Gracias por el miedo

Alberto Laiseca solía enunciar un anhelo que por su recurrencia uno intuye esencial: no caer en el olvido -o una suerte de variante de aquella con que insistía García Márquez al decir que solo escribía para ser querido…

Agregaba, el realista delirante, que una vía regia para alcanzar ese anhelo sería lograr que su obra –algo de ella al menos- pudiera ser traducida al inglés. La memoria, la permanencia, la inmortalidad a fin de cuentas, hablaría para nuestro hombre, la lengua de Shakespeare

o la de Stephen King…

Siempre me dio la sensación que entre el rosarino y la bestia de Maine había un vínculo extraño, contradictorio: almas gemelas a la vez que de una extrañeza mutua casi irreconciliable. Un vínculo inquietante – como no podría ser de otra forma, si se toma en cuenta los cuerpos que involucraba la relación. El rosarino admiraba al norteamericano: por su talento para contar historias y porque esas historias que cuenta persisten, casi maníacamente, en un género: el terror.

El miedo. Historias hechas para dar miedo. Asunto que, debe decirse, no es nada sencillo: historias de terror hay muchas, pero que nos retuerzan las vísceras tras dislocar la sinapsis del coto neuronal que encierra el vientre, es una cosa muy diferente… Difícil. Casi más que su antítesis, la risa. Acaso porque el abismo de lo ridículo, de lo patéticamente ridículo, de lo absurdo, es una amenaza mucho más plausible cuando se busca convocar lo siniestro que cuando se pretende obtener una sonrisa -King lo hizo: su obra, subrogada a un curioso escondite desde el cánon literario de los claustros, hace más de cuarenta que permanece en esa extraña confluencia de mainstream editorial y singularidad estilística. King, lo hizo, lo que hizo. Pero el homenajeado es nuestro querido Laiseca… De él; de proponer unas líneas que apacigüen la bronca y la tristeza que se siente al caer en la cuenta que su aparatosa osamenta ya no propondrá más relatos ni más silencios ocultos tras el humo de los Imparciales ni más nada.

De Laiseca, entonces. Laiseca y el miedo básico,

como tema como fetiche como anhelo y como fracaso. Fracasar en dar miedo. O, según la textualidad de nuestro hombre: tal vez a alguien le extrañe que, amando el terror como lo amo, casi no tenga obras por el estilo. Es que yo soy demasiado delirante y escandaloso. Me lleno de buenos propósitos pero después va y me sale otra cosa. Veamos un detalle crucial en esta frase. La palabra terror. Laiseca ama el terror pero se delira y le sale otra cosa. Le sale un invento un estilo una marca de agua. Le sale el realismo delirante. Laiseca ama el terror. Pero tiene miedo. De hecho conoce el miedo con una rigurosidad estremecedora,

podemos considerar al susto como el indispensable tratamiento de shock que te ayuda para que empieces a imaginar, prosigue el rosarino. Y ese conocimiento se nos concede, al fin,  con el delirio descomunal de un escritor ídem, al describir su singular huevo de serpiente: Pero mi horror más espantoso era el Monstruo que Vivía Debajo de la Cama. No podía imaginarle forma alguna. No tenía dientes afilados, ni babas ni tentáculos. Era in abstractum. Para colmo la casa de Camilo era de planta baja y primer piso y yo dormía arriba. Para acceder a la parte superior era preciso ascender por una escalera de piedra en hélice, la mayor parte de ella envuelta en las más espesas tinieblas pues mi viejo no había hecho poner allí ni una luz. Cuando me mandaban a dormir yo subía hasta el borde que separaba la luz de las sombras. Allí juntaba coraje para enfrentar el espanto que seguía: subir a la disparada hasta el hall superior y encender la luz. Pero los terrores no habían hecho sino empezar. Luego venía la parte de llegar a mi cuarto, pasar mi manito por detrás del ropero y prender el foco. Cualquiera con dos dedos de frente sabe que detrás del ropero en sombras acecha el HORRIBLE-BASTATOSO (espan). ¿Ya nos salvamos? No. En absoluto. Ahora hay que prender el velador y retroceder para apagar la luz del hall y la general del cuarto, introduciendo la manito nuevamente detrás del ropero. Ya acostado leía todo lo que podía. Me estaba muriendo de sueño pero no me animaba a apagar la luz del velador, porque bien sabía yo que en esos segundos en que demorase en meter mi bracito adentro de las mantas el Monstruo que Vivía Debajo de la Cama te ¡Aaaarfff! A que te pome. A que te toca. A que te mata pa’ siempre. Toda mi infancia fue así. Tardé décadas en comprender que el Monstruo que Vivía Debajo de la Cama era mi propio padre. Por eso permanecía in abstractum: no me atrevía a darle forma porque eso hubiera equivalido a reconocer que mi enemigo era mi viejo. Plato demasiado fuerte para un niño.

No agrega mucho más decir que esa diatriba con el tándem monstruo-papi le atenazo la sombra a nuestro hombre el tiempo suficiente para convertir aquel niño en un gigante semicalvo y con bigotes de pistolero de dibujos animados. El caso es que el miedo, a esa altura pero acaso siempre, no haya sido el némesis de Laiseca sino su don más preciado. No todo el mundo disfruta con el dolor ajeno. No todo el mundo puede gozar cuando se cae la brasa ardiendo de un cigarrillo post coitum en sus genitales. Y aquí reaparece en escena la bestia de Maine. King, afirmo, nunca diría como Laiseca, que ama el terror. Yo supongo que King ni siquiera se ocupa del terror. Ni como tema profesional ni como tema existencial. El tema de King es también, como en Laiseca, el miedo. Solo que no el propio sino el ajeno. Si nos ponemos pulsionales, diría que el americano es tan sádico como nuestro rosarino, un masoca consuetudinario. Y, se sabe, que un sádico es un tipo muy serio que suele dar mucho miedo y un masoca si no da risa, cuando menos propone una extraña forma de ternura –no dudo que la madona que cubría su piel con piel de visones, suscribiría mi afirmación.

Uno escribe historias de terror que te sacuden porque el tipo está jugado gozosamente en  ese empeño. El otro no. El otro a fin de cuentas se guarda el terror para su jardín privado.

Y entonces sí: es allí, en esa trastienda donde no se puede imaginar otra cosa que no sea paraíso y juego, en ese jardín, donde Laiseca se aleja definitivamente de King y se convierte en su inmortal diferencia. En su estricta singularidad literaria.

El realista delirante.

O la manera Laiseca de devenir inolvidable.

Comments

Gracias por el miedo — 1 comentario

  1. Excelente escritor y actor! Muy recomendable es su película “El artista” como también “Querida voy a comprar cigarrillos y vuelvo” o “Deliciosas perversiones polimorfas” autor de los libros en ambas.
    El próximo mes de Diciembre se cumplirá un año de su fallecimiento…