La Poética del Encierro, por Matías Bonora

– De la teatralidad a la Realidad en tiempos del Covid 19 –

EXISTEN extraordinarios hechos que sellan una época, se imprime en la historiografía humana e impacta en las personas de una manera que, psicológica y emocionalmente, no deja espacio a la total mensura de su influencia, de su cambio que opera en cada habitante de esta etapa en la que nos toca convivir.

Cuando el umbral entre lo ficcional y lo real se mezclan en una delgada frontera, lo imposible se hace tangible, lo irreal se acepta como natural y lo inédito se estandariza en nueva “normalidad”. Esta novedosa pandemia global del Covid-19 sometió a gran parte de la civilización, y a la cultura de consumo, en una crisis sanitaria y económica nunca vivida en un siglo de Historia contemporánea.

El fantasma de la temida Gripe Española de 1918 recuperó vigencia y arremetió desde la literatura médica y la subconciencia colectiva para guiar como un faro del nuevo paradigma sanitarista para preservar la mayor cantidad de vidas posibles del planeta. Su halo, como si se tratara de Hades, perdura desde entonces con la marca de más de cincuenta millones de fallecidos que dejó aquella tragedia mundial y resurgió con fuerza e instaló a golpe de siglo instantáneo.

Todas estas consideraciones, propias de premisas de la narratología en dónde se interrelaciona con las pasiones humanas, sus temores y anhelos, la identificación y el instinto de supervivencia junto a la incertidumbre por suspenso; hacen que se pueda extrapolar elementos de las leyes del relato de la Tragedia y lograr encontrar ciertos paralelismos con sus reglas narrativas.

En el Arte Poética de Aristóteles (385-323 a.C.), el libro máximo y basal de los autores dramáticos y audiovisuales, ya identificaba y sistematizaba un fundante marco teórico que lograba responder las relaciones y las fuerzas internas de una obra que cohesionaba al público receptor: el Espectador y la Obra; el funcionamiento interno de cada parte de ésta y cómo operaba en las personas, siendo ellas parte funcional y necesarias de la vivencia artística compartida. Aunque también, aquellas Tragedias griegas eran asumidas como piezas aleccionadoras, didácticas de una moral para con su pueblo y, más importante, estaban relacionadas con las almas.

Para Aristóteles una obra de arte es una reproducción humana de la realidad, una imitación, un remedo del mundo para convertirlo en uno nuevo y efímero. En su libro, expresaba: “la tragedia [es] imitación de una acción esforzada y completa, de cierta amplitud, en lenguaje sazonado, separada cada una de las especies en las distintas partes, actuando los caracteres y no mediante relato, y que mediante temor y compasión lleva a cabo la purgación de tales afecciones”.

Es decir, en la Tragedia teatral los espectadores pueden identificarse con los elementos y los Caracteres de la Obra, con sus acciones, en donde las personas participantes de la apreciación de la obra, el público expectante por lo que pudiera suceder durante su reproducción, podían canalizar sus pasiones, sus vivencias –realizadas por el carácter en escena (ejecutadas por los Personajes), experimentando así un acto de catarsis y purificador del alma. Operada desde la movilización de sus emociones mientras acompañaban la fortuna o el infortunio aleccionador de cada Personaje que, por designio del destino, se le imponían en su camino a través de cada peripecia que debía superar.

En este Camino del Héroe, en esta identificación con el espacio y el Personaje con sus obstáculos o conflictos, surge el espontáneo pacto que permite la participación como espectadores ante una Obra dramática. Incluso, la apreciación y los lazos que se crean son aplicables en las demás ramas del arte que, entre otras, alcanzan a la plástica, la escultura, la fotografía, la cinematografía y, desde ya, la literatura, la danza y hasta la arquitectura desde sus simbolismos.

Durante el transcurso de una obra teatral o Tragedia, la vivencia compartida entre Personaje y Espectador es absoluta durante la duración del relato, de la historia que se reproduce. Esa construcción o arquitectura dramática del texto escenificado, durante su progresión dramática, genera y despliega su esencia que es la Poética de la obra, culminado con el clímax catártico que antecede al desenlace de toda la información (signos, códigos narrativos, coreográficos y visuales propios de su lenguaje) que fuera dosificada desde el inicio para lograr la empatía final con los sucesos que se narran.

Extrapolando a grandes trazos, a un evento deportivo, un partido de futbol podría entenderse como un evento artístico, también. Se asemeja con una obra en el que dos héroes, los equipos antagonistas, luchan por superarse entre sí. Cada jugada con la pelota es una peripecia para lograr la meta. La angustia del público crece con la suerte y la incertidumbre de sus protagonistas. La legalidad o divinidad se impone en el Personaje del Árbitro. Y los jugadores demuestran ser semidioses que despliegan magia al desatar la catártica energía compartida, que produce el triunfo de un simple gol, su gloria Culminada la obra tras los noventa minutos, las personas que vivenciaron ese encuentro, ese evento, son y se sienten diferentes a lo que eran antes del inicio de los dos
Actos, o los dos tiempos del match.

Resulta apasionante repensar nuestra época y lograr encontrar coincidencias aristotélicas desde su Poética, aplicables al posible campo de la antropología del arte escénico y comunicacional. Y a casi dos mil quinientos años del libro analítico y filosófico griego, que mantiene una extraordinaria vigencia, nos alumbra desde entonces y nos conecta con la cuna de nuestra cultura.

En su Arte Poética, Aristóteles en el capítulo VI expresa que “Una tragedia, en consecuencia, es la imitación de una acción elevada y también, por tener magnitud, completa en sí misma; enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la catarsis de tales emociones…”. Es notable la magnitud de tales observaciones y afirmaciones con raíz en la actuación o la imitación escénica y que incluyen ciertos aspectos de la metafísica. Enlaza con otro de sus párrafos cuando culmina la idea, al recordarnos: “La tragedia es en esencia una imitación no de las personas, sino de la acción y la vida, de la felicidad y la desdicha. Toda felicidad humana o desdicha asume la forma de acción; el fin para el cual vivimos es una especie de actividad, no una cualidad. El protagonista nos da cualidades, pero es en nuestras acciones lo que hacemos donde somos felices o lo contrario”.

Finalmente, continuando con esta dialéctica comparativa y saliendo del llano ejemplo del evento deportivo, citado arriba. Y en la actual coyuntura de emergencia sanitaria que genera ausencia de actividades económicas, artísticas, de la convivencia grupal en hechos culturales o deportivos, entre otros; la sociedad toda se sumerge en un relato mediatizado de datos y estadísticas que son inoculados masivamente a cada individuo que se refugia en un aislamiento preventivo y obligatorio. El COVID-19 es un dios de la muerte que acecha invisible. Las personas sufren el encierro, la incertidumbre de qué le deparará el destino y si saldrá afortunado o tendrá el infortunio del contagio. No hay Personajes en roles definidos. La identificación es total con el Otro desde su propia otredad. Los Héroes mueren sin ser vistos. Son traducidos a números. Los mismos números del consumo son utilizados como el lenguaje expresivo de la Tragedia que asola. La catarsis se renueva cada dos semanas entre anuncios de los semidioses que imponen institucional disciplina de cuarentena y, en ciertas peripecias, son desafiadas por simples mortales, angustiados de soledad y de hambre. El lenguaje y el ritmo son impuestos por el actualizado lenguaje audiovisual del noticiario y de la prensa, potenciando la mímesis entre la realidad televisada y el habitáculo del aislado telespectador.

La pandemia, sin más muertos que sus fantasmas -y desde una mediatizada distancia-, alimenta la inédita Poética del Encierro. Una Poética fragmentada, virtualizada –pero humanizada- y propia de una nueva narrativa globalizada que se encuentra en el umbral de su génesis, que motoriza la ansiedad y el dramatismo que respiramos entre la espera de novedades médicas salvadoras y en un marco de profundo suspenso como expectantes.

Somos espectadores y actores al mismo tiempo, habitamos esta “Tragedia” compartida que, en nuestro modo de relacionamiento con las noticias y los sucesos, nos convierten en Personajes, en sujetos estadísticos activos y en consumidores de la información en una fase superior que nos trasciende. Transitamos, ya no en una imitación de la realidad. Somos sumatoria de realidades fragmentadas y virtualizadas en una dinámica interacción simbiótica en aspectos narrativos y semióticos. Somos entes actanciales en esta viva obra de transmedia que diluye la frontera entre la ficción y la realidad.

El sino de la humanidad se inscribe minuto a minuto en esta historia viva en la que todos, anónimamente, relatamos y nos relatan, el Coro del los medios de la información marcan el ritmo y estimulan el miedo como pulso del relato interactivo en verdaderos ordenantes de los sucesos. En esta pandemia globalizada, desconocida, veloz y permanente nos legitima como actores funcionales en la virtual y espontánea Obra del Covid-19; sumergidos en un permanente estado de emocionalidad de catarsis en puntos suspensivos. Y a más de noventa días de confinamiento, ansiedad y temor, con una demorada agnición, el desenlace permanece abierto.

Matías Bonora
Buenos Aires, Junio de 2020

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