Blodisandei (Segunda parte, extracto)

tarde,

 

 

 

¡Qué afortunados
somos
al poseer ventanas!
El vidrio es transparente.

Allen Ginsberg, Sorpresa.

 (15.06)

Si hay algo que el domingo gusta de sí, es ese espacio que comienza cuando las horas cumplen su primer giro y acaba en una cima invertida que evoca crepúsculo cuando no es sino su verdadero mediodía. En derredor de esa zona, los minutos y los cuerpos se reúnen en una misma huella.

Rendidos por el letargo.

Acosados por la abulia.

Que comienza a cerrar el cerco…

Hipnotizados. Por la tormenta del sudeste, que tanto escampa como se reanuda con furia. Los señores han separado sus rumbos: ella, una vez recuperado el orden necesario, ha ido a su alcoba, a desandar tiempo tras los videos familiares; él, a la sala, a pararse junto a la ventana y a esperar que la buena fortuna de esa mañana se repita,

pero en la calle sólo corre el agua y desperdicios que el viento acelera: todo demasiado ajeno para suponerlos cómplices de una fuga. Enciende un cigarrillo y se recuesta en el sofá. Apenas: como si hubiese recordado algo, da un respingo; se para y echa a andar

en dirección a la biblioteca: algo, similar a una intuición, lo ha convencido que en ella se aloja un sucedáneo del diario del domingo,

en la casa de los señores hay muchos libros y es justo decir que él procura que todos respeten un orden estricto –que de los tantos posibles, en este caso es el alfabético- y que el polvillo que gusta posarse en ellos, no prospere en su intención erosiva. Es una biblioteca pulcra, la biblioteca del señor. Y sus libros, casi podría decirse que lucen como los cuadernos en los anaqueles de la librería: encierran historias, pero igual daría que fueran bellos lomos encuadernando anales de un proceso interminable o aire viciado de domingo. Están y vírgenes: la lectura no es un empleo del tiempo al que él recurra,

ni la señora: sólo Lucila gustaba sentarse a compartir horas junto a ellos. Una herencia del abuelo, decían sus padres. De hecho, si hay muchos en la casa, es porque tras la sorpresiva muerte del viejo, nadie más se avino a hospedarlos. En ese tiempo, él, la señora y la vida contada en meses de Lucila, vivían en un pequeño departamento a metros de la librería. Ellos y las historias. No fue sencilla la convivencia los primeros tiempos: los libros, si no se los confina a tiempo, suelen colonizar el territorio donde habitan. Nunca se sabe cómo logran llegar a los lugares más inverosímiles: el baño, bajo la cama, sobre la heladera, en el bolsillo de alguna campera -se podrá objetar que estos desplazamientos suceden a favor de algún tipo de relación más o menos fluida entre ellos y un humano, pero ¿y en el caso del señor?, ya se dijo que la lectura era una infección ante la que alguna mutación de sus genes lo había hecho inmune… Es cierto que un espacio ocupado, sea con diarios o con libros, es una estrategia para nada menor. Al contrario: piénsese en la numerosa cantidad de posibilidades que ordenarlos le ofrece a su inmovilidad: por título o por autor o por ambos; otro domingo, por el tamaño o los colores de sus tapas; otro, por el género (esta es una alternativa bastante improbable para los escasos conocimientos literarios del señor) o por el año de edición o hasta la nacionalidad del autor… Las colecciones de mariposas de libros de domingos. Y aún, y esto es un valor agregado que la infinita paciencia de los libros donan sin reparar en desaires tan notorios como los del señor, ciertas ocasiones casi milagrosas en que alguno escapa a la secuencia rigurosa de las bibliotecas y se instala entre los dedos y se abre,

¿el corazón de quién?, se pregunta Clarise, que insiste en recuperar hálitos de una escritura náufraga. Decidida a hallar lo indeleble en lo fugitivo, no aparta la página ni de su mirada ni de su voluntad. Aunque no lo asume, sabe que suponer los fonemas que delinean un corazón es tan caprichoso como si optase por los que dibujan hígado o sangre o final. Sonríe: esos vocablos que se pretenden azarosos parecen querer retomar el sendero de la lista de compras o aún la del asesino -eso sí: uno tan puntilloso o tan imprudente que se hubiera tomado el trabajo de estimar de antemano el órgano exacto por el que habría de arrebatarle la vida a su víctima y encima hubiese decidido testimoniarlo por escrito. Sin embargo, quizá porque su ánimo persiste con la idea del poema, no se detiene en esa duda más propia de cartas comerciales o de informes forenses. Al contrario: redobla su apuesta y deja que la mano, a esa altura dueña de todas sus convicciones, prosiga. Y la descubra. O mejor: que invente -¿qué otra cosa queda, cuando se ha elegido entregar a las redes de un poema lo que sea que en silencio nos conmueve, sino inventar?,

inventarse, en una otra frase. La que una mano rescató de una inundación: tu corazón no supo desear ser otro y el mío, mutante empedernido, ya no puede recordar como amarlo,

el corazón inmóvil, lee el señor en la tapa del pequeño libro que el azar le puso en las manos. ¿Sabrá que la peste, a veces, tiene forma rectangular y se despliega en hojas de papel que se despliegan en las palabras que se despliegan bajo nuestra piel para contagiarnos con una feroz metástasis de revelaciones? ¿Sabrá el azar de propósitos tan sesgados? No fue el sonido de una sentencia, ni siquiera de una tan familiar para él: demasiado austera la fuerza de un título, aún de ese, para lograr moverlo. Ese gesto fundamental se lo reservó su pulgar izquierdo al girar la tapa, al exponer la consabida foto encabezando una reseña breve con la vida y labor del autor: al hundirse en el ojo de su memoria, la imagen de una mujer de expresión distraída y lentes de montura redondeada. Se detiene en el contorno de los labios: que carnosos lo incitan, que entreabiertos lo seducen, que más propios de una cortesana y no de una escritora los juzga. La memoria acusa el golpe: el dedo y el azar han inoculado al señor,

sucede, Clarise sabe que sucede. No es eso, lo que la conmociona casi hasta las lágrimas: es cómo alguien puede hallar en el cuerpo recursos tan exactos para contárselo a una lluvia testaruda y sobrevivirla; cómo alguien, su corazón, puede atravesar un adiós y seguir andando. No sabe, y tampoco se lo pregunta, por qué la visión del cuadro de Lucila se alucina ante sus ojos. Tal vez porque el manuscrito y el cuadro se parezcan; eso, en algo: esa puerta inmóvil esa fuga de luz, lo que no se mueve aunque se lo empuje, lo que no se detiene aunque se lo amarre. Un corazón inmóvil un corazón mutante, ¿ama, el corazón que se encadena a lo que dice amar?, y para aquel incapaz de asirse a un nombre: ¿qué será el amor? ¿le ocurrirá lo que al alma, que nada más desea que le den el don de seguir, de no cesar?

Uno regresa a la quietud de la sala de un departamento de domingo, otra desestima la trampa y se introduce al laberinto de una pantalla de computadora (quizá, trate de convertirla en ventana): le perturba que su habitación no tenga alguna por donde estirar la mirada -en el departamento de los señores, las habitaciones no tienen ventanas al exterior. Suerte de celdas conventuales, reflejan el estilo de construcción de épocas muy pasadas, cuando los espacios habitables de la ciudad se desarrollaban en una línea que miraba a la calle en su parte pública y se iba enredando con las penumbras al acercarse a la parte privada: quizá, supiesen, los arquitectos de entonces, que a la intimidad le sienta mucho mejor las tinieblas que la luz o que si se le roba la posibilidad de ser reconstruida por la imaginación antes que por la vista, se hace tan oficial como la sala y muere. Quizá por razones similares, no haya ventanas en las habitaciones: si algo ha de fugar, que lo haga entre los cuerpos,

¿pared o ventana?

Las preguntas de Chamo frecuentan dos atributos: son intempestivas y rodean paradojas. Clarise está desnuda, de espaldas y tendida en la alfombra que cubre el piso del cuarto; lo mira sorprendida mientras abre un poco sus piernas y se muerde el labio inferior: o quiere eludir la pregunta o quiere reanudar las oscilaciones del sexo de Chamo en el suyo,

necesito saber, insiste él. Y esa obstinación acaba por fastidiarla: se levanta, se cubre de apuro con una sábana y se aposta en una ventana que mira hacia la calle. La cólera se escabulle veloz y ella regresa,

es que no atino a juntar a dos que se cojen con las ventanas o las paredes… tal vez si tu me contases tu parecer, me convenzas que es una pregunta honesta y no una excusa para evitarme… Puede sentir la mirada de Chamo, fija en su nuca,

¿qué hubiese sucedido entre nosotros hace apenas un minuto si esa ventana donde te apoyas no existiese? te diré: lo que dejaste ir hubiese quedado aquí entre nosotros,

no lo dudes. La que tal vez no se hubiera quedado soy yo… Admítelo… ¿No te das cuenta que nos protegen, que renuevan los aires que ahogan? Chamo endurece su rostro,

¿y de qué mierda habría que protegerse? ¿O en verdad piensas que si la ira quedase libre entre estas cuatro paredes, lo que diablos haya entre nosotros correría peligro?,

tal vez sí, lo crea. Y tal vez esté equivocada. Pero hay riesgos que no tengo el coraje de enfrentar. Por eso, prefiero tener una ventana cerca, siempre…

El joven apoya su mano en la tersura grisácea de una de las paredes. Le acerca el rostro, le habla… ¿A la pared a Clarise..?

amo como nos someten, imperturbables, a los ecos de nosotros mismos; como nos obligan a levantar la vista cuando los ojos evitan una mirada sin maquillaje. Y a aceptar lo que quiera que seamos… o a joderse. Nada que nazca junto al momento debiera huir de él, nada debiera quedar afuera, nada…

Clarise y la ventana: ahora no es sólo ira lo que se desvanece, ahora es ella toda ella…  Aún así, como una letanía, la voz de Chamo la alcanza,

una vez leí acerca de un tío que relató su experiencia dentro de un ámbito que suponía ser una cámara de aislamiento absoluto. Fue un instante breve; al salir se lo interrogó sobre sus sensaciones y el tío, medio conmovido, no dejaba de referir  a un silencio estremecedor, exacto… de no ser por unos ruidos imperceptibles: uno entrecortado y seco, el otro continuo y de modulaciones extendidas; uno era el palpitar de tu corazón, el otro, el fluir de tu sangre, le explicó el que había preguntado… Yo no quiero silenciar mi sangre, quiero oírla y quiero que tu también la oigas. La sangre o lo que sea que me recorra el cuerpo.

Chamo comienza a moverse de un lado a otro de la recámara moviendo sus brazos como aspas; Clarise puede oír el borbotear de su sangre. Él se detiene, la mira y al fin corre, la alcanza, la despoja de la sábana. Y reanuda en las entrañas del túnel que abrigan sus nalgas, aquello que había interrumpido una pregunta.

(15.40)

Caía la tarde y el bus surcaba manso la pradera,

es una línea, limpia y escueta, un golpe seco que precede una escena que se empeñará en mostrarse brumosa. No sería justo atribuir a un esfuerzo suyo por olvidar, que los recuerdos insistan en permanecer alejados de su mente. Acaso, alguna vez, fuera la intención del señor y acaso ahora el efecto prosiga hasta convertir esta casual lectura de domingo en el murmullo de una voz que sin ser desconocida, no logra identificar. Como una experiencia que sin serle ajena lo hubiese dejado de lado. Y se empecine en dejar sus ojos adheridos al cielo raso. Hasta que, obligados por la reflexión de estas cuestiones (lo que devendría en la continuidad de la lectura) o luchando por vencer esa tentación que suelen provocar los relatos (inédita en él), descienden. Vuelve a mirar la foto de la solapa; lee la breve reseña que refiere a una mujer a una escritora a un libro.

Liza, musita. Y el nombre conforma el recuerdo.

Vuelve a abrir el libro y a posar su atención en ese primer punto seguido tras la primera frase. No se apresura por decidir nada definitivo; regresa, unos centímetros, hacia las palabras leídas, hacia el bus que surca manso la pradera; vuelve a levantar la vista pero, esta vez, se detiene antes de llegar al techo, en la pared que lo enfrenta, a un lado de la biblioteca, en las formas de colores fauvistas que se enredan a gusto entre los límites de unos listones dorados, y se queda: otra sensación que lo confunde,

si al menos por un instante dejase su indolencia de lado… Si pudiese reposar en algún afecto, cualquiera, así fuese uno precario y pasajero… ¿Y no lo son todos? se preguntaría, casi en un grito: por qué por qué, ¿por qué recuerda que hubo un beso junto a ese cuadro, y hoy está el cuadro pero se le ha perdido el beso?, Lucila se abraza contra el cuerpo del señor y lo besa en esa orilla difusa que poco puede hacer por separar al padre del hombre: allí donde la boca se enmascara de distracción para confundir un pómulo con unos labios, espero que te guste, el señor está tentado a preguntar, pero se calla: sabe cuánto le disgusta que las preguntas contenidas en sus pinturas busquen en ella las respuestas, puedo leerlo en tus ojitos y como hoy es tu cumpleaños, voy a hacer una excepción… decidí llamarlo Pistor lee… Es la variación de un dibujo que encontré en un librito donde un tipo relata el encuentro con su maestro o algo así… -¿y el beso? ¿qué importa, reproducir cada inflexión del diálogo, si el beso se ha perdido..?, leer y multiplicarse leer y transformarse, y seguir, Pistor,

no el señor, apretado como si los ojos fuesen los dientes de una tenaza, como si lo hubiesen tomado y luego hubiesen muerto y el gesto se hubiese consolidado con la severidad del mármol, adheridos a Pistor, a esos pies de zapatos desgarrados por un fluir de raíces verdinegro que parece nacer de entre ellos,

pero no puede acercar el beso y por el momento, continuará la lectura. Además, y puede que esto sea lo más convincente para el señor, vislumbra que en ese breve recorrido junto al libro, es como si el tiempo se hubiese acelerado algo o como si no le pesase tanto su movimiento.

Los libros, convertidos en relojes.

Para encubrir su diálogo con el tiempo.

Es lo de menos: se atreve y lo dice: proyectos proyectos, da igual aquí que allá; no es necesario gastar cientos de kilómetros para hablar de la lluvia o para capturar diferencias: una ciudad una calle cuatro paredes, bastan: para una cámara, tampoco, las diferencias son una cuestión de número.

¿Qué le sucede a Clarise? Sus emociones no acostumbran desorientarse, como ahora, petrificadas en algo semejante a un enfado. Tal vez los señores y esas cuatro paredes sin ventanas de la habitación de Lucila, todo junto, en domingo, sean una perspectiva que fastidia, habituada ella a rodar por planicies con accidentes suaves. Eso: bastaría con echar mano de la milenaria estrategia humana del infierno ajeno para rehuir la piel que adquiere voz y menciona un nombre, los otros: elijamos a discreción un rostro o una circunstancia, bauticémosla y la culpa feliz y contenta os dejará en paz.

Aunque ese nombre sea el propio,

¿pero cómo nombrar la nada? ¿cómo enojarse con ella o sufrir o amarla? Prefiero el dolor a la nada. Cómo tu, querida Franchini. Lo que se habrán reído tus ovarios cuando el Poiccard ese se las daba de archihéroe existencialista y no era sino un patán que no hacía más que escupir sobre cada pequeña cosa que se le ponía ante los ojos… A veces yo también, siento esas cosquillas entre las piernas… Y hago silencio y sonrío, como tu, querida Franchini…

¿Será eso entonces? ¿Tanta distancia hubo que poner, tantas mediaciones exigen ciertos hallazgos de la piel para que el resto del cuerpo se entere? O ni poco ni mucho: lo que se precise para confirmar que no hay ser de carne y hueso que quiera conservar esa misma carne pegada a esos mismos huesos y que a la vez decida conjugarse con la nada. Lo que se precise para entender que la luz del mundo es inmediata para una mirada, pero para la piel del cuerpo que mira, es como la luz de una estrella.

Que aparece después de un largo viajar en el vacío.

 

Aunque uno rodee un lugar común y eso se asemeje a un salto por la ventana. ¿Se escribirá con letras de vacío el viaje que la trajo a esta ciudad, a esa madriguera de señores? Es cierto: siempre había anhelado conocer la tierra de su padre, y esa oportunidad de la beca de intercambio, que por casualidad había descubierto en la cartelera de la universidad, parecía ser una ocasión inmejorable; la lluvia y los cuerpos que huyen, en un cortometraje anegado por un bloqueo repentino o por otros intereses más caudalosos, por cuerpos, otros, que como ella caminan como ella duermen o como ella comen pero son tan otros a ella misma que le devuelven la excitación de aproximarse a lo desconocido. La tierra de su padre y la beca de intercambio, su padre bajo tierra, su padre en una fotografía que tiene la forma de las palabras que se le antojó poner a la madre en el agujero que él dejó al irse. Fue astuto el tallado de la carne de él que hizo mamá: un poco de virtud un poco de odio un poco de silencio: nunca se privó de dejarse acompañar por el miembro que su culo estimase pero tampoco resignó la voz del muerto a callarse en su boca ni le quitó su lugar en la mesa ni en la cama de las mañanas. Una rara estrategia, la de mamá. Como si hubiera hallado la manera de que el pasado no exista que la ausencia no exista… Como quien se amigase con el alboroto de un fantasma en lugar de exorcizarlo,

pero ¿qué palabras poner en boca del agua, qué palabras se llevarán con ella sin que perezcan diluidas en hilos azules?

otra vez: el cuadro de Lucila ante sus ojos, convertido en una suerte de vórtice donde giran las epifanías que la impulsan a seguir cuando está al borde de anegarse. Una ventana,

y detrás, una luz cálida que parece tener vida y se transforma y deja de ser un trazo de luz en una espesura de tonalidades apagadas y ahora es toda una pantalla blanca o el trazo de luz es todo el cuadro: una pantalla donde proyectar una ventana.

Curiosidades que sosiegan. Parece pensar Clarise mientras apoya sus reflexiones en la cama.

La gran cama partida en dos: los ladrillos negros que envasan imágenes, a la izquierda; el vacío que se reserva la señora para sí, a la derecha. Enfrente, como un gran ojo dormido, la pantalla del televisor aguarda. Cerca, el óvalo del espejo del lavatorio la refleja: sus cabellos espesos y de un parejo matiz cobrizo que aún no ha sido ganado por el tiempo, en derredor del rostro de líneas generosas: apenas separadas y curvadas hacia las sienes como si anhelasen alcanzarlas las que bordean los ojos, rectas austeras dignas de Fidias las del puente de la nariz, confluyendo suaves en un extremo delicado y en unas ventanillas mínimas o hasta ondulándose en un morado esponjoso las de la boca; su cuello, como huido de alguna tela de Modigliani y venido a posarse en la señora; su torso, desnudo, dueño de la contemplación sorprendida de su mirada, de hombros reposados y senos prominentes y de elevada naciente que perciben el movimiento en círculos de sus dedos sobre ellos como si quisiesen enseñarle a esa contemplación sorprendida la tentadora dignidad de un cuerpo. El suyo, apetecible, aún. De eso, pareciera querer persuadir, la mirada, a la señora, que abre el grifo y se humedece la cara, los pechos y el cuello para aplacar un acceso de calor inadecuado para un domingo lluvioso y helado de invierno.

De regreso a la alcoba y detenida entre la pantalla y la cama. Duda. Hace días que la señora no enciende un cigarrillo. Nunca fue una fumadora tenaz. Frecuenta el tabaco a través del señor y ella, tanto le acompaña como se aleja, cuando él se deja enredar por el sospechoso beneficio de una vida aséptica, convencido que es el tabaco, el enemigo. Un fumar parásito el de ella, rehén de humos ajenos y liberado por la casualidad de una opción higiénica: algún atado furtivo que recuerda atesorar en el cajón de su mesa y que cede un cigarrillo a sus labios cuando los días precisan viciar un poco el aire para diluir soledades -el humo tiene esas ventajas: borronea las cosas, les deforma los contornos y ayuda a suponer una dimensión donde lo imaginado sucede por generación espontánea.

Tras una bocanada lenta, toma el control y oprime el botón rojo. La pantalla, quien sabe si por reproducir una película defectuosa o por las volutas azuladas que exhala la boca de la mujer, dispone ante sus ojos una panorámica desenfocada: un río que corre bajo los arcos de un puente derruido a un costado, un recodo de vegetación entreabierta que permite adivinar unas siluetas que se mueven del otro. El ojo de la cámara gira con brusquedad y se detiene en el rostro de la señora y de Lucila: están sentadas sobre un cobertor de color tiza y sonríen: la pequeña, a la muñeca que reposa entre sus pies; la señora, al ojo mecánico que la retrata. Unas nubes dispersas una brisa discontinua reflejos de un sol ausente: encuadre de un atardecer desapacible. El señor apaga su aparato de captura y la sonrisa desaparece del rostro de la señora, que cubre a Lucila con una campera verde con dibujos;

las siluetas dejan atrás la fronda y se hacen visibles a ojos que aún no reparan en ellas –la señora retrocede la cinta hasta las sombras ignoradas por el ojo del señor y congela la imagen. Las sombras se dilucidan: un niño algo mayor que su hija con un suéter y unos pantalones de fibra gruesa sucios de barro junto a un joven alto y robusto con una cazadora de cuadros marrones y ocres que carga en sus hombros un saco de arpillera y en su mano un pilote a modo de bastón precario. En ambos, el cabello largo y revuelto les cubre el cuello. Saludan a la distancia y se acercan a la familia que envasa recuerdos. Lucila levanta apenas su mirada para regresar veloz al diálogo con su muñeca; el señor y el joven intercambian unas palabras que son pocas pero suficientes para establecer sus coordenadas ante la extrañeza mutua; la señora adivina el deseo del niño detenido por algún permiso que ella se apura en conceder junto a un caramelo guardado en su bolso,

(ha olvidado el nombre del niño pero no el del joven) y la cinta sigue quieta mientras atisba que su idea para diluir el tiempo del domingo rastreando sonrisas idas, esconde un argumento guardado que comienza a desarrollarse y usa la propia piel como superficie de inscripción,

la cinta vuelve a correr hasta llegar a una sala pequeña, a una mesa generosa y a unas personas sentadas en derredor: la señora y un anciano departen animadamente entre los platos blancos y un botellón de boca ancha con vino oscuro; Lucila y el niño, sentados en un rincón, juguetean con un perro bastardo de pelaje blanco y unas manchas negras y graciosas en derredor de ambos ojos, como si tuviese un antifaz; el señor apura un trozo de pan y saluda a la cámara con gesto alegre, distendido, extraño a su habitual apatía. El ojo que captura las imágenes no se serena y se mueve sin cesar, como en una búsqueda frenética: es el joven, fuera de cuadro, quien juega con el iris mecánico y todos parecen gozar con sus ejercicios de novato. Una risa franca que nace en alguna boca oculta al registro de secuencias: ha de ser la sonrisa de Pedro, estima la señora, que sonríe, también, desde su cama,

ante una imagen que parece detenida pero no: se mueve lenta, acercándose a ella que se evita mirar de frente pero nada puede hacer ante el frío que exhala ese ojo

inhumano. Entonces decide girar, lentamente. Y enfrentar al hombre tras la máquina,

no. Interrumpe la reproducción; puede percibir la humedad entre las piernas y en su espalda; descorre el grueso cobertor en un gesto inútil: es ella la fuente de ese calor que lento la convierte en agua. Sólo ella, ante ella: a nadie tiene que enfrentar con la incómoda obligación de explicar ese bochorno repentino. Agita sus manos, se seca unas gotas que buscaban los ojos, vuelve a recostarse

y vuelven las imágenes: el salto acabó con los alimentos, ha saciado los cuerpos ha reducido el botellón a un florero sin agua ni flores y ha devuelto a Pedro a escena. Ahora es la señora, la ausente; ahora es Pedro el que mira la cámara con una mirada voraz, como si la cena hubiese sido insuficiente. Una vez más, todos sonríen y dirigen la atención hacia un extremo del cuadro, allí donde el ojo de ella, sordo a nada que no sean los ojos azules de Pedro, no acude sino hasta que el joven hace un alto casi táctico y se levanta en dirección al cuerpo laxo del señor, el hombre perdió la batalla con el liguro, el joven ríe con ganas, el anciano festeja la chanza, Lucila se ha dormido junto al perro y el niño se ha ido a su cuarto, déjelo mujer, le indica el abuelo a la señora que pretendía despertar al señor, además nadie despierta del sueño del liguro hasta que el liguro no lo autorice ¿no es así, Pedro?, y usted también puede quedarse si desea, no es una buena noche para andar a la intemperie, el joven mira a los ojos de la señora con un brillo que puede alumbrar muchos escenarios pero en ninguno ella queda fuera, si no le molestan las visitas nocturnas de las ánimas puede tomar la habitación de la difunta que Dios la tenga en la gloria; Pedro mira a su abuelo con una censura evidente, disculpe usted señora y no tema: mi querida esposa se ganó en vida un merecido descanso y el Señor no dejará que nada lo perturbe dice y será el tono lúgubre de la charla o el silbido del viento o el del silencio que acompaña la noche, matizado a lo lejos por el quejido de las criaturas del bosque aledaño, pero la señora siente un nudo en medio de la garganta y un anhelo de su habitación en el hotel del pueblo… O nada de eso y sólo la mirada del joven. Un motivo que la señora no se permite poner a consideración -aunque no sabe por cuánto tiempo más. El anciano se despide y se retira a dormir su noche; la del joven y la señora es un enigma que prosigue:

Pedro ofrece té, ella acepta desde una mecedora que va y viene junto al camastro donde yace el cuerpo alcoholizado del señor y delante de la luz espasmódica que brota de una vieja lámpara de petróleo. La señora busca en la chaqueta del señor el atado de cigarrillos, le ofrece al joven y separa uno para ella; inspira una bocanada larga y la niebla se expande dentro de su cuerpo: eso parece calmarla, como si sus emociones al enturbiarse, acomodarán lo que fuera que querían señalarle. El joven se sienta en el piso, casi rozándole las piernas, ¿quieres?, le muestra la pequeña botella con el resto del poderoso elixir casero que ha vencido la conciencia del señor, sólo un trago: recuerda que con un trago eres un ave y con dos una piedra; la señora mira la piedra, que murmura algún sueño que en la mañana será olvido y mira al joven, a todo el joven; lo recorre; repara en su camisa entreabierta que descubre el vello denso y renegrido que le tapiza el torso, como soportás estar con ropas tan livianas… yo estoy muerta de frío, levanta su taza de té hacia la señora, un trago de liguro y luego me cuentas, ella sonríe, caen las gotas en la taza y de allí, urgentes, casi sin respirar, junto al té ya tibio, a su boca. Pedro bebe pausado e inhala el resto de su cigarrillo; lo acerca al cenicero que retiene el regazo de la señora, lo apaga y se queda, la mano de Pedro, en el cenicero en el regazo, ¿ave o piedra? el ondular de las paredes de la sala le sugieren que si algo la está poseyendo no puede ser algo inmóvil ni pesado sino tan liviano como para confundirse con el aire; las manadas de la noche rodean la casa, conjuran el viento para que derribe las paredes, para que la carne humana se desgarre entre sus fauces, el ave sabe que si no despierta será devorada y aún así no se mueve ¿se sentirá ofrenda elegida de un sacrificio necesario? se queda, se queda y se entrega –pero no sobre la piedra que prosigue su sueño, no temas y deja que el liguro hable en ti que en él ya lo ha hecho; en mí también, piensa ella, mientras abre sus piernas y las manadas, silenciosas pero sin reparos, la someten, y ella que sonríe y gira su cabeza y estira su brazo

y detiene la cinta y acaricia el costado ausente de señor ¿dejará la piedra de ser igual a sí misma o será esa condición, su única alternativa?

Un cigarrillo, se une a una sonrisa.

 

A la mañana siguiente, las identidades regresan a los cuerpos para enmascarar con prolijidad las huellas de la travesía nocturna mientras la luz del sol ordena las cosas según preceptos sencillos pero estrictos: afuera, el viento se hace brisa y las fauces hocicos; adentro, un joven ofrece una tisana a un hombre que siente estallar su cabeza una mujer juega con su hija y un niño y un anciano dispone la mesa para el desayuno,

y el señor que se incorpora, impaciente. Y cierra el libro.

No sabe cómo seguir: son esos momentos donde las convenciones fracasan. Donde somos incapaces de desentrañar el movimiento que requieren los peldaños de una escalera –ni tampoco importa que alguna vez, alguien, haya tenido el buen tino de escribir un pequeño manual de instrucciones. No se puede, aunque la numeración de las páginas sea la correcta y un gentil editor haya dispuesto una clara guía de lectura o un índice ceñido. Los hábitos nos dejaron solos. Enmudecieron. O, de pronto, otras voces irrumpieron en tablas para hablarnos en una lengua secreta, un idioma arbitrario que desconoce la forma imperativa a favor de una avalancha de paradojas o un balbuceo que no logra articular un sentido siquiera precario. Un cruce de calles que han perdido su nombre, un cruce al que no nos llevó el transcurrir de los pasos sino la velocidad del azar. Como si la senda se hubiese convertido en una cinta transportadora que nos iba derivando inadvertidos o demasiado ensimismados en nuestros propios pies, hacia una región extranjera; como si no hubiésemos sido nosotros los lectores sino las palabras del libro convertidas en ojos diminutos de agudeza despiadada que van y vienen entre los límites de una historia que no duerme en las hojas de papel sino en los repliegues de la piel del señor,

yo voy a estar en una cabaña, sobre la loma que se alza en la línea media que divide la playa baja y la playa alta: no conozco demasiado el lugar pero estoy segura que es fácil de encontrar: es un pueblo pequeño… Y vos ¿te quedás en la península o…?,

…en el continente. Mi mujer reservó una habitación en un pequeño hotel cerca del bosque de acacias. Dicen que es un lugar muy bonito…

(Liza sonríe)

y Lucila, parada en silencio, se resguarda de los vaivenes del autobús aferrada del respaldo del asiento de su padre, que se acerca al rostro de la niña y le dice algo al oído. La niña hace un mohín de disgusto, mira a la mujer que está al lado del señor y regresa allí donde su madre se distrajo en una somnolencia liviana

(Liza sonríe)

y devuelve su atención hacia el paisaje exterior, verde y monótono. El señor no: el prefiere las ondulaciones cobrizas de su cabello o las suaves de los senos pequeños que tensan su remera o los muslos rosados y llenos que a medias se muestran bajo la línea elevada de una pollera de denim azul,

se detienen, las palabras. La piel del señor es escarpada y se le dificulta proseguir la línea de acontecimientos. Encima la gata… su mirada… Él la detesta, que aparezca de pronto y comience a mirarlo, como si buscase eso, precisamente. Alterarlo. Lograr que alucine su presencia en la de un espía enviado por la señora para hurgar en sus secretos.

La gata, que algo intuye pero tal vez confió demasiado en la habitual falta de respuesta del tipo, se sorprende y huye con torpeza, golpeando contra una mesilla con algunos retratos familiares que caen con tanta mala fortuna que al chocar contra el piso hacen estallar en pedazos las cubiertas de vidrio. El señor maldice al animal y mientras recoge los trozos dispersos, cree oír una voz que, asida de un hilo delgado, trae las letras de su nombre. Mira en derredor pero no hay nadie; se acerca al pasillo que lleva al resto de los ambientes: apenas la cadencia de un piano desandando una melodía junto a una voz de mujer en el encierro de Clarise y nada de nada en su recámara, allí donde la señora sonríe con ganas en el más apretado silencio. Sin embargo, el hilo de voz vuelve a mencionarlo… Ahora sí: tras una maceta, la efigie felina. El señor se refriega los ojos y da un paso hacia atrás, como huyendo de los ojos claros como agua de mar helado

de Liza, agazapada y con un porro en su boca. Tembloroso, apoya la mano en el pomo de la puerta y se encierra en la sala. Con el mirar clavado a la puerta como si la gata pudiese atravesarla, camina hacia atrás, un cangrejo asustado hacia el sillón donde mora el cuerpo de un libro,

es su lugar. Coteja el número de asiento en el boleto y confirma; acomoda un bolso de cuero negro en el portaequipaje y se sienta; mira hacia el fondo del autobús: la señora conversa trivialidades con Lucila y él se congratula por no haber cambiado los pasajes en la terminal y haber decidido encarar el viaje aunque les hubiesen asignado asientos separados; mira el contiguo al suyo: el libro con un título en un idioma que desconoce; permanece quieto, desatento de la llegada del señor y junto a una mochila roja y verde con unos mapas plegados y sobresaliendo de uno de sus bolsillos; el señor anticipa que su compañero ha de ser un turista, como él. O no, como él: sus lenguas al menos, las supone diferentes. En todo caso, viajaría tranquilo,

¿me permitirías pasar?, una pollera azul poco esconde de unas piernas inmejorables. El señor se levanta,

y algo obstaculiza la lectura. Como si no hubiese correspondencia entre las palabras escritas y la secuencia de sucesos que discurre por su mente. Se esfuerza, y a los tumbos consigue vadear el tramo cenagoso de camino,

¿será así el resto del viaje?, pregunta el señor, que no consigue dar con recursos de diálogo más originales: allí descubre su torpeza para los juegos de seducción. Nunca fue un hombre avezado en eso de conquistar mujeres extrañas –ni conocidas, ni siquiera a ella, la conocida, la primera: fue la señora quién se atrevió y abordó su inmovilidad cuando ambos eran dos adolescentes de escuela secundaria,

es muy bonita tu hija (el señor asiente en silencio: no quiere que las palabras se desvíen hacia ese sector del vehículo) y se parece mucho a ti,

por ahí va la cosa. La astucia y el desprejuicio de Liza corrigen la torpeza de él y echan a andar las ruedas de la intriga,

como no las hacés pero imagino qué preguntas te rondan, te cuento que viajo sola, siempre, en verano o invierno, para no estar obligada a pensar en asientos traseros cuando lo que me interesa está en el asiento que tengo al lado. Que escribo, todo el tiempo y que, me parece, tengo algunos años menos que vos. Aunque no creo que sean muchos,

mirá vos… yo en cambio…,

nada no digas nada, no dije que quisiera saber: cuando alguna persona me interesa, de alguna manera, cualquiera, necesito que me deje lugar para imaginarla, que tenga huecos, espacios oscuros: es por allí donde voy a entrar,

una escritora…

Liza abre grandes sus ojos y remeda el gesto de asombro del señor,

será que hoy es tu día de suerte: podés comprobar que existimos y somos de carne y se nos puede tocar… (la mano del señor hace un movimiento involuntario, casi imperceptible, pero no para la dueña del juego, que detiene los dedos temblorosos),

…cuando nosotros decidamos (lo mira fijo a los ojos y la devuelve a la pierna de su dueño). Además, ¿no crees que es un poco estúpido someter a tus bellas compañeras de viaje a tus arrebatos?,

el señor se da vuelta: de nuevo el hilo de voz y su nombre. La lectura lo exaspera, más por lo que se ausenta de la historia que por lo impreso en las hojas. Ni siquiera necesitó preguntarse acerca de sus domingos: hasta él sabe que en los días de Liza no existe nada parecido. El reverso del señor: en su calendario nada existe, nada soporta persistir, si no atraviesa la forma y la esencia del séptimo día,

¿de cuándo será la foto?, busca el año de edición, lo halla: comprueba que es reciente. La foto no le hace justicia: su cabello está más corto y lacio, sin aquellas ondulaciones que a él tanto le gustaban; los lentes siempre redondos siempre pequeños; la boca siempre grande siempre entreabierta. Una gota de sudor lo distrae, lo retiene unos segundos: lo suficiente para desacelerarse. Enciende un cigarrillo y avizora por entre las cortinas de qué manera ese terco domingo porfía en agotarse de frío y tormenta. Mira la punta ardiente del cilindro de tabaco; poco a poco lo acerca a sus ojos; ya puede sentir el calor en los párpados…

Continúa la lectura.

Basta de Joni Mitchell, que hace unos cuantos surcos que sugiere su héjira pero allí sigue, lúcida, sedosa, todo lo que ella sabe y ama de Joni, pero no la quiere tan diosa  y como se hartó, se lo hace saber, sin aguardar por el tema siguiente, que justamente menciona huída,

esto es el aburrimiento. Cuando te violentas con los que más amas, acierta en decirse, Clarise,

o tal vez no sea justo enojarse con la canadiense o echarle toda la culpa al hastío. Tal vez sea mi corazón, que  ya no puede recordar cómo decirle cosas al tuyo.

Aún faltan un par de horas para comunicarse con Chamo y la pantalla de la computadora persiste en el laberinto que tortura a la víctima sin rostro. Clarise se sienta frente a él, es el laberinto; a ella, es la máquina; a eso, lo que no cesa de fugar ni de fracasar en su intento. En un extremo del escritorio, una carpeta de tapas azules con una gran etiqueta amarilla llama su atención: Leandro, dice la etiqueta. Debajo, en letras pequeñas: palabras en ausencia de imágenes, por Lucila M. Se tienta; no considera impertinente darle curso a su curiosidad y hasta piensa que es una verdadera estupidez siquiera pensarlo, siquiera pensar que las ganas de hacer algo tengan que atravesar una suerte de trámite judicial que establezca lo que está permitido y lo que no -las mujeres, en la familia de Clarise, siempre acostumbraron tomar lo que tuviesen a la mano. Nunca supieron de ausencias anheladas ni de celos de posición social o corazón. Las mujeres de la familia de Clarise, siempre supieron desear lo que su piel podía tocar, lo que sus piernas estaban seguras de alcanzar. Esto es lo que ella siempre vio, de las mujeres de su familia. Y nada más. Si hubieron otras emociones, jugadas en la lectura casual de un papel escrito por el agua de lluvia o en algún curioseo inconveniente, no lo sabe. Las mujeres de la familia, además de aquellas cosas, no solían confesar los pormenores de sus intimidades,

diseminadas en unas pocas hojas, manuscritas en tinta verde con letra apretada y de rasgos cuidados, casi infantiles; un borrador, a decir de las enmiendas las acotaciones marginales y los comentarios finales indecisos entre la continuidad y la reconsideración. Pasa las hojas con velocidad, dejando que la mirada sobrevuele y que sea ella quien decida donde detenerse y progresar algún recorrido. Sucede, se detiene, lee:

…El caso es que todos bailan con el desenfreno propio de un ritual en una sala inmensa y de paredes redondeadas y cubiertas de ventanas y tantas que apenas se distingue donde comienzan ellas y donde las paredes. Casi como estar dentro de un Coliseo con techo,

y parada, en un pequeño espacio del piso de mármol azabache que refleja, como el negativo de un espejo, las siluetas de los danzantes; inmóvil, como si temiera que al moverme esa marejada desenfrenada fuese a engullirme. Cada rostro es un esfuerzo vano: todos están cubiertos por máscaras multicolores que les cubren desde los ojos hasta el extremo de la nariz. Observo, un detalle curioso: las máscaras adolecen de los agujeritos para que los ojos puedan ver a través de ellas. Pienso: gallitos ciegos, cientos de ellos, moviéndose con presteza inusitada. El sudor hiela, las sienes retumban de dolor, un nudo en el estómago… Se hace un claro en medio de la sala y aparece un cuerpo tendido en el piso: es un cuerpo desnudo de ropas y de máscara. Parece una alucinación pero no. Es el cuerpo de él. Atino a gritar, su nombre, una y otra vez gritos, que toman al silencio por asalto, como una brizna en el extremo de la pluma haría con la tinta que fluye sobre el papel blanco. Pero él no responde y se queda, recostado, desnudo y fumando un cigarrillo, lentamente. Insisto y lanzo un alarido. Los bailarines se detienen y se corren hacia los costados formando un semicírculo perfecto. Todo es quietud y es siniestro: la música ha enmudecido; los bailarines, inertes y con sus manos cruzadas por delante y la cabeza inclinada hacia el piso como hacen los deudos frente a los restos de un muerto cercano. Lo que sigue, sucede entre mis brazos: unas manos que me sujetan que me elevan que me mueven. Miro hacia los costados; distingo unos cabellos largos y rizados cayendo sobre unas espaldas y el recorte de la pronunciada curva de unos senos: dos mujeres. No puedo hablar ni moverme y no queda más que dejarme llevar hacia el hombre que sigue aspirando un cigarrillo que pareciera sin fin,

ahora estoy a su lado, a centímetros del cuerpo manso: la piel, demacrada y surcada por unos dibujos como un tatuaje abstracto y sinuoso y a sus costados unos bacinillas blancas, cada una llena con pintura, cada una con un color diferente. Hasta ahí: una de las mujeres se pone frente a mis ojos y los cierra con una de las máscaras ciegas. La otra o la misma, eso ya no puedo saberlo porque todo se ha oscurecido, toma mi mano izquierda y le apoya un pincel de madera fría y delgada. Otra la empuja con suavidad hacia abajo, hacia el cuerpo y pronuncia una palabra. Una orden, mientras apoya mi mano en la piel quieta.

las palabras, borroneadas, como la tarea escolar de un niño convencido que sus juegos no merecen ninguna dilación –ni siquiera la de una escritura pulcra- construyen secuencias de líneas amontonadas y casi ilegibles. Una turbulencia pasajera, que no alcanza a detener el impulso que Clarise le ha dado a su curiosidad,

pinta, oigo decir. Eso: me aplico a discriminar las zonas e imaginar la composición: las yemas perciben la sutil elevación de las líneas inscritas en la carne la sedosa vellosidad más intensa bajo los brazos y discontinua en el torso y en derredor a las ventanas de su nariz, la niebla áspera del cigarrillo ingresándole a los pulmones; los oídos, la bajamar y la altamar del pecho y la lengua, el recuerdo de una niña que cerraba sus ojos e intentaba saborear las diferencias del amarillo del añil o del rojo,

algo vuelve: el sudor, que antes frío y en la frente y ahora cálido y entre las piernas y crece, al descender el pincel y la pintura, al palparle el vientre, al circundar de verde y azul sus caderas -una cosa no parece estar dentro de lo previsto: el repentino trepidar del cuerpo que a medida que su mano desciende, se fuera haciendo más ostensible. Pero sigo; ya estoy en los bordes de su sexo;

sucede: la mano choca con algo que el tacto denuncia como inesperado; se apoya en el objeto extraño y lo siente sedoso, mullido, vibrante. Es algo con vida propia, eso que parece ser el epicentro del movimiento. El sudor vuelve a hacerse frío, ya no soporta la máscara, lo veo,

fumando con gesto mecánico y veo su desnudez incólume de nada que no sea su piel mortecina y

veo un gato tan negro como el piso que lo sostiene socavándole los testículos y veo una mujer con lentes redondos dibujándole un extraño alfabeto  en el pecho y veo a mamá recostada a los pies del cuerpo que fuma con el rostro hundido en el sexo de una joven que ella vio apenas durante unos instantes en el lobby de un aeropuerto…

un ruido seco, de vidrios que se rompen. Distrae la atención de Clarise y la rescata del tifón de fonemas que la sacude; mira, por encima del hombro, donde sus ojos atisban la lectura, donde Leandro se transforma en una duda investida con las letras de Chamo, donde unas palabras logran crispar sus labios por ese que le daría la vida como se la sacaría, donde ella ve los trazos de la cerda en la tela encrespando cada forma hasta alucinar la sinuosa evidencia de un culo ¿el culo de Lucila apareciera? una hilera larga y surrealista de culos como si Lucila fuese un origami de carne ¿en cada rasgo apareciera? y Chamo apoyando sus dedos en esas telas de colores sombríos con la lascivia de lenguas que soban puertas para llegar al culo de esa pendeja repetido hasta el ridículo y mira de reojo y ni una, ni una sola de esas pinceladas tiene siquiera una semejanza casual con el culo suyo. Aunque no hay contradicción ni amenaza ni nada fuera de cierta interpretación hiperbólica o de una visión de las cosas celada de ira. Chamo,

o lo único que acierta ella de él.

Tal vez le ocurre lo que tantas veces cuando nos entregamos laxos a una lectura: las palabras se despegan de las hojas y atacan. Letales. Quería distraerse en la asepsia de un ensayo escolar y acabó sometida por los latigazos de una confesión. Piensa en la confidente, en el día que la conoció en el aeropuerto, días atrás. Piensa en Chamo y piensa en un corazón que un papel remojado de lluvia acusa de haber olvidado cómo decir te amo. Piensa que la distancia con ellos excede las varas que le ponen números al tiempo y al espacio,

¿qué cosa sucederá entre ese corazón y ese recatado silencio, juntos en su distancia?

Con la mirada obnubilada por la ira o el humo del cigarrillo que distrae sus ideas, recorre la habitación y maldice a Chamo y su amor por las paredes:

y las pinturas, esos rectángulos infernales ¿no son como ventanas, dime, no lo son? Aquel, aquel, aquel otro, sus ojos señalan cada tela que sostienen las paredes del cuarto, maldita niña tonta ¿de qué te quejas, se puede saber? Ponte feliz, ¿tu deseabas provocar?: lo has logrado ¿y ahora qué carajo hago yo con esto que me has hecho?, también son ventanas desgraciado, lo son sí, lo son… ¿Por qué habrán de ser preferibles a las mías?

Será que espejos antes que ventanas, las pinturas.

La gata evalúa la dirección de sus movimientos. Sabe que estarse quieta, se puede, a condición de tener previsto de antemano una alternativa cinética. Movimiento y quietud no son estados opuestos para ella. Como su cuerpo, a la vez blando y tenso, que no cesa de desplazarse sin trayecto, que reposa sin detener su andar.

Vista con la ansiedad casi infalible de quienes se presumen sus dueños, la gata es una paradoja. Que se hace fuerte en medio del letargo, como si el espacio fuese una dimensión innecesaria. Ni las llaves, ni las ventanas, ni el uso antojadizo de una geografía –la que nos posee o la que se habita, la que nos exilia o la que se conquista. Nada que no sea el uso del tiempo, parece importarle a la gata. Una paradoja, la libertad de la gata,

que mira la mesa del comedor. Se apronta se sube se recuesta; sus ojos se enfocan en la lluvia, se mueven con el agua, se detienen: en una ventana cerrada, donde un niño, horas atrás, se desentendía del tiempo del agua de lo que se debe hacer o de lo que no. Vuelven a moverse, sus pupilas verdinegras, distraídas en una pequeña manchita blanca con motas oscuras que se mueve hacia arriba o hacia abajo: es el cobayo del niño, incapaz de comprender la habilidad del vidrio para fundir en sí, transparencia y clausura. La gata desea ese cuerpo inquieto; casi puede sentirlo, revoloteando en su boca, aquietándose lento, agonizando… Cesar, deshaciéndose entre sus fauces. Sus ojos se retrotraen en el curso de la distancia focal: el vidrio, la ventana del cobayo, la lluvia, su ventana. Puede sentir el trepidar del cazador entre las pausas. Y un ruido mínimo pero suficiente para desatarla: veloz, se apea de la mesa hacia el lado opuesto del epicentro, hacia el lavadero contiguo a la cocina. Desanda pasos lánguidos, con un suceder tan lento que en cada uno late una amenaza de pausa que se desdice en el siguiente -la marcha que incluye el reposo. Se detiene se agacha y mide la distancia. Se ha encontrado con un cuenco de plástico rojo. Se acerca y huele: el sabroso sucedáneo que los humanos fabrican para ella en ausencia de cobayos retenidos en hogares vecinos. No más llegar, hunde su hocico y devora con fruición, poseída por un hambre súbita. Eso y sólo eso atiende. Y goza con esas bolitas marrones que, a su lengua rugosa, saben como una bolita blanca y peluda.

Hubo un tiempo en que la señora estudió medicina y logró escapar; otro que la soñó entre reactivos y precipitados y logró evadirse, una vez más. Y un tercero que la capturó y la convirtió en enfermera: el sueño ajeno es paciente ante una víctima propicia.

Paciente mujer, la madre de la señora. Y ella que sin más le entregó su mano, y se dejó llevar,

cada domingo, cuando la paciente mujer y su fervor del séptimo día sometían a un grupo de ancianos olvidados a piadosas lecturas bíblicas,

fue llevada, la señora. Como un carretel de película que primero se quema y luego se enmienda con cortes de cuadro precisos. El único inconveniente era que el montaje siempre acababa siendo provisorio, como si nunca fuese a acordar un lugar definido para el cuento, como una fábula camaleónica que acomodase la moraleja a las circunstancias

o no, a las circunstancias. A los caprichos de su madre. Sólo ella parecía saber lo justo y necesario de cada momento: a veces hablar, a veces callarse, y siempre sospechar, de los momentos que nos creemos felices. Mamá y su catálogo, inmaculado y fehaciente, de las eventualidades del mundo. Inmaculada,

la solvencia de su madre para atender a los asilados. Seguramente fuese más por el temor que impone un fanático que por la convicción de los viejos. El caso es que se entregaban sin resistencia a sus indicaciones: ingerir las medicinas, asearse, acomodar sus maltrechos cuerpos de forma digna –hasta esto parecía conocer la madre de la señora: cuando era correcta o no la posición de un cuerpo moribundo. Y todo en simultáneo con versículos bíblicos, teología de digestión fácil y otras actividades que, ya se dijo, la mujer desplegaba con una eficiencia militar.

Sin embargo, un día, una tarde cualquiera, algo se interpuso entre el afán de aprehender lo correcto y la señora. Algo repentino, como la picadura de una abeja en medio de sus ojos, la dejó incapaz de separar los objetos de las sombras que emitían,

esa tarde, una sombra: la de un habitante de ese depósito de seres devenidos tiempo muerto. La recorrida marcial de la madre había salteado su habitación. La de la sombra: un anciano robusto, sentado de espaldas en el borde de la cama, junto a una enfermera aún más robusta que le sostenía uno de sus brazos. La distracción hizo que perdiera de vista a su progenitora,

para ingresar en el campo visual de la enfermera. Que a su vez, guía la mirada del anciano y lo obliga a girar su cabeza cubierta de una melena gris y desgreñada. Sus ojos encuentran los de la señora, le sonríe, la invita a pasar:

que milagro ver un cuerpo tan joven entre tanto trasto viejo. Una sonrisa y un rubor notorio, ganan el rostro de la joven; la enfermera sacude con su manaza el muslo del hombre y se disculpa con la inesperada testigo de su rutina,

¿buscabas a alguien?,

no: sólo acompaño a mi madre…

¡la beata!, grita de pronto el anciano y lanza una carcajada estridente, juvenil. La joven enmudece y la enfermera se esfuerza por disimular una sonrisa demasiado notoria…

…y seguramente te extrañó que no entrase en mi habitación. Ella jamás entraría aquí ¿no es así Rita?,

no lo escuches… Es un viejo loco que no sabe lo que dice. Tu madre es una buena mujer…

¡estupideces!, interrumpe el anciano, que vos no te creés una palabra de lo que dijiste eh? Decilo, decilo, dale,

y mientras habla, las manos del viejo revolotean por las pronunciadas ondulaciones del cuerpo de la enfermera que ya no sabe cómo hacer para juntar en un mismo rostro la risa el placer y una forzada actitud de recato,

es un caso perdido. Mejor vamos a buscar a tu madre si?..

¡dejála!.. Ella y yo tenemos que hablar,

vaya tranquila: yo me quedo unos minutos más,

dice la joven mientras se despide de la voluminosa mujer,

perdonáme si fui muy grosero… Aunque tenés que saber que no me desdigo.

La joven ríe con ganas,

sé que no voy a volver a verte y así debe ser: este lugar está bien para mujeres como tu madre, no para vos. El anciano se queda en silencio, como buscando las palabras para continuar, pero antes que te vayas, ¿podría pedirte algo..?,

la señora intuye que su mirada se ha quedado demasiado tiempo entre las sombras de una foto vieja y que ya no podrá desasirse con facilidad,

¿quisieras desabrochar tu camisa..? Sólo un momento…

Ni siquiera atinó a sorprenderse, como si supiese desde siempre que un domingo iba a entrar a la habitación de un anciano que le pediría contemplar sus pechos. Por eso, sin demora, separó cada botón de cada ojal y tras ellos, se deshizo del sostén: sus senos pequeños y vírgenes de miradas masculinas quedaron libres para hacerse ofrenda de las manos del viejo,

de la foto que aprietan sus manos. Es una foto junto a sus padres, el día de su graduación como enfermera. Su padre, apenas visible tras la figura opulenta de su madre, que mostraba un gesto de evidente descontento: frente a un médico, una enfermera es una expectativa demasiado modesta,

de la voz del viejo: ¿sabés por qué amo tanto a estas mujeres de guardapolvos blancos..? Porque cuando sus manos se acercan a mi, lo hacen con la dulzura de una madre y cuando son las mías las que se pierden en sus cuerpos, se enervan como una hembra…

Esa vez, fue la primera que la señora pudo elegir. De quien hacerse rehén.

Algo sucede, detrás de la ventana por donde la cabaña mira y es mirada, por un sol que parece crecer cada vez más, más se aleja de los amarillos suaves del comienzo del día hacia el rojo del crepúsculo. Algo, junto al sol, que crece más, más se acerca a su dejar de ser.

Entrelíneas de hombre frente a mujer (por llamarlo de alguna manera), lo que agoniza,

¿de dónde salió ese tono tan afectado? pregunta la mujer, que no se deja engañar por las declamaciones solemnes de su relatora,

ni por ese espejito espejito que decanta una forma gastada, un fondo oscuro y sospechoso. En lo personal, sueño con uno que refleje otras cosas… Además, es tu sueño no el mío -¿eso crees?,

eso intento: ponerme a salvo de los sueños ajenos: nada tan terrible como caer preso de un sueño que no me pertenece –a veces es irremediable.

El diálogo entre Liza y la escritora se ha tornado áspero, casi en el borde de la ruptura. No pueden evitarlo: desde el mismo comienzo de sus vidas, los destinos andan confundidos como si fuese uno,

creés saberlo todo –es necesario;

presumís estar en todas partes –es necesario,

¿qué sabes del amor a más de escribirlo una y otra y otra vez en una hoja de papel?: cuatro letras son menos que nada –aún así necesarias,

piensa y calla, la relatora. Y deja que Liza se exprese,

pero Liza se interrumpe: el silencio la quebranta. Tanto repudia la compañía de los otros como precisa sus voces para que la suya no se diluya en una mueca aparecida a destiempo o en el acto equivocado. Se consuela, ante la esperanza que no ha de ser un trámite perpetuo, el silencio,

del señor. Por el momento han sucedido preguntas que comienzan a darle vueltas en los márgenes de la lectura. Un milagro que demanda calma, ir paso a paso: no es probable que él se anime a correr un riesgo similar al del autobús.

Y entre la dilación y el silencio, la mirada de la relatora retorna, lo cree necesario, hacia ese territorio infestado de lugares comunes, de fábulas como esa del macho que, harto de sentirse acreedor de la sociedad conyugal, sale al terreno a revalidar su cornamenta enmohecida; como esa de la mujer que, harta de sostener un monólogo con sus fantasías sin hallar la manera de poseerlas, se recluye en expectativas ajenas. Y aunque su hombre y su mujer, no son moldes de serie, a veces se los pueda ver deambular, perdidos o demasiado a gusto en la hondonada de algún lugar común. Si eso fuera, la forma singular de la convención. Por caso la fidelidad, que él hizo suya sin darse la oportunidad de opinar al respecto,

repite en voz baja y tercera persona, la confesión del atribulado que transita el corazón inmóvil. El libro respira aliviado: el contacto necesario con las palabras del señor, surge. Decide cerrarse, no mencionar,

la fidelidad que le sucedió y su torpeza con las mujeres. Que el señor modula a su manera: sentir el deseo de acercarse pero ser incapaz de separar el principio y el fin del camino. Como si la premura fuese un mandato necesario,

procurar llama para un cigarrillo, luego de tres intentos… Hay que buscar otra alusión: esos fósforos de mala calidad que nada más encenderlos y la luz desaparece casi sin arder, como si más allá de la cabeza, el fuego no tuviese fuerzas para sobrevivir.

Él, una cabeza; las mujeres, un camino. Hasta ese viaje familiar en un autobús, sus mujeres eran dos: la señora y su hija. Liza, quizá, ha de ser la tercera,

que llega a su destino, cuando la noche se ha abierto con plenitud. Mira hacia atrás, la señora le indica que tome a Lucila en brazos, que se ha dormido. Dialoga con Liza en silencio: ninguna palabra, ningún gesto que los delate. El paso siguiente guarda las señas necesarias para cualquiera de los conspiradores que decida darlo; por lo demás, nada resta decir. La despedida de él es una mirada y unos dientes que muerden con fuerza sus labios mientras pasa con Lucila aupada en los brazos; la de ella, una boca entreabierta al andar desatento de la señora, a medio camino entre una sonrisa y un saludo. Que la relatora de las cosas, detiene: todo puede suceder siempre que prevalezca el mejor de los mundos. Donde la sucesión de instantes de la historia no se detiene,

me encantaría saber la excusa que inventaste para correrte hasta acá,

ninguna, no inventé nada: solo dí un portazo y me fui. Liza abre grandes los ojos: huele miedo en el hombre; casi no tiene dudas: cuando alguien juega tan al borde de los secretos o lo impulsa el entusiasmo o lo arrastra la temeridad. Pero el tipo le gusta y ella no está para salvaguardarlo de sus imprudencias,

me sorprendés… no te imagino entre los que hacen lo que quieren, sin dar explicaciones, es así: nunca las doy… Resuena falsa la respuesta y Liza se lo hace saber con un gesto,

en verdad, es un recurso viejo que me evita el desgaste de tiempo para construir una mentira creíble… Me peleo: busco algún motivo, el más idiota y provoco una discusión. Después, sólo resta ofenderse y al fin, lo buscado se transforma en irremediable.

Liza se acerca a la ventana para ver los últimos intentos del sol para no caer del borde del horizonte,

y ahora ¿qué se supone que estoy pensando, usted que dice saberlo todo?.. Ya sé, ya sé: ahora vuelve su estribillo preferido: hacerme hablar a mí acerca de cómo ves el amor usted –vos misma lo dijiste: él está invadido de miedo. Y si encima lo desatendés para acercarte a una ventana a divagar con tus fantasmas o para discutir conmigo, a volar a volar,

¡a volar usted!, ¿quién me puso en esta ventana? ¿quién me hizo enredarme con un corazón inmóvil? -intuyo adonde querés llegar: el problema es que por más que sepa donde conducirte, te empeñás en desconocerme,

¡andáte!.. Liza vuelve la mirada hacia el interior de la cabaña y se choca con el rostro aterido del señor,

no, vos no: sólo ahuyentaba fantasmas… Vení acercate…

¿Cómo hacer para dar los pasos que distan de su lugar hasta ella? ¿Cómo desplegar los extremos para que susciten una historia? Mira su reloj, como si fuese un cronómetro y acercarse a Liza una carrera contra el tiempo. Se vence: el tiempo y él se entregan se acercan besan la boca que aguardaba, con desesperación, torpes… ¡pero qué importa cómo se llame eso! ¡Qué importa si el sol es majestuoso, si se apaga pausado, si ama como a usted le gusta! -te equivocás…

silencio: usted escribe, yo vivo… y no me equivoco, y si lo hago es mi historia no la suya, -ese es tu mayor error,  

el desierto es un depredador paciente y artero: no impide el movimiento, sólo lo torna inútil. ¿Qué cosa hay más sencilla que caminar en ese espacio vacío de obstáculos? Camina, camina: eres libre de hacerlo cuanto quieras. Sin límites. La prueba de tus pasos serán el tiempo del reloj y los granos de arena adheridos a la suela de las botas.

Lejos de impedir el movimiento,

convierte la posibilidad en un absoluto. O hace absolutos el tiempo y el espacio. Al fin, esa es la estrategia del depredador: no atacar directamente. Asfixiar. Convertirse en destino. Que ser parte de él se convierta en anhelo. Ser un grano de arena. He allí el rasgo inútil que deviene el movimiento: nunca, jamás, nada ni nadie lo trascenderá ni lo dejará atrás. No importan las horas o los kilómetros que acumulen los aparatos de medición ni cuan sofisticada sea la brújula que señale la dirección de la meta: esas utilidades son parámetros inservibles. Debe entenderse que el único destino que aguarda en el desierto, es fundirse con él.

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