?
—Caramba, interesante… Por fuera, qué… Qué loco.
—No tanto. Hay un indicio —y le recitó los versos recordados.
—¿Quien dijo eso? —preguntó el otro dudando.
—Emily Dickinson.
—No la conozco.
—Debieras… Pero decime. Sostengo la posibilidad de que el alma decida partir, y que lo haga, te explico, para subsanar la tragedia del cuerpo. Estuve analizando el terror y me di cuenta que éste es posible por la urgencia de la entidad biológica, pero no sé si lo es para la espiritual.
—Mirá. Me cuesta aceptar lo del alma. Lo entiendo mejor como inteligencia o conciencia, pero eso del espíritu, me cuesta.. —y agregó, tras una pausa—. Pero acabás de exponer un razonamiento interesante, eso del… ¿cómo dijiste? ¿Terror, no?
—Sí.
—Bueno. Bien. Miedo extremo, pero se lo adjudicás a la realidad biológica, el cuerpo, y es correcto lo que decís. Pero lo otro, lo que dijo esa poeta…, esa que nombraste recién.
—Dickinson.
—Eso. Repetímelo —se lo repitió, y dijo, tras una pausa—. ¿Cómo se puede vivir en la muerte o estar muerto en la vida? Sólo si existe una realidad autónoma respecto de la biológica, pero estamos acostumbrados a mirar a la vida solo bajo esa realidad, la del cuerpo. La verdad, nunca me consideré ateo, y siempre me molestó eso de agnóstico, como que me tipifica. En realidad es que soy un ignorante. ¡Qué lo parió! Todo esto, que me parecía irracional… —el teléfono, la calle y el mundo hicieron silencio, hasta que preguntó—: ¿Cómo es que tiene lógica? —se produjo otra pausa—. Sí que son jodidos los poetas.
Sonriendo cortó el teléfono. Decidido encendió el reproductor y fue en busca del Cuarto Movimiento. Asombrosamente la calle hizo silencio y lo pudo disfrutar en la penumbra de la habitación, acariciado levemente por la música. Pasaron los solistas, la Oda de Schiller y la orquesta anunciaba lo que esperaba, la glorificación de la sinfonía y la del espíritu. Entonces oyó, clarísima, su voz: “Toda persona es una oportunidad, siempre”, y la música quedó atrás. Una lágrima fue asomando, agradeciendo a los autores que escudriñan el alma. ¡Gracias, Discépolo, que me diste la clave! Pueden dispararse mil balas más sobre un árabe muerto, puede alguien estúpidamente someterse por amor, la justicia morir en manos de unos sicarios o por la mentira sistemática, y puede uno abandonar la fuerza de la vida, pero siempre hay una oportunidad, la anunciada por Raskolnikov en el arrepentimiento, por la inocencia de la niña asustada, y por vos, Ludmila.
No supo si era imaginación o realidad, pero la imagen se le fue conformando: el brillo de una sonrisa, el de unos ojos alegres y pícaros y el empuje de lo que había sido, o era, porque sintió esa convicción que la movilizaba y esa fe que la sostenía. Entonces, las palabras le fueron surgiendo a medida que la sentía: “Alguien debe decirlo… Seguirlo es dar ventaja, es cierto, pero también es disponer de una ventaja. Ni siquiera fue el alma en punto muerto. Esa mirada perdida no era la de la muerte. No es que te dejaste morir. Nadie te mató, lo que murió fue tu cuerpo cinco meses después, pero vos, Ludmila, ya no estabas aquí.”
Tras la apoteosis de la Novena Sinfonía llegó el silencio. También la calma. La palabra victoria cruzó por su cabeza. ¿Sería ésa la resurrección, el triunfo de la vida?
Decidido encendió la luz, se dirigió a la cocina y abrió una cerveza. Con cierto embeleso observó la frescura, la espuma y el color ambarino.
—“Toda persona es una oportunidad, siempre.” —citó, y, alzando la copa—. En tu excelentísimo honor, Ludmila.
Y bebió con sumo placer, pensando en esas palabras, sin importar si las había oído un rato antes o fue el recuerdo de las veces que Ludmila se las había dicho.
Afuera la calle seguía con su trajín, totalmente ajena a la más inconcebible de las escatologías.

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