Cuarentena (Pensamientos en esta gris mañana porteña), por Teresa van Gelderen

Cuando esto termine:

Aceptaré invitaciones que antes desechaba.

 Escucharé con placer lo que antes me aburría.

No juzgaré fuerte a nadie.

Seguiré creyendo en lo poco que aún creo.

No vienen tiempos para tibios ni tenues.

Militaré estoicamente en el partido de los/las sobrevivientes.

Propondré seminarios de abrazos y besos,

Sanaré las heridas que deje este tiempo,

pondré hombro y cabeza al servicio de todxs.

Cambiaré mi nombre,

seré anónima, tenaz y firme

El ribete de eternidad que parece tener esta cuarentena no es real.

Magnificamos lo que pasa, el encierro nos obnubila a algunos, otros están más lúcidos.

Veo cómo sale lo más miserable y lo más excelso de cada unx. La vida misma, vaya.

 Me preguntaba estos días, por qué no escribo más, por qué no opino sobre las cosas que me indignan o las que me maravillan.

Creo que hay silencios que merecen aplausos.

Hay un dicho oriental “Si no vas a alabar cállate”.

En este momento lo aplico conmigo.

Hay que denunciar lo injusto, las reivindicaciones de siempre, ¿pero nuestro decir lo hace, o somos un mar de resentimiento?

¿Somos útiles repitiendo hasta el hartazgo la triste historia de la infamia criolla?

¿Somos incapaces de proponer algo edificante, arremangarnos y laburar con el corazón y la cabeza por el otro?

Hay mucha gente que lo hace en silencio.

 Los que no pueden más gritan por estas redes.

Pero la queja parásita y el enojo por todo podría parar.

También está la otra vertiente, los agachadores de cabeza genuflexos a cualquier mamá o papá que diga, mande o rete.

En salud mental se suele decir que todo sujeto tiene partes sanas y es eso lo que se debe acentuar.

¿No podríamos ver eso?

Es temporada de pequeñas cosas.

Cuando Victoria, mi nieta mayor era pequeña, solía venir a mi cama y hacerme trenzas.  Por un extraño sortilegio lograba que me durmiera.

Estos días estuvimos mirando documentales y ocurrió nuevamente el milagro: Sin trenzas ni peinado logré dormir siestas muy largas.

Los gruñidos adolescentes y mis quejas se desvanecieron, dieron lugar a una bonita calma.

Cumplimos con nuestro deber, maldecimos a los miserables, observamos a los desobedientes, aplaudimos a quienes nos cuidan bien…

¿Seremos conscientes de lo importante que es la ternura en estos días y siempre?

Un llamado diario a quienes están solos: enviar fotos a los que no manejan celulares, hacerles escuchar canciones, contarles alguna historia.

Es nuestra responsabilidad amorosa.

La ternura y la alegría son un deber.

Como decía Barthes del amor:

“Un deber resplandeciente”

Pensé que iba a escribir un manifiesto en defensa de la alegría y salió esto.

Debo ocupar un lugar destacado entre quienes critico, genuflexa, resentida, pero con alegría en el cuerpo y el alma.

Será la próxima entrega

Siempre estaré aquí, firme como clavo’ e mesa.

 

Teresa van Gelderen

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