La pasión según Sara Gallardo

—Disculpe, ensayista, pero Sara Gallardo
no escribió ninguna “Pasión”.
—¡Cómo que no! ¿Y Eisejuaz?
—¡Ah!…

eisejuaz1Hay algo en común entre Sara Gallardo y Clarice Lispector, ambas autoras son exigentes e inclasificables. La de Lispector no es una narrativa común: quien logra terminar de leer La pasión según G. H. no es el mismo lector que al comenzarla. La prosa es sostenida, con un dejo de Wolf o Mansfield; se les acercan Cortázar, Joyce y Saramago. Lispector decía eso de “escribir distraídamente”, esto es, dejando venir los contenidos, y muy bien lo ha logrado. La pasión según G. H. es el intercambio silencioso, íntimo y único entre dos seres vivos: G. H. y una cucaracha[1], algo inesperado. El momento culminante es cuando G. H. está frente a la cucaracha que la mira y Lispector escribe (G. H. descubre):

lo que vi fue la vida mirándome

Esto último, tan breve, no se puede comprender sin llegar a ese momento en la obra o bien dejarse sentir qué es eso de “la vida mirándome”.

Gallardo, en cambio, en Eisejuaz emplea una prosa fragmentada, como a pinceladas, o tal vez lo más apropiado sería decir voces a veces inconexas, otras encadenadas, que pueden ser tanto exhalaciones de fumarola como estallidos de volcán. Toda la obra es así: Eisejuaz, el indio, en constante tensión entre lo que quiere y lo que debe. El lector va entrando poco a poco en eso que Eisejuaz sufre y goza, porque es una total entrega y es un total sacrificio, y es el triunfo de la entrega.

Debemos aquí recurrir a otro autor, Manuel Mujica Lainez, quien le dice a Sara Gallardo a propósito de esta breve novela[2]:

¡Qué libro extraño y bello has logrado! No imagino cómo se te ocurrió ni cómo te atreviste a emprenderlo. ¡Qué audacia! (…) Ojalá la gente comprenda lo valioso de tu texto. Ojalá deje atrás la sorpresa de las primeras páginas y se interne en su singularidad alucinante…

Manucho califica a Eisejuaz como mitad ángel, mitad monstruo. Eisejuaz es un místico y, pareciera, es un loco. Sin embargo, a tan ignota profundidad va el relato que, loco o no, es razonable si alguna razonabilidad cabe en esas profundidades. A ese mismo lugar nos lleva Clarice Lispector y es ésta una de las grandes coincidencias entre ambas escritoras, la de ahondar en lo profundo y lograr razonabilidad en lo irracional, digamos en lo instintivo; pero Sara es, llegado al caso, más instintiva que Clarice, porque la brasileña no sale de su habitaciones, es una escritora urbana; profunda y eficaz pero urbana; Gallardo nos mete en la selva, en lo más profundo de la naturaleza, nos mete, con Eisejuaz, en el más puro instinto y nos asombra con ese mundo natural, tan vivo que asusta, si hasta el mismo Eisejuaz, hombre de la selva, hasta a veces le teme, se le inclina y le obedece, como al Señor, porque para él tal vez se trate de lo mismo.

Una mirada a los principales personajes. Por comenzar el propio Eisejuaz, tal su nombre mataco. Para los blancos es Lisandro Vega, quien, como tal, vivió entre ellos en la orilla del chaco salteño y con ellos trabajó en diversas tareas, en especial la de maquinista en un obraje, también de lavacopas, donde recibe el mandato del Señor, y, ya avanzado el tiempo y en plena pasión, es conchabado en un prostíbulo. Pero otros nombres recibe, nombres privativos de su intimidad, los que emplea ante los “ángeles o enviados del Señor”: Este También, Agua que Corre, El Comprado por el Señor, El del Camino Largo; nombres que son parte de ese lenguaje único que emplea Sara Gallardo.

Un segundo e importante personaje: el Señor. Suerte de deidad entre animista y de la tradición judeocristiana. Es quien le impone el mandato y quien otrora lo eligiera por medio de “sus enviados”. Algo que sucede a edad temprana, cuando aún no ha cambiado los dientes. Sara Gallardo lo anuncia en una prosa ahora sostenida pero que no deja de ser esas voces que susurran o gritan de distinta manera. Ubiquémonos en plena selva, un duro altercado se ha producido entre las mujeres a causa de un vaticinio de la madre de Eisejuaz, y el cacique mataco, hablando del niño, observa: «Su cachorro apenas ha cambiado los dientes. Su pichón no está emplumado todavía»;

eisejuaz2Y yo recordé al mensajero del Señor que pasó esa tarde para hablarme. Era noche ya. En el monte anochece muy temprano. Corrí para buscarlo. Estaba en el tronco de un cevil, brillando. Nada dije, ni me moví tampoco. Esa lagar­tija tampoco. «Te va a comprar el Señor —me dijo—, le vas a dar las manos.» Nada dije. «El Señor es único, solo, nunca nació, no muere nunca.» Yo la oía. Brillaba. Dijo: «Ahora habla». Yo le dije: «Sí. Bueno».

Pero todos habían salido con mucho ruido a buscarme, con luces, por miedo al jaguar. Caminé y corrí, y llegué a donde estaban y se eno­jaron. Mi padre: qué hacía. Mi madre, también. Nada dije.

A la mañana me llevaron a mirar las huellas. Fuimos hasta el cevil, y vi las huellas de mis pies. Y las huellas del jaguar daban cuatro vueltas alrededor de mis huellas y después las seguían cuando caminé y cuando corrí.

Yo no lo había visto. Él no me había tocado.

Desde ese día no me preguntaron nada.

Desde ese día y hasta el de su muerte Eisejuaz sabe que tiene “las manos dadas al Señor”. Cabe aquí advertir que entre esas mujeres están las que mucho después tendrán una actitud vengativa; y una, como Judas, será la que provoca la muerte del indio, paradójicamente llevando a Eisejuaz a que cumpla su misión, momento en que culmina su pasión.

El mandato nos lleva a otro personaje esencial, Paqui.:

Dije a aquel Paqui:

—Procurá no morirte. A la tarde te ayudaré.

(…)

Yo no conocía a Paqui. Lo creí muerto, en el barro.

Pero me dijo:

—Algún día podés encontrarte como estoy yo.

Iba a mi casa, al otro lado del aserradero de don Pedro López Segura. Iba a mi casa y pensé: «¿No será el que estoy esperando?».

Por eso volví atrás:

—Procurá no morirte. A la tarde te ayudaré.

Un camionero dijo entonces:

—Yerba mala nunca muere.

Él ni nada. Como muerto. Y semejante mugre. Llegué a mi casa y dije al Señor «Si es éste, hacémelo saber». Tres, diez veces, veinte pedí: «Si éste es, que yo lo sepa». Y nada no pasó. Ni paró la lluvia. Puse a cocinar el pescado, y nada. Tenía un trabajo urgente, hice mi trabajo. Fui a buscar a aquel Paqui.

Los camioneros: «Ahí va Vega». Otro: «¿Buscás un tesoro?». Nada no hablé. Llevaba una hamaca para envolverlo, porque no podía caminar.

—¿Estás vivo? Vine a ayudarte.

No contestó.

—¿Estás vivo? Vine, como te dije.

No contestó. Entonces pensé que me había equivocado, que no era el mandado por el Señor. «Mejor para mí —pensé—. Mejor.» Iba a ale­grarme. Pero vi que había abierto un ojo y que lo cerró. Entonces lo envolví en la hamaca y lo cargué en mi espalda.

Paqui es para los demás una “carroña blanca”, así dicho porque es un inservible, egoísta, mala persona y encima tullido. ¿Por qué es así el que Eisejuaz debe atender? Arriesgamos aquí una hipótesis: así como Lispector recurre a una cucaracha para rescatar lo más profundo de la vida, lo mismo hace Gallardo en cuanto a la humanidad se refiere; Eisejuaz es impelido por el Señor a salvar lo peor de la humanidad. Será para Eisejuaz un sacrifico ingrato, de donde la pasión, un sacrifico inútil si tomamos en cuenta aquello de no gastar pólvora en chimango, sin embargo Eisejuaz lo lava, lo cura y lo rescata de la miseria no una vez sino tres veces. Y Paqui que lo odia, lo rechaza y los blancos que ven ese esfuerzo inútil, y los matacos que ven cómo quien otrora los guiara centra sus energías en esa carroña blanca, pero Eisejuaz, aun flaqueando, jamás abandona el mandato del Señor.

Otro gran personaje es Quiyiye. Tal su nombre mataco, Lucía Suárez para los blancos. Linda y buena al decir de todos los que conocen a Eisejuaz y la conocieron a ella, y si es nombrada en pasado es porque participa en el relato sólo en el recuerdo de Eisejuaz. Comparto aquí un fragmento un tanto extenso por dos motivos, por lo antedicho y para penetrar en la particular escritura de Sara Gallardo:

Un sueño me vino en ese entonces. Por cuatro años, el sueño aquél. Cada tres noches, por cuatro años. Hasta cansar, el sueño aquel. Siempre corriendo, Eisejuaz, Éste También, buscando. Viajando. Viniendo en bicicleta de Tartagal. Subiendo al ómnibus, al tren. Buscando, Éste También, por sitios nuevos, por calles, por un pueblo. Buscando en el monte, al otro lado de un río. Corriendo, buscando a su mujer, Éste También, cuatro años, cada semana, tres veces.

Dije a mi compañera:

—¿Vas a dejarme, pues? ¿Hay que matarte ahora?

—No es pensamiento mío ni es sueño mío.

Busqué al hombre conocedor, amigo de mi padre, que vive en Oran. Busqué a Ayo, Vicente Aparicio.

—Por como es, no te descuides, se cumplirá; hay que orar. Antes de unos diez años lo verás.

Dije a mi compañera:

—¿Mejor será estar muertos para entonces?

—No sabemos —ha contestado.

Fue lo que dijo mi mujer.

Dice Eisejuaz:

Guerra es ser capataz de la misión. Puro enojarse, puro gritar, puro pelear, puro ordenar, puro sufrir la envidia de cada uno.

Se han cumplido los años y llegó otro sueño:

Vi dos vacas. La grande que entra a pelear. La chica en su debilidad quiere esconderse. Tremendo animal la grande le hinca los cuernos, vuelve a hincar, a atropellar. Aquel ruido, aquella lucha tal que asusta, y por miedo subo a un cerro muy alto.

Desperté en la noche y aquel ruido sigue en mi corazón. He despertado y el miedo me hace temblar. He despertado y llamo a mi mujer.

—¿Qué sueño he tenido?

—Por como es, hoy se va a cumplir. No tiembles más. Hoy se va a cumplir.

Dice Eisejuaz:

En aquel día siete mujeres entraron en la casa mientras estaba en el aserradero. Entraron en la casa. Golpearon a mi mujer.

Y !a esperan abajo, en la canilla del agua. Con piedras la golpean, la hieren, la voltean. Mojada del agua, rotos los botijos, allí sangra en la tierra. Allí la policía lleva a todas, la buena con las malas, la herida, la que llora con las que insultan, la que piensa en mí con las que esperan verme muerto. En la noche he encontrado mi casa vacía, sin fuego. Y en la mañana soltaron a todas, la buena con las malas, sin justicia.

Ya nunca se sanó. No sanó mi compañera Quiyiye, Lucía Suárez, ya no sanó. Su hombre a los quince de mi edad. Mi mujer a los trece. No miró a otros. No tuvo hijos y lloró escondida. Tuvo conocimiento de las cosas, supo de la vida humana. No sanó. Fue hija de tobas y matacos, mi compañera. Linda fue.

Allí vi toda cosa que viera en esos sueños. Mi patrón la mandó a Salta a curar. Vi mi casa vacía. Me vi corriendo, Eisejuaz, Éste También, buscando. Viajando. Viniendo en bicicleta de Tartagal. Subiendo al ómnibus, al tren. Buscando, Éste También, por sitios nuevos, por calles, por un pueblo. Salta era aquel pueblo, esas calles, aquel sitio. Y aquel hombre que me habló en el sueño salió del hospital y me habló. Buscando a mi mujer, corriendo, trabajando en el aserradero.

No se curó. Uno dijo: es esto; otro: es aquello. La han operado, la han tocado: es esto; aquello. Todo vendí por fin viajando, curándola. Esa bicicleta, esa olla, las zapatillas, la manta. Y han traído a mí mujer de vuelta para morir.

Entonces caminó, engordó, se rió.

Pero tenía que morir.

En el suelo dormimos, sobre papel. Rompí mi ropa para secar aquello que corría, aquel mal olor; y después papeles; y después nada. Descalzo me vi, desnudo en mi trabajo, sin pan. Grité al Señor «Si levanté un pecado contra vos hácemelo saber. Y si no ¿qué es esto?». Clamé al último. No hubo contestación.

Dice Eisejuaz:

Dormido, sin cuidarla, en las noches me he visto. Sin cuidarla, cansado.

Una noche: «Eisejuaz, Eisejuaz». No me moví. «Eisejuaz.» Del suelo me alcé.

Murió entonces. Ha muerto.

Murió, entonces, mi mujer.

Hay más personajes en la novela. Solo se agregará quien era una niña cuando la conoció Eisejuaz, luego la mujer que lo acompaña en su última etapa. Supo Eisejuaz de ella cuando el padre lo vino a buscar porque estaba muy mal en el hospital, en momentos que este indio místico no se siente acompañado por los “ángeles del Señor”, pero el padre insiste y va a verla, a la niña, entrando el propio Eisejuaz en una agonía al ver cómo la criatura se ahoga a un paso de la muerte, y se ahoga él también sintiéndose morir. Sale del hospital casi exánime y es cuando asombrosamente reviven en él las fuerzas. Corre a ver a la niña, encontrándola recuperada. Nunca Eisejuaz se pudo explicar qué sucedió; nunca Gallardo lo dice, dejando que el lector piense lo que le parezca.

Esa misma niña, ya joven, se le aparece tiempo después ofreciéndosele como compañera: “Ya soy mujer”, le dice. Pero Eisejuaz, que no olvida su Quiyeye, rehúsa porque ya está en la última etapa de su vida, la de la misión con Paqui. La vuelve a encontrar en el prostíbulo donde entra a trabajar. Joven y bonita pero destrozada noche a noche. Al fin la rescata, al fin se la lleva al monte para encarar juntos ese último tramo en su vida.

Como vimos, Eisejuaz por momentos no recibe nada de los mensajeros o los ángeles de Señor y en esas ocasiones, como Sansón, sus fuerzas flaquean en cuerpo y en alma, sin embargo no deja de creer, y los mensajeros reaparecen. eisejuaz3Eisejuaz, como San Francisco, tiene una relación particular con los animales, hasta con los más salvajes, como el jaguar que nada le hizo cuando era un niño, recibiendo de ellos, convertidos en mensajeros, las palabras del Señor. En la segunda ocasión que se dedica a Paqui, ya viviendo en el monte, construye una típica choza mataca, domestica un loro para que entretenga a Paqui, un mono comparte el lugar y todos los atardeceres un jaguar hembra viene con su cría quedándose a una distancia del lugar sin ánimo de hacerles daño. Son los buenos momentos de Eisejuaz. Pero están los otros, cuando nada hay en él y nada hay con él. Lo dicho hace un instante se derrumba cuando Eisejuaz se ausenta en busca de un tatú por la selva y unos cazadores aparecen, destruyen la casa, matan al mono, al loro, al jaguar hembra para llevarse su piel y se llevan a Paqui que miente diciendo que el indio lo tiene secuestrado. Es cuando Eisejuaz reacciona y le reclama la Señor. Lo hace dirigiéndose a sus enviados, esta vez representados por la floresta. Si particular es la relación de Eisejuaz con la divinidad, particular ha de ser su plegaria; otra oportunidad para observar la escritura de Sara Gallardo.

En ese monte sentí también a los mensajeros de los palos. Les he dicho: «Mora buena, que no arde, amarilla, que no calienta la mano, buena para manejar el fuego, buena para cabo de hacha, de martillo, buena para durmiente en las vías del tren. Afata, fría en la mano. Palo blanco, que no tiene zámago, que no se pica, que se quiebra, que calienta la mano. Palo amarillo, que no se quiebra, que sí calienta la mano. Díganme cómo viene con mezcla, viene con nube, viene con sol, el secreto, la palabra secreta del Señor. Guayavil mensajero del Señor, nunca grande, aguantador del viento, espejo de ese lanza blanca. Lanza amarilla huérfano de flor, que no me duela, que no llore, que no diga ¿por qué? Y ese que se hace liviano con el tiempo, ese palo que será poroso, que no pesa, que el sol no raja, ese bueno para arzones, para bastos, cazazapallos.

»Y ese bueno para pilote cuadrado, para tirantes, lapacho. Y ese fragancioso roble, fraganciosa quina, fragancioso cedro. Ese urundel y este quebracho que arden, esa mora que no arde. Ese algarrobo que nunca se gasta, que fue cama de carros, que es tablón de camiones, que es petiso. que no pasa dos hombres. Y ese palosanto verde con perfume, duro como piedra, amigo del fuego, que ande mojado. Curen, vengan, sanen, alimenten, sostengan el corazón de Eisejuaz. Palos, ángeles de los palos, cada uno con su sabor en la boca del leñador, cada uno con una palabra del Señor.»

Y dije al primer mensajero, que es el aire: «Ángel primero, no descuelgues tu hamaca, la que está sola en el corazón de Eisejuaz, hasta que pueda lle­gar y encontrar a los mensajeros de los bichos y curarme». Así dije al primer mensajero, que es el aire.

eisejuaz4Largo es decir cómo es que Paqui aparece por tercera vez, la definitiva. En pocas palabras: se corre la voz que un sanador llega al pueblo, llega esa voz a Eisejuaz. Va al pueblo y ve que el sanador es nada menos que Paqui envuelto en oropeles y pleitesía, como todo manosanta. ¿Cómo es esto? se pregunta y le pregunta al Señor. Tal parece que el Señor lo escucha porque crecen los ríos, se inunda el pueblo y lo que había sido fiesta acabó en catástrofe. Eisejuaz vuelve al monte donde vive con la joven que él había salvado de morir siendo niña. A poco, aparece Paqui pidiendo hospitalidad.

Un evento provocado por la jovencita pero del que no es responsable, enferma y lleva al fin de sus días a Paqui y al propio Eisejuaz. Pero los finales son distintos. Paqui renegando de su suerte, Eisejuaz comprendiendo que había cumplido con el mandato del Señor, y organiza un funeral acorde a su estilo: en puro estado de naturaleza.

Y salió el sol en esa hora cantando un canto que nunca no le oí. Cantó su canto apareciendo tan grande y sonaba para todos dando gloria, cono­cimiento, grandeza. Cantaba y canté con él, grandemente canté con el señor de los mensajeros del Señor.

He gritado.

Dije a aquélla:

—Cuando esté muerto pónganme en ese pozo, al lado de ese hom­bre, y tápenme con hojas como yo lo tapé. Con la pala cúbrannos de tierra hasta arriba, y apreten bien la tierra saltando con sus pies. Este lugar y estas casas se llaman ahora Lo Que Está y Es. No duerman, ya habrá tiempo de dormir. No lleven nada de aquí en sus manos. Caminen a donde les dije y párense al lado del surtidor de nafta. Y sepan que Agua Que Corre es inmortal y los seguirá siempre.

Rompí mi cuchillo. Puse cada parte en un bolsillo de mi pantalón.

Y vino una negrura alta a taparme los ojos. Grité:

—¡Hablame, muchacha!

—Mi hombre, mí marido, mí señor.

Dije:

—Por vos el mundo no se ha roto, y no se romperá.

Agua Que Corre se levantó, y una alegría lo llenó, y lo pintó de un color que no puede decirse, y estuvo libre, y abrió el brazo que tiene y que es verde, color de la lengua que nadie puede ver, y gritó. Y se fue. Eisejuaz, Éste También, quedó para ser barro y pasto. Y cumplió.

Graciela Sosa, en su análisis a la obra[3], sostiene que el mensaje de Eisejuaz, juntando lo profano con lo sagrado, es el de instalar un mundo nuevo y “un hombre nuevo”. De ser así, Eisejuaz, la obra, es una inmensa metáfora ideada por Sara Gallardo con ese fin; sin embargo, el mundo nuevo y el hombre nuevo están constantemente gestándose y apareciendo, como germen de la esperanza, esa misma que tiene este indio mataco, mitad santo, mitad monstruo, como dijera Mujica Lainez. La conjunción de lo profano y lo sagrado es cierta, lo hemos dicho como animismo y deidad judeocristiana. Es lo mismo. Lo cierto es que, mientras Paqui acaba renegando pese a haber sido él el que en definitiva lo buscó a Eisejuaz, el indio santo y loco muere en su gloria. Hay una similitud, salvado distancias, con Jesús de Nazareth, quien tuvo su propia misión, su pasión y su muerte. El paso siguiente, la resurrección, que queda en manos de la fe, está por verse, puesto que, y en propias palabras de Eisejuaz

Y sepan que Agua Que Corre es inmortal

Como el Señor, que

es único, solo, nunca nació, no muere nunca

Sara Gallardo construyó un relato que excede cualquier mirada intelectual. Veremos en el parágrafo siguiente que no hay literatura que la oguale. Si pretendió un texto sagrado, no lo sabemos, que hay sacralidad en él, no cabe duda alguna.

Vamos ahora a lo más significativo de esta obra de Sara Gallardo: su escritura.

EL LENGUAJE EN EISEJUAZ

Completemos lo que antes nos dijera Manuel Mujica Lainez:

Ojalá —como me sucedió a mí— atraviese, deje atrás, la sorpresa, la desazón de las primeras páginas y, una vez adaptada a las exigencias de un texto que hubiese perdido notablemente si no hubiera sido redactado así, se interne en la singularidad alucinante del mundo que te adeudamos (…)

No sé si en otro país de nuestro continente han intentado nada, por ese mismo y peligroso camino. Aquí, tengo la certidumbre de que no existe nada en el tipo de tu libro, el cual será seguramente imitado.

eisejuaz5Hay antecedentes de obras que llegan al límite de lo posible en cuanto a la expresión, como en el modo de expresarse de Eisejuaz; su construcción gramatical. Hay obras que nos internan en lo más profundo de la naturaleza, como si la civilización aún no hubiese nacido. Y hay otras que abordan la traición y la actitud soez de gente de mala estofa.

Para el primer caso citemos a William Faulkner, quien toma de Shakespeare[4] el nombre de su particular obra, El ruido y la furia, donde Benji, el idiota, solo tiene conciencia de lo que ve o lo que siente. Hay cercanía con Eisejuaz en ese decir espasmódico y a veces incoherente, pero sólo en apariencia. En cuanto a penetrar el hábitat natural y virgen, dos textos llevan al lector al extremo de lo posible y bien dentro de un hábitat selvático como el de Eisejuaz: El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad y La casa de Verde de Mario Vargas Llosa. En estos casos lo extremo no es el lenguaje sino la minuciosa descripción de lugares y hechos, donde además se entremezcla la barbarie. En cuanto a la tercera mirada, la que se detiene en el lumpen, podemos recordar a los diversos relatos de Roberto Arlt y citar a Víctor Hugo Viscarra en Borracho estaba, pero me acuerdo, quien narra cuidadosamente ese ámbito, en este caso en El alto de La Paz, Bolivia, visto desde dentro porque Viscarra era parte de él.

Así es que existe la posibilidad de una literatura con lenguaje de corto alcance (Faulkner), la descripción de un Edén mezclado con Barbarie (Conrad, Vargas Llosa) y la del bajo mundo de las ciudades (Arlt, Viscarra); lógicamente podemos encontrar muchos ejemplos más, pero nos detenemos aquí y vamos a una advertencia que asegura que hay un límite para toda expresión, literaria o no, que pretenda decir lo extremadamente primario.

Varlam Shalamov[5] fue testigo y víctima de las peores situaciones, por qué no horror, que pueden darse en un gulag. Valga como ejemplo lo que dice de Ossip Mandelstam:

El poeta se moría desde hacía tanto tiempo que había dejado de comprender qué era la muerte. A veces, una idea simple y consistente se abría camino a través de su cerebro, dolorosa y casi palpable: le habían robado el pan que había puesto debajo de su cabeza. Esta idea espantosa le quemaba, al punto que estaba dispuesto a discutir, jurar, pelearse, buscar, demostrar. Pero no tenía fuerza para hacerlo y la idea del pan desaparecía.

Pero, aun en esta prosa que penetra el sufrimiento, reconoce que la palabra tiene un inconveniente per se:

¿En qué lengua dirigirme al lector? Si privilegiara la autenticidad, la verdad, mi lengua sería pobre, indigente. Las metáforas, la complejidad del discurso aparecen en cierto grado de la evolución y desaparecen cuando ese grado se traspone en sentido inverso. Desde este punto de vista, el relato está condenado inevitablemente a ser falso, inauténtico. Ni una sola vez me detuve en un pensamiento. El solo hecho de intentarlo me provocaba un dolor realmente físico. (…) ¿Cómo recobrar ese estado y en qué lengua contarlo? El enriquecimiento de la lengua implica el empobrecimiento del aspecto factual, verídico del relato”.

Shalamov asegura que es imposible llevar a la expresión esas situaciones límites, echando por tierra todo lo que los demás literatos han ensayando a lo largo del tiempo. No supone un lenguaje posible sino que asegura que no existe porque en general los autores, por un lado, no realizan ese proceso de sencillez, una ascesis del lenguaje, o bien, como en el caso de Clarice Lispector, rodean lo que quieren expresar, desnudan la palabra y ésta queda despojada de todo lo superfluo, pero persiste una actividad intelectual que no permite la totalidad del instinto.

No así con Sara Gallardo.

Eisejuaz, por mandato del Señor o por mandato interno, decide volver a un estado de naturaleza que conocía, el del monte chaqueño. Despliega todo su saber en aras de la misión que le ha sido impuesta sin terminar de romper lanzas con la civilización ni con su tribu, pero sabe que no tiene cabida en ninguno de los dos lugares y no halla mejor lugar que la selva para cumplir con el mandato. Ahora bien, el personaje, habiendo compartido su vida con matacos y blancos, que en apariencia retrocede en su evolución, no es que retrocede sino que simplemente es el lugar óptimo para el mandato, y Sara Gallardo, para lograr expresar esa regresión necesaria (la pasión de Eisejuaz), retrae el lenguaje para ponerlo a tono con el personaje. Shalamov denuncia la complejidad del lenguaje. Sara Gallardo no ensaya solamente una ascesis para abandonar esa complejidad sino que le exige ser aún más primitivo pero sin perder la esencia conceptual. Reitero: se exige una escritura aún más primitiva pero sin perder la esencia conceptual, y llega así a la expresión pertinente. Manucho advierte:

…texto que hubiese perdido notablemente si no hubiera sido redactado así

Ese así es que el lenguaje fue llevado al mismo estado de naturaleza en el que está Eisejuaz. Lejos del lenguaje primitivo de Benji, el idiota; de las descripciones y las sensaciones expresadas por Conrad y Vargas Llosa; lejos de los tugurios de Arlt y Viscarra; apartada, porque son otras, de las profundidades de Lispector; y quebrando las limitaciones de Shalamov. Éste es el gran mérito de Sara Gallardo como escritora.

Mujica Lainez advierte:

Ojalá deje atrás la sorpresa de las primeras páginas y se interne…

Y, por último, descubre y anhela:

…tengo la certidumbre de que no existe nada en el tipo de tu libro, el cual será seguramente imitado.

Hasta ahora nadie lo hizo.

Bibliografía

Gallardo, Sara, Eisejuaz, AGEA S. A., 2000, Buenos Aires.

Sosa, Graciela, Eisejuaz, una recorrida de aproximación, www.instituto127.com.ar/Espacio127/01/n1nota08.htm

Viscarra, Víctor Hugo, Borracho estaba, pero me acuerdo, Libros del náufrago, Buenos Aires, 2000.

Lepape, Pierre, El gulag, según Shalamov, Le Monde diplomatic Nº 54, Edición Cono Sur, diciembre 2003.


 

[1] Surgieron varias hipótesis sobre la sigla G. H.: “Gran Hermano” o “Gran Humanidad” entre otras. Lispector aclaró su origen: buscando un nombre al personaje lo tomó de unas letras escritas en una maleta de viaje; nada más. Con respecto al insecto elegido, y aquí sí arriesgamos una hipótesis, se trata del bicho más repugnado pero también el que ha sobrevivido a todos los cataclismos. Lo suponemos toda una alegoría de la animadversión que, y bien se nota en la novela, debió vencer G. H., y se trata de una manifestación de la vida quizá del comienzo de los tiempos; una alegoría todavía más fuerte.

[2] En carta publicada en el Prólogo a la edición de 2001.

[3] Ver Bibliografía.

[4] Macbeth, 5to acto, escena 5.

[5] Escritor ruso condenado por sus críticas a Stalin a un gulag en Kolyma, en el Norte de Siberia, desde 1937 hasta 1956. Ver bibliografía.

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