Encoronados, por Alejandra Larraza

Un día corrimos a comprar alimentos, mientras hablábamos con nuestros otros, que las nuevas circunstancias nos obligaban a cerrar las puertas de todos los espacios compartidos.

Lo hicimos en las mismas redes en las que pocos días después empezamos a nadar sin saber, a las patadas y resistiendo esa diminuta luz verde que se enciende arriba de las pantallas y nos devuelve como un espejo nuestra imagen.

Estaba lejos todo, hasta que un día nos dijeron que podía estar en el paquete de fideos que tomamos de una góndola, después en nuestras bolsas, después en nuestras casas.

Nos sorprendió desarmados, porque nunca terminamos de creer en la violencia de lo que es invisible y tuvimos que hacernos de geles transparentes y aguas jabonosas para defendernos de aquello, que de tanto oírlo, evitamos nombrar.

Y empezamos a reconocer los mecanismos, como cuando descubrimos por primera vez los hilos traslúcidos de las marionetas.

Los barbijos obligaron a dejar las caretas en las mesas de luz y empezamos a andar nuestras propias glorias y miserias.

Nos pusimos a pensar en nuestro inconsciente. Lo venía pidiendo a gritos, quizás no de esta manera, pero había que parar, frenar, sacarnos de encima, dejar atrás la asfixia de todos los días en los que habíamos aprendido a solapar nuevas formas de esclavitud.

Nos miramos en el espejo de las pantallas y tratamos de encontrar bálsamos del otro lado. Queda ahora más claro que no todas las pantallas son iguales, muchas son como un gran agujero negro y nosotros arañamos sus bordes para no ser fagocitados.

Subordinando todo a los números, desdibujamos a las humanidades que quedan empotradas en una cómoda estadística. Son muchos los afectados día a día, y se nos escapan, se van sin nombre y casi sin adiós.

Rezamos, meditamos, reímos, lloramos y quizás amamos más que nunca al sol, escaso en alguna ventana o balcón.

Bienaventurados los alejados de la metrópolis porque de ellos serán las primeras salidas sin barbijos, las pantagruélicas reuniones o la eternidad en un abrazo.

La naturaleza se apura y vuelve a su propio cauce. Celebra la ausencia de sus depredadores, nos observa inmóviles, vulnerables y se empodera sobre la tierra.

En las grietas vuelve el musgo y en las zanjas las hojas del otoño se acumulan en colchones que nadie barre.

En algunos lugares, cuentan que volvieron a ver el cielo y que dudaban de su color porque no lo recordaban.

Implosionamos y nos reinventamos cada día desde aquel primer día.

Buscamos el falso alivio de un afuera que termina casi siempre en colas a metro y medio de distancia.

Vivimos entre breves chispazos de libertad puertas adentro, sin maquillajes, en pantuflas y cocinando recetas que acarician un poco el alma del encierro.

Insomnes en la oscuridad, tanteamos el velador. La luz ilumina un reloj sin agujas que marca la obsolescencia del tiempo.

 

Alejandra Larraza

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