“El Nombre de la Rosa” de Umberto Eco

rosa1STAT ROSA PRISTINA NOMINE, NOMINA NUDA TENEMUS

“Permanece primitiva la rosa de nombre, conservamos nombres desnudos”

(Del poema:”De contemptu mundi”, Bernardo)

.

Umberto Eco escribe “El Nombre de la Rosa” reuniendo herramientas de la Biblia, el arte de la Edad Media. Por ese motivo muchos creen encontrar que esta novela está dentro de lo denominado “novela histórica”.

Sin embargo el propio Eco contradice esa postura cuando dice  en sus Apostillas “…  la idea seminal fue “tenía ganas de envenenar a un monje…” Y comenta: “…Creo que una novela nace de una idea de esta clase, y el resto es pulpa que se agrega por el camino…” Un monje envenenado, pues, para tejer una narración de tipo policial. Pero –prosigue Eco–, mejor que un monje actual sería un monje medieval, pensé…

Sobre esta base, el escritor se plantea que la novela sea una “máquina para generar interpretaciones”. Como narrador,  se oculta detrás de otros narradores: entonces finge haber encontrar un manuscrito en un monasterio vez recopilado de otro manuscrito de fines de siglo XIV. El supuesto autor del original es un monje de la abadía, llamado Adso. Él es la voz narrativa. Pero no es sólo una voz narrativa, son dos. Adso narra a los 80 años lo que vio a los 18 años, ¿Cuál de los es quien narra, el Adso de los 18 años o el de los 80? Los dos, es obvio, y es intencional. El juego está en poner en escena continuamente a Adso viejo sobre lo que recuerda haber visto y oído como Adso joven. Y aquí, otro recurso de Eco: Adso “no entiende nada” de lo que está relatando –ni el joven ni el viejo–: usa palabras prestadas, dice lo que ha oído y le han enseñado, repite textos.

Eco combina distintos elementos, como ingredientes de una comida los manipula para obtener su intención, como si fuera un demiurgo, sin tener en cuenta si los datos que menciona son efectivamente reales o veraces.

 “El libro asume –dice Eco– una estructura de melodrama bufo, con largos recitativos y amplias arias. El autor se divierte con estas combinaciones, y propone un divertimiento a los lectores: entretenerse con todo esto.

Para eso propone un lugar y un tiempo y un pretexto: Una abadía del norte de Italia, en el año 1327, donde se producen misteriosamente varias muertes en pocos días. Allí hay una enorme biblioteca casi inaccesible, pues está armada en forma de laberinto. Su clave la posee sólo el bibliotecario, por lo cual éste resulta ser la figura-clave del monasterio. Los monjes aparecen mucho más interesados por los libros de la biblioteca que por los oficios que celebran en la iglesia.

Pero, según lo dicho, en esta abadía no hay paz, y quizás es porque no se encuentra por ninguna parte ni el espíritu de oración ni la actitud de trabajo.

Es necesario para la ficción mostrar el saber como fuente de poder. En la novela aparecen dos grupos de monjes: los que se aferran al saber antiguo, y los que propician un saber nuevo que rompe con  las estructuras del poder.

Es la clave de los sucesos acaecidos en la abadía, la razón por la cual se han realizado los asesinatos.

El detective de la novela, Guillermo de Baskerville,  llega por fin a penetrar en el sancta sanctorum de la biblioteca, defendida por su forma de laberinto. Allí encuentra a Jorge de Burgos, el monje más anciano, poseedor de todos los secretos de la biblioteca (Recordemos de paso que esta figura está inspirada en Borges) Este personaje  quiere proteger a la Cristiandad de ese saber “peligroso” que se hallaría en el segundo libro de la Poética de Aristóteles en el que trata de la comedia y donde se encuentra el discurso sobre la risa

Precisamente, los monjes jóvenes sospechan de la existencia de ese libro y si lo descubren podrían aplicar el nuevo poder de la ironía, por eso Jorge de Burgos, asume la misión de hacerlo desaparecer, empapando el libro que envenena las mentes  con veneno para que, al tocarlos, mueran.

Detrás de esto, nominalismo y empirismo devienen en  la clave ideológica de la novela.

Guillermo de Baskerville, es el portavoz de un nuevo modo de pensar que asomaba a principios del siglo XIV – dato históricamente real- El se llama Guillermo, como Okham, y su apellido empieza con B, como Bacon, reconocidos pensadores nominalistas.

Nombrar una cosa es aludir a su  secreto, decir lo que es en sí misma. Pero en la nueva concepción de Ockham no habría nada secreto ¿quién nos asegura que un grupo de cosas a las que nosotros llamamos con un nombre común –perro, caballo, peral, rosa…- tiene realmente entre sí una esencia común? Somos nosotros quienes les asignamos un “nombre”, por economía de comunicación. Este nombre común –que la filosofía tradicional llamaba “universal”- deber ser considerado como arbitrario: es una mera convención del lenguaje. No está mal poner un nombre universal; lo malo estaría en la pretensión de que hubiera algo universal en las cosas mismas. Y esto replantea una nueva la idea de Dios,  oculta bajo la mirada de los monjes del monasterio.

Eco en realidad hace una parodia es decir : hace que provoque igual admiración lo sagrado y lo grotesco que lo niega; dar como “natural” y “necesaria” la continuidad entre el texto verdadero y santo, y la ilustración fantástica y bufa que invierte el sentido del texto.

No hay Logos, “sólo hay palabras desnudas”

Y ésta es la conclusión a la que trata de arrastrarnos el libro: todo su armado, la estructura tan estricta de las Horas canónicas en que divide el libro, parodiando a los monjes; el orden  de la abadía que intenta ajustase al orden del cosmos, se derrumba. Como se derrumba en la ficción con el incendio final.  No hay Logos. Sólo hay interpretaciones. La palabra ha desaparecido. En su lugar hay otra palabra, usada más como forma de poder que por su significado. Lo escrito podría cambiarse, como los nombres de las cosas, entendidos como meras etiquetas aplicadas arbitrariamente. La última frase deja sentado esto, justificando el juego: “Nomina nuda tenemus” –

“Tenemos palabras desnudas”. Por lo cual, el autor, como un Dios “omnipotente”, puede hacer con ellas lo que quiere.

 

BIBLIOGRAFÍA

Umberto Eco, Il nome della rosa , Bompiani, Milano, 1984, 503 págs.  U.Eco,

Postille a Il nome della rosa, id., citado A.

Comments are closed.