La red

Primera escena, una pobre familia de Corea del Norte. Él, Nam, es un pescador, y vive con su mujer e hija. La mujer le prepara el desayuno, la niña está despierta, abrazada a un osito roto.

Nam decide tener sexo con su esposa, y sencillamente la toma, mientras tanto la niña se esconde debajo de las sábanas y la mujer pasivamente deja ser tomada.

Segunda escena, Nam subiendo a su barcaza, dispuesto a pescar.

Sabe que está cerca de la frontera, conoce los límites.

Pero tiene un percance: su red se engancha y atrofia la hélice, se le rompe el motor, se para sin remedio y el bote queda del lado equivocado. Se lo ve agitar sus dos manos pidiendo auxilio, pero no lo ven y queda en tierra surcoreana.

Es detenido por los militares y llevado a una oficina para ser interrogado, bajo sospecha de ser un espía.

En todo el trayecto, él cierra los ojos. Y con esa simple actitud, coloca al pescador frente al espectador en un lugar de perfecta inocencia. “No veo al sur, porque soy del Norte”, así como también implica “no veo al sur para que no me consideren un prófugo adherente a esa tierra y luego, al volver, me castiguen”. Sólo nosotros lo vemos. Se tapa los ojos para nosotros.

Lo acusan de tener la cabeza carcomida por el relato comunista, de estar manipulado psíquicamente.

Es duramente interrogado por las autoridades bajo la sospecha -y posterior acusación- de ser un espía enviado por el estado comunista, lo que provoca un suplicio cada sesión. Obligado a escribir diariamente toda su vida, horas y horas, también es torturado físicamente para que se inculpe de ser un espía por parte del inspector Kim Young-Min, un sanguinario policía. Su familia ha sido asesinada por norcoreanos, y encuentra en cada rehén la oportunidad de venganza. Sus excesos terminaron por complicar al propio gobierno. Lo que no le impide continuar con sus brutalidades.

El pescador siempre vuelve a la habitación asignada y pasa horas mirando una foto de su esposa e hija. Los ojos esta vez son mostrados con lágrimas.

Por otro lado, Nam tiene asignado un guardia, un hombre joven que cree en su historia, reniega de la violencia de Kim con quien se pelea e intenta comunicarse y empatizar con el pescador.

Metáfora de una nueva sociedad, dispuesta a escuchar, caracterizada en este joven que cree, confía. Busca encuentros. Que quiere mostrarle una vida diferente, según su parecer, mejor que la que lleva en el norte. Parte de esa posición porque le importa más explicarle las bondades de su nación que castigarlo, sospechándolo de espía.

A pesar de los constantes interrogatorios, lo único que quiere es volver a su patria con su familia, algo que en el Sur no entienden. Deciden dejarlo solo en Seúl. Durante un largo tiempo permanece con los ojos cerrados, hasta que advierte que no tiene más alternativa que abrirlos. Y ve, casi enceguecido por las luces, todo lo que una gran ciudad occidentalizada tiene. Locales, juguetes, ropa, música, Pero también puede ver la marginalidad y advertir que aquí también la libertad está retenida, en este caso por el consumo.

Identidad de la otredad. Modelos opuestos, igualmente deshumanzados.

Visita a la hija de uno de los presos, quien le pide que le dé un mensaje. Nuevamente su ingenuidad, la de nosotros, los que estamos afuera de las decisiones políticas. Él cree que es un poema que le contaba este padre a su hija cuando era niña. Ni se le ocurre suponer que es un mensaje cifrado. Una nueva red se enreda en su motor. Encuentra una mujer que está siendo golpeada por varios hombres, la defiende. Ella la cuenta que se prostituye para darle de comer a su familia.

Las mujeres no son escuchadas ni deciden sobre su cuerpo a los lados de las dos fronteras.

Las autoridades concluyen en que no pueden acusarlo de espía, entonces intentan obligarlo a que se quede en el sur. No hay nada de democrático en esta situación, por parte del país Libre del Sur.

Hay intercambio de reuniones entre los dos estados. La prensa lo muestra. Finalmente, reparan su motor y vuelve a su país. Se está yendo y se desnuda, dejando la ropa que le habían dado al grito de viva Corea del Norte.

Llega a su tierra. Un público victorioso lo espera. Está su mujer y su hija. Sin embargo, debe pasar por la oficina de seguridad para “conversar”.

Allí es igualmente vejado y maltratado. Obligado a escribir su vida día tras día. La identidad de Nam termina de deshacerse, de desmoronarse.

Por suerte, le encuentran unos dólares que su amigo el guardia le había dado. Lo toman, sus torturadores se los reparten y vuelve a su casa.

Ya no es Nam. Su mirada seca, no queda nada de aquel joven pescador.

Se ha convertido en un extraño. Al día siguiente, vuelve a la costa para tomar su bote e ir a pescar. Es lo único que le queda de su identidad. Le informan que tiene prohibido salir.

El final queda para quien quiera ver esta película.

Planos cortos, pocas palabras, escenarios internos, un solo personaje central, alcanzan y sobran para mostrar hasta dónde el otro, como enemigo, es tan uno mismo. La miseria humana desconoce fronteras.

Kim Ki-duk usa la frontera, la oposición política, dos estados en conflicto, para remarcar cómo del mismo modo que son antagónicos, su condición humana es idéntica, sacando a relucir que las miserias se parecen en todos lados. Con miradas antagónicas, solo para mostrar que la peor cara de la otredad es la dificultad de reconocer lo odiado del otro en uno mismo.

Esta es la gran alegoría.


DATOS DEL FILM

  • La Red (Geumul, Corea Del Sur, 2016)
  • Dirección y Guión: Kim Ki-Duk.
  • Elenco: Ryoo Seung-Bum, Lee Won-Geun, Kim Young-Min, Choi Guy-Hwa, Jeong Ha-Dam, Park Ji-Il, Sung Hyun-Ah.
  • Producción: Kim Soon-Mo.
  • Distribuidora: Distribution Company.

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