Los monstruos detrás de las obras

¿Debería deshacerme de mi copia de “Bananas”?

“al fin y al cabo, las opiniones son lo más superficial que hay en alguien”.

Jorge Luis Borges

“Si alguna vez se pudo ser un gran escritor sin sentirse partícipe del destino histórico inmediato del hombre, en este momento no se puede escribir sin esa participación que es responsabilidad y obligación […]».

Julio Cortázar

Una investigación realizada por un agente de Scotland Yard sugiere que el autor de Sherlock Holmes, Sir Arthur Conan Doyle,  podría haber tenido que ver con la muerte de un amigo suyo, al que además le habría robado la idea de la novela “El sabueso de los Baskerville”.  Aparentemente el autor habría ayudado a la esposa del periodista Fletcher Robinson, con quien estaba amorosamente involucrado,  a administrarle un veneno que le provocó la muerte, adjudicada al Tifus.

Esto habría ocurrido hace más de cien años. Fuera de las especulaciones de la investigación, si en este momento se demostrase categóricamente (utilizando algún increíble avance de la ciencia) que Sir Arthur Conan Doyle fue un monstruo capaz de plagiar y matar a un amigo…  ¿Qué ocurre con nosotros, los lectores?

La pregunta es: ¿Deben pagar las obras por los pecados de sus autores? ¿Correspondería entonces censurar a Sherlock Holmes si fuera la obra de un criminal?

 

Muestrario monstruoso

William Burroughs es considerado una de las principales figuras de la llamada Generación Beat,  autor de obras como Yonqui (1953), El almuerzo desnudo (1959) y Queer (1985). En 1951, mientras estaba en México, tuvo la simpática idea de emular a  Guillermo Tell, tratando de acertarle con una pistola a una manzana sobre la cabeza de su esposa Joan Vollmer Adams Burroughs. Él se jactaba de no haber fallado nunca, pero aparentemente estaba bajo el efecto del alcohol (y quizás de las drogas) por lo que su puntería no fue muy buena, y la bala terminó con la vida de Joan. Fue detenido por homicidio culposo,  pero a los pocos días fue liberado gracias a los sobornos que pagó su hermano a abogados y funcionarios mexicanos. El proceso continuó lentamente y más de un año después la justicia lo sentenció a dos años de prisión. Para entonces Burroughs había vuelto a  Estados Unidos y la sentencia quedó en suspenso. Queda la duda sobre si se trató de un accidente o de un crimen perfecto.

Roald Dahl es popular como autor de ingeniosos relatos infantiles, como Charlie y la fábrica de chocolateJim y el durazno giganteMatildaEl fantástico señor Zorro, y Las brujas. También es reconocido por sus cuentos de final inesperado, muchos de ellos concentrados en Historias extraordinarias (1977) y Relatos de lo inesperado (1979). Sus historias Cordero para la cena y Hombre del Sur, se convirtieron en episodios de Alfred Hitchcock Presenta. Hombre del Sur también fue homenajeado por Quentin Tarantino en el film Four Rooms.

Más allá de su maravillosa obra literaria, Roald Dahl realizó en los 80s varias observaciones en contra del estado de Israel, y se proclamaba antisemita, a pesar de contar con amigos judíos. Hay quienes concuerdan que estas declaraciones podrían formar parte del carácter controversional del autor, que tiempo después aclararía que “No soy antisemita. Soy anti-Israel”

J.D. Salinger revolucionó la literatura norteamericana del siglo XX con apenas cuatro obras. Su carrera abarcó unos catorce años y después, el resto de su vida, se recluyó y optó por el silencio literario. Sus libros Un día perfecto para el pez banana (1948), El guardián entre el centeno (1951), Nueve cuentos (1953) y Franny y Zooey (1961), fueron aclamados por la crítica  y resultaron modelo a seguir para las posteriores  generaciones de escritores.

Salinger se convirtió en leyenda mientras continuaba su existencia en Cornish (Nuevo Hampshire), donde se supone que siguió escribiendo. Allí iban los fanáticos a tratar sin éxito de verlo, sacarle alguna palabra y quizás fotografiarlo. Desde su muerte en 2010 se espera que la familia publique algún material de esos años, pero al momento no ha habido novedades.

Sin embargo, el libro El guardián de los sueños, de su hija Margaret A. Salinger, lo muestra como alguien que siempre hizo sufrir a las mujeres con las que estuvo y como un machista que se deshacía de ellas en cuanto opinaban distinto. También  critica fuertemente su rol paternal, al describir que convirtió a su familia en algo así como una secta. Según la biografía de Shane Salerno y David Shieldsl, a partir de comentarios de entrevistados, parece ser que a Salinger le gustaban las chicas muy jovencitas, a quienes frecuentaba, pero nunca llegaba a tener relaciones sexuales.

El diácono anglicano Charles Dodgson pasó a la historia como Lewis Carroll, el autor del maravilloso mundo de Alicia (Alicia en el país de las maravillas, 1865, y Alicia a través del espejo 1872) y de otros textos en los que abundan los juegos de lógica y matemáticas.

Una versión (posiblemente apócrifa) sostiene que la reina Victoria quedó tan encantada con Alicia en el País de las Maravillas que ordenó que le trajeran inmediatamente las obras de Lewis Carroll, solo para descubrir que los otros libros del autor no eran tan fantásticos, sino textos de estudio (como Un Tratado Elemental sobre Determinantes, con Aplicaciones a Ecuaciones Lineales Simultáneas y Geometría Algebraica, 1867).

Las “aventuras” habían comenzado un día de 1862, cuando Dodgson paseaba en bote por el Támesis con las niñas de la familia Liddell y una de ellas, Alicia, le pidió que les contara una historia.  Era común que el diacono se rodeara de niños, manteniendo una pasión platónica especial por las niñas, con las que disfrutaba pasar el tiempo y fotografiarlas disfrazadas, o también, desnudas.

Hoy en día abundan los estudios sobre esta relación en la que parecieran existir pasiones sexuales por las niñas,  autoreprimidas por el victoriano diacono, con lo que la imagen de Lewis Carrol oscila entre la de un adulto con alma de niño, o un pedófilo encubierto.

El poeta chileno Pablo Neruda  es considerado uno de los más destacados e influyentes artistas de su siglo XX. Obtuvo en 1971 en Premio Nobel de Literatura y se le otorgó un doctorado honoris causa por la Universidad de Oxford. También es conocido por su actividad política, habiendo sido senador por el Partido Comunista, precandidato a la presidencia de su país y embajador en Francia.

El libro Confieso que he vivido (1974) recoge las memorias del poeta chileno, generando hoy en día controversias a partir de la descripción que Neruda hace de cuando se desempeñaba como cónsul en Ceylan (actualmente Sri Lanka) y se aprovechó sexualmente de una mujer pobre.

No hay mayores pruebas del hecho que lo que el autor cuenta (que puede ser ficcional), pero a partir de esta descripción es que funcionarios chilenos han rechazado ponerle el nombre Pablo Neruda al aeropuerto internacional de Santiago.

Obras independientes

En principio, la obra debiera de “funcionar” con independencia del autor, estar desvinculada completamente del mismo, en una suerte de camino propio. Pero algunos dirán que, por el contrario, la “voz” del autor queda grabada en el ADN de la obra, siendo imposible separar el texto (en todos sus formatos) de la personalidad de su creador.

En conjunción con la primera idea, es innegable que se puede disfrutar de una obra, aún con total desconocimiento sobre el autor. A veces lo único que sabemos se sintetiza en la breve descripción de la solapa de un libro.

Puede ocurrir como en el cuento “Los pasos en las huellas”[1] de Julio Cortázar, en el que un personaje (Fraga) fascinado con la obra de un autor (Romero) construye una biografía que lo enaltece, solo para luego darse cuenta de que se trató de una mala persona. Por otra parte, el mismo Cortázar contaba que había escrito Rayuela pensando en su generación, pero el libro fue detestado por los de su edad, a la vez que era inmediatamente aceptado por los más jóvenes.

Es más, según Roland Barthes hay que olvidarse del autor, porque el que recoge la multiplicidad contenida en los textos literarios es el lector: “El nacimiento del lector se paga con la muerte del Autor”[2] (Michel Foucault hará luego otros análisis en ¿Qué es un autor?, mientras que Umberto Eco explorará la relación entre el autor y el destinatario de la obra en su “Lector in Fabula”).

El autor de todos los males

Por otra parte, hay obras extremadamente ligadas a su autor, en las que no solo se reconoce su estilo, sino también por las ideas que las atraviesan. Por ejemplo, el escritor norteamericano Robert A. Heinlein, autor de más de treinta libros[3], principalmente de Ciencia Ficción, aprovechó la literatura como medio para manifestar las ideas libertarias que defendía en las agrupaciones de las que formaba parte. En este caso, la idiosincrasia del autor está explícita en lo que escribe y si resulta cuestionable la obra será criticable por sí misma, más allá de lo que ocurre con su autor.

Es interesante recordar  el planteo que hacía el personaje Manuel Mandeb, de “Crónicas del ángel gris”[4], según el cual las ideas importantes están extremadamente ligadas a su autor, por lo que no pueden ser plagiadas. “Convendrá entonces tener ideas grandes, o en todo caso, procurar que nuestras ocurrencias estén pegadas a nosotros de un modo tan íntimo y estrecho que nadie pueda arrancárnoslas del alma. Si quieren saberlo, yo soy mis ideas, y quien me las robe, habrá de llevarme también consigo.”. El texto de Dolina alcanza un remate gracioso cuando describe cómo ésta idea le es robada a Mandeb.

Obras que vienen y que van

El asunto se centra en la producción: si la obra contiene planteos éticos cuestionables… evidentemente, quedará a criterio del lector aceptarlos o no. El tema está con las obras que “son buenas”, producidas por autores que incurren en faltas morales. ¿Qué ocurre con Matilda, con Alicia, con los chicos de la familia Glass? ¿Qué pasa con “puedo escribir los versos más tristes esta noche”…?

A partir del surgimiento de movimientos que reclaman igualdad de derechos y condena a delitos sociales, llegó también la revisión de todo aquello que en algún momento era “culturalmente aceptado”, encontrado discriminación, misoginia y machismo en libros, películas y series de TV, no tan lejanas en el tiempo. No hace falta más que volver a ver viejos programas de televisión (en los canales dedicados al recuerdo) para encontrar situaciones que no serían admitidas en la sociedad actual.

Como el arte no solo es expresión, sino que también genera ganancias, movimientos como el #Metoo,  en contra de la  violencia sexual,  promueven también el boicot a las obras de los artistas denunciados. Tal es el caso del actor, escritor y director Woody Allen, acusado de abusos contra su hija Dylan Farrow, a quien las principales editoriales rechazan publicar el libro de sus memorias.

La fundadora del blog Women in Hollywood, Melissa Silverstein , escribió en The Guardian la nota titulada “Por qué no voy a ver la nueva película de Woody Allen” en la que pide:  “Niéguense a comprar boletos para películas hechas por personas acusadas de abuso”.

Si bien la denuncia contra Allen lleva algún tiempo, y se han realizados las pericias e investigaciones del caso, más allá de lo que nos parezca, aún no ha habido condena por parte de la justicia contra el director. Hay quienes lo presentan como un total degenerado (al fin y al cabo terminó en pareja con la hija adoptiva de su ex pareja a quien le lleva más de treinta años), mientras que otros plantean que la historia del abuso es una farsa perpetrada por su despechada ex, Mia Farrow (que en su momento estuvo casada con Frank Sinatra, casi treinta años mayor que ella).

Mientras la discusión se dirime en los tribunales ¿Existe alguna diferencia entre la incertidumbre actual y la de si hubiera sido condenado por abuso? Es decir, ¿cambia la situación una condena legal? ¿O es suficiente la acusación? Para Melissa Silverstein la denuncia es motivo suficiente para eliminar a un artista del mercado.

No existís

Estarán los que defienden una u otra postura. Seguramente, en cada caso, son muchos los factores a considerar. Y hay artistas que deberían ir presos por sus acciones. Pero si la posición “políticamente correcta” va de la mano del “banneo” de los acusados, dónde está el límite para ese proceso de descalificación en la obra de los mismos. Si vamos a dejar de ver lo que hace Woody Allen a partir de ahora, ¿No deberíamos deshacernos también de todo lo que hizo antes? O es que hay un momento, una fecha,  a partir del cual su obra se vuelve incorrecta. Si es que la obra se infecta con los vicios del autor.

¿Debería deshacerme ya de mi copia de “Bananas”?

Demasiadas preguntas, de las que este texto no pretende dar una respuesta, pero que hay que hacerse al momento de descubrir que muchos artistas son posiblemente monstruos.  Inmediatamente nos surge el rechazo, la condena seguramente merecida, y ponemos “dislikes” como en un episodio de Black Mirror. Pero ¿Qué hacemos mientras tanto con Matilda, con Alicia, con los chicos de la familia Glass?  ¿Con el final de crímenes y pecados?

Quizás sea importante establecer cierta distancia entre la condena que debe recibir una persona y la que le corresponde a su obra, cuando los pecados de uno no están explícitos en la otra.


[1] Julio Cortázar (1997), Octaedro, Editorial Alfaguara. Biblioteca Cortázar, Madrid

[2] Roland Barthes (1987) La muerte de un autor,  Paidós , Barcelona

[3] Robert A. Heinlein (1907 – 1988), considerado junto a Isaac Asimov y Arthur C. Clarke uno de los tres pilares de la ciencia ficción pura, ganó cuatro premios Hugo con sus libros: Estrella doble, Tropas del espacio, Forastero en tierra extraña y La Luna es una cruel amante.

[4] Alejandro Dolina (1988), Crónicas del Ángel Gris, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires. Puntualmente, Mandeb hace diferencia entre ideas grandes y pequeñas, diciendo que las ideas importantes son las que están ligadas a quien las desarrolla y por lo tanto no pueden robarse.

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