Educación física

El infierno es un hecho necesario a la preservación de nuestro cuerpo

Teoría del infierno,  Salvador Elizondo

Ahora soy enfermero, por decisión, no por fuerza. Antes, estudiaba en la Facultad de Filosofía y Letras, estudiaba allí porque suponía que estudiando se puede llegar a ser escritor. No sé cómo llegué a esto. Intento desmadejar cierta telaraña que lejanamente vislumbro. En mis sueños no cuento con mi cuerpo.

Una forma de ajustarse a un tiempo de ellos es  tener que pensar en los horarios de las pastillas, una forma de no someterme a mi propio tiempo vertiginoso de ventanas alucinantes con flores enormes, de las imágenes tantas veces repetidas del cuerpo de Julia sobre mí, de ruedas que me arrastran.

Los enfermos me aprecian, me abrazan. Yo he aprendido a quedarme en el abrazo que me brindan como en una casa silenciosa. Viendo sus cuerpos anquilosados, varados como barcos viejos, puedo borrar otras imágenes. Oliendo a orina y Espadol, inmóviles bajo la blancura gastada de las sábanas, en la neblina difusa y matinal en la que no soy capaz de adivinar sus rostros, acarreo sus osamentas. El simple acto de incorporarlos en la cama adquiere insólitamente un valor trascendental que se trasunta en sus caras comprimidas por el esfuerzo, la tensión moldeada en los cuellos, los pómulos sobresalientes, descarnados, los temblorosos músculos de los antebrazos, la cadera pétrea, el pubis inexistente disuelto en ella, las pantorrillas afinadas hasta la falta total de carne,  los muslos muertos y la piel, sobre todo la piel, amarillenta, apergaminada, intocable, conservando ese olor a cloroformo, a guardado, como una superficie precámbrica. Percibo cómo el contacto continuo va borrando la primera sensación de horror y rechazo y va domesticando mi propia piel a ese nuevo hábito.

Un  objeto despreciable, lamentable, el propio cuerpo, como si el esfuerzo titánico de moverlo, significara quiméricamente, la posibilidad de dejar ese fósil en busca de un mejor envoltorio, adivino también, cuando no existe más la lejana y secreta esperanza, el momento exacto en que se abandonan a mí, y yo tengo que maniobrar sin su ayuda esa argamasa solidificada. Están allí sobre mí, pero a la vez, tengo de ellos grabada sus  siluetas sobre la ventana. Esos momentos penosos en que se aferran con el último tendón a un abrazo en caída, en esos momentos, siento el incontenible impulso de despenarlos, de orientar sus cuerpos como coches viejos hacia la banquina, hacia el abismo tras la banquina,  darles siquiera el instante pleno de oxígeno en la caída y permitirles embolsar finalmente todo el aire, ausente en la ansiedad irrespirable del hospital.

Me ocupaba en general de todos ellos, salvo de uno, el señor Ladem. El doctor decía que no hacía falta, que él siempre estaba bien, pese a las apariencias. Me llamó la atención la seguridad con que lo dijo.

Vivo en un ambiente modesto, con unos pocos libros: bastante de Kafka, Blake, Poe, Baudelaire, Dante y Macedonio Fernández. Mi cama, angosta y pequeña apenas abarca mi estatura, de hecho debo encogerme un poco para entrar en ella y siempre conservo algún músculo en tensión durante la noche. Los sueños que sueño se ajustan a las medidas de mi cama, hay uno que se repite insistente: se trata de Julia, Julia desnuda sobre mí, que mueve su cuerpo extasiada mientras el mío permanece quieto, inerte. Me desespero cuando siento la plenitud de su contacto y mi cuerpo no responde, emerjo violentamente de ese fondo al gris de estas paredes. No hay imágenes sobre las paredes, extraño una reproducción de El Bosco, un tríptico: El jardín de las delicias, otro -temible sin embargo- de Magritte: Los amantes, ese beso de cabezas encapuchadas siempre me ha resultado estremecedor. Lo demás, es poco importante: una TV vieja en la que veo noticieros monótonos, un sillón raído en el que me siento con los ojos cerrados frente a un balcón con una única maceta en la que ha crecido como por milagro, una enorme flor, una pequeña mesa, dos sillas.

Cuando ingresé a la facultad, deseaba escribir, una vez en ella fui desalentándome. Hay ciertas formas de escritura que parecen provenir de espíritus descarnados, de seres puramente cerebrales. Aún escribo, a pesar de todo. Ideas sueltas, islas pequeñas que no figuran en los mapas. Escribo por ejemplo que Kafka es grande porque se atrevió como nadie a referirse a la soledad, a la soledad no sólo como conciencia sino también y sobre todo físicamente, esa primordial soledad de un cuerpo respecto de los otros, sus palabras tocan esa soledad orientándose hacia una forma inefable que logran crear cuando todos sus ideas aparecen juntas. Escribo que hay formas del tedio que diluyen lo primordial en demasiadas palabras, escribo que los que me conocen, ven en mi nueva profesión el síntoma de una rara enfermedad que desconozco.  No conciben, no imaginan, esa mezcla de secreta felicidad e infinita desdicha en la que me he embarcado. “Es como andar cargando la muerte”, me decía una prima delgada y miope. “Yo prefiero ser basurero antes que enfermero” me aclaraba un tío distante y engreído.

Antes de ingresar a la facultad yo leía, leía hasta que se me entumecían las rodillas y se me dormían los pies, entonces salía a la calle a correr, corría por lo menos dos cuadras seguidas. Y el aire que embolsaba me rescataba de la asfixia y el encierro de Proust, de los alambicados regodeos de su memoria, de algunos cuentos de Joyce cuya lectura terminaba entumeciéndome el cuerpo, de una “Metamorfosis” releída hasta el ahogo. Siempre me decían en casa, si no podés hacer otra cosa, lee, con el tiempo he descubierto, después de haber abandonado la facultad, que quizá ya no pueda hacer otra cosa, quizá lo único que me quede es escribir.

Durante la noche, en la oscuridad de mi pieza, miro por la ventana la pared mugrienta del hospital -porque he conseguido este departamento justo frente al hospital- pienso en el alivio de despenar esos cuerpos, la liberación imaginaria de esas caídas libres inundan mis pulmones de un aire deliciosamente puro. Me imagino, exhausto, fragmentado entre las demandas de estos seres que durante diez horas me arrastran, me abrazan, me devoran, pienso en eso, que es, lo repito, un modo de no pensar en otras cosas, y luego de pensar en eso, la pared mugrienta desaparece milagrosamente y el sueño me gana como un narcótico. Y al día siguiente recuerdo algún temblor, algún pasillo mal iluminado, alguna silla de ruedas, alguna risa desdentada, alguna mano aferrándose, alguna sombra que aparece en el marco de la puerta; pero desayuno pensando en la jornada que me espera. Nadie puede vivir de la escritura, tampoco de la enfermería; nadie puede pasarse todo el tiempo ensayando textos, pero en cambio puede estar varias horas levantando cuerpos, abrazarlos aunque abomine de ese contacto. Tengo que confesar que al principio me exasperaba, era como si quisieran arrastrarme hasta el centro de su enfermedad, “abandonen toda esperanza los que entréis aquí” recordaba. Al principio me valía de sus abrazos para no tener que verles la cara, entonces más que sentir el contacto de sus cuerpos, pensaba adónde estarían mirando mientras los abrazaba, y era un esfuerzo enorme localizar ese lugar en el que se habrían posado sus ojos gastados, y sabía – sin vérselos- que los ponían en blanco. En busca de alguna respuesta, pensaba en ver al señor Ladem, pero sabía que no me era permitido hacerlo; y finalmente me iba y muchos quedaban en actitud de permanecer abrazados a mí, y ese lugar vacío que yo veía siempre me provocaba una mezcla de serenidad y desconsuelo, como si no estuvieran, como si jamás hubieran estado allí. Nada quedaba entonces, sino mirarlos estáticos, como seres vulcanizados, estatuarios, e irse borrando esas fotografías, borrarlas para retomarlas en el próximo paciente, y así volver al álbum acumulado en mis ojos, un álbum del que aún era capaz de deshacerme cuando salía a la calle. Pero flotando en mi memoria se delineaban los contornos, el lugar en el que hubiera puesto las fotos, las manchas amarillentas a los lados, más patentes porque no veía en ese álbum ya viejo pero sin fotos, más que a los pies pesados del tiempo.

Fuera de los enfermos y esta forma de escritura que aún se halla en una fase experimental, he perdido toda relación con la vida cotidiana, como si se me hubiera atrofiado esa zona. Hay una distancia infranqueable con este tipo de vida, sus cuerpos ocupan todo mi espectro, esos fantasmas que me prefiguran. Sabía que por primera vez me enfrentaba a mi propio cuerpo, inagotable enciclopedia de dolores. Me reconocía ahora como nunca lo hubiera imaginado en las miradas hostiles de los enfermos.

Yo antes estudiaba en la facultad, y veía desfilar las caras enharinadas e inertes de ciertos profesores, cuyas voces muertas intentaban provocar alguna resonancia en un alumnado anónimo, ordinal e indiferente que cada cinco minutos miraba el reloj o bostezaba sin ningún reparo, una palmada en el hombro de algún compañero, un beso sin labios de dos o tres compañeras, a eso se limitaban nuestros contactos físicos. Yo pensaba entonces en la educación como en una forma renga, fatalmente parcial, y me propuse emprender una silenciosa integración consistente en promover cuanto fuera posible la mayor cantidad de contactos físicos con mis compañeros. Fue un proyecto sigiloso, surgido del silencio. Nunca nadie supo de mi plan. Un día abracé efusivamente a uno de ellos, lo abracé con una resolución que le resultó embarazosa e incómoda; me miró desconociéndome, se alejó y nunca más volvió a acercárseme. Oí que murmuraba algo acerca de mi posible homosexualidad. Me reí al principio, recordando mi reiterado sueño con Julia, mi imposibilidad,  pero después tuve lástima de él, de mí, de todos nosotros. La facultad me ha servido de experiencia, de campo de pruebas; con la enfermería ha sucedido algo diferente: hay algo en ella que me resulta irremplazable. Busqué quizás una motivación lejana -opuesta- a las motivaciones sexuales. Es sabido que en el sexo el cuerpo se vuelve un mero instrumento para el placer y eso tiene un límite bien definido. He elegido entonces el otro camino, el del hospital, me someto diariamente a lidiar con esos cuerpos que, por ahora, no han producido en mi excitación erótica alguna, pero he inventariado mentalmente un repertorio de reacciones y respuestas físicas de estos contactos.

He tenido que lidiar con esos cuerpos envarados, chúcaros, como yesos a punto de quebrarse, a veces me temblaban las piernas del cansancio, he tenido que lavarlos con una paciente esponja y casi sin jabón, lavarlos entre protestas e insultos, he llegado a sentir con un horror sereno a mi propio cuerpo confundido insalvablemente con sus osamentas, cadáveres clandestinos a los que no se desea reconocer como tales, a los que increíblemente siento  como dentro de un espejo inexplicable, y me he sobrepuesto a todo. He vuelto a imaginar la sala blanca en la que se halla el señor Ladem, con una sonrisa indulgente, como de Papa o Cardenal. Pero, pese a todo, me consuela en la soledad pensar que vamos a volver a encontrarnos, extrañamente tengo esa sensación reconfortante, como si tuvieran la vida en un hilo, como si pudiera constatar en ese hilo que es la vida de algunos pacientes, a la vida misma en términos físicos, pienso que al día siguiente estarán allí -o no-, en la soledad distante de esta pieza cuya ventana da  a la pared más mugrienta del hospital, y tiene como único remanso de tanto gris.  Esa flor increíble que crece solitaria en mi maceta, me consuela pensarme enfermero, al día siguiente, cargando con esos dinosaurios, siempre al borde de la extinción, tomando de sus cuerpos los últimos registros, sin cálculo, sin medición, pero comprobando en mi propio cuerpo ese estado final.

La ventana de mi habitación es como un ojo hipnotizado, congelado, a través de ella veo la pared sucia, de una suciedad histórica, arqueológica, que aunque no lo desee, día a día, me devuelve a Julia, a Julia desnuda y fresca sobre mí, a Julia palpitante y viva, húmeda; me devuelve a Julia fumando desnuda bajo las sábanas y haciendo proyectos, proyectos en los que utilizaba con frecuencia la palabra nosotros, y yo que sigo sin poder, y busco en sus ojos una desaprobación que tarde o temprano aparecerá. Vamos a ver si podemos alquilar juntos, me estaba diciendo aquella inolvidable noche,  dos ambientes con un balconcito, y no dijo nada más, se quedó congelada mientras la abrazaba, estatuaria, ¿o lo dijo en mi sueño?, ya no lo sé, y yo también me quedé así sintiendo que eternizaba en ese abrazo desnudo todos sus proyectos, intuyendo que el calor empezaba a irse de su cuerpo, …con un balconcito, la oí y esperé que repitiera la frase para volver a sentir el aire fresco de sus palabras en plena cara, pero no dijo nada, no repitió nada, ni me miró.

Un aneurisma, me dijo el neurólogo que la revisó, no se habría salvado de todos modos.

Yo lo miraba garabateando nervioso un recetario, e imaginaba en los dibujos involuntarios que imprimía en el papel, los nombres ilegibles de algunos milagrosos medicamentos que devolverían la respiración al cuerpo de Julia, pero los garabatos se superponían como si ahora tachara los primeros nombres y encimara otros. Nada, nada que hacer en estos casos, es hereditario, agregó, como para que ese silencio lleno de dibujos no fuera tan denso. Dejó por fin la lapicera y apartó el recetario; se pasó una mano por la cabeza y concluyó: Por ahora creemos que es hereditario…

Desde ese breve diálogo con el médico forense descubrí que todo cuerpo es un misterio irreductible, mucho más rico que cualquier teoría, mucho más profundo y ancestral; y empecé a reparar en las espaldas encorvadas de mis compañeros de facultad, en los entrecejos fruncidos, en los ojos anhelando un mundo tras las páginas escritas, en los pies hinchados en verano, en las várices de las chicas gordas y de vida sedentaria, en los cuellos rojos de los de piel muy blanca, en el sudor del cuero cabelludo antes de los exámenes, en las ojeras y los dedos crispados encerrando un cigarrillo tras otro, en el temblor de las piernas, incluso las mías y la rugosidad de ciertos codos después de tanto estudio, en la futura ausencia de todos ellos.

La muerte de Julia le ha dado a mi vida un vuelco decisivo, he iniciado un recorrido sin retorno. Ayer he adquirido un espejo de cuerpo entero, en el que me miré durante varias horas fijamente, cada segmento de piel, cada músculo, cada tendón, cada nervio, cada hueso. Pude verme por capas, desgajando la piel, los músculos, las vísceras, hasta llegar al esqueleto y al polvo al que queda reducido con el tiempo el esqueleto,  y descubrí que de esa enciclopedia ambulante lo que más me preocupaba era conservarlo así como lo veía, con todos los defectos, los dolores, las imperfecciones.

Al día siguiente pedí una entrevista con el Director del hospital. La audiencia me fue concedida al atardecer. El hombre que me recibió era algo pequeño enjuto y con un rostro en el que parecían acumularse los años indescifrablemente. Él ya sabía con quién deseaba hablar.

– Muy bien, espere aquí que veré si el señor Ladem pude verlo ahora. De todos modos es mi deber que sepa que lo que va a solicitarle es para siempre.

Era curioso, no entendía el sentido de sus palabras, pero pude contestar con absoluta normalidad:

– Si. Mientras se cumpla con mi pedido, no me preocupa.

– Bueno, entonces espere y vaya firmando estos papeles, yo voy a ver si ahora puede atenderlo.

Todo tenía un aire de sigilosa irrealidad: la blancura de las paredes, las luces claras aunque mortecinas, el negro casi abismal en las baldosas del piso, y sin embargo estaba allí, con mi cuerpo aterido, mis brazos exhaustos, mis piernas cansadas, esperando esta entrevista.

El director me hizo pasar a la sala en la que se encontraba Ladem: era una habitación pequeña con una mesilla plateada, en cuyos cajones inferiores se entreveía algún instrumental.

– Siéntese hijo- me dijo.

– Yo quería ver si era posible…-comencé, pero él no me dejó terminar

– Sé a lo que viene hijo. Lo que debe saber, como le dijo el doctor,  es que es para siempre

– Lo sé

– Perfecto – me contestó y enseguida me inyectó un líquido azul y me despidió.

Sentí entonces que al mirarme el hombre se estaba mirando a sí mismo y, a la vez, que mientras lo viera, me veía a mí. Algo en lo hondo de mi vientre dio un vuelco definitivo, a los pocos segundos todo me resultó extrañamente familiar.

Esa noche tuve fiebre alta y convulsiones, sentía una verdadera lucha interna. Tuve miedo, hasta creí haber imaginado aquella entrevista. Luego me calmé. Al día siguiente concurrí al hospital como si nada hubiera ocurrido, pero me sentía diferente, como si poseyera una energía inagotable. Aunque mi destino fuera –como lo sabía-, definitivamente, este hospital.

Ahora mi cuerpo continuará este aprendizaje perpetuo. Siento los cambios imperceptibles en mi interior, como si mis órganos estuvieran reorganizándose. He comenzado a escribir una vasta obra cuyo tema será, por supuesto, el infierno.

Durante todos estos años he visto desfilar médicos, enfermeros y pacientes. También he detectado leves transformaciones en mi cuerpo y un extraño cansancio que comienza a ganarme, un cansancio que se retroalimenta hasta transformarse en nueva energía. Nunca he vuelto a ver al señor Ladem, pero sé que permanece en su habitación como siempre.

Una tarde uno de mis pacientes se horrorizó al verme. Sus ojos permanecieron inmóviles sobre mí como si hubiera visto al demonio. Corrí al baño y comprobé con horror que mi rostro arrastraba una vejez de cientos de años. Me tapé la cara con las manos y grité.

Cuando abrió los ojos vio el cuerpo soñoliento de Julia moviéndose cerca.

– Buen día- le dijo y ella le devolvió su sonrisa radiante y luminosa.

– Buen día

– ¿Vas a levantarte? – preguntó ella como si se tratara de una verdadera opción.

– Si – dijo aunque permanecía quieto. Entonces comenzó a recordar y entendió.

– Ayudáme

Julia le acercó la silla de ruedas y con mucho esfuerzo logró que se sentara en ella.

Movió con dificultad sus manos sobre las ruedas, giró y se quedó viendo por la ventana esa única flor que se erguía como un milagro emergiendo de una tierra reseca en la maceta.

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