El teatro de sí mismo

En una habitación en semipenumbra, donde apenas llega el rumor de la calle, un hombre permanece sentado en la única silla sana, acodado sobre la mesa vacía. El silencio que lo rodea  parece comentar su soledad en algún lugar indefinido de su cuerpo, y termina girando sobre su boca quieta.

El hombre ya ni intenta un rictus, un gesto, en su estática figura secretea con una presión de grito, un pasado activo que ha tomado el cuerpo difuso de su sombra. Desde ese lugar en el que domina la afasia, mira distraído el marco de la puerta, los ojos inertes en una proximidad de lontananzas de eso que es el teatro mismo del vacío. Ya no piensa, abunda el desfile de personajes  que deambulan con esa terrosidad propia del pasado. Pasan y miran indolentes, ¿dónde uno que pueda llegar a ser? El pasado se levanta las solapas del impermeable negro como cubriéndose de esa ancestral humedad que cayó y caerá sobre tierra negra.

Pronuncia la palabra “yo”, como si con eso pudiera detener a esos personajes que pueblan su teatro, que cubren el escenario. Los hay de todo tipo, asesinos, filántropos, viajeros, vagabundos, empresarios, y sobre ellos se yergue el clérigo de sí mismo, el que menos quiere ver, lo enfrenta, el dogmático inquisidor,  que subyacía en un fondo inconfesado de su última trastienda, es el que viene a matar al apóstata, al agnóstico. No hay palabras entre ellos, pero con los ojos, el clérigo va ganando espacio, va apropiándoselo, va siéndolo.

¿Qué espera ahora en su forma resignada de callar frente al hombre encapuchado que quiere serlo definitivamente?, ¿qué espacio va dejándole la delgadísima voz de sí, que se hunde inexorable en el teatro sombrío de su nueva forma clerical?

No hay espejo en el que fotografiarse los ojos con la máquina de la conciencia, y entonces, ciego, dentro de la escena hace gestos y ademanes para sí como un insensato Tiresias que acusa la culpable lucidez de Edipo.

Ahora un preciso automóvil atraviesa a toda velocidad por la calle. Está solo, con su clérigo como un ropaje obligado, solo en esa nueva oscuridad dogmática que habita, donde hasta el sufrimiento más primario merece su representación.

¿Con qué palabras va a declamar su dolor en él, ese monje farsesco que lo habita como en una pesadilla?.

Las palabras, el esfuerzo para estar lejos de ellas, para irse de esa forma que ellas van contorneando, nombrando en el juego reiterado de ritualizar los nombres que vuelven, lo van dejando sin él.

Ya no lee, leer es darle tiempo a aquello que no lo tiene, prestar la propia existencia a esa eternidad quieta que viene silenciada entre dos tapas.

¿Cómo pronunciar cualquier palabra si en vez de ser alguien es el desfile de todos o el obligado clérigo de sí mismo en un escenario continuo donde se está perdido para siempre?, ¿ como leer la más mínima línea sin un yo  que sirva de ancla a ese tiempo de espera de toda palabra en suspenso?.

En las paredes, su rostro niega cualquier identidad y mata el trasfondo de su sombra. Allí, donde la penumbra del clérigo y su culpa actuada hasta el vía crucis comienzan su peregrinaje.

Ahora, arrastrando este silencio que ya lo ha dicho todo, mira fijo el piso sin nada, sin sí mismo. Preparada así la escena, sobrevendrán las miradas de esa platea continua e indefinida, de ese público inmutable que será su única luz.

Comments are closed.