El afinador de terremotos

Abandónate completamente a tus obsesiones, al fin y al cabo,
no tienes nada mejor.

Jan Svankmajer. Decálogo.

afinaterre1Stephen y Timothy Quay nacieron en Filadelfia en 1947 pero residen en Londres desde hace tiempo. La forma que les tocó habitar este mundo nos conduce sin remoloneo directamente a un tema central del fantástico: los hermanos Quay son gemelos idénticos. Luego de ilustrar tapas de libros de literatura fantástica, gótica y de ciencia ficción y hacer algunos video clips, su reconocimiento llegó con los primeros cortometrajes stop motion y con el aval de nombres como Peter Greenaway y Terry Gilliam. Su cinematografía es indiscutiblemente cercana al surrealismo y al expresionismo alemán y muy influenciada por la literatura. El primer cortometraje Nocturna Artificialia (1979), nos presenta las obsesiones que van a permanecer en todas sus obras: marionetas que despiertan atraídas por los secretos de la noche, objetos que se animan para contar su propia historia.

La calle de los cocodrilos (1984) es una maravilla visual del cuento de Bruno Schulz que lleva el mismo nombre. El cortometraje no es un complemento del cuento, sino que busca reproducir la misma obra con otro lenguaje artístico. Como expresa el cineasta checo Jan Svankmajer con quien comparten mucho más que una orientación estética: “sólo existe una poesía, así que da igual con qué tipo de instrumentos la abordemos.” A él le dedican The Cabinet of Jan Svankmajer (1987) basado en una técnica de collage donde cada uno de los capítulos atraviesa la importancia de los objetos en las creaciones del artista checo. De la obra de Robert Walser toman la novela Jakob von Gunten para la realización de su primer largometraje: Instituto Benjamenta.

El último largometraje de los Quay, The Piano Tuner of Earthquakes (2015) es un extracto esencial de universalidad de expresiones donde los ecos de otras obras deambulan en cada escena.

Fijar la experiencia en la miniatura de un recuerdo.

Apariciones: Raymond Russell, El Gabinete del Dr. Caligari, la isla de los Muertos de Arnold Böcklin, Bioy Casares y Felisberto Hernández. Todos ellos emergen entre las imágenes de la película vagando con mayor o menor visibilidad en cada escena.  Desde el inicio la propuesta queda clara: el fantástico de los Quay es un fantástico de atmósfera y ambientes donde los objetos son portales a los sótanos del mundo y a las pasiones de los hombres.

Toda la película sucede en Villa Azucena, un “asilo” o un “santuario” en una isla donde el doctor Emmanuel Droz, algo así como una mezcla de alienista, inventor, artista y loco, brinda extraños tratamientos a enfermos terminales y a pacientes que también hacen de jardineros robotizados. Su nombre alude claramente a Henri Jaquet Droz, el célebre relojero suizo que inventó entre 1768/1774 los famosos autómatas dibujante, escritor y pianista.

Una isla es también un encierro. Entre los pacientes está la bella Malvina, una cantante de ópera que Droz secuestró en el teatro, impidiendo así el futuro casamiento con Adolfo, y a la cual no sabemos bien si la conserva hipnotizada, muerta o sonámbula. En su reino, Droz es dios, “Él es el bosque dentro del bosque, el bosque que nadie puede descifrar “, dice Assumpta. No hay pianos en la isla. Su creación son siete autómatas en pequeños teatros que hay que afinar. Para esa labor convoca a Felisberto Fernández, un afinador de pianos que llega en bote a la isla y es a la vez un homenaje al escritor uruguayo del cual tiene un gran parecido, la misma devoción musical y una sensación de enrarecimiento de la realidad igual que la que transmiten los personajes de Hernández, como también es un doble de Adolfo, el enamorado de Malvina. Felisberto pasa los días en un estado de confusión y asombro. Intenta entender, como si eso fuera posible, se enamora de Malvina, pasa de un déjà vu a otro, se ve en una pintura y sueña mientras se hace cada vez más difuso el terreno de lo real y lo ficticio.  A esa altura casi todas las cartas del fantástico están sobre la mesa.

Muchos son los elementos que la película comparte con La invención de Morel: el nombre Adolfo, la isla, la duplicación de soles y lunas, la mujer que contempla el atardecer, la presencia del agua y la intención del artista de capturar la realidad para meterla en una obra y fijar la experiencia en la miniatura de un recuerdo.

Un hombre es producto de la fantasía de otro que lo crea o que lo sueña y a la vez el soñador es soñado o creado por otro más y así infinitamente hasta llegar a nosotros mismos que también podríamos ser ficticios e imaginados mientras soñamos a Droz o a los hermanos Quay.  Felisberto llega a la isla y siente esa idea que tan bien declaró Borges en Las ruinas circulares. Felisberto sospecha pero no sabe que quedará perpetuo y mecánico atrapado en la isla como una bailarina en la cajita musical.

“Ruiseñor, vas a cantar para siempre en mi jaula” le dice Droz a Malvina como si pudiera ordenar con su invento la anarquía del deseo, como si su captura fuera un antídoto para el transcurso del tiempo. Droz prepara su última función con la precisión de un cirujano.

Felisberto tiene un papel en la última función igual que lo tenía Adolfo antes del rapto de Malvina, ahora Adolfo está expectante entre el público a punto de verse a sí mismo.

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No falta ninguno de los elementos del Edén de la creación: infancia, sueños y erotismo. La imaginación es subversiva porque contrapone lo posible a lo real. El derrumbe final es inminente, Droz incrusta su obra en la Obra del mundo y logra su cometido, los autómatas finalmente funcionan y todo queda encapsulado en una caja o un féretro, lo mismo da.

“Cuanto más muerto el amor, más largo es.” Todo lo perdido queda plasmado en un mausoleo, la isla tiene un nuevo teatro, una pecera donde se repiten los gestos del amor, mecánicos y eternos mientras alguien del otro lado, los sueñe o los mire.

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