¿Quién es el monstruo?

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“BERGANZA.Cipión hermano, óyote hablar y sé que te hablo, y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza. CIPIÓN.Así es la verdad, Berganza; y viene a ser mayor este milagro en que no solamente hablamos, sino en que hablamos con discurso, como si fuéramos capaces de razón, estando tan sin ella que la diferencia que hay del animal bruto al hombre es ser el hombre animal racional, y el bruto, irracional.

BERGANZA.Todo lo que dices, Cipión, entiendo, y el decirlo tú y entenderlo yo me causa nueva admiración y nueva maravilla”

“El coloquio de los perros,” la última de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes, narra  la asombrosa historia de dos perros que hablan, y la travesía teórica de los personajes en busca de una explicación lógica al hecho imposible de su conversación.

Esta novela está ligada a la anterior “El casamiento engañoso” ya que  le sirve de marco explicativo. Por eso, es necesario analizarlos en su conjunto. En “El casamiento,” el Alférez Campuzano, enfermo y recuperándose de sífilis en el hospital de la Resurrección, le da a leer al licenciado Peralta un coloquio entre dos perros, Cipión y Berganza, el cual redactó mientras estaba internado. Cuenta las aventuras y desventuras de sus personajes, sus relaciones con los humanos y a la vez ensaya diversas explicaciones que hagan posible el  diálogo entre ambos animales.

Este intento por auto-justificarse, encontrar lo verosímil que pueda haber entre el absurdo de unos perros parlantes y pensantes en un genuino objeto literario, manifiesta el innegable carácter metaficcional del texto. El texto plantea y resuelve interrogantes sobre el mismo texto y la propia condición literaria: si es creíble el coloquio de los perros, si está bien escrito, o si abusa de las digresiones, entre otras cuestiones. Cervantes propone  una poética, un conjunto de reglas sobre la literatura, cuya base se asienta sobre un hecho imposible.

Una pequeña reseña: Peralta lee el libro que Campuzano escribió sobre la conversación entre dos perros, Berganza y Cipión. La lectura comienza con Berganza, que cuenta su vida a su compañero Cipión. Berganza cree haber nacido en Sevilla, quizá en un matadero, donde tuvo su primer amo, el matarife Nicolás el Romo. Escapó de su crueldad y vivió después con unos pastores en el campo, como guardián del rebaño. Allí su misión era atrapar al lobo que intentaba comerse a las ovejas. Si no lo lograba, era habitual que lo castigaran ferozmente. Mientras está vigilando descubre que son los mismos pastores quienes matan al rebaño, pero no puede comunicárselo a su patrón, ya que es un perro, con entendimiento pero todavía sin el don del habla. Ante la consecuente golpiza que le esperaba, escapa hacia   Sevilla y sirve a un rico mercader. Por lealtad a su amo rechaza los sobornos de la criada y, ante la segura venganza de la negra, se marcha y encuentra como nuevo amo al alguacil amigo de Nicolás el Romo.

Abandona aquel mundo de alguaciles, escribanos, prostitutas y rufianes asociados en el robo, y se une a una compañía de soldados, en Mairena del Alcor. Cuando el tamborilero y el “perro sabio”, adiestrado en espectaculares prodigios, llegan a Montilla, la bruja Cañizares reconoce en Berganza al hijo de la Montiela, cuyos dos niños habían sido transformados en perros por la bruja La Camacha. Una vez descubierta y humillada la bruja Cañizares, el perro huye y va a parar a un campamento de gitanos, cerca de Granada. También se marcha y sirve, en las afueras de Granada, a un hortelano morisco. Mal alimentado entre los de aquella raza, consuela su estómago con las migajas que le ofrece un poeta, y sale adelante como “entremesista y farsante de figuras mudas”, hasta que, herido en la representación de un entremés en Valladolid, cansado de todo, Berganza entra al servicio de Mahudes, en el Hospital de la Resurrección.

El coloquio de los perros nos ofrece ya desde el comienzo el problema sobre el acatamiento del destino, y lo que Bataillon ha llamado también “la lucha de cada personaje por salir de su encasillamiento”. Nada más expresar los perros la admiración y el portento que les parece poseer la facultad del lenguaje, afirman que han oído grandes alabanzas de los hombres a los perros, y todas ellas por su fidelidad y amistad. Cipión: “…lo que yo he oído alabar y encarecer es nuestra mucha memoria, el agradecimiento y gran fidelidad nuestra; tanto que nos suelen pintar por símbolo de la amistad, y así habrás visto que en las sepulturas de alabastro, donde suelen estar las figuras de los que allí están enterrados, cuando son marido y mujer, ponen entre los dos, a los pies, una figura de perro, en señal de que guardaron en la vida amistad y fidelidad inviolable…”

Cervantes, en  el Prólogo a sus Novelas ejemplares, nos manifiesta su intención de que el lector saque algo provechoso de las novelas así de todas juntas, como de cada una en particular, y tras insistir en el carácter de entretenimiento deja caer una frase “sibilina” -en palabras de Julián Marías- que dice así: Sólo esto quiero que consideres, pues yo he tenido osadía de dirigir estas novelas al Conde de Lemos, algún misterio tienen escondido que las levanta.

“Todas juntas y por sí mismas”, Cervantes hablaba muchas veces con doble sentido, con la intención  de desenmascarar una sociedad donde dominaban valores castizos, alejados de sus ideas estoicas,

En palabras de Américo Castro: Lo frecuente es que tales ideas bogasen libremente por el campo de la literatura, protegidas por fórmulas ambiguas de lenguaje, en apariencia ortodoxas, o a favor del flexible recurso de la doble verdad.

Teniendo presente esta “doble verdad” no es de extrañar que las novelas tengan “algún misterio que las levanta”.

Este “verlas todas juntas y por sí mismas”, entonces, permite entrever un misterio que las conduzca hacia algo más que entretener y “no hacer daño” -como también apunta Cervantes en el Prólogo- intentado desnudar la hipocresía reinante detrás de una sociedad cuyos valores cuestionaba el escritor y  de una iglesia que se infectada de poder, e la cual comenzaban a aparecer voces de autocrítica.

El Coloquio de los perros, está cargado de un  pesimismo inmanente y social,  pero deja soslayar cierto optimismo en función de una idealización platónica de la Idea de Virtud.

Sabemos que las novelas no tienen una redacción lineal, se publican juntas en 1613, cada una de ellas constituye un clima de cierta autonomía. Entonces ¿por qué “todas a una”? Tal vez sea porque los múltiples  personajes de todas las novelas ejemplares, confluyen en la última cuyos protagonistas son dos perros desenmascaradores de la realidad social mucho más incisivos que los anteriores personajes humanos de las otras novelas.

Cipión mismo advierte que “…los cuentos unos encierran y tienen la gracia en ellos mismos; otros, en el modo de contarlos…”, traduciendo de Cicerón en su De oratore: ”Duo enim sunt genera facetiarum, quorum alterum re tractatur, alterum dicto” (1, II).

Es decir, que tan importante puede ser el contenido de un texto como su forma. Por una parte, el placer literario se deriva no sólo del mensaje que se propone o de los hechos que se narran sino también de los medios expresivos que se utilizan para transmitir el contenido del texto. La literatura es en ese sentido siempre auto-referencial y narcisista: se mira a sí misma, se proyecta hacia los medios formales que la hacen posible, utiliza el lenguaje para gozar del lenguaje.

Por otra parte, el aforismo ciceroniano que cita Cipión apunta al hecho de que la literatura tiene un universo propio, más o menos diferenciado de la realidad, cuya única justificación puede ser “el modo de contar” (y no lo que se cuenta). Es decir, el cómo se dice, vale tanto como el mensaje de un texto o lo que dice. Esta contradicción entre las reglas naturales del universo físico y las reglas literarias la pone de manifiesto el propio Berganza cuando narra su experiencia como perro pastor. En contacto con el mundo “real” de los pastores, la literatura bucólica no guarda ninguna similitud:

“…porque si los míos [pastores] cantaban, no eran canciones acordadas y bien compuestas, sino un ‘Cata el lobo dó va, Juanica’ y otras cosas semejantes;… y no con voces delicadas, sonoras y admirables, sino con voces roncas, que, solas o juntas, parecía, no que cantaban, sino que gritaban, o gruñían…”

No se puede negar :

“…que todos aquellos libros son cosas soñadas y bien escritas para entretenimiento de los ociosos, y no verdad alguna…”

La “verdad” de la Arcadia pastoril, o incluso, por extensión, la de dos perros que hablan, se pone cabalmente en duda. Pero ser consciente de lo irreal de la literatura no disminuye el placer que provocan esas “cosas soñadas,” sino todo lo contrario: porque están “bien escritas” sirven de “entretenimiento,” y divierten a un lector que bien pudiera ser el mismo que está en ese momento leyendo el imposible diálogo entre dos perros. Tan irreal es la Arcadia como “El coloquio de los perros,” pero ambos pueden en cualquier caso divertir a su lector por la manera en que se cuentan, a la vez que mostrar la conducta y la moral de los humanos.

Volviendo a “El coloquio,” éste es un relato sobre cómo escribir un relato con verosimilitud, de forma que el lector no lo entienda como disparatado y  sienta rechazo por una lectura absurda. En ese sentido,  cabe dentro de la concepción más tradicional de un género metaficcional, pero a la vez es un texto que invita a una lectura  diferente, novedosa. Exhibe su ficcionalidad,  a la vez que hace que sus personajes-lectores reflexionen sobre el relato y, significativamente, sobre cómo escribirlo y cómo leerlo. Es decir esta novela está atravesada por la metaficcionalidad, entendiendo la misma como  una estrategia narrativa que muestra los elementos que hacen posible el texto, es una ficción dentro de la ficción (o acerca de la ficción), un metalenguaje (al decir de Jakobson) ya que  que reflexiona en sí misma (lo que Barthes  llama “invención de segundo grado”).

Más que un género literario o un texto que habla explícitamente de sí mismo, la metaficción es una forma de lectura que aspira a desentrañar el entramado retórico y estético de un texto.

En Cervantes, esa auto-referencialidad inherente a toda obra de arte se materializa en una serie de ejemplos concretos en los que el texto alude a sí mismo. Por ejemplo, en “El coloquio,” los perros hacen referencia en dos ocasiones al enfermo que tienen detrás de ellos, y que resulta ser el alférez Campuzano quien, en “El casamiento,” dice haber escrito “El coloquio.” Es decir aluden al supuesto autor (transcriptor, en este caso) de la misma.

A su vez, Ese mirarse a sí mismo del texto, es completamente funcional con otro aspecto interesante de la obra y que tiene que ver con el carácter monstruoso de sus personajes. Forcione resalta las contradicciones de Cervantes al elegir como colofón de sus Novelas ejemplares una sátira cuya fealdad moral se presenta en forma de “nonsense, discord, and disproportion

Cuando Cipión y Berganza comienzan su coloquio, los propios perros se maravillan ante su don de habla. Ambos poseen una “…no vista merced…” que “…pasa de los términos de la naturaleza…” Se reconocen como “portentos” “prodigio” “extraño suceso” “caso portentoso y jamás visto”, y por ello provocan “admiración”

Este ámbito fuera de lo natural registra la historia y a sus extraordinarios perros parlantes en las teorías de la época sobre los monstruos. Se puede decir que “El coloquio” formula una poética de la monstruosidad.

Diversas interpretaciones del monstruo sirven como punto de partida y referente esencial. El propio Cervantes  en el prólogo a sus comedias y entremeses publicadas en 1615, usó la expresión “monstruo de naturaleza” para elogiar al extraordinario dramaturgo Lope de Vega (Cervantes, Teatro completo 10).

Es cierto que la primera mirada sobre la palabra “monstruo” pueda sugerir fundamentalmente rasgos negativos: lo temible, feo, espantoso, cruel. En el caso de Cipión y Berganza resulta, sin embargo, de una serie de características del monstruo, muy presentes en la época pre-moderna, que no implican un juicio negativo. Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española de 1611, define lo monstruoso como “cualquier parto contra la regla y orden natural”.

Junto al significado coloquial de horrible y amenazador, el monstruo es definido en el Oxford English Dictionary como alguien o algo “extraordinary or unnatural: a prodigy, a marvel.” La característica que define a lo monstruoso no es necesariamente su maldad o ferocidad, sino el hecho de que se aparta, en un sentido u otro, de las leyes naturales.

En su Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Joan Corominas y José Antonio Pascual analizan la palabra “monstruo” como “mostrar”: “del latín monstrum…;  monstrare es derivado de monstrum ‘prodigio,’ que a su vez parece serlo de monere ‘avisar’” (IV: 165). El carácter  demostrativo, señalador del monstruo se refleja por lo tanto en su propia etimología. Avisa de algo, es un portento que sirve de señal. Junto a esas connotaciones de monere, se puede sumar, la de “mostrar” que Sebastián de Covarrubias expresa en  su “Tesoro”: Monstro: latine monstrum, a monstrando, quod aliquid significando demonstret”. Y lo mismo en el Diccionario de autoridades, donde como segunda acepción de la palabra (junto a la noción más negativa de feo y temible), se dice lo siguiente: “cualquier cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea. Lat. Monstrum, Portentum”. Para David Williams  el vocablo monstruo procede principalmente del latín monstrare, mostrar, lo que es digno de mostrarse. También así lo define ya Enrique de Villena en el siglo XV: “monstro [es la] cosa vista no acostumbrada de ver”, marcando el aspecto visual de un ser extraordinario que despierta curiosidad y admiración.

Este  texto lleva su metaficcionalidad al máximo, ya que usa la figura del monstruo, en palabras de Forcione, para reflexionar sobre sí mismo, e incluso sobre la materia prima que lo forma: el lenguaje. De forma contradictoria, en el texto mismo se debate la verdadera naturaleza .Es un soliloquio que gira sobre el lenguaje, el que ha convertido a dos perros en seres únicos por su capacidad de habla.

Sin embargo, mostrando el carácter contradictorio de “El coloquio,” Cipión y Berganza nunca se satisfacen con aceptar mansamente el origen divino de su habla. Siguen explorando las causas de su monstruosidad y recurren para ello a razonamientos que los llevan a resultados paradójicos entre sí.

Al origen divino del lenguaje, se le contrapone casi de inmediato el carácter murmurador y maldiciente que hace del lenguaje un instrumento maligno, inherente al ser humano

“…esto que ahora te quiero contar te lo había de haber dicho al principio de mi cuento, y así excusáramos la admiración que nos causó el vernos con habla…”. O:

“…el lenguaje es un atributo satánico…”  “… los gitanos encarnan todo vicio humano y viven sólo para engañar…”

Del mismo modo, las contradicciones llegan hasta quién les ha otorgado el habla.

No sólo proviene de Dios su facultad de hablar, también proviene en la versión que ofrece la bruja Cañizares, al satánico hechizo de la poderosa Camacha, quien los convirtió durante su nacimiento, de hombres en perros O sea que  si Cipión y Berganza hablan, es por la magia demoníaca de una famosa bruja, la Camacha, quien viene a sustituir a Dios como origen del prodigio. Los perros que hablan procederían, en consecuencia, de un ambiente de corrupción moral y horror muy acorde con la acepción más común del monstruo: la de un ser deforme tanto física como espiritualmente. De un ambiente vicioso de brujas sometidas a Satanás surgen los monstruos Cipión y Berganza.

En las primeras páginas de “El coloquio” se plantea la irracionalidad del don de habla de los perros, que se resuelve al atribuir el milagro al poder divino. Pero más adelante, Berganza reconoce que se guardó en la manga una revelación que hubiera explicado el prodigio desde el principio: el relato de Cañizares sobre el hechizo de Camacha a los dos hijos de la Montiela. De nuevo, tan interesante como esta explicación satánica de los perros parlantes (lo que se cuenta), es cómo se cuenta: el hecho de que Berganza esperó hasta la mitad del relato para ofrecer el testimonio de la Cañizares. Como le dice él mismo a Cipión. Berganza no perdió la ocasión de crear “admiración” en Berganza y, por ende, en su lector. Altera el orden de su narración con el fin deliberado de no contar la historia de Cañizares al principio, sino a la mitad; ha creado así un cierto suspenso, ha dado pie a la especulación, ha enganchado a su lector con la incertidumbre y aparente imposibilidad de unos perros, nunca vistos antes, que hablan. Una vez más, el discurso se vuelve hacia sí mismo. Presenta hechos y personajes monstruosos, pero lo hace también mediante una retórica de la monstruosidad, alterando el orden natural, desviándose de la norma cronológica, introduciendo una cierta violencia narrativa, creando sorpresa y admiración.

Cipión no disputa su “divino don de la habla” (en palabras de Berganza) porque “…lo que el cielo tiene ordenado que suceda, no hay diligencia ni sabiduría humana que lo pueda prevenir…”  Incluso en el episodio sobre las brujerías de la Camacha y sus compañeras de hechicerías, los engaños de Satán son permitidos en último término sólo por la voluntad de Dios. Así se deduce en varios momentos de las confesiones de Cañizares a Berganza: “…todo esto [sus brujerías] permite Dios por nuestros pecados, que sin su permisión yo he visto por experiencia que no puede ofender el diablo a una hormiga…”  Por supuesto, no es que Dios engendre el mal Él mismo, pues “…Dios es impecable”; sino que “nosotros somos autores del pecado… todo permitiéndolo Dios, por nuestros pecados…” Al atribuir el prodigio y las brujerías a una intervención divina directa, se afianza la credibilidad de los actos paranormales doblemente, pues, por una parte, Dios es omnipotente; y por otra, nadie debe cuestionar ni entender Sus designios, sino sólo aceptarlos.

“El coloquio” intenta en último término afianzar la credibilidad de la historia mediante su opuesto: el escepticismo absoluto y la duda existencial. De la credulidad, la tropelía y la fantasía convertida en realidad, pasamos al extremo contrario: la incredulidad más radical. De ahí que el Alférez Campuzano cuando introduce la historia de Cipión y Berganza al licenciado Peralta  dice sobre su relato “…ahora ni nunca vuesa merced podrá creer, ni habrá persona en el mundo que lo crea…”. A pesar de que intenta convencer a Peralta de que el coloquio es fiel transcripción de lo que oyó y vio en el Hospital, el propio narrador-transcriptor termina por preguntarse si su “…verdad [será] sueño, y el porfiarla disparate…”

Como afirma Campuzano, “…yo mismo no he querido dar crédito a mí mismo, y he querido tener por cosa soñada lo que realmente estando despierto, con todos mis cinco sentidos … oí, escuché, noté y, finalmente, escribí sin faltar palabra…” . Su amigo, el licenciado Peralta, enfatiza desde su condición de lector de “El coloquio” el escepticismo que, en buena lógica, se contrapone al increíble caso de los perros que hablan: “…que oyó [Campuzano] hablar los perros me ha hecho declarar por la parte de no creelle ninguna cosa. Por amor de Dios, señor Alférez, que no cuente estos disparates a persona alguna, si ya no fuere a quien sea tan su amigo como yo…”  En último término, Campuzano pide a Peralta que lea, “…si quiere, esos sueños o disparates…” suyos, desistiendo de que el lector vaya a creer en  lo imposible.

En cualquier caso, la incredulidad y la duda existencial se plantean con mayor efectividad e impacto en boca de los propios protagonistas. Promediando la novela es el propio Berganza quien viene a concluir que “…lo que hasta aquí hemos pasado y lo que estamos pasando es sueño, y que somos perros; pero no por esto dejemos de gozar deste bien de la habla…”

En el mismo sentido, Cipión recuerda que las palabras de la bruja “…se han de tomar en un sentido que he oído decir se llama alegórico, el cual sentido no quiere decir lo que la letra suena, sino otra cosa, que, aunque diferente, le haga semejanza…”. El crítico Cipión advierte que la historia de Cañizares es fabulosa y, además, proviene de una bruja lo cual le quita  credibilidad. He aquí el uso del recurso  alegórico en Cervantes para que el lector pueda interpretar  hechos falsos por el uso de la alegoría en  verdades codificadas. Con esta advertencia, Cipión no sólo desconfía de la verdad  de Cañizares, sino que a la vez nos invita a un juego interpretativo similar al que debe realizar el lector   de “El coloquio.”

Cipión opta por una lectura alegórica del diálogo entre Cañizares y Berganza, pues bajo una mentira literal pueden esconderse otras verdades que hay que descifrar.

Los perros  casi llegan a reconocerse a sí mismos como personajes de una novela inventada., por ejemplo Cipión llega a cuestionarse a sí mismo cuando afirma que las historias de la bruja Cañizares “…son embelecos, mentiras o apariencias del demonio; y si a nosotros nos parece ahora que tenemos algún entendimiento y razón, pues hablamos siendo verdaderamente perros, o estando en su figura, ya hemos dicho que éste es caso portentoso y jamás visto, y que aunque le tocamos con las manos, no le habemos de dar crédito hasta tanto que el suceso dél nos muestre lo que conviene que creamos…”

El problema de la credibilidad del monstruo ha alcanzado su máxima tensión: duda incluso de sí mismo El texto se ha vuelto al revés: expone sus incoherencias, sus imposibilidades, denuncia su poética monstruosa, no encuentra explicación a su diferencia, pero a pesar de todo no puede contener su deseo de mostrarse.

¿Cómo salir de ese  laberinto donde quedaron encerrados en el mismo lenguaje metaficcional?

La respuesta quizás Cervantes la  ofrece al final:

Peralta, quien representa la figura del oyente/lector (escucha el casamiento engañoso de Campuzano y lee su coloquio de los perros), ofrece una solución final al problema. En las últimas páginas de “El casamiento,” Peralta pide a Campuzano que “…no se canse más en persuadirme que oyó hablar a los perros, [pues] de muy buena gana oiré ese coloquio…”  Al lector no le importa  encontrar una base real, histórica, física de los hechos que se dispone a leer, para concentrarse exclusivamente en el placer literario que espera obtener de: “que por ser escrito y notado del buen ingenio del señor Alférez, ya le juzgo por bueno…”

No importa lo que ocurre en la realidad, sino lo que ocurre en la ficción: el ingenio del autor, y lo bien escrito que esté el relato. El texto sobrepasa y se impone a la realidad. Así lo reitera Peralta una vez completada su lectura de “El coloquio”: “…Aunque este coloquio sea fingido y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor Alférez pasar adelante con el segundo…”. No importa la posibilidad histórica de los hechos; incluso siendo mentira, “fingido,” el texto “está… bien compuesto,” y eso le basta al lector.

Finalmente una ventana más nos ofrece la obra. Y es la  meditación sobre la sabiduría.

Los dos perros finalizan su coloquio reflexionando acerca de la esencia de la sabiduría; la cual es por un lado, entendida como virtud, es decir, como actitud ética, y por otro, es comprendida desde aspectos materialistas, mediante los cuales se desenmascara a la sociedad de la época y a la misma esencia del hombre

“…La sabiduría en el pobre está asombrada; que la necesidad y miseria son las sombras y nubes que la escurecen, y si acaso se descubre la juzgan por tontedad y la tratan con menosprecio…”

Sólo a quien tiene dinero,  posición social o  hipocresía enmascarada como acción virtuosa, le está permitido el acceso a la “sabiduría”, es decir, puede expresarse siendo oído. En consecuencia, las acciones humanas,  que se han considerado prudentes, honestas y dignas de cambiar el mundo, revelan  la apariencia del tener, y ocultan un interés por controlar a aquellos que no pueden expresarse, tengan o no sabiduría.

Berganza es apaleado tras inmiscuirse en un problema bien real: cómo solventar la plaga de las enfermedades que contagiaban las prostitutas a todos aquellos que requerían sus servicios. Nuevamente motivado por su facultad de entendimiento, quiere llamar la atención al Corregidor –de quien se dice que es un buen cristiano- y a sus criados, pero lastimosamente para el perro, lo único que sale de su boca son ladridos irrefrenables. Berganza es sacudido a palos por ello.

Cervantes no nos describe cuál sería  la solución pensada por el  perro ante el problema de las enfermedades contagiosas de las prostitutas, pero si  hubiera podido decirlo, habría recibido un maltrato peor que  el del apaleamiento, ya que, como nos narra en este texto, lo tratarían con desprecio tal como hacen con los seres humanos que son sabios pero al ser pobres, no tienen poder.

La sabiduría, pues, es tenida por nada en nuestro mundo, y sólo oyen las gentes a los favorecidos, que precisamente “se adelantan a ofender a los que valen más que ellos”.

La monstruosidad de los perros, no es el habla solamente, es el hecho de le dan un sentido de crítica social, de advertencia. Ellos mismos están más cerca de los humanos pobres que éstos de los poderosos.

Cervantes, tras criticar el mal de los criados y los socialmente bajos, hace una severa crítica a los señores de la tierra, comparándolos con el Señor del cielo, y afirmando que a un hombre de bien le es imposible encontrar señor a quien servir, pues este, para recibir un criado, primero le espulgan el linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aún quieren saber los vestidos que tiene, pero para entrar a servir a Dios el más pobre es el más rico; el más humilde de mejor linaje….

Como dice Cipión, habrá también hombres legales, pero dado que dependemos de la ley, y la honestidad del legislador no depende del legislado, la misma ley puede dar y quitar a su antojo. Esta visión de dependencia ante el poder hacer mal de los demás y la incidencia incontrolable de esto en nuestras vidas, colabora en impregnar a la novela de un relativismo descreído y escéptico.

Para concluir, un punto de vista, todos esos dueños de los perros, así como los “dueños de la sabiduría” ambos sostenidos por el poder físico o económico, cegados de ambición hipocresía y doble moral son quizás los verdaderos monstruos que nos están mostrando una fatídica parte de la condición humana.


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