La otredad en “Morirás lejos”

“Años atrás en Leipzig una mujer leyó las líneas de su mano [se refiere a la mano del personaje eme] y mirando a sus ojos sentenció: —Morirás lejos”

Morirás lejos de José Emilio Pacheco

Recordemos que la otredad es un concepto que designa en principio la diferencia existente entre yo y otro, que involucra la percepción del otro como lo distinto del yo. Esa diferencia puede darse al interior de una sociedad (los hombres con las mujeres, los normales con los locos,etc) o puede darse entre diversas sociedades y llegar a extremos que justifiquen la eliminación de ese otro como ajeno a un nosotros que se construye mediante diversas tradiciones. Ahora bien, en esta modalidad de otredad no existe una conciencia de esa práctica, pues aparece negada. Como el “otro” como tal no existe, su eliminación no cuenta. De esta forma hablamos de “otredad” cuando ella implica una capacidad de reconocer y aceptar la humanidad de ese otro como semejante a la propia. Por esta razón las sociedades que viven en el reconocimiento de la diversidad practican una otredad consciente que se diferencia de aquellas donde la intolerancia y ciertos criterios puristas, productos de viejos prejuicios que se han ido consolidando con los años (o mediante la sistemática injerencia de los medios de comunicación en la sociedad) hacen inviable la convivencia con el diferente e inclusive buscan la destrucción de ese otro.

Otredad implica alteridad donde en las sociedades más avanzadas en este sentido, yo es otro, puesto que todos somos otros respecto de los yos ajenos que nos perciben.

Si bien el tema mismo de la otredad tiene varios abordajes posibles, que continúan siendo motivo de debates, tomo este recorrido para realizar un abordaje semiótico de la novela de José Emilio Pacheco.

Morirás lejos de José Emilio Pacheco trabajó la otredad en varias direcciones a la vez, planteándola por un lado como una forma de constitución de lo propio frente a lo otro, que funciona como acicate de las peores formas de violencia en las que ha caído la humanidad. Este tipo de configuraciones en sus textos narrativos constituye parte de su poética. Es en los atributos del otro que se distingue esta diferencia, esta inviabilidad de una posible convivencia, pero también la otredad aparece introyectada en Eme. Él mismo ha realizado un viaje hacia ese otro necesario de sí mismo que encubre su pasado criminal.

Toda la novela se divide en tres partes. Esas tres partes, a su vez se desarrollan en dos secuencias simultáneas y paralelas de microrrelatos que se alternan en la trama.

La primera parte está ocupada por el microrrelato Salónica, y constituye el espacio de la ficción. En ella eme, un nazi prófugo que reside de incógnito en el D.F. de México siente que es asediado por alguien que lee un periódico en un banco de plaza en el parque Hondo. Este microrrelato se desarrolla siempre en tercera persona, focalizando la conciencia de eme que va a producir una verdadera ficción paranoica sustentada en la otredad. Comienza a plantearse una serie ininterminable de posibilidades en torno a las probables identidades de ese alguien que “vigila” mientras simula leer un diario frente a su casa. La paranoia habilita de modo laberíntico una serie indefinida (y acaso infinita) de alteridades posibles del perseguidor, que nunca se realizan, pues solo son parte de la imaginación de eme. A su vez eme es otro de sí mismo, pues se ha visto forzado a ocultar su verdadera identidad vinculada a los nazis. Esta otredad en eme ha sido engendrada debido a su pasado violento. El temor reside en que alguien conozca su verdadera identidad y logre capturarlo. Y finalmente, el nombre eme que le da el autor proviene de una famosa película de Fritz Lang: M, el vampiro de Dusseldorf, en la que un asesino de niños que opera al caer el sol es perseguido por pordioseros, ladrones y policías. Los primeros son los que terminan descubriéndolo. La M significa “murder”, asesino. En este microrrelato se desarrolla también de manera metanarrativa las posibilidades mismas de toda narración, un poco a la manera de El jardín de senderos que se bifurcan de Jorge Luis Borges, en el sentido en que escribir es como ingresar a un laberinto.

El segundo microrrelato, comienza con la segunda parte de la novela bajo el nombre de Diáspora, y se vincula con la Historia. Diáspora se trata de una glosa de la Historia del pueblo judío de Flavio Josefo. Luego esa historia pasa a ser la de la persecución del pueblo judío por parte de los nazis, a partir de Grossaktion, que continúa en Tottenbuch y concluye en Gotterdämmerung. Llama la atención que en algún momento de Tottenbuch se menciona a eme y a su papel dentro del plan de exterminio nazi de los judíos. Esta secuencia está planteada en Diáspora, en primera persona (significativamente) y en las otras, en tercera persona que es la que utilizan los historiadores para crear el efecto de objetividad en el texto, pese a que en todo momento hay un alguien que está escribiendo esa historia, y por lo tanto en su escritura asoma necesariamente la subjetividad. Durante toda la segunda parte se produce una alternancia de microrrelatos entre la ficción y la Historia a la manera del montaje paralelo en cine. El objetivo es llegar al punto de fusión de estas dos modalidades de microrrelatos que la novela nos ofrece.

La tercera parte vuelve a estar dominada por Salónica, pero ahora sabemos cómo este relato se imbrica con los de la Historia y queda ese efecto de la fusión en la lectura. Desenlace y Apéndice son parte de la ficción. Todos estos microrrelatos son acompañados por signos que los identifican:

Salónica: Este símbolo es doble, representativo de la división entre los hombres bajo la primacía del poder absoluto. Preside el relato y marca la relación antagónica entre eme y alguien. Es la conjunción entre las culturas griega y judía.

Diáspora: Está representado por el signo del mercurio, dual y hermafrodita, se identifica con Hermes y Odín. La analogía con eme es explícita. Hermes es el mediador (como eme lo es para el nazismo) y recibe la misión de conducir las almas de los muertos.

Grossaktion: Es la svástica curvada. Aparece en casi todas las culturas primitivas y fue usada por los cristianos perseguidos durante el imperio romano. el símbolo era una forma de disimular la cruz. Se relaciona con la letra eme del alfabeto hebreo.

Totenbuch: Lo horizontal es lo pasivo-femenino y lo vertical lo activo masculino. El trazo vertical se puede entender como la cabeza de dios o del poder que desciende sobre la humanidad desde lo alto. En sentido opuesto representa la búsqueda trascendente de la humanidad. Es hermafrodita.

Gotterdämerung: Se trata de “El crepúsculo de los dioses”, símbolo asociable al candelabro. Es un signo que representa el vinagre en la temprana química. La presencia o ausencia de este elemento condiciona las posibilidades de dominio de eme, su ausencia indica su muerte próxima. La caída de los dioses representa el apocalipsis, la destrucción de la tierra debido a la falta de deidades.

Desenlace: Este signo representa la muerte de los hombres.

 

Apéndice: Es un reloj de arena, signo doble, pero armónico. Desaparecido eme, significa un nuevo modelo de relación entre los contrarios. Simboliza el fuego, elemento masculino y de sabiduría, y el agua, elemento femenino y de búsqueda de la verdad. La relación no anula ninguna de las partes.

Lo que se puede deducir de este repertorio simbólico que se utiliza en la novela es la preeminencia de signos dobles. En ellos se percibe una tensión entre dos partes por un lado, que ponen de manifiesto la tensión de la otredad, y por otro de una hibridez (que en la simbología de estos signos se manifiesta a través de lo hermafrodita) que se lleva a cabo en ese juego del texto que corre hacia su propio umbral, palpa sus límites y se piensa a sí mismo exhibiendo sus propias condiciones de producción.

La alternancia de estos dos microrrelatos (Salónica para la ficción y el resto para la Historia) funciona como un juego de otredad discursiva, el texto separa los bloques dedicados a la ficción de aquellos que se orientan a la Historia, sin embargo existen vasos comunicantes, como los hay permanentemente entre la ficción y la realidad.

Así que tenemos una otredad en el nivel argumental (romanos y judíos, nazis y judíos), pero también en el nivel genérico (historia y ficción). Y, como vimos, desarrollado hasta el infinito dentro de las incontables probabilidades que eme pergeña con relación a la identidad de su perseguidor, inclusive en el mismo eme.

Las identidades en la novela aparecen fijadas solo dentro de los bloques que corresponden a los microrrelatos de la Historia (Diáspora, Grossaktion, Totenbuch y Gotterdämmerung), mientras que van a permanecer como incógnitas dentro del relato que ocupa el espacio de la ficción (eme y alguien).

Por otra parte es la otredad narrada en Diáspora la que funcionaría de fundamento (el histórico antisemitismo) para su actualización en Grossaktion, Tottenbuch y Gotterdämmerung. Mientras que éstas tres últimas derivarían en la escena de la que se ocupa Salónica.

¿Acaso esta aparición insólita de eme en un bloque dedicado a la Historia anula la otredad discursiva planteada por el texto? En realidad, el eme que es citado dentro del subrelato de la Historia es otro, ajeno a esa nueva identidad forzosa que ha debido construirse para no ser capturado una vez finalizada la guerra.

Cabría pensar que el conflicto de la otredad está en el mismo eme. Habiendo sido él perseguidor de los judíos durante el apogeo del régimen nazi se ha convertido en perseguido una vez finalizada la guerra e iniciados los juicios pertinentes a los criminales de guerra.

La otredad se produce al interior mismo de la identidad. Esta sea quizás la razón por la cual el texto decide utilizar la letra eme que como dijimos remite a un asesino de niños de una película de Lang. Muy a la manera borgeana, la identidad aparece como una provisoriedad que va a ser dinamizada por la otredad. No solo eme no es un nombre alternativo, sino que ha sido tomado de otro nombre proveniente de un film que a su vez remite a un hecho efectivamente ocurrido en la ciudad de Düsseldorf a fines de la década del veinte de un asesino cuyo nombre verdadero nunca aparece en el film.

Por eso el nombre no aparece necesariamente aquí como la garantía de identidad alguna, más bien es una máscara con la que alguien decide dejar una identidad inconveniente para proveerse de una nueva que borre ciertos actos cometidos en el pasado. Pero a la vez existe una continuidad, pues si es necesario borrar, olvidar, es justamente porque ese pasado existió y las acciones cometidas ocurrieron. Se trata de una mera operación de negación. Eme debe negarse a sí mismo para salvarse de sus captores. La Historia constituye así una otredad respecto de la figura de eme, porque afirma lo que este necesita negar.

En algún momento de la novela, eme consulta con una adivina que le augura:

-Morirás lejos.

En ese vaticinio también se plantea una continuidad como la que sostiene el discurso de la Historia, esas palabras determinan no solo el destino de eme, sino también de su identidad, por más que busque refugio en la máscara de un otro, siempre habrá quien restituya para la Historia, su verdadera identidad.

maltés de John Houston, alguien que está entre Sam Spade y Gutman (Sydney Greenstreet), el magnate obsesionado por la estatua del pájaro negro. Lo policial no llega a nada aquí. No hay más que una intriga o enigma que se prolonga hasta el infinito, puesto que la intriga está en la muerte misma.

Hay la búsqueda de una mirada estereoscópica de un alumno ausente, o acaso nosotros los lectores somos ese alumno y el aprendizaje ya no ocurre, no hay puente sino muralla o abismo. El alumno permanece quieto frente al vacío. En sus ojos se dibuja un interrogante que, él lo sabe, se prolongará hasta el instante de la muerte.


BIBLIOGRAFÍA

  • Pacheco, José Emilio, Morirás lejos, 1991, Era ediciones, México.
  • Todorov, Tzvetán. La conquista de América y la cuestión del otro. 1987, Siglo XXI editores, México
  • Todorov, Tzvetán. Nosotros y los otros. 1991.Siglo XXI editores, México.
  • Jiménez de Baez, Morán, Negrín, Ficción e Historia. La obra narrativa de José Emilio Pacheco. 1979. El colegio de México, México.

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