Un efímero resplandor

La hora de la estrella es la última novela escrita por Clarice Lispector.

¿Qué siente un autor al escribir? ¿Cómo se construye un personaje? ¿Qué función cumple el Otro?

La otredad aquí funciona como un doble juego, por un lado en el narrador-personaje Rodrigo; por el otro, en Macabea, la protagonista quien se va definiendo a ella misma en función de los otros, es decir, va descubriéndose a medida que va comparándose con los otros personajes. El OTRO funciona como un espejo distorsionante en quien reconocerse a través de las diferencias.

Para analizar este texto se trabajará con el concepto del héroe expuesto por Lukacs en su Teoría de la novela; y con los aspectos del contenido de Voloshinov, desarrollados en El discurso en la vida y el discurso en la poesía.

Rodrigo S.M., el polifacético narrador – autor – personaje

Esta obra tan polisémica produce cierto desconcierto a la hora de interpretarla.

Aparenta ser una historia sencilla, es el relato de una nordestina, Macabea, y su vida en la gran ciudad. Pero las intervenciones del narrador-personaje, presentado sólo como Rodrigo S.M., nos interpelan desde un comienzo.

“La historia –determino con falso y libre arbitrio- tendrá unos siete personajes y yo soy uno de los más importante de ellos, claro. Yo, Rodrigo S.M” (Lispector, 2015, pág. 22)

La novela comienza con una dedicatoria del autor, y aclara, entre paréntesis, “En verdad Clarice Lispector”, y en ella descubrimos con sorpresa lo siguiente:

“Me dedico al color bermellón bien escarlata como mi sangre de hombre en la edad plena, y por lo tanto, me lo dedico a mi sangre” (Lispector, 2015, pág. 17)

Entonces nos preguntamos, ¿y Clarice? Por qué el autor textual eligió una voz masculina para su narrador. Rodrigo nos dará la respuesta.

“(…) yo tampoco hago la menor falta y hasta lo que escribo podría escribirlo otro. Otro escritor, sí, pero tendría que ser hombre porque una escritora mujer puede lagrimear sentimentalidades” (Lispector, 2015, pág. 23)

Continúa la dedicatoria diciendo:

“Ese yo que son ustedes pues no aguanto ser solamente yo, necesito de los otros para mantenerme en pie, tan tonto que soy, yo enrevesado (…)

Medito sin palabras y sobre nada” (Lispector, 2015, pág. 17)

“Sé de muchas cosas que no vi. Y Ustedes también. No se puede dar una prueba de la existencia de lo que es más verdadero, la cosa es creer. Creer llorando. (…)

Se trata de un libro inacabado porque no tiene respuesta”

La dedicatoria nos da la pista de lo que vendrá, un relato dentro de otro, como una matrioshka, como la técnica de la caja china descrita por Vargas Llosa.

El relato del relato

Tenemos entonces, por un lado, el relato del narrador Rodrigo en su proceso de escritura del relato de Macabea. Allí vemos como él interpela al lector y reflexiona permanentemente sobre el acto de escribir. Vemos algunas citas que reflejan esto:

“(…) soy yo que escribo lo que estoy escribiendo”

“Como que estoy escribiendo en el momento mismo en que estoy siendo leído.” (Lispector, 2015, pág. 21)

“Escribo en este instante con cierto pudor previo por estar invadiéndolos con semejante narrativa tan exterior, tan explícita”

“¿Cómo es que yo sé todo lo que seguirá y que todavía desconozco, ya que nunca lo viví? (Lispector, 2015, pág. 22)

“(…) tampoco yo tengo piedad de mi personaje principal, la nordestina, es un relato que deseo frío. Pero yo tengo el derecho de ser dolorosamente frío y Ustedes no.” (Lispector, 2015, pág. 23)

“Pretendo, como ya insinué, escribir de modo cada vez más simple. (…) las informaciones sobre los personajes son pocas y no muy reveladoras, informaciones que penosamente llegan desde mí para mí mismo. Es un trabajo de carpintería.” (Lispector, 2015, pág. 24)

Podríamos continuar colocando una infinidad de ejemplos más. Rodrigo nos cuenta la historia de la escritura de la historia de Macabea. Nos interesa enfocar al narrador como personaje, a medida que va realizando la “pre-historia” de la historia. Como vimos en las citas anteriores, comienza a hablar de sí mismo, de su ser escritor:

“Discúlpenme, pero voy a hablar de mí, que soy mi desconocido y al escribir me sorprendo un poco más porque descubrí que tengo un destino. “ (Lispector, 2015, pág. 25)

Nos cuenta que él también es del Nordeste, y que se topó en la calle con una chica nordestina, y que reconoció en su rostro el sentimiento de perdición. Elige para su relato un personaje marginal.

“Con esta historia me voy a sensibilizar (…) Yo no soy un intelectual, escribo con el cuerpo” (Lispector, 2015, pág. 26)

Escribe por necesidad, no se considera un profesional porque escribe de oído, así como aprendió idiomas. Afirma además, que no tiene clase social y que también es un marginal.

“No, no es fácil escribir. Es duro como romper rocas. Aunque vuelan, como aceros espejados, chispas y astillas” (Lispector, 2015, pág. 28)

“Escribo porque soy un desesperado y estoy cansado, no aguanto más la rutina de serme y si no fuese pro la sempiterna novedad de escribir, me moriría simbólicamente todos los días” (Lispector, 2015, pág. 30)

Va alternando su discurso metaliterario con los preliminares del relato de Macabea y sus asociaciones que parecen un fluir de la conciencia.

“¿Por qué escribo? Antes que nada porque capté el espíritu de la lengua y así a veces la forma hace al contenido. Escribo por lo tanto no a causa de la nordestina sino por un motivo más grave de „fuerza mayor?, como se dice en los requerimientos oficiales, por „fuerza de ley?.

Sí, mi fuerza está en la soledad. (…) pues yo también soy la oscuridad de la noche. Aunque no aguante oír ni silbidos ni pasos en la oscuridad. ¿Oscuridad? Me acuerdo de una novia que tuve: era una muchacha-mujer y con qué oscuridad dentro del cuerpo. Nunca la olvidé: jamás se olvida a una persona con la que se durmió.” (Lispector, 2015, pág. 27)

La forma es contenido nos dice, y parece que citara textualmente la teoría de Voloshinov. Hay una poética del autor/creador que está plasmada en esta necesidad imperiosa de escribir empujado por la soledad, pues como dice Rodrigo en la dedicatoria: “Ese yo que son ustedes pues no aguanto ser solamente yo, necesito de los otros para mantenerme en pie”

La historia dentro del relato: “Unos nacen con estrella y otros nacen estrellados”

Por otro lado, tenemos la historia de Macabea. Ella tiene 19 años, originaria del Nordeste de Brasil, del sertón de Alagoas. Sólo pudo cursar hasta tercer grado, por ende, escribe muy mal. Es dactilógrafa, un saber que le había sido otorgado por su tía, quien la crió, luego de la muerte de sus padres. Viene con ella a la gran ciudad, Río de Janeiro. Una vez que ella muere, se muda a una pensión donde comparte pieza con otras tres chicas que trabajan en las Tiendas Americana.

Rodrigo, el narrador, tiene dificultades para ponerle un nombre. Al principio, la menciona como la nordestina, la joven, la muchacha, ella, la dactilógrafa; la define, además como una cachorra vagabunda teleguiada exclusivamente por sí misma. La declara incompetente para la vida.

“Quiero antes dar fe de que esa muchacha no se conoce sino a través de ir viviendo sin rumbo” (Lispector, 2015, pág. 25)

“(…) ella vive en un limbo impersonal, sin alcanzar lo peor ni lo mejor. Ella solamente vive, aspirando y espirando, aspirando y espirando. (…) Su vivir es trivial.”

“Sólo vagamente tenía conocimiento de la especie de ausencia que tenía de sí misma. Si fuese una criatura que se expresase diría: el mundo está fuera de mí, yo estoy fuera de mí.” (Lispector, 2015, pág. 33)

Un ser anodino que es tan tonta que le sonríe a la gente en la calle. Alguien que no era infeliz porque tenía fe, aunque no pensaba en Dios, ni Dios en ella; sólo realizaba rezos como rituales. Resignada a su vivir empobrecido, como pidiendo disculpas por ocupar espacio. Sus hábitos son escuetos: duerme con una enagua manchada, toma café frío, mastica papel cuando siente hambre y sueña con comer carne.

“joven que dormía con una enagua de mezclilla con manchas bastantes sospechosas de sangre pálida”

“se enroscaba en sí misma, recibiéndose y dándose su propio y parco calor” (Lispector, 2015, pág. 33)

“Ella había nacido con malos antecedentes, y ahora parecía una hija de un no-sé-qué con aire de disculparse por ocupar espacio”

“Se sonaba la nariz en el dobladillo de la enagua.” (Lispector, 2015, pág. 36)

“A veces antes de dormir sentía hambre y quedaba medio alucinada pensando en carne de vaca. El remedio entonces era masticar papel bien masticadito y tragarlo.” (Lispector, 2015, pág. 41)

“el lujo que se daba era tomar un trago frío de café antes de irse a dormir. Pagaba ese lujo, al despertarse, con acidez.” (Lispector, 2015, pág. 42)

Pocos sucesos le dan sustento a su exigua vida, el canto del gallo que escucha al amanecer y que le hace rememorar su terruño, la radio (que escucha bien bajita para no molestar a sus compañeras de cuarto) y su programa favorito “la hora exacta y la cultura” que le aporta saberes que para ella son importantes, la lectura de los anuncios que recorta en las revistas y los productos que desearía tener.

“(…) imaginaba con deleite: la crema era tan apetitosa que, si tuviese dinero para comprarla, no sería boba. Qué piel ni que nada, ella se la comería, sí, a cucharadas y del pote mismo” (Lispector, 2015, pág. 47)

El narrador da una definición (para mí) de Macabea que sintetiza todo lo que este personaje representa:

“(…) la muchacha era hoy el fantasma suave y terrorífico de una infancia sin pelota ni muñeca.” (Lispector, 2015, pág. 42)

La contundencia de esta afirmación da cuenta de su falta de conciencia sobre sí misma, con resignación a la vida que le tocó, no se quejaba, sabía que las cosas son así. Su única certeza es que no moriría.

“Esta muchacha no sabía que ella era lo que era (…) Por eso no se sentía infeliz. La única cosa que quería era vivir. No sabía para qué, no se lo preguntaba. Quién sabe, parecía creer que había una pequeña gloria en vivir. Ella pensaba que las personas estaban obligadas a ser felices. Entonces, lo era.” (Lispector, 2015, pág. 37)

Esto la llevaba a economizar vida, en la creencia supersticiosa de que si sentía un gusto muy fuerte por vivir se transformaría en bicho, en vez de princesa.

“Porque, por mala que fuese su situación, ella no quería ser privada de sí, quería ser ella misma. Creía que sufriría un grave castigo y hasta correría el riesgo de morir si sintiese ese gusto a vivir. Entonces se defendía de la muerte por intermedio de un vivir de menos, gastando poco de su vida para que ésta no se acabara” (Lispector, 2015, pág. 41)

Mujer ante espejo – Pablo Picasso (1923)

El camino de Macabea

En La teoría de la novela, Georg Lukács define la forma interior de la novela como un devenir y un proceso; y su forma exterior como una biografía: un punto de equilibrio entre el mundo interior y el mundo exterior, que se hallan en relación de extrañeza y hostilidad. Dicho proceso es la marcha que el individuo problemático emprende hacia él mismo. Es decir, estamos hablando del héroe novelesco y su camino de autoconocimiento.

Sabemos que Macabea viajó desde el Nordeste hacia la gran ciudad con su tía. Esto implica un proceso de búsqueda, aunque de manera inconsciente por parte de ella. Es cumplir con el mandato social de buscar mejores horizontes, un mandato de supervivencia para los sectores de menores recursos.

Esta inconsciencia nos daría la impresión que la nordestina no cumpliera con estas características del héroe.

Sin embargo, hay un elemento, un objeto específicamente, el espejo, que da cuenta de cómo transcurre este proceso de autoconocimiento en ella.

“Veo a la nordestina mirándose en el espejo y -redoblar de tambor- en el espejo aparece mi rostro cansado y barbudo. A tal punto nosotros nos intercambiamos. No hay duda que ella es una persona física.” (Lispector, 2015, pág. 31)

Así empieza Rodrigo perfilando el retrato de la nordestina, previo redoblar de tambores, generando el suspenso en la narración.

Luego, en un momento es despedida por el jefe, de quien está enamorada, por la cantidad de errores que cometía al escribir a máquina. Ella pide disculpas y el jefe suspende el despido.

“Se miró maquinalmente al espejo opaco y oscurecido por encima del lavabo inmundo y descascarado, lleno de cabellos, que tan bien combinaban con su vida. Le pareció que el espejo no reflejaba ninguna imagen. ¿Había desaparecido por si acaso su existencia física? Enseguida pasó esa ilusión y observó la cara toda deformada por ese espejo ordinario, la nariz vuelta enorme como la de un payaso con nariz de cartón. Se miró y pensó al pasar: tan joven y ya oxidada” (Lispector, 2015, pág. 34)

En un momento, por primera vez, ve un hombre que le gusta. El pudor que siente le produce un tartamudeo en el pensamiento. A continuación, debido a un dolor de columna permanente que tenía, miente al jefe, y le dice que va a faltar porque le sacarían un diente. A la mañana siguiente, todas sus otras compañeras de cuarto se habían ido a trabajar.

“(…) ella tuvo por primera vez en su vida una de las cosas más valiosas: la soledad. Tenía el cuarto sólo para ella. No creía usufructuar mucho espacio (…) en un acto de absoluto coraje pues su tía no la hubiese entendido, se puso a bailar. Danzaba y giraba porque al estar sola se volvía: ¡l-i-b-r-e! Se aprovechaba de todo, de la soledad arduamente conseguida, de la radio a pilas sonando lo más alto posible, de la vastedad del cuarto sin las Marías. Tomó como un favor que le hacía la propietaria, un poco de café soluble y, también, como favor, le pidió agua hirviendo y se tomó todo el café lamiéndose y delante del espejo para no perderse nada de sí misma. Encontrarse consigo misma era una alegría que hasta entonces desconocía. Creo que nunca estuve tan contenta en la vida, pensó” (Lispector, 2015, pág. 50)

Este fue su primer acto de rebeldía.

Vemos con estas citas el proceso del héroe en su autoconocimiento, de algún modo limitado, por las características de este personaje. En primer lugar, el espejo refleja a su “creador”, luego al principio no se ve (justamente es eso) para luego tomar conciencia de su fealdad; y por último, el espejo refleja un sujeto deseante, pero fundamentalmente, alguien que se atreve a poner en acción sus deseos.

Su conexión con el mundo: Olímpico

Desde otro punto de vista, nos gustaría aportar otro elemento teórico para continuar con el análisis. Voloshinov, en El discurso en la vida y el discurso en la poesía, sostiene que la forma es la que determina el contenido. No hay que dejar de tener en cuenta que la lectura que este autor nos propone es social ya que considera que “la obra poética es un poderoso condensador de evaluaciones sociales inexpresadas”. Evalúa la forma a partir de dos categorías: la de rango axiológico y la de grados de proximidad entre autor/héroe/lector.

“El primer de los aspectos del contenido que determina la forma es el rango axiológico ocupado por el acontecimiento representado y por su portador, el héroe (esté o no nombrado), rango que debe considerarse en su correlación rigurosa con el rango del creador y el del receptor. (…) Y el peso específico de la jerarquía del héroe se determina, a su vez, por el contexto axiológico fundamental e inexpresado al cual se integra el enunciado poético”

Si pensamos a Macabea en términos de este concepto, nos interesaría comenzar con una cita que plasma cómo se ubica este personaje con respecto a los demás con quienes interactúa:

“Sólo que necesitaba de los otros para creer en sí misma, sino se perdería en los sucesivos vacíos circulares que había en ella.” (Lispector, 2015, pág. 47)

Luego del episodio del espejo en que ella se reconoce y disfruta de sí misma, acontece su primer encuentro con Olímpico, su novio. Es importante remarcar que conocemos el nombre de la protagonista, Macabea, en este diálogo inicial. Hasta ahora, la conocíamos por la muchacha, la nordestina, ella, etc. Es decir, su encuentro con un otro masculino, la nomina y la hace tomar conciencia de su femineidad.

“Nunca olvidaría que en el primer encuentro él la había llamado „señorita?, él había hecho de ella un alguien. Como era un alguien, se compró un lápiz labial rosa.” (Lispector, 2015, pág. 62)

Durante los primeros tres encuentros llovía y la gentileza inicial de Olímpico se desvanece al decirle:

“¡Pero usted también lo único que sabe es llover!”

Este comentario es el inicio de esa relación y del vínculo que se establece entre ellos, este último es de clara desigualdad. Olímpico es el poseedor del saber.

“Macabea fingía una curiosidad enorme escondiéndole el hecho de que nunca entendía todo muy bien y que eso era siempre así” (Lispector, 2015, pág. 53)

Macabea se ubicará siempre por debajo del otro.

Olímpico le recrimina que todo lo que ella pregunta no tiene respuesta, le dice que sus saberes son cosas de marica, comienza a perder la paciencia del comienzo y se pone violento aunque no la insulta porque dice que es una chica casta, decente.

Sin embargo, Macabea empieza a reconocerse en la alteridad, entonces le cuestiona su afán de riqueza y frente a su certeza le dice: “¿No será una fantasía? Se diferencia de su ambición: “Creo que no necesito vencer en la vida” (Lispector, 2015, pág. 58)

Trata de compartir sus saberes de la radio y le pregunta las palabras difíciles que había escuchado, ella lo coloca en el lugar del saber.

“Ella encontraba a Olímpico muy conocedor de las cosas. Él decía lo que ella nunca había oído” (Lispector, 2015, pág. 61)

Es interesante ver cómo ella insiste en repreguntar “¿Qué quiere decir?”, nos hizo acordar al Principito que una vez que preguntaba no soltaba a su interlocutor hasta obtener una respuesta. Olímpico no responde porque lo que aprendió con su padrastro es a disimular y a manipular personas en su beneficio.

“Yo lo sé pero no tengo ganas de decirlo” (Lispector, 2015, pág. 59)

“Había sido criado por un padrastro que le había enseñado el modo educado de tratar a las personas y aprovecharse de ellas y le había enseñado a conquistar mujeres” (Lispector, 2015, pág. 53)

Su tipo de aprendizaje (el de la radio) es del tipo conductista, estímulo-respuesta:

“¿Sabés que más aprendí? Ellos dijeron que había que tener alegría de vivir. Entonces yo la tengo. También escuché una música linda y hasta lloré” (Lispector, 2015, pág. 59)

Esta era la primera vez que lloraba, frente al arte, frente a la única cosa bellísima que tuvo en su vida; y Macabea no lloraba por causa de la vida que llevaba, se había resignado a que la vida era así para ella.

Se arma de coraje y le canta a Olímpico la melodía, como un modo de desafiarlo.

Luego la relación se deteriora cada vez más. Olímpico comienza a desbarrancarse, la maltrata, la desvaloriza, le dice que tiene la cara triste, que es una flacucha rara, y que “tiene color de sucia”, para distinguirla del rosa de Marilyn Monroe, a quien Macabea admiraba. Le cuestiona, frente a la cantidad de preguntas que ella le hace, para qué sirve saber tanto. Tengamos en cuenta que él también es un ignorante pero lo disimula. La trata de idiota. Ella ignora quién es en verdad.

“-No sé bien lo que soy, me encuentro un poco… ¿qué?… Quiero decir, no sé bien quién soy.

-Pero por lo menos sabés que te llamás Macabea, ¿no?

-Es verdad. Pero no sé lo que hay dentro de mi nombre. Sólo sé que nunca fue importante

-Pues quiero que sepas que mi nombre será escrito en los diarios y será conocido en todo el mundo” (Lispector, 2015, pág. 65)

Las otras

Otro de los personajes con los que interactúa la protagonista es Gloria, su compañera de oficina.

Diametralmente opuesta a Macabea, es quien se queda con el “amor” de Olímpico. El ve en ella muchísimas ventajas que no encontró en la nordestina. Era rubia, aunque teñida; sus caderas reflejan su maternidad, a diferencia de los ovarios marchitos como hongos secos de Macabea; es carioca y mulata; es fea pero alimentada, lo que la volvía “material de pura cepa y de primera calidad”. Notamos la cosificación de la mujer en el mundo Olímpico.

“A pesar de ser blanca, tenía en sí la fuerza de lo mulato (…) Pero aún oxigenada ella era rubia, lo que significaba un peldaño más para Olímpico (…) El hecho de ser carioca la hacía pertenecer al ambicionado clan del sur del país.” (Lispector, 2015, pág. 67)

“Viéndola, él enseguida adivinó que, a pesar de ser fea estaba bien alimentada. Y eso hacía de ella material de buena calidad.”

“Olímpico supo que Gloria tenía madre, padre y comida caliente en la hora justa. Eso la volvía de primera calidad. (…) Por las caderas se adivinaba que ella sería buena pariendo. Le pareció que Macabea, en cambio, terminaba en ella misma.” (Lispector, 2015, pág. 68)

Durante la ruptura con Olímpico, Macabea ríe porque no se acordó de llorar. Y frente a la relación de Gloria con su ex novio:

“Macabea entendió una cosa: Gloria era un estruendo de la existencia. Y todo se debía a que Gloria era gorda.” (Lispector, 2015, pág. 69)

Su deseo era ser gorda, tener carnes. Su único pedido en su vida había sido a su tía, que le diera hígado de bacalao, lo había visto en las publicidades. La tía se negó rotundamente ya que lo consideraba un lujo.

Lujo también era la tristeza, eso es cosa de ricos. Por ese motivo no se permitió estar triste, ya que no lo era, y continuar como si no hubiese perdido nada.

Lujo fue el que observó en la casa de Gloria, cuando esta la invitó a merendar por la culpa que tenía de haberle quitado al novio. La abundancia de comida la turbó, la casa tenía hasta teléfono.

“Fue tal vez esa una de las pocas veces en las que Macabea vio que no había lugar para ella en el mundo, y justamente por todo lo que le daba Gloria” (Lispector, 2015, pág. 74)

El último personaje que nos interesa destacar es Madame Carlota, la cartomante.

Macabea acude a ella a instancias de Gloria que se la recomienda, incluso hasta le presta el dinero para pagar la consulta. Con otro acto de audacia, falta al trabajo, aludiendo dolor de dientes. Se toma un taxi para llegar hasta allí. También queda deslumbrada por la decoración en plástico que ostentaba la casa, lo consideraba lujo.

Madame Carlota tiene un modo de hablar cariñoso: mi florcita, linda cosita, mi adoradita; y hasta le ofrece café.

“Macabea se sentó un poco asustada porque le faltaban antecedentes de tanto cariño.” (Lispector, 2015, pág. 80)

Durante la consulta, la adivina comienza a hablar de sí misma contando su vida, que fue puta, luego madama y que con ese dinero pudo comprarse su casa. Le cuenta las bondades del olor a hombre y hasta de incursionar en el sexo con mujeres.

Ya en el transcurso de la tirada:

“Macabea separó una parte del mazo con mano trémula: por primera vez iba a tener un destino. Madame Carlota era un punto elevado en su existencia. Era el vórtice de su vida.”

Al interpretar las cartas, la cartomante se horroriza por la vida terrible que la nordestina tiene.

“nunca se le había ocurrido que su vida era tan mala” (Lispector, 2015, pág. 83)

Notamos como cada uno de estos personajes la interpela, la hace tomar conciencia de su ser y de su vida. Estos personajes representan para Macabea su conexión con el mundo.

La proximidad

El segundo de los aspectos planteados por Voloshinov, es el de grados de proximidad entre autor/héroe/lector. Esta proximidad se manifiesta a través de la persona elegida para enunciar, en este caso, en primera persona, lo que implica un acercamiento, una complicidad y empatía además. Este autor concibe al fenómeno estético como permanente proceso de interacción entre los tres participantes. Aquí, Rodrigo, tan próximo a Macabea, también se acerca al lector interpelándolo permanente en su diégesis, como ya vimos en la primera parte.

“Lo que pasa es que sólo escribo lo que quiero, no soy un profesional y necesito hablar de esa nordestina si no me ahogo. Ella me acusa y el modo de defenderme es escribir sobre ella.

“(…) ¿Será verdad que la acción va más allá de la palabra? Pero que al escribir, el nombre real sea dado a las cosas. Cada cosa es una palabra. Y cuando no la tiene, se la inventa. Fue el Dios de Ustedes el que nos dio la orden de inventar.” (Lispector, 2015, pág. 27)

“Cuiden de ella porque mi poder consiste en mostrarla para que ustedes la reconozcan por la calle” (Lispector, 2015, pág. 29)

Al comienzo el narrador tiene una valoración crítica con respecto a Macabea.

“la dactilógrafa no quiere bajar de mis hombros. Justo yo que constato que la pobreza es fea y promiscua” (Lispector, 2015, pág. 31)

“si hubiera algún lector para esta historia quiero que se empape de la joven así como un trapo de piso todo encharcado. La muchacha es una verdad de la cual yo no quería saber.” (Lispector, 2015, pág. 48)

No quería pero ahora quiere, y por eso le da forma, dimensión, la objetiva a través de la escritura. Comienza lentamente a sentir simpatía, consideración, identificación.

“No tenía aquella cosa delicada que se llama encanto. Sólo yo la veo encantadora. Sólo yo, su autor, la amo. Sufro por ella” (Lispector, 2015, pág. 36)

“Cuando pienso que podría haber nacido ella -¿y por qué no?- me estremezco. Y me parece una fuga cobarde el hecho de yo no ser ella y siento culpa, como dije en uno de mis títulos.” (Lispector, 2015, pág. 48)

Rodrigo enmarca el determinismo social de la protagonista en el destino vivido como una condena.

“Era fruto de la cruza de „qué con „qué? (…) ella parecía haber nacido de una idea vaga cualquiera de padres hambrientos.”

Así vemos esto reflejado en el relato, cuando Olímpico la invita a tomar un café, ella “le puso mucha azúcar para aprovechar” aunque no pudiera casi tomarlo. O cuando va a la casa de Gloria le sucede algo parecido, la merienda con chocolate le había caído mal pero no vomitó, justamente para no desperdiciar. Este determinismo mencionado la lleva a no preocuparse por su futuro, porque “tener futuro era un lujo” (Lispector, 2015, pág. 66)

“Ah, si pudiese agarrar a Macabea, darle un buen baño y un beso en la frente mientras la cubro con una frazada. Y hacer que al despertarse se encontrara con el lujo de vivir.” (Lispector, 2015, pág. 67)

“Sí, estoy apasionado por Macabea, mi querida Maca, apasionado por su fealdad y anonimato total pues ella, no existe para nadie. (…) Quisiera tanto que ella abriese la boca y dijese:

-Estoy sola en el mundo y no creo en nadie; todos mienten, a veces hasta en el momento del amor. Yo no creo que un ser hable con el otro, la verdad sólo me surge cuando estoy sola.” (Lispector, 2015, pág. 76)

Estas son las marcas de amor del narrador en el texto.

Macabea, sin embargo, nunca pudo decir estas frases. Ella que pensaba “sin palabras”, que nunca tenía la “palabra verdadera”, que afirma que tiene “miedo de las palabras” cuando Madame Carlota se lo pregunta.

La adivina, frente al desastre que era la vida de la nordestina, se apiada de ella y le “lee” un futuro promisorio. Ahí ella toma conciencia que su vida era una miseria y le dan ganas de llorar al conocer su lado opuesto.

“Sus ojos estaban bien abiertos por una súbita voracidad de futuro. Y yo también estoy esperanzado, al fin.” (Lispector, 2015, pág. 84)

Por supuesto en ningún momento se plantea si lo que dice Madame Carlota es verdadero. Ella necesita creer porque nunca había tenido el coraje de tener esperanza.

“pues su vida ya había cambiado. Había cambiado por las palabras – desde Moisés se sabe que la palabra es divina.” (Lispector, 2015, pág. 86)

“Hoy, pensó ella, hoy es el primer día de mi vida: nací.” (Lispector, 2015, pág. 88)

Las palabras que siempre fueron escamoteadas para ella, en esta oportunidad, la iluminan. Le dan ganas de llorar porque la esperanza ilumina sus ojos que resplandecen como el sol que moría. Con esa certeza va a su encuentro con el Destino (así, con mayúsculas)

“Allí acostada, tuvo una húmeda felicidad suprema, pues ella había nacido para el abrazo de la muerte.” (Lispector, 2015, pág. 91)

Conclusión

Finalmente, para concluir este escrito nos gustaría retomar algunas cuestiones ya desarrolladas.

Rodrigo nos dijo “la forma hace al contenido”, crea entonces un personaje que al principio detesta, para dar sentido a la soledad que lo impulsa a escribir, como un acto de necesidad.

“¿Por qué escribir sobre una joven que no tiene siquiera una pobreza ornamentada?

(…) Para ser más que yo, que soy tan poco.” (Lispector, 2015, pág. 30)

Apela a ese otro que es el lector, primero como un modo de acercarse para luego dejar instalada su visión del mundo, desde dónde escribe y por qué.

“Si el lector posee algún dinero y una vida acomodada, saldrá de sí para ver cómo es el otro. Si es pobre, no me estará leyendo porque es superfluo para quien tiene un ligero hambre permanente. Yo hago aquí el papel para ustedes de una válvula de escape de la vida aniquiladora de la burguesía de clase media (…) Ella era subterránea y nunca había florecido. Miento: ella era hierba” (Lispector, 2015, pág. 40)

Elige este ser invisibilizado porque “a través de esa joven doy mi grito de horror a la vida” (Lispector, 2015, pág. 42).Grita frente a la injusticia en la que nos sumerge esta sociedad capitalista, que condena al marginal, que sepulta en vida tantos destinos.

Es a partir de las palabras de Madame Carlota, que la protagonista cree que por fin será merecedora de un futuro. Macabea toma conciencia plena de sí, de su vida miserable, minutos antes del desenlace de esta historia; la posibilidad de soñar, de cambiar su destino le da el coraje para tener esperanza. Es el momento en que puede afirmar su ser a pesar de estar agonizando

“Se agarraba a una hilacha de conciencia y se repetía mentalmente sin cesar: yo soy, yo soy, yo soy.”

 Su único resplandor acontece al protagonizar su propia muerte.


BIBLIOGRAFÍA

  • Lispector, Clarice (2015). La hora de la estrella. Editorial Corregidor, Buenos Aires
  • Lukacs, George (1971), Teoría de la novela. Ficha de cátedra.
  • Voloshinov, Valentín (1926) “El discurso en la vida y el discurso en la poesía” (contribución a una poética sociológica). Traducido de Todorov T. M. Bakhtim. Le príncipe dialogique. Paris. Seuil. 1981.

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