Eco y el caos

Decir que una de las características de la modernidad, ha sido la sobrecodificación –en el plano que se la quiera ver: social, científico o artístico– no creo que sea un correr un riesgo intelectual. Decir que esa cuestión fue un tópico central del pensamiento en pos de iluminar las zonas sombrías de la realidad tampoco -aunque sea un poco más discutible. Decir que esas teorizaciones, en relación al concepto de existencia, tampoco cumplió su cometido y que fue mucho mejor aprovechada por los esclavizadores –la publicidad o el marketing– que por el ser social singular, es ya una convicción muy íntima.

Umberto Eco fue una figura central de ese febril trabajo intelectual. Fue un rey entre los hermeneutas -sin la menor intención de sarcasmo en el juicio. Lo único que me incomoda es la convicción real que el sujeto Eco acabó adoptando de sí mismo. Y que desde mi punto de vista, lo subsumió a una muerte prematura que acaeció bastante antes del 19 de febrero de 2016. Porque este tiempo posmoderno o como se lo quiera denominar, ya no es aquel sobre el que desarrolló su inmensa aventura intelectual. Es un tiempo que le fue ajeno y ante el cual desarrolló la actitud menos provechosa: la desaprobación cargada de epítetos grandilocuentes y la ausencia de una adaptación reflexiva. Eco no quiso –supongo que por la decisión de asentarse en un territorio que aunque ido, le resumía las emociones del enamorado implacable– rever su inmensa biblioteca de códigos familiares y observar que aquella babel semiótica había ingresado a un orden totalmente diferente al que él había considerado en su genial tarea. Un orden, sean libros películas o mass media, que ya no era el que era. Había sido atravesado por un fenómeno que, en cuanto pudo, se encargó de denostar.

Internet, llamemos al villano de turno: una Alejandría caprichosa y proteica, que no cesa de horizontalizar la generación de signos. Ese dispositivo, para Eco, se reducía a la banalidad y el mal gusto de un pueblerino no en un bar luego de un vaso de vino tinto…

Tal vez, y a pesar de haber incurrido en el plano del escritor de ficción, Eco fue demasiado professore. Quizá, su necesidad de interpretar los signos ocultos en la Divina Comedia o en los jeans que le ajustaban las bolas, fuese más un sesgo paternalista (por no decir elitista) de ordenar el mundo que un esfuerzo de aportar elementos liberadores a la condición humana. Tal vez por eso, sus polémicas con artistas que sentían “lo sagrado” desde un lugar tan opuesto, como Pasolini o Tabuchi. O sus expresiones contrarias a las universidades masivas o a los peronistas revolucionarios, a quienes analogaba demasiado veloz con los movimientos armados europeos de los años 70.

Quizá, a fin de cuentas, a lo que Eco se opusiese fuese a todo lo “sucio”: no en un sentido ideológico, con el que tal vez coincidiese en silencio, sino en cuanto a lo desordenado, a lo que carecía de una resolución impecable, sea en lo estético o en lo ideológico. Intuyo que en el fondo de la cuestión Eco odiaba el caos. He hizo lo peor que se podía hacer con ese odio. Justificarlo antes que comprenderlo.

Si: es una pena que un groso como Eco se haya muerto. Son tipos que rompen moldes cada vez más escasos.

Pero la pena mayor que es que se haya muerto antes de tiempo.

Comments are closed.