El género fantástico en Argentina

REALIDADES DE LO FANTÁSTICO

editorial1El género fantástico es uno de los territorios literarios más prolíficos de la literatura argentina. La sola mención de Jorge Luis Borges y Julio Cortazar es suficiente para justificar lo antedicho. Y ni que decir si sumamos a Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo, Horacio Quiroga, Alberto Laiseca, Cesar Aira… Interrogarse acerca de esta cosecha casi de excepción en la lengua hispana, amerita un espacio que, por sí solo, excede el motivo de esta introducción. Con todo, sí dejar abiertas cuestiones que el presente número de Tantalia, y a través del abordaje de autores y textos del cánon y de otros noveles o aún ocultos para el mainstream editorial, ensayará responder.

Digamos que proponerse un estudio crítico del tema en cuestión se torna complejo desde el mismo comienzo: quizá no haya género literario tan elusivo como el fantástico. Límites imprecisos o que entran y salen de terrenos (¿ajenos?) como la ciencia ficción, el policial o hasta esa otra denominación algo sospechosa de literatura infantil; variaciones tonales que derivan en (¿aparentes?) diatribas sociopolíticas, en historias de amor anómalas (¿hay las que no?) o en manifiestos con el coeficiente de densidad exacto para el desliz filosófico.

Luego: ¿sería hiperbólico sostener que no hay sino literatura fantástica? O dicho de otra forma: con excepción del realismo literario duro que con estricta geometría se aferra a la crónica o al documento de época, no hay máquina literaria que, de manera más o menos evidente, no confluya en eso denominado lo fantástico. Es cierto: quizá, y antes de afirmar lo anterior, habría que considerar superada la clásica enumeración de tópicos que intentaban circunscribir, de un modo en exceso decimonónico, el campo del género –esto es, ubicar lo fantástico, entre lo maravilloso (lo inexplicable) y lo insólito (lo que se devela finalmente y de manera racional). A lo más, rescatar de esta enumeración la cuestión de lo incierto como generador de lo fantástico. Y al fin, enfocar el devenir del género a partir de su estricta relación (paradójica aunque, se verá, solo en apariencia) con el concepto de realidad.

Y otra vuelta de tuerca (con James también y desde luego): acaso el único precepto necesario para la construcción de lo fantástico se resuma en esa intimidad que establece con La Realidad (en letras capitales y adrede). Luego, el observador –autor o protagonista- jamás podría transmitir un ápice siquiera de la cosa fantástica a menos que logre encarnar en su mirada esa reunión, que se pacta en un punto de encuentro denominado incerteza. O el nudo que mantiene unida la madeja.

Llegados a este punto que quedará así mencionado y a la espera del desarrollo del presente número de Tantalia, se podría hacer una suerte de looping especulativo y afirmar que un colectivo social que, como el de nuestro país, ha sido sometido a un balanceo tenaz entre la exudación de tensiones ideológicas y estrategias de poder que demasiado a menudo han superado lo siniestro a mano del horror más inefable, no podría acudir a otra estructura literaria que no sea la de lo fantástico para intentar exorcizar, la ardua semántica de los trabajos y los días. Porque, a fin de cuentas, los fantasmas nuestros no llevarán sábanas blancas ni habitarán en casonas de elites alejadas del mundanal ruido. Nuestros fantasmas, carne y hueso desguazada y condenada al limbo por la brutalidad del tirano que se ufanó en reconstruir quién-sabe-qué, son, como el futuro, esa parte desconocida de la realidad que un oportuno relato fantástico ayudará, quizá, a desentrañar.

F. R.

Este número de la revista cuenta con ilustraciones de Cecilia Monserrat