Los héroes locos

Descargar PDF

 

“¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes, lo que yo allí pongo y sobrepongo y sotopongo, y lo que ponemos allí todos”.

Miguel de Unamuno

“Todos los caminos conducen a Roma”, dice el refrán,  y más de una vez el lugar común nos lleva a decir algo así como: “La película es buena… pero el libro es mejor” y entonces no dejo de pensar en un profe del secundario  que insistía en que no había que mezclar “peras con manzanas” cuando nos olvidábamos de ponerle las unidades a los resultados calculados….

Y es que no puede ser lo mismo, aunque de lo mismo se hable, cuando nos referimos a lenguajes estéticos tan diferentes como el de la literatura y el del cine.

La traducción o la reescritura mismas ya derivan en “otra obra”, como nos lo advierte en tono paródico Jorge Luis Borges, con  su  relato “Piere Menard autor del Quijote” en el cual el personaje se propone llegar al Quijote por distintos medios y escribir finalmente una novela que coincida palabra con palabra con la de Cervantes, pero que por haber sido escrita en otro contexto histórico y social, devenga otra historia.

El cine basado en obras literarias enfrenta el desafío de la reescritura. Por más que se siga el relato original a rajatabla, la película no es el libro, es otra cosa. Pero la nueva obra, en otro formato, debiera de contar la misma historia que el libro, mantener su mismo espíritu.

Así, una película del Quijote, es también otro Quijote, con las características que le son propias.

El problema está en que el libro, como solía señalar Asimov, cuenta con el apoyo logístico de nuestra imaginación, y cuando en el relato un personaje se sienta a la sombra de un árbol, y no se específica en el texto mucho más sobre qué características definen a dicho árbol, entonces el lector “construye” en su mente “su” propio árbol, que no es el mismo que “verá” con su imaginación otra persona que lea el mismo pasaje del libro.

El cine, por su parte, debe conformarse con un mismo árbol para todos. Un árbol real o de utilería, que por definición resultará extraño o falso para la memoria del lector, porque no es “su” árbol. Pero, el objetivo en el cine no es el de recrear el árbol sino la escena, la situación y su sentido.  Ahí entra la posibilidad de la “adaptación” para cambiar el árbol y lo que lo rodea en pos de una representación que contenga la misma esencia que el texto, o para construir toda una escena nueva con nuevos personajes o lo que sea.

Hace mucho tiempo leí la novela “Monseñor Quijote”, de Graham Greene, que cuenta las aventuras de un curita de  la Mancha devenido en monseñor, quien junto a un improvisado Sancho Panza (comunista) emprende un largo viaje por las rutas de España, remedando el de Don Quijote. Los personajes se ríen de su paralelismo con la novela de Cervantes, y eso da pie para distintas meditaciones al respecto, en el contexto contemporáneo. Tiempo más tarde un amigo me comentó sobre la existencia de una película de 1985 basada en esa novela (con Grahan Greene nunca se sabe bien qué fue primero, si el guión o el texto literario, como ocurre con “el tercer hombre”) con Alec Guinness y Leo McKern en los roles protagónicos.

Buscando información sobre la película encontré un texto académico que atacaba fuertemente la novela por apartarse tanto y desvirtuar la novela Cervantes. Me pareció extraño. ¿No es también mezclar peras y manzanas? Digo, una historia que se llama “Monseñor Quijote” ya anuncia dos intenciones: la de basarse en el Quijote, y la de apartarse de él, porque de lo contrario se llamaría “nuevas aventuras del Quijote” o lo que fuera.

Unamuno declara a la obra libre de su autor al decir que “Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes” y Si Don Quijote ya es parodia de los personajes de sus historias de Caballería, una nueva adaptación en otro contexto convendrá ser una meta-parodia en sí misma.

El Quijote es ya héroe y parodia, listo para ser heroico y parodiado en otras historias, devenido en adjetivo quijotesco.

El personaje de Red Scharlach del cuento “la muerte y la brújula” deliraba en su padecimiento con la frase “Todos los caminos conducen a Roma”, entendiendo en el sueño que la aplicación completa de la misma convierte al mundo en un laberinto del que no hay escape, porque cualquier movimiento lleva indefectiblemente al mismo punto (a Roma). Del mismo modo, todos los héroes que se precien de serlo transitan el mismo camino que describiera Joseph Campbell en “el héroe de las mil caras”, reducidos al arquetipo de un único héroe universal. Algo así como un héroe de prescripción genérica, sin nombre propio. Extrañamente con el Quijote la cosa se invierte, y todos los héroes que están locos y se largan a la aventura terminan emprendiendo una labor Quijotesca.

Todos los héroes locos son el Quijote. Locura relativa, por supuesto, cuyo sentido es el de ir en contra del común.

Habiendo planteado todo esto, una nota de Cine sobre Cervantes y sobre el Quijote, no es necesariamente una versión del Quijote sino que se impone un camino más interesante: tratar de llegar al Quijote por caminos que no conducen al Quijote.

Y ahí tenemos una película que no trata sobre el Quijote, pero nos lleva por su camino (el del héroe loco). Se trata de They Might Be Giants, cuya traducción literal sería “Podrían haber sido Gigantes” pero que en la mayoría de los países de habla hispana se estrenó con el nombre de “El detective y la doctora”. La película, de 1971, se basa en una obra de James Goldman que fue representada en Londres, una década antes. La dirección es de Anthony Harvey, y es la única película producida por Paul Newman en la cual él no aparece como actor.

¿De qué trata? En la Nueva York contemporánea (bueno, contemporánea al film, es decir, en los 70s) el importante juez y abogado Justin Playfair (George C. Scott), después de haber enviudado, se ha vuelto loco: Se cree Sherlock Holmes. Su hermano Blevins (Lester Rawlins), que debe dinero a gente peligrosa, quiere que lo declaren insano para poder controlar su fortuna. Cuando Justin descubre que el apellido de la psiquiatra que debe confirmar su locura es Watson (Joanne Woodward), inmediatamente la incluye como compañera de andanzas para descubrir el maquiavélico plan de su enemigo, el profesor Moriarty.

Ella, por su parte, se encuentra fascinada ante la presencia de un “paranoico clásico”, de los que se encuentra “uno en una generación”, y se propone estudiarlo de cerca, por lo que accede a acompañarlo en una recorrida por la ciudad en busca de pistas. Él deambula con la vestimenta característica del famoso detective, de finales del Siglo XIX, en un mundo que se encuentra cien años adelante.

Si bien el pensamiento de Justin/Sherlock parece completamente ilógico (relaciona cualquier cosa, recortes de diarios, carteles, etc.), sus razonamientos lo llevan a lugares donde la lógica moderna “hace agua”, como cuando visitan una compañía telefónica donde una chica quiere saber la dirección de un muchacho que ha conocido y a quien ama, que por teléfono le ha dicho que está deprimido y que ha tomado gran cantidad de pastillas para dormir. Ella quiere ir a salvarlo pero no sabe donde vive. La operadora (llorando) le dice que no puede dar esa información por teléfono, y por eso la chica ha ido a la compañía telefónica. Sin embargo la política de la compañía no permite a los empleados hablar directamente con los clientes, si no es por teléfono. Y así.  Holmes rompe con el círculo vicioso y roba la información que la chica necesita para salvar a su amado.

Ya se infiere que la locura de Playfair está más cerca del sentido común que del razonamiento habitual. Así lo va descubriendo la doctora, a medida que se cruzan con gente que reconoce a su paciente como el “Sr Holmes”: un loco del instituto mental, un hombre y una mujer que frecuentan un viejo cine que solo pasa westerns, el encargado de una olvidada biblioteca, una pareja que ha decidido no salir más a la calle (desde 1939). Son todas personas que no encajan en la sociedad y que se refugian donde pueden (el manicomio, el cine, la biblioteca, su casa) y que  pueden ver en Playfair no a un loco, sino a un evadido, como ellos.

Mr Bagg  –  ¿Quién es usted?

Justin/Sherlock  –  Holmes, y Watson.

Mr Bagg  –  Pero, yo pensé que estaba muerto.

Justin/Sherlock  –  En las cataratas de Reichenbach, ¿no es así? Pero resucité enseguida.

Mientras tanto el detective y la doctora son perseguidos por el Dr Strauss, que quiere recluir a Justin en el psiquiátrico, y por los gangsters a los que Blevins Playfair debe dinero. Estos últimos apuestan a que si Justin muere, su hermano heredará y podrá pagarles sin más excusas.

Justin Playfair se plantea quién es, mientras la doctora Mildred Watson encuentra en la personalidad aventurera de su paciente la emoción que falta en su vida extremadamente vacía de relaciones (que no sean laborales). Hay un momento, cuando la pareja como tal empieza a consolidarse, en el que Justin es alcanzado por una bala, y cae inconsciente. Por suerte solo se trata de un rasguño. Cuando ella cree que está seriamente herido intenta reanimarlo, mientras dice “no puedes hacerme esto, Holmes”. Ya lo llama Holmes.

Es inevitable pensar que Justin/Sherlock es una especie de Quijote, como se plantea en el diálogo que se da cuando le muestra a la Dra. Watson un recorte de diario y le pregunta:

Él  –  ¿Qué deduce de esto?

Ella  –  Usted es como Don Quijote. Cree que todo significa algo más.

Él  –  Él tenía un punto, pero lo llevó demasiado lejos. Creyó que todos los molinos eran gigantes. Eso es una locura. Pero creer que podrían serlo… Las mejores mentes creían que el mundo era plano. ¿Pero y si no lo era?  Podría ser redondo… y el pan enmohecido, ser medicina. Si nadie se fijara en las cosas, y pensara lo que podría ser, todavía estaríamos en la selva.

De ahí deriva el nombre la película: “Podrían haber sido Gigantes”, que es el tema del film. Sin los locos la humanidad no se plantea las cosas y no avanza. Además, si Justin es reconocido por la gente como Sherlock Holmes, si sus razonamientos son correctos, si sus acciones ayudan a la gente, y es perseguido por personas “malas”, entonces, por lógica debe existir realmente un plan maquiavélico de Moriarty. Los molinos podrían ser gigantes.

El poder de Moriarty, explica Sherlock en el film, es el de confundirnos a todos, el de hacernos “tontos”, al punto de que no comprendamos que vivimos en el paraíso terrenal, ya que nunca fuimos expulsados de allí.  El mundo es hermoso (usa el término luminosos), pero llevamos una vida que nos impide verlo. La maldad de Moriarty está en hacer que veamos molinos donde en realidad hay gigantes…

Con las excelentes actuaciones de George C. Scott y Joanne Woodward, se construye una historia en la que confluye cierta dosis de misterio, romance y comedia. Hay diálogos memorables y toda esa reflexión sobre la locura personal y la colectiva…

La pareja protagónica mantiene un clima dramático aún cuando las situaciones resulten extrañas o delirantes, lo cual no es nada fácil de lograr.

La música, del reconocido compositor de bandas de sonido cinematográficas John Barry, aporta al desarrollo de la historia, mezclándose con ella y equilibrando los climas dramáticos.

La película es recordada por muchos en forma entrañable. Sin embargo, en su momento fue un fracaso de taquilla. Uno de los motivos es quizás que el cine de los 70s empezaba a explotar temáticas más espectaculares y menos reflexivas. Por otra parte el film  adolece de un grave problema: a partir de la mitad, la trama decae y va perdiendo la seguridad con que se desarrollaba al principio. El final es cuando menos, decepcionante (siempre hubo polémica al respecto) y no se entiende cómo es posible que un guión tan prometedor concluyera así. Se habla de recortes propuestos por la productora, o que el director no supo cómo cerrar todas las posibilidades que había abierto.

No sé si se trata de una película para recomendar. Si alguien se anima, con todo esto y la ve, seguramente quedará enganchado inmediatamente con esta historia. Y no podrá decir que nunca nadie le dijo que podría no gustarle el final.


Nota numérica: El film original duraba 98 minutos. La versión remasterizada para DVD y para Netflix’s cuenta solo con 91:15. La versión editada para TV de 1986  contaba con 96:29, y se encuentran variantes recortadas de unos 87 minutos.  Generalmente, las diferencias se deben a la mayor o menor duración de la escena de la batalla del supermercado.


Nota curiosa: Existe una banda estadounidense de rock alternativo  formada en 1982 y llamada They Might Be Giants (conocidos también por su abreviatura TMBG) en honor a la película de 1971. Entre otras canciones, son los autores del tema del “Dr. Evil” para la película Austin Powers: The Spy Who Shagged Me.


Dialogo la primera vez que se encuentran la Dra Watson con Justin Playfair/Sherlock Holmes.

Contra su voluntad están trasladando a un paciente, el Sr Small,  que no habla, a pesar de llevar meses de tratamiento con la doctora. Aparece Justin Playfair, vestido de Holmes.

Dra. Watson –  Supongo que después de todo usted es Sherlock Holmes.

Playfair/Holmes –  No lo cree. Sólo piensa que estoy loco. Todos los psiquiatras son iguales. ¿También creen que usted está loco, no?

El señor Small asiente.

Playfair/Holmes – ¿Por qué? ¿Porque no quiere hablar? ¡Típico! ¿Por qué será que los psiquiatras no saben analizar?

Dra. Watson –  ¿Entonces ya dedujo que es lo que le pasa al señor Small?

Playfair/Holmes –  Todavía no. Pero si quiere puedo hacerlo. (Al señor Small) Asienta cuando acierto. ¿Porqué un caballero podría rehusarse a hablar? Porque… no ha sido presentado. Cuando sepamos quién es hablará.

El señor Small asiente.

Playfair/Holmes –  ¿Dónde está la lógica? El puede hablar pero no lo hace. ¡La pista es el silencio!

El señor Small asiente y trata de explicarle algo con señas.

Playfair/Holmes –  No me ayude por favor. Trabajo por pura deducción. Quién era mudo. ¿Quiénes tenían todo pero les faltaba el sonido? ¿Los mudos de la historia? No, ellos no podían hablar y el señor Small sí. ¡Un monje con voto de silencio! No, no… Nada de sonidos. Nada de sonidos. ¡Las primeras películas! ¡El es un actor de películas mudas! ¿Cuál? El menos obvio; ¡lógico! Alguien valiente. Un hombre de acción. Implacable. Distante, pero apasionado. ¡Mi Dios! ¡El señor Small es Rodolfo Valentino!

Se estrechan la mano Playfair/Holmes y el señor Small

El señor Small – Sherlock Holmes.

Playfair/Holmes –  Es un honor, señor.

El señor Small –  He leído sus libros. Son un gran aficionado suyo.

Playfair/Holmes hace un gesto de modestia.

Dra. Watson –  ¡Estoy impresionada!

Playfair/Holmes (a la Dra. Watson) –  Dígale que adoró su actuación en “El Sheik”.

Dra. Watson – ¡Eso es ridículo!

El señor Small – ¿No le gusté?

Dra. Watson – Oh, no, no. Estuvo muy bien.

Enfermera (a Playfair/Holmes) – Ojalá trabajara aquí.

Playfair/Holmes – les sería muy útil. Me voy. Saludos a Vilma Bánky

Dra. Watson – ¿Podríamos sentarnos y discutir su trabajo?

Playfair/Holmes – Lo lamento, pero soy un hombre terriblemente ocupado.

Dra. Watson – ¿Está trabajando en un caso?

Playfair/Holmes – Concéntrese en el señor Small Dra. Después de todo quizá no sea Rodolfo Valentino.

Descargar PDF

Comments are closed.