El erotismo y el poder en “El obsceno pájaro de la noche”

Donoso1RESEÑA DE LA NOVELA

La novela está dividida en treinta capítulos, sin título, simplemente numerados.

La historia se sitúa en Chile, a mediados del siglo XX. El héroe pertenece a una familia pobre (no disfuncional): hay un padre (maestro de escuela rural), una madre y una hermana. El padre le transmite al héroe una conciencia negativa de clase que deviene en resentimiento y angustia. Más tarde el héroe se hace sirviente de confianza de un hombre poderoso y adinerado que pertenece a una de las familias más influyentes del país. A partir de entonces, el héroe se precipita en la degeneración física, psicológica y moral. Deja la casa del amo para dirigir una colonia, ideada por el amo mismo, en la que solo habitan monstruos. Huye de la colonia y se traslada, también como sirviente, a la Casa (con mayúscula en la novela) -propiedad del amo también-, un híbrido de residencia de ancianas y orfanato para niñas. Antes de la Casa, el héroe se llama Humberto; a partir de la Casa se le conoce como el Mudito; al final es un imbunche, ser de la mitología chilena, atrapado en sí mismo, con los orificios corporales cosidos y cerrados por un conjuro de viejas/brujas.

Lo que nos ofrece el obsceno pájaro…: un adolescente deforme y libidinoso munido de un pene de proporciones inmensas,  una anciana raída convertida en criatura, a la que se cambia cuando se caga y se mea, y a la que hay que amamantar; una bruja con una vagina reseca y putrefacta que corrompe los miembros que la penetran… Esto también es El obsceno pájaro.

La historia se narra casi siempre en tiempo presente. En El obsceno pájaro, el presente funciona más como tiempo interno, que impide al lector tomar distancia, lo introduce en el aquí y ahora permanente del texto.

No hay resquicios, lugares donde sentarse a saborear el texto, éste sucede, y para exacerbar ese énfasis, lo hace desde diferentes voces, las que hablan al unísono. No hay una descripción tradicional del cambio de voces, estas aparecen simultáneamente, haciendo de la lectura un vértigo, una sensación de claroscuros que derrota cualquier intento de racionalizar. Sucede. Es una mezcla de situaciones, de olores de sensaciones, todo cuidadosamente preparado, manipulado por Donoso genialmente para que el lector quede atrapado en la pura sensación. Calla y sugiere, convierte algún personaje en varios a la vez, marea. Y ese mareo prepara y convierte al texto en un texto artísticamente erótico.

El lector está siempre en tensión, en nudo cognitivo, en aprisionamiento, y una breve distracción puede significar la oscuridad, el extravío. ¿Quién narra? ¿Narra, en realidad? ¿Una conciencia que se desangra en la confusión de nombres, cuerpos e historias? Siguiendo la senda de Faulkner, Donoso omite a menudo las marcas convencionales para indicar diálogos, monólogos y puntos de vista narrativos.

El obsceno pájaro  nos atormente, nos angustia, nos agrede, pero también nos seduce, nos atrapa. Lo no dicho es la voz más fuerte que nos hace resonar en la mente.

Baste entender esto al advertir que el héroe es también el Mudito, condenado a no hablar con nadie más que consigo mismo.

Donoso2Para comenzar a desmenuzar el armado de la obra, podemos tomar a Mónica Barrientos quien plantea dos tipos de estructuras ensambladas en el texto, que le dan ese tono de susurro tan particular: el testimonio y la confesión.

Es por esta razón que centraremos nuestro análisis en este otro que mira, el testigo, el voyeurista.

El obsceno pájaro de la noche tiene como narrador al Mudito o Humberto Peñaloza, quien para contarnos su versión de los hechos, escoge la forma de la confesión, que aparece en forma más explícita en el capítulo nueve de la novela cuando afirma: “¿Pero qué quieren que confiese, si no robé nada?” (p.149); posteriormente agrega “no tengo que confesarles nada, sólo a usted le diré la verdad, Madre Benita…” (p.150). Hasta este momento, el lector sabía que alguien hablaba pero no podía identificarlo con claridad. Ahora se esclarece quien habla es el Mudito. Y lo hace desde la alucinación, esto quiere decir, que la voz narrativa, está enferma, tiene fiebre y esto provoca que este discurso confesional alucinado se presente deformado y tergiversado.

Antes de continuar, es necesario detenernos en el problema de la confesión. Para Michel Foucault, es un “ritual de discurso en el cual el sujeto que habla coincide con el sujeto del enunciado”. Es un dispositivo de producción de verdad para configurar una identidad por medio del reconocimiento de las propias acciones o pensamientos. Una de las características más importantes que le atribuye al discurso confesional es el sacar del fondo de uno mismo una verdad que la forma misma de la confesión hace espejear como lo inaccesible. El Mudito no solo realiza el relato oficial, también “confiesa” aquello que está vedado, oculto: los deseos homosexuales, los secretos de la Casa de Ejercicios, las miserias y debilidades de los personajes, sus secretos mejor guardados.

El Mudito nunca pierde su condición de segundón, aún a la hora de contar la historia. Él “es” el relato mismo, a partir del cual todo converge. Fuera de su relato, no hay nada. Diría más, fuera de su manera de ver las cosas, nada es real. Todos los secretos repulsivos de una sociedad que encierra y encadena y oculta lo que no se debe mostrar, sale de boca del Mudito. Esas viejas que sirvieron en las casas más conservadoras de Chile y atesoran debajo de sus camas los retazos de su pasado, el Mudito las saca a la luz.

El se presenta como el Mudito, aquel servidor de la Casa de Ejercicios que tiene como función clausurar puertas y ventanas; es Humberto Peñaloza, aquel hijo de nadie que tiene como función ser secretario de Don Jerónimo; es la séptima vieja, la última anciana abandonada en la Casa; es la guagua de la Iris, el futuro salvador de la Casa; es un imbunche, aquel ser mitológico, guardián de la cueva de los brujos que tiene todos los orificios de su cuerpos cosidos. Y también es quien hace de la casa un imbunche, clausurando sus puertas y ventanas, cosiendo los orificios de la Casa. Es necesario destacar que su condición de silente contiene es un oxímoron, es el mudo que habla por los que ya no tienen voz.

Aparece como pieza fundamental la leyenda maulina[1] que es narrada al principio de la novela, y se entremezclan la fábula al confundir la Peta Ponce e Inés, donde asumen una relación simétrica. La figura de Inés, la esposa de Don Jerónimo, también asume esta cualidad, ya que se convierte en la niña bruja que es enviada al convento por su padre y con la beata en busca de canonización. Esta simetría es un cualidad importante, ya que provoca que ciertas figuras se mantengan en el tiempo y se confundan con otras historias, creando planos y tiempos paralelos, incluso hay un momento en que el narrador admite que: “…Casi nada de lo que rodea la vida y milagros de la niña-beata pasa a de ser conjetura, o recuerdo de un rumor…” (p.355).

Donoso3La confesión del Mudito no intenta restablecer un orden o un equilibrio todos lo contrario, busca y consigue desestructurar lo poco que quedaba

Cuando el Mudito le permite a D jerónimo el robo de su herida, también permitió el robo de su identidad, por lo que esa herida es el símbolo de la pérdida de la identidad que el Mudito manifiesta en su cuerpo.

Esta pérdida del nombre propio se resuelve con el exceso. Humberto Peñaloza no posee un nombre, lo ha perdido, por esto, utilizará una serie de nombres, para intentar llenar aquel vacío. La propia voz del narrador se desdoblará en tantas identidades como sean las compulsiones síquicas que lo presionen. El Mudito será también el padre de Boy, la cabeza de cartón, un niño de pecho, un héroe, un monstruo la séptima vieja, el imbunche. Este exceso de identidades es lo que le da a la voz narrativa un carácter monstruosoDesde una perspectiva simbólica el monstruo  se asocia lo oscuro, aquello que se debe ocultar, y desde ese lugar con las intenciones impuras, con la exaltación de los deseos,”. Desde ese lugar, al sentir de alguna manera que ese niño es el resultado de de su relación con la Peta Ponce, significaría que Boy es la consecuencia de todo aquello oculto e impuro que él contiene en su interior.

Humberto Peñaloza poco a poco se va transformando, ya sea en su relación con Don Jerónimo, como en su mismo proceso de asimilación de una identidad, la que realiza a través de la confesión, hasta convertirse en un monstruo, en ese ser mitológico “…Todo cosido. Obstruido todo los orificios del cuerpo, los brazos y las manos aprisionadas por la camisa de no saber usarlas…” (p.64) Va pariéndose el imbunche, del que luego hablaré.

Por lo tanto, esa figura monstruosa conforma una identidad, la que el Mudito siente de sí mismo, sólo se puede acceder a ella a través de la alteración del instinto, del deseo.

Esa deformidad se consolida en el espejo, “… cuando por fin alzo la vista te veo encuadrado en ese espejo borroso, deforme mi rostro angustiado en esa agua turbia en que se ahoga mi máscara…” (p1)

Es este carácter bestial el elemento que trasciende: se mezclan los personajes, se mezclan las historias, se mezclan los cuerpos, se mezclan los diferentes discursos, se mezclan los narradores. La condición deforme de la novela en su se relaciona paralelamente con la conformación de los personajes por medio de la mirada y la voz deforme del Mudito.

Esta alternancia de voces y personajes, no sólo se da en el Mudito Los elementos y personajes están cuidadosamente disgregados. Cada personaje posee más de una naturaleza.

La niña bruja de la conseja es también la niña santa. La Iris Mateluma es una niña que no ha tenido su menarca y a la vez es una mujer embarazada

Don Jerónimo es soltero, casado, viudo, sin hijos, con hijos, la figura del hombre, un impotente, el poderoso, la marica del mudito Es a partir de este exceso que se construye su carácter monstruoso, caótico, oscuramente erótico.

Una vez que trazamos los lineamientos generales, podemos asomarnos a la relación entre poder y erotismo, presente en la obra.

El capítulo ocho es esencial pues pone a la vista ese juego.

Dice el narrador: “…El Dr. Azula me va a extirpar los ojos que conservará vivos y videntes en un frasco especial para entregárselos a D. Jerónimo y entonces, sólo entonces él se olvidará de mí y me dejará regresar al montón de basura a que pertenezco…Sobretodo mis ojos para sepultar su potencia en la profundidad de mis párpados, para que no vean, para que él no los vea nunca más, que mis ojos consuman su propio poder en las tinieblas, en la nada, sí, cósanmelos, viejas, así dejaré a D. jerónimo impotente para siempre…”

Aquí se expresa con claridad la ambivalencia de sensaciones que tiene el Mudito para con D. Jerónimo. Lo admira, y lo odia. Él siente que la virilidad de D. Jerónimo está determinada por la mirada del Mudito. Si él no lo mira, D. Jerónimo no puede acceder carnalmente, es un impotente.

Algo similar, en cuanto a esa mezcla de admiración y envidia sucede con las sirvientas, con relación a sus amos. Y se manifiesta claramente cuando hablan de cómo van a cuidad al hijo de la Iris, convirtiéndolo en un imbunche para que nunca las abandone , de qué manera la exclusión a la que fueron sometidas convierte sus poderes en fuerzas malignas. Los mismos atributos que en el texto se valoran y desprecian   inmovilizarán y cosificarán al otro, convertido en niño:

“…Nosotras   seremos sus mamás buenas que le vamos   a adivinar cualquier señal que nosotras no más comprenderemos y tendrá que depender de todo de lo que nosotras le hagamos. Así es la única manera de criar a un niño para que sea santo, criarlo sin que jamás, ni cuando crezca y sea hombre, salga de su pieza,   ni nadie sepa que existe, cuidándolo siempre, siendo su   sus manos y sus pies …” (55).

Al igual que el erotismo, la maternidad es simplemente un modo de obtener poder.

Las mujeres que transcurren en El obsceno pájaro de la noche son estériles y lésbicas (las huérfanas, las viejas, Inés con la Peta Ponce). Se renuncia a la maternidad real, que debe incluir a otro. La maternidad de la Iris, la de las seis brujas, la de la madre Benita, son simbólicas, un poder que puede ser sustituido por otro; de este modo, Inés cambia la obsesión del primer hijo por la beatificación de “la niña santa.”

La Peta le roba la fertilidad a Inés, Misia Raquel los bienes a Brígida, e Inés las pilchas a las viejas con el juego del canódromo. Por otro lado, la sexualidad de Iris  es controlada por las viejas cuando le enseñan a ser madre placentera  para la guagua/Damiana y a negarle los pechos al Mudito.

La masculinidad en cambio sufre una dualidad, por un lado está la masculinidad de la clase alta, blanca que subordina al resto en función de la superioridad que la da su condición social.

Frente a este, aparecen Humberto y su padre, más pobre de características aborígenes y en cierto sentido más femenino en tanto debe subordinarse y mirar con envidia al otro que no es él.

Sin embargo, en El obsceno pájaro de la noche hay una vuelta más, ya que muestra cómo el patrón queda a subordinado al sirviente:

“…Porque cuando él hacía el amor con la Rosa o con la Hortensia o con la Lila bajo el beneplácito de mi mirada, yo no sólo estaba animándolo y poseyendo a través de él a la mujer que él poseía, sino que mi potencia lo penetraba a él, yo penetraba al macho viril, lo hacía mi maricón, obligándolo a aullar de placer en el abrazo de mi mirada aunque él creyera que su placer era otro, castigaba a mi patrón transformándolo en humillado, mi desprecio crecía y lo desfiguraba, don Jerónimo ya no podía prescindir de ser el maricón de mi mirada que lo iba envileciendo hasta que nada, salvo mi penetración, lo dejaba satisfecho, lo que quieras Humberto, lo que se te antoje con tal de que no te vayas de mi lado (128)…”

Como en el caso de Boy y sus “mujeres más gordas del mundo” el objeto erótico es irrelevante. De lo que no se puede prescindir es de la mirada de otro hombre que lo reafirme como hombre, al llamarlo, precisamente, “mi maricón.”

Según Leónidas Morales, en su ensayo “La mirada del testigo”, el problema del sujeto y su construcción en la obra de José Donoso no puede entenderse fuera del poder, de un orden discursivo social, político y estético que produce un otro dominado. El gesto subversivamente político de Donoso es la representación del otro que desenmascara el orden para insinuar también su propia monstruosidad.

El Mudito mostrará también su virilidad al ser él quien otorga a los Azcoitía la descendencia que ellos mismos no pueden lograr. Donoso rescata un mito chilote o mapuche y una leyenda maulina, o sea, la monstruosidad en tanto desacomodo con respecto al orden señorial radicaría en el imbunchaje, pero también en la feminización del Mudito como protección ante el deseo insaciable de la mujer.

Un elemento que conforma el mundo donosiano lo constituye la conseja maulina de la niña bruja y su nana. El nudo central de la conseja es el hechizo que se ejerce sobre la niña por su nana bruja. Del mismo modo, las fantasías que se conforman en torno de las estrategias de la nana y su protegida por los campos maulinos bajo la forma de una perra amarilla y de un chonchón con cara de niña, irán también redireccionándose en todo el texto.

El descubrimiento del hechizo sólo lo hará el padre de la niña, quien ocultará bajo su poncho los secretos más íntimos para no ser revelados al afuera. El oscurecer la verdad pone de manifiesto la capacidad del hombre para adecuar los hechos a su propio deseo.

Esta conformación de la verdad de acuerdo a lo que el padre decide que es efectivamente tal, generará una necesidad de venganza contra quienes han constituido por siempre el símbolo del poder. Gracias a ese poder, el castigo se dirige a un personaje sin importancia: la nana.

El mito del imbunche aparece entretejido con la leyenda maulina. Surge como parte de la conversación de los campesinos que vigilan el cuerpo de la nana bruja que es llevada por el río hacia el mar. El imbunche es caracterizado por el alcance de rito de hechicería que tiene. Se dice en el relato que se rapta a una niña de corta edad “…para coserle los nueve orificios del cuerpo y transformarla en imbunche, porque para eso, para transformarlos en imbunches, se roban las brujas a las pobres inocentes y las guardan en sus salamancas debajo de la tierra, con los ojos cosidos, el sexo cosido, el culo cosido, la boca, las narices, los oídos, todo cosido…”. (pág. 41)

Pero, curiosamente, es también el Mudito, víctima del imbunchaje al que quieren someterlo tantos las viejas, como la propia Iris, el propio victimario, quien recorre el texto cerrando puertas y tapiando ventanas, es decir, haciendo de la casa un gran imbunche, ya que va tapando todos sus orificios y con ellos, los secretos más ocultos.

Finalmente, la idea de la novela escrita desde adentro: Antes de la destrucción total de la Casa, cuando está terminando la novela, la verdad se revela como un final de fiesta. Las viejas expresan que sabían que la Iris Mateluma nunca estuvo embarazada, era un juego para pasar el rato (como podría pensar el escritor al plantearnos el juego de la ficción, el que aceptamos al leer) Del mismo modos, se nos relata la crónica inicial despojada del mito: ni santa ni bruja, la joven Inés, en realidad estaba embarazada y tiene una hija. Y era su nana quien lo sabía y ocultaba de la mirada de su padre y sus hermanos. Por eso, éste la encierra, y abandona a la beba en el campo, al cuidado de una familia de peones. Es en este momento en que descubrimos otra verdad: aquella beba es la madre de la Peta Ponce, quien supo este secreto y es por eso que bajo el artilugio de ser la nana de Inés, descendiente de aquella, intentará convertirse en ella.

Locura, traiciones, silencios, emboscadas, restos de santos reconstruidos por las viejas, todo esconde un alto contenido de obscenidad, deseo y represión.

BIBLIOGRAFÍA

DONOSO, José (1985). El obsceno pájaro de la noche.

BARRIIENTOS Mónica, El discurso confesional en el Obsceno Pájaro de la Noche

CARRIBEÑO, Rubí, Leche Amarga, Violencia y Erotismo en el Obsceno Pájaro de a Noche.

FOUCAULT, Michel. (1991) Historia de la sexualidad. V.1 “La voluntad de saber”. México. Ed. Siglo

 FOUCAULT, Michel. Los Anormales.

MORALES Leónidas, “La mirada del testigo”


[1] Las leyendas o consejas maulinas, son una serie de mitos desarrollados en El Maule, Chile. En esta novela será el mito, que toma la forma de la conseja maulina el encargado de exhibir y revelar lo que desde el relato formal tiene ocultar para constituirse, es decir lo que la historia no nos dice y oculta. La fábula resignifica la tensión entre estos los dos registros discursivos mencionados. El Mudito, al escuchar la conseja de la boca de las viejas va conformando su identidad en ese mito, convirtiéndose en él. El mito del imbunche aparece entretejido con la leyenda maulina. Surge como parte de la conversación de los campesinos que vigilan el cuerpo de la nana bruja que es llevada por el río hacia el mar. El imbunche es caracterizado por el alcance de rito de hechicería que tiene. Se dice en el relato que se rapta a una niña de corta edad “para coserle los nueve orificios del cuerpo y transformarla en imbunche, porque para eso, para transformarlos en imbunches, se roban las brujas a las pobres inocentes y las guardan en sus salamancas debajo de la tierra, con los ojos cosidos, el sexo cosido, el culo cosido, la boca, las narices, los oídos, todo cosido. El segundo elemento conformador de mundo lo constituye la conseja maulina de la niña bruja y su nana. Su función radica en la potencialidad de destrucción que envuelve y el ámbito de ambigüedad en que la historia se desarrolla.

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