Las Palmeras Salvajes

“Podía oír ahora el chocar de las palmeras invisibles, el salvaje ruido seco que hacían.” William Faulkner, “Las Palmeras Salvajes”

palmeras1Faulkner publica Las “Palmeras Salvajes” en 1939. Hasta ese momento, su novela más arriesgada había sido El ruido y la furia, obra que data de 1929, y siguió dando vueltas en su cabeza hasta tal punto que quince años después le añadió un capítulo. Yoknopatawpha – lugar imaginario donde transcurrían sus relatos- no había hecho sino crecer en historias y habitantes.

Sin embargo Las “Palmeras Salvajes” no transcurre allí, sino en lugares con sus nombres reales y un río, el Misisipi -o Misisipí, como gusta de traducir Borges- conocido como “El Viejo” y que da nombre a una de las dos historias que constituyen esta obra. El título que Faulkner había elegido era un verso del Libro de los salmos, del salmo 137: “Si me olvidare de ti, Jerusalén”, pero el editor impuso el de uno de los dos relatos. (Terriblemente bello salmo que sigue  “…pierda mi diestra su destreza / mi lengua se pegue a mi paladar…”) Estas dos narraciones a decir de Faulkner bastante tiempo después de haberla escrito[1] fueron alimentándose la una a la otra en función de la necesidad que requería la obra, sin llegar a cruzarse ni en el tiempo ni en el espacio, salvo una vez, y retroalimentando las distintas maneras de llegar al mismo destino, a a partir de las propias obsesiones de Faulkner.

Con la célebre traducción del inglés al español de Jorge Luis Borges, “Las Palmeras Salvajes”, de William Faulkner, fue reeditado en Madrid, en 2010, por Ediciones Siruela.

El libro comprende dos historias, dos novelas cortas desarrolladas en forma intercalada y paralela. De modo que cinco capítulos se denominan “Palmeras Salvajes” y entreverados entre ellos figuran otros cinco capítulos titulados “El Viejo”. Las historias nunca llegan a tocarse: una se sucede entre 1937 y 1938, y la otra en 1927. No obstante, comparten el lugar geográfico y social que circunda y oscila entre la zona sur del río Mississippi y Nueva Orleáns.

Cada historia dibuja un círculo y cada una es un drama con un entramado propio y diferente. Personajes jóvenes, que eligen, casi sin pensarlo y doblegándose, su individual camino el que los va llevado a un azaroso e impredecible destino de su vida inmediata.

Por un lado se describe la historia  de un médico de Nueva Orleans que huye con una mujer casada a la que ocasiona involuntariamente la muerte al someterla a una operación abortiva, por lo que es sentenciado a quince años de prisión.palmeras5

Por otro lado el relato nos lleva a las desventuras de  un convicto que cumple una condena por robo y es enviado a salvar en un bote a una mujer encinta que se ha aferrado a un árbol para no ser arrastrada por la corriente. Por horas y días, el hombre lucha contra la impetuosidad salvaje  del río Misisipi, con el único objetivo de librarse de esa mujer que está a punto de parir y poder volver a la seguridad que le proporcionaba la prisión.

“Palmeras Salvajes” comienza en el instante previo al nefasto final. En toda su narrativa, William Faulkner, tiene ese placer por caer en cualquiera de los puntos de su narración abruptamente, sin darnos ninguna noticia de los antecedentes que han desencadenado aquella situación que va contando con minuciosidad a la que aporta múltiples disquisiciones, amplificando los múltiples puntos de vista, usando una mirada microscópica de máximo detalle de desagregación, para diseccionar el menor detalle y, de golpe, se distancia tanto que da vértigo, para ofrecer la una vista de “big fish”, una postal panorámica de cualquier suceso, a veces ni siquiera de los principales. Se pierde y en consecuencia el lector es abandonado en  paisajes y tramas secundarias, todo ello movido sin perder en esa verborragia la claridad y pureza de un estilo sumamente bello. Se agrega en su  lectura una dificultad: Faulkner adora realizar saltos en el tiempo y el espacio, como mueve el caballo en el ajedrez, lo que obliga al lector a estar siempre en guardia. No es posible dejar de estar muy atento si se quiere comprender y reconstruir  mentalmente la linealidad de la narración.

“Las Palmeras Salvajes” es un claro ejemplo de esa complicada narrativa faulkneriana. Como él mismo define, esta novela, es una especie de “contrapunto estético”. Este contrapunto conforma un ritmo narrativo que de soporta  la estructura de toda la novela. Pues está alimentada con  diferentes voces narrativas,  desviaciones, los saltos temporales y ambas historias funcionando en paralelo, arman el solapado diseño de múltiples perfiles que definen a los hombres y mujeres, el cual está limitado y determinado por dos acontecimientos irreversibles de la existencia humana: el nacimiento y la muerte. Y si hay una temática que se pone al descubierto en relación a ambas historias y, de manera irrefutable es la pérdida y el encuentro de la libertad. De esta manera, tanto la forma como el contenido se enlazan en esta novela para tratar de expresar la complicada realidad del hombre. Dos historias, dos hombres, dos mujeres y dos acontecimientos paralelos siempre marcados por pares de opuestos. . Pérdidas y encuentros a lo largo de las historias como de la caracterización de los personajes.

palmeras2Otra característica de la obra de Faulkner que lo que sucede fuera de los personajes no interesa, sólo importa en función de cómo lo viven ellos. Esto genera una aparente incoherencia, la sensación de leer algo entrecortado y falto de unidad. No hay una lógica conocida, la única guía es la identificación del lector con los personajes. Pero por eso también detectamos una fuerza fuera de lo común: el dolor se escupe, no se explica; los momentos felices se palpan, no se cuentan ni señalan como tales.

Centrémonos en un ejemplo: la plenitud del encuentro físico entre los amantes no se describe, ignoramos los detalles, pero la imagen reiterativa de los pies desnudos de Carlota aproximándose a Harry se convierte en un símbolo de la dicha que les espera y comparten. Será el lector quien interprete esos vacíos y lo consigue sólo sí se entrega. Si lo hace logrará sentir lo que los personajes sienten.

Si añadimos que, además, hay saltos en el tiempo y en el espacio y que encima tenemos las dos historias intercaladas, un lector imprevisto puede  acusar la falta vínculos. Tendrán que encontrarlos en el silencio de lo que no se dice.

El narrador va llevando la historia en paralelo con diferentes temáticas. Las que se van amplificando a medida que avanzan los capítulos. Y si bien el Dinero y el Arte son importantes el tema principal es el amor. En esta parte de la novela la posesión o falta de Dinero es el determinante que traza el rumbo de los protagonistas. Por otro lado, el Arte es presentado a través de las pinturas de Rittenmeyer y las esculturas de Carlota. En ambos casos lo que resulta importante no son los objetos artísticos en sí ni las técnicas empleadas, sino las circunstancias que llevan a un hombre a producir Arte, y lo que implica ser un “Artista.” El amor también es un tema principal ya que  tanto Harry como Carlota lo  buscan y desean pero una vez que lo encuentran parece ser demasiado para ellos. Eligiendo la clandestinidad frente al matrimonio, tratan de preservar una entelequia “el amor verdadero” Sin embargo todo lo que hacen para conseguirlo los lleva a su propia destrucción

Ambos protagonistas terminan uno en la cárcel y el otro muerto. Estos dos acontecimientos están atravesados en el libro por la imagen recurrente de las palmeras azotadas por el viento. Y en donde el color negro todo lo tiñe. El viento y las palmeras funcionan como leit motiv que representan la angustia y confusión de los protagonistas. En el capítulo final Harry será atormentado por esta imagen que sus sentidos persistirán en traer a su mente.

La segunda historia agrupada bajo los capítulos correspondientes a “El Viejo” tiene como gran protagonista al Río Misisipi. Y al igual que el dinero en  “Palmeras Salvajes”, el río marca el camino de manera despótica y tiránica sometiendo a “El Penado” a su juicio. En esta parte del libro el narrador, ahora, toma la perspectiva de “El Penado” y relata las desventuras que el protagonista sufrió cuando era castigado por las aguas y llevado por la corriente. Aquí, el narrador construye su relato de manera que, el tiempo de la narración y el tiempo de lo narrado conviven marcando el contraste entre el agua mojándolo todo por un lado y el estar seco y fumando tranquilo mientras les cuenta a los otros presos su travesía. En este relato también el tema principal es el amor pero visto en estrecha relación a las mujeres. A “El Penado” le interesa y le preocupa mucho más deshacerse de la mujer que rescató  antes que dé a luz que aprovechar la oportunidad que el río le ofrece de recuperar su libertad. Aquí, la mujer es simbólicamente la posibilidad de la libertad y paradójicamente “El Penado” sólo quiere librarse de ella. En este sentido no es gratuita, de ningún modo, la última línea de la novela. “-¡Mujeres!…-dijo El Penado gordo.” pág.321

En cuanto a los personajes de ambos relatos podemos decir que los roles masculinos son pasivos, despersonalizados.

En el primer capítulo de “Palmeras Salvajes” el narrador, (aunque toda la novela está escrita en tercera persona), presenta al resto de los personajes bajo la perspectiva del Doctor. En los capítulos que siguen, el narrador se posiciona en la perspectiva del protagonista, Harry.

De Harry, se aportan muchos datos, nos cuenta que es doctor, que le gusta la pintura, que su padre también fue médico, que tiene una hermana mayor.

Por otro lado, está la mujer del Doctor. Ella encarniza el prototipo femenino de la mujer sureña, es la tradición, lo conservador. Se la describe  a partir de una imagen monocromática. Dice en la novela:

“…Era una mujer deformada aunque no gorda (ni siquiera tan gordita como el mismo doctor), que había empezado a volverse toda gris hacía ya unos diez años, como si el pelo y el cutis se hubieran alterado sutilmente junto con el tono de los ojos, por el color de sus trajes de casa que posiblemente ella elegía para hacer juego…” pág 12 y más adelante: “…Ya volvía a subir corriendo la escalera; entró al dormitorio, donde su mujer se enderezó en la cama sobre el codo y lo miró lidiar con los pantalones, su sombra proyectada por la lámpara de la mesa de noche, grotesca sobre la pared, monstruosa, también la sombra (de ella) con algo de Gorgona, a fuerza de los rígidos papelitos atormentándole el pelo gris, sobre la cara gris, sobre el camisón de cuello alto que también parecía gris, como si cada una de sus ropas participara de ese horrendo color fierro de su implacable e invencible moralidad…” pág. 17

El hecho de no haber tenido hijos, acentúa su frialdad, su esterilidad pone en crisis lo femenino, es decir, no es una mujer sin hijos, es una sombra gris pétrea, la contracara de lo femenino.

Un único gesto humano aparece al final: le ofrece una taza con café a Harry cuando Carlota ya moribunda yacía en el cuarto de al lado, mientras el Doctor sólo estaba preocupado porque venga la policía a detener a Harry.

En el otro extremo está Carlota, una mujer casada y con dos hijas quien abandona todo para vivir el amor desde el lugar de amante eterna. Es la mujer con pantalones,” y no pantalones de mujer sino pantalones de hombre, como si lo fuera… Dice en la novela:

“…- la mujer usa pantalones- le dijo- Es decir, no bombachas de señora, sino pantalones, pantalones de hombre. Quiero, decir le quedan chicos justo en los sitios donde a un hombre le gusta verlos chicos, pero no a una mujer, salvo que sea ella misma quien los use…”  pág. 10.

 Al revés de la esposa del Doctor, ella tiene hijos, pero no sólo los abandona  sino que obliga a Harry a que le practique un aborto ante el reciente embarazo. Todo lo que hace es seguramente repudiado en la época en que está ambientada la novela. Trabaja como escultora, tarea de hombres en esa época, para explicar por qué se casó con su marido, deja traslucir una  mirada incestuosa acerca de su hermano

En el medio de estas dos mujeres, está “La madre” del relato “El Viejo”.  De ella sólo sabemos que es una mujer embarazada que sobrevive aferrada a un árbol a la espera del rescate por parte del Penado Alto. Siempre en silencio, pare en medio de la inundación y sigue durante toda la travesía, al hombre que le salvó la vida. Siempre en silencio, obediente, las descripciones de ella se relacionan a sus aspectos de madre exclusivamente.

Ella y Carlota son el motor que genera el desenlace de los dos hombres, cuyas vidas eran rutinarias, triviales, opacas hasta el momento en que se encuentran con ellas. A partir de estas mujeres, y por motivos totalmente distintos, los hombres conocen el amor al mismo tiempo que la desgracia se desencadena en ellos.

La columna vertebral de la novela tanto en el comienzo como hacia el fin son narrados de manera similar.: tanto en el parto de la mujer como en el relato de los momentos previos a la muerte de Carlota, son contados desde el punto de vista de los dos hombres. Ambos se ven sobrepasados por las situaciones y las mujeres, desde su rol aparentemente vulnerable, dominan la escena.

Acá es importante destacar las dos imágenes con las cuales Faulkner enfatiza simbólicamente cada escena, más allá del lenguaje descriptivo. En la escena del parto realiza una descripción paralela de las serpientes que todo lo invaden “…Cuando la mujer le preguntó si tenía un cuchillo…No presintió para qué lo quería…pensó : es otra serpiente cuando el grueso cuerpo se dobló en ese torpe movimiento reflejo que no surgía de a alarma sino de la vitalidad…Es otra serpiente, pero, dijo hubiera debido pensar diez mil serpientes más…Cuando volvió con la leña y el conejo muerto, el nene envuelto en la casa yacía acunado entre troncos de ciprés…”palmeras6

En el caso de la agonía de Carlota, es la sangre que todo lo mancha lo que permite al lector comprender la gravedad de la situación.

La relación entre Carlota y Harry tiene un ingrediente vehemente muy fuerte y excluyente. Francamente destructivo. Desde que se conocen y deciden unir sus vidas, renuncian a todo compromiso que pueda competir con esa relación “ideal” de pareja amante. Ella abandona marido y dos hijas (esta circunstancia en 1937 y especialmente en el sur de EEUU era moralmente condenada y la mujer que hiciera tal aberración era monstruosa para la sociedad) y él tira por la borda su carrera, la herencia de su padre y un medio honrado de vida. De ahí en adelante, todo serán renuncias, sus miradas se centran exclusivamente en la relación que tienen.

La presencia, en el primer capítulo, del otro médico (aquel que les alquila la casa) y su mujer, es importante porque representan la opción de vida opuesta: éste sí aceptó la herencia de su padre quien también era médico, pero su vida ha sido de una pavorosa mediocridad. Y su mujer, diametralmente distinta a Carlota, muy digna en las formas (les ofrece la sopa) pero intolerante respecto al hecho de que los inquilinos no estén casados; parece una mujer que se ha ido secando en el transcurso de su vida:

“… los rígidos papelillos atormentándole el pelo gris, sobre la cara gris, sobre el camisón de cuello alto que también parecía gris, como si cada una de sus ropas participara de ese horrendo color fierro de su implacable e invencible moralidad…” (pág. 19).

La dicotomía funciona muy bien porque al poner frente a frente a los personajes, Faulkner los sitúa en sus elecciones y señala sus consecuencias: dos hombres concebidos para ser médicos pero que, por circunstancias distintas, escogen caminos opuestos. Ninguno encontrará la felicidad: mientras uno arriesga y se juega el todo por el todo; el otro acepta su destino y se convierte en un mediocre.

Los personajes de Faulkner parecen movidos por una fuerza telúrica que brota de las entrañas de la tierra, a veces casi bíblicos, guiados por una suerte de destino impuesto por ellos que los impulsa a moverse en una dirección y a no detenerse jamás, por doloroso que sea el camino.

Del  personaje El Penado, solo nos dice que es alto. Quizás por eso, dado que este protagonista se conoce por los claroscuros del mundo exterior, es quizás el personaje más literario, una especie de don Quijote. Se sabe que tiene de 25 años y lleva ya siete años de su condena a cinco lustros por su ingenuo e infantil intento de asaltar un tren siguiendo las “instrucciones” aprendidas en los folletines de policiales que leía.

Con el transcurrir del relato, va acentuando sus rasgos de ingenuidad. Del mismo modo, este personaje encarna el sentido moral y ético, siendo el único personaje que mantiene la dignidad en alto y acepta las decisiones de los representantes de la ley sin discutir aun cuando esas decisiones son injustas e ilegales.

En “El Viejo”, El Penado alto se opone a la fuerza de la inundación con una potencia aún mayor que la de la naturaleza: si el agua lo arrastra, él intentará sobrevivir para salvar a la mujer y al niño cueste lo que cueste. Nadie comprenderá cómo cargó el esquife sin ayuda, tarea de titanes, objetivamente imposible de realizar, pero la voluntad de regresar a tierra y depositar su tesoro: mujer, niño y esquife incluido, lo puede todo. Y lo puede todo porque él así lo ha querido. Salvarlos es más importante que salvarse: elige no huir.

El caso es que el preso alto, ciertamente  “entre la pena y la nada”, también eligió “la pena” (menos cruel para él), pues pudiendo escapar y rehacer su vida, por sí mismo regresó a la cárcel (el lugar seguro de los hábitos y costumbres aprendidos y arraigados) y cerró el círculo.      Sus prejuicios, su sentido del deber, su corta cosmovisión, su  actitud moral son tales que nunca abusa de la mujer que rescata; siempre la respeta. Pese a que hace dos años en la cárcel tuvo amoríos (“los domingos de visita”) con “una negra ya no joven” (la mujer de un preso recién asesinado por un guarda y ella lo ignoraba) y a que durante la travesía de la inundación, en un aserradero cercano a Bâton Rouge (donde encontró un buen trabajo temporal), se metió con “la mujer de un tipo” y él y su protegida (con el bebé) tuvieron que huir de allí, no se le ocurre nunca seducirla ni enamorarse. Cierra su propio círculo, volviendo a vestir su gastada pero limpia ropa a rayas y entregándola con la satisfacción del deber cumplido, a los oficiales de la Penitenciaría del Estado de Misisipi, junto con el esquife oficial, del que asombrosamente tampoco nunca se deshizo: “…ahí está su bote y aquí está la mujer..”, dijo.

Con igual poderío avanzan Carlota y Harry a su destrucción, obedeciendo a una orden interior que les exige renunciar a una vida rutinaria, aquello que ellos llaman decencia con desprecio. La estabilidad -todo lo que aquello implica como el dinero, el trabajo, los hijos- los horroriza. Por lo tanto dan la espalda a esa decencia y se lanzan al infierno, hasta la mina en Utah, con tal de no apagar la llama interior que los había unido, marcados por fuego. Son  dos seres perturbados por la pasión, apostando por una vida fuera de lo establecido, delineada por ellos en la búsqueda permanente del ideal del amor:

“…Oye, será siempre luna de miel. Siempre. Eternamente hasta que muera uno de los dos. No puede ser de otro modo. O cielo o infierno. Nada de cómodo y pacífico purgatorio intermedio para que nos alcancen la buena conducta, la abstinencia, o la vergüenza o el arrepentimiento…”

Esta dignidad de “El Penado” está bien manifestada a partir del  detalle de la ropa, otro de los leit motiv de la novela. Él se saca la ropa de presidiario, la lava y preserva para el momento en que vuelva a la cárcel con el esquife. Cuidar la embarcación y la ropa para volver con ellas a la penitenciaría marca  la diferencia frente al comisario  y los “representantes de la ley”, de lo que está bien según los usos y costumbres de una moral pacata y conservadora quienes en una sucia maniobra le agrega diez años a su condena.

Y es a través de este personaje, sin dudas el más bellamente descripto  donde Faulkner deja traslucir  su punto de vista y consecuentemente su mirada crítica sobre esa doble moral sureña.

La ropa también es un leit motiv que proporciona al lector la pauta de los cambios de los rasgos de personalidad que Harry va adquiriendo a lo largo del relato así como nos revela ciertos hechos que omite decir. Por ejemplo, si se lee con detenimiento la descripción que hace el narrador de Harry en el primer capítulo es idéntica a la descripción que se hace del vecino en el capítulo cuarto. Esta dispersión  de la figura de Harry lo termina anulando, pues es todos y nadie. Esto se pone de manifiesto expresamente cuando en el último capítulo el policía se refiere a él siempre con nombres distintos; y él en vez de corregirlo se limita a asentir.

Otra imagen que utiliza para soslayar la acción de los personajes está expresada en la ropa. No hay un dato cierto ni claro de lo sucedido, el lector lo infiere por las consecuencias que estos acontecimientos acarrean. Por ejemplo el camisón en  Carlota o el retazo de tela que saca de sus polleras la parturienta.

Dice en la novela:

Carlota estaba de espaldas, con los ojos cerrados, el camisón (esa prenda que nunca había tenido, que nunca había usado) arrollado a su pecho bajo los brazos, el cuerpo no desparramado, no abandonado, sino al contrario, un poco tenso.” pág. 267

 “Una vez calentada el agua ella sacó de alguna parte que él no conocería nunca y que ella tal vez ignoraba también hasta que llegó el momento, de una parte que tal vez ninguna mujer conoce pero que no asombra a ninguna mujer, ese cuadrado de algo entre arpillera y seda.” pág. 219

En ningún momento se dice claramente que el niño ha nacido o que Carlota ha muerto, no es necesario, se deduce del contexto.

La marcación de los prejuicios sociales de esa época se explicita en lo que los puritanos  advierten (como si tuvieran una marca de fuego en la frente) que Henry Wilbourne y Carlota Rittenmeyer no son casados. De esta manera  también expresa una realidad social a través del contexto.

palmeras3El ENTRAMADO

Las “Palmeras Salvajes” comienza por el final (el final de la relación amorosa entre los protagonistas), es por lo tanto una narración circular. Carlota está muriendo de una septicemia, víctima del aborto practicado por Harry (forzado por su mujer, quien esteriliza mal el instrumental), y lo único que ella desea en esos momentos de dolor y muerte, es que Harry pueda liberarse del castigo que le vendrá por su práctica médica y consiga huir. Esta actitud brava, en un momento en donde le fallan las fuerzas físicas porque está agonizando, es una muestra imponderable de su amor, pasión que los ha llevado hasta el final.

Antes de conocerla, Harry estaba terminando las prácticas para ejercer como médico: Intuimos que seguía ese camino por inercia, porque era su destino. Cuando conoce a Carlota se diseña otro destino, soñado y concebido por él, y a ese destino se entrega como hipnotizado. Es tan consecuente con su elección, que no toma el cianuro que le lleva Rittemenyer a la cárcel, porque morir sería matar el recuerdo de ella. Si él vive, Carlota sobrevive en su recuerdo:

“…No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejará de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada, elijo la pena…”(pág. 258).

“El Viejo”, en cambio, es una historia aparentemente lineal, por lo menos comienza por el principio: estando preso El Penado alto se desbordan las aguas del Mississippi. Obligado por uno de sus carceleros a conducir un esquife para ir al rescate de dos personas, una de ellas una mujer embarazada en peligro de ahogarse. La encuentra y se aferra a ella, la protege contra viento y marea, vive muchas aventuras guiado por la obsesión de salvarla, hasta que consigue entregarlos a las autoridades. En vez de liberarse y escapar, regresa finalmente a la cárcel para que ellos puedan sobrevivir en tierra firme.

En cuanto a su textura, es cierto que en “El Viejo” hay saltos en el tiempo y el espacio narrativo, saltos que se aprecian cuando cambia el narrador. Se trata de una tercera persona que cuenta los hechos en orden cronológico, pero en algunas ocasiones es interrumpido por el yo (El Penado) quien comenta con sus compañeros las experiencias (pasadas) desde el presente. En realidad es como si El Penado dialogara con la tercera persona, o completara la información con su punto de vista.

En cuanto a los  movimientos de las dos historias son opuestos: Carlota y Harry viven alejándose de un centro (familia, estabilidad, trabajo, vínculos), “El Penado”, a pesar de que la inundación lo aleja, busca regresar a un centro buscando estabilidad para la mujer y el niño.

La inundación funciona en el caso de “El Penado” como “el enemigo” que lo aleja, en Carlota y Harry la inundación está dentro de ellos, la pasión es el río que se desborda y los lanza al abismo, el enemigo que los obliga a renunciar a todo y los aniquila.

Y como eje común que une a las dos historias tenemos la prisión del Estado de Parchmann: ambos protagonistas terminan en la penitenciaría de esa localidad. Es el fin de los dos caminos: uno regresa a la cárcel para salvar dos vidas, el otro llega por terminar con dos vidas. El Penado no conocía a la mujer que rescata, pero algo se mueve dentro de él y ese descubrimiento se convierte en el único ideal de su vida, Harry ama a Carlota pero la mata a pesar de sí mismo.

Acá está el nexo entre las dos historias, tanto Harry como El Penado eligen no huir. Ambos expresan su libertad yendo a prisión y permaneciendo vivos.

Al ser opuestos, las fuerzas que mueven a los protagonistas de las dos historias logra este ensamblaje particular de la novela y adquiere sentido, porque la alternancia confirma que son dos historias complementarias, dado que representan a dos posturas extremas del comportamiento humano. Por lo tanto una ayuda a comprender a la otra, de la misma manera que el médico del primer capítulo, y su esposa gris, ponen en evidencia el mundo interior de Carlota y Harry. La falta de pasión de unos, resalta el “exceso” en los otros. Veamos cómo lo percibe el médico (aunque sea el narrador en tercera persona quien lo enuncia) cuando se enfrenta con Harry y Carlota:

… demasiado viejo para que lo despertaran a media noche y lo arrastraran desprevenido y todavía torpe de sueño, a esto, a esta viva pasión salvaje que no lo había tocado cuando era joven, cuando era digno de ella y a cuya pérdida creía no sólo haberse resignado sino que había tenido suerte en haberla perdido.” (pág. 223).

Aunque Harry lo llamaría “decencia” a él, el otro médico reconoce, con sólo verlo, y con cierta melancolía, la huella de lo que sería su modelo opuesto:

“…tiene en el cuerpo una prueba de amor y de pasión y de vida y de no estar muerto.” (pág. 21)

Encontramos otras oposiciones interesantes entre los personajes:

  • Carlota muere por la hemorragia provocada por el aborto; El Penado es hemofílico, pero sus hemorragias no le causan daño, la vive como otra “inundación” natural que le toca, sangre que brota de su cuerpo y que él acepta.
  • Harry huye del trabajo, por razones que ya comentamos, sin embargo El Penado recupera la alegría cuando tiene que trabajar para sobrevivir:

“…había olvidado qué lindo es trabajar”. Pág. 210).

El lenguaje utilizado en ambas narraciones es distinto porque obedece al ritmo interior de cada historia, otro gran acierto de Faulkner, su gran versatilidad.

En Las “Palmeras Salvajes” la historia de amor no fluye, la información aparece incompleta, como si fueran sablazos lanzados hacia el  vacío. El lenguaje en esta parte es duro, áspero, sin adornos; refleja dolor y lucha interior, se expone el conflicto y las explosiones causadas por el sufrimiento, con cierta crudeza:

“-Tengo dos hijos, dos niñas –dijo ella-; es raro, porque en mi familia todos eran varones salvo yo. El que más me gustaba era mi hermano mayor pero una no se puede acostar con su hermano y como él y Rat tenían el mismo cuarto en el colegio me casé con Rat y ahora tengo dos niñas y cuando tenía siete años me caí en la chimenea peleando con mi hermano y esa es la cicatriz. La tengo también en el costado y en la cadera y he tomado la costumbre de contarlo a la gente antes de que me lo pregunten, y todavía lo hago cuando ya no importa.” (pág. 40).

Así cuenta Carlota su relación con el marido

En “El Viejo” el lenguaje tiene mucha sonoridad y es envolvente. Las frases son largas, como serpentinas lanzadas al aire que se van estirando según sopla el viento. Fluyen como el río, por momentos las palabras parecen brazos que se extienden al infinito:

“…Zarpó, es decir, se soltó de la parra. Era todo lo que tenía que hacer, porque mientras la proa del esquife se cernía sobre los leños entreverados y hasta cuando lo sostenía con la parra en el agua relativamente quieta detrás del entrevero, sentía firme y constante susurrar la fuerte correntada a una pulgada de las débiles tablas en que se agazapaba y que, tan pronto como soltó la parra, se hizo cargo del esquife, no con un poderoso y único envión, sino con una serie de ligeros golpes, tanteadores y felinos; comprendió ahora que había alimentado una especie de infundada esperanza de que el aumento de peso haría más manejable el esquife. Durante los primeros momentos tuvo una loca (e infundada) creencia de que así era; había logrado dirigir la proa contra la corriente y la mantenía en un tremendo esfuerzo continuado aún después de descubrir que viajaban con bastante rectitud pero con la popa delante y continuado de algún modo aun después que la proa empezó a cansarse y a girar: “El Viejo” irresistible movimiento que él tan bien conocía, demasiado bien para luchar en contra, de modo que dejó hamacarse la proa corriente abajo con la esperanza de utilizar la propia inercia del esquife para que diera la vuelta entera y traerlo de nuevo aguas arriba. El esquife navegaba de costado, luego de popa, luego de costado otra vez, cruzando el canal diagonalmente hacia el otro muro de árboles sumergidos; empezó a huir debajo de él con rapidez aterradora; estaban en un remolino pero él no lo sabía; no tenía tiempo de llegar a ninguna conclusión ni aun de asombrarse; se agachó, los dientes desnudos en el rostro hinchado y sucio de sangre, los pulmones reventados, el remo golpeando el agua mientras los árboles se encorvaban enormemente sobre él…” (pág. 126- 127).

El ritmo de vorágine y el caos de la escena logran trasmitir la lucha del hombre contra la fuerza del agua, al mismo tiempo que se cuela un sentimiento de ternura hacia El Penado que lucha intuitivamente, seguro de su éxito. El se ha programado para salvar a la mujer y a su bebé, en eso radica su fuerza, cumple con su destino y no se cuestiona.

Las imágenes de “El Viejo” son bellas como su alma, con él nos internamos en un mundo luminoso. Carlota y Harry nos muestran el lado oscuro. A pesar de ser un presidiario, este hombre es transparente. En Las “Palmeras Salvajes” Faulkner se apoya en una adjetivación particular y debo reconocer que lo hace magistralmente:, “la cara ubicua y sincronizada, oracular, admonitoria e insensible”, “una separada, implorante, amenazadora, inerte aunque viviente masa…”,  “las ciegas e incomprensibles voces de pájaros revoloteaban entre los polvorientos y extravagantes focos de luz”, “impotencia rabiosa”, “fláccido y soñoliento sueño”, “los pies inmóviles y las piernas oscilantes”, “recóndito enigma solitario”, etc. Los ejemplos abundan, los objetos se mencionan calificados, de esa manera tienen características propias que los transforman y realzan, el adjetivo aspira a hacerlos únicos.

El contrapunto entre la forma moderna y el mundo que retrata produce un efecto fascinante. La mujer de gris es un buen ejemplo de esta cultura cavernaria: le pide a su marido que eche a Carlota, moribunda, y a Harry, fuera de su casa para que no los manche el pecado ajeno. No hay bondad ni generosidad en esta mujer, sólo la mueven las normas sociales y la moral. Vive en un mundo rígido y triste.

Para comunicar lo que quiere comunicar, para trasladar al lector al interior de sus personajes, Faulkner tiene que innovar. Es lo mismo que Carlota (o tal vez la propia mirada de Faulkner sobre el arte) aspira a conseguir a través del arte:

“…No quiero que pose. Es justamente lo que no quiero. No quiero copiar un ciervo. Cualquiera pueda hacerlo…” (pág. 89).

O en otra parte:

“…Ya te he dicho como me gusta hacer las cosas; cómo me gusta tomar el limpio metal duro o la piedra y cortarlos, por duros que sean, por más tiempo que tomen, modelarlos en algo hermoso, que se pueda mostrar con orgullo, que se pueda tocar, levantar, que se pueda mirar de atrás, y cuyo hermoso peso sólido se pueda sentir en la mano y que si uno lo suelta no es la cosa la que se rompe, es el pie, salvo cuando no es el pie, es el corazón, si es que yo tengo corazón…” (pág. 45).

Es justamente lo que hace el autor, huir de la rigidez de lo ya dicho, quiere captar el mundo en su devenir, su versatilidad, su riqueza. Si hay inundación en las tierras del Mississippi, que las palabras inunden la página para que produzcan ese efecto; si los personajes optan por renunciar a una parcela del mundo, esa parcela del mundo no debe aparecer en la narración para que su ausencia pese como les pesa a ellos. ¿Qué hacer para que las palabras no resten vitalidad y fuerza al mundo y captar el instante?:

“…Un corto muelle en el agua. Había una estrecha faja de playa con un gamo parado, rosado en el alba del domingo, con la cabeza erguida, observándolos un instante antes de huir con su colita blanca arqueándose en largos saltos mientras Carlota, saltando del coche con la cara hinchada de sueño, corría al borde del agua chillando:

-Eso es lo que yo trataba de hacer. No los animales, los perros, los ciervos y caballos: el movimiento, la carrera…” (pág. 87).

 

CONCLUSIÓN

Dos viajes, una huida frente a un regreso. Las fuerzas interiores y las fuerzas de la Naturaleza. El amor y el dolor, la libertad y el encierro. Dos hombre vírgenes frente a unas mujeres incognoscibles (¿para Faulkner también?). Carlota, “…una inundación violenta y amarilla”, “un halcón“, “más caballero”, radical, probablemente madre doliente, no obstante al mirarla las reflexiones de Harry no son tan románticas cuando se admira de  “la habilidad de las mujeres para adaptar lo ilícito y aun lo criminal a un molde burgués de decencia…“; la mujer que rescata El Penado, en un momento, vista como “…esto, de toda la carne de mujer que anda por el mundo, es lo que me toca en un bote huido…”. Ambas madres, ambos inexpertos. Harry que llega a disfrutar escribiendo novelas baratas, El Penado que caza cocodrilos con el  cuerpo. La narración va creciendo.

En realidad es una obra dialéctica porque quiere contar la vida como tal y la dificultad de aceptarla quiere describir un mundo donde fluyen alternativamente las contradicciones del hombre frente  al bien y al mal, al amor y al desamor, a la vida y la muerte y las diferentes manifestaciones de la libertad como de la esclavitud.

palmeras4LA TRADUCCION

En 1939, diez años antes de recibir el Premio Nobel de Literatura, el norteamericano William Faulkner (1897-1962) publicó en inglés su libro Las “Palmeras Salvajes”. Aún fresca la tinta, Jorge Luis Borges (1899-1986) lo leyó en ese idioma y elaboró una minúscula reseña (con ciertos reparos) para la bonaerense revista de señoras elegantes “El Hogar”, donde apareció el “5 de mayo de 1939” en su apartado “Libros extranjeros”. En 1944 su traducción al español de “Las Palmeras Salvajes” fue impresa en Buenos Aires, por primera vez, por Editorial Sudamericana en la Colección Horizonte. Y en una encuesta sobre los “Problemas de la traducción” y “El oficio de traducir” reproducida por la revista Sur (Buenos Aires, Nº 338-339, enero-diciembre de 1976), previamente publica en “La Opinión Cultural” (Buenos Aires, domingo 21 de septiembre de 1975), Borges dijo: “¿Si me gustó más traducir poesía que a Kafka o a Faulkner? Sí, mucho más. Traduje a Kafka y a Faulkner porque me había comprometido a hacerlo. Traducir un cuento de un idioma a otro no produce gran satisfacción.”

En sus ensayos autobiográficos  hace referencia a haber trabajado en ella y también a que su madre había hecho algunas traducciones consideradas suyas entre ellas Faulkner.

Está hecha sobre la edición inglesa en la que los editores Chatto y Windus pulieron expresiones malsonantes -incluida la frase final-.

Él mismo dice haber modificado algunos diálogos entre Harry y Carlota por encontrar a Carlota demasiado masculina y viceversa, así como haber jugado con el estilo directo en indirecto en la historia de “El Viejo” para aclarar el caos faulkneriano.

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Por su parte, Mario Vargas Llosa, quien en su libro de memorias El pez en el agua (Seix Barral, México, 1993) recuerda que siendo estudiante de letras y de derecho en la Universidad de San Marcos en Lima (1953-1958), “Junto con Sartre, Faulkner fue el autor que más admiré en mis años sanmarquinos; él me hizo sentir la urgencia de aprender inglés para poder leer sus libros en su lengua original” […] “desde la primera novela que leí de él Las “Palmeras Salvajes”, en la traducción de Borges—, me produjo un deslumbramiento que aún no ha cesado. Fue el primer escritor que estudié con papel y lápiz a la mano, tomando notas para no extraviarme en sus laberintos genealógicos y mudas de tiempo y de puntos de vista, y, también, tratando de desentrañar los secretos de la barroca construcción que era cada una de sus historias, el serpentino lenguaje, la dislocación de la cronología, el misterio y la profundidad y las inquietantes ambigüedades y sutilezas psicológicas que esa forma daba a las historias.”

Al respecto dice Leah Lone:

“… la visibilidad del narrador es una constante; su intervención cumple la función esencial de recordarle al lector del «artificio verbal» de la narrativa. El uso del discurso indirecto libre en “El Viejo” resultaba excesivo para el gusto del traductor, al que tan poco le agradaba la literatura psicológica. Sintiéndose libre de manipular el texto para que cupiera dentro de sus propios parámetros estéticos, Borges lo convirtió en discurso directo, atribuyendo las palabras del narrador directamente a los personajes. La narración experimental se complicaba aún más con la experimentación cronológica. Así como una sola frase podía contener la voz del narrador y la del convicto, también podía estar habitada por dos o aun tres momentos históricos distintos. Como el narrador narraba en discurso indirecto libre, las aventuras del convicto se desarrollan en el pasado, pero se narraban en el presente narrativo cuando el convicto contaba la historia en la prisión. Además, su cuento era continuamente interrumpido tanto por el narrador como por los otros convictos que están escuchando, insertando así tiempos pluscuamperfectos o presentes dentro de la narración en el pretérito. Borges atenuó la experimentación temporal de la novela, inventando orden cronológico en el discurso para evitar ese «pleno desorden» del que se queja en su prólogo a La invención de Morel.

En Las “Palmeras Salvajes”, Borges intervino sobre todo en el dibujo de los personajes, cuyas personalidades, tan radicalmente fuera de la norma sexual, le habrían parecido demasiado increíbles o demasiado inapropiadas. Los protagonistas, Harry y Charlotte, mostraban características estereotípicamente atribuidas al otro sexo, pues él es pasivo y dependiente y ella brusca y voluntariosa. Esta inversión de los roles tradicionales fue eliminada en la traducción; la técnica más notable para reafirmar la heteronormatividad de los personajes es el intercambio en el diálogo de los personajes de modo que Harry dice las cosas más directas y Charlotte las más pasivas. A través de este intercambio, Borges logró normalizar las subversivas representaciones de género de Faulkner y todas las repercusiones psicológicas que implicaban, a la vez que desplazó el texto de una historia de amor trágico a un cuento detectivesco. Con Harry ocupando su rol tradicional de hombre, Borges se sintió libre de agregar elementos de violencia y suspense que le eran vedados con una mujer como la persona dominante de la pareja.

En sus ensayos sobre la traducción de Las “Palmeras Salvajes”, María Elena Bravo (1985) y Frances Aparicio (1991) afirman que Borges mejoró el estilo del original, corrigiendo las torpezas de la prosa de Faulkner de las que tantos críticos se habían quejado. Aunque estas críticas ignoran la gran cantidad de errores en la traducción, de los que se encuentra una lista extensiva en la tesis de maestría de Marian Babirecki McMaster (1988), se puede decir que las «torpezas» rectificadas por Borges no sólo afectaban el discurso, sino también a la historia, los hechos y los personajes del texto. Borges no estaba corrigiendo por nitidez, sino para desplazar la novela de Faulkner de la categoría de novela psicológica hacia un género más aceptable. Borges no era un mero corrector de estilo, sino un autor que tomó el original como pretexto para crear una obra que correspondiera a su propio criterio de buena literatura. Probablemente sería una exageración aseverar, como Emir Rodríguez Monegal (1978), que Las “Palmeras Salvajes” es mejor que The Wild Palms…”

 

BIBLIOGRAFÍA

William Faulkner, “Las Palmeras Salvajes”. Prólogo de Menchu Gutiérrez. Traducción del inglés al español de Jorge Luis Borges. Ediciones Siruela. Madrid, 2010.

William Faulkner, “Las Palmeras Salvajes”, Buenos Aires, Editorial Sudamericana 1981

Gary Lee Stonum, “La carrera de Faulkner. Una historia literaria interior”, México, Noema, 1983.

Entrevista a William Faulkner en Cuadernos París Nº20 1956.

Leah Leone ,”Las Palmeras Salvajes” de William Faulkner, en la traducción de Jorge Luis Borges (1940). Londres, Routledge

Vargas Llosa, Mario “El pez en el agua” (Seix Barral, México, 1993)


 

[1]TEXTO DE FAULKNER EXPLICANDO LAS “PALMERAS SALVAJES”:

… “Aquello era una historia: la historia de Charlotte Rittenmeyer y Harry Wilbourne, que lo sacrificaron todo por el amor y después perdieron eso. Yo no sabía que iban a ser dos historias separadas sino después de haber empezado el libro. Cuando llegué al final de lo que ahora es la primera sección de Las “Palmeras Salvajes”, comprendí súbitamente que faltaba algo, que la historia necesitaba énfasis, algo que la levantara como el contrapunto en la música. Así que me puse a escribir “El Viejo” hasta que “Las “Palmeras Salvajes”” volvió a ganar intensidad. Entonces interrumpí “El Viejo” en lo que ahora es su primera parte y reanudé la composición de “Las “Palmeras Salvajes”” hasta que empezó a decaer nuevamente. Entonces volví a darle intensidad con otra parte de su antítesis, que es la historia de un hombre que conquistó su amor y pasó el resto del libro huyendo de él, hasta el grado de volver voluntariamente a la cárcel en que estaría a salvo. Son dos historias sólo por casualidad, tal vez por necesidad. La historia es la de Charlotte y Wilbourne….”

Stonum hablando del concepto de movimiento cautivo dice: “así el concepto permite contemplar el arte como una visión de la trascendencia de vida, el arte como una representación del movimiento de la vida, el arte como problemática de captación y el arte como metaforma para investigar el valor de formas culturales.

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