– No voy a volver- dijo la mujer bajando la cabeza y mirándose las manos.

– Pero tenés que hacerlo- le recordó el hombre que se había incorporado en la silla y la miraba fijo.

La mujer -que se llamaba Sonia- revolvió en la cartera, sacó un estuche del que extrajo un cigarrillo. El hombre -Mauro- no la miraba, buscaba al mozo con ojos anhelantes.

Ella acercó la llama alargada de su encendedor al cigarrillo, mientras él levantaba la mano en ademán de llamar al mozo -un hombre encorvado que caminaba con cierta dificultad- se aproximó a la mesa.

– Una caña…doble

– ¿Por qué tenés que tomar?- echaba el humo para arriba en señal de superioridad.

– Tomo porque tengo que tomar.

Ella se sacó la gomita del pelo y hundió los dedos de la mano izquierda en su cabellera; en la derecha sostenía el cigarrillo en la punta de los dedos.

– Lo voy a hacer a mi modo- dijo resuelta y dio una pitada profunda.

– Pero, si ya habíamos convenido…-el humo en la cara interrumpió su refutación. Le llamó la atención el tono de la frase, como si la hubiera estudiado, como si la hubiera ensayado con otro para decírsela.

– Volver tenés que volver- le dijo, mientras le sacó un cigarrillo del estuche y manoseó entre los dedos húmedos su encendedor.

– En todo caso, volvemos juntos.

– Yo me arriesgaría demasiado. Todos me conocen en el edificio, en cambio vos estuviste una sola vez – la miró conteniendo el humo, parecía que iba a arrojárselo a la cara, pero lo largó para arriba.

– Si, pero igual me da miedo.

– ¿Miedo de qué? – apagó el cigarrillo con violencia, arrojó a un costado el encendedor y se inclinó hacia adelante.- Él está muerto piba, se acabó, ¿entendés? Yo ya hablé con Salerno. Lo vio sobre la cama desde la ventana del hotel. Mauricio está muerto- Mientras hablaba, el humo se le escapaba por la comisura de los labios.

Ella lo miró y miró después el encendedor mientras giraba su cigarrillo entre los dedos.

– Tenés los dedos húmedos.

– Sí, ¿y qué?

– Nada. Cuando Mauricio me pegaba yo sentía que se le humedecían las manos, me impregnaba la cara de esa humedad pegajosa y yo empezaba a llorar. Lloraba de asco.- Temblorosa abandonó el cigarrillo en el cenicero e inicio un sollozo apagado.

– Calmáte, piba. Lo reventaste en mi departamento; pero quedáte tranquila, con Salerno lo vamos a arreglar – se acomodó en la silla afirmando la espalda en el respaldo. Hablaba mirando la silla vacía al lado de él.

– ¿Cómo estás tan seguro que fui yo?

– Dale nena, vos no me vas a cagar…

– Vos sabés que él salía con hombres – lo dijo rápido como para borrarlo y se cerró los labios con otra pitada.

Mauro ha abierto un sobrecito de azúcar y mira como los granitos caen y rebotan dentro del cenicero.

– Querés decir que pudo ser cualquiera.

– Cualquiera, hasta vos.

– No jodás. ¿Y voy a estar acá con vos pensando en cómo deshacernos del muerto?

– Bueno, si tenés razón – guarda el estuche con los cigarrillos y mira el azúcar desparramada dentro de uno de los ceniceros. En el otro ha dejado su cigarrillo consumiéndose.

Él pone su mano derecha sobre la izquierda de ella, la que antes había quitado la gomita del pelo.

– Andá y quedáte tranquila.

El mozo ha estado siguiendo los movimientos de la pareja desde que entraron al bar, hay un rictus de inquietud en sus labios. Está seguro de que la mujer se ha ido convencida; aunque hay algo en sus movimientos, en sus palabras que lo inquietan, al mozo parecen interesarle las historias de los clientes del bar.

Ella está levantándose para irse; pero gira sobre sus pies y pide titubeando.

-Quiero que me acompañes a la puerta.

-No, ¿no entendés que no nos pueden ver juntos en la calle? Además, está por venir Salerno, no quiero que te relacionen con él. “Pobre piba, después de todo, me gustaba”, se dice para sí.

Sonia toma su cartera y deja caer el estuche junto con un monedero que queda en la silla contigua.

Mauro le hace una señal al mozo, que camina hacia la puerta de vidrio y se pasa la servilleta que trae sobre el brazo al hombro.

Desde la vereda de enfrente un hombre de traje azul registra la señal y cruza la calle. Es Salerno. Sonia, que acaba de salir, se queda en la vereda como si esperara a alguien pero evitando ser vista por Mauro. Salerno pasa a su lado y la mira de arriba a abajo. Ella no repara en él. Sonríe ya dentro del bar a Mauro y se sienta frente a él, en el mismo lugar en el que antes había estado ella.

– Ya está.

– ¿Y ella?

– Ella va para allá. Estoy seguro.

La mujer consulta su reloj nerviosa y camina apresurada hacia la esquina.

– Voy a llamarlo para avisarle que va para allá – dice Salerno.

– Sentáte ahí quietito que ella está en la puerta esperando la señal convenida.

Sonia se aleja por el borde de las casas hasta el teléfono de la esquina.

Mauro y Salerno van a darse la mano cuando a ella se le rompe un taco del zapato en la esquina, gira la cabeza hacia el bar y el estruendo de la explosión seguido por una lluvia de vidrios rotos la inmoviliza acatando esa dirección.

Busca en la cartera una libretita y se detiene frente al teléfono público.

– Hola, soy yo (…) Si, creyeron que fui para allá (…) Si, explotó (…) Estáte tranquilo, igual siempre te creyeron muerto.

Del otro lado de la línea el hombre cuelga el receptor.

Sonia se mira la boca en un espejo de mano, tiene un rictus, una mueca incontrolable como un tic. Guarda el espejo y saca un papel con una dirección, es una calle del barrio sur. Guarda el papel y toma un colectivo que la lleva hacia el norte.

Dos días después, ella compra un diario y busca en la sección “Policiales”. Se detiene en la página central y lee. La lectura va cambiando su expresión, el diario se le cae de las manos:

“Atentado explosivo en bar céntrico. Varias víctimas”

Y en la misma página, más abajo:

“Fue asesinado el empresario Mauricio Pita. Se inicia la investigación: la policía sólo cuenta con la agenda de una mujer.”

Sonia decide registrarse en un hotel lujoso, el empleado que le toma los datos, espera que el ascensor se la lleve para hacer una llamada.

Hay en su cara la luz plena de la súbita comprensión. Va hacia la ventana y ansiosa se pone a mirar la calle, abre la cartera, destruye un sobre que contiene una carta y se sienta en la cama a fumar profundamente.

Entonces en el espejo se descubre la expresión de temor y el teléfono de su habitación empieza a sonar. Ella levanta el receptor y lo lleva a su oreja, callada. La voz del otro lado le dice:

– Perdonáme, no podía ser de otro modo: matar a un muerto es lo más fácil que hay; pero ¿quién lo va a acusar de la muerte de nadie?

Cuando ella cuelga el teléfono, el estruendo de la explosión seguido de una lluvia de vidrios rotos despierta al vecino del piso superior que dormía la siesta mientras en su televisor sin sonido Eliot Ness seguía los pasos de uno de los hombres de Morán.

-¿Arreglaste lo del muerto?

-¿Qué muerto?

-??

-No te enojés. Era una broma. Está todo arreglado.- Zettini, el abogado y amante de Mauricio hunde sus dedos en el pelo de él. Enseguida va hacia el escritorio y le entrega un sobre con papeles.

-Está todo. Revisálo.

Mauricio inspecciona los papeles con ansiedad.

-Todo lo donado por vos, lo dono a su vez a Julián Ríos- se pone las manos entre las rodillas y sonríe como la novicia rebelde- Que sos vos, mi vida…

– Te espero en Maldonado en diez días.

Mauricio va a su departamento. Ahora es Julían, Mauricio se acabó, y Sonia, y la farsa, y… Julían. Toma del bar un White Horse, se sirve una medida doble y se sienta a ver una de Columbo.

Se trata de un músico que ha asesinado a su esposa y tiene la infalible coartada del estreno de un gran concierto que el detective desea desbaratar, (en dos días a Maldonado),el músico está convencido de que el caso quedará cerrado, cuando, después de un timbre, Columbo aparece en el visor del portero eléctrico, en eso tocan el timbre.

En el vano de la puerta, con muletas, Mauricio reconoce la cara del mozo del bar que esboza una sonrisa leve, como la de la Gioconda:

-Hola, ¿Mauricio es su nombre? Creo que tenemos que hablar, ¿no?