Don Quijote, o el anarquista involuntario

Descargar PDF

                                   Por la palabra el hombre es una metáfora de sí mismo.

Octavio Paz- El arco y la lira.

Intrusa[1]

Si una obra de arte no mutase sería falso llamarla de ese modo -a más de que sería imposible hallarla, muerta como estaría y comida por los gusanos. Pero claro no seamos ingenuos: que las obras del arte no mutan por sí solas: su posibilidad siempre es a partir de un encuentro. Mutación y alteridad son, trátese de Quijote o de Kinbote, indisolubles. Alteridad, cuya impensada anomalía plantea, a veces, serios problemas. Y por eso, ante todo, las cosas en su lugar: Don Quijote nunca me hizo perder el sueño. Podría hacer una lista extensa de libros que sí lo lograron, pero no viene al caso. Y el caso, claro es que si se duerme, se sueña pero no se lee,

o sí. Pero diezmado y a cuenta del vuelo caótico y antojadizo de ojos que saltaban sobre la historia como un mono enardecido, como una mirada sesgada que debe imaginar las ausencias de una puesta en escena.

Pero no se trata aquí de mi ser-lector sino de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, de su impar ghost being, mentado Miguel de Cervantes Saavedra y de desandar (o no) impresiones escritas durante algunas páginas para conformar lo que acabado se denominará artículo o ensayo breve o. La decisión

y algunos atenuantes:

  • no subrogaría la lectura anómala a una lectura integral para la ocasión –manjares como el Quijote, o ingresan al cuerpo de la mano de la avidez o de la obediencia debida: carecía de lo primero y siempre detesté lo segundo-
  • no reescribiría ideas ya expuestas hasta el hartazgo.

Luego, si la respuesta hubiera de ser afirmativa, se impondría hallar un rumbo temático que atendiese mis antecedentes pulsionales (todo bien con el azar pero la piel es la piel).

Algunas semanas después, reflexiones diversas confluyeron en la forma conveniente de un deseo previo. Entre una lectura metódica, integral que releve cada recodo del camino y una lectura anómala no hay más diferencia que su cercanía al abismo de la nadería. Cualquier lectura limita con ese riesgo y nunca es seguro ni urgente, cual está próxima a desbarrancar antes que el lector devuelva al mundo el ser de su lectura. En todo caso algo es cierto: hay textos que por su composición permiten optar y otros que exigen una acción definida. Por caso, se puede leer El Hombre sin Atributos de Musil de manera anómala. Pero no se puede leer a Rulfo o Kafka, sin una obcecada y estricta continuidad y de principio a fin. Los motivos exceden este escrito, pero se podría aproximar la diferencia entre condensación y pliegue contra expansión acontecimental. Don Quijote digamos que comparte ambos criterios. Pero lo más importante, es que permite aquello que quien esto escribe, precisa que permita. Para afirmar en este aquí y ahora la plena actualidad de una decisión. Lo que prosigue. La forma escrita (y anómala) de lo deseado.


En un texto de 1912 titulado Don Quijote y el público, Carl Schmitt afirma que las muchas interpretaciones de las que ha sido objeto Don Quijote, son interesantes porque cada uno vive en él su propia locura específica y lo delata a través de esa interpretación. Curioso, el apunte de Carl Schmitt. La pregunta en este caso es: y si lo que uno vive en la lectura, se menciona libertad y muerte?. Se puede pensar la libertad y la muerte como locuras específicas? O antes bien, ellas no son sino analogías de nuestro caballero y lo específico sea nuestra interpretación sobre aquellas?

Punto de partida: Don Quijote de la Mancha como una enorme paráfrasis de la libertad y la muerte. O, lo que es igual, como la locura específica de un tal Alonso Quijano.

Don Quijote vió la luz en los albores de un siglo y en las postrimerías de una singular vida humana. Se especula que la idea de la obra, sino el comienzo mismo de su escritura, advinieron a la piel de Cervantes en la penumbra de la cárcel. Considero este comienzo mítico como pleno de realidad absoluta. Si un encierro virtual o fehaciente, en nada cambia la carga semántica. A su vez, la parte segunda, se publica en 1615. Menos de un año después, Cervantes muere.

Cada uno vive su propio Quijote, es cierto. El mío, deviene como el producto de la batalla que un hombre llamado Miguel de Cervantes, libró en dos frentes. Libertad y muerte, esos dos.

Es verdad que nada más disímil que las existencias de Cervantes y de Alonso Quijano. En apariencia: visto desde el concepto de “homología” de Prudhon las huellas de aquellos se reúnen en un estricto y único par de pisadas[2]. Ambos atrapados en la misma condena: lumpenes existenciales de una sociedad que ignoraba que algo como un Quijano existiera o que alguien como Cervantes fuese algo más que un aventurero de poca monta, un imposible cortesano, aconfesional y hasta feminista. Por ello, el escriba libertario lúcido tiene que inventarse a don Quijote, el libertario loco. Para poder decir lo que quería decir.

Para alcanzar libertad en esta vida.

Luego las soluciones en apariencia disímiles responden de modo idéntico a un síntoma: darle una razón a una sinrazón existencial. Que uno haya dejado los libros, se haya calzado los hábitos de caballero andante y haya salido al mundo y otro se haya dejado los hábitos de soldado oficial, haya detenido su deambular por el mundo y acudiese a gestar los libros que tenía atorados, no son sino caras de una misma moneda.

2.

Alcanzar la libertad en esta vida, anticipaba Cervantes en “El trato de Argel”. Y así lo confirmó Don Quijote, al abandonar el castillo de los duques, libre y desembarazado de los requiebros de Altisidora y fiel a la dama de sus pensamientos: la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los Cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres[3]

En un artículo, José Saramago, especulaba de la siguiente forma: imaginemos durante un momento, al menos durante un momento, que Don Quijote no está loco, que simplemente finge una locura… fue en virtud de esa genial simulación de Cervantes como el bueno de Alonso Quijano, convertido en Don Quijote, consiguió abrir la cuarta puerta, la que todavía le estaba faltando, la puerta de la libertad. La curiosidad lo empujó a leer, la lectura le hizo imaginar, y ahora, libre de las ataduras de la costumbre y de la rutina, ya puede recorrer los caminos del mundo, comenzando por estas planicies de La Mancha, porque la aventura, bueno es que se sepa, no elige lugares ni tiempos, por más prosaicos y banales que sean o parezcan. Aventura que en este caso de Don Quijote no es sólo de la acción, sino también, y principalmente, de la palabra[4].

La pregunta urgente es por qué motivo Cervantes se aplicó a semejante simulación. O mejor: cuál es el sesgo singular de esa libertad que diseña el escritor en la voz del caballero de la Mancha. Para Vargas Llosa, en el corazón de esa idea de la libertad, anida una desconfianza profunda de la autoridad, de los desafueros que puede cometer la autoridad.

Pero hay algo más. Según Deleuze y Guattari, el problema fundamental de la filosofía política sigue siendo el que Spinoza supo plantear (y que Reich redescubrió): “¿Por qué combaten los hombres por su servidumbre como si se tratase de su salvación?” Cómo es posible que se llegue a gritar: ¡queremos más impuestos! ¡menos pan! Como dice Reich, lo sorprendente no es que la gente robe, o que haga huelgas; lo sorprendente es que los hambrientos no roben siempre y que los explotados no estén siempre en huelga. ¿Por qué los hombres soportan desde siglos la explotación, la humillación, la esclavitud, hasta el punto de quererlas no sólo para los demás, sino también para sí mismos. La respuesta que Cervantes modula a través del Caballero de la Triste Figura, anticipa en al menos cincuenta años las teorizaciones de Baruch Spinoza e ilustra un sorprendente vínculo de ambos con el francés Etienne de La Boetie y su Discurso sobre la servidumbre voluntaria.

Este último sostenía que el estado de esclavitud de los hombres no se debe tanto a la fuerza coactiva ejercida por el tirano sino a una voluntad de ocupar el lugar de dominado: es cosa en verdad sorprendente… ver hombres miserablemente avasallados…  no porque los obligue una fuerza mayor sino porque se hayan fascinados por aquel a quién no deberían temer ni amar porque es inhumano y cruel para todos…[5] Esta fascinación, obstruye la relación de los hombres consigo mismos quienes quedan como detenidos, congelados, inmóviles como el propio Alonso Quijano, ya que los tiranos los despojan de cualquier libertad de hacer y casi de pensar y permanecen aislados en sus sueños…[6]. Reemplácese tiranos por libros de caballería, y se vera como en la batalla contra el encantamiento, el insomne Alonso Quijano da paso a Don Quijote.

Mas sorprendente aún es la manera en que Don Quijote configura el concepto de libertad desde una ética que Spinoza redactaría cinco décadas más tarde (y suponer que Don Quijote formó parte de las lecturas de Spinoza para pensar su obra no hace sino reforzar lo anterior).

Bien podrían los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el animo será imposible[7] El ser de Don Quijote es poder, no deber. Y a la inmanencia singular de ese poder, Spinoza la denomina cupiditas. Deseo: aquello que Spinoza formula como la esencia misma del hombre, apetito con conciencia de sí mismo. Así, si la filosofía plantea un proceso de liberación individual, supone en esto una ética materialista: no la del deber ser de Sansón Carrasco sino del poder ser de Alonso Quijano. El ser de Spinoza es poder no deber.

Es interesante observar la inquietante precisión con que Cervantes diseña la maquinaria Don Quijote al extremo de desorientar a lectores tan agudos como Vladimir Nabokov, quien tildó la novela de “enciclopedia de la crueldad” –o acaso no sorprenda semejante juicio de un hombre que hizo del juicio de Dios una insignia de vida. El caso es que si crueldad, inadmisible para cualquier valoración moral. La violencia, indiscutible por cierto, que trasunta buena parte del Quijote, no acude ni a una dialéctica hegeliana ni a una impostura trascendente, sino al devenir mismo del deseo que desecha a la felicidad como fin de la aventura[8]. Y pone al cuerpo en exacta consonancia con la razón: la razón no trasciende ni altera el cuerpo. Lo completa lo desarrolla lo rellena[9] Cervantes establece sin saberlo el centro de ética spinozista, en dos de sus síntesis esenciales: que nadie sabe lo que un cuerpo puede, y que todo cuerpo se esfuerza en perseverar en su ser. Esfuerzo, ánimo, deseo que nos empuja nos invita a salir de nosotros mismos, sin concesiones de felicidad, placer o cosa que se le parezca, como fin en sí. Para Spinoza la modalidad de todo lo que existe es la necesidad. La necesidad de la libertad, por caso, para nuestro ingenioso caballero. El deseo nos arroja al mundo, a la esperanza y la desesperanza: e allí la ética. O el único lugar de la libertad. Don Quijote es el deseo en acto. Deseo y ética que no busca el bien ni el ama a tu prójimo como a ti, ni nada con aroma moral cristiana. Ética del deseo.

o el locus solus donde ella, tiene lugar. En ese límite al que nos lleva Don Quijote y que es el horizonte de nuestro ser. La locura,

que lejos de ser el hecho contingente de las debilidades del organismo, es la virtualidad permanente de una falla abierta en su esencia. Lejos de que la locura sea un insulto para la libertad es su más fiel compañera, sigue su movimiento como una sombra. Y el ser del hombre no solo no puede ser comprendido sin la locura sino que ni aún sería el ser del hombre si no llevara la locura como limite de la libertad[10]

¿Adónde va Don Quijote? A ninguna parte. ¿Cuál es su rumbo? Ninguno. No hay finalidad no hay destino y solo un ser que insiste en su locura, en el yo se quién soy, que como la letanía de un Bartleby huído de tiempo y espacio, tanto emocionara a Unamuno. Movimiento constante, deseo que produce libertad en ese movimiento. Don Quijote rizoma.

Ahora si hasta aquí, un poco más allá… Si asumimos que Don Quijote es potencia, que persevera por necesidad y desea libertad sin mediación de hombre o de Dios, entonces Don Quijote es un quark literario e inmortal  de contrapoder. Y su locura la fuerza límite que utiliza la comunidad de los quijotes para desarticular los emplastos del poder. En palabras casi cervantinas del Comandante Marcos: no se trata de tomar el poder sino de revolucionar su relación con quienes lo ejercen y con quienes lo padecen…

Y acaso el pliegue admita otro bucle… que se atreva a considerar a la tríada  Quijote-Quijano-Cervantes, como una traza lejana e impensada de Kropotkin, de Prudhon… Como explica Daniel Colson, el conatus de Spinoza como la voluntad de poder de Nietszche, son conceptos que afirman, cada uno a su manera, la realidad de lo que es. En este sentido, el anarquismo es extremadamente realista. Habla de las cosas tal y como son: la vida y la muerte, la tristeza y el sufrimiento, el azar y la necesidad. Habla de la existencia humana y del mundo. O dicho más propiamente, de la “anarquía de lo que es”[11]. En este sentido además, se puede afirmar que Don Quijote nada tiene que ver con esa figura de sesgo idealista y utópico que se le suele adjudicar. Precisamente: lo “ideal” lo “utópico” están en la vereda de enfrente, en el campo enemigo: son los estandartes de la ley, de la religión y del Estado. Estandartes del orden, que se dice a si mismo realista, pero su realidad no es otra que la de la dominación. Contra esto lucha Don Quijote. Malatesta afirmaba que más vale una derrota que la victoria sin principios (y una vez más, la malinterpretada crueldad…): esta ética es la que refiere Colson cuando la explica como una determinación y un juicio internos para cada situación. Anarquismo no es ausencia de principios, sino exceso de principios primeros, de “absolutos” que, al decir de Prudhon, se oponen ante todo a cualquier lógica utilitaria e instrumental[12].


3.

El asunto es recíproco: es nuestra propia muerte la que nos vuelve reales. Pero, a la vez, Don Quijote debe recuperar su ser real para poder morir. Y es en este sentido, por conciencia literaria y por la inmediatez que el morir ocupa en su existencia, que nadie mejor que el propio Cervantes sabe que no se puede salir del lenguaje sin salir de la vida. Para Sancho hasta la muerte, todo es vida… y Quijote afirma, tras ser pisoteado en tierras aragonesas yo, Sancho, nací para vivir muriendo… Sorprende la semejanza del concepto aun enfrentados por un pathos claramente opuesto: la idea de la acción del gerundio que de un lado o del otro son aspectos de un mismo proceso vital. El morirse en el mientras tanto del viviendo; el muriendo en el mientras tanto de vivir: modalidades de una misma realidad. Por eso Alonso Quijano tiene que morir como Alonso Quijano: nadie, ni siquiera Don Quijote puede arrebatar a otro su morir. La propia muerte es irreemplazable, porque nadie puede tomarle a otro su morir… (que) no es un hecho dado sino un fenómeno que hay que comprender existencialmente[13]. Muerte y libertad: el hombre que tuvo la iniciativa de nacer como Don Quijote tiene ahora la iniciativa de morir como Alonso Quijano.

La diatriba de Cervantes puesta en juego en su escritura, es acaso la misma que siglos después considerara Rainer María Rilke cuando anhela enfrentarse a lo terrible de la muerte para comprenderla, para descifrar su proceder. En muchos casos la revelación de la muerte es acogida por el poeta de una forma muy vívida, y en muchas ocasiones le provoca una profunda sensación de terror que tendrá que sobrellevar para alcanzar un conocimiento superior. En todo caso, lo único que el poeta parece ver claro es que el mundo de los muertos es un lugar activo y no el vacío, y que las actividades de ese mundo se reflejan en el mundo de los vivos. Y por tanto ambos mundos se encuentran en el mismo escenario. La muerte en definitiva, está presente en la vida así como la vida en la muerte: no son mundos separados, sino complementarios.

Al fin se entiende que las batallas de Don Quijote no son ni dos ni cien, sino una. La locura de Quijote, la locura que los hermeneutas a lo largo de la historia le han endilgado al Quijote, se enraiza en lo que es su batalla central: la batalla con la muerte. Solo que para nada esta batalla supone una negación del principio de realidad freudiano que exige la aceptación de la muerte como condición de racionalidad primera y definitoria de lo humano. La batalla de Quijote-Quijano-Cervantes es una batalla contra el anonimato, contra la reactividad burguesa, contra la desafección y el aislamiento. Estas son las formas de la muerte que combate. La muerte, como apres-coup de lo humano nunca estuvo en tela de juicio, para el burgués lector que sale a buscarla en el camino ni para el caballero andante que finalmente la encuentra en esa cama ya nunca más burguesa que había abandonado tiempo atrás.

Muere Don Quijote, muere Alonso Quijano y a la postre Cervantes. Pero permanece el Quijote colectivo, el Quijote de la escritura. O dicho en términos de Spinoza, en la muerte se descomponen las relaciones entre las partes del cuerpo, pero el conatus, el alma, persevera en una actualidad que no cesa.

La escritura será la eterna perseverancia del Quijote.

Y la lectura porvenir su inexorable y eterno retorno.


BIBLIOGRAFIA

MIGUEL DE CERVANTES. Don Quijote de la Mancha. Ed Austral. España. 1971.

BARUCH SPINOZA. Tratado Teologico Político. Ed. Tecnos. 1996.

ANTONIO NEGRI. La Anomalía Salvaje. Ed. Waldhuter. 2015.

GILLES DELEUZE-FELIX GUATTARI. Mil Mesetas. Ed. Pre-Textos. 1994.


[1] Intrusa: Parte de un texto, que ubicada generalmente en el comienzo, supone una introducción al mismo a la vez que encubre una suerte de mecanismo excusatorio de ciertas decisiones operativas del autor. (N. del A.)

[2]…Del mismo modo que se evitaba definir un cuerpo por sus órganos y sus funciones, también hay que evitar definirlo por caracteres Especie o Género: se intenta contar sus afectos. A ese estudio se llama “etología”, y en ese sentido Spinoza escribe una verdadera Ética. Hay más diferencias entre un caballo de carrera y un caballo de labranza que entre un caballo de labranza un buey.(Recuerdos de un spinozista II, Mil Mesetas. Gilles Deleuze-Felix Guattari. Ed. Pre-textos. 1994)

[3] Don Quijote de la Mancha, segunda parte, cap. LVIII.

[4] José Saramago. La falsa locura de Alonso Quijano, Diario El Pais, 22-5-2005

[5] Etienne de La Boetie, Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Ed. Superabundans Haut.

[6]Idem ant.

[7]Don Quijote de la Mancha, Ed. Austral. Cap. XVII segunda parte.

[8]Se podría decir que Cervantes adelanta en siglos, discusiones que sostuvieron, por caso Foucault y Deleuze (ver Deseo y Placer…)

[9]Antonio Negri, La Anomalia Salvaje, Ed. Waldhuter, pg 281.

[10]Jacques Lacan, Escritos 1. Ed.Siglo XXI, pag. 151-190.

[11]Daniel Colson en http://www.eldiario.es/interferencias/Daniel_Colson-anarquismo_6_567003317.html

(N. del E.: Anarquía, como caos como desorden esencial. Y en este sentido se sustenta lo dicho que resuena con la frase de Robert Castel: “solo existe lo más probable, y lo más probable es el desorden”.)

[12]Volviendo a Spinoza, y a su estrecha relación con esta politeia, es Gilles Deleuze quien define como anarquía la perspectiva política del filósofo holandés, porque precisa y explícitamente se opone a cualquier orden y jerarquía.

[13]Ser y Tiempo. M. Heidegger, pag 262. FCE. Mexico. 1951.

Descargar PDF

Comments are closed.