Blodisandei (Primera parte)

mañana,

 

What where you looking at?
A window.
No, no. I mean what were you looking at through the window?
Windows… lots of windows. One by one the lights are going off. That’s the only instant you really know somebody’s there.

Kobo Abe, The ruined map.

 

 

 

 

 

 

 

Así:

piel que alucina y convierte las gotas de lluvia en gotas de una lluvia que no moja. Como que la arena es el modo seco del agua y el agua eso que el cuerpo entrega para sostener en pie su anhelo de materia inerte mientras lleva tiempo y humo ocultos dentro de un reloj y de un paquete de cigarrillos,

o no y sólo así, suceda:

viento y una helada indecisa entre ser nieve o líquido…

O sucede, sin más: lo que sea, capaz de azotar ventanas y dejar inmóvil, lo que haya. Tras ellas.

Inmóvil y tras.

Un silencioso acuerdo intramuros.

 

La mujer duerme el señor se apresura: descorre las sábanas y estira las piernas y se distrae en esos pies suyos que, no más apoyarse en la alfombra, se echan a andar hacia la puerta. Y eso que es domingo y podría quedarse, un poco más, recostado en silencio, quieto,

no y dos veces no. Al riesgo de compartir el despertar de la señora y a los reproches de su espalda (las estancias prolongadas en la cama son aspectos de la pereza que el cuerpo extravía, cuando la juventud prepara la retirada),

podría pensar él, mientras va hacia la cocina y se detiene frente a una puerta y se remuerde el labio y murmura una palabra parecida a duerme y no: el cuerpo de Clarise, aunque alevosamente joven, tampoco soporta mañanas demoradas entre sábanas.

Mira hacia atrás: supone una voz o lo convoca un olvido. Que lo obliga a desandar pasos, por el pasillo central, hasta llegar, ante la puerta de entrada, que se abre y allana la premura de un frío absoluto, que lo captura, que le concede agacharse, que apenas, para hacerse de lo olvidado. El diario del domingo, que además de moscas mata el tiempo, ya en su puño

y acaso por eso el suspiro. Mientras se sienta frente a la taza de café y las galletas de avena. O acaso por Clarise, que aparece dentro de un jogging gris oscuro, unas básquet negras y una campera marrón de nailon. Con una mano aferra un pasamontañas y con la otra una mochila que, por la leve inclinación de su vertical hacia ese lado, indica que ha de estar bien pesada. Se saludan –ella se acerca al señor y le entrega un beso que excede los labios convencionales que mensuran un saludo como acabado tras un imperceptible roce con la mejilla es decir: beso de labios entreabiertos que humedecen la piel que los recibe,

¿acaso estás planeando salir..?, (él y se maldice: por su rostro áspero, por no haberse acicalado como debía, para afrontar los labios húmedos),

no podría haber un día mejor para cazar imágenes, (ella y entre dientes, mientras saca de su bolsillo un par de gomas de mascar. Él las detesta pero no se atreve a rechazarla; ella apura la restante),

algunas fotos algunas tomas de video lo que sea, para capturar el enfado que provoca en las gentes un poco de agua sobre sus cabezas,

sigue diciendo, la que habla con el acento cerrado que suele ganarse en los confines de la tierra donde Alfonso real cantó los albores de un idioma que aún no era o que si era, se acercaba mucho a esa lengua tullida que de vez en cuando sabe deslizarse por entre las voces. Hablar imperfecto y más apropiado que las gramáticas exactas, para ilustrar sensaciones complejas,

¿querés tomar algo antes de salir?,

él: sin mirarla y demorado ante una pantalla aburrida de estar desierta de movimiento. Una distracción breve. Y suficiente. Para desoír la despedida de la joven,

que minutos después reaparece -o algo que se le parece demasiado. Aunque la lluvia se empeñe en borronear su apariencia, puede verla, detrás de su cámara de video. Puede verla. Como que él también intentó hacer fotos.

Fotocopias.

La pantalla y él entonces. Que zapea entre trozos de imágenes que nunca siquiera lo rozarán. Apagarla, para ceder el turno a la lectura: nada cambia: nada, en el señor, se mueve -el televisor, los diarios, la lluvia: a veces, la dádiva de la eternidad es sórdida y convierte el tiempo que habitamos en un rumor, monótono,

hasta que los intestinos sí, lo mueven hacia el baño. O hacia un plan de evasión imprevisto. Defecar, un transcurrir; su propia mierda junto a las agujas del reloj. Hasta levantarlo de ese objeto, que un Duchamp mutara en desatino para eludir dádivas sórdidas. Sólo resta que su dedo se apoye en el lugar indicado y haga la presión justa.

Que una catarata de asepsia cumpla con su cometido.

Que se lleve la primera porción del día.

Como cada mañana.

La señora desenvuelve el cuerpo y lo recorre con sus manos. También podría, como en las películas, extender un brazo hacia un lado de la cama y buscar el antecedente del espacio vacío. Pero no: sabe: que su despertar y él nunca coinciden. Tan así. Se sacude la resaca que le sucede por ser tan sabia y se decide a enfrentar el porvenir,

mientras el señor prosigue en la primera plana del diario. Eso ve cuando entra en la sala lindante con la cocina, la señora. Se saludan con un beso: él pone la otra mejilla como si intentase preservar el aura de aquel otro que recibiera un rato antes,

cómo llueve -ella sin mucha convicción,

de arriba hacia abajo, piensa él. Pero no lo dice: no es buena idea, eso lo ha aprendido muy bien, intimar con réplicas que puedan alterar el ventajoso tono conventual que rige en las mañanas -aprender esas cosas, aprender a soportar días enteros entre cuatro paredes, podría llegar a ser muy útil, depende las circunstancias. Por ejemplo, si estuviera preso -nunca es una posibilidad descabellada el deseo de matar- se repondría a su encierro casi sin inconvenientes

gracias a domingos como éste, en que la señora, aún entumecida por el sueño, se emplaza en el ánimo preciso para divisar el horizonte de las horas. Ausente de ideas previas es cierto, el ánimo de la señora. Lo cual es, debe decirse, muy apropiado. Para, y solo a modo a ejemplo, dejarse atrapar

por una foto. Que desde una repisa de la cocina, brinca y se instala entre los dedos de su mano. Es una imagen de ella parada en medio de un amplio espacio; hacia el fondo, una edificación majestuosa: un palacio y una iglesia yuxtapuestos. En derredor, personas y elementos y sus sombras, sombras de ocaso o de mañana joven… De ocaso: los colores de la toma, como apagándose, como si el velo morado del crepúsculo comenzase a cubrirlo todo

atrapada, la señora. Se sienta (lejos del señor, donde solía sentarse Lucila) y sorbe un poco de café negro, mientras se distrae entre los movimientos de su pulgar que parece querer evitar que las palomas que huyen del cuadro huyan del cuadro. Sonríe: sin buscarlo, el tiempo devino tiempo de un entusiasmo y una idea -peregrinar, hacia la catedral elevada de fotos viejas. O tiempo de domingo, según la señora,

que sonríe a aquel que la está retratando. ¿Sólo sonreía de esa manera antes que los relojes se cruzasen en su vida? Quién sabe si la pregunta fue así y en ese mismo momento o acaso fuera un bosquejo, un rumor que como las centellas prologan un trueno que se oye aún siendo silencio. ¿O hubieron otras, aunque hayan sido irremediablemente distantes de la intensidad de esa? ¿O, como sucede con tantas gentes, ella se haya creído que la alegría es un asunto de niños de locos o de vacaciones? El caso es que esa idea de pasatiempo de minutos atrás, es más pertinente de lo que había imaginado en un primer momento: a la manera de un actuario, recuperar las sonrisas que hubieran quedado documentadas,

junto a los diarios y el reloj que rodea su muñeca derecha (el señor lee, uno y otro, de tanto en tanto). Está sentado, junto a una ventana: es una abertura alta y angosta que permite, según como se ubique uno junto a ella, percibir su par del departamento contiguo. Y huir, como absorbido por un túnel de viento, hacia la ventana vecina, hacia una cocina con el aspecto que, rememora, suelen tener las cocinas de domingo: una mujer concentrada en menesteres culinarios y un hombre fumando tras las páginas de un diario; hacia fuera, un niño apoyado en un balcón antiguo y carcomido por el óxido. Se acerca para observarlo; el niño no repara en él: tiene en su mano algo así como una rata, o no: es su variante doméstica de pelaje blanco y suave con manchas marrones en los costados. Que el niño mira mecerse, como un péndulo entre sus dedos. Parece feliz, el niño. El cobayo no: columpiado por el viento helado o por el pulso tembloroso que lo sostiene, nada puede ver, condenado a ese vaivén que le impide fijar la mirada,

delante del niño. Sus ojos oscuros y ajenos a todo fuera de ese objeto blanco que pende de la cola delgada como un hilo o su mano o algún elucubrar muy secreto que sin duda involucra el destino del animal y de su mano,

no. Como el niño no. ¿Será por ese transcurrir del tiempo que a veces se posee y otras se padece? El tiempo, que podría abandonarnos si la mano que mece la cuna se alejase.

El peso del cuerpo del señor se acrecienta de improviso: unos ruidos desde el interior de su apartamento, como puertas que se abren, como cajones que se cierran, como objetos que se caen: escucha, mientras desatiende esa ventana vecina (donde todo es silencio y nada se mueve, ni siquiera el tiempo. ¿Sentirá ese niño, como lo siente él, que el tiempo se ha detenido en torno suyo? ¿O acaso sea el cobayo el único capaz de comprender esa emoción suya? Recuerda que el tiempo, en su infancia, también era lento. Una medida inexistente, el tiempo que era),

los ruidos que lo distraen de la ventana, entonces, escucha el señor. Mueve la cabeza, busca, la ve: a la señora lidiando con una considerable carga de álbumes de fotos y cintas de video. Ella lo mira, a su vez; no pretende pedir ayuda y nada más eso, como si buscase cerciorarse que la mirada de él se dirige a ella y así la excuse de dar mayores explicaciones,

divertimento para un día de lluvia,

al fin ella y su voz, contradictoria o como si no quisiera rendirse a que la mirada del señor le indique el rumbo de sus fantasías –pero él, ha vuelto a sobrevolar por la ventana y mientras, sonríe: una sonrisa atada a la mirada precedente, no a la que fuga,

hacia ese balcón antiguo donde todo se mantiene como venía siendo: el brazo del niño, extendido hasta el límite de su posibilidad y el cobayo en el extremo, entre sus dedos, quieto. Hasta que deja de estarlo. Y comienza a retorcerse en derredor del eje de su cola: primero imperceptible, luego en espasmos notorios –ha de ser el agua, que cae fría y despreocupada de la fragilidad de su pelaje blanco. Los músculos tiernos del rostro que lo observa, crispados en una sonrisa y en un entrecejo que se pliega, denotan que si algún plan previo estimaba, lo está llevando a cabo. El cobayo no disfruta la situación: se revela en esas convulsiones que han desplazado de su cuerpo la quietud de hace instantes: el transcurso del tiempo, que para el niño es un suceder neutral y para otros, como el cobayo o el señor, algo semejante a la escena de una estampida proyectada en cámara lenta: devastación cuadro a cuadro, sólo postergada, igual de fatal,

¿cuál es tu plan? se pregunta el señor. Y decir pregunta es lo de menos: importa la respuesta que ensaya darse, la terrible perversidad de los niños aburridos,

de pronto, hacia adentro de la ventana, una voz femenina que invoca un nombre: ha de ser la madre del niño, que no responde, embelesado en eso que el juicio del señor llama aburrimiento. La voz repite el nombre del pequeño que, sin moverse un milímetro, seriamente, como un tahúr pediría cartas en la mano postrera de una partida de póquer, enuncia un ‘qué’ seco e inexpresivo. Y tras ese monosílabo y unos segundos, la silueta femenina que recién era sólo una voz, aparece: ¿qué hacés?, alcanza a oír el señor, bañando a Jacinto mami: dicen que el agua de lluvia los hace crecer, como a los globos, y que después pueden volar. Veloz

no el cobayo. El peso del hombre. Que crece hasta devolverlo a su silla y a sus diarios.

 

El corazón de la ciudad detenido

no el de ella, que palpita, puede oírlo, conjugarse con el agua que rebota en los techos en el asfalto en sus ropas.

Clarise. Que ahora prolonga el zoom de su cámara y oprime un botón rojo: el cuadro extiende sus límites para seguir los movimientos de los escasos caminantes. Se acerca aún más, busca detalles: una gota cayendo sobre un ojo, un cuerpo empapado en un refugio que esconde la trampa de una gotera, el imprevisto geiser que escupe una baldosa floja. Y los rostros de esos pocos: ateridos, casi desesperados, como si huyesen de una invasión de plagas feroces,

del agua: la plaga que corre en derredor de sus pies, como haría un gato con un cuerpo que sugiere confianza. El agua en sus pies: es allí, donde una hoja de papel se resiste a perder las huellas de tinta que lleva tatuadas. Ella, que ya ha detenido la cámara, repara en esa hoja. Mira el agua que, desentendida de otras intenciones que no sean seguir cayendo, insiste en generar cauces azules desde ese papel aferrado a sus improntas. Clarise levanta el papel mientras pierde la mirada entre los desesperados que apresuran su diáspora. La recupera: intenta distinguir la escritura. Algunas palabras sueltas, reconoce. O imagina reconocer. O no, palabras: una forma, un pequeño rectángulo más alto que ancho, entramado en canales de azules vacilantes que saltan al siguiente a mitad de la página. Piensa en un poema, aunque nada indique que no sea la lista de compras de un ama de casa o las señas particulares de las víctimas de un asesino a sueldo imprudente. Pero ella piensa en un poema. Tal vez porque nunca tuvo entre sus manos los apuntes secretos de un mercenario ni las obligaciones de un hogar que precise tantas cosas como para recordarlas con una hoja de papel. O acaso, no más sea porque no importa de que se traten las listas: siempre le fueron innecesarias. Siempre, en Clarise, prevalece inventar senderos antes que figurar mapas,

un poema, entonces: eso le provoca a ella lo que insiste en la hoja; eso, las metáforas o los nombres de los alimentos o de los condenados desdibujados como las gentes bajo la lluvia; eso que una vez hubo sido y que ahora fluye en hilos de agua azul. Manuscrito náufrago y es, aún así. Manuscrito. O algo que puede sugerir un poema a unos ojos atentos

¿el agua la plaga?: el papel no puede correr como las gentes. Ni las listas provisorias de cosas provisorias sean mercaderías o cuerpos humanos: como les sucede a las cartas tristes, no conocen archivos que las protejan. Las gentes, si no corren, tienen cajones de cartón o toldos o la palabra para evitar que la plaga los carcoma como si fuesen un papel escrito y abandonado. Por eso, quizá, teman el agua de la lluvia; por eso, quizá, corran a encerrarse en sus departamentos. No sea que el agua -o el tiempo, da igual: igual fluyen fluyen- pueda borronear los rasgos que los hacen reconocerse,

¿qué será del almanaque cuando caiga al mar?: ¿se aferrarán los nombres de los días a sus hojas como lo hacen los inventarios o los poemas despreciados? ¿Y los hombres?: ¿desesperarán al mirar sus rostros y desconocerlos, al darse cuenta que los espejos y las brújulas son inservibles, alternativas falsas..? Y del domingo, ¿qué será del domingo? ¿qué de las amas de casa o de los depredadores solitarios? ¿qué de las cartas de amor, si fuesen no más que tizne azul?,

Clarise dobla el papel y lo guarda, acaso conmovida por la tenacidad de los surcos cerúleos,

como esa flor, ámbar como el piloto del desconocido que se ha parado junto a ella. Que ha decidido aprovechar el beneficio de la biblioteca abierta en la mañana. La explanada de piedra que circunda el edificio de la universidad está desierta;  el viento que viene del mar, satura el aire con efluvios salobres. El joven no dice palabra, pero su presencia es tan decisiva que, si las hubiera, quizá ella desearía que las calle. Le sonríe con franqueza, sin un atisbo de duda, sin temer por el sentido que esa sonrisa pueda sugerir. El joven y ella y la flor fluyen como el agua -aún así, las palabras, las necesarias, deben decirse para no interrumpir el movimiento de las cosas,

junto a ella y a un manuscrito enigmático, en una ciudad donde el agua gusta enemistarse con sus habitantes y ya no se consiguen flores tiradas en las calles sino escrituras que convocan a ser descifradas: juntos juntas, en esta ciudad o en la suya, ella nunca desdeña lo que le toca. Pero los recorridos del agua de lluvia son caprichosos. Como el río. Que, ignorante del mar, fluye como si no hubiese rumbo. Ni la sospecha de un destino,

en el desrumbo que bordea los límites de la ciudad vieja, Clarise y su silente compañero, se sorprenden al ver un niño parado en medio de una callejón angosto con un barrilete rojo en su mano. Se detienen, como si de pronto el agua hubiera dejado de caer, como si la distancia que los separa de ese niño fuese mucho más que unos metros: indulgentes, como dos adultos frente a un niño. Algún milagroso resto de humedad evita que la irritante misericordia avance; que si detenidos, al menos no entorpezcan el desajuste de la escena con alguna corrección imprudente y el niño nada sepa de esas certezas que ellos presumen debiera tener un niño que intenta remontar un barrilete bajo la lluvia. El joven parece retomar la ruta de agua y consigue reunirse con los ojos pequeños asidos al barrilete; juntos, se elevan, lentamente, hacia la copa de una encina que el viento hamaca, golpeándola suave contra el techo de una casa. Casi puede escuchar sus pensamientos: me quedo quietecito quietecito y cuando el abuelo me diga, cierro los ojos y lo suelto, despacio, bien despacio. Los ojos del niño se suben y se bajan a la copa del árbol; los del joven, suben pero no bajan: ha visto lo que no debía, por entre el denso follaje de la encina: un cordel delgadísimo, casi invisible, que se estira hasta alcanzar la cara del barrilete oculta al niño, ¿no piensas que debiéramos acercarnos y decirle que..?, no, responde imperativo el anónimo observador. Clarise amenaza ofuscarse, casi tanto como para soltarle la mano y decidir encarar al pequeño pero la mano se empecina y la obliga a quedarse, aferrada con más fuerza que antes. Un brillo de agua en la mirada del joven, le señala a ella la cima del árbol,

¡ahora Arturo, ahora! La voz imperativa del abuelo y el niño que cierra los ojos y camina hacia atrás con pasos cortitos, temerosos. Clarise, sobrecogida, mira el perfil sonriente de su compañero. El niño sigue retrocediendo y la cometa, bailoteando entre las gotas recatadas como el caminar de su guía, asciende hacia la copa del árbol, ¿cómo es posible? pregunta Clarise, ¿vuela abuelo, vuela? pregunta el niño; el joven sabe goza calla y la voz de unas manos secretas asidas a un hilo, sabe goza grita: ¡el hilo niño, el hilo! no sea cosa que el viento lo lleve donde no desees, ¿pero vuela abuelo, dime? repite la vocecita de ojos cerrados, ¡ahora Arturo, ábrelos..! Sube sube, balbucean los ojos del niño que se confunde con el amarillo del piloto del joven. Mientras, el bochorno de Clarise se eleva en silencio, junto al barrilete…

 

El señor mira sus dedos renegridos y considera que dos horas que ciento veinte minutos que quien sabe que enorme cantidad de segundos, es suficiente: el diario puede quedar atrás, aunque las palabras se queden, aferradas en manchones, a la piel de sus dedos,

¿cómo serán sus domingos? ¿Cómo habrán sido, cuando no podía siquiera sospechar su existencia?

tenaces, las palabras. Tinta de papel de diario desplegada en manos o tinta azul replegada en una superficie acuosa. Palabras: al fin, todas resisten. Aún las condenadas del lugar común,

¿cómo serán sus domingos?, le pregunta a la mirada verde de una gata gorda y sensual, agazapada en un rincón de la cocina, entre la pared y un bello trinchante de cedro con alzada y tapa de mármol travertino gris. Un maullido largo y apagado es la respuesta: siempre, parece saberlo todo parece estar en todo, la gata; basta que la señora levante su cabeza: allí donde una reflexión la conmueva de dudas, estarán, aquellos ojos verdes, fijos en los suyos,

¿cómo habría de saber la señora algo acerca de los domingos de Clarise? ¿Cómo, si ella está del otro lado del reparto? Los que eligen cielos rasos antes que cielos líquidos… Piensa en un barco; la gata y ella fundidas en un barco; un barco que a veces despliega velas y deviene viento y a veces apaga motores y se acoraza con el acero más inexpugnable. Aunque, piensa, ella, a veces… Nunca: ella, siempre un ancla y nada más. Y si acaso la gata huyese hastiada y ella sólo ella fuese el barco, moraría en algún puerto brumoso con el agua a un lado y la tierra encima,

mientras la gata, calma y atenta, sigue con sus ojos permanentes el vuelo zumbón de una mosca tras la ventana. Mira con sorpresa, como si le costase creer que  alguien pueda ser tan porfiado como para insistir en la transparencia y, a la vez, ignorar el vidrio,

algo, un sonido mínimo, tal vez un movimiento de los dedos de la señora sobre la mesa del comedor: la mira, un instante, tan imperceptible como el ruido que la distrajo. De la mosca y el vidrio o un par de Diotima infortunado que no dejase ni por un momento, intentar ser. En vano. Eso: un estar cerca que no consigue articular un trazo de intimidad, que insiste en engarzar un eslabón tras otro en la cadena de choques torpes,

con el extremo opuesto de la mesa. O el otro origen de la cadena. Lo mira, a él, atestado de hojas que intentan reconstruir la semana oficial del mundo: otra mirada tan breve como la anterior,

y tras esas ligeras distracciones, vuelve, la gata, a esa rutina algo sombría entre una mosca y un vidrio, y se queda, febril como un voyeur apostado en un rincón que la luz ha olvidado. Hasta que la mosca se desvanece entre la lluvia y la señora entre los preparativos del almuerzo y el hombre o esa sombra sentada al costado de una ventana -quizá ida con tanto sigilo de su silla que ni ella reparó en la transparencia que dejó- quien sabe entre qué cosas,

estará haciendo esta loca, con una filmadora en medio de la lluvia…

hay quienes filman películas, hay quienes venden películas como hay quienes las ven o quienes venden entradas para los cines o máquinas para filmarlas; hay los que cogen o hay quien escribe libros sobre sexología o vende preservativos y películas pornográficas; hay quien es asesinado y hay quien mata viejos o prostitutas o niños o gatos callejeros, como hay quien entierra esos y otros muertos o quien hurga en los cadáveres, como hay, también, quien vende armas, videos gore, coronas de flores o ataúdes. Hay quien viaja, hay quien relata viajes que nunca hizo, como hay quien vende pasajes de avión, o expediciones con todo incluido o postales o cuadernos de bitácora o baratijas cuyo único sentido es otorgar un soporte al recuerdo sencillo. Hay quien habita en el tiempo, hay quien camina con el tiempo, hay quien vende tiempo y quien lo compra o lo alquila, hay quien da tiempo muerto y hay quien pide un poco más de tiempo y, desde luego, hay quien anda, anda, anda y no importa cuanto sea lo que ande, el tiempo será siempre una palabra ajena o cuando mucho, un eco distante que nunca alcanzará siquiera a rozarle el borde de su sombra,

como hay libreros que no venden libros: son los que venden cuadernos, hojas en blanco, lápices que dibujarán rostros palabras o canciones, tintas que con algo de paciencia irán a dar a la piel de nuestros dedos… Los que se detienen cuando llega el domingo. Como él, que desgasta su semana en una de esas viejas tiendas con grandes escaparates a la calle moldurados con madera y rematados con mármol en el tercio que los une al piso, cercanas al colegio más antiguo de la ciudad, hasta que la rutina se convierte en un silencio que rodea estallidos. Los domingos. El resto de la semana, el señor en la librería, desde que su abuelo recienvenido del mundo viejo decidiera que si las tintas y los papeles no podían reunirse en las fábulas que planeaba escribir, no estaría nada mal abonar a los que si pudiesen hacerlo: era como sentirse una parte, pequeña pero necesaria, de lo que solía llamar el cortijo de los insomnes. Por otra parte -esto lo pudo manifestar con el tiempo, cuando la abundancia de provecho comercial, pero también la del hombre de familia establecido en un orden de cosas, hicieron que, como suele suceder, se atreva a mostrarse sin prejuicios- entre el goce por los instrumentos y la función para la que estaban hechos, siempre se había sentido mucho más atraído por lo primero. Los lápices y su aroma penetrante a madera y grafito, las yemas de sus dedos catando las texturas sutiles de los papeles, las lapiceras y los bolígrafos que importaba de diversas partes del mundo en todos los diseños imaginables: con engarces de oro o plata, en acero lustroso o en marfiles cálidos; y el movimiento lento de las tintas al girar los frascos que dejaban estelas de colores en su interior; y las plumas; y los cuadernos blanquísimos que se teñían ante sus ojos con las improntas -imposibles siquiera de imaginar, esto él lo sabía muy bien- que habrían de cubrirlos… Su hijo, el padre del señor, no compartió nunca esos placeres, y el negocio -que se mantuvo esos años por la persistencia del abuelo y la lealtad de los empleados- retomó la saga familiar, con el señor.

Pero antes, hubo una tarde de domingo -o el día que, en los días del señor, está destinado a convertir su calendario en una senda circular. La tarde cuando coincidieron en el local las tres generaciones de señores: un pequeño incendio -que al cabo no pasó a mayores gracias a la veloz intervención de Ismael, el hijo de Francisco o la mano derecha del abuelo desde los comienzos de la librería, que tenía su vivienda en un cuartito de los fondos- fue el motivo que aceleró aquellos otros que, como el fuego, o se apagan fuera de uno o lo queman, a uno -a veces, lo intrascendente prepara el escenario de una hecatombe: un cable de luz dañado puede ser, durante un lapso de tiempo impredecible, un detalle menor hasta que un día deviene fuego; un día, el fuego puede ser un detalle menor hasta el día que deviene palabras que no se soportan callar,

saben que no soy de los que esperan que les echen, que vengan de afuera a cerrar los círculos de mis aconteceres…

el abuelo hace un alto y mira a su hijo para quien nada existe fuera del gran reloj que domina la pared tras el mostrador que enfrenta la puerta de entrada; jadea y el señor comienza a sentirse incómodo. No entiende de que maldita renuncia estará hablando el viejo y además intuye, por el odio con que el viejo mira a su padre, algún altercado inminente. El abuelo, pausado, comienza a recuperar el aliento, como si haber cruzado su mirada con Ismael, que en un costado del local intenta reparar la caja de tensión eléctrica dañada, lo hubiera apaciguado,

si deseas irte, puedes hacerlo: está claro que debo asumir lo que siempre ha sido un hecho: que tu y yo somos voces irreconciliables…

El señor, mero observador de pasiones que desconoce; su padre, casi aliviado por la indicación del anciano y yéndose con la parsimonia con que un burócrata abandona su oficina cuando dan las seis de la tarde; Ismael, en un principio dubitativo de acercarse a ese cónclave al que su condición no pertenece, y ahora acudiendo con un vaso de agua en su mano, en auxilio del patrón,

y a ti… el anciano mira fijo al señor, a ti… ¿serás capaz de comprender mis palabras o también deseas irte?,

yo quisiera comprender…

me basta con que escuches. O mejor aun: que recuerdes. Y vayas hacia atrás y te reencuentres con tu abuela. Con sus últimos días. Con ese final suyo…

pobre abuela…

pobre abuela… sí tal vez… Pero concentrarte en el final… Dime, por favor… Que recuerdas que…

nada … O sí: la sorpresa nadie esperaba que… Era tan sana la abuela…

El abuelo, se nota, lucha por evitar una carcajada que lo dejaría en evidencia,

morirse hijo mío, es más un asunto del ánimo que de los órganos… Hastío. Es cuando la muerte se transforma en renuncia. ¿Comprendes mejor ahora?,

El señor duda e Ismael trasunta esa incómoda situación de quien se siente desbordado por las emociones pero aún así debe guardar la compostura, como un cuerpo perdido en medio del coro que atestigua la tragedia de los héroes,

mira: una noche, después de la cena vi a tu abuela sentada en su sillón predilecto, con sus manos cruzadas sobre el regazo y la mirada perdida en el fuego del hogar. Tu sabes que hacia años venía lidiando con esa maldita enfermedad que había deformado sus manos hasta volverlas casi inservibles. Al verla, intuí algo terrible, definitivo: en cuarenta años de estar juntos, no hubo noche que no tuviera un tejido entre sus dedos: aunque el dolor fuese insoportable y no lograse urdir siquiera una vuelta de los hilos. Entonces lo supe: había decidido renunciar. No necesitó decírmelo, que ella entrevió en mí esa certeza. Solo atinó a pedir la misma ayuda que yo necesito… ahora. Para renunciar. El abuelo mira por el rabillo de su ojo la cara azorada de Ismael,

¡que ayudes a suicidarme, coño!

el rostro de Ismael y el del señor, se cruzan en la brevedad de un asombro común. Su silencio, aunque de rigor, tampoco decía mucho más (y tal vez sea eso lo más doloroso, sentía su abuelo al mirarlo fijo a los ojos). Tampoco dijo nada Ismael, aunque la elocuencia de su callar era exactamente opuesta. Entonces, el viejo, que también había mirado fijo los ojos de Ismael, comprendió que había abierto sus entrañas a los cuerpos equivocados,

calma hijo: no me hagas caso no… Es más: olvida todo lo que he dicho todo… Sí: solo una cosa importa, solo una pregunta importa, solo una… todo esto… ¿podrás tomar las riendas…? El abuelo musita esas últimas palabras a la par que los ojos recorren cada rincón cada papel cada tinta, y sus brazos y su rostro, con un ademán teatral, señalan el ámbito que atestigua los hechos,

creo que… sí: me gustaría… eso sí, abuelo

que con un abrazo callado dejó en libertad a su nieto para que regrese al dédalo de sus días. Y él, al entusiasmo de inventarse un epílogo.

Junto a Ismael.

Y bien lejos de las ruinas familiares.

Una puerta cerrándose, se interpone entre la música y la pausa del señor: Clarise, empapada, casi agua toda ella, agua quieta devuelta a su cuenco de domingo, honra con la suya la inmovilidad que contemplan sus ojos. La canción le resulta conocida, casi más que la silueta recostada en el sillón frente a unos parlantes pequeños y a un aparato donde titilan lucecitas verdes y rojas. Una silueta masculina en posición sedente y con los ojos cerrados. Casi se ruboriza, ella: nunca lo vio a él con los músculos del cuerpo tan ajenos de movimientos cotidianos; un cuerpo sorprendente que a un tiempo encarna domingos y es capaz de atrapar una mirada joven,

abstraída en la voz de una mujer, que canta que pide que implora, que la besen que la besen mucho que la besen como si nadie nunca fuese a besarla ya más. La mujer que incide en los oídos atentos de Clarise mientras lucha con un acceso de risa, que al fin logra adormecer en su estado de posibilidad: dejarlo ser, haría trastabillar a la queja y con la queja a la voz

y así todo, la risa es. Risa de gato, que puede extraviar el cuerpo que prosigue la risa pero no el deseo de buscar la mano que lo acaricie… Clarise. Que no puede dejar de pensar que en todo caso le encantaría que la besen siempre como si fuera la primera vez. O mejor: que pudiera ella siempre besar como la primera vez, como si antes no hubiera sucedido beso alguno,

de otra forma, las mismas cosas de siempre, dejan de ser el latiguillo que zumba de hastío en algún lluvioso día de la semana y se convierten en un devenir fatal -eso no es elegir: una infinidad de mismas cosas no es una elección. Aunque las mismas cosas tengan diferentes nombres: unos tallarines con salsa roja o un trozo desparejo de carne en el horno donde se cuecen a fuego lento las horas: ¿hay manera de concebir un almuerzo de domingo siquiera cercano a eso llamado primera vez?

La señora, inclinada sobre una tabla de madera, incide una cuchilla de hoja ancha y filo quirúrgico sobre la tersura opalina de una cebolla; sus ojos, como los del señor, están entrecerrados y, como los de la sufriente cantora, lagrimean. Puede verse. Lo poco que importa si es una cebolla o la necesidad apremiante que alguna boca se regocije con la de uno. Todo agua. que orada las paredes del cuenco y huye,

lejos del señor, que recostado en su limbo, disfruta entre la nubes de acordes y vibratos dolientes -hay momentos tan sorprendentes que aún las leyes de la física demuestran su inoperancia y la música resuena en el vacío.

Ahora la señora se agacha, a recoger algo del piso; abre un poco sus piernas para evitar un charquito de agua que se ha formado allí donde está parada. Para evitar el agua o los ojos que flotan en su superficie. Los ojos de Clarise, entre las piernas de la señora que toca la mirada líquida con sus manos y la siente cálida y no sabe por qué en vez de secarla se queda así, con las palmas como apoyadas en el cemento fresco de algún ilusorio teatro chino; la boca de Clarise, entreabierta y sorprendida por las formas de orden corintio de las piernas de la señora que se intuyen tras un paño multicolor digno de alguna modelo de Gauguin por el despliegue exacto de la piel en la carne firme por la tensión con que sus rodillas soportan la inclinación del resto del cuerpo, plegado contra el piso, sin alterar ni un milímetro la recta secuencia que componen el pie la pantorrilla y el muslo,

la señora toma un retazo de trapo amarillo que irá a dar cuenta de esa humedad agradable al tacto pero inapropiada y por eso, Clarise se estremece, sabe que la ha visto, y al mover su cabeza ligeramente hacia el costado de la mano que sostiene el trapo que hará desaparecer la sombra de agua, la ve, se ven, aquí va,

pero estás empapada y eso te va a enfermar… La señora asea sus manos y se dirige al baño, contiguo a la habitación de Clarise. Cierra la ventana invadida de gotas de lluvia y abre la canilla de la bañera. El vapor que despide el agua, comienza a poblar el ámbito, desdibujando los contornos de las cosas. Clarise ha ido al cuarto que la hospeda: se saca sus ropas y las apoya en la silla del escritorio, prende la computadora: casi un reflejo que no llega a ser ¿quién es, la que mira? la señora, se pregunta ¿cuál de las formas del tiempo, si eso es lo que somos, busca labrarse en el cristal del botiquín?, su mano, ida en el bolsillo de su campera, repara en el manuscrito saturado de agua: lo saca, lo sacude con suavidad y lo extiende sobre el escritorio, para que repose de su esfuerzo por seguir siendo, ¿será la madre que recupera su movimiento a expensas de ese cuerpo mojado que se mueve apenas detrás del espejo que la desfigura, la madre latiendo entre paréntesis desde la partida de Lucila? ¿O será algún afluente de señora desconocido o forzado al silencio hace ya tanto, que es como si lo fuese; alguno de esos seres que conspiran contra la identidad que creemos ser y se rejuntan en hordas, agazapadas hasta que el azar les abre una luz neblinosa pero suficiente para mostrarnos que nunca somos iguales a nosotros mismos? ¿Qué deforme presencia late en ese espejo que la mira?,

y tan automática como su encender la computadora, es su necesidad de oír ciertas voces, voces que amansan tigres y siempre agencian con su ánimo como sea que este se halle: por ejemplo Joni Mitchell, arropando su cuerpo desnudo, ajeno a las intemperancias ambientales o acaso regido por un termostato instantáneo que se activa con voces bellas ensueños de cartas heroicas hombres de madurez pictórica o mujeres de piernas rozagantes y cercanas, que le piden que aguarde un momento para entrar a la cámara donde la niebla de agua cálida confunde la unidad de las cosas: un cosquilleo, como si algo caminase entre las piernas de la señora, la sobresalta; sus dedos palpan un líquido que se deshilacha entre ellas, la señal púrpura que se espera pero nunca cuando aparece: se apresura e ingresa a través del espejo; toma un tampón una almohadilla, se introduce se limpia los restos de la porquería, es el paso del tiempo mi amor, ¿cómo sabías que tu abuela la llamaba de ese modo? dejá que te ayude, la señora incide sus dedos con suavidad en el sexo de Lucila, la porquería, decía la abuela, allí, en esa brecha donde acaso entre y salga el tiempo demasiado aprisa, como una línea de producción que avanza y avanza pero sólo desearía detenerse, donde lo que se mueve lo que fluye sea sangre hijos o semen es toda una inmensa porquería que se apresura a producir prole u orgasmos, ya está ¿ves que no era tan terrible? No creas todo lo que te dice la abuela: que las palabras de odio no te ensucien la vida… limpiarse ensuciarse… los niños se ensucian las madres limpian… corregir corregir… enmendar casi obsesivamente es también un empleo del tiempo: su forma más vulgar. ¿Cómo será caminar bajo la lluvia?  ¿Como atreverse a no temerle, cuando lo que fluye dentro nuestro sentimos que es una porquería?,

unos golpecitos en la puerta que encierra las tinieblas donde la señora se busca, la encuentran: la mujer, abierta toda su piel a los ojos de la mujer, que lucha por detener el calor que le baja del rostro, pero parece que ese es un discurrir que no admite corrección -el agua: creo que está,

una delicia: la sonrisa de Clarise no sabe de correcciones, la señora está como estacada al piso, innumerables, las enmiendas, de mi constitución atestada de preámbulos de derechos que siempre olvido, el cuerpo de Clarise se sumerge, sus senos firmes bailotean como queriendo desafiar las leyes sean de Arquímedes o de la señora, que no sabe que puta energía que energía de porquería la retiene o será que sólo sabe entregarse a las expectativas cuando las órdenes son claras y no tan neblinosas, como en ese baño. El agua atrapa las manos de la señora: un remolino de agua turbia la retiene; los pies de la joven se regodean entre juegos digitales -¿cuánto tiempo..?, Clarise abre los ojos, aguarda el final de la pregunta, supone que Chamo se ha dejado guardadas unas notas en relación a ese viaje de intercambio o como sea que se llame, el plan es de tres meses le dice al joven que adentra su brazo bajo la película blanca de espuma y frunce los labios y calla cierto desasosiego en que de antemano desconfía: sería una vileza presumir ante ella, justamente ante ella, que sus manos se quedarán secas durante tres meses, ¿cómo escapar de las turbulencias del agua?,

adoraba las manos de su madre durante el baño, que le recorran el cuerpo sin reparar en la extensión que acarician, si de niña o de mujer, olvidadas ella como madre y ella como hija; se diría que ni siquiera eran dos cuerpos, tan desmenuzados de identidad y renacidos en sociedades inéditas: un pie y un pulgar un antebrazo y una espalda una piel y una piel, la idea era no hacer ese tipo de preguntas, y si quiero hacerlo ¿respeto la idea o te pregunto?, el remolino engulle los resabios de pudor de la señora, hacia el agua con forma humana y el agua y se vacían en una flota demoledora de enmiendas ¿es posible que una madre y una hija se amen desconocidas de nombre? sí: es amor que no es de madre ni de hija ni de santo ni de porquería,

¿donde estará el señor para devolver la señora a su zoológico de cristal? Su olfato y su reloj sumergible responden almuerzo.

Un salvoconducto del tiempo cuando sucede mediodía.

La señora atiende el teléfono pero la llamada busca al señor. Ismael,

y el señor que despierta del vacío, tembloroso, como sacudido por alguna andanza onírica que no ha dejado el mínimo registro y manifiesta su molestia o su aquiescencia o quién sabe qué cosa manifiesta ese gruñido, qué cosa dice Ismael sobre unos envíos de mercaderías, qué cosa sobre unos pagos ¿qué cosa me pregunta? ¿para qué me pregunta?..

le molesta: esa sumisión que no cede ni cuando los empleados y los jefes dejan de serlo, los domingos. Por eso Ismael propone y el señor está de acuerdo. Y la comunicación se interrumpe.

O no. Queda un recuerdo que interroga. Uno que involucra al tipo ese con un anciano. Y él, que hábil como pocos para hacerse el desentendido, evita explorar en la historia. A menudo, hacerse el distraído ayuda a asir los troncos que derivan en la inundación, sean mujeres librerías o abuelos. O para hacer como si los domingos no existiesen.

Y él: ¿cómo hace para navegar sobre astillas?

Quizá las horas de un día no son veinticuatro, ni las hojas del calendario, doce; quizá en un instante cualquiera haya más bloques de tiempo que en las canteras donde martillan los esclavos definitivos de las horas o de cualquier otro déspota. Eso: el instante es la herida del calendario. La herida,

que acaso nunca deje de plegarse sobre la piel. Y está bien que así sea: una herida como cualquier cosa, ni se cura ni desaparece. O vive o muere. Y si la manera de morir de la herida es el dolor, ese asirse pertinaz suyo al enunciado monocorde del dolor, su manera de vivir se juega en un afán empecinado de proteger el continuo, de estimular el movimiento de la piel sobre si misma, como si el tiempo fuese una esencia disipada de efectos. Entonces, la herida conmueve voces nuevas; entonces una carcajada es una herida una mirada de curiosidad puede ser una herida. O un instante,

que nunca se detiene. Un puede ser antes que un es o un ha sido; sus repliegues, inagotables, como los movimientos de la piel en derredor de la cicatriz… Pobre del principio, pobre del fin: tanto existir para que al cabo nadie les guarde el menor respeto. O no: alguien, siempre hay quienes, siempre hay seres respetuosos de los límites de una jaula, como si los barrotes fuesen el borde fatal del que hay que mantenerse lejos…

¿y la parte de herida que no vemos?: como el hielo del océano como el domingo. Que sigue, aplastando y desplegando,

aromas que asaltan la ciudadela de los señores y sacuden el letargo de las lenguas. Una comida no debería ser un fastidio, ni siquiera un almuerzo de domingo. Gestos sencillos: desplazar una silla y ocupar un lugar en la tabla donde se despliegan los manjares; extasiarse con los colores de los alimentos y la geometría de la loza y los utensilios, con los destellos de las copas que recibirán las confesiones más calladas más hondas más acérrimas; en su vacío transparente, recibirán, el vino que desanuda o el agua que transporta lo que sea que ese vino libere y que irá a rociar los conductos atorados de las gargantas, para seguir callando o no, para seguir hundiéndose o no, y si todo es no, a escupir, como de una chistera enloquecida, las palabras más atroces o las más sensatas. No debería, una comida, dejar de conmovernos hasta las tripas, hasta esas mismas que aúllan por saciarse, por hartarse, aúllan, hasta en los cuerpos azotados por la sequedad de los deseos. No debería,

pero basta, para el señor: una copa llena de vino rojo, una rodajas de gruyere y unos panes, tanto disfruta su silencio de ese alimento campesino y adusto; basta escanciar vino duro y entregarse al ejercicio de ese mirar furtivo suyo hacia lo que lo rodea; basta beber vino como se arroja combustible a una máquina detenida y si no basta, recluirse en algún baño al paso, para desahogar alguna ansiedad rebelde con una buena puñeta, como decía el abuelo, de esas que nos dejan las manos enrojecidas y el miembro lacerado; con eso, bastaría, para el señor, que gusta cerrar puertas poner llaves ahogar entusiasmos, aunque las cuerdas vocales se entumezcan de tanto gritar ¡esas manos no nos sirven! ¡otras otras! y se entusiasmen hasta el desenfreno sentadas a mesas como las de ese mediodía, voraces deseosas, y uno que sólo repara en la caja de carne y huesos que las contiene, cree que el señor es el voraz, el deseoso, el devorador empecinado,

Clarise. Luego del baño y sus testigos: alguno, dubitativo como la señora que ronda el momento; otros, los íntimos que unos llaman recuerdos y ella reanudaciones, una trampa, sí: eso es la memoria. Una repetición vacía que remite, fatal, al mismo desengaño: que nunca regresa lo mismo,

hambre de Clarise, de alimentos exasperado tras esas partículas de domingo febril y por eso inadmisible, para el tiempo, que se pretende un marcapasos. Se viste presurosa, entre los últimos compases de la huida de Joni y un mirar insistente a la pantalla de la computadora: en ella, uno de esos protectores de imagen muestra un recorrido veloz, no se puede ver de quién, dentro de un laberinto. La cámara está en los ojos de lo que se mueve. Acelerado, lo desconocido corre, con una marcha que parece presa de una película muy antigua, cuando el cine era biógrafo o quizá más, cuando los laberintos escondían toros apasionados y se podían vencer con un carretel de hilo; acelerado, enfila por los corredores hacia cada límite transversal, deteniéndose casi en el borde del choque, retomando la carrera en el pasadizo inmediatamente contiguo, ¿será que gira o será que rebota?, como si fuese una pelota de goma: va, va, va. Clarise sigue aprestándose para el almuerzo como sigue atada a la pantalla: pudiera decirse que ella juega con fuego, que si persiste en dejar su mirar en el laberinto le será difícil despegarse de los pasos del corredor invisible. Tal vez no tenga conciencia de lo que habrá de suceder ni siquiera si ya sucedió: que uno, en ese punto desconocido, deja de ser un observador neutral; uno es eso que corre por el laberinto. Y el tiempo pasa y se corre, sólo se corre y uno está en nada y sólo mira, como un idiota, el movimiento de esa nada en la pantalla muda de computadora. Será que no se corre para matar el tiempo: uno, es lo que muere, en la carrera. Pero, contra las especulaciones que todo lo miden con las acciones de la mayoría, Clarise deja de mirar la trampa, lista para reunirse con los señores del domingo en derredor del almuerzo. Y lo hace sin esfuerzo. Como suele ser, cuando los sonidos del estómago son tan poderosos.

La señora, por su parte, asombrada. Sabe que la alquimia de esa comida inminente salió de sus manos pero desconoce qué azar transfiguró la ruta del comienzo, cuando ese almuerzo se insinuaba tan desabrido como sus intenciones. Nada sabe, la señora. Empezando por esa cebolla, la que cayó diezmada por la hoja de una cuchilla: nada de qué señora en la señora introdujo sus manos en el agua de una bañera; nada de qué señora en la señora se poseyó de aquella Babette de Axel que encendió cuerpos vetustos y helados; nada de quién en ella se atrevió a levantar el cadáver de lo mismo para descubrir aquel exquisito producto del olvido de sí.

Cada quien se sienta en derredor de la mesa con sus exclusivas tonadas. Aunque la mesa vea ojos que, como cualquiera, miran y silencios que, como cualquiera, amenazan,

esto sabe de maravilla, se entusiasma Clarise,

espero te guste la comida italiana. La señora no contrae la ansiedad del señor, pero él sí su asombro: ya no recuerda cuando fue que ella decidió dejar de seducirlo con su incomparable vermicelli bolognese. El entusiasmo de Clarise, aunque resuene cercano, no es asombro ni es ansiedad: es hambre sin dimensiones; hambre desinteresada en trascender lo que sucede entre el alimento y el cuerpo; hambre que, también, un poco, se estremece ante una nostalgia infrecuente: el lacón con cachelos que acostumbraba los domingos de su infancia o si el frío invernal era extremo, un cocido ampuloso o si la primavera ya merodeaba las calles, el pulpo o los percebes que el abuelo traía del mar. O una nostalgia infrecuente o será que eso que algunos llaman la tierra de uno, si en algo interesa algún rasgo de lo humano es en la comida: que la tierra de uno, si alguna cosa es, se cocina en las bocas de infancia,

el señor ofrece vino, Clarise le acerca su copa y la señora un poco más de asombro: ella no suele frecuentar alcoholes o tal vez no quiera quedar fuera del tinte del momento ¡a tu salud! el señor brinda en singular y mira a Clarise aunque también choque su copa con la de su mujer; Clarise y su singular brindan con la señora y luego se extiende al señor; la asombrada resume la transitividad tras un sorbo largo que le golpea cada rincón de la boca y la arrastra dentro de sí como un ouroboro,

y el almuerzo deviene leve. Una tregua en un domingo espeso: las palabras y las cosas transitan sin desbordes y una cierta elegancia compone las formas de los comensales: placer. O la tregua que, a veces, se permite el tránsito desordenado del deseo –acaso los domingos siempre tengan que ver con eso: sorpresas que rehuyen las mesas. Donde abrevan la elegancia y el placer. El placer entre los domingos y el deseo entre paréntesis,

tras la ventana, el agua cae displicente; en la mesa, Clarise despliega sus párpados y ubica el marrón de su pupila en el celeste del señor y la señora; algo del placer comienza a desaparecer y queda la elegancia: tienen una hija muy bella y si me permitís que lo diga, parece ser un talante de familia; una cortesía que desborda la siesta de los estómagos saciados; un lance que no dibuja en el aire, que busca el corazón mismo de la ansiedad y del asombro, esa pintura es de ella no es así?, la señora mira la acuarela que preside la pared paralela a la mesa y asiente; el señor está en otro lado, perdido en las volutas suaves que forman la oreja de Clarise, en ese lóbulo carnoso que con gusto masticaría o escarbaría con la punta de su lengua hasta capturar el rezumo del pliegue más mínimo por profundo que se halle y aunque no hubiese bolognese para sazonarlo, Lucila y sus pinturas extrañas susurra casi recostado en el caracol auditivo de Clarise, tan extraños como debemos ser nosotros, la señora, dirigiéndose a Clarise, buscando una cómplice para azuzar al señor o una cómplice para sumergirse junto a ella en una bañera de agua tibia,

una puerta sin cerradura entreabierta a una pared que apenas se adivina y el trasluz de una silueta que no se decide a ser humana,

para mí, se parece más a una llave que a un hombre,

demasiada imaginación: está claro que es un pobre perro esperando que lo dejen entrar, o no?

tal vez tus padres crean que hay que saber explicar lo que se contempla para llegar a disfrutarlo, Chamo sonríe sin dejar de mirar a Lucila: él es de los que disfrutan sin reservas pues nunca puede explicar nada de las cosas que lo conmueven, sólo va y va, como en ese momento: su mano acercándose al rostro de Lucila y llegar, a su piel, y tocarla, el pulgar en sus ojos, suave pero inequívocamente, ahora es Lucila la que se hunde en el asombro, la vida puede apretujarse en dos horas: todo se dio gracias a una de esas metidas de pata de los que organizan tanto los rumbos de las gentes que al fin se les escapan los detalles mas banales: unos números mal puestos en la reserva de los pasajes había provocado que las jóvenes pudieran juntarse ese breve lapso de tiempo en el aeropuerto; Lucila no estaba dormida aunque eso parecía: su cuerpo inmóvil, en la silla del bar, tras un papel que sus manos sostienen y sus ojos cerrados desestiman; Clarise viene surcando el hall sin gentes que la interrumpan, con el paso sostenido y los bártulos desacomodados entre sus manos y los hombros de Chamo que pregunta por segunda vez si sabe cómo si ha visto alguna foto o estimado alguna contraseña para reconocerla si sabe dónde la espera y Clarise anda y lo sepa o no Chamo, esa es la elocuente respuesta: a un andar no se le hacen preguntas, se le acompaña o se le deja,

se le acompaña, por caso, hasta la mesa de un bar desabrido de aeropuerto, hasta la mesa donde una joven que parece dormida pero no, está, dice, casi trémula, soy Lucila y saluda como avisada por el viento que acompaña el paso de Clarise o quizá ella pronunció su nombre, no es seguro que lo haya hecho, que rollo tan retorcido somos no? palabras entre un beso y un amarrarse efusivo, sentémonos y bebamos algo, Clarise ayuda a Chamo en su deshacerse del equipaje y apura al mozo con una cerveza negra, él es Chamo, otro beso, tan como el otro, una similitud ganada en cuerpos que desoyen diferencias anatómicas cuando los gana el entusiasmo, como si el beso nada supiese de lo que queda fuera de las bocas que se tocan,

el señor mira la botella de vino y se esfuerza por cerrar su atención al diálogo de la señora y Clarise; ofrece un poco de su fuga líquida: para la señora curada de asombro, ha sido suficiente; para Clarise, nunca un no antecede al cuerpo que aún puede,

quedas en sus manos dice la que está a punto de partir sacudiendo con dulzura la larga cabellera de su acompañante, Lucila que reconoce que sus modos son mucho más endurecidos que los de esos dos, agradece y el joven de cabello largo se le acerca, no se detiene hasta acariciar los labios azorados, un beso al límite, que en un gesto se vacía de cortesía insulsa y musita la gracia eres tu, maja, otra vez Chamo, imperialista de pieles limítrofes, apropiándose ahora del cuello de Clarise que se humedece con el sudor de un antebrazo que nada hace por detener la inquietud de los dedos

en la tela, siguiendo el camino de los pinceles: un destello de luz, parecen descubrir; no siento que tenga que ver con un perro y menos aún con una llave,

dice Clarise, a espaldas de los señores y a centímetros de los trazos de Lucila, no conozco llaves que se hayan hecho para abrir: todas, es su destino, existen para cerrar, que observadora, destaca el señor con una voz sin inflexiones y se desliza veloz, lubricada de vino y somnolencia. Clarise gira su cabeza, lo mira –la señora ya no es parte de la mesa: ausente de esos asombros que la ayudan a sacudirse de las expectativas, ha vuelto a hacerse rehén del hábito que finaliza los almuerzos en silencio y aseando suciedades: corrigiendo, enmendando porquerías; Clarise mira al señor y le dice que se acerque -es cierto, la cadencia de su voz justifica que el tipo conjeture una erótica al cabo inexistente- y a la señora, al oír sus pasos, le pide lo mismo,

allí, junto a la puerta, en esa línea tenue de luz: la entrada al corazón de la pintura,

el señor y la señora ignoran qué decir o si se debe decir algo, como los extremos de una fuente de energía que por dispersa es incapaz de arder; Clarise toma la mano del señor la mano de la señora, apóyense justo aquí, el señor amenaza estallar, es su ansiedad; la señora amenaza desvanecerse, es el asombro, entiendo entiendo, ya la he visto, habla la ansiedad del señor, he visto es nada: eso es lo que crees pero no es suficiente: si no tocas no comprenderás: las pinturas son como cuerpos dormidos: para que cobren vida tenemos que tocarlas, Clarise siente la aprehensión de esas manos pero no cede, la señora atina a cerrar sus ojos, el señor apoya su muslo en el de la joven: simula un descuido, en un comienzo y luego se afirma, más seguro, a favor del silencio que él asume como un acuerdo -es lo mismo que hace en los subterráneos, por las mañanas que no son domingo, cuando viaja a la librería; lo mismo que está habituado a hacer desde aquellos lejanos tiempos en que su niñez comenzó a ser ganada por la ansiedad y dejó de ser niñez; lo mismo, hoy, que ha olvidado la niñez pero no la ansiedad que, como él, como el tiempo con él, busca en círculos, como un perro que se dispusiese a defecar y no pudiese hacerlo pero tampoco pudiese dejar de girar sobre si mismo,

y de pronto las pieles adheridas una a otra y a otra y una ráfaga que estremece los cuerpos de ese cuerpo de tres cabezas, que se fugan por la herida de luz de una puerta hace instantes clausurada, una fuga que les arroja a territorios diferentes, donde cada quién siembra el nombre de su propio éxtasis,

es la ansiedad del señor, la que primero regresa a tierra firme, si es un truco es muy bueno, una acotación estúpida, percibe aún él, que se aleja de las mujeres, caminando hacia atrás; su vergüenza teme dar la espalda, pero no hay juicio alguno en la mirada de Clarise, aunque él regrese a las conjeturas, esas, banales sentidos de hombría banal, que ya es tiempo hasta para el señor, que desconoce por completo por donde demonios es que camina ese peregrino, que a veces lo aburre y otras lo ahoga, tiempo para que comprenda que no está ni en el mirar ni en el hablar ni en ningún lado de nadie que no sea él mismo,

será más tarde, y se retira junto a la señora, ya desvanecida sin caer al piso, lejos, del piso, pero también del cuadro,

y bien pegado al tiempo,

que viaja inseparable del borde que junta un brazo y una mano: los relojes o la manera exacta de cronometrar la velocidad de un final, de informar la distancia que separa del comienzo, de ubicarnos ante las vueltas que separan de la meta, esa donde Manrique creía encontrar el descanso. Por lo demás, humo

y él. Que se sienta en la cima de una duna, hurga en el bolsillo derecho y toma la cajetilla entre sus dedos. Acerca el fuego al tabaco mientras mira sus manos -llamarlas de ese modo hace presumir que el hombre tiene una manera de mirar las cosas cercana al surrealismo: eso que ve en el extremo de sus brazos se asemeja más a esas criaturas marinas llenas de miembros que hubiesen quedado varadas fuera del agua y hubiesen mutado su carne en una gelatina cubierta de costras ennegrecidas y secas. No duelen, las quemaduras, después de un tiempo. Tampoco le molesta verlas con ese aspecto.  A todo se puede acostumbrar uno, mientras tenga un reloj para mirar y un cigarrillo para fumar. Para mirar, silente, el paso de la nada.

Humo,

que es cosa seria para el hombre: como si su parecer afirmase un enlace hermético entre la cantidad que absorbe su cuerpo y cierto estado de placer creciente. El día anterior, comenzó a  pensar en esa extraña relación. Fue el primero sin ingerir nada que no fuese agua o humo de cigarrillo. Y curiosamente, al llegar la noche, se sentía mucho más fuerte y libre de dolores. Como si junto con la carne se le fuesen los deseos, los recuerdos, las emociones. Como si vivir fuese un inadvertido pasaje a un estado gaseoso,

o líquido. El sudor: desvanecerse en un fluir salino.

O la forma de desaparecer en el desierto

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