De manchas en el silencio (A propósito de la película “Honor de Cavallería” de Albert Serra)

En el cine, hay una sola cosa importante: la verdad de unos estados momentáneos.

Andrei Tarkovski.

1.

Adaptación es una palabra curiosa: sobrevuela la vida diaria, las discusiones científicas o los debates sociales y políticos. Puede indicar algo necesario, algo lamentable, algo rutinario y aun las variantes de uno o más adjetivos reunidos y de conjuntos alusivos a la circunstancia que refieran. Adaptación, es una palabra coherente consigo misma.

Adaptación y arte también dialogan. Y es ese diálogo el que nos interesa como punto de partida.

Desde luego, Adaptar tiene su espacio, en el democrático territorio del diccionario de la lengua de la Real Academia. Y de sus acepciones, dos que nos interesan:

  1. Hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas de aquellas para las que fue construido.
  2. Modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente dela original.

La primera, rescata del vocablo, su aspecto más radical o hasta contradictorio consigo mismo: revolución, destrucción-reconstrucción, renacimiento. La segunda, en cambio es abiertamente conservadora en sus intenciones, instrumental pragmática. Retomando aquel diálogo con el arte que nos interesa, se puede denominar expresión a la primera y comunicación a la segunda.

La literatura y el cine encuentran en la adaptación un prolífico motivo de encuentro. Que a veces expresa y otras comunica. Si una u otra no dependen tanto de las características de lo adaptado –extensión, complejidad estructural y/o semántica- sino de las elecciones que efectúe el adaptador en su plan de trabajo.

A veces, el cine se empecina en ser fiel, minucioso, elocuente. A veces, parece que el cine solo buscara ser un cada vez mejor comunicador. A veces, el cine, se asemeja demasiado a un suicida.

Desde luego que la expresión no se resuelve trasladando la Odisea a Marte. Aunque en este caso puntual, hubo alguien que la trasladó a Dublín. Y, aunque no por ese motivo, pero el caso es que la adaptación acabó siendo una de las expresiones epígonales de la historia de la literatura.

Literatura. Con imágenes. En imágenes. Imágenes.

Don Quijote. Honor de Cavalleria.

2.

Alguien, una vez, hizo una muy buena pregunta: ¿Cómo fue posible que (Don Quijote) se volviera cinematográfico con tan pocas palabras, de manera tan sutil, fluida y silenciosa?

Acaso una respuesta –o una propuesta, según se lo mire- la ofrece Simone Weil, al decir que todos los movimientos del alma están controlados por leyes análogas a las de la gravedad física. La única excepción es la gracia… (que)… solo puede entrar cuando hay espacios vacíos para recibirla, y es la gracia misma la que permite la creación de un vacío… La imaginación (llena) todas las fisuras por las que la gracia pudiera pasar. Y Susan Sontag continúa la idea afirmando que  todo cuanto puede hacerse es ser paciente y lo más vacío posible… no hay lugar para la imaginación.

La gracia. El ángel necesario, decía Massimo Cacciari. Lo irreductible, lo inefable, sostengo. Lo impensable sin el crepitar de piel humana y que, a la vez, es casi inhumano. Lo que pone en ridículo a la razón más ceñida y convierte en patética la sensibilidad más delicada. Un mantra que como una suerte de aleph borgeano, a duras penas se revela. Así, la adaptación puede pensarse como dos intensidades deshaciéndose en una cogida monumental. Y una película, su retoño anómalo,

el hueso de la neurona. Honor de caballería, es de ese tipo de engendros. Anómala. Ciento diez minutos dedicados a Don Quijote y Sancho Panza, en los cuales las eventualidades de la textualidad cervantina son discretas como los dedos de una mano –y soy generoso- y elusivas como esas siluetas que en las fotos sugieren una identidad que se confirma solo a fuerza de fe.

Una manera de definir el tramado que de Cervantes hace Albert Serra, es el de una pareja de amigos que desanda una paisaje de naturaleza pródiga, con un silencio rector que de tanto en tanto se interrumpe con los monólogos de Don Quijote, algún que otro monosílabo de Sancho Panza y ya… Y nada más? Por supuesto que sí: mucho más. Solo que ese demás, las imágenes, no admiten otra cosa que el encuentro con una otra intensidad. Contarlas no es que sea imposible: es sencillamente una absurda pérdida de tiempo. La letra del Quijote detonó imágenes en Albert Serra y letra en quién esto escribe. Pero esas imágenes del cineasta y estas palabras del comentador, no pretenden ser epígrafe ni glosa que haga la corte a una estructura arbórea cuya fuente de raíces sea Cervantes sino que devienen una alianza de líneas de fuerza que discurren paralelas y de tanto, al roce de la trayectoria, consiguen resonar como una sola nota.

La táctica de creación de Serra –siempre hay un plan en juego: el caso es si busca consistencia, como en este caso, u orden- obedece la voz de sus referentes: de Pasolini, de Bresson, pero también de Andy Warhol o de Buster Keaton… Y como no podía ser de otra manera, de otras letras más cercanas en el tiempo que confirman eso de que un clásico nunca tiene actualidad pero siempre es contemporáneo: de Proust, de Beckett…

Beckett…  Aunque el escritor irlandés no menciona en sus ensayos la figura de Cervantes, existe una incuestionable genealogía que bien podría confirmar un arco que comienza en este y finaliza en aquel. Un arco que toca a Swift  a Sterne o a Pirandello, y cuyo linaje estima a Becket como heredero de Joyce, a Joyce como heredero de Flaubert y a Flaubert como heredero de Cervantes: así Bovary es Alonso Quijano devenido mujer, Ulises, La Odisea travestida durante un día en Dublin y Esperando a Godot, una parodia de la redención bíblica. Así, al fin, Didi y Gogo son el fin de una descendencia, como cerrando el círculo abierto por sus lejanos ancestros: la picaresca. Pero también, todo una serie de cómicos fascinantes, de Buster Keaton a los Hermanos Marx…

Honor de caballería no necesita utilizar tantas palabras para dar cuenta de estas relaciones. Solo necesita utilizar los encuadres precisos y montarlos para configurar un arco de casi cuatrocientos años de semántica literaria en algo más de una hora.

La táctica[1] de Serra. Sin duda, Bresson ocupa su centro en Honor de cavalleria o en El cant dels ocells, como acaso Warhol lo haga en Historia de la meva mort o Brecht y la nouvelle vague en La mort de Louis XIV. Así, la voz del director de Pickpocket, actualiza desde bastidores aquello de que hay en el cine un prejuicio contra la simplicidad. Cada vez que se rompe ese prejuicio, el efecto conmociona[2].

Pero acaso la reflexión bressoniana más relevante para comprender la táctica de gestación de Honor de caballería, sea esa en donde afirmaba que el arte del cine es no mostrar[3]. Que Serra aplicó en forma directa sobre la letra de Cervantes y por el absurdo en sus imágenes. El lado B de lo novelesco: imagínese lo que sucedía cuando la mano de Cervantes soltaba la pluma y acudía al sueño, al apetito o las ganas de arroparse a la luz de la luna  o a la sombra de pechos femeninos. Imagínese a Don Quijote y a su amigo sin guión, en el entretanto de sus andanzas… Imagínese a Don Quijote en la hiancia del mundo no en su efectuación oficial. Imagínese a Don Quijote en la intimidad. Ese es el lado B de lo novelesco. Que puesto en escena con arte deviene eso que mencionaba Bresson. Deviene cine. Honor de Cavallería.

A este mismo registro ético responde la decisión de no utilizar actores profesionales. Lluís Carbó y Lluís Serrat interpretan a los dos protagonistas. La poesía, la sencillez la belleza de la relación íntima de los personajes la aportan estos dos actores no profesionales que recuperan la noble tradición de los maravillosos actores no profesionales de Bresson, Ermanno Olmi o el mismo Passolini. Y cuyos diálogos, como también gustaba a Bresson, acompañan a los personajes como el cascabel al caballo o el zumbido a la abeja[4] Y aún más: logran plasmar con una elocuencia conmovedora el profundo vínculo que unía nuestros héroes. Sus diálogos, más que argumentar, pueblan el silencio aterrador del espacio vacío, y actúan como una confirmación empática de la necesidad mutua de estar juntos.

La amistad, o esa relación sin dependencia… donde cabe toda la sencillez de la vida… y que no nos permite hablar de nuestros amigos sino solamente hablarles[5]

Hasta que el fin sea un trance irremediable.

Porque no elude Serra, exponer el otro gran tópico que trasunta toda la tribulación quijotesca: su lucha con la muerte; su respeto y su encono con la divinidad que la ordena. Y lo dice con lacerante claridad, Don Quijote, sobre el final de filme: tengo ganas de llorar, Sancho…

Sobre el final, musita Don Quijote, los ojos tiesos sobre los de su amigo.

El morir de una vida humana.

Honor de caballería. La palabra seca. La palabra muda,

(que) es la palabra que hace hablar lo que está mudo, descifrando los signos mudos ocultos en las cosas o, a la inversa, poniéndose a tono con su ausencia de significación para registrar las intensidades mudas y el ruido anónimo del mundo y del alma.[6]

Honor de caballería. O el arte de hacer hablar el viento.


[1] Táctica en este caso, es sinónimo de puesta en escena. Y esta a su vez, conlleva el sentido que le concede Andrei Tarkovski: que la puesta en escena explique, sin necesidad de ofrecer explicación alguna. (Andrei Tarkovski, Esculpir en el tiempo. Ed. Rialp, 2008)

[2] Es interesante destacar que al decir esto, Bresson tenía ante sí como estímulo la película de Brief encounter de David Lean. (Bresson por Bresson. Entrevistas 143-1983. Pg 9. Ed. El cuenco de Plata.)

[3] Idem ant.

[4] Idem ant, pg. 13.

[5] La Amistad. Maurice Blanchot. Ed. Arena, 2010.

[6] Las distancias en el cine. Jacques Ranciere. Manantial, 2012. Pag. 46

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