Shylock, el buitre de Shakespeare

Se afirma que la dramaturgia de William Shakespeare ahonda en las psicologías de los personajes, un carácter que pronostica la teoría de Sigmund Freud[1]. Hay otra característica anticipatoria, de algo que sería realidad recién en el siglo XX, la cinematografía. Aun respetuoso de la cronología de los hechos, varias de sus obras saltan de acto en acto y de escena en escena de un lugar a otro y de unos personajes a otros. El hecho de que fuese el propio Shakespeare quien dirigía la puesta le permitía resolver los cambios escénicos in situ, detalle que explica por qué en sus textos no aparece prácticamente ninguna didascalia. Hoy es la cinematografía la que nos cambia de lugar y de clima emocional sin solución de continuidad. Llama poderosamente la atención que en aquel teatro del siglo XVI se lograra esa dinámica pues la tramoya era otra[2].

Shylock1Esta característica se nota muy bien en el “El mercader de Venecia”, donde los cambios son abruptos: de una calle de Venecia vamos a un palacio en Belmont, del diálogo entre los amigos de Antonio a los de Bassanio y Shylock, del clima casi bélico que propone el judío al romántico de los pretendientes de Porcia. Pero además, si no es suficiente esta suma de características (psicología de los personajes, dinámica de las escenas), “El mercader de Venecia” consta de dos relatos paralelos: uno, inicio y cierre de la comedia, los idilios entre Porcia y Bassanio, Nerissa y Graciano, Jessica y Lorenzo; y otro, y objeto de este ensayo, el contrato entre Antonio y Shylock.

Bassanio recurre a Antonio por un préstamo. Como el mercader tiene su capital en barcos por diversos lugares del mundo, le aconseja solicite un crédito que él le sale de garante. Hace su aparición Shylock, a quien Bassanio pide tres mil ducados por tres meses. Shylock acepta al saber que es Antonio el garante, de quien piensa:

¡Qué fisonomía semejante a un hipócrita publicano! Le odio porque es cristiano, pero mucho más todavía porque, en su baja simplicidad, presta dinero gratis y hace así descender la tasa de la usura en Venecia. Si alguna vez puedo sentarle la mano en los riñones, satisfaré por completo el antiguo rencor que siento hacia él. Odia a nuestra santa nación, y hasta en el lugar donde se reúnen los mercaderes se mofa de mí, de mis negocios y de mi ganancia legítimamente adquirida, que él llama usura. Maldita sea mi tribu si le perdono.[3]

Shylock y Antonio, en adelante acreedor y deudor, llegan a un acuerdo, pero un extraño acuerdo:

…a manera de broma será estipulado que, si no pagáis tal día, en tal lugar, la suma o las sumas convenidas, la penalidad consistirá en una libra exacta de vuestra hermosa carne, que podrá ser escogida y cortada de no importa qué parte de vuestro cuerpo que me plazca.

Bassanio se niega a que Antonio acepte semejante punitorio. Antonio lo tranquiliza: en dos meses, uno antes del vencimiento, su barcos le traerán “tres veces el triple” de los tres mil ducados.

Dos calamidades, una singular, la otra fatídica, sucederán a lo largo de esos tres meses. Jessica, hija de Shylock, se va (literalmente huye) de su casa para casarse con Lorenzo, un cristiano, llevándose joyas y dinero como una suerte de dote. La segunda calamidad: los barcos de Antonio encallan, chocan con los arrecifes, se hunden. Ante estas dos calamidades interesa lo que Shakespeare construye para Shylock:

Shylock2SHYLOCK. —¡Hola, Túbal! ¿Qué noticias hay de Geno­va? ¿Has hallado a mi hija?

TÚBAL. —He parado en más de un lugar donde se habla de ella, pero no he podido encontrarla.

SHYLOCK. —¡Oh, ay, ay, ay! ¡Un diamante perdido que me había costado dos mil ducados en Francfort! La maldición no había nunca caído sobre nuestro pueblo hasta la fecha; yo no la había sentido jamás hasta hoy. ¡Dos mil ducados perdidos con ese diamante, y otras preciadas, muy preciadas alhajas! Quisiera que mi hija estuviese muerta a mis plantas, con las joyas en sus orejas; quisiera que estuviese enterrada a mis pies, con los ducados en su féretro. ¿Ninguna noticia de los fugitivos? No, ninguna. Y no sé cuánto dinero gastado en pesquisas. ¡Ah! ¿Ves tú? ¡Pérdida sobre pérdida! ¡El ladrón ha partido con tanto, y ha sido necesario dar tanto para encontrar al ladrón y ninguna satisfacción, ninguna venganza, ninguna mala suerte para otras espaldas que estas mías, ningunos otros suspiros que los que yo lanzo, ningunas otras lágrimas que las que yo vierto!

TÚBAL. —¡Sí, otros hombres tienen también su mala suerte! Antonio, por lo que he sabido en Génova…

SHYLOCK. —¿Qué, qué, qué? ¿Una desgracia? ¿Una desgracia?

TÚBAL. —Ha perdido un galeón que venía de Trípoli.[4]

SHYLOCK. —¡Gracias a Dios! ¡Gracias a Dios! ¿Es verdad?

TÚBAL. —He hablado con algunos de los marineros que han escapado del naufragio.

SHYLOCK. —Te doy las gracias, mi buen Túbal. ¡Buenas noticias! ¡Buenas noticias! ¡Ja, ja! ¿Dónde fue eso? ¿En Génova?

TÚBAL. —Vuestra hija ha gastado en Génova, según he oído decir, ochenta ducados en una noche.

SHYLOCK. —Me hundes un puñal en el corazón; no volveré a ver más mi oro. ¡Ochenta ducados de una sola vez! ¡Ochenta ducados!

TÚBAL. —Han venido en mi compañía, camino de Venecia, diversos acreedores de Antonio, que juraban que no podría evitar la bancarrota.

SHYLOCK. —Me alegro mucho de eso; le haré padecer, le torturaré. Estoy gozoso.

TÚBAL. —Uno de esos acreedores me ha enseñado un anillo que había recibido de vuestra hija a cambio de un mono.

SHYLOCK. —¡Maldita sea! Me atormentas, Túbal. Era mi turquesa. La adquirí de Leah cuando era muchacho; no la habría dado por todo un desierto lleno de monos.

TÚBAL. —Pero Antonio está ciertamente arruinado.

SHYLOCK. —Sí, sí, es verdad; es muy cierto. Anda Túbal; tenme a sueldo un corchete; prevenle con quince días de anticipación. Si no está puntual en el día fijado, quiero tener su corazón; porque, una vez [Antonio] fuera de Venecia podré hacer todo el negocio que se me antoje.

Ante la caída del contrato y la inminencia del juicio, dos significativas escenas:

SALARINO. —¡Bah! Estoy seguro de que si no está en regla, no le tomarás su carne. ¿Para qué sería buena?

SHYLOCK. —Para cebar a los peces. Alimentará mi venganza, si no puede servir para nada mejor.

(…)

SALARINO. —Estoy seguro de que el Dux no otorgará jamás la ejecución de ese contrato.

ANTONIO. —El Dux no puede impedir a la ley que siga su curso, a causa de las garantías comerciales que los extranjeros encuentran cerca de nosotros en Venecia; suspender la ley sería atentar contra la justicia del Estado, puesto que el comercio y la riqueza de la ciudad dependen de todas las naciones.

En Belmont, Bassanio informa las novedades a Porcia quien, alarmada, junto con su doncella Nerissa, instan a sus prometidos formalizar los matrimonios pero que la noche nupcial se demore hasta la solución del pleito entre Antonio y Shylock, y les instan a que partan inmediatamente a Venecia para ayudar al amigo en apuros. Mientras, algo conviene con Nerissa.

Tribunal de Justicia. Preside el Dux, máxima autoridad de Venecia. Comparecen las partes; asisten otros notables y amigos de Antonio. La solicitud de convertir la multa estipulada en el contrato por otro resarcimiento surge tanto del Dux como de los demás asistentes. Shylock exige se ejecute lo convenido en el contrato y les recuerda a todos que no se puede desdecir la ley sin perjudicar el sistema jurídico de Venecia. Las cartas están echadas y Antonio pide se lleve adelante lo que corresponda, esto es, quitarle una libra de carne de su cuerpo. Ya nada ni nadie puede evitar lo inevitable.

En ese momento hacen su aparición dos jóvenes, uno un abogado, otro su auxiliar (Porcia y Nerissa debidamente disimulados), enviados por el doctor Belanio, un notable jurisconsulto de Padua y primo de Porcia. Es aceptada la intervención por el Dux. Se suceden una serie de intercambios entre el abogado y Shylock, incluyendo que el demandante acepte un resarcimiento en dinero (oferta que llega a varias veces el valor original) a cambio de la cláusula firmada en el contrato. Shylock se niega reiterando su amenaza sobre la situación jurídica de Venecia. Pregunta el abogado a Shylock si previó un cirujano para la salvaguarda de la vida del deudor. “¿Figura eso en el contrato?” pregunta Shylock. Una última pregunta, si renuncia a toda otra oferta que no sea lo pactado en el contrato, a lo que Shylock responde: “¡Que mis acciones caigan sobre mi cabeza! Exijo la ley, la ejecución de la cláusula penal y lo convenido en mi documento”. Cerrada la discusión, el abogado anuncia que ya es momento de llevar adelante la ejecución. Shylock se regodea alabando al letrado como un notabilísimo juez, pero éste produce un giro generando el desenlace de esta parte de la comedia:

PORCIA [En la apariencia del joven abogado]. —…podéis cortar esa carne de su pecho. La ley lo permite y el tribunal os lo autoriza.

SHYLOCK. —¡Doctísimo juez! ¡He ahí una sentencia! ¡Vamos, preparaos!

PORCIA. —Detente un instante: hay todavía alguna otra cosa que decir. Este pagaré no te concede una gota de sangre. Las palabras formales son éstas: una libra de carne. Toma, pues, lo que te concede el documento: toma tu libra de carne. Pero si al cortarla te ocurre verter una gota de sangre, tus tierras y tus bienes, según las leyes de Venecia, serán confiscadas en beneficio del Estado de Venecia.

SHYLOCK. —¿Es ésa la ley?

PORCIA. —Verás tú mismo el texto; pues ya que pides justicia, ten por seguro que la obtendrás, más de lo que deseas.

SHYLOCK. —Acepto su ofrecimiento entonces: págue­me tres veces el valor del pagaré y déjese marchar al cristiano.

BASSANIO. —Aquí está el dinero.

PORCIA. —¡Despacio! El judío tendrá toda su justicia. ¡Despacio! Nada de prisas. No tendrás nada más que la ejecución de las cláusulas penales estipuladas. (…) ¿Por qué os detenéis?

SHYLOCK. —Dadme mi principal y dejadme partir.

PORCIA. —Lo ha rehusado en pleno tribunal. Obtendrá justicia estricta y lo que le conceda su pagaré.

SHYLOCK. —¿No conseguiré pura y simplemente mi principal?

PORCIA. —No tendrás sino la retractación estipulada para que a tu riesgo la tomes.

Las consecuencias para Shylock son peores: pierde todos sus bienes. Tanto que Graciano le advierte: “Suplica que te den permiso para ahorcar­te en persona; sin embargo, como todas tus riquezas están confiscadas en provecho del Estado, no te queda el valor de una cuerda; por tanto, debes ser ahorcado a expensas del Estado”.

Shylock3Hasta aquí lo esencial. Una observación: Shakespeare deja mal parado al pueblo judío; por qué razón lo hace, no lo sabemos, más allá de la fama que se le atribuye a ese pueblo, pero elige a Shylock, un judío, como arquetipo del usurero. Podría haber elegido a otro (un turco, un holandés, por qué no a un inglés) pero su decisión fue esa. Hecha esta salvedad, vamos a lo que rescatamos como significativo de “El mercader de Venecia”.

Si se ha elegido esta parte de la obra, el pleito entre Shylock y Antonio, se debe a la actualidad de lo que Shakespeare denuncia: el criterio a aplicar en el momento de concretar un préstamo en dinero o el manejo que se hace de ello. Para ello pone frente a frente (también frente al Estado y la Ley), a quien presta por el bien del otro (Antonio) y a quien lo hace para beneficio propio (Shylock). La obra recurre a hechos “casuales” pero necesarios: Bassiano necesita dinero, Antonio no se lo puede prestar pero le sale de garante. Shylock, que odia a Antonio porque le entorpece el negocio, resulta el prestamista. Surge el contrato con una cláusula extraña (la libra de carne). Pareciera que ambos, Shylock y Antonio, apuestan: el mercader confiando en sus barcos, el judío por lo contrario, y nadie podía predecir la catástrofe de los barcos de Antonio. Todo es azaroso hasta que las calamidades acontecen y aparece el verdadero Shylock, el codicioso, al punto de no llorar la pérdida de su hija sino de sus bienes y de regocijarse por la bancarrota de Antonio.

El juicio es el centro de la historia. Shylock sabe que la ley lo ampara (todo acuerdo entre partes lo es), rehúsa el dinero y exige el cumplimiento de la cláusula (no olvidemos que su objetivo es: una vez Antonio fuera de Venecia, esto es, muerto, podrá seguir con su usura sin que nadie lo moleste) advirtiendo sobre la seguridad jurídica de Venecia, algo que bien sabía Antonio. Obsérvese que Shakespeare se detiene en esta circunstancia, es bastante explícito al hacer notar que el Dux (el Estado) nada puede hacer, dejando en el desamparo al deudor porque es más importante la seguridad jurídica del país. Pero el juicio revierte todas las expectativas y el final es “feliz”: el contrato será ley, pero está por debajo del Derecho; si la ejecución de la cláusula arrastra consecuencias no contempladas por el contrato (la sangre) y habiendo el acreedor renunciado a todo otro resarcimiento, será responsable de dichas consecuencias. Es verdad que debieron construirse una serie de artificios literarios para llegar a este final, pero importan el enfrentamiento entre quien presta por bien de otro ante quien lo hace para beneficio propio, y el examen ya no de la ley explícita sino de su espíritu, algo que quien hace de juez (Porcia) logra y demuestra.

“El mercader de Venecia” fue escrita en 1598 y publicada en 1600. Estamos en los inicios del Capitalismo y su arma, la Economía de Mercado.[5] Antonio, aun siendo un resabio del señor feudal, es mercader, por lo tanto participa de esa metodología económica, pero lo hace con bienes tangibles. Shylock no, lo hace con dinero, un bien intangible. Ambos pueden o no especular con sus bienes. Hasta donde sabemos, Antonio no lo hace con su dinero, presta sin interés. Shylock practica la usura.[6]

La práctica mercantil existió desde siempre (comenzó con el trueque) y seguirá existiendo, es una manera de satisfacer las necesidades. El dinero también es de larga data, al principio con objetos, luego en metálico, al fin el papel moneda. Ha sido un gran invento. Tanto el Mercado como el dinero son necesarios. El problema es la especulación. Ya Antonio es arquetipo de quien opera con bienes tangibles, surgidos de la producción o, en el más sencillo de los casos, de la extracción; Shylock obtiene ganancia de lo que no produce y comete uno de los más grandes yerros económicos: convertir el dinero en objeto de mercado cuando sólo es medio para permitir las transacciones. Las funciones de banquero, prestamista, financista o inversor caben perfectamente en Shylock. Los bancos son necesarios, alguien debe favorecer financieramente a la producción de bienes, pero el término “inversor” cambia un poco, o tal vez mucho, el horizonte. Ya no se presta para bien del otro, quien producirá o satisfará sus necesidades, sino que el objeto del dinero es el beneficio de quien presta, sin importar qué suceda del otro lado de la transacción. Más aùn cuando el beneficio es a costa de la desgracia del otro; una total deshumanización de la economía y la producción.

Tempranamente, en los inicios de capitalismo, William Shakespeare no solo lo vio sino que denuncia en su comedia la usura, la rigidez de las leyes y la amenaza de su desobediencia (esto “espanta a los inversores”), la actitud agresiva de quien teme por su negocio, la actitud hipócrita de ir adelante sin medir las consecuencias, la pasividad del Estado, o al menos su inoperancia, y, al fin, exalta la lectura del juez que ve lo que no está escrito en el contrato pero que surge del mismo. Y todo esto en los albores del Capitalismo…[7] ¿Otra anticipación por parte de Shakespeare?


[1] Harold Bloom, además de ubicar a Shakespeare en el centro del canon, afirma que la investigación de Freud es reflejo de lo que ya delineara el dramaturgo por medio de sus tragedias.

[2] Bertolt Brecht es el ejemplo de técnicas escénicas complejas, pero qué hubiera podido en tiempoa de Shakespeare.

[3] El texto de la obra segùn traducciòn de Luis Astrana Martín y Manuel Mujica Lainez. William Shakespeare, Teatro, Poesía; Círculo de lectores, Barcelona, 1982.

[4] Túbal habla del barco en Trípoli, pero en Venecia van sabiendo que no es el único.

[5] Existe una hipótesis, aún no estudiada en Economía, que asegura que el surgimiento del Capitalismo se debió en buena medida por todo el oro y la plata que Europa extrajo de América. De no haber sido así, tal vez los acontecimientos habrían sido otros.

[6] Debemos aquí aclarar qué es usura y su devenir en la historia. En su acepción original, usura es el interés que se obtiene por el préstamo; con el tiempo se aplicó para cuando el interés es mayor a una media aceptada socialmente. Fue combatida por la antigua India, por Roma y prohibida en la Edad Media. Es criticada en textos como el Antiguo Testamento, el Talmud, el Corán y los Vedas. El Cristianismo lo objeta en gran parte de su doctrina, pero, si bien Lutero y Calvino no están de acuerdo con la usura, es tras la Reforma que las sociedades occidentales comienzan a practicarla con mayor liberalidad.

[7] A medida que pasó el tiempo la Literatura se hizo cargo de este flagelo. Cabe citar dos obras: “Crimen y castigo”, de F. Dostoievsky (la razón del crimen es una usurera), y “La ópera de los tres peniques”, de B. Bretch, que no precisa comentario alguno.

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