El aprendizaje inesperado

“No se dejó nunca enterrar ni en el escenario ni en la vida.”

Vittorio Gassman

PERFUME DE MUJER. (1974) Dino Risi.

Esta película, uno de los grandes clásicos del cine italiano, pertenece a una de las duplas más prolíficas y talentosas del cine, la que conformaron Dino Risi y Vitorio Gassman. Además Risi descubrió un registro más allá del talento para la comedia que ya había demostrado en teatro, pero no así en el cine. Lo expresó el mismo Gassman: “Dino desmontó la máscara expresionista que Monicelli había inventado para imponerme como actor cómico. Fue el primero que se atrevió a darme el papel de un hombre cualquiera, con mi cara al descubierto, sin ostentar protección alguna.”

Como director, Risi lo dirigió en más de 15 películas, entre las más destacadas se encuentran: Il Mattatore (1959), traducida no casualmente como El estafador, Il Sorpasso (1962), una de sus mejores películas, traducida como La escapada, Il Mostri (1963), film de episodios, muy común en el cine italiano de los años 60 y 70, In nome del popolo italiano (1971), en una dupla antológica de Gassman y Ugo Tognazi, Profumo di donna (1974), el mayor éxito internacional de Dino Risi. Obtuvo dos nominaciones al Oscar (mejor actor y mejor película extranjera) y obtuvo la palma de oro en Cannes en el rubro mejor actor para Gassman, luego vendrían I nuovi mostri (1978) también film de episodios y por último Caro Papá (1979), película en la que Gassman trabaja con su hijo Alessandro, hoy un actor reconocido en la península itálica.

La historia es sencilla, aunque su sentido se revela recién al final: el capitán Fausto Consolo, un ex militar ciego y manco como consecuencia de la explosión de una granada en unas maniobras militares, emprende un viaje a Nápoles, con breves detenciones en Génova y Roma, con un joven conscripto que hace las veces de lazarillo. En Génova le pide a su ayudante que lea los clasificados en el diario y busca el placer fácil del sexo con una prostituta, previas indicaciones dadas a su lazarillo Ciccio en relación al aspecto que debe tener la mujer elegida. Luego, en Roma se encuentra con su primo sacerdote que le dice que lo envidia, ya que su sufrimiento lo puede elevar espiritualmente, lo compara con las personas que sufren o están desvalidos, ya que según su primo están más cerca de Dios. Le dice: “Tu cruz podría ser tu salvación”. Fausto duda que el dolor sea la mejor vía para el acceso a una vida más plena, más feliz. Fausto se sorprende que el sacerdote vea un bien donde él sólo encuentra amargura y desolación. Sin embargo, encuentra tal vez un aspecto positivo en su condición y responde Fausto: “Los ciegos ven las cosas no como son, sino como se imaginan que son”. La imaginación, piensa en ese sentido puede superar las imperfecciones de la realidad.

Por último llegan a Nápoles, el destino final del viaje y Fausto se encuentra con un viejo camarada y amigo, el teniente Vicenzo, que estuvo en las maniobras militares y también sufrió la pérdida de la visión. Sobre el final se revela el objetivo de ese viaje: tiempo atrás habían acordado suicidarse, disparándose mutuamente. En Nápoles, Fausto se reencuentra con Sara, una joven que lo ama perdidamente y que busca acercarse a él, Fausto sin embargo, evita los momentos de intimidad con ella, la rechaza, se muestra hosco, huraño, como si se regodeara en la soledad y el fracaso. A pesar de eso, Ciccio, su lazarillo, encuentra por casualidad en la maleta de Fausto una foto de Sara y un revólver. Acá aparecen las dos caras del personaje principal y la demostración de su inmadurez emocional, ya que vive representando un papel que no se ajusta a la realidad. Quiere dar una imagen de fortaleza, de desapego, de indiferencia, pero la amargura por sus minusvalías físicas, lo convierten en alguien cruel, intolerante, rígido. En su modelo viril, la dependencia es vista como una intolerable humillación, como una amputación a su ejercicio de hombre pleno. Por eso, al no poder prescindir de ella, la vive como un ultraje y reacciona como un estafador existencial, ocultando sus verdaderos sentimientos, como un último refugio ante el deterioro físico.

El plan que habían orquestado el capitán y el coronel, falla. El coronel termina mal herido, pero luego se recupera, y Fausto sobrevive sin ninguna herida. Sara lo rescata y lo lleva a una casa de campo. Ella le cuenta lo sucedido, y Fausto responde: “Él no está muerto y yo no estoy vivo”. Perfecta síntesis de su estado emocional. Se niega la muerte y se niega la vida, por lo tanto debe reiventarse para seguir adelante. Ante esta caída existencial, y ante otro rechazo por parte del capitán, que quiere seguir solo, tropieza, cae y por primera vez le pide ayuda a Sara. Ella lo rescata, y él después de ocultarlo, empieza a mostrar su fragilidad y su necesidad de amor.

Este final, aparentemente esperanzador, no puede obviar la desesperanza y la melancolía que es el tono predominante de la película. En este sentido, la música de Armando Trovaioli cumple a la perfección con este clima de tristeza. La melancolía por lo que se ha perdido, por lo que ya no regresará: la juventud, la salud física, una visión idealista de la vida. Por eso, Fausto se aturde con el encuentro mercantil con mujeres, el exceso de alcohol, la agresión verbal, el temor a generar compasión en los demás y por último no ceder ante el amor porque lo vive como una pérdida de su último espacio de libertad, aunque esté relacionada con la frustración y con cierto regodeo en el fracaso.

El viaje de Fausto es un doble viaje: hacia la muerte y hacia el aprendizaje, que es lo mismo que decir hasta la vida. Cuando la muerte se frustra, queda huérfano, ya sin máscaras y tiene que inventarse una vida, aprender a caminar. Termina la semana y Ciccio debe regresar al cuartel. Fausto queda solo y ya no puede imponer su autoridad sobre su discípulo. En ese sentido, esta película recupera la estructura de maestro-discípulo, que ya había representado Risi en Il sorpaso. Acá es necesaria la contraposición para remarcar los rasgos de uno y otro: Fausto como el hombre de mundo, que sin ver le describe las ciudades, puede intuir la presencia de las mujeres por el perfume que exhalan. En un momento dice Fausto: “La verdadera patria del hombre es la mujer”. Luego, Ciccio se encuentra con su novia y Fausto, y el capitán intuye que ella no trabaja como baby sitter por las noches como le había hecho creer a su novio, sino que tiene un trabajo más lucrativo. En otro momento le dice a Ciccio: “Sabes qué es un amigo. Una persona que te conoce a fondo y sin embargo te quiere”. Pequeñas gemas que va dejando a su paso. El maestro también, sobre todo al final se va humanizando y es impiadoso consigo mismo. Dice que es un 11 de pica, una carta que no está en el mazo, porque no existe, no cuenta. El discípulo aparece como un adolescente inseguro, tímido, introvertido, pequeño frente a la presencia física del maestro y pasa del enojo y el fastidio a cierta comprensión del dolor que produce la pérdida de las ilusiones. Se aleja de su novia luego del descubrimiento realizado por Fausto y más tarde se enamora de Sara, pero ella sólo está pendiente de Fausto.

Retomando el tema de la otredad. Hay dos en esta película. Por un lado la otredad del propio sujeto: la disparidad entre la imagen social que quiere representar y el vacío existencial y la amargura que lo habitan. Al no poder cumplir el rol de Don Juan, apuesto seductor y exitoso, exagera su rechazo ante el mundo como una pasión triste que no logra aplacar. Por otro lado, la otredad dada por los opuestos complementarios, que se necesitan unos a otros. Tienen una larga tradición en la historia de la cultura: desde Don Quijote y Sancho Panza, Holmes y Watson, el gordo y el flaco, Batman y Robin y tantos otros. Uno no puede existir sin el otro. Sin dudas, proceden por simplificación, pero también dan cuenta de una intuición esencial: la complejidad humana no puede pensarse fuera de la otredad, el sujeto quizás sea esa búsqueda de imposible unidad en la polifonía de voces que lo constituyen, o aquello que creemos como más personal y único, nuestra identidad, nuestro nombre, nos es dado por otros, por nuestros padres. El problema es cuando la otredad se piensa como negatividad, como algo que hay que suprimir y oponer a la identidad. Ya lo decía Rimbuad: “Yo es otro”.


BIBLIOGRAFÍA

  • Gassman, Vittorio (1984) Un gran porvenir a la espalda, Sudamericana, Buenos Aires.
  • Brascó, Miguel (1984) Reportaje a Gassman: “La vida no necesita apuntador”, Revista Diners, Número 166, Septiembre 1984.
  • Risi, Dino (1974) Profumo di donna.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *