Frankestein: de Mary Shelley a Keneth Branagh

frank1La novela escrita por Mary Shelley nace unos años después de la Revolución Francesa, la independencia de los EE.UU. y cuando estalla la emancipación americana. Nace cuando Goethe publica la primera parte de Fausto y Beethoven promedia sus sinfonías. Y nace producto de un desafío pergeñado en Ginebra pero es escrita en Londres, por gente de elite, los Shelley, y como tales un tanto ajenos a esos movimientos políticos que cambiarían el mundo, pero no de los contenidos del romanticismo, que ya lo inundaba todo, y con ellos, la jerarquía del hombre por el hombre; nada de dioses; los Shelley eran ateos y ese concepto les viene de maravillas. La novela es gótica; el ámbito del terror tiene cabida, pero Mary Shelley nunca supo que con su obra estaba inaugurando un género literario que se expandiría durante ese siglo XIX, tomaría todo su esplendor en el XX y aún perdura: la Ciencia Ficción. Nos ayuda a comprender esto último la cuarta versión de Frankenstein, la de Keneth Branagh.

Shelley publica tres versiones: 1817, 1818 (que incluye el Prólogo de Piercey, su esposo) y 1831 (donde modifica algunas partes sustanciales). Pero debemos pegar un salto de casi dos siglos para conocer la versión de Branagh, la cinematográfica, que bien titula Frankenstein, de Mary Shelley, echando por tierra todas las versiones cinematográfica anteriores. Y si decimos “echando por tierra” es porque, pese a que son distintas, el espíritu del texto, del contexto y del metamensaje de la novela está en la película. Que es gótica, de terror, si se quiere barroca, y lo es porque conserva toda la carga del romanticismo y hasta peca de los mismos extravíos a la que la literatura era propensa en aquel tiempo.

Decimos “son distintas”. Lo son. No sólo porque enlatar una novela como Frankestein, el moderno Prometeo obliga a cercenar partes, cambiarla, saltear hechos, sino porque Branagh se atreve con el texto. Y, cosa sorprendente, la cuarta versión no sólo conserva el espíritu de la novela sino que aporta miradas que Mary Shelley no tuvo.

Al comienzo de la película una voz femenina dice en off:

Me esforcé en pensar una historia que se dirigiera a los misteriosos miedos de nuestra naturaleza y despertara un terror escalofriante, un terror tal que el lector temiera mirar a su alrededor, que le helara la sangre y acelerara el latir de su corazón.

Al final de la película, ante el funeral de Víctor Frankestein, Walton, el capitán del barco lee unos versículos del Eclesiastés:

Y di mi corazón a conocer la sabiduría y a entender la locura, y he aquí que todo es vanidad y aflicción de espíritu. Porque en la mucha sabiduría hay mucho pesar y quien añade ciencia añade dolor. Pues Dios traerá las obras y todas las cosas secretas a juicio, ya que sean buenas o ya que sean malas.

Pues bien, ninguna de estas palabras aparecen en la novela. Aquella voz en off, la de una mujer, que uno supone es la autora, lo que pretende es darle el lugar que le corresponde: “Yo imaginé esta historia”. Branagh aquí construye una secuencia significativa: cuando se oyen las últimas palabras de la introducción, dichas en una pantalla oscura, aparecen viniendo desde el fondo las del título “Mary Shelley” e inmediatamente: “Frankestein”. Branagh habrá creado la cuarta versión de la historia y hasta con su propio texto, pero sabe quién es la verdadera autora.

La cita del Eclesiastés incluye un elemento al que los Shelley adhieren: la ciencia; producto de los avances de los últimos tiempos en el saber. Ahora bien, creerán en ella pero, y es notable, la obra culpa al uso de la misma ciencia ser el origen de la tragedia y Branagh lo enfatiza al incluir esos versículos.

Esto dispara dos cosas. La primera, como ya se ha dicho, el nacimiento de la Ciencia Ficción. Recordemos que es necesaria la participación de algún recurso científico o tecnológico (que es ciencia aplicada) para hablar de Ciencia Ficción. Valga como ejemplo contrario Fausto, obra contemporánea: no hay intervención de tecnología alguna; Fausto invoca a Mefistófeles y éste aparece. Ambas obras son fantásticas pero las fantasías son de distinto origen. Y segundo, la tragedia en sí.

frank2Keneth Branagh (Víctor Frankenstein) y Helena Bonham Carter (Elizabeth)

Víctor Frankenstein vive desde niño dos atracciones que perdurarán toda su vida: Elizabeth y el saber, cuando estas dos atracciones tiran desde distinto lugar (él lo permite, o no ve lo que le sucede) comienza la tragedia. La relación entre Elizabeth y Víctor es tierna y profunda, pero el ansia por saber lo arruina todo. Y más se arruina, o por eso se arruina, cuando Víctor descubre que puede vencer a la muerte creando vida. Cuando se da cuenta de lo equivocado que estuvo ya es tarde. Como Fausto, quien vendió su alma al diablo, Frankenstein “vende” la suya al crear vida. No hay un espíritu que lo juzgue, se juzga a si mismo, pero es más: lo juzga la criatura: “¿Alguna vez tomó en cuenta las consecuencias de su actos?”, le pregunta, y aquella lejana armonía, Elizabeth y el estudio, caen como en un torbellino en el peor de los infiernos, que no es más que la propia conciencia, más cuando la criatura comienza a actuar. Aquella pregunta la formula la criatura cuando se encuentran en “el mar de hielo” (un glaciar) en los Alpes, donde agrega:

Tengo un amor de tales proporciones en mi interior que difícilmente pueda imaginar, y una furia cuya intensidad jamás podría creer. (…) usted me dio estas emociones pero no me dijo como usarlas.

frank3La criatura ya había matado a William, el hermano menor de Víctor, e, indirectamente a Justine, una doncella de la casa. “Ahora dos personas han muerto por nosotros”, le dice, es cuando le pide que haga una mujer para él, tan fea como él, y que se irían a vivir lejos haciendo las paces con la humanidad, dándole a entender que si tiene su noche bodas no irá a la esperada entre Víctor y Elizabeth. Emplazado, Frankenstein accede, pero cuando ya casi cumple con lo pedido se arrepiente y evita la creación de una compañera para la criatura.

Si la relación entre Víctor y Elizabeth es tierna y profunda, la entereza moral de Elizabeth obliga a Víctor a abrir su alma. Aquí hay algo que bien pensó Shelley y Branagh respeta: deja al lector en ascuas; Víctor le dirá la verdad de lo que ha hecho y lo martiriza al día siguiente de la boda, Elizabeth accede, sabe que le dirá la verdad, pero ese día no llega, pues en la noche de bodas la criatura dirá ante el cuerpo inerte de Elizabeth: “Yo cumplo mis promesas”.

Se produce aquí el que tal vez es el mayor aporte de Keneth Branagh a la historia: Víctor, desesperado por la muerte de Elizabeth, la rescata, la revive. Los dos, el creador y el creado, se ven con derecho sobre esta nueva Elizabeth. Cuando ella descubre su realidad elije la autodestrucción. La secuencia fílmica entra en una apoteosis bastante trillada, lo cual es un aspecto cuestionable, pero estamos ante un hecho muy particular: aquellas dos fuerzas de la vida que Víctor Frankestein sintiera desde niño, Elizabeth y el saber (o su consecuencia) se juntan en ese final. Mary Sheeley no lo pensó, lo hizo Keneth Branagh.

A las diferencias citadas entre las versiones debemos agregar algunas que son importantes.

Las estructuras narrativas no son las mismas. La historia consta de tres relatos uno dentro de otro: el capitán del barco cuenta de manera epistolar o de diario su experiencia para llegar al Polo Norte; aparece Frankestein que le cuenta su vida y sus pesares (segundo relato), dentro del cual aparece lo que le contara la criatura a Víctor (tercer relato). Keneth Branagh omite inteligentemente el primer relato e inmediatamente va al segundo, evitado una ralentización en la película.

En las versiones de Mary Sheeley jamás se dice cómo logra Frankestein crear vida, simplemente lo hace haciendo ciencia. Es más, en dos oportunidades le preguntan cómo lo hizo y Víctor se niega a decirlo. Al contrario, Branagh no solo dice sino que lo muestra.

Las muertes no son las mismas, aunque sí las más importantes. A propósito: la ejecución de Justine es narrada de distinta manera: en Shelley hay un proceso judicial, en Branagh una turba hace justicia por mano propia.

Cuando la criatura se encuentra con Víctor y cuenta su historia aparece una secuencia importante: su tiempo con unos campesinos. Allí es donde aprende a hablar, a leer, a escribir y a pensar. También, y no es menor, se da cuenta de que siente amor. Pero también la desolación, el rechazo, la injusticia y ese amor se trasforma en odio (furia, había dicho). Branagh sugiere que esas capacidades intelectivas y emocionales están grabadas en una suerte de memoria orgánica según los cuerpos con que fue construido. Shelley también lo hace, pero no es explícita, y al lector le surge que aprende por el mismo proceso que un niño: por imitación y necesidad de relación.

frank4Robert de Niro (la criatura)

En cuanto a los actores, Keneth Branagh (Víctor Frankenstein) es el centro de la historia y el actor lo lleva de una manera muy convincente. A medida que trascurre el relato se nota la paranoia en la queda sumido, contradiciéndose, tomando una decisión, ora la otra, partido como está entre esa pasión juvenil, la del saber, que a partir de un momento lo condena, y la otra pasión: Elizabeth. La primera deriva en la criatura, nada menos que Robert de Niro, en quien también gira gran parte del relato. De Niro no solo cumple con el rol que se le pide sino que le agrega un plus; su experiencia actoral fue oportuna; es torpe cuando debe ser torpe y ágil cuando debe serlo (claro que para eso están los doble); es cuidadoso cuando el aprendizaje y convincente en los momentos contemplativos, en los arrebatos de llanto o en los de furia, y en todos no hay palabras. Esto marca la raza de un actor. También, su caracterización demuele todas las imágenes anteriores que teníamos del ser creado. La otra pasión de Víctor, Elizabeth, o Helena Bonham Carter, quien por momentos desaparece, debe hacerlo, pero cada vez que está se nota como actriz. A Elizabeth se la siente. Las tribulaciones en la que se ve sumida dado el comportamiento de su prometido hasta cierto momento son de espera y tolerancia, cuando la dignidad de sí misma debe parecer, bien lo hace.

Unas simples palabras para Aidan Quinn (Robert Walton, el capitán del barco), Iam Holm (el padre de Víctor), John Clesse (el profesor Waltman) y Trevyn McDowell (Justine). En menor medida, por la escasa participación o por resultar de poco peso, Tom Hulce (Henry Cleval, amigo de Víctor) y Robert Hardy (el profesor Krempe).

Frankenstein, de Mary Shelley pertenece a una trilogía producida por Francis Ford Coppola que incluye Drácula, de Bram Stoker y Wolf, como vemos, todas homenajes a la literatura de terror, siendo la que aquí se estudia la única perteneciente a la Ciencia Ficción, si bien el terror y el suspenso están bien presentes. Fue estrenada en 1994, unos años después de la Glasnost y la caída del muro de Berlín, unos años después del consenso de Washington, en pleno auge del neoliberalismo. Como en tiempos de Mary Shelley, el mundo estaba revuelto, y lo sigue estando, pero tanto la novela como la película se abstraen de las coyunturas y son. Así es el arte, ser; es la única manera; abstraerse de la realidad es la mejor manera de expresarla.

Los Shelley eran aristócratas y la novela gira en lo aristocrático, pero la aparición de esa familia de campesinos y de la misma criatura va más allá de toda aristocracia. Branagh no solo lo respeta sino que lo acentúa, en especial en el personaje de la criatura. Esas palabras que le dice a Víctor en el Mar de hielo resumen no solo la tragedia que siente sino la del propio Víctor y la humanidad entera: amor y odio, y solo pide una compañera, solo eso… Víctor, quien ya desatara a las mismas furias, no lo resuelve. Puede decirse que todo esto lo contaron los griegos miles años atrás y que Shakespeare lo bajara del mundo de los dioses en su magnifica producción, y es cierto, pero estas dos versiones de Frankenstein, la de Mary Shelley y la de Keneth Branagh, lo humaniza aún más.

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