Vidas paralelas

Desde el comienzo de los tiempos el ser humano nota algo que persiste hasta nuestros días: ante el universo siente que está solo. Si bien desde siempre nos apasiona el acto por el que pro-creamos, más por el acto que por la procreación, y poblamos el mundo (“multiplicaos”, fue el mandato), esto no resuelve lo anterior. En ayuda vino la imaginación y, producto de la cosmovisión, la teogonía o la ficción, ideó dioses, ángeles y demonios. No satisfecho, miró el suelo que pisamos y… voilà!, se llenó de hadas, duendes, ogros y demás “espíritus de la tierra”. Ahora bien: tanto los seres celestiales como los terrenales coexistirán en nuestro universo pero sus naturalezas son otras. Hay un tercera categoría que sí surge de la humanidad, la que deriva de los que alguna vez vivieron como simples mortales: fantasmas, espectros, zombis, vampiros y cuanto se le ocurrió al que, pluma en mano, ideó, imaginó, nos ofreció y lo seguirá haciendo porque la ficción es inagotable. Y así fue que generamos una serie de relatos comenzando con Gilgamesh[1], pasando por nuestro folclórico Pombero y llegando a El alma de papá, la singular obra de Carlos Gorostiza.

vidas1Dijimos: la ficción es inagotable y en algún momento surgió la posibilidad de crear desde la misma humanidad y no producto de una naturaleza que le es ajena; los seres que existen porque son un artificio del mismo ser humano: robots y androides; verdaderas vidas paralelas que hallaron un lugar en la Ciencia Ficción. Debiéramos aquí incluir a los alienígenas y los cíborg, pero estos fueron más un producto de la cinematografía que de la literatura[2]. Por último, la ciencia ha logrado un espécimen más: el clon; otro sujeto de potencial explotación por parte de la creatividad.

Una digresión semántica:

  • la palabra robot proviene de la voz eslava robota, que significa servidor;
  • androide es todo ingenio con movimiento propio que se parece al hombre;
  • alienígena es literalmente extranjero y, por extensión, extraterrestre;
  • cíborg o cyborg: acrónimo de cyber y organism, ‘organismo cibernético’.
  • clon: palabra griega que significa retoño; ‘célula u organismo originado por reproducción asexual a partir de otra célula u organismo’.

Se considera inicio de la Ciencia Ficción la novela Frankestein, o el moderno Prometeo, de Mary Shelley[3]; nos hallamos aquí ante el primer androide moderno. La criatura fue creada pero por medio de artificios tecnológicos, premisa fundamental al hablar de Ciencia Ficción. Esto sólo fue posible tras el avance científico de los siglos XVII y XVIII.

Surge aquí la primera cuestión: qué diferencia hay entre robot y androide. Son sinónimos, no dejan de ser artificios ideados y creados por el hombre, pero el robot supone una base mecánica y el androide una biología artificial. Veremos que el robot tenderá a ser cada vez más humano y el androide, sin serlo, tiene mucho de humano. Para ello iremos por dos caminos: el trazado por Isaac Asimov, padre de la robótica literaria, y el de Rosa Montero, quien actualiza el tema en una obra reciente.[4]

Los robots de Isaac Asimov

vidas2Sus robots aparecen y reaparecen en diversas obras. La antología Yo, robot (1950) es la recopilación de cuentos previos. Tres son los aportes de Asimov al tema: las leyes robóticas, el cerebro positrónico y Andrew.[5]

Las tres leyes de la robótica[6] son una declaración de principios que ningún robot puede infringir, y realmente no puede (no es que no debe) al no disponer del libre albedrío, atributo humano. Sobre estas tres leyes se construyen las historias contadas por Asimov y también los conflictos que se generan y que hacen a esas historias. Bien analizadas (y no somos los primeros en hacerlo) las tres leyes pueden considerarse una regla moral aplicable al ser humano.

El cerebro positrónico es un supuesto y poderoso centro intelectivo, deductivo y resolutivo de alta eficacia y estabilidad[7].

Andrew. En Yo, Robot Asimov nos da a conocer nueve generaciones de robots en una evolución que va de Robbie (en la imagen), el robot niñera, rústico, enorme y sin voz pero muy eficaz, hasta Byerley, el octavo, todo un ser humano en apariencia que logra el puesto de Procurador General sin poder serlo un robot[8], lo que deriva que en el noveno cuento, donde los robots se hacen cargo de la administración del planeta. Cuando a Asimov le piden una participación literaria por el Bicentenario de los Estados Unidos, en base a Byerley propone a Andrew, El hombre bicentenario (1976). Obsérvese que es “hombre” bicentenario y no “robot” cuando había sido homenajeado como “robot sesquicentenario”.

Fue creado por la U.S. Robots para cumplir funciones domésticas en una familia, los Martin, tarea en la que es muy eficaz. Una empatía particular con las hijas (a las que llama Niña y Señorita) despierta en Andrew un modo de ser muy humano. La historia es la búsqueda del robot por ser cada vez más humano, algo que va logrando paulatinamente ayudado por los Martin, en especial Niña. Cuando ya casi no quedan descendientes de los Martin (doscientos años son unas cuatro a cinco generaciones) llega, tras muchísimos logros, a ser reconocido como “hombre”, y lo hace logrando la mortalidad (una robot no muere, es desmontado), posibilidad a la que llega por medio de cambios en su estructura robótica que él mismo diseña.

Al lado de su lecho de muerte está una mujer que lo acompañó en su última lucha. Andrew a último momento la mira y dice “Niña”.

La androide que no quería morir

Bruna despertó sobresaltada y recordó que iba a morir. (…)

Cuatro años, dos meses y veintinueve días.

Así comienza Lágrimas en la lluvia, novela que Rosa Montero publicó en 2011. La protagonista, Bruna Husky, es una androide de combate, ahora devenida en detective. La novela es, por lo tanto, policial, y es violenta, caótica y compleja dada la variedad de personajes y de hechos: a los androides debemos agregar –lógicamente– a los humanos, pero también están los alienígenas y los mutantes, todos entremezclados en una Madrid donde imperan las fuerzas de los humanos que resisten a los androides, a los alien y a los mutantes porque “son distintos”; las de los androides agremiados en un organismo que lucha por sus derechos; las de los supremacistas que se oponen a esos derechos (y cualquier otro que no sean los propios); las de los ins (terroristas instantáneos), unos anarquistas que arman lío porque sí; y las de los apocalípticos que vaticinan un fin del mundo inmediato. Y como si esto fuera poco, ya fuera del planeta, una comunidad de humanos mesiánicos que se considera heredera de “la única verdad del creador”, y los cósmicos, donde caducó el capital y la propiedad privada. La Tierra, ahora un solo país, conserva los principios democráticos, como siempre permisivos (la idea de inclusión está en la base de toda democracia), pero también el capitalismo, lo que hace una democracia que parece insuficiente. Y en la Tierra está Madrid, y en Madrid acontece todo lo que Rosa Montero escribiera.

Pero importa Bruna Husky.

vidas3Melba. Una osa polar replicada[9]

Rep por replicante, tecnohumano, tecno, androide, que eso es Bruna. Y siendo de combate fue pensada y hecha con un cuerpo atlético y una mente ágil, si es necesario letal… “Hecha”… Como todo androide Bruna no nació. Montero no va al grano pero se deduce que los rep son construidos gracias a un logro de la biogenética, una suerte de clonación. Pero los rep no son clones, si bien son replicantes. Los rep, Bruna entre ellos, viven diez años, desde los 25 a los 35 años de edad humana. Luego su biología artificial se desmorona y son atacados por un proceso tumoral que deriva en la muerte, o se apaga, según se mire. Es la obsesión de Bruna: Cuatro años, dos meses y veintinueve días piensa al comienzo, Cuatro años, dos meses y cuatro días pensará al final, es el tiempo que le queda.

La muerte es algo en lo que pensamos a medida que pasan los años. Sabemos consciente o inconscientemente que vamos a morir, pero Bruna tiene fecha de vencimiento. Esto hace la circunstancia más brutal; en Bruna la angustia por la muerte es insoportable[10]. La misma novela nos da una respuesta: ella había vivido en pareja con otro rep, Merlín, un par de años mayor, y que algún día murió, algo que Bruna revive y sufre. Digamos aquí que si algo hace a un ser humano es amar, el duelo al perder lo amado y su consecuencia: la soledad. Al decir de Rosa Montero, Bruna Husky era más humana que muchos humanos. Y ya que hablamos de la autora, vamos a ver qué hay de ella en la novela.

Rosa Montero publica en 2013 La ridícula idea de no volver a verte, un ensayo sobre el duelo a propósito del diario que Marie Curie escribiera tras la muerte de Pierre, su esposo. Montero hace una admirable analogía entre aquel duelo y el suyo, pues su pareja había muerto de cáncer y tras una fuerte agonía. Es lo mismo que recuerda y revive Bruna. Pero hay algo más: dos humanos varones son protagonistas necesarios en la novela: Pablo Nopal y Paul Lizard; Pablo se llamaba la pareja de Rosa Montero[11].

La novela tiene un antecedente:

Un día Yiannis le ha mostrado a Bruna la vieja y mítica película del siglo XX en donde se hablaba por primera vez de los replicantes. Se titulaba Blade Runner. Era una obra extraña y bien intencionada hacia los reps, aunque le resultó algo irritante: los androides tenían poco que ver con la realidad y, por lo general, eran más bien estúpidos, esquemáticos, aniñados y violentos. (…) Bruna se había aprendido de memoria el parlamento que decía el rep protagonista antes de fallecer, en lluviosa azotea: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto Rayos-C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta Tannhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.”

La novela toma de la película[12] el título y parte del argumento. Hasta se puede decir que la novela es cinematográfica por la cantidad de escenas y de diálogos.

Pero hay más:

—No soportamos el caos, pero lo cierto es que la vida es pura sinrazón. Puro ruido y furia.
Myriam la miró con cierta sorpresa.
—Shakespeare… Una cita muy culta para alguien como tú.
—¿Y cómo soy yo?
—Una detective… Una rep de combate… Una mujer con la cabeza rapada y un tatuaje que le parte la cara.

Por último, una escena donde Yiannis, muy amigo de Bruna y muy mayor, tras un momento de desasosiego conversa con ella:

—Un día te despiertas y eres un viejo. Y no puedes entender lo que ha pasado. Cómo se fue todo tan deprisa.
—Si no haces tonterías como la de hoy, todavía vivirás más tiempo que yo. No me irrites.
—Non ignoravi me mortalem genuisse. Siempre he sabido que soy mortal. Lo decía Cicerón.
Neque turpis mors forti viro potest accedere. Para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa. También de Cicerón.
El archivero la miró encantado.

Cómo es que Bruna, que tanto le teme a la muerte, rescata a Yiannis de la suya. La rep de combate a lo largo de la novela siente la soledad y siente deseo, algo tan visceral como cualquier ser humano. Por ello se emborracha, se pasa de largo con algún excitante y hasta se acuesta con el primero que encuentra. Pero ese deseo no desaparece. Hasta que se topa con un varón, a quien no seduce y por quien no es seducida sino que la vida los seduce a los dos. A imaginar el resto, pero no su consecuencia:

Y se apretó contra él hasta conseguir rozarle el corazón y hasta matar a la muerte.

Por qué “Vidas paralelas”

De todos esos seres imaginados, dioses, espíritus o espectros, a los creados por el ser humano gracias a Ciencia Ficción para que le sirvan, y, si se les permite, para que lo acompañen. Pero los robots y los androide, tal parece, se atreven al libre albedrío, y Andrew logra la mortalidad, lo único que le faltaba para ser “hombre”, como Bruna la vence a la muerte. Claro esta que morirá, pero un elemento, presente tal vez desde el comienzo, el amor, lo atenúa. Ninguno des ellos existe, son producto de la imaginación literaria (bienvenida ella) pero los tres elementos que acompañan a la humanidad desde el principio, la vida, la muerte y el amor, vuelven a meterse. Y lo seguirán haciendo.

Bibliografía

Isaac Asimov, Yo, robot, Edhasa, Barcelona, 1975

Isaac Asimov, El hombre Bicentenario, www.letrasperdidas.galeon.com/consagrados/c_asimov09.htm

Rosa Montero, Lágrimas en la lluvia, Planeta. Bs. As., 2011

Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte, Planeta. Bs. As., 2013


 

[1] El relato más antiguo del que se tenga conocimiento es la Epopeya de Gilgamesh, leyenda sumeria que se estima es rescatada de la tradición oral en 2500 a. C. En este relato hace su aparición la diosa Ishtar, o Inanna.

[2] Corresponde una salvedad: los alienígenas, hasta ahora seres de ficción, no son creados por el hombre aunque se trate de otra forma de humanidad. Y en cuanto a los cíborg, ¿qué tanto no lo somos ya con tanta prótesis que la cirugía inserta en nuestro cuerpo?

[3] No vamos a profundizar esta obra porque será vista en otro lugar, y de una manera comparativa: (link con Frankenstein de Mary Shelley a Keneth Branagh).

[4] El robot existe: son los mecanismos automatizados que se aplican en las líneas de producción industriales, los ya clásicos robots de dos patas, brazos y voz que suelen ser más un artificio lúdico que práctico como los que podemos ver, por ejemplo, en Tecnópolis, cercanos a los androides; y los artificios que exploran los suelos marcianos, venusinos y demás.

[5] Asimov imagina también la U.S. Robots & Mechanical Men, la empresa que fabrica los robots con esas leyes y el cerebro.

[6] A saber: 1) Un robot no debe dañar a un ser humano o, por su inacción, dejar que un ser humano sufra daño. 2) Un robot debe obedecer las órdenes que le son dadas por un ser humano, excepto cuando estas órdenes están en oposición con la primera Ley. 3) Un robot debe proteger su propia existencia, hasta donde esta protección no esté en conflicto con la primera o segunda Ley.

[7] Aquí Asimov incurre en un error: este cerebro sólo es posible en la ficción; el positrón es la antimateria del electrón y su vida, en nuestro universo, es efímera.

[8] En Yo, robot gran parte de los humanos se resisten a los robots, que uno llegue a la función pública era totalmente intolerable. Como un robot no le puede pegar a un ser humano (1ª ley), uno lo desafía, Byerley le dice que no ve razón para pegarle. ¡Ah, es un robot! exclama el otro. Al final Byerley lo noquea. ¡Es humano!, grita el gentío. La doctora Susan Calvin, partícipe necesaria en todas las historias, descubre la verdad: Hay un solo caso por el que un robot puede pegarle a un ser humano, cuando se trata de otro robot.

[9] Esta imagen está en la tapa de la novela. En la historia, dado su simbolismo, Melba es de singular importancia.

[10] Nos centramos en esta tragedia existencial de Bruna Husky. Hay otra, y no es menor: su vida “comienza” los 25 años de edad pero lleva a en sí una memoria de su infancia y juventud. Bruna sabe que eso es mentira, que nunca fue niña, lo que agrava su percepción del sentido de la vida.

[11] Rosa Montero dedica la novela “En memoria de Pablo Lizcano”, periodista de la TV española y pareja de la autora. Uno de los personajes es Paul Lizard.

[12] Dirección de Ridley Scott, 1982, basada en al novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Phillip K. Dick, 1968. La película, que es de culto, es analizada en esta misma edición de Tantalia.

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