El humor en José Saramago

Es aquí tema de observación cuándo la ironía se hace humor y éste, el humor, es el mejor medio para lograr la crítica que supone un compromiso social, la denuncia más allá de las verdades y la metáforas. Bertolt Brecht fue un maestro en el uso de la metáfora como crítica en Madre Coraje, pero también apeló a la ironía y al mismísimo humor en el personaje del juez en El círculo de tiza caucasiano.

José Saramago se caracteriza, además de su estilo narrativo1, por su compromiso social2 y su ironía. Que no necesariamente es humor, aunque se le acerque. En su novela Caín, tras el famoso “¿Qué has hecho?”, cuando aquella primitiva “sociedad rural” entre los hermanos se deshizo de un piedrazo, Saramago, aprovechando que el fraticida es condenado a errar por allí, lleva al lector ante el sacrificio de Abraham, las adversidades de Job, Babel, Jericó, Sodoma, nos encontramos con Lilith y navegamos en el Arca de Noé, todo en un relato sostenido donde Caín siempre es parte, lo es Dios y sus ángeles, en una compulsa constante puesto que a aquella pregunta Caín responde con otra:

Soy yo acaso el guarda­espaldas de mi hermano, Lo has matado, Así es, pero el primer culpable eres tú, yo habría dado mi vida por su vida si tú no hubieses destruido la mía. (…) Soy el dueño soberano de todas las cosas, Y de todos los seres, dirás, pero no de mi persona ni de mi libertad.

La novela es una recreación del relato bíblico con la libertad que el arte permite. En ella hay dos que discuten apelando a todos los recursos, ya no retóricos sino con tanta elocuencia y con tal desparpajo que despierta una sonrisa en el lector por la osadía, pero también por la reescritura de algo tan inamovible como el texto bíblico, haciendo que el lector reflexione, además de sonreír, más allá de las libertades que el autor se otorga. Es desde un comienzo que esa reflexión se inicia, cuando Saramago desliza en boca de Caín un significativo: “pero no de mi persona ni de mi libertad”, algo que es hoy motivo de estudio.

Saramago dispone de un plus para despertar sonrisas en el lector libre de prejuicios: en su origen el texto bíblico es un relato fantástico, producto de la tradición oral, y, bien mirado, lleno de mitos y leyendas. Se puede decir que es similar a la cosmovisión creada por los griegos con los dioses del Olimpo, reflejo de las virtudes y yerros humanos, pero, en este caso, no en clave de tragedia sino de comedia; lo fantástico permite lo irónico. Llegado al caso, nos hallaríamos ante otra versión de Bertolt Brecht, pero, a diferencia del dramaturgo, otra cosa es lograr un relato gracioso respetando los hechos reales y que, además, conserve aquella crítica social.

En El viaje del elefante nos encontramos ya no con la metáfora sino con un fino proceso de trucar la realidad sin destrozarla; la razón de ser de la ficción es matizarla. Saramago aquí busca desnudar realidades humanas en un contexto real, y el medio que emplea es el del humor.

Fue necesario que los ignotos hados se dieran cita en la ciudad de Mozart para que este escritor pudiera preguntar: “¿Qué figuras son ésas?” Las figuras eran unas pequeñas esculturas de madera puestas en fila, la primera de ellas, de derecha a izquierda, era la Torre de Belén de Lisboa. Venían a continuación representaciones de varios edificios y monumentos europeos que manifiestamente anunciaban un itinerario. Me dijeron que se trataba del viaje de un elefante que, en el siglo XVI, exactamente en 1551, siendo rey Juan III, fue conducido desde Lisboa hasta Viena.3

Éste es el punto de partida de la obra, el hecho real, donde son personajes principales Salomón, el elefante, y Subhro, el cornaca (literalmente: ‘amansador de elefantes’), y partícipes necesarios los reyes de Portugal, un comandante de milicias de este país y el archiduque Maximiliano de Austria, yerno de Carlos V y primo de Catalina de Austria, reina de Portugal. Son necesarias estas relaciones de parentesco para comprender el hecho real, el viaje del elefante. Según Saramago, tal parece que fue así:

Con ceñuda expresión, he aquí que el rey comenzó diciéndole a la reina, Estoy dudando, señora, Qué, mi señor, El regalo que le hicimos al primo maximiliano, cuando su boda, hace cuatro años, siempre me ha parecido indigno de su linaje y méritos, y ahora que lo tenemos aquí tan cerca, en valladolid, como regente de españa, a un tiro de piedra por así decir, me gustaría ofrecerle algo más valioso, algo que lla­mara la atención, a vos qué os parece, señora.

Catalina propone tal o cual cosa, se desdice, yerra…

cuando de repente se interrumpió y casi gritó, Tene­mos a salomón, Qué, preguntó el rey, perplejo, sin entender la intempestiva invocación al rey de judea, Sí, señor, salomón, el elefante, Y para qué quiero aquí al elefante, preguntó el rey algo enojado, Para el regalo, señor, para el regalo de bodas, respondió la reina, po­niéndose de pie, eufórica, excitadísima, No es regalo de bodas, Da lo mismo. El rey aseveró lentamente con la cabeza tres veces seguidas, hizo una pausa y aseveró otras tres veces, al final de las cuales admitió, Me parece una idea interesante, Es más que intere­sante, es una buena idea, es una idea excelente, insis­tió la reina con un gesto de impaciencia, casi de insu­bordinación, que no fue capaz de reprimir, (…) Entonces que se vaya a viena, Y cómo iría, preguntó el rey, Ah, eso no es cosa nuestra, si el primo maximiliano se convierte en su dueño, que él lo resuelva…

Ya está, Salomón será del archiduque de Austria, que por más que está en Valladolid su patria es Viena, y a su patria irán sus pertenencias, como el elefante. Pero si hay un elefante hay un cornaca, por lo que serán dos los que viajan a Viena. Fueron meses y leguas, donde elefante, cornaca, milicia portuguesa y servidores van de Lisboa a Castelo Branco, frontera con España, de aquí, junto a la milicia austríaca a Valladolid, donde se hace entrega del regalo de bodas y las milicias portuguesas retornan a Lisboa. De Valladolid al Puerto de Rosas, sobre el Mediterráneo. Embarcar elefante, cornaca, los archiduques y el resto de la comitiva rumbo a Génova. En Italia: Ravena, Padua, Trento y Bolzano. Cruzar los Alpes; Innsbruck y, por vía fluvial, hasta Viena, donde la pareja archiducal entra en triunfo, mejor dicho el elefante y su cornaca.

En todo ese periplo sucedió lo que se pueda imaginar, o lo que imaginó Saramago basándose en los datos históricos a los que llegó, porque el viaje fue real y, ficción o no, reales fueron varios de los sucesos narrados en la novela.

Aquel exabrupto, por así decirlo, de la reina será una de las pocas ocasiones en que el relato adopta un tono exultante. En general el ritmo de la novela, musicalmente hablando, más nos acerca a Vivaldi que a Wagner, priva más la suavidad de los violines que la majestusidad de las trompetas, y, como ya vimos, con humor, sea por medio de los hechos o de las actitudes, pero, más que nada, por medio de las relaciones entre quienes integran la caravana.

El centro es Salomón, pero un elefante no habla, barrita; quien lo hace es Subhro, el cornaca, que de a poco, según Saramago, va mostrando más de lo que parece. Quien primero lo nota es el comandante de las milicias portuguesas, a cargo de la seguridad y la organización. El hombre de corrales y establos ya había sugerido la adquisición de más bueyes para que la caravana avance con mayor rapidez; el comandante, hombre de cuarteles y disciplina, acepta la idea deduciendo: Será hombre de establos pero piensa. Envalentonado, Subhro sugiere otra idea: los bueyes y el elefante adelante, las tropas atrás:

Muy bien, eso se llama una idea, Así me lo parece, Una idea estúpida, quiero decir, Por qué, preguntó subhro, ofendido, Porque mis soldados y yo iríamos tragándonos el polvo que vuestras patas levantaran,(…) y si vuelves a preguntarme por qué, en el tono en que lo has hecho ahora, daré orden de que te den una buena ración de chicote en el lomo, Sí, señor, murmuró subhro con la cabeza baja. (…) Me gustaría saber si es tu voluntad que nos quedemos aquí eterna­mente, Salomón todavía duerme, mi comandante, Ahora resulta que quien gobierna aquí es el elefante, preguntó el militar entre irritado y divertido, Es que, mi comandante, salomón, para que podamos entregarlo con buena sa­lud al archiduque de austria, tendrá que descansar en las horas de calor.

saramago1Esta misma situación se dará meses y leguas más adelante, ya en tierra castellana4, pero quien está frente a Subhro no es un comandante de milicias sino Maximiliano, archiduque de Austria y yerno de Carlos V, hombre de autoridad como el comandante pero no de disciplina: uno obedece las órdenes de su rey (el obsequio de bodas debe llegar en condiciones a Valladolid), el otro se obedece a sí mismo, y convengamos, lejos está Maximiliano de ser hombre de establos. Sin embargo:

Si el archiduque no ha hecho delegación de autoridad, el mando absoluto le pertenece por derecho, tradición y reconocimiento de sus súbditos naturales o adqui­ridos, como es mi caso. Fritz, hablas como un letrado. Soy simplemente un cornaca que hizo algunas lecturas en la vida. Qué pasa con solimán, qué es eso de que tiene que descansar durante la primera parte de la tarde, Son costumbres de la india, mi señor, Estamos en españa, no en la india, Si vuestra alteza conociese a los elefantes como yo tengo la pretensión de conocerlos, sabría que para un elefante hindú cualquier lugar en que se encuentre es la india, Todo eso es muy bonito, pero yo tengo un largo viaje por delante y ese elefante me hace perder tres o cua­tro horas por día, a partir de hoy solimán descansará una hora y basta, Me siento un miserable por no poder estar de acuerdo con vuestra alteza, pero, crea en mí y en mi experiencia, no será suficiente, Veremos. La or­den fue dada, pero cancelada al día siguiente.

Vemos que ya no es Subhro sino Fritz, y que no es Salomón sino Solimán; Maximiliano cancela su orden al día siguiente pero no abdica de su poder, al menos el de cambiar los nombres porque le da en ganas. Subhro se siente herido por ello, pero “Que se caigan los anillos pero que queden los dedos”, reflexiona, por más que sea hombre de establos.

Salomón (o Solimán) es el centro de la historia, por lo tanto debemos ir a él. Quienes nos llevarán son dos comandantes de milicias, cuando portugueses y austríacos se encontraran en Castelo Branco. Receloso, el portugués arenga a su tropa:

De vosotros sólo deseo que cada rostro sea como un libro abierto en una página donde se encuentran escritas estas palabras: Aquí no entran.

Lo que sigue es una verdadera escena de teatro:

Sabéis por qué estamos aquí, hemos venido a buscar el elefante para llevárnoslo a valladolid, es importante que no perdamos tiempo y comencemos ya con los preparativos de la transferencia, de modo que podamos partir mañana lo más temprano posible, son éstas las instrucciones que he recibido de quien puede darlas y que haré cumplir de acuerdo con la autoridad de que me encuentro investido. Mis instrucciones son diferentes, las que recibí también de quien me las podía dar, son simples, llevar el elefante a valladolid y entregarlo al archiduque de austria en persona, sin intermediario. Los coraceros bajo mi mando podrán, a una simple orden, limpiar del campo en menos tiempo del que lleva decirlo, y así será hecho sí no es inmediatamente depuesta la insensata obstinación de la que su comandante está dando muestras, lo que me obliga a avisar de que las inevitables pérdidas humanas, que en la parte portuguesa podrán ser totales, serán de su entera y única responsabilidad, después no vayan por ahí con quejas, Puesto que, si bien lo he entendido, vuestra señoría se propone matarnos a todos, no veo cómo podremos después quejarnos, en cualquier caso supongo que tendrá alguna dificultad en justificar una acción violenta hasta ese punto contra soldados que no hacen más que defender el derecho de su rey a establecer las reglas para la entrega del elefante regalado al archiduque maximiliano de austria, quien, en este caso, me parece haber sido muy mal aconsejado, tanto en el plano político como en el plano militar. El comandante austríaco no respondió inmediatamente, la idea de que tendría que justificar ante viena y lisboa una acción de tan drásticas consecuencias le daba vueltas en la cabeza, y a cada vuelta le parecía más complicada la cuestión. Por fin creyó haber encontrado una plataforma conciliatoria, propuso que les fuese permitido entrar en el castillo para certificarse del estado de salud del elefante. Supongo que sus soldados no son veterinarios, respondió el comandante portugués, en cuanto a vuestra señoría, no sé, pero no creo que se haya especializado en el arte de curar bestias, luego no veo ninguna utilidad en dejarlo entrar, por lo menos antes de que me sea reconocido el derecho de ir a valladolid para hacer personalmente entrega del elefante a su alteza el archiduque de austria. Viendo que la respuesta no llegaba, el alcaide dijo, Yo hablo con él. Al cabo de algunos minutos regresaba con una expresión de alegría en el rostro, Está de acuerdo, Dígale entonces, pidió el comandante portugués, que para mí será un honor acompañarlo en la visita, y dio orden al sargento de mandar formar la tropa en dos filas. Adelantó el caballo cuando la maniobra estuvo concluida hasta ponerlo al lado de la yegua del austríaco, y le pidió al intérprete que tradujese, Sea otra vez bienvenido a castelo rodrigo, vamos a ver al elefante.5

Vamos al elefante; Salomón o Solimán, no importa, que no habla como Subrho sino que barrita, pero se da a entender. Una noche, en plena tertulia junto el fuego, Subhro cuenta a la milicia portuguesa sobre los dioses hindúes, o el dios de diversos nombres: Krisna, Visnú o Ganesh, el dios con cabeza de elefante. Como la Trinidad, comenta un soldado. Ustedes tienen cuatro, responde Subhro. ¿Cómo es eso?, se alarman los cristianos. Digamos, en palabras de hoy, que Subhro observa que la Virgen María tiene más rating que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ten cuidado con lo que dices que está por allí la Inquisición, le advierte el comandante. Quienes también escucharon, pero solo parte de la conversación, fueron unos aldeanos que casualmente pasaban tras ver y admirar a Salomón, que todavía tenía ese nombre, y la parte que oyeron es que habría un dios elefante, asociándolo con el que vieran allí, y, vaya a saber por qué, para sus entendederas, más cerca del Leviatán que de una deidad. Alarmados, lo sacaron al cura de la cama, cabildearon y al amanecer aparecieron cura y paisanos con la excusa de bendecir al elefante, dejando hacer Subhro, quien bien vio que un sacerdote se acuerde de Salomón, y el comandante, a la postre sabedor de latines tras una estadía en un seminario en sus años mozos. No se le acerque mucho, le advirtió al cura que andaba con el aspersor rociando al elefante aquí y allá, hasta que entendió que las oraciones no eran de bendición sino del exorcismo. ¡Qué hace!, se alarma. Pero quien pone las cosas en su lugar es Salomón por medio de una coz, directa pero suave, produciendo en el cura solo algo más que una paralítica. Todos reaccionan, mas dirá el cura:

Ha sido un castigo del cielo, ha sido un cas­tigo del cielo. Y a partir de hoy, cuando se hable de ele­fantes en su presencia, y han de ser muchas las veces, habiéndose visto lo sucedido aquí, en mañana bru­mosa, ante tantos testigos presenciales, siempre dirá que esos animales, aparentemente brutos, son tan in­teligentes que, aparte de tener luces de latín, hasta son capaces de distinguir el agua bendita de la que no lo es.

Salomón no habla pero actúa. Como ser despedirse del comandante portugués posando su trompa sobre el hombro de los cuarteles y la disciplina, que ya no sabía como sostener la emoción. (¿Volveremos a vernos?, le pregunta el comandante a Subhro. No creo, Viena está lejos de Lisboa. Al fin, el de los corrales y el de los cuarteles, eran dos amigos.) O cuando embarcaron en Puerto de Rosas, donde asistió realeza y pueblo a la espera de que el barco se vaya a pique con esa mole de cuatro toneladas cerca del bauprés, sin saber que Salomón había adquirido “pie de marinero” en la mucho más extensa travesía marina por el Indico y el Atlántico desde Goa hasta Lisboa. O el insólito “milagro” frente a la iglesia de San Antonio de Padua, milagro que le valiera a Subhro una dura reprimenda por parte de Maximiliano por el propio hecho y por cierta picardía mercantil. Pero la valía, digamos la verdadera capacidad de Salomón, ahora Solimán, se hará presente en el cruce de los Alpes.

saramago2Elefante y cornaca han nacido y se han criado en tierras donde la temperatura media es de treinta grados y, si bien las lluvias son frecuentes, de nieve, apenas una breve experiencia en Lisboa. Maximiliano, archiduque de Austria y yerno de Carlos V, con todo el poder que dispone, comete el yerro de encarar los Alpes en invierno. Los cartagineses, con Aníbal a la cabeza, en busca de recuperar la supremacía del Mediterráneo, cruzaron estas mismas alturas con sus elefantes, pero Salomón no es africano y mucho menos un mamut siberiano, si aún existiesen. Tras la trepada desde Bolzano, donde ya la nieve los asombra y asusta, llegan los cruces de Isarco y de Bremmen, uno peor que el otro. Mil quinientos metros de altura; viento, nieve, hielo y frío. En medio de desfiladeros con nieve que no sólo cae de las nubes sino de los propios cerros, a veces en forma de alud. Sobre la nuca del elefante, Subhro ya no sabe cómo soportar tanta inclemencia, Salomón tampoco, pero siguen, deben seguir, deben salir de esa trampa, guiados por Subhro, o no, porque el camino entre tanta ventisca es una suposición, tal vez lo hagan por instinto, de Subhro o de Salomón, hasta que al fin llegan a algún lugar donde la caravana se agrupa. Es entonces que Salomón:

Jadeando, pocos metros des­pués de haber dejado atrás la boca del desfiladero, se le vinieron abajo las patas delanteras y las rodillas al suelo. El cornaca tuvo suerte. Lo nor­mal sería que el choque lo hubiera proyectado violen­tamente delante de la cabeza de la infeliz montura, pero la tan celebrada memoria de elefante le hizo recordar a solimán lo que había pasado con el cura de la aldea que pretendía exorcizarlo, cuando, en el último se­gundo, en el postrero instante, logró amortiguar la pa­tada, por ventura mortal, que le había propinado. La diferencia con el caso de ahora es que solimán toda­vía logró recurrir a la energía que le queda­ba para reducir la velocidad de su propia caída, ha­ciendo que las gruesas rodillas tocasen el suelo con la levedad de un copo de nieve. Cómo lo habrá conse­guido, no se sabe, ni es cosa que se le vaya a pregun­tar. Tal como los prestidigitadores, también los ele­fantes tienen sus secretos. (…) Cautelosamente, fritz le dio a entender a solimán que ya era hora de realizar un pequeño esfuerzo para levantarse. No ordenó, no recurrió a su variado repertorio de toques de bastón, sólo lo dio a entender, lo que demuestra una vez más que el respeto por los sentimientos ajenos es la mejor con­dición para una próspera y feliz vida de relaciones y afectos. Es la diferencia entre un categórico Levántate y un dubitativo Y si te levantaras. Hay incluso quien sustenta que esta segunda frase, y no la primera, fue la que realmente jesús profirió, prueba de que la resurrección dependía, sobre todo, de la libre voluntad de lázaro y no de los poderes milagrosos, por muy sublimes que fuesen, del nazareno. Si lázaro resucitó fue porque le hablaron con buenos modos, tan simple como eso. Y que el método sigue dando buenos resultados se vio cuando solimán, sostenién­dose primero sobre la pata derecha, después con la izquierda, restituyó a fritz a la seguridad relativa de una oscilante verticalidad. He aquí pues a solimán ya firme sobre sus cuatro patas, helo aquí súbitamente animado por la llegada de la carreta del forraje. Su casi desfallecida alma recibía ahora el premio por la proeza de haber hecho regresar a la vida a su propio cuerpo postrado, como para no levantarse más, en medio del blanco y cruel paisaje. Allí mismo se puso la mesa y, mientras fritz y el boyero celebraban la salvación con unos cuantos tragos de aguardiente, solimán devoraba fardo tras fardo con enternecedor entusiasmo. Sólo faltaba que brotasen flores de la nieve y que los pajaritos de la primavera vinieran al tirol a entonar sus dulces trinos. No se puede tener todo.

Maximiliano y su esposa María, hija de Carlos V (hasta aquí no la hemos nombrado y es hora), no han pasado semejantes vicisitudes, pues se trasladaban en una carruaje acorde a sus pasajeros; hoy diríamos una limusina, o tal vez un equipadísimo motorhome, pero las vieron. Es así que decidieron una extensa jornada de descanso, dos semanas, en Bresanonne, o Brixen, en una hostería, Am Hohen Feld6. Todos se recuperan, comenzando por Salomón, quien vuelve a ser un elefante feliz, gordo y rozagante. Los comentarios le llegan y Maximiliano se acerca al corral; Subhro lo recibe en silencio, todavía con aquel reto en Padua en su memoria. Pero: Has hecho un buen trabajo, le dice el hombre de la realeza, No he hecho otra cosa que atender lo suyo, mi señor, le responde el hombre de establos. Maximiliano apenas musita un farfullo y se aleja; Subhro cree leer en esa reacción que las cosas entre ambos se van limando, porque será, y es, hombre de establos, pero también de buena voluntad.

La sorpresa vino el día de la partida hacia el paso de Bremen. Nadie, ni Subhro, esperaba lo que haría Salomón:

Una buena parte de los habitantes de bressanone acudió para ver la partida del archiduque maximiliano y de su elefan­te y en pago tuvieron una sorpresa. Cuando el archi­duque y su esposa se disponían a entrar en el coche, solimán hincó las dos rodillas en el suelo helado, lo que levantó entre la asistencia una salva de palmas y vítores absolutamente digna de registro. El archiduque comenzó sonriendo, pero luego frunció el ceño, pen­sando que este nuevo milagro había sido una manio­bra desleal de fritz, desesperado por hacer las paces. No tiene razón el noble archiduque, el gesto del elefan­te fue completamente espontáneo, le salió, por decirlo así, del alma, sería una forma de agradecerle el buen trato recibido en la posada am hohen feld durante estos quince días, dos semanas de felicidad auténtica. En todo caso, no deberá excluirse la posibilidad de que nuestro elefante, justamente preocupado por la manifiesta frialdad de las relaciones entre su corna­ca y el archiduque, hubiera querido contribuir con tan bonito gesto para apaciguar los ánimos desaveni­dos.

Pero aun quedaba un acto más. Ya estamos en Austria. El viaje pasa sin contratiempos, vía fluvial por el Inn, luego el Danubio. A cierta distancia de Viena todos desembarcan y se acicalan: coraceros, ayudantes, sirvientes y el mismo Salomón y su cornaca, en realidad Solimán y Fritz, estamos en la patria de Maximiliano. El cortejo se acerca a Viena, pueblo y nobleza salen a recibirlo.

La vida, sin embargo, tiene muchas car­tas en la baraja y no es infrecuente que las juegue cuando menos se espera. Iba el elefante con su paso medido, sin prisa, el paso de quien sabe que para llegar no siempre es necesario correr. De repente, una niña de unos cinco años que asistía con los padres al desfile del cortejo, se soltó de la mano de la madre y corrió hacia el elefante. Un grito de susto salió de la garganta de cuantos se die­ron cuenta de la tragedia que se preparaba, las patas del animal derribando y aplastando el cuerpecito, el regreso del archiduque señalado por una des­gracia, un luto, una terrible mancha de sangre en el escudo de armas de la ciudad. Era no conocer a salo­món. Enlazó con la trompa el cuerpo de la niña como si la abrazase y la levantó en el aire como una nueva bandera, la de una vida salvada en el último instante, cuando ya se perdía. Los padres de la niña corrieron hasta salomón y recibieron en los brazos a la hija recuperada, resucitada, mientras todo el mundo aplaudía, no pocos deshaciéndose en lágrimas de incontenida emoción, algunos diciendo que aquello ha­bía sido un milagro, y eso sin saber aquel que salo­món había cometido en padua. Como si todavía le faltara algo al desenlace que acabamos de asistir, se vio al archiduque bajar del coche, darle la mano a la archiduquesa para ayudarla a bajar también, y los dos, juntos, se dirigieron hasta el elefante, que las per­sonas seguían rodeando y festejando como el héroe de ese día y que lo será por mucho tiempo más, pues la historia del elefante que en viena salvó de muerte cierta a una niña será contada mil veces, ampliada otras tantas, hasta hoy. (…) Fritz había bajado del elefante y esperaba. El archiduque se paró ante él, lo miró a los ojos. Fritz bajó la cabeza y encontró ante sí la mano derecha, abierta y expectan­te, del archiduque, Señor, no me atrevo, dijo, y mostró sus propias manos, sucias por los continuos contactos con la piel del elefante. Como el archiduque no retiraba la mano, fritz no tuvo otra solución que tocarla con la suya, la piel gruesa y callosa de un cornaca y la piel fina y delicada de quien ni siquiera se viste con sus propias manos. Entonces el archiduque dijo, Te agradezco que hayas evitado una tragedia, Yo no he hecho nada, mi señor, los méritos son todos de solimán, Así habrá sido, pero imagino que en algo has ayudado, Hice lo que pude, mi señor, para eso soy el cornaca, Si todo el mundo hiciera lo que puede, el mundo sería, con certeza, mejor, Bas­ta que vuestra alteza lo diga para que ya sea verdad, Estás perdonado, no necesitas lisonjearme, Gracias, mi señor, Que seas bienvenido a viena y que viena te merezca a ti y a solimán, aquí seréis felices. Y con es­tas palabras el archiduque se retiró al coche llevando a la archiduquesa de la mano.

El hecho de la niña Saramago afirma que es veraz, las palabras corren por cuenta de él. El final de la historia tiene un asomo vagneriano por la actitud de Salomón (Solimán, estamos en Viena) pero es vivaldiano por las manos estrechadas entre el hombre de establos y el de la realeza. “Si todo el mundo hiciera lo que puede, el mundo sería mejor”; éstas son palabras de Saramago en boca de Maximiliano y dirigidas a Subhro, o Fritz, da lo mismo. Es al cornaca y al elefante que Saramago dedica la obra, uno por decir, el otro por hacer, los dos por ser.

Hemos visto en las diversas citas textuales el uso de la ironía y el humor, pero también una dignidad, producto de ese fino y artesanal proceso de trucar la realidad sin destrozarla, porque lo que buscó Saramago es desnudar realidades humanas.


1 A saber: un continuo donde las pausas no tienen cabida; la manera de construir los diálogos; omite las mayúsculas en los nombres propios; todas las oraciones interrogativas y las exclamativas son indirectas, aun las que no debieran serlo. Todo esto dificulta la lectura y puede llevar a abandonarla, pero quien se aventura y entra en el ritmo que el autor propone disfruta de la propuesta.

2 Saramago intentó en sus obras la crítica al mundo que lo rodea y que observa. Ensayo sobre la ceguera es un claro ejemplo, como lo es La balsa de Piedra, donde imagina la escisión de la península ibérica de una Europa que la desdeña.

3 En el epílogo a la obra.

4 Quijote aún no ha nacido pero estamos en su tierra. Tal parece que Cervantes no supo de “El viaje del elefante”, lo hubiese incluido en su novela.

5 Mantuvimos la extensión del parlamento por razones obvias: es la única manera de apreciar la escena y su final. No habrá sido así el encuentro pero es muy probable que haya sucedido. Por último: es clara la intención de Saramago de dejar bien parado al comandante portugués.

6 Es territorio italiano pero el nombre, Brixen, y el de la posada, que significa “Tierra Alta”, están en alemán, la lengua más hablada en esta zona.

Comments are closed.