Los pasos en la huella (Octaedro, 1974)

Se dice que éste es “el cuento más aburrido de Julio Cortázar”1. Pareciera confirmarlo él mismo cuando advierte que se trata de una “Crónica algo tediosa, estilo de ejercicio más que ejercicio de estilo de un, digamos, Henry James que hubiera tomado mate en cualquier patio porteño o platense de los años veinte”. La invocación del autor estadounidense por parte de Cortázar es adrede2: Jorge Fraga, el protagonista del cuento, peca de ingenuo y cae en la trampa de las especulaciones retóricas del ambiente literario porteño, pero además (y es la razón del título del cuento), cae en la trampa de las huellas dejadas por un poeta, Claudio Romero, para que alguien lo rescate del olvido y lo lleve al olimpo de las letras: Fraga lleva sus pasos por las huellas dejadas por Romero y cumple el cometido, después, cuando se da cuenta de que fue usado, se genera el tercer tiempo del relato.

Resumir el cuento no es una tarea fácil. Si Cortázar advierte que la crónica es tediosa no es porque sea aburrida sino porque introdujo en unas veinte páginas toda la complejidad de una novela, algo que es, a la vez, mérito y defecto por el esfuerzo del lector para dilucidar no sólo la trama sino las pistas que van apareciendo como al pasar. Vamos a una probable síntesis del cuento.

Jorge Fraga en su juventud descubre la poesía de Claudio Romero, a la que considera de la misma altura que la de Carriego o Alfonsina Storni. Llegado a los cuarenta años, ya crítico literario y ensayista, de tanto en tanto conversa con colegas y amigos sobre el poeta, en particular un poema, Oda a tus dos nombres, dedicado a Irene Paz, y sin bien todos coinciden en la calidad de la poesía de Romero, cuando se trata de hablar del poeta en sí las conversaciones son generalidades, meras especulaciones sobre Romero, su relación con Irene, la vida misma del poeta, etcétera. Fraga observa que nadie se había puesto a indagar esa faceta de todo autor: la persona. Este es el primer tiempo del cuento. Inicia el segundo cuando Fraga se pone a investigar la vida de Claudio Romero y para ello dedica dos años, innumerables viajes por el país, consultas y entrevistas. Entre éstas, un casual dato: la existencia de Susana Márquez en la vida de Romero. Fraga consigue entrevistar a Raquel, la hija de Susana, una simple verdulera, que lo recibe con distancia, pero:

A Fraga le resultaba difícil darle a entender que ya sabía algo de la relación entre Claudio Romero y Susana, pero acabó por decirse que el amor de un poeta bien vale una libreta de casamiento, y lo insinuó con la debida delicadeza. A los pocos minutos de echar flores en el camino la vio venir hacia él, totalmente convencida y hasta emocionada. Un momento después tenía entre las manos una extraordinaria foto de Romero, jamás publicada, y otra más pequeña y amarillenta, donde al lado del poeta se veía a una mujer tan menuda y de aire tan dulce como su hija.—También guardo unas cartas —dijo Raquel Márquez—. Si a usted le pueden servir, ya que dice que va a escribir sobre él…

Esa cartas son un vuelco: la excelsa poesía de la Oda a Irene Paz queda deslucida por cómo Romero le escribe a Susana Márquez. Habían convivido, pero la salud del poeta sugiere que ella se aparte, que no se transforme de esposa en enfermera, que ella merecía mucho más que eso y que lo mejor es que lo olvide. Y así fue, porque nada se supo de Susana Márquez en la vida del poeta. Hasta ese momento.

Así como de la Oda a tus dos nombres sólo conocemos el título y la dedicatoria, de las cartas solo sabremos algunas frases que desliza Cortázar; esto es porque el objeto del cuento no es Claudio Romero sino Jorge Fraga, quien, con ese as en la manga (las cartas, la existencia de Susana Márquez, las palabras que le dedica el poeta), escribe y publica Vida de un poeta argentino, obra que resuena por todos lados y logra dos efectos: llevar a Claudio Romero al bronce y a Jorge Fraga a la fama, algo por él no tan buscado pero sentía que lo merecía; como suele suceder, lograban más rédito algunos “rimadores de salón” que él mismo. Como corolario: el Premio Nacional y la posibilidad de una embajada cultural.

Hasta aquí, la segunda parte del cuento, o el segundo relato de la vida de Claudio Romero. El tercero se inicia cuando Fraga se aparta a una quinta (la de Ofelia, necesaria presencia femenina en la narrativa de Cortázar) para escribir el discurso de recepción del Premio mencionado. Conviene aquí acercarnos a las palabras de Cortázar:

Fraga se dijo que todo estaba bien, que a pesar de la vulgaridad inevitable de todo triunfo literario en gran escala, la Vida era un acto de justicia, un homenaje a la raza y a la patria. Podía sentarse a escribir su conferencia, recibir el premio, preparar el viaje a Europa. Fechas y cifras se mezclaban en su memoria con cláusulas de contratos e invitaciones a comer. Pronto entraría Ofelia con un frasco de jerez, se acercaría silenciosa y atenta, lo miraría trabajar. Sí, todo estaba bien. No había más que tomar una cuartilla, orientar la luz, encender un habano oyendo a la distancia el grito de un tero. Nunca supo exactamente si la revelación se había producido en ese momento o más tarde, después de hacer el amor con Ofelia, mientras fumaban de espaldas en la cama mirando una pequeña estrella verde en lo alto del ventanal. La invasión, si había que llamarla así (pero su verdadero nombre o naturaleza no importaban) pudo coincidir con la primera frase de la conferencia, redactada velozmente hasta un punto en que se había interrumpido de golpe, reemplazada, barrida por algo como un viento que le quitaba de golpe todo sentido. El resto había sido un largo silencio, pero tal vez ya todo estaba sabido cuando bajó de la sala, sabido e informulado, pesando como un dolor de cabeza o un comienzo de gripe. Inapresablemente, en un momento indefinible, el peso confuso, el viento negro se habían resuelto en certidumbre: la Vida era falsa, la historia de Claudio Romero nada tenía que ver con lo que había escrito. Sin razones, sin pruebas: todo falso. Después de años de trabajo, de compulsar datos, de seguir pistas, de evitar excesos personales: todo falso. Claudio Romero no se había sacrificado por Susana Márquez; no le había devuelto la libertad a costa de su renuncia.

¿Cómo llega Fraga a esa conclusión? Cortázar jamás lo dice sino que le da lugar al instinto del investigador: Fraga ese pálpito lo había sentido someramente tiempo atrás, pero ahora se le imponía. No tenía ninguna prueba, pero la sentía. Al día siguiente la fue a ver a Raquel, la hija de Susana, quien primero se resiste, luego abdica y, pese a que la madre le había pedido que nunca lo hiciera, le da a Fraga otra carta. La prueba. La confrontación de lo intuido. De regreso a la quinta Fraga sufre la verdad, la sufre horriblemente: Romero había prostituido a Susana Márquez y le prohibió todo contacto cuando entabló relación con Irene Paz (relación inútil, los Paz eran de la aristocracia y jamás admitirían a un arribista). Por esto Romero había dejado las huellas, para que alguien las siga y exalte su figura, pero Romero no contó conque Fraga podía oler la verdad, y encontrarla.

El tercer relato se hace público en la recepción del Premio Nacional y fue una literal catástrofe:

Huella… Jorge Fraga provocó deliberadamente el desconcierto y la ira de las cabezas bien pensantes al presentar desde la tribuna una versión absolutamente descabellada de la vida del poeta Claudio Romero. (…) Otro redactor daba cuenta del violento altercado entre Fraga y el doctor Jovellanos al final de la conferencia, mientras gran parte del público hacía abandono de la sala entre exclamaciones de reprobación, y señalaba con pesadumbre que a la intimación del doctor Jovellanos en el sentido de que presentara pruebas convincentes de las temerarias afirmaciones que calumniaban la sagrada memoria de Claudio Romero (…) [Fraga] se había quedado inmóvil, mirando el aire, tan ajeno a la tumultuosa retirada del público como a los provocativos aplausos y felicitaciones de un grupo de jovencitos y humoristas que parecían encontrar admirable esa especial manera de recibir un Premio Nacional. Cuando Fraga llegó a la quinta, Ofelia le tendió una larga lista de llamadas telefónicas, desde una de la Cancillería hasta otra de un hermano con el que no se trataba. (…) Una hora después lo oyó bajar la escalera, acercarse al dormitorio. Sin abrir los ojos, sintió el peso de su cuerpo que se dejaba resbalar de espaldas junto a ella. Una mano fría apretó su mano. —Lo único que no entiendo —dijo Fraga como si no le hablara a ella—, es por qué he tardado tanto en saber que todo eso lo había sabido siempre.

A Fraga le quedaban dos caminos, enfrentar al mundo literario que lo había esperado con ansias y que se sintió traicionado, o dejar hacer. Lo que más le dolía era haber sido usado, primero por Romero, ahora por la academia. Por qué hizo lo que hizo. Esa noche Ofelia le dice: —Pero si vos creíste que tu deber era proclamar la verdad… —Yo no lo creí, Ofelia. Lo hice, nomás. En última instancia, piensa, de las dos posibilidades no quedaría mal parado pues ya nadie dejaría de hablar de Jorge Fraga. El cuento termina aquí, con un dejo de triunfo por parte de Fraga, con un final abierto por parte de Cortázar.

Hay detalles omitidos que rellenan la historia: aparecen la radio, la televisión, las versiones teatrales y cinematográficas; y otros que hacen a la historia: en algún momento Fraga se siente médium de Romero; la Vida tiene mucho de autobiografía; su afán era la fama. A todas esas posibilidades Fraga las rebate una a una y Cortázar, por medio de Fraga, logra un cuento donde desnuda muchas de las miserias que el ámbito literario tiende a menudo: quién no sueña con ganar un concurso, un premio, una membresía, la fama; es inevitable; y tanto Fraga como Romero lo vivieron, pero Cortázar construye un Romero que conoce bien el paño y trata de aprovecharlo sin importar los medios, aunque se trate de la vida de otra persona (como la de Susana Márquez), y construye a Fraga, el usado, el que cae en la trampa, que sigue las huellas y monta una mentira, pero que al desdecirla es vapuleado atrozmente porque: “A quien se ensalza no se lo puede destronar si nosotros no estamos de acuerdo”.

Esto último puede ser la razón del cuento; no hallo otra. Es significativo que deslice: los provocativos aplausos y felicitaciones de un grupo de jovencitos y humoristas que parecían encontrar admirable esa especial manera de recibir un Premio Nacional. Una manera de definir el público al que destina el cuento o bien una manera de definir quiénes son los que van a quebrar el anquilosamiento en el que inevitablemente suelen caer las academias. Fraga lo hizo al desdecir su propia historia, aún sufriendo. Es lo que Cortázar propone en este cuento, considerémoslo otra subjetividad, sin embargo, lo trae a Henry James y le hace tomar mate como cualquier porteño; ¿por qué lo hace?

En Nota (Nº 2) adelanto que James “opone la ingenuidad americana a la especulación europea”; ingenuidad, inocencia, también libertad. No es necesario alejarse de Buenos Aires, tan parisina ella, para encontrar aquella oposición, que será Londres para James. Los pasos en la huella no es un cuento aburrido, es exigente. Julio Cortázar nos propone aquí la tragedia del autor: es libre y eso se espera de él, pero no lo es tanto en cuanto sujeto de una sociedad que no sabe serlo, que se anquilosa en sus estructuras y entorpece aquella libertad.


1 Jorge Fraga, en http://teoriadelentusiasmo.blogspot.com.ar/ 10 de enero de 2011. Entre otras propuestas, el autor (casualmente el mismo nombre que el personaje del cuento) propone una relación entre Los pasos en la huella y Rayuela, como que uno explica a la otra. No lo veo a Cortazar explicando su literatura; a lo sumo ir a las magistrales clases que dio en Berkeley (Clases de Literatura), donde expone las motivaciones de su escritura, pero explicar…

2 Henry James opone la ingenuidad americana a la especulación europea. En cierto modo, Cortázar hace de versión rioplatense de James, aun desde París. J. Fraga (el crítico, no el personaje) recuerda un cuento de James: Los papeles de Aspern, cuento del que Cortázar “se habría copiado”. Los elementos de ambos cuentos son parecidos, no así sus desarrollos.

Comments

Los pasos en la huella (Octaedro, 1974) — 1 comentario

  1. Coincido plenamente enla interpretación. También en que es un cuento exigente en el sentido de que invita a pensar. No es un mero entretenimiento ni un ejercicio de estilo que nos lleve a una valoración estética. Cortázar que como Borges manejaba muy bien la ironía no inocentemente lo calificó de relato aburrido. y si…para la gran mayoría pensar es aburrido.