Crónica de un cuento olvidado

S se había acordado del cuento una mañana como si hubiese soñado con su trama esa misma noche. Le rondaban las imágenes de los personajes, sus diálogos cortos e incisivos, pero no podía recomponer la historia. Permaneció unos instantes más paladeando esa sensación antes de levantarse. Se dio cuenta de que necesitaba un vaso de agua. Sentía en el aire ciertas presencias que no podía explicar, pero que, a la vez, le eran familiares. Voces lejanas venían a sus oídos. Era un murmullo sordo acompañado de vez en cuando de una voz apagada. Probó detectar el timbre de esas voces. Era inútil, venían de lejos, como de algún impreciso horizonte.

Finalmente se levantó. Sabía que parte de ese cuento estaba en un antiguo libro que había extraviado. No recordaba ahora su nombre. Solía guardar versiones de obras que le interesaban en pdf en el ordenador, pero tampoco estaba allí. Ni siquiera en un archivo que según su intuición tenía que ser. Era imperioso recuperar aquel relato. Consultó en su celular posibles amigos con los que hubiera intercambiado o siquiera conversado sobre él. Todas las respuestas que recibió fueron negativas.

Anduvo ese día pendiente de los últimos tres amigos que aún no le habían respondido, pensó en llamarlos. Luego creyó que era mejor esperar. Simultáneamente tomó un papel e intentó reescribirlo, completó un primer párrafo con un diálogo de una pareja, pero no le convenció. Se quedó con una frase breve. Anduvo parte de ese día atento a las respuestas faltantes e intentando reescribir el cuento perdido.

Ya a la noche, se dio cuenta de que posiblemente hubiera guardado los datos del editor en algún mensaje o en la agenda de contactos del celular. Estaba casi seguro que integraba una antología de cuentos que se había publicado hacía algunos años. Agotada la búsqueda en el teléfono comenzó a desempolvar de los estantes bajos de su biblioteca las agendas en papel donde solían haber todo tipo de anotaciones en cualquier hoja del calendario más allá de la específica libreta de direcciones. No pudo encontrar ningún dato ni siquiera un atisbo de él. Intentó entonces recordar el año de edición de aquel libro, pero al no precisar la editorial, la búsqueda por internet era demasiado amplia. Decidió buscar entonces los datos de editores. Tenía una veintena de datos sobre ellos. Obtuvo unas catorce negativas, dos no contestaban nada pese a que insistió varias veces, y cuatro tenían una grabación que afirmaba que la editorial se había mudado y dejaba un teléfono de referencia. Comenzó los llamados. Dos le dijeron que no tenían ni idea de ese libro, una que era poco probable que lo hubieran editado y solo en una le dijeron que probablemente ellos habrían sido los editores de aquel libro. Pidió la dirección de esta última. Quedaba por Versalles, tendría que tomarse un taxi, la zona estaba alejada del transporte público. No lo dudó, se cambió, metió en un portafolios los papeles que le servirían para la pesquisa del libro y salió a la calle.

Abordó un taxi cerca de la esquina de su casa. El taxista le preguntó si sabía llegar a la dirección porque él no conocía esa calle.

-No me funciona bien el GPS – dijo

-Es por Versalles

-Déjeme ver si debajo del asiento está todavía la Filcar que usaba.

El taxista se detuvo cerca de la primera esquina, corrió el asiento delantero del acompañante para atrás y allí apareció una vieja Filcar ajada a la que se veía, le faltaban hojas.

En ese momento se acercaron dos jóvenes en una moto, uno de ellos descendió y sacó un arma. Se sentó en el asiento delantero, al lado del chofer.

-Quédense tranquilos y no les va a pasar nada – dijo

El que manejaba la moto estaba de pronto sentado en el asiento de atrás al lado de S y le apuntaba con su revólver.

-No es necesario – dijo S – No tenemos nada.

Ambos ladrones se miraron rápidamente de una manera significativa. S se dio cuenta de que esas miradas le resultaban familiares, creía conocer a los muchachos de algún lado.

El que estaba en el asiento delantero indicó al taxista:

-Vamos para Versalles

El taxista estuvo por hacer un comentario sobre el pedido del ladrón, pero miró por el espejo retrovisor a S, que negó muy sutilmente con la cabeza. El hombre que estaba al lado no se dio cuenta.

El auto tomó por Juan B. Justo y dobló por una calle desconocida. A S le pareció que el cartel decía Dupuy, luego tomaron Lascano bordeando la plaza Ciudad de Banff, pasaron la calle Bruselas. S recordó que sobre esa calle había una librería artística. Pasaron el paseo Versalles y el hombre del asiento delantero indicó al chofer que esperaran sobre la esquina de Madero.

-¿Dónde nos metiste? – preguntó el que se sentaba atrás – Esto parece parque Chas.

-¿Qué decís? , parque Chas está del otro lado de Agronomía

S se puso inquieto. Estaba muy cerca de donde deseaba ir. Miró a ambos hombres y se dio cuenta de que era el momento de intervenir.

-Vean, tengo doscientos pesos, no es mucho, pero es todo lo que tengo. No traigo ninguna tarjeta conmigo. Se los dejo y me voy. Déjenme este portafolios, tiene solo papeles. No valen nada.

-A ver – dijo el que estaba con él atrás – ¿Qué tipo de papeles?

Le arrebató el portafolios y comenzó a hurgar en él.

-Como le dije, solo papeles viejos.

-¿Y por qué tanto celo con esos papeles?

-Recuerdos, nada más que recuerdos.

El de adelante, miró la situación y sugirió:

-Revisále bien el portafolios, si no hay nada, que deje los doscientos y se vaya.

S se sintió aliviado por la sugerencia del socio. Seguían detenidos en la esquina, en eso pasó un patrullero y siguió de largo bajo la mirada afligida del taxista.

El hombre de atrás miró de arriba abajo a S y dijo:

-No, sigue con nosotros.

-¿Para qué lo querés? No tiene más que papeles sin ningún valor.

-Por las dudas. Nos vio la cara a los dos.

S iba a decir algo pero prefirió callar. El taxista miró al hombre que se sentaba atrás al lado de S, creyó que era hora de decir algo.

-Escuchen muchachos – arrancó – El señor se tiene que bajar por acá. Déjenlo que baje y siguen conmigo…

El de atrás le puso su bersa 9mm en la nuca, y le gritó:

-Arrancá y doblá

El taxista arrancó y dobló por Madero, pero de pronto vio que circulaban por Bucarelli.

El de adelante miró al chofer reprendiéndolo.

-¿Qué hiciste? – le preguntó – te dijimos por Madero.

-Doblé por Madero como me ordenó tu compañero – dijo el taxista.

-Así lo hizo – dijo S como si hiciera falta su testimonio.

Otra vez se habían quedado en una esquina detenidos. Esta vez era en Bucarelli y Hamburgo.

El de atrás se asomó por la ventanilla. Y miró la fisonomía del barrio.

-Esto es parque Chas. Te dije que estábamos cerca de parque Chas.

-Pero no, hermano… parque Chas está detrás de Agronomía, y nosotros veníamos dando vueltas por Versalles.

Ambos miraron al chofer.

-Yo no hice nada – dijo asustado – solo giré para el lado de Madero, no tengo la menor idea de por qué estamos aquí.

El de atrás se giró hacia S y le preguntó:

-¿Y vos, tenés algo para decir?

-No sé, no entiendo cómo estamos por acá – intentó tomar la Filcar, ambos ladrones le apuntaron nerviosos, S levantó las manos.

-Quiero cerciorarme dónde estamos – les dijo – No voy a hacer nada raro

Le permitieron consultar la guía de calles, y efectivamente Madero y Bucarelli no tienen conexión alguna, distan una de otra por lo menos quince cuadras.

-Miralo vos mismo – le dijo S al de atrás – Convencete.

El muchacho lo miró afirmativamente, y entonces volvió a encañonar al chofer.

-Contestáme, ¿qué hiciste?

-Nada… no sé… di vuelta en Madero como me dijeron. No entiendo como vinimos a parar a Bucarelli.

-Pará – dijo el de adelante – ¿Vos no preguntaste acaso si no estábamos por parque Chas?

-Sí, ¿Y?

-No sé, digo. Quizás parezca una coincidencia, pero…

El taxista creyó oportuno hacer una aclaración:

-Cuando el señor subió al auto, tuve que buscar la Filcar para encontrar la calle por la que me preguntó el señor. Cuando fui a buscar la guía estaba abierta en la página de parque Chas.

-O sea, que…-comenzó a deducir el de adelante

-… existe alguna conexión entre estos dos datos y donde estamos –completó S.

-No es posible – dijo el de atrás – no voy a andar creyendo en estas boludeces. Dejénse de joder.

La verdad es difícil pensar que pueda ocurrir algo así – dijo el taxista solo de nervioso que estaba.

En ese momento apareció un patrullero que había aparecido en la esquina. El de adelante le indicó que doblara por Hamburgo rápido. Por la aceleración las cubiertas giraron en falso haciendo un ruido que llamó la atención de los policías. El de atrás abrió la Filcar en la página de La boca, pero nada ocurrió. Los ladrones ocultaron sus armas bajo los asientos. El policía acompañante se aproximó al taxista y le preguntó:

-¿Todo en orden?

-Sí, oficial, todo en orden. Hizo un leve movimiento con los ojos hacia su lado derecho y hacia atrás que el oficial comprendió.

-Muy bien – dijo y se retiró.

Caminó hasta el patrullero, se subió y siguió camino.

-¿Qué pasa –dijo el de atrás – por qué no funcionó?

-No sé – respondió su compañero – ni idea.

El taxista le pidió la Filcar, vio que la página estaba rasgada y había algunos nombres de calles que se habían borrado.

-Quizás sea por esto – dijo

-¿Por qué? – preguntó el de adelante sin prestar atención a la página de la Filcar.

-Porque la página está rasgada y los nombres de las calles apenas se leen.

-Dejense de bobadas – dijo el de atrás – No vas a creer en esto, vos.¿No?

-No sé qué pensar…- dijo el de adelante – Pero, bueno. Salgamos de acá. Llevanos de nuevo a Versalles, que es donde tenemos que ir.

-Ok –dijo el taxista.

Avanzó, giró por Treveris, doblo en Bauness, el camino sin que pudieran comprender cómo, se volvió curvo y, cuando vieron un cartel, decía Bucarelli.

-Oíme – dijo el de adelante – qué hacés.

-No sé. Yo siempre tuve la referencia de Bauness para salir de parque Chas, porque desemboca en avenida De los Incas, y desde ahí yo me oriento.

-Es muy raro – dijo S – yo recuerdo haber hecho este recorrido en otro taxi, y efectivamente, yendo por Bauness se sale a avenida De los Incas.

Lo intentaron una vez más y otra sin llegar nunca a avenida De los Incas.

El taxista consultó de nuevo la Filcar a ver si estaba equivocado, pero no. Bauness salía a la avenida mencionada y en apenas dos cuadras.

Volvieron a quedarse en la esquina de Bucarelli y Hamburgo. El de atrás miró la hora. Había transcurrido cerca de una hora y media desde que habían abordado el taxi.

-La verdad – dijo el taxista – es difícil pensar que pueda ocurrir algo así.

De inmediato apareció de nuevo el policía que los había detenido hacía media hora.

-Todo en orden – preguntó

-Todo en orden – contestó el taxista.

-Perfecto – dijo el oficial.

Cuando se estaba yendo, por la ventanilla trasera de la derecha apareció un hombre que apuntaba un arma al de atrás.

-No se muevan – dijo – levanten las manos los cuatro.

Los cuatro levantaron las manos. El hombre los hizo bajar. Se llevó a los dos ladrones sin preguntar nada, los metieron en el patrullero. El patrullero partió desapareciendo casi en la primera esquina. Volvieron a quedar S y el taxista en el auto.

-¿Y eso – preguntó S- cómo fue?

-Tengo un botón en el auto que sirve de alarma por si me asaltan. Recién ahora pude oprimirlo. El policía ya estaba al tanto que los que nos acompañaban eran ladrones.

-Bueno – dijo S – ahora sí. Volvamos a Versalles.

-Quédese tranquilo – le respondió – todo este tiempo se lo voy a descontar.

-Gracias – dijo S, consultó su reloj. No habían pasado ni dos horas desde que había tomado el taxi, sin embargo él sentía que habían transcurrido más de seis.

El auto arrancó. Nuevamente giró por Treveris y luego dobló por Bauness. Cruzó la avenida De los Incas y siguió de largo.

-¿Cómo hizo? – preguntó S

-Es un viejo truco – dijo el taxista – pero no puedo revelárselo – y luego le preguntó -¿Le parece que sigamos por avenida De los Incas hasta que se transforme en Beiró?

-Lo que sea más directo

-De acuerdo.

El auto avanzó por la avenida De los Incas hacia la derecha y atravesó San Martín, Chorroarín y Nazca.

S pensó que todo había sido increíble. Reconstruyó mentalmente punto por punto lo que había pasado: La búsqueda infructuosa del cuento, los llamados a los amigos, a los editores, el encuentro finalmente de un teléfono posible. La esperanza de que aquel último editor pudiera darle alguna pista. El taxi, la inesperada irrupción de los ladrones, el recorrido por Versalles, la aparición en parque Chas, la vuelta sorpresiva del policía. Solo faltaba escribirlo.

En el momento en que la avenida de los Incas se transformaba en Beiró, el taxista se detuvo en la esquina, se dio vuelta. Lo estaba apuntando con un arma.

-Deme ese portafolios – le exigió

-¿Qué?

-Que me de ese portafolios. No quiero lastimarlo.

-O sea que usted…

-No, yo no tenía nada que ver con esos dos ladrones. Esperaba que se fueran. Fue pura casualidad.

-¿Casualidad?

-Sí, casualidad. Ustedes, los escritores creen que pueden manejarlo todo, pero no es así. Existen las casualidades, los imprevistos.

-Pero todo esto no lo fue – dijo S – usted sabía lo que yo tenía en el portafolios. ¿Para qué lo quiere? No le va a servir de nada.

-Se equivoca. Yo soy el protagonista de esta historia, o no se da cuenta.

-¿De qué historia?

-De ésta. La que usted va a escribir.

-Cargó el arma y le apuntó.

-Déme el portafolios, por favor.

S se lo dio. El taxista lo obligó a bajar allí. Se preguntó adónde llevaría su portafolios. Vio que el auto arrancó y desapareció rápidamente por Beiró. “Igual, pensó, la mayor parte de los escritos tienen las letras casi borradas”.

Entonces recordó nuevamente la frase del taxista: “La verdad es difícil pensar que pueda ocurrir algo así”