Por qué leer o no la poesía de Macedonio Fernández

Escribir sobre Macedonio implica, al menos en la primera reflexión, una dificultad. No porque su obra, obviamente,  no permita el análisis, sino porque tal vez sea el “escritor olvidado” del que más hablan y escriben aquellos que se reconocen como escritores y en principio, quienes suponen tener las palabras acertadas para abordarla porque comparten su actividad profesional y encuentran en él la semilla de  parte de su producción literaria. Aquellos que saben por qué Macedonio es Macedonio, Que reconocen en sus escritos aquello opaco y que está vedado al público en general. Lo han  ubicado como uno de aquellos autores de culto, pedestal que siempre tuvo para mí cierto tufillo a elitismo y vicio en el que suelen caer casi todas las profesiones. Sin entrar en polémicas que no corresponden a este artículo, basta decir  que casi todos dijeron y hablaron y para  no recargar la memoria y hacer de esto una enciclopedia de nombres reconocidos alcanza con mencionar a Ricardo Piglia, quizás el crítico y docente  más trascendente de nuestra época quien no duda en ser lapidario con cualquier obra que no le parece de un nivel apreciable según su criterio(basta ver el artículo breve y cargado de desprecio que escribió en un diario matutino con relación a la obra de Carlos Fuentes con motivo de la muerte del escritor azteca. Tal vez la liviandad del mismo tenía que ver con el público no especialista al que estaba dirigido), que en reiteradas oportunidades, y con fundada razón., habló sobre Macedonio, sus capacidades y, así mismo, de la dificultad para asirlo. Dificultad, dificultad resuena  en cada una de las lecturas y producciones y mayor dificultad cuando poco queda por decir, parece. Pero no se agota aquí la complicación ya que el convite que se me hiciera para mi primer trabajo en este grato espacio está relacionado con la poesía de Macedonio. Aquí, entonces, una doble dificultad, escribir sobre su obra poética. La poesía es tal vez aquello menos abordable desde la crítica, aquello que se dice al decirse, que construye su anverso con la luminosidad que parece darle el haber acertado con la imagen perfecta y su reverso a la palabra siguiente, con una caída que sólo se detiene cuando la huella de la torpeza de otra acaba por anidarse  en una nueva esperanza por nombrar y parece no preocuparse demasiado por el asunto,¿acaso lo hacen los otros géneros? Lo que tal vez permita la validación de este artículo sea, si validarlo tiene algún valor, que al propio Macedonio bastante poco le interesaba que su obra tuviese trascendencia. Su preocupación mayor era pensar, parece, pensar y preguntarse. No a la usanza del filósofo tradicional sino más bien como el maestro ignorante del que hablaba aquel viejo maestro Jacotot*. Un filósofo en estado puro porque no instalaba las preguntas de la  filosofía sino que las vivía, su cuerpo era portador de cada una de las preguntas y las dejaba hacerse tinta; allí su literatura es pregunta esencial, pregunta que debe descubrir cada uno y donde pueda, pero no pregunta nada. Vaya paradoja, poco parecía importarle a Macedonio lo que parece importarle a sus colegas.

Entonces, me pregunto,¿ por qué escribía poesía ? Tal vez por lo mismo que la negaba, al menos en la mirada primera, su actividad cotidiana. El prejuicio pone al poeta más cerca de las sensaciones y emociones, al yo poético entre musas divinas o no, en senderos más o menos populares, más o menos comprometido con su época o no; pero, básicamente, contando de múltiples maneras la esencia de la finitud y la relación con las distintas finitudes si se me permite el término. Aquello que más conmueve a Macedonio es pensar , lo conmueve hasta la perplejidad y la emoción profunda. Hasta el mismísimo Borges rozó en su contenido la temática de Macedonio pero cayó  en la trampa del poeta: ensayó algunas preguntas y dio respuestas. Aun en aquellos poemas en los que parece preguntarse todo.

¿ Es posible escribir poesía desde allí?

Macedonio tocó todos los tópicos comunes imaginables: la muerte y su incestuosa inseparable, la finitud; la belleza y cada uno de sus portadores; el amor y sus múltiples rostros; y agregue aquellos que crea convenientes diría, haciendo uso de su fino sentido del humor.

Cada sonido, cada palabra, cada verso, cada poema son portadores de preguntas palpitando. No debemos caer en el error de afirmar que es una invitación a hacernos preguntas; en definitiva, toda obra literaria invita a hacerse preguntas y, lo que es más probable, a ensayar algunas respuestas.

Ya dije que a M.F. poco parecía importarle la trascendencia de su obra y en consecuencia, poco le importaría, supongo, que su obra fuera una invitación a preguntarse. Por lo mismo era considerado un gran conversador, no devenido en un charlatán de aquellos que suelen pulular por la tierra.

Tengo para mí que entendía la trascendencia en el encuentro con el otro, en la posibilidad de desdramatizar la histeria occidental de la muerte, al comprender que es en la comunidad como nos hacemos Uno.

Muchos de sus escritos están todavía temblando en lo indescifrable de su caligrafía; casi como testimonio de cierta imposibilidad de la palabra escrita; pero, al mismo tiempo como una pregunta en carne viva, desnuda y ofrendándose a quien quiera atreverse a vivirla. Usted no es más que un ser humano y esto es lo mucho o lo poco que tiene, pero eso sí: no haga cargo a los demás de no pensar. En definitiva, aquello que dicen nos distingue de los “otros”.

Entonces, no nos presenta a la muerte y nos cuenta de ella y nos da respuesta. La muerte está allí y sin más ;cada quien  hará con ella lo que quiera y pueda. Allí está la agonía, la vieja y ancestral, diluyéndose en cada uno al hacerla protagonista, al hacerla volver a su origen de ”ir al frente” sin ataviarla de requiebres lingüísticos . Eso sí: no deje de pensar  aunque en ningún lado si filtre que se lo estoy proponiendo. Allí la belleza y el amor austeros hasta el espanto para muchos pegadores de versos. Allí, nada menos que la luz y la sombra o su reverso, encubiertas en un tópico tan peligroso como LA Luna. Así va su poesía: invitando. Sin más intención que encontrar al otro.

¿Es poesía filosófica? ¿Es filosofía en un registro que no le es propio? ¿ Es poesía de la razón? ¿ Es sentimiento feroz disfrazado de calmo raciocinio? ¿ Es poesía? Preguntas.

Es tal vez la dificultad de la palabra escrita, quizás por eso prefería conversarlo, querido Jorge Luis.

Al comienzo de estas líneas abrigaba la esperanza de que, al modo poético, la doble dificultad se transformase en sencillez, pero no resultó. Abrigo, entonces, cierto cauteloso optimismo de que estas últimas palabras lleven a aquellos que todavía no leyeron algo de su obra a que lo hagan para que sean menos escritores los que lo nombren y más lectores los que ayuden a bajarlo del pedestal de “culto” para conversar con él, algo de lo que tanto disfrutaba.

Si me preguntaran si es de los poetas que más disfruto leer, mi respuesta sería un rotundo no. Es la carne naciendo y degradándose en el mismo acto. Es, si aceptamos desarrollar esta idea en conversaciones que vengan, semilla de un existencialismo naciente; un humano que construye el ser con otros.

No le pido  ,naturalmente, que le plazca su poesía. Pero sepa que allí andan la vida y la muerte más desnudas de preguntas y  respuestas de lo que pueda imaginar. Allí están: haga usted con ellas lo que quiera o pueda y si tiene dudas o contradicciones lo/a invito/a a conversarlas. Quizá, entre dos contradicciones encontramos alguna certeza fugaz.

* Rancière, Jacques; El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipación intelectual;Libros del Zorzal, Buenos Aires, 2007.

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