El telépata del castillo

Hablar de Philip K. Dick me presenta un serio dilema: cada novela suya que he leído siempre me pareció la mejor. Y conste que la primera que leí fue ‘Valis’!

Es cierto que para iniciarse en la obra de este inclasificable escritor-filósofo-sociólogo-antropólogo-místico, no es indispensable comenzar por alguna obra en particular. Se lea lo que se lea, la clave de la fascinación que provoca su lectura es la sorpresa constante, los giros inesperados, una originalidad guiada por convicción de pionero, de explorador metafísico fundando nuevas rutas de escape para alivianar el congestionado tráfico en las avenidas comunes de la literatura fantástica y la ciencia ficción.

En ‘Tiempo Desarticulado’ (segunda novela del autor, publicada en 1959, que inspiró películas como el Truman Show o Matrix), fluye un discurso cotidiano que, a partir de la mitad del libro, muta instantáneamente de una híper-realidad cuasi constumbrista a la más compleja literatura fantástica (hablamos de una obra de 1959), para ir transformándose hacia el final en un compendio de socio-política futurista con sutiles pinceladas de ciencia ficción, sostenido siempre por una expresividad formal que proporciona fragancias y superficies insospechadas: porque ese es también uno de los rasgos llamativos de P.K. Dick, la sensación de poder oler y tocar, sentidos generalmente menos frecuentados en la literatura; su capacidad escenográfica se impone, poner en situación espacial y temporal el olfato y el tacto, sin prescindir de los otros sentidos. La anticipación del futuro (en ‘Tiempo Desarticulado’ cuatro décadas) en términos de sociedad futura, detalles sociopolíticos puntuales, predecir ‘la era del vacío’ y la angustia postmoderna más que la simple invención de objetos (generalmente armas y naves) a que nos tienen acostumbrados la mayoría de los autores que transitan este género.

Es asombroso, por otra parte, que P.K. Dick haya prodigado tantas ideas originales de las que otros autores pudieran sacar provecho en cuantiosas sagas, mientras que él apenas las ha utilizado de manera furtiva, como un recurso puntual para una determinada circunstancia (por ejemplo los semivivos o los telépatas en ‘Ubik’ -1969- recurso exhumado con gran eficacia por los autores de la exitosa serie Lost, quienes por otra parte no han tenido empacho en reconocer su deuda con el escritor. La telepatía practicada por algunos personajes de Ubik, esa comunicación inalámbrica que para los antiguos griegos formaba parte del fenómeno de la precognición (algo que Platón ya señala en La República) funciona en esta obra más como una exégesis platónica que como un recurso accesorio de una novela fantástica.

Cuesta creer que un artista de la dimensión de Philip K. Dick haya pasado casi desapercibido para la crítica y ‘los descubridores de talento’ de su tiempo, aunque es obvio, ahora, pensar que se trataba de obras ominosamente adelantadas a su época.

Con ‘El Hombre en el Castillo’ (1962), su segunda novela, obtuvo en 1963 el célebre premio Hugo, reservado al género de ciencia ficción, a pesar de que los únicos elementos de ‘ciencia ficción’ que podemos encontrar son las naves interplanetarias que los nazis han empezado a mandar a Luna y Marte dando comienzo a la conquista espacial germana, sí, porque en esta novela los nazis ganaron la segunda guerra mundial, y lo que fueron los Estados Unidos de América están divididos ahora en dos estados-colonia, la costa del Pacífico a manos de Japón y la costa atlántica a manos de los alemanes.

Sin embargo, creo que es a partir de ‘Valis’ siglas de ‘Vast Active Living Intelligence System’, (1981) y con su novela póstuma ‘La Transmigración de Timothy Archer’ (1982) que Philip K. Dick alcanza la cumbre de su inabordable legado de arte, profecía y cultura transoccidental.

‘Pocos caen en la cuenta de que tenemos a nuestro propio Borges’ escribía por aquellos años la crítica norteamericana Ursula K. Le Guin. Y es que realmente, P.K. Dick, tal vez junto a Thomas Pynchon, es uno de los pocos autores que pueden revelarnos cómo hubiese sido una novela de Borges, que por algún motivo ‘el viejo’ jamás escribió.

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