La rutina y la lluvia, por Jose Abelardo Franchini

Caminar, moverme por el cuarto, esa falta de alegria, la pesadumbre por la rutina indolente, estar callado, tirado en la cama, mirando el cielorazzo blanco (bianco) mate. Mirar esa revista del 2000, los funcionarios de entonces, Lombardo en Salud y Accion social, Rodriguez Giavarini en Economia, los del grupo Sushi, Dario Loperfido, Antonito De la Rua, Hernan Lombardi .., entrando la noche me ganaba el cansancio.

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Para hacer en cuarentena

Elija el lugar más recóndito de su casa para hacer una travesía de exploración. No importa si se trata de un espacio muy pequeño, vacío y triste. Lo realmente importante es la Aventura. Mire todo con cuidado, hasta tener una copia perfecta en la mente. Ahora vuelva a donde se encontraba inicialmente y busque papel y lápiz.

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La lotería del solsticio de invierno

Son infinitas las terrazas que Nadine puede ver. En cada una de ellas, cientos de personas provistas de su reposera con su correspondiente conversor fotosintético descansan de cara al sol. A medida que se va acercando, Nadine repara en la transparencia de esos cuerpos echados, como si tuvieran la consistencia de un cristal blando. Consulta su guía electrónica que le informa la edad promedio de aquellos asoleados pacientes: entre setecientos y ochocientos años.

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Crónica de un cuento olvidado

S se había acordado del cuento una mañana como si hubiese soñado con su trama esa misma noche. Le rondaban las imágenes de los personajes, sus diálogos cortos e incisivos, pero no podía recomponer la historia. Permaneció unos instantes más paladeando esa sensación antes de levantarse. Se dio cuenta de que necesitaba un vaso de agua. Sentía en el aire ciertas presencias que no podía explicar, pero que, a la vez, le eran familiares.

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Memorias de Adele, en invierno, por José Abelardo Franchini

Seguir esperando, para encontrar ¿que?, ¿ese estadío de vida tan anhelado, esa paz  en el cubiculo blanco de algun planeta?. Ha pasado el tiempo y ese punzante dolor porque me tuviste que dejar Adele, te tuviste que ir sin gastar casi palabras, sin tener que argumentar nada. No valia la pena, yo no importaba tanto. Y ahora este paisaje nevado dans la champagne. ¿Pourquoi Adele?. El destino me ha sido esquivo y solo me ha tocado amargura y soledad,  entro a la casa y me preparo un Te.

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Mnemothreptos, por Salvador Elizondo

Soñé que yacía en una cámara mortuoria. La blancura gélida de las paredes y el brillo diminuto y preciso de algunos instrumentos metálicos que alguien había dejado olvidados sobre la mesilla –brillan como la punta de un lápiz-tinta- hacen pensar que se trata de un quirófano infame o de un anfiteatro para la demostratio de la anatomía descriptiva.

59 palabras. El proyecto consiste en desarrollar esas 59 palabras tantas veces como

Lo permita una jornada ininterrumpida de trabajo. Se trata de obtener la amplitud de

Ese movimiento pendular de la imaginación. Se trata de escribir. Nada más

I

Sueño que yazgo sobre una losa de mármol. Si no fuera por la cegadora blancura de todas las cosas allí emana como una condición necesaria a la naturaleza imprecisa de este ámbito, pareciera más bien la  cámara mortuoria de una funeraria de beneficencia o el anfiteatro de una facultad subrepticia en un país extraño…

Empleo de la primera persona, presente de indicativo. Primer salto imaginativo.

Mal dado: la palabra yazgo es una palabra inconnotante de naturaleza fónica, ríspida

Que comporta una carga demasiado grande de realidad concreta, gravitatoria para que

la armonía de este sueño enfermizo no se rompa. Imágenes a ser construidas: la de la

mirada del rey de ese país extraño.  Sepulcros de yacientes. Mayor majestad que la de

las estatuas ecuestres. El peso de la cruz de la espada, crispada de escamadas

guanteletas; tal vez la otra presencia, la de María de Lancaster, “la pelirroja”.

II

Yaciente sobre una plancha de mármol. Si no hubiera sido por la blancura cegadora de

De las paredes que más que adivinada parecía penetrar la oscuridad y abrumarla hasta

Hacerla visible como algo muy negro dentro de algo muy luminoso que semejaba un

Quirófano de pobre categoría o un aula de anatomistas, hubiese sido como un cubículo aséptico en una inhumadora municipal gratuita o como una gruta funeraria cavada en el costado de una enorme roca.

Súbitamente la enorme piedra con que las buenas mujeres habían hecho tapar la entrada a la cueva hizo un leve ruido, como el que hace la arena al correr en el reloj. Unos granos me cayeron en los párpados, lo me hizo despertar….

Muy torpemente introducido, el elemento literario ha desbordado excesivamente

El tono de la prosa. De pronto las líneas han dado un paso vacilante en dirección al

Apólogo. Infiltración de elementos de juicio ético. Inevitables en cuanto aparece la figura

Histórica. Proyecto futuro: una historia sin moraleja, de tema evangélico. Por otra parte

Digno de celebrarse considerando anticipadamente la posibilidad de que la versión III

Entronice al Cristo como personaje de primera persona. Un problema meramente

Secuencial.

III

Súbitamente, la enorme piedra que las buenas mujeres habían hecho colocar en la boca de la cueva produjo un ruido levísimo que me hizo despertar el oído: ratas sobre vidrio molido, o como el ruido que hace la arena al pasar por el cuello del vaso del reloj. Unos granos cayeron sobre mis párpados que se contrajeron como las alas de los murciélagos en los resquicios sombríos. Abrí los ojos. Yaciente, estaba yo tendido sobre una enorme losa de piedra, envuelto en un sudario ensangrentado. Un sueño de majestades imponderables me había llevado allí, con el costado traspasado por el pilum y las manos y los pies deshechos por el aguzado hierro de las crestadas escarpias con que me habían crucificado. Si hubiera sido por la blancura cegadora que, cuando la enorme losa comenzó a desplazarse y a dejar entrar el vago relumbror de la mañana en que aquel sepulcro lóbrego, emanaba de las paredes, me hubiera creído en un aula de disecadores de Alejandría o en una de las ínfimas cámaras de la funeraria edilicia gratuita que los romanos han abierto recientemente en Jerusalén.

Basura vulgar. El nuevo “tono” ha dado al traste todo. Cabría especular sobre la

Naturaleza esencial de las blasfemias: estupro a dioses. Para resolver la versión III se me

Ocurre agregar lo siguiente:

Había yo caído en un atelier de asclepíades…

No sé quién me dictó lo de los Asclepíades. Un recuerdo de la lectura de La evolución

Histórica de las ciencias biológicas de E. Nordenskiöld, en la que se atribuye a los

Asclepíades una organización clánica familiar. He empleado el término francés atelier

Solo para darle a la escritura un carácter más grotesco. Inventé la palabra relumbror,

Para designar las fluctuaciones de la llama después de que se ha encendido el pábilo.

La otra operación sería la de verter todo el cauce de la escritura hacia una solución

Ya congruente con la del Cristo concebido como una especie de revolucionario de su

Época. Se trata, como quiera que sea, de un Cristo literario que emplea adjetivos como

“lóbrego” y que está en posesión de datos como que los romanos acaban de abrir una

Agencia funeraria gratuita para judíos indigentes. Ahora la escritura exige una solución

De continuidad hacia el exterior del sepulcro, hacia los que se han quedado afuera:

Emanaba de un bello cráter de alabastro el aroma del bálsamo que José de Arimatea había enviado para que fuera sahumado el sepulcro que hacía poco había mandado cavar en la roca.

A partir de aquí la tarea consiste en volver al asunto original. La versión IV será una tentativa de excluir a Cristo de la Pasión. Regreso, sencillamente, a esa especie de quirófano abyecto:

IV

Como una estatua; soy una misma cosa con el mármol. Voy despertando hacia la blancura de estas paredes, hacia la frialdad de estas losas. Brillan acerados los instrumentos que los preparadores dejaron olvidados sobre la mesilla. Las hojas de las cuchillas despiden reflejos violentos en la penumbra cuando la luz comienza a entrar por la ranura de los batientes de la puerta corrediza de vidrio despulido que comienza a abrirse lentamente, sin que la presencia de nadie advierta más allá del umbral. Muy cerca de mi cuerpo hay un manantial de líquido terapéutico. El perro del olfato que va naciendo en mí husmea y descubre la pista de la muerte en los algodones purulentos, olorosos a llaga, en los pequeños frascos de formol, en el reloj impertinente que me mira con su pupila de manecillas, miope como gato….

Mecánica de la acción demasiado abigarrada y farragosa. Me gusta la idea del

Perro del olfato (el lince de los ojos, etc); pequeñas antonomasias zoológicas con las

Que se podría construir una figura semejante a la estatua de Condillac.

V

Yazgo como una estatua mortuoria y soy una misma cosa con el mármol. Despierto lentamente a la blancura de estas paredes como a un piélago blanquecino; mi cuerpo comienza a ser penetrado por la frialdad de este mármol. Brilla imprevista y cegadora la máquina de morir que han dejado aquí, cuando el haz que se mete por la ranura de la puerta corrediza la toca. Los vendajes y los sudarios mohosos se pudren en el suelo. Despierta el perro del olfato cuando rechinan las puertas. Husmea entre las deyecciones hasta que encuentra la pista que buscaba y la sigue: halla la muerte agazapada en un rincón del quirófano entre los algodones purulentos. Salta sobre la presa y la devora ávidamente. Brilla en mi hocico debatiéndose y brilla con el brillo lento de la punta del lápiz-tinta. Tiene gusto a vómito. No muere nunca. El monstruo, por efecto de máquina que los romanos dejaron aquí, está aprendiendo a renacer, pero mata por efecto de la lentitud extrema de sus movimientos. Su velocidad de acción es exactamente la misma que la de la arena del reloj…

Súbitas metamorfosis. Irrupción de elementos ya totalmente fuera del control de

La razón. Todas esas imágenes son el producto de un movimiento clónico del espíritu.

“El sueño de la razón produce…” El pequeño monstruo no se ha dado a desear mucho.

“Yazgo” y “piélago” me parecen deplorables.

VI

Me sueño despertando hacia la blancura de esas paredes de quirófano deletéreo. Yaciente como una estatua funeraria me va subyugando la frialdad del mármol que me ciñe. El perro de mi olfato se despereza y husmea hacia la sombra cuando se produce un ruido levísimo y por una grieta se cuela un chorro angosto y tenue de luz eclíptica. Dijérase que alguien ha movido la losa que guarda la entrada al sepulcro. A mis pies se pudren los vendajes manchados de agua y sangre y el sudario me envuelve con un abrazo húmedo y tenaz. El perro del olfato da a la caza alcance. Sabe a vómito en el instante en que el cerdo del gusto abre los ojos de su hambre hacia la substancia en descomposición de su alimento. El ruido a ratas sobre vidrio roto solivianta al ganso vigía del oído que grazna zumbidos fisiológicos; mar de graznidos en el caracol que llevo dentro de la oreja. Laberinto de Minos: el toro del deseo; Eros, que compendia los sentidos en la blanca bestia ciega y sorda de la sinestesia. Presencia del Taurómaca más allá de la luz de la puerta. Teseo, Deseo…

…y se concreta una forma de la antitradición literaria: un género perfecto: Diatriba

Del Minotauro contra Teseo- Sólo tiene de Ariadna el cabo del hilo.

Algo así como:

Heme aquí convertido en esa escoria dictómica por la que el carnicero habrá de cruzar

Su tranchete con el ecalpelo anatómico. Las heridas que me inflingió Teseo destinan mis

Despojos con la misma indiferencia a los altares de Zeus que a los de Hades, pues mi cabeza

Cornuda y la fortaleza de mi cuerpo, si en la vida no supieron acumular más que el

Tenebroso conocimiento del laberinto, en la muerte satisfacen por igual el hambre de los

Dioses que han reclamado mi sacrificio y la de los hombres que devorarán la carne de mi

Rostro impasible y mis ojos ciegos; que con los huesos de mi testuz fabricarán copas y

Cráteras, tabaqueras, pequeños receptáculos para substancias nefandas y estimulantes;

Vasijas de i cráneo para llevar pequeñas ofrendas de panecillos a los otros. Ya soñé el

Escalofrío que recorrerá el suave vellocino negro de mis hombros cuando sólo sirva

Para encubrir, como máscara, las inconsecuencias de coribantes ebrios en la procesión

Del dios.

Es por ello que imploro a los dioses, aunque no fuera más que por haber llevado en

La vida la cornamenta que por derecho pertenecía al rey de Cnosos, me concedan la

Gracia de otra vida, el retorno al comienzo de mi tortuosa sabiduría de meandros y

Que me permitan dirimirlo, esta vez, a lo largo de mis años de libertad en la dehesa,

Para morir después a manos del Taurómaca, sobre la blanda arena del coso, oliendo

El hierro melifluo de mi sangre espesa y humeante, resoplando de ardor en el instante

En que el más jubiloso sol del mundo se derrame sobre una muchedumbre sofocada

Que me aclama como a un dios, levantando sus vasos de papel parafinado, haciendo

En mi nombre libaciones de cerveza fría…

La muerte se agazapa entre los algodones purulentos. En la luz triste que se cuela brilla como la punta del lápiz, con su pequeño aguijón. Pero el monstruo renace en cada tarascada y me mira y me retrata con su mirada fija de cámara fotográfica;….

Sueño que soy una estatua que estaba dormida y que va despertando hacia la

Blancura de esas paredes, etc…

…su mirada de carátula de despertador con las pupilas bordeadas de números como pestañas; mirada miope y fija, como de imbécil, la mirada con la que la muerte me mira.

Involuntariamente (como es lo  natural aquí), se ha introducido, antes del final

Previsto para la versión anterior, un elemento que tiene un marcado carácter

Irracional. El desarrollo de la estatua se vuelve problemático en virtud de que basta

Cualquier elemento de este tipo para romper la continuidad lógica de la escritura

(la estatua del abate de Condillac) propone como figura en un discurso filosófico.

Pero aquí se trata de un discurso literario. El personaje de Cristo no ha sido

Totalmente suprimido. A eso se debe la ineficacia de la escritura.

El carácter literario de un personaje de esa naturaleza, en esas circunstancias,

Depende de que ese personaje no tenga ningún carácter significativo; es decir:

De que no sea un personaje histórico.

VII

Sueño que soy una estatua que estaba dormida y que va despertando hacia la blancura de esas paredes de quirófano deletéreo que me circundan. Yaciente como una estatua funeraria me penetra la frialdad del mármol que me ciñe. Por la ranura de la puerta corrediza se cuela una vertical de luz eléctrica; pero todo está en silencio. Cae luz mortecina, como la arena de un reloj, sobre los párpados. El arenero de la muerte va coagulando en prodigiosas cristalizaciones los humores del ojo. Dijérase que alguien ha entreabierto apenas la puerta corrediza. Eso es imposible. El perro del olfato se despereza y husmea por los rincones hasta que descubre a su presa agazapada entre los algodones purulentos. La muerte brilla en esa blancura turbia con un brillo de punta de lápiz. Es inmortal y siempre está naciendo y siempre está mirando todo con su mirada de fotografía: mirada miope y fija, como de imbécil, la mirada con la que la muerte mira desde sus escondrijos infames cuando mata.

Aunque sintetiza la mayor parte de los elementos que ya está  definitivamente

Inscritos dentro de una unidad literaria y aunque corrige muchas deficiencias y

Contradicciones de los desarrollos anteriores, todavía no es redondo. El lenguaje es

Demasiado rígido, expositivo; falta la perspicacia de los acentos dramáticos que deben

Caer siempre en su sitio, de una técnica más atenta a la retórica y a la emoción de algún

Lector conjetural.

Por otra parte eso de “Sueño que soy una estatua que estaba dormida…” no me

Gusta.

VIII

Sueño que estoy despertando hacia un ámbito lívido. Yaciente, como una estatua mortuoria, me ciñe el blancor de las cosas del quirófano. Tienen toda la pobreza de una sala de espera de un crematorio gratuito. Hay una vertical de luz eléctrica en la ranura de la puerta y cae de la bóveda luz blanca y mortecina como arena sobre los párpados. La luz vidrea y coagula los humores del ojo. Dijérase que se oyen pasos más allá de la puerta. Es imposible. El perro del olfato se despereza y husmea por los rincones hasta que da con la presa. Descubre la pieza agazapada entre los algodones purulentos. Salta sobre ella y la atrapa. La muerte sabe renacer. Sus pequeñas garras brillan como la punta del lápiz. Sus ojos tienen la condición horrible de las navajas de rasurar desechadas.

Del desarrollo anterior he tachado la frase “…y mira como aparato fotográfico”.

Decir que la muerte tiene mirada de cámara fotográfica es invertir los términos en que

Esa correlación se plantea: la cámara fotográfica tiene mirada como de muerte. ¿Tiene

La muerte mirada de cámara fotográfica?

Es preciso a estas alturas abandonar la imagen del perro del olfato, aunque no está

Por demás establecer el paralelo de una manera cabal: el sabueso del olfato, el lince de

Los ojos; ¿el qué del oído? ¿el qué del gusto? ¿del tacto? – el gato lo la serpiente del tacto.

Continúan las infiltraciones literarias; involuntarias de mi parte (pero no de la del que

Dicta) como la de la navaja de rasurar. Me gusta más lo de la punta del lápiz.

IX

En este desarrollo los interlocutores son Sidney Greenstreet que ha quedado afuera y Peter Lorre que ha penetrado en el depósito de cadáveres.

-¿Quién es el muerto?

– El muerto es ese que se ve allí, reflejado en el espejo.

-¿Puede usted distinguirlo con claridad?

-No hay más que claridad aquí. Yace sobre una plancha de disección. Está envuelto en un sudario.

-¿Y el recinto?

-El recinto es blanco. Hay mesas de mármol para los cadáveres y mangueras de hule para llevarles las víseras…

-¿Y qué más…?

-Hay marcas en las paredes. Inexplicables. Probablemente inscripciones antiguas; vestigios memorables de anotaciones esgrafiadas por habilísimos anatomistas de la antigüedad.

-¿Se trata de un monumento?

-Probablemente. Un monumento ya desecrado por el olor de todas las deyecciones cadaverales.

-¿No está allí el cadáver de Mr. Sebastian Baalfour?

-No; sólo está ese cadáver que se refleja en el espejo.

-¿Cómo es el monumento? ¿A la memoria de quién fue erigido? ¿Por quiénes?

-No es posible precisarlo. Las inscripciones han sido deslavadas por el tiempo y manchadas por las salpicaduras. Tal vez se trata de un atelier de Asclepíades.

-¿Una fábrica de deyecciones y de malos olores tal vez?

-No, taller industrial para la fabricación de preparaciones anatómicas para la facultad

-¿Hay una gran losa que cierra la otra entrada a la morgue?

-No; solo hay una puerta corrediza al fondo. Una luz eléctrica encendida. Pero es imposible que haya alguien detrás de esa puerta.

-Comprendo. ¿Está usted seguro de que ese cadáver no es el de Sebastián Baalfour?

-Es el cadáver de una mujer.

-¿De una mujer hermosa?

-El pelo rojo le cae sobre el rostro.

-Ah; ahora comprendo.

-También hay lápices.

-¿Cuántos lápices?

-Muchos lápices – tinta. Sus puntas muy afiladas brillan como perlas negras.

-¿Está recién disecado el cadáver de la inglesa?

-No; los tajos recuerdan la secuencia de la Fábrica perseguida a lo largo de tres o cuatro días por un aprendiz acucioso y metódico…

-Se trata entonces, tal vez, de un monumento a la memoria de Vesalio.

-Quizás, pero hay en el piso vendajes manchados de sangre y guantes de hule y algodones con pus.

-¿Una capilla gnóstica?

-Nada aquí lo revela. Yo creo que aquí es el interior de la pupila de la muerte….

En el desarrollo anterior la condición automática del argumento va conduciendo toda la escritura. Ese automatismo está equilibrado por la ausencia de otro elemento, el tercero, que sería el autor acotando dramáticamente el diálogo de Sidney Greenstreet y Joel Cairo. Se trata de una anti-construcción.

X

Sueño que acabo de morir y que estoy tendido en una plancha de anfiteatro. Al fondo hay una inscripción borrosa grabada en la bóveda. Es posible diescernir: Vesalii Bruxellensis… Alguien ha escrito 3273 en mi costado con un lápiz-tinta que dejaron olvidado sobre la mesilla de los instrumentos. La punta del lápiz brilla como una perla negra.

XI

Lo que me dijo la muerte:

Tú estás aquí para cuidar de que una lámpara no se extinga. Hay muchas lámparas y no sabes cuál es la que te toca cuidar. Yo apago las lámparas y tú tienes que luchar conmigo. Si vences te diré el nombre del fuego que tienes que guardar. Si yo venzo de nada te servirá saberlo; de nada te servirá la ayuda de esos dos hombres, el gordo y el pequeñito que han violado la entrada a este lugar; de nada te servirá, si pierdes, la ayuda de Dios para salvarte.

Un viento que arrasa

Si no pasa nada tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad
Ustedes suministren las ilustraciones que yo les suministraré la guerra

William Randolph Hearst

 

Sopla un viento frío sobre la explanada de la casa de gobierno. Un viento que se arremolina subiendo por las escaleras, merodeando las secretarías e ingresando al amplio despacho presidencial, donde permanece flotando como una niebla densa e invisible que se condensa e instala circulando por todos los rincones de la sala.

El teléfono sonó con insistencia en el despacho del primer mandatario. En la sala contigua, el secretario levantó el auricular:

– Soy Ache -dijo una voz del otro lado – páseme con el presidente.

El secretario hizo una señal al presidente para que atendiera la llamada, éste hizo un gesto interrogativo que no tuvo respuesta.

– Hola – dijo intuyendo para qué lo llamaba Ache.

– ¿Qué decisión va a tomar señor ? – preguntó Ache con firmeza.

– Todavía no lo decido – se hizo una pausa en la que el presidente casi pudo escuchar el pensamiento de Ache.

– El tiempo corre.

– ¿No pueden hacer nada para evitar los titulares de mañana?

–  ¿Como qué?

– No sé. Un incendio como aquella vez en el depósito de la zona sur.

– No. Esta vez no. Los acontecimientos se han precipitado demasiado rápido – A Ache le cansaba dar explicaciones, principalmente porque dentro de su ámbito laboral no tenía que darlas.

– Secuestren la tirada, o simulen que algún otro la secuestra.

– Tendríamos que secuestrar la tirada de todos los diarios, además mucha gente ya lo vio por internet. No hay margen para ninguna maniobra.

– Pero…

Ache lo interrumpió

– Señor, usted sabe que no hay otra salida.

–  ¿Cuánto tiempo tengo?

–  Nada. Debe decidir ahora.

– ¿Ahora? Son las once y media de la noche. ¿Cómo puede ser que se haya filtrado la información? – se lo preguntaba más a sí mismo que a Ache.

-Disculpe señor, aquí me preguntan algo – dice Ache. El presidente se da cuenta de que tapa el auricular con la mano. Oye lejanamente una conversación en inglés de la que solo rescata tres letras: org. No comprende lo que puedan significar.

El viento se arremolina y gira en el amplio aire y luz al que se abre el ventanal posterior del despacho presidencial. De a ratos, sopla con una violencia inusitada.

– Las redes, señor. Funcionan a una velocidad increíble – Ache hizo una pausa. No quería continuar con la conversación, había tenido un día demasiado largo. – Justamente por eso es hora de definirse.

El presidente permaneció en silencio con el auricular en la mano. Parecía escuchar el viento, como si pudiera traerle alguna respuesta. Miró al secretario que lo observaba de reojo.

– Está  bien – le dijo a Ache – Llámeme en quince minutos.

– Muy bien – dijo Ache y colgó.

Puede tratarse quizá de alguna organización internacional. Es muy probable, dada la trascendencia del medio que dirige Ache.

El viento formaba espirales que subían y bajaban  por el aire y luz del edificio como un vasto pájaro invisible.

El presidente llamó con un gesto al secretario, quien se apersonó en su despacho.

– ¿Si?

– Llame al señor Eme- se dibujó una incógnita en el rostro del secretario.

– Enseguida – realizó la llamada y la pasó.

– Su llamada – le dijo.

El presidente le hizo una seña de agradecimiento, pero se lo quedó mirando con una interrogación en los ojos, como si hubiera descubierto el momento justo en que la cara del secretario cambiaba ante su mirada.

O de alguna organización nacional que cuente con mayoría de capitales extranjeros.

– Señor Eme. Necesitaba hablar con usted urgente.

– ¿Qué ocurre, señor presidente?

–  Como usted sabe por supuesto, el escándalo por la contratación directa para la ampliación de los oleoductos del sur ha trascendido por las redes y mañana saldrá en la prensa…

– Si, me he enterado. Una lástima, además presentan pruebas.

–  Así es, y es por eso que lo llamo. Le quería pedir como su presidente que prorrogue ese titular por veinticuatro horas… solo eso le pido.

– Imposible, señor. Lamentablemente el diario ya está en rotativas como se imaginará, por otra parte… – el señor Eme vaciló, iba a preguntar por Ache pero prefirió dejar la frase inconclusa.

– Por otra parte, ¿qué? – se estaba poniendo muy nervioso. Entendía de pronto una trama que no había previsto.

– Ya es demasiado tarde.

– ¿Por qué? Porque ustedes sacaron la noticia con demasiada rapidez.

– Señor , no hacerlo hubiera sido un suicidio periodístico. Tenga en cuenta que estamos en crisis.

– No me venga con la crisis. Este país siempre estuvo en crisis. Solo le pido veinticuatro horas.

Eme juntó coraje. El presidente lo estaba acorralando y no quedaba más que enfrentar la pregunta.

– ¿Se lo pidió al señor Ache también?

– No, no pude – mintió.

– En realidad debo confesarle que ya me ha llamado y me ha ordenado sacar el titular mañana.

– Y el único responsable voy a ser yo.

– Así son las cosas. Era casi imposible que la información no se filtrara.

El presidente colgó el teléfono y volvió a llamar al secretario, mientras pensaba: “Ache domina absolutamente el juego”.

Pero recordando el momento en que ha escuchado esas tres letras siente que se trata más bien de una palabra que las incluye.

– Un auto, necesito un auto ya.

El secretario se lo quedó mirando como si no entendiera el pedido, o como si tuviera a la vez que cumplir con alguna otra orden en sentido contrario.

– ¿No me escuchó?

– Sí, sí. Enseguida, señor- el secretario pulsó primero una tecla en su celular y luego marcó un interno en el teléfono de su despacho.

– Un auto para el presidente – dijo en voz alta para que lo escuchara.

– Enseguida – respondieron del otro lado del receptor.

El secretario dispuso su sillón frente al despacho presidencial, sostuvo su mirada a la altura que imaginaba podía estar su teléfono, comenzó a contar mentalmente: uno, dos, tres (…)dieciocho, diecinueve, veinte”. De pronto  vio aparecer al presidente en la puerta.

– ¿Y el auto? – le preguntó el primer mandatario nervioso. En ese momento comenzó a sonar su teléfono. El secretario respiró aliviado.

El presidente atendió.

Afuera la ventisca parecía no ceder, se oía el golpeteo de una ventana que habría quedado abierta, el presidente esperó a oír el ruido a vidrios rotos, pero alguien la cerró.

– Hizo mal en pedir el auto – escuchó la voz de Ache – No juegue conmigo, también me he enterado de que habló con Eme – El presidente se dio cuenta: “El secretario”, se dijo. Colgó el teléfono y lo llamó.

El secretario apareció en el despacho. No lo miró a los ojos.

– Está despedido.

El secretario permaneció en suspenso en el despacho mientras el presidente lo miraba de arriba abajo.

– Vaya a buscar al subsecretario-  En menos de diez segundos, se apersonó.

– ¿Señor presidente?

–  A partir de ahora es usted mi nuevo secretario.

El teléfono volvió a sonar.

– Voy para allá – dijo Ache – Le prohibo abandonar su despacho. Usted no puede decidir esto solo.

– ¿Usted me va a prohibir a mí?

–  Sí. Yo le prohibo. No me venga ahora con lo de la “investidura presidencial”. Todo lo que hago es por su bien y el de todos nosotros.

–  Por el suyo querrá decir. Yo mañana tendré que presentar mi renuncia públicamente.

– ¿No se da cuenta que todos estamos en peligro?

– ¿Hasta dónde están en peligro ustedes?

– Si esta información sale de nuestro pequeño círculo, estamos perdidos. Todos, ¿comprende?. Queremos minimizar los daños.

El presidente se quedó unos segundos en suspenso. Mientras habla con Ache en una hoja de papel prueba varias alternativas que no lo convencen. Hasta que mirando fijo las tres letras: o, r, g , como si se tratara de un rayo de sol que de pronto lo ilumina se dice: “Horgan”

– Entonces… ¿no hay ninguna otra salida?

– Renuncie mañana a primera hora. No queda otro camino dadas las circunstancias. Si se hace lo que le digo contará con nuestro apoyo incondicional.

– Está bien.

“Es eso. La banca Horgan”

El viento como una peste, no cesaba de soplar, se colaba por debajo de todos los despachos, merodeaba los pasillos de aquel gran edificio.

– Sé que es difícil para usted, puedo comprenderlo.

–  No lo creo, no tiene idea del trabajo que fue alcanzar la presidencia.

–  Ah, otra cosa.

– ¿Qué? ¿qué más quiere de mí?

– Al secretario que despidió lo vuelve a nombrar. Es mi hombre de confianza como ya lo habrá notado.

– ¿Cómo su hombre de confianza?

– Sí.

– ¿Y por qué tendría que volver a emplearlo?

– Porque se lo ordeno yo.

Al presidente le tembló el auricular en la mano y colgó. Todo le pareció de golpe irreal, alucinatorio, como si hubiera vivido un sueño intenso que duró casi tres años.

Un sueño que se remontaba a su juventud en el partido, hasta que había logrado algún cargo. Al principio fue fácil. Todo era hablar con la gente, escuchar sus demandas. Pero en la medida en que el cargo era mayor, crecieron las presiones y se fue alejando del pueblo. Su persistencia y tenacidad lo llevaron finalmente a la gobernación, donde las cosas se complicaron de veras. Era un país dominado por los monopolios, quien llegaba al poder tenía que pactar con ellos. Cuando por fin alcanzó la presidencia había ideado una estrategia: mientras simulaba arreglar con los más poderosos, había pactado con una gran cantidad de organizaciones de pequeñas y medianas empresas. Si lograba mantener ese equilibrio, lo dejarían gobernar. El sistema funcionó bien  el primer año, pero después comenzó la ofensiva de los grandes. Se habían dado cuenta de su plan. Fue en ese momento que apareció Ache en escena. Comenzó a asediarlo para que firmara contrataciones directas sin licitaciones y sin pasar por el congreso. Tuvo que asistir al senado a dar explicaciones en dos oportunidades. Expertos que Ache había contratado lo asesoraron y pudo salir milagrosamente airoso. Después se enteró que sus antiguos socios habían sido absorbidos por los monopolios o habían desaparecido. Con la suma del poder, Ache y sus aliados lo hicieron firmar la contratación directa para una importante extensión de oleoductos en el sur. La operación había sido secreta, sin embargo se filtró en la redes y ahora terminaría haciéndose pública por la prensa local.

Volvió a llamar a Ache.

– ¿Cómo voy a hacerlo?

– Su secretario le va a alcanzar una copia de lo que va a leer por cadena nacional mañana a primera hora.

– De acuerdo.

– No quiero arrepentimientos.

– No los habrá – el señor Ache iba a cortar – antes de que corte, una última pregunta. ¿Qué van a decir los titulares de mañana? ¿A quién van a culpar?

– Señor presidente..-dijo Ache frente a la pueril pregunta – En principio vamos a culpar a la oposición como siempre. La gente nos creerá, siempre nos creyó. Somos como una religión.

– ¿Y yo?

–  Usted quedará asociado lamentablemente a esta negociación. Usted se vio forzado a ceder a ciertas presiones… Sabe de todas formas que cuenta con nuestro apoyo.

–  Pero, si ustedes…

– Nosotros…

–  ¡Es increíble!

– ¿Qué es increíble? ¿que tenga que renunciar? Consulte al juez X sobre su situación, quien es hombre de nuestra confianza. Va a ver lo que le va a decir.

Ache hizo un silencio esperando algún comentario, pero como no emitía sonido, continuó.

– No se preocupe, va a estar bien…siempre y cuando…

–  Siempre y cuando…

–  Cumpla bien su papel. Se haga cargo de esta situación.

– ¿Y ustedes? ¿Acaso no fueron ustedes los que me empujaron a esta renuncia? Quiero hablar con ese juez ahora mismo.

– Vea, señor presidente. Se lo voy a explicar de este modo. Haga de cuenta que el país es algo así como un enorme mecanismo. En él, usted es el engranaje más importante. El juez al que desea llamar, también lo es, y su secretario, los diputados y los senadores. Cada uno es engranaje que en mayor o menor medida colabora para que funcione adecuadamente el mecanismo.

– Así parece – dijo ya ausente, por decir algo.

– Exacto, y para que todo funcione, señor, todos debemos cumplir con nuestra parte.

– ¿Y la suya? ¿cuál sería?

– ¿Mi parte? – preguntó Ache más bien con un tono afirmativo – Yo soy el que supervisa el funcionamiento de todo el mecanismo. Somos la parte invisible de él. Mi función es saber cuándo un engranaje funciona mal y reemplazarlo a tiempo para que no se resienta todo el mecanismo.

– ¿Por eso tengo que renunciar?

– Por eso

–  Usted gana.

– Como siempre.

– No se confíe. Nadie es indispensable.

Se puso el sobretodo, tomó de su escritorio un arma, la guardó en el bolsillo interior, bajó a la explanada. El viento arremolinado lo detuvo en el umbral durante unos segundos. El auto lo esperaba. El conductor era el secretario anterior. Entró al asiento de atrás, el vehículo salió a toda velocidad por la avenida y se hundió en la noche.

Era tarde, sin embargo el señor Eme decidió hacer la llamada

– ¿Hola? ¿El señor Ye?

– El mismo – dijo una voz del otro lado.

– Ya está. Mañana renuncia a primera hora.

– Perfecto.

– Hago esto solo porque habíamos acordado que era lo mejor para todos, pese a que sé que mañana va a salir en su portada alguna mala referencia sobre nosotros.

– Es así. Manejamos nuestras fuentes.

– Espero que hayan sabido elegir sus palabras con cuidado.

– Haremos lo posible. Somos un diario opositor.

– ¿Haremos? Ya lo han hecho. Faltan tres horas para que el diario esté en la calle.

–  ¿Se le ofrece algo más?

– El sobre que pactamos lo recibirá mañana por correo privado.

– No hace falta. No lo hicimos por eso.

– Sí. Es necesario. Recibirá el sobre, lo repartirán según su criterio, y volveremos a ser adversarios.

– ¿Y si no?

– Ya sabe lo que puede pasar. Busque por internet la historia de algunos diarios del interior recientemente desaparecidos.

– Comprendo.

– Buenas noches, entonces.

Un hombre mira nervioso el televisor, sentado en su sofá. La imágenes muestran al presidente aclarando a la población los motivos de su renuncia. Poco a poco, se lleva un revólver a la sien, y dispara, pero algo se traba en el arma, vuelve a insistir pero no se produce la detonación. En la otra habitación duerme su mujer. Mira el arma como sin entenderla. “¿También este mecanismo manejan?” se pregunta. Y arroja el arma con fuerza bajo la mesa del televisor.

A los tres días de la renuncia, asume el vicepresidente la primera magistratura. Ese mismo día, el secretario, que había sido despedido por el anterior presidente, recupera ahora su puesto.

El flamante presidente está acomodando su despacho según su propio criterio. En ese momento suena el teléfono. El secretario le pasa la llamada.

– Señor presidente – dice Ache – Felicitaciones.

– Gracias.

– Es necesario que nos veamos a la brevedad. Se trata de un contrato pendiente sobre la ampliación de una serie de oleoductos en el sur que su antecesor no alcanzó a firmar.

Mientras escucha las palabras de Ache, la mano del presidente que sostiene el auricular comienza a transpirar hasta mojar totalmente el aparato y recuerda una palabra que le había susurrado el ex presidente un día antes de asumir: Horgan. Mira por la ventana, es un día soleado, apacible.

Afuera sopla una brisa agradable que apenas se percibe. el aire se balancea entre los rayos del sol, pero la bandera está totalmente desplegada en el centro de la explanada.

Conducta en la isla de Creta

«Temo a los griegos, incluso cuando traen regalos»

Virgilio

Ya lo dijo el poeta en la Grecia del siglo VI (A.C.):”Todos los cretenses son mentirosos”.

Se sabe que mienten por la mañana, por la tarde, por la noche; para el desayuno, para el almuerzo, para la cena. No dan descanso a la mentira. Mienten también los domingos y los feriados, en navidad y en año nuevo. No lo hacen por ambición o maldad; es algo natural en ellos: Han oído mentiras desde la cuna, han mentido desde que aprendieron a hablar.

Tal continuidad en la mentira hace que toda afirmación quede invertida, y cuando uno se acostumbra a ello, parece de lo más normal. La gloria del sistema cretense se basa en ese acuerdo tácito de que todos y cada uno de sus ciudadanos solo dirá mentiras cada vez que se comunique con otra persona. Si solo uno de ellos abandonase por un momento este cometido, todo se vendría abajo. Uno no sabría si invertir o aceptar un mensaje en forma directa. Si solo uno de los cretenses dijera una mínima verdad, eso de que “Todos los cretenses son mentirosos” se convertiría en una gran mentira.

Es por eso que la verdad se castiga tan severamente en Creta, como si se tratara de alta traición. De hecho, y por definición, si un cretense dice algo que no es mentira deja inmediatamente de ser cretense y debe abandonar la isla porque su simple presencia es riesgosa para el resto.

Hay una embajada que acoge a los cretenses que han dejado de serlo, y les busca ubicación en el exterior. Fuera de Creta es sabido que los cretenses se destacan como comerciantes y abogados. Epiménides propuso interesantes paradojas. Hay también, quienes tienen habilidad para las letras y la imaginación. O eso creen.

Lo digo yo, que he visto en sueños lugares maravillosos, y que alguna vez nací en Creta.

Restos

Cae la noche, alfombra de las sombras.

Un río lejano aúlla su hambre de sal. Río que ríes la ira de ser un mar sin sangre. Encadenado al barro silencioso, escaras de arena sin sentido.

No habito esta piel que me destiñe el instante, se acomoda en mis manos, desarma los dedos.  .

Es tarde es tarde es tarde. Ya no alcanza con esperar que pasen las horas bajo el agua. Si el aliento de tu sed embebe mi frente con restos de basura, agregaré una nueva palabra a mi olvido.

Allá, un recuerdo hecho pájaro descansa en la boca de ese árbol incoloro. Y los pasos de ella gritan palabras invisibles, entre las esquirlas de la noche.

Ellos buscan el río salado de la sonrisa breve, anárquico deseo que nombra y recorta y encubre el miedo.

Pasará la noche, lenta, gotas de sangre que profanan el sentido. Cuando doble la esquina, la piel del barro, como una alfombra, desteñirá mi aliento, para habitar las muecas de ese pájaro encadenado a mis dedos. Ella es la ira  que embebe sus pasos. Tu grito es el agua que anhela el desierto.

El mar incoloro descansa.

La estructura de los sueños

a   G.G.M

No caí en la cuenta que se trataba de una pesadilla hasta el tercer o cuarto médano. La cosa era así: yo intentaba llegar al mar bajando por un angosto camino de arena enmarañado de esas plantas de gajos carnosos que abundan junto al mar (nunca supe el nombre vulgar ni mucho menos el científico), se oía el rugido de las olas y podía oler el característico aroma del agua salada, pero cada vez que pensaba que aparecería la playa, aparecía un nuevo médano, gigantesco, soleado pero sombrío, como el alto murallón de un presidio o un cementerio, hasta que algo me mordió el tobillo y desperté.

El otro hombre me escuchaba sin pestañear; tenía las piernas cruzadas y aparentaba la calma de un psiquiatra, aunque solo fuera otro paciente que aguardaba como yo en la antesala del dentista. Hizo un gesto indescifrable que tanto podía significar ‘No sé qué decirle’ como ‘Así son los sueños’. Finalmente dijo ‘Uña de gato’. Lo miré sin entender.

-Las plantas de su sueño, explicó, Se llaman uña de gato.

Asentí con un apuro inusitado que me empujaba a seguir contándole. No tardé en volver a dormirme y seguir soñando. Estaba de nuevo en Buenos Aires, no muy lejos de mi barrio, digamos la avenida Pampa casi llegando a las vías del Ferrocarril Mitre. Una chica muy linda esperaba a mi lado para cruzar la avenida; era negra, o mejor dicho marrón claro, ¿vio que en realidad los negros son marrones de diferentes tonos?, nunca supe por qué les dicen negros. ‘¿Me podés ayudar?’, me dice la chica, y veo que tiene las piernas cubiertas por una especie de arnés con tiras de cuero, como usaban los enfermos de poliomielitis hace muchos años. Le dije que sí, claro, y la tomé del brazo para cruzar la avenida que ya no era Pampa sino Federico Lacroze o alguna con dársenas de cemento en el medio y antiguas farolas con guardas de cristal blanco, como las que había en Buenos Aires hasta entrados los años sesenta. Llegamos a mitad de la avenida, pasaban trolebuses no sé si se acuerda, esos que en el techo tenían una vara metálica adosada al cable de suministro eléctrico. Pero la dársena de cemento es de repente una cama angosta dentro de una estrecha habitación, y ahí está recostada la chica marrón claro, triste, decepcionada; veo por primera vez que una de sus rodillas es enorme, quizá más grande que una pelota de fútbol, con protuberancias y hasta cráteres secos que de inmediato me recordaron escenas de las figuritas Marte Ataca, quizá las recuerde usted, venían con un chicle sabor banana. Ya de pie, la chica me recrimina algo esperándome nuevamente en la dársena de cemento; no es que la haya abandonado, simplemente me detuve a saludar a una compañera de oficina (al parecer trabajo en un destacamento del Estado, aunque no podría precisar qué clase de tarea hago ahí), mi compañera, de la que no recuerdo ya ni la cara, alcanza a decirme que ‘las cosas se están poniendo feas’. Le explico a la negrita que solo me demoré unos segundos por ese encuentro casual con mi compañera de trabajo, que por cierto se ha esfumado, y ella me mira entre incrédula y decepcionada, sin reprochármelo baja su cabeza bajando la vista en la rodilla deforme y vuelve a mirarme con la expresividad de aquellas actrices del cine mudo, que sin decir nada en concreto brindaban al espectador un variado menú de interpretaciones. ‘Qué hermosa’, le  digo sonriente (de verdad lo es) pero ella no lo cree y mira a un costado con la misma expresión triste de siempre, ya que en un segundo nos conocemos desde siempre. Sin embargo no volveré a verla, lamentablemente. Ahora estoy volviendo a mi casa a pie por la avenida Pampa (al instante voy por Sucre, la calle paralela) y sin mediar proceso que justifique cambio, estoy nadando calle abajo porque las aguas llegan hasta los primeros balcones de los edificios. No veo gente; al parecer estoy solo en esta situación, aunque al llegar a la avenida Melián (la que tiene esos árboles inmensos que se llaman Tipas, de esos sí conozco el nombre), hay una marea embravecida, como si el agua que inunda la calle Sucre fuera un correntoso río, y la avenida Melián su desembocadura al mar. Entonces sí veo gente flotando alrededor de un muchacho uniformado, también flotando, que explica a los demás que no se puede cruzar Melián en esa bocacalle: hay que nadar hasta Monroe por alguna calle paralela, y desde ahí ver si se puede subir hasta Villa Urquiza. No le hago caso (soy desobediente hasta en sueños) y avanzo nadando por Sucre con serias intenciones de cruzar Melián, a pesar de la intensa marea en que se ha convertido; sin embargo, al llegar a la bocacalle, una fuerte corriente submarina me impide pasar, devolviéndome varios metros atrás al torrentoso río Sucre. A pesar del temor que me infunde el oleaje centrífugo y centrípeto, intento nuevamente ingresar a la avenida y una y otra vez esa fuerte pared de agua me lo impide… ¿lo estoy aburriendo?

-En absoluto, dice el hombre amablemente, Es más entretenido que esas revistas que hay ahí.

Continué contándole, animado por su buena predisposición de oyente ocasional. Mire, no podría explicar en qué momento desapareció el mar de la avenida Melián. Una gitana me pedía ahora un cigarrillo, cerca de mi casa, exactamente en Juramento y Álvarez Thomas, y no sabe cómo se enojó cuando le dije que no fumaba, ‘Me importa un pito si fumas o no, he dicho que me des un cigarrillo’. Tal vez escapando de la gitana me trepo a una especie de cornisa ancha como un balcón, pero sin parapeto ni baranda, junto a una ventana entreabierta. Es de noche, probablemente madrugada, y al espiar disimuladamente entre las rendijas de la persiana comprendo que esos tres tipos conspiran para cometer un crimen, no me pregunte cómo lo sé. De hecho –y esto es lo más sorprendente- ya no soy yo el que los observa sino otro tipo, de ojos claros achinados (se parece bastante a John Travolta) pero a la vez soy yo el que los observa, soy yo y soy él, y de repente me descubren agazapado en la cornisa, abren la ventana de inmediato e intento saltar, pero hay como diez metros hasta el suelo, quizá más, y en la duda quedo colgando de la losa, apenas agarrado con las manos, hasta que uno de ellos me levanta de las muñecas y me lleva al interior. Ríen con fiereza criminal; no se molestan en preguntarme qué hacía allí o qué pretendía, solo discuten entre ellos la manera en que van a eliminarme. A continuación estoy en un jeep  con los tipos (¿ahora soy uno de ellos?) saliendo del edificio, una especie de garaje en un patio muy amplio. Cuando atravesamos el patio hacia la calle alcanzo a ver en una cochera vacía las piernas desnudas del cadáver de John Travolta, aunque solo presumo que se trata de él ya que el resto del cuerpo está tapado con una manta. El mero hecho de no haber sido yo el que yacía ahí me hace sonreír plácidamente en el asiento trasero del jeep…

-El Mero-Mero, interrumpe el hombre de manera enigmática.

-¿Perdón?

Como no agrega nada más sigo contándole mi sueño, aunque nunca sé bien hasta qué punto se diferencia de una pesadilla. El jeep se pierde en el tráfico de la avenida Gral. Paz a pleno sol, y un instante después estamos en una ruta, ya de noche. Los delincuentes han sido sustituidos por una chica coreana con una herida de bala en el brazo y yo voy al volante del ex jeep, dado que ahora conduzco un Torino Grand Routier color champagne en perfecto estado, como recién salido del concesionario. La chica coreana (por motivos que ignoro sé que es coreana y no de otro país asiático) repite una palabra en su idioma que de alguna manera sé que significa ‘apurate, apurate’, y cuanto más a fondo piso el acelerador del Torino, más cerca del techo se oye el helicóptero que nos persigue. Sin dejar de manejar a 220 km por hora (recuerde que el velocímetro del Torino marca una velocidad final de 240) me asomo por la ventanilla e insulto al tipo que conduce el helicóptero, al que no puedo verle la cara porque lleva casco y antiparras, y porque es de noche. ‘Apurate, apurate’, sigue diciendo la coreana en coreano mientras el copiloto del helicóptero empieza a arrojarnos inmensas estatuas de cerámica, réplicas de ovejas, cabras y jirafas en tamaño real que se estrellan contra el pavimento de la ruta haciéndose añicos sin llegar siquiera a rozarnos. La frenética persecución muta en extenuante cabalgata sexual…Como ocurría con el infortunado John Travolta poco antes, ahora un tipo rubio de pelo largo (él y yo que soy él, simultáneamente) estamos encima de una mujer a la que no alcanzo a ver pero si a oír. Y a juzgar por los sonidos emitidos no la están (no la estamos) pasando nada mal. Enseguida soy yo solo el que está sobre la mujer, que resulta ser Bárbara Eden, no sé si la ubica, la actriz que hacía de Jenny en Mi Bella Genio, bueno, creo que esa fue la mejor parte del sueño, sin dudas la única, porque antes de terminar con Jenny ya estoy sentado en esta gigantesca roca ovalada que resulta ser una especie de… huevo… enorme, como supongo serían los huevos de las criaturas prehistóricas….

-Comienza a recordar, maravilloso, suspiró el hombre revelando un leve acento francés.

-¿Perdón?, me dio la sensación de que iba a decir algo más, pero justo se abrió la puerta del consultorio y una chica de rasgos asiáticos me llamó por mi nombre. Me puse de pie, entré y me indicó el sillón. Era mi primer turno con este dentista. El que me atendía desde hacía años se radicó en España y alguien me había recomendado a este doctor pocos días atrás, no recuerdo bien quién.

-¿Está cómodo así?, dijo una voz proveniente de impensados parlantes muy angostos, colocados disimuladamente al ras de las paredes.

Asentí conforme y dije sí, con cierta curiosidad. Aquel sillón  parecía muy moderno en comparación al que tenía mi dentista anterior, pero no le di demasiada importancia a eso tampoco, simplemente supuse que a este doctor las cosas le iban un poco mejor que al que había emigrado a España.

-Apoye los brazos en los costados por favor, dijo nuevamente la voz masculina, Y tenga la bondad de estirar bien las piernas.

Hice lo que me pidieron y pregunté si quien hablaba era el doctor Romero, pero no hubo respuesta. En cambio surgieron del sillón unas abrazaderas automáticas que sujetaron instantáneamente mis brazos y mis piernas de manera tal que había quedado prácticamente inmovilizado. Entonces apareció la chica de rasgos asiáticos y me dijo que tuviera la amabilidad de abrir la boca. Obedecí y ella introdujo una tableta color lila que tenía sabor a ananá.

-¿Qué es?, pregunté casi sonriente.

-El doctor es quien hará las preguntas, contestó la chica perdiéndose por una puerta que no había advertido al entrar al consultorio. Apoyé plácidamente la cabeza en el sillón, y apenas tocar el respaldo asomó un centenar de cablecitos o fibras ópticas que envolvieron mi cráneo sin ejercer la menor presión ni causarme el más mínimo dolor, aunque pude comprobar que mi cuerpo estaba completamente inmovilizado. Entonces se apagaron las luces y como una función de cine se desplegó frente a mis ojos una pantalla que ocupaba casi toda la superficie de la pared. ¿Qué clase de dentista es este? ¿Cuánto me va a costar la visita con este modernísimo instrumental?, no dejaba de preguntarme cosas como esas cuando comenzó a salir por los parlantes una música que me sonaba familiar. No demoré en reconocerla: la cortina de Mi Marciano Favorito, una de las tantas series de televisión que veía en mi infancia mientras tomaba la merienda. Casi simultáneamente apareció en la pantalla un dibujo de línea que me hizo pensar de inmediato en el contorno de la ciudad de Buenos Aires, y en su interior un punto justo a la altura del barrio de Villa Urquiza, es decir mi barrio. Al menos es lo que me parecía. Entonces apareció finalmente el doctor Romero, un hombre de unos cincuenta años, algo calvo, anteojos de cristales pequeños sin armazón y guardapolvo de inusitado color azul cobalto. Junto a él estaba la asistente de rasgos asiáticos y detrás de ellos –lo que terminó por sorprenderme aún más- apareció el hombre que había estado escuchando mis sueños en la sala de espera. Antes de poder decir una palabra comprendí que no podía articular ninguna. Mi garganta estaba paralizada o adormecida, no lo sé, lo cierto es que había perdido la facultad de hablar.

-¿Puede escucharme?, preguntó el doctor Romero.

Intenté asentir con la cabeza pero fue un esfuerzo inútil ya que como dije estaba completamente inmovilizado, No obstante él captó mi afirmación sin dificultad.

-Bien, dijo poniendo las manos en los bolsillos de su guardapolvo azul cobalto, ¿Qué vamos a hacer con usted, señor sagitariano?… Sonaba como una pregunta retórica, si bien yo tenía una respuesta concreta y era ‘Una carie, como le dije por teléfono’. En cambio se pusieron a charlar en francés con el hombre que había estado conmigo en la sala, a quien el doctor Romero llamó Jean-Marc un par de veces. La asistente de rasgos asiáticos, apartada a un metro de ellos, preparaba un instrumental que jamás he visto antes en un consultorio odontológico.

Luego de una breve inclinación de cabeza la chica se fue y el doctor Romero le siguió los pasos. Entonces quedé a solas con el tal Jean-Marc, que depositó en la palma de su mano el instrumental que había preparado la chica.

-Sé que puede oírme, sonrió, Y yo también lo oiré aunque no pueda hablarme. Solo piense las respuestas de lo que le preguntaré.

A continuación sacó dos auriculares inalámbricos que estaban ocultos en el instrumento con perfil de afeitadora eléctrica, y los introdujo en mis oídos.

-Alaska, dijo serenamente, Esos huevos gigantes no fueron un sueño, ocurrió en Alaska, el río Yukón, lo recuerda.

El punto que había dentro del mapa de la Capital Federal comenzó a titilar.

-¡Miente!, exclamó Jean-Marc exaltado.

‘No sé de qué carajo me está hablando’, pensé asustado, ‘Solo le conté un sueño, fue solo un sueño’.

-Pues esto no lo es, dijo él oprimiendo un pequeño botón en el sillón que me produjo un furtivo nudo visceral, Empiece a contarme su ‘sueño’ antes de que pierda la paciencia.

‘Es cierto, trabajé como piloto de avión en una pequeña empresa canadiense durante mi autoexilio, en los años de la dictadura. También es cierto que a menudo sobrevolaba el territorio norteamericano, es decir, la parte norte de la frontera entre Canadá y Alaska…’

-Continúe, dijo el hombre con tono severo.

‘Recuerdo un lugar, una dependencia del Servicio Meteorológico de Alaska, cerca del río Yukón… muy cerca de ahí se detuvo el avión…’

-Exactamente ¿cómo ocurrió?

‘Las condiciones atmosféricas eran inmejorables teniendo en cuenta la época del año, diciembre, y la nave estaba en perfectas condiciones, le juro que nunca supe lo que ocurrió exactamente, solo sé que los motores se detuvieron como si los hubiera apagado desde el control de mandos, los flaps sencillamente no se habían abierto ni un milímetro, recuerdo que el reflejo enceguecedor del río me impedía ver nada alrededor… nunca entendí cómo logré aterrizar la nave con tal perfección en aquel terreno recortado y áspero, pero estoy seguro que no lo hice solo…’

-Todo eso lo sé, dijo Jean-Marc, Cuénteme qué siguió después. Hábleme del huevo gigante.

Por más que me esforzaba no lograba asociar el hecho real de aquel accidente aéreo con la escena del huevo gigante, que para mí solo había sido un sueño. Hasta que el punto dentro del mapa volvió a titilar y el hombre se acerco a centímetros de mi cara.

-Eso que ve en la pantalla es un esquema virtual de su cerebro, dijo serenamente, Y el puntito que parpadea es la ecuación mental de una mentira, que también se activa ante engaño, omisión o simple voluntad de olvido.

Hubiese dado cualquier cosa para que todo aquello fuera una pesadilla, pero sabía que no lo era, no al menos de las que se tienen durmiendo.

‘No sé qué ocurrió con el huevo, se lo juro, aunque esa difusa imagen mía sentado encima de una roca ovalada, una estilizada letra qu si se quiere, ¿Quién dijo que era un huevo?, yo no lo dije, usted lo dijo…’

Sin decir palabra el hombre pulsó el mismo botón de antes, lo mantuvo pulsado algunos segundos, aquella indecible descarga dolorosa, solo que esta vez la intensidad se desvaneció súbitamente trayendo un remanso de oscuridad y silencio. Las luces se habían apagado y las abrazaderas que me sujetaban al sillón se abrieron al instante. Era mi oportunidad de escapar, de hecho la puerta del consultorio también se abrió y salí corriendo, buscando jadeante la escalera de mármol negro, ¡bendita Buenos Aires y sus inesperados cortes de luz!, bajé las escaleras tropezándome y chocando con las barandas. Jean-Marc corría tras de mí, y alguien más detrás suyo que oí pero no perdí tiempo en dar vuelta la cabeza. Seguí corriendo sin aliento, rebotando en los escalones y contra las barandas, las piernas no me daban, pero apareció el resplandor de luz que me anunciaba Planta Baja, bendita planta baja, el portero y dos señoras del edificio cuchicheaban oxigenados por el rumor de una vecina que era visitada semanalmente por dos jóvenes de aspecto audaz y desenfadado, y a ciertas horas se escuchaban con escalofriante nitidez largos gemidos placenteros de sus tres voces desatadas. Me convenía la presencia de público en el hall de entrada, eso distraería a mis perseguidores; no me aprenderían impunemente ante testigos, estábamos en democracia. Debía ir frenando la marcha antes de llegar a Planta Baja, pero la inercia me expulsó sin lograr levantar a tiempo un pie que arrancó de cuajo el cable de las lucecitas intermitentes de un gran árbol de navidad florecido de falsos regalos con sus envoltorios brillantes y sus moños, y todos los animalitos del pesebre que lo circundaba volaron por el aire sin ruido, aunque pude ver los añicos por todo el hall, sin reparar obviamente en el portero y las vecinas que me vieron correr perseguido por dos hombres jadeantes y tensos. Noté, eso sí, que ahora el cielo pintaba un gris lila y unos refucilos muy tenues vacilaban a distancia cada tanto, casi risueños, lejos de ese temor inquietante que producen los relámpagos y los truenos. De hecho empezó a llover fuerte. Ante mis ojos brillaba ahora el flamante halo de la condición del hombre como sujeto libre en tiempo y lugar. Pude escuchar casi detrás de mis oídos el diálogo agitado, entrecortado, de mis cazadores, ‘¡Hay que agarrarlo!, decía el supuesto doctor Romero, ‘Descuide, gruñó a mis espaldas Jean-Marc, No recordará nada de lo ocurrido, no lo recordará…’

Abrí la puerta del taxi cubierto por gotas de lluvia como verrugas, creo que el taxista no se asustó tanto por mi aspecto como por mi forma de entrar, ¡Acelere ya! ¡A donde sea!, le dije con los dientes apretados. Me di vueltas instintivamente para constatar que estaba fuera de peligro, las siluetas de Romero y el francés se perdieron en segundos. De pronto tengo en la cabeza esa frase: ‘No recordará nada de lo ocurrido, no lo recordará…’ ¿Recordar? ¿Recordar qué cosa?

Blodisandei (Segunda parte, extracto)

tarde,

 

 

 

¡Qué afortunados
somos
al poseer ventanas!
El vidrio es transparente.

Allen Ginsberg, Sorpresa.

 (15.06)

Si hay algo que el domingo gusta de sí, es ese espacio que comienza cuando las horas cumplen su primer giro y acaba en una cima invertida que evoca crepúsculo cuando no es sino su verdadero mediodía. En derredor de esa zona, los minutos y los cuerpos se reúnen en una misma huella.

Rendidos por el letargo.

Acosados por la abulia.

Que comienza a cerrar el cerco…

Hipnotizados. Por la tormenta del sudeste, que tanto escampa como se reanuda con furia. Los señores han separado sus rumbos: ella, una vez recuperado el orden necesario, ha ido a su alcoba, a desandar tiempo tras los videos familiares; él, a la sala, a pararse junto a la ventana y a esperar que la buena fortuna de esa mañana se repita,

pero en la calle sólo corre el agua y desperdicios que el viento acelera: todo demasiado ajeno para suponerlos cómplices de una fuga. Enciende un cigarrillo y se recuesta en el sofá. Apenas: como si hubiese recordado algo, da un respingo; se para y echa a andar

en dirección a la biblioteca: algo, similar a una intuición, lo ha convencido que en ella se aloja un sucedáneo del diario del domingo,

en la casa de los señores hay muchos libros y es justo decir que él procura que todos respeten un orden estricto –que de los tantos posibles, en este caso es el alfabético- y que el polvillo que gusta posarse en ellos, no prospere en su intención erosiva. Es una biblioteca pulcra, la biblioteca del señor. Y sus libros, casi podría decirse que lucen como los cuadernos en los anaqueles de la librería: encierran historias, pero igual daría que fueran bellos lomos encuadernando anales de un proceso interminable o aire viciado de domingo. Están y vírgenes: la lectura no es un empleo del tiempo al que él recurra,

ni la señora: sólo Lucila gustaba sentarse a compartir horas junto a ellos. Una herencia del abuelo, decían sus padres. De hecho, si hay muchos en la casa, es porque tras la sorpresiva muerte del viejo, nadie más se avino a hospedarlos. En ese tiempo, él, la señora y la vida contada en meses de Lucila, vivían en un pequeño departamento a metros de la librería. Ellos y las historias. No fue sencilla la convivencia los primeros tiempos: los libros, si no se los confina a tiempo, suelen colonizar el territorio donde habitan. Nunca se sabe cómo logran llegar a los lugares más inverosímiles: el baño, bajo la cama, sobre la heladera, en el bolsillo de alguna campera -se podrá objetar que estos desplazamientos suceden a favor de algún tipo de relación más o menos fluida entre ellos y un humano, pero ¿y en el caso del señor?, ya se dijo que la lectura era una infección ante la que alguna mutación de sus genes lo había hecho inmune… Es cierto que un espacio ocupado, sea con diarios o con libros, es una estrategia para nada menor. Al contrario: piénsese en la numerosa cantidad de posibilidades que ordenarlos le ofrece a su inmovilidad: por título o por autor o por ambos; otro domingo, por el tamaño o los colores de sus tapas; otro, por el género (esta es una alternativa bastante improbable para los escasos conocimientos literarios del señor) o por el año de edición o hasta la nacionalidad del autor… Las colecciones de mariposas de libros de domingos. Y aún, y esto es un valor agregado que la infinita paciencia de los libros donan sin reparar en desaires tan notorios como los del señor, ciertas ocasiones casi milagrosas en que alguno escapa a la secuencia rigurosa de las bibliotecas y se instala entre los dedos y se abre,

¿el corazón de quién?, se pregunta Clarise, que insiste en recuperar hálitos de una escritura náufraga. Decidida a hallar lo indeleble en lo fugitivo, no aparta la página ni de su mirada ni de su voluntad. Aunque no lo asume, sabe que suponer los fonemas que delinean un corazón es tan caprichoso como si optase por los que dibujan hígado o sangre o final. Sonríe: esos vocablos que se pretenden azarosos parecen querer retomar el sendero de la lista de compras o aún la del asesino -eso sí: uno tan puntilloso o tan imprudente que se hubiera tomado el trabajo de estimar de antemano el órgano exacto por el que habría de arrebatarle la vida a su víctima y encima hubiese decidido testimoniarlo por escrito. Sin embargo, quizá porque su ánimo persiste con la idea del poema, no se detiene en esa duda más propia de cartas comerciales o de informes forenses. Al contrario: redobla su apuesta y deja que la mano, a esa altura dueña de todas sus convicciones, prosiga. Y la descubra. O mejor: que invente -¿qué otra cosa queda, cuando se ha elegido entregar a las redes de un poema lo que sea que en silencio nos conmueve, sino inventar?,

inventarse, en una otra frase. La que una mano rescató de una inundación: tu corazón no supo desear ser otro y el mío, mutante empedernido, ya no puede recordar como amarlo,

el corazón inmóvil, lee el señor en la tapa del pequeño libro que el azar le puso en las manos. ¿Sabrá que la peste, a veces, tiene forma rectangular y se despliega en hojas de papel que se despliegan en las palabras que se despliegan bajo nuestra piel para contagiarnos con una feroz metástasis de revelaciones? ¿Sabrá el azar de propósitos tan sesgados? No fue el sonido de una sentencia, ni siquiera de una tan familiar para él: demasiado austera la fuerza de un título, aún de ese, para lograr moverlo. Ese gesto fundamental se lo reservó su pulgar izquierdo al girar la tapa, al exponer la consabida foto encabezando una reseña breve con la vida y labor del autor: al hundirse en el ojo de su memoria, la imagen de una mujer de expresión distraída y lentes de montura redondeada. Se detiene en el contorno de los labios: que carnosos lo incitan, que entreabiertos lo seducen, que más propios de una cortesana y no de una escritora los juzga. La memoria acusa el golpe: el dedo y el azar han inoculado al señor,

sucede, Clarise sabe que sucede. No es eso, lo que la conmociona casi hasta las lágrimas: es cómo alguien puede hallar en el cuerpo recursos tan exactos para contárselo a una lluvia testaruda y sobrevivirla; cómo alguien, su corazón, puede atravesar un adiós y seguir andando. No sabe, y tampoco se lo pregunta, por qué la visión del cuadro de Lucila se alucina ante sus ojos. Tal vez porque el manuscrito y el cuadro se parezcan; eso, en algo: esa puerta inmóvil esa fuga de luz, lo que no se mueve aunque se lo empuje, lo que no se detiene aunque se lo amarre. Un corazón inmóvil un corazón mutante, ¿ama, el corazón que se encadena a lo que dice amar?, y para aquel incapaz de asirse a un nombre: ¿qué será el amor? ¿le ocurrirá lo que al alma, que nada más desea que le den el don de seguir, de no cesar?

Uno regresa a la quietud de la sala de un departamento de domingo, otra desestima la trampa y se introduce al laberinto de una pantalla de computadora (quizá, trate de convertirla en ventana): le perturba que su habitación no tenga alguna por donde estirar la mirada -en el departamento de los señores, las habitaciones no tienen ventanas al exterior. Suerte de celdas conventuales, reflejan el estilo de construcción de épocas muy pasadas, cuando los espacios habitables de la ciudad se desarrollaban en una línea que miraba a la calle en su parte pública y se iba enredando con las penumbras al acercarse a la parte privada: quizá, supiesen, los arquitectos de entonces, que a la intimidad le sienta mucho mejor las tinieblas que la luz o que si se le roba la posibilidad de ser reconstruida por la imaginación antes que por la vista, se hace tan oficial como la sala y muere. Quizá por razones similares, no haya ventanas en las habitaciones: si algo ha de fugar, que lo haga entre los cuerpos,

¿pared o ventana?

Las preguntas de Chamo frecuentan dos atributos: son intempestivas y rodean paradojas. Clarise está desnuda, de espaldas y tendida en la alfombra que cubre el piso del cuarto; lo mira sorprendida mientras abre un poco sus piernas y se muerde el labio inferior: o quiere eludir la pregunta o quiere reanudar las oscilaciones del sexo de Chamo en el suyo,

necesito saber, insiste él. Y esa obstinación acaba por fastidiarla: se levanta, se cubre de apuro con una sábana y se aposta en una ventana que mira hacia la calle. La cólera se escabulle veloz y ella regresa,

es que no atino a juntar a dos que se cojen con las ventanas o las paredes… tal vez si tu me contases tu parecer, me convenzas que es una pregunta honesta y no una excusa para evitarme… Puede sentir la mirada de Chamo, fija en su nuca,

¿qué hubiese sucedido entre nosotros hace apenas un minuto si esa ventana donde te apoyas no existiese? te diré: lo que dejaste ir hubiese quedado aquí entre nosotros,

no lo dudes. La que tal vez no se hubiera quedado soy yo… Admítelo… ¿No te das cuenta que nos protegen, que renuevan los aires que ahogan? Chamo endurece su rostro,

¿y de qué mierda habría que protegerse? ¿O en verdad piensas que si la ira quedase libre entre estas cuatro paredes, lo que diablos haya entre nosotros correría peligro?,

tal vez sí, lo crea. Y tal vez esté equivocada. Pero hay riesgos que no tengo el coraje de enfrentar. Por eso, prefiero tener una ventana cerca, siempre…

El joven apoya su mano en la tersura grisácea de una de las paredes. Le acerca el rostro, le habla… ¿A la pared a Clarise..?

amo como nos someten, imperturbables, a los ecos de nosotros mismos; como nos obligan a levantar la vista cuando los ojos evitan una mirada sin maquillaje. Y a aceptar lo que quiera que seamos… o a joderse. Nada que nazca junto al momento debiera huir de él, nada debiera quedar afuera, nada…

Clarise y la ventana: ahora no es sólo ira lo que se desvanece, ahora es ella toda ella…  Aún así, como una letanía, la voz de Chamo la alcanza,

una vez leí acerca de un tío que relató su experiencia dentro de un ámbito que suponía ser una cámara de aislamiento absoluto. Fue un instante breve; al salir se lo interrogó sobre sus sensaciones y el tío, medio conmovido, no dejaba de referir  a un silencio estremecedor, exacto… de no ser por unos ruidos imperceptibles: uno entrecortado y seco, el otro continuo y de modulaciones extendidas; uno era el palpitar de tu corazón, el otro, el fluir de tu sangre, le explicó el que había preguntado… Yo no quiero silenciar mi sangre, quiero oírla y quiero que tu también la oigas. La sangre o lo que sea que me recorra el cuerpo.

Chamo comienza a moverse de un lado a otro de la recámara moviendo sus brazos como aspas; Clarise puede oír el borbotear de su sangre. Él se detiene, la mira y al fin corre, la alcanza, la despoja de la sábana. Y reanuda en las entrañas del túnel que abrigan sus nalgas, aquello que había interrumpido una pregunta.

(15.40)

Caía la tarde y el bus surcaba manso la pradera,

es una línea, limpia y escueta, un golpe seco que precede una escena que se empeñará en mostrarse brumosa. No sería justo atribuir a un esfuerzo suyo por olvidar, que los recuerdos insistan en permanecer alejados de su mente. Acaso, alguna vez, fuera la intención del señor y acaso ahora el efecto prosiga hasta convertir esta casual lectura de domingo en el murmullo de una voz que sin ser desconocida, no logra identificar. Como una experiencia que sin serle ajena lo hubiese dejado de lado. Y se empecine en dejar sus ojos adheridos al cielo raso. Hasta que, obligados por la reflexión de estas cuestiones (lo que devendría en la continuidad de la lectura) o luchando por vencer esa tentación que suelen provocar los relatos (inédita en él), descienden. Vuelve a mirar la foto de la solapa; lee la breve reseña que refiere a una mujer a una escritora a un libro.

Liza, musita. Y el nombre conforma el recuerdo.

Vuelve a abrir el libro y a posar su atención en ese primer punto seguido tras la primera frase. No se apresura por decidir nada definitivo; regresa, unos centímetros, hacia las palabras leídas, hacia el bus que surca manso la pradera; vuelve a levantar la vista pero, esta vez, se detiene antes de llegar al techo, en la pared que lo enfrenta, a un lado de la biblioteca, en las formas de colores fauvistas que se enredan a gusto entre los límites de unos listones dorados, y se queda: otra sensación que lo confunde,

si al menos por un instante dejase su indolencia de lado… Si pudiese reposar en algún afecto, cualquiera, así fuese uno precario y pasajero… ¿Y no lo son todos? se preguntaría, casi en un grito: por qué por qué, ¿por qué recuerda que hubo un beso junto a ese cuadro, y hoy está el cuadro pero se le ha perdido el beso?, Lucila se abraza contra el cuerpo del señor y lo besa en esa orilla difusa que poco puede hacer por separar al padre del hombre: allí donde la boca se enmascara de distracción para confundir un pómulo con unos labios, espero que te guste, el señor está tentado a preguntar, pero se calla: sabe cuánto le disgusta que las preguntas contenidas en sus pinturas busquen en ella las respuestas, puedo leerlo en tus ojitos y como hoy es tu cumpleaños, voy a hacer una excepción… decidí llamarlo Pistor lee… Es la variación de un dibujo que encontré en un librito donde un tipo relata el encuentro con su maestro o algo así… -¿y el beso? ¿qué importa, reproducir cada inflexión del diálogo, si el beso se ha perdido..?, leer y multiplicarse leer y transformarse, y seguir, Pistor,

no el señor, apretado como si los ojos fuesen los dientes de una tenaza, como si lo hubiesen tomado y luego hubiesen muerto y el gesto se hubiese consolidado con la severidad del mármol, adheridos a Pistor, a esos pies de zapatos desgarrados por un fluir de raíces verdinegro que parece nacer de entre ellos,

pero no puede acercar el beso y por el momento, continuará la lectura. Además, y puede que esto sea lo más convincente para el señor, vislumbra que en ese breve recorrido junto al libro, es como si el tiempo se hubiese acelerado algo o como si no le pesase tanto su movimiento.

Los libros, convertidos en relojes.

Para encubrir su diálogo con el tiempo.

Es lo de menos: se atreve y lo dice: proyectos proyectos, da igual aquí que allá; no es necesario gastar cientos de kilómetros para hablar de la lluvia o para capturar diferencias: una ciudad una calle cuatro paredes, bastan: para una cámara, tampoco, las diferencias son una cuestión de número.

¿Qué le sucede a Clarise? Sus emociones no acostumbran desorientarse, como ahora, petrificadas en algo semejante a un enfado. Tal vez los señores y esas cuatro paredes sin ventanas de la habitación de Lucila, todo junto, en domingo, sean una perspectiva que fastidia, habituada ella a rodar por planicies con accidentes suaves. Eso: bastaría con echar mano de la milenaria estrategia humana del infierno ajeno para rehuir la piel que adquiere voz y menciona un nombre, los otros: elijamos a discreción un rostro o una circunstancia, bauticémosla y la culpa feliz y contenta os dejará en paz.

Aunque ese nombre sea el propio,

¿pero cómo nombrar la nada? ¿cómo enojarse con ella o sufrir o amarla? Prefiero el dolor a la nada. Cómo tu, querida Franchini. Lo que se habrán reído tus ovarios cuando el Poiccard ese se las daba de archihéroe existencialista y no era sino un patán que no hacía más que escupir sobre cada pequeña cosa que se le ponía ante los ojos… A veces yo también, siento esas cosquillas entre las piernas… Y hago silencio y sonrío, como tu, querida Franchini…

¿Será eso entonces? ¿Tanta distancia hubo que poner, tantas mediaciones exigen ciertos hallazgos de la piel para que el resto del cuerpo se entere? O ni poco ni mucho: lo que se precise para confirmar que no hay ser de carne y hueso que quiera conservar esa misma carne pegada a esos mismos huesos y que a la vez decida conjugarse con la nada. Lo que se precise para entender que la luz del mundo es inmediata para una mirada, pero para la piel del cuerpo que mira, es como la luz de una estrella.

Que aparece después de un largo viajar en el vacío.

 

Aunque uno rodee un lugar común y eso se asemeje a un salto por la ventana. ¿Se escribirá con letras de vacío el viaje que la trajo a esta ciudad, a esa madriguera de señores? Es cierto: siempre había anhelado conocer la tierra de su padre, y esa oportunidad de la beca de intercambio, que por casualidad había descubierto en la cartelera de la universidad, parecía ser una ocasión inmejorable; la lluvia y los cuerpos que huyen, en un cortometraje anegado por un bloqueo repentino o por otros intereses más caudalosos, por cuerpos, otros, que como ella caminan como ella duermen o como ella comen pero son tan otros a ella misma que le devuelven la excitación de aproximarse a lo desconocido. La tierra de su padre y la beca de intercambio, su padre bajo tierra, su padre en una fotografía que tiene la forma de las palabras que se le antojó poner a la madre en el agujero que él dejó al irse. Fue astuto el tallado de la carne de él que hizo mamá: un poco de virtud un poco de odio un poco de silencio: nunca se privó de dejarse acompañar por el miembro que su culo estimase pero tampoco resignó la voz del muerto a callarse en su boca ni le quitó su lugar en la mesa ni en la cama de las mañanas. Una rara estrategia, la de mamá. Como si hubiera hallado la manera de que el pasado no exista que la ausencia no exista… Como quien se amigase con el alboroto de un fantasma en lugar de exorcizarlo,

pero ¿qué palabras poner en boca del agua, qué palabras se llevarán con ella sin que perezcan diluidas en hilos azules?

otra vez: el cuadro de Lucila ante sus ojos, convertido en una suerte de vórtice donde giran las epifanías que la impulsan a seguir cuando está al borde de anegarse. Una ventana,

y detrás, una luz cálida que parece tener vida y se transforma y deja de ser un trazo de luz en una espesura de tonalidades apagadas y ahora es toda una pantalla blanca o el trazo de luz es todo el cuadro: una pantalla donde proyectar una ventana.

Curiosidades que sosiegan. Parece pensar Clarise mientras apoya sus reflexiones en la cama.

La gran cama partida en dos: los ladrillos negros que envasan imágenes, a la izquierda; el vacío que se reserva la señora para sí, a la derecha. Enfrente, como un gran ojo dormido, la pantalla del televisor aguarda. Cerca, el óvalo del espejo del lavatorio la refleja: sus cabellos espesos y de un parejo matiz cobrizo que aún no ha sido ganado por el tiempo, en derredor del rostro de líneas generosas: apenas separadas y curvadas hacia las sienes como si anhelasen alcanzarlas las que bordean los ojos, rectas austeras dignas de Fidias las del puente de la nariz, confluyendo suaves en un extremo delicado y en unas ventanillas mínimas o hasta ondulándose en un morado esponjoso las de la boca; su cuello, como huido de alguna tela de Modigliani y venido a posarse en la señora; su torso, desnudo, dueño de la contemplación sorprendida de su mirada, de hombros reposados y senos prominentes y de elevada naciente que perciben el movimiento en círculos de sus dedos sobre ellos como si quisiesen enseñarle a esa contemplación sorprendida la tentadora dignidad de un cuerpo. El suyo, apetecible, aún. De eso, pareciera querer persuadir, la mirada, a la señora, que abre el grifo y se humedece la cara, los pechos y el cuello para aplacar un acceso de calor inadecuado para un domingo lluvioso y helado de invierno.

De regreso a la alcoba y detenida entre la pantalla y la cama. Duda. Hace días que la señora no enciende un cigarrillo. Nunca fue una fumadora tenaz. Frecuenta el tabaco a través del señor y ella, tanto le acompaña como se aleja, cuando él se deja enredar por el sospechoso beneficio de una vida aséptica, convencido que es el tabaco, el enemigo. Un fumar parásito el de ella, rehén de humos ajenos y liberado por la casualidad de una opción higiénica: algún atado furtivo que recuerda atesorar en el cajón de su mesa y que cede un cigarrillo a sus labios cuando los días precisan viciar un poco el aire para diluir soledades -el humo tiene esas ventajas: borronea las cosas, les deforma los contornos y ayuda a suponer una dimensión donde lo imaginado sucede por generación espontánea.

Tras una bocanada lenta, toma el control y oprime el botón rojo. La pantalla, quien sabe si por reproducir una película defectuosa o por las volutas azuladas que exhala la boca de la mujer, dispone ante sus ojos una panorámica desenfocada: un río que corre bajo los arcos de un puente derruido a un costado, un recodo de vegetación entreabierta que permite adivinar unas siluetas que se mueven del otro. El ojo de la cámara gira con brusquedad y se detiene en el rostro de la señora y de Lucila: están sentadas sobre un cobertor de color tiza y sonríen: la pequeña, a la muñeca que reposa entre sus pies; la señora, al ojo mecánico que la retrata. Unas nubes dispersas una brisa discontinua reflejos de un sol ausente: encuadre de un atardecer desapacible. El señor apaga su aparato de captura y la sonrisa desaparece del rostro de la señora, que cubre a Lucila con una campera verde con dibujos;

las siluetas dejan atrás la fronda y se hacen visibles a ojos que aún no reparan en ellas –la señora retrocede la cinta hasta las sombras ignoradas por el ojo del señor y congela la imagen. Las sombras se dilucidan: un niño algo mayor que su hija con un suéter y unos pantalones de fibra gruesa sucios de barro junto a un joven alto y robusto con una cazadora de cuadros marrones y ocres que carga en sus hombros un saco de arpillera y en su mano un pilote a modo de bastón precario. En ambos, el cabello largo y revuelto les cubre el cuello. Saludan a la distancia y se acercan a la familia que envasa recuerdos. Lucila levanta apenas su mirada para regresar veloz al diálogo con su muñeca; el señor y el joven intercambian unas palabras que son pocas pero suficientes para establecer sus coordenadas ante la extrañeza mutua; la señora adivina el deseo del niño detenido por algún permiso que ella se apura en conceder junto a un caramelo guardado en su bolso,

(ha olvidado el nombre del niño pero no el del joven) y la cinta sigue quieta mientras atisba que su idea para diluir el tiempo del domingo rastreando sonrisas idas, esconde un argumento guardado que comienza a desarrollarse y usa la propia piel como superficie de inscripción,

la cinta vuelve a correr hasta llegar a una sala pequeña, a una mesa generosa y a unas personas sentadas en derredor: la señora y un anciano departen animadamente entre los platos blancos y un botellón de boca ancha con vino oscuro; Lucila y el niño, sentados en un rincón, juguetean con un perro bastardo de pelaje blanco y unas manchas negras y graciosas en derredor de ambos ojos, como si tuviese un antifaz; el señor apura un trozo de pan y saluda a la cámara con gesto alegre, distendido, extraño a su habitual apatía. El ojo que captura las imágenes no se serena y se mueve sin cesar, como en una búsqueda frenética: es el joven, fuera de cuadro, quien juega con el iris mecánico y todos parecen gozar con sus ejercicios de novato. Una risa franca que nace en alguna boca oculta al registro de secuencias: ha de ser la sonrisa de Pedro, estima la señora, que sonríe, también, desde su cama,

ante una imagen que parece detenida pero no: se mueve lenta, acercándose a ella que se evita mirar de frente pero nada puede hacer ante el frío que exhala ese ojo

inhumano. Entonces decide girar, lentamente. Y enfrentar al hombre tras la máquina,

no. Interrumpe la reproducción; puede percibir la humedad entre las piernas y en su espalda; descorre el grueso cobertor en un gesto inútil: es ella la fuente de ese calor que lento la convierte en agua. Sólo ella, ante ella: a nadie tiene que enfrentar con la incómoda obligación de explicar ese bochorno repentino. Agita sus manos, se seca unas gotas que buscaban los ojos, vuelve a recostarse

y vuelven las imágenes: el salto acabó con los alimentos, ha saciado los cuerpos ha reducido el botellón a un florero sin agua ni flores y ha devuelto a Pedro a escena. Ahora es la señora, la ausente; ahora es Pedro el que mira la cámara con una mirada voraz, como si la cena hubiese sido insuficiente. Una vez más, todos sonríen y dirigen la atención hacia un extremo del cuadro, allí donde el ojo de ella, sordo a nada que no sean los ojos azules de Pedro, no acude sino hasta que el joven hace un alto casi táctico y se levanta en dirección al cuerpo laxo del señor, el hombre perdió la batalla con el liguro, el joven ríe con ganas, el anciano festeja la chanza, Lucila se ha dormido junto al perro y el niño se ha ido a su cuarto, déjelo mujer, le indica el abuelo a la señora que pretendía despertar al señor, además nadie despierta del sueño del liguro hasta que el liguro no lo autorice ¿no es así, Pedro?, y usted también puede quedarse si desea, no es una buena noche para andar a la intemperie, el joven mira a los ojos de la señora con un brillo que puede alumbrar muchos escenarios pero en ninguno ella queda fuera, si no le molestan las visitas nocturnas de las ánimas puede tomar la habitación de la difunta que Dios la tenga en la gloria; Pedro mira a su abuelo con una censura evidente, disculpe usted señora y no tema: mi querida esposa se ganó en vida un merecido descanso y el Señor no dejará que nada lo perturbe dice y será el tono lúgubre de la charla o el silbido del viento o el del silencio que acompaña la noche, matizado a lo lejos por el quejido de las criaturas del bosque aledaño, pero la señora siente un nudo en medio de la garganta y un anhelo de su habitación en el hotel del pueblo… O nada de eso y sólo la mirada del joven. Un motivo que la señora no se permite poner a consideración -aunque no sabe por cuánto tiempo más. El anciano se despide y se retira a dormir su noche; la del joven y la señora es un enigma que prosigue:

Pedro ofrece té, ella acepta desde una mecedora que va y viene junto al camastro donde yace el cuerpo alcoholizado del señor y delante de la luz espasmódica que brota de una vieja lámpara de petróleo. La señora busca en la chaqueta del señor el atado de cigarrillos, le ofrece al joven y separa uno para ella; inspira una bocanada larga y la niebla se expande dentro de su cuerpo: eso parece calmarla, como si sus emociones al enturbiarse, acomodarán lo que fuera que querían señalarle. El joven se sienta en el piso, casi rozándole las piernas, ¿quieres?, le muestra la pequeña botella con el resto del poderoso elixir casero que ha vencido la conciencia del señor, sólo un trago: recuerda que con un trago eres un ave y con dos una piedra; la señora mira la piedra, que murmura algún sueño que en la mañana será olvido y mira al joven, a todo el joven; lo recorre; repara en su camisa entreabierta que descubre el vello denso y renegrido que le tapiza el torso, como soportás estar con ropas tan livianas… yo estoy muerta de frío, levanta su taza de té hacia la señora, un trago de liguro y luego me cuentas, ella sonríe, caen las gotas en la taza y de allí, urgentes, casi sin respirar, junto al té ya tibio, a su boca. Pedro bebe pausado e inhala el resto de su cigarrillo; lo acerca al cenicero que retiene el regazo de la señora, lo apaga y se queda, la mano de Pedro, en el cenicero en el regazo, ¿ave o piedra? el ondular de las paredes de la sala le sugieren que si algo la está poseyendo no puede ser algo inmóvil ni pesado sino tan liviano como para confundirse con el aire; las manadas de la noche rodean la casa, conjuran el viento para que derribe las paredes, para que la carne humana se desgarre entre sus fauces, el ave sabe que si no despierta será devorada y aún así no se mueve ¿se sentirá ofrenda elegida de un sacrificio necesario? se queda, se queda y se entrega –pero no sobre la piedra que prosigue su sueño, no temas y deja que el liguro hable en ti que en él ya lo ha hecho; en mí también, piensa ella, mientras abre sus piernas y las manadas, silenciosas pero sin reparos, la someten, y ella que sonríe y gira su cabeza y estira su brazo

y detiene la cinta y acaricia el costado ausente de señor ¿dejará la piedra de ser igual a sí misma o será esa condición, su única alternativa?

Un cigarrillo, se une a una sonrisa.

 

A la mañana siguiente, las identidades regresan a los cuerpos para enmascarar con prolijidad las huellas de la travesía nocturna mientras la luz del sol ordena las cosas según preceptos sencillos pero estrictos: afuera, el viento se hace brisa y las fauces hocicos; adentro, un joven ofrece una tisana a un hombre que siente estallar su cabeza una mujer juega con su hija y un niño y un anciano dispone la mesa para el desayuno,

y el señor que se incorpora, impaciente. Y cierra el libro.

No sabe cómo seguir: son esos momentos donde las convenciones fracasan. Donde somos incapaces de desentrañar el movimiento que requieren los peldaños de una escalera –ni tampoco importa que alguna vez, alguien, haya tenido el buen tino de escribir un pequeño manual de instrucciones. No se puede, aunque la numeración de las páginas sea la correcta y un gentil editor haya dispuesto una clara guía de lectura o un índice ceñido. Los hábitos nos dejaron solos. Enmudecieron. O, de pronto, otras voces irrumpieron en tablas para hablarnos en una lengua secreta, un idioma arbitrario que desconoce la forma imperativa a favor de una avalancha de paradojas o un balbuceo que no logra articular un sentido siquiera precario. Un cruce de calles que han perdido su nombre, un cruce al que no nos llevó el transcurrir de los pasos sino la velocidad del azar. Como si la senda se hubiese convertido en una cinta transportadora que nos iba derivando inadvertidos o demasiado ensimismados en nuestros propios pies, hacia una región extranjera; como si no hubiésemos sido nosotros los lectores sino las palabras del libro convertidas en ojos diminutos de agudeza despiadada que van y vienen entre los límites de una historia que no duerme en las hojas de papel sino en los repliegues de la piel del señor,

yo voy a estar en una cabaña, sobre la loma que se alza en la línea media que divide la playa baja y la playa alta: no conozco demasiado el lugar pero estoy segura que es fácil de encontrar: es un pueblo pequeño… Y vos ¿te quedás en la península o…?,

…en el continente. Mi mujer reservó una habitación en un pequeño hotel cerca del bosque de acacias. Dicen que es un lugar muy bonito…

(Liza sonríe)

y Lucila, parada en silencio, se resguarda de los vaivenes del autobús aferrada del respaldo del asiento de su padre, que se acerca al rostro de la niña y le dice algo al oído. La niña hace un mohín de disgusto, mira a la mujer que está al lado del señor y regresa allí donde su madre se distrajo en una somnolencia liviana

(Liza sonríe)

y devuelve su atención hacia el paisaje exterior, verde y monótono. El señor no: el prefiere las ondulaciones cobrizas de su cabello o las suaves de los senos pequeños que tensan su remera o los muslos rosados y llenos que a medias se muestran bajo la línea elevada de una pollera de denim azul,

se detienen, las palabras. La piel del señor es escarpada y se le dificulta proseguir la línea de acontecimientos. Encima la gata… su mirada… Él la detesta, que aparezca de pronto y comience a mirarlo, como si buscase eso, precisamente. Alterarlo. Lograr que alucine su presencia en la de un espía enviado por la señora para hurgar en sus secretos.

La gata, que algo intuye pero tal vez confió demasiado en la habitual falta de respuesta del tipo, se sorprende y huye con torpeza, golpeando contra una mesilla con algunos retratos familiares que caen con tanta mala fortuna que al chocar contra el piso hacen estallar en pedazos las cubiertas de vidrio. El señor maldice al animal y mientras recoge los trozos dispersos, cree oír una voz que, asida de un hilo delgado, trae las letras de su nombre. Mira en derredor pero no hay nadie; se acerca al pasillo que lleva al resto de los ambientes: apenas la cadencia de un piano desandando una melodía junto a una voz de mujer en el encierro de Clarise y nada de nada en su recámara, allí donde la señora sonríe con ganas en el más apretado silencio. Sin embargo, el hilo de voz vuelve a mencionarlo… Ahora sí: tras una maceta, la efigie felina. El señor se refriega los ojos y da un paso hacia atrás, como huyendo de los ojos claros como agua de mar helado

de Liza, agazapada y con un porro en su boca. Tembloroso, apoya la mano en el pomo de la puerta y se encierra en la sala. Con el mirar clavado a la puerta como si la gata pudiese atravesarla, camina hacia atrás, un cangrejo asustado hacia el sillón donde mora el cuerpo de un libro,

es su lugar. Coteja el número de asiento en el boleto y confirma; acomoda un bolso de cuero negro en el portaequipaje y se sienta; mira hacia el fondo del autobús: la señora conversa trivialidades con Lucila y él se congratula por no haber cambiado los pasajes en la terminal y haber decidido encarar el viaje aunque les hubiesen asignado asientos separados; mira el contiguo al suyo: el libro con un título en un idioma que desconoce; permanece quieto, desatento de la llegada del señor y junto a una mochila roja y verde con unos mapas plegados y sobresaliendo de uno de sus bolsillos; el señor anticipa que su compañero ha de ser un turista, como él. O no, como él: sus lenguas al menos, las supone diferentes. En todo caso, viajaría tranquilo,

¿me permitirías pasar?, una pollera azul poco esconde de unas piernas inmejorables. El señor se levanta,

y algo obstaculiza la lectura. Como si no hubiese correspondencia entre las palabras escritas y la secuencia de sucesos que discurre por su mente. Se esfuerza, y a los tumbos consigue vadear el tramo cenagoso de camino,

¿será así el resto del viaje?, pregunta el señor, que no consigue dar con recursos de diálogo más originales: allí descubre su torpeza para los juegos de seducción. Nunca fue un hombre avezado en eso de conquistar mujeres extrañas –ni conocidas, ni siquiera a ella, la conocida, la primera: fue la señora quién se atrevió y abordó su inmovilidad cuando ambos eran dos adolescentes de escuela secundaria,

es muy bonita tu hija (el señor asiente en silencio: no quiere que las palabras se desvíen hacia ese sector del vehículo) y se parece mucho a ti,

por ahí va la cosa. La astucia y el desprejuicio de Liza corrigen la torpeza de él y echan a andar las ruedas de la intriga,

como no las hacés pero imagino qué preguntas te rondan, te cuento que viajo sola, siempre, en verano o invierno, para no estar obligada a pensar en asientos traseros cuando lo que me interesa está en el asiento que tengo al lado. Que escribo, todo el tiempo y que, me parece, tengo algunos años menos que vos. Aunque no creo que sean muchos,

mirá vos… yo en cambio…,

nada no digas nada, no dije que quisiera saber: cuando alguna persona me interesa, de alguna manera, cualquiera, necesito que me deje lugar para imaginarla, que tenga huecos, espacios oscuros: es por allí donde voy a entrar,

una escritora…

Liza abre grandes sus ojos y remeda el gesto de asombro del señor,

será que hoy es tu día de suerte: podés comprobar que existimos y somos de carne y se nos puede tocar… (la mano del señor hace un movimiento involuntario, casi imperceptible, pero no para la dueña del juego, que detiene los dedos temblorosos),

…cuando nosotros decidamos (lo mira fijo a los ojos y la devuelve a la pierna de su dueño). Además, ¿no crees que es un poco estúpido someter a tus bellas compañeras de viaje a tus arrebatos?,

el señor se da vuelta: de nuevo el hilo de voz y su nombre. La lectura lo exaspera, más por lo que se ausenta de la historia que por lo impreso en las hojas. Ni siquiera necesitó preguntarse acerca de sus domingos: hasta él sabe que en los días de Liza no existe nada parecido. El reverso del señor: en su calendario nada existe, nada soporta persistir, si no atraviesa la forma y la esencia del séptimo día,

¿de cuándo será la foto?, busca el año de edición, lo halla: comprueba que es reciente. La foto no le hace justicia: su cabello está más corto y lacio, sin aquellas ondulaciones que a él tanto le gustaban; los lentes siempre redondos siempre pequeños; la boca siempre grande siempre entreabierta. Una gota de sudor lo distrae, lo retiene unos segundos: lo suficiente para desacelerarse. Enciende un cigarrillo y avizora por entre las cortinas de qué manera ese terco domingo porfía en agotarse de frío y tormenta. Mira la punta ardiente del cilindro de tabaco; poco a poco lo acerca a sus ojos; ya puede sentir el calor en los párpados…

Continúa la lectura.

Basta de Joni Mitchell, que hace unos cuantos surcos que sugiere su héjira pero allí sigue, lúcida, sedosa, todo lo que ella sabe y ama de Joni, pero no la quiere tan diosa  y como se hartó, se lo hace saber, sin aguardar por el tema siguiente, que justamente menciona huída,

esto es el aburrimiento. Cuando te violentas con los que más amas, acierta en decirse, Clarise,

o tal vez no sea justo enojarse con la canadiense o echarle toda la culpa al hastío. Tal vez sea mi corazón, que  ya no puede recordar cómo decirle cosas al tuyo.

Aún faltan un par de horas para comunicarse con Chamo y la pantalla de la computadora persiste en el laberinto que tortura a la víctima sin rostro. Clarise se sienta frente a él, es el laberinto; a ella, es la máquina; a eso, lo que no cesa de fugar ni de fracasar en su intento. En un extremo del escritorio, una carpeta de tapas azules con una gran etiqueta amarilla llama su atención: Leandro, dice la etiqueta. Debajo, en letras pequeñas: palabras en ausencia de imágenes, por Lucila M. Se tienta; no considera impertinente darle curso a su curiosidad y hasta piensa que es una verdadera estupidez siquiera pensarlo, siquiera pensar que las ganas de hacer algo tengan que atravesar una suerte de trámite judicial que establezca lo que está permitido y lo que no -las mujeres, en la familia de Clarise, siempre acostumbraron tomar lo que tuviesen a la mano. Nunca supieron de ausencias anheladas ni de celos de posición social o corazón. Las mujeres de la familia de Clarise, siempre supieron desear lo que su piel podía tocar, lo que sus piernas estaban seguras de alcanzar. Esto es lo que ella siempre vio, de las mujeres de su familia. Y nada más. Si hubieron otras emociones, jugadas en la lectura casual de un papel escrito por el agua de lluvia o en algún curioseo inconveniente, no lo sabe. Las mujeres de la familia, además de aquellas cosas, no solían confesar los pormenores de sus intimidades,

diseminadas en unas pocas hojas, manuscritas en tinta verde con letra apretada y de rasgos cuidados, casi infantiles; un borrador, a decir de las enmiendas las acotaciones marginales y los comentarios finales indecisos entre la continuidad y la reconsideración. Pasa las hojas con velocidad, dejando que la mirada sobrevuele y que sea ella quien decida donde detenerse y progresar algún recorrido. Sucede, se detiene, lee:

…El caso es que todos bailan con el desenfreno propio de un ritual en una sala inmensa y de paredes redondeadas y cubiertas de ventanas y tantas que apenas se distingue donde comienzan ellas y donde las paredes. Casi como estar dentro de un Coliseo con techo,

y parada, en un pequeño espacio del piso de mármol azabache que refleja, como el negativo de un espejo, las siluetas de los danzantes; inmóvil, como si temiera que al moverme esa marejada desenfrenada fuese a engullirme. Cada rostro es un esfuerzo vano: todos están cubiertos por máscaras multicolores que les cubren desde los ojos hasta el extremo de la nariz. Observo, un detalle curioso: las máscaras adolecen de los agujeritos para que los ojos puedan ver a través de ellas. Pienso: gallitos ciegos, cientos de ellos, moviéndose con presteza inusitada. El sudor hiela, las sienes retumban de dolor, un nudo en el estómago… Se hace un claro en medio de la sala y aparece un cuerpo tendido en el piso: es un cuerpo desnudo de ropas y de máscara. Parece una alucinación pero no. Es el cuerpo de él. Atino a gritar, su nombre, una y otra vez gritos, que toman al silencio por asalto, como una brizna en el extremo de la pluma haría con la tinta que fluye sobre el papel blanco. Pero él no responde y se queda, recostado, desnudo y fumando un cigarrillo, lentamente. Insisto y lanzo un alarido. Los bailarines se detienen y se corren hacia los costados formando un semicírculo perfecto. Todo es quietud y es siniestro: la música ha enmudecido; los bailarines, inertes y con sus manos cruzadas por delante y la cabeza inclinada hacia el piso como hacen los deudos frente a los restos de un muerto cercano. Lo que sigue, sucede entre mis brazos: unas manos que me sujetan que me elevan que me mueven. Miro hacia los costados; distingo unos cabellos largos y rizados cayendo sobre unas espaldas y el recorte de la pronunciada curva de unos senos: dos mujeres. No puedo hablar ni moverme y no queda más que dejarme llevar hacia el hombre que sigue aspirando un cigarrillo que pareciera sin fin,

ahora estoy a su lado, a centímetros del cuerpo manso: la piel, demacrada y surcada por unos dibujos como un tatuaje abstracto y sinuoso y a sus costados unos bacinillas blancas, cada una llena con pintura, cada una con un color diferente. Hasta ahí: una de las mujeres se pone frente a mis ojos y los cierra con una de las máscaras ciegas. La otra o la misma, eso ya no puedo saberlo porque todo se ha oscurecido, toma mi mano izquierda y le apoya un pincel de madera fría y delgada. Otra la empuja con suavidad hacia abajo, hacia el cuerpo y pronuncia una palabra. Una orden, mientras apoya mi mano en la piel quieta.

las palabras, borroneadas, como la tarea escolar de un niño convencido que sus juegos no merecen ninguna dilación –ni siquiera la de una escritura pulcra- construyen secuencias de líneas amontonadas y casi ilegibles. Una turbulencia pasajera, que no alcanza a detener el impulso que Clarise le ha dado a su curiosidad,

pinta, oigo decir. Eso: me aplico a discriminar las zonas e imaginar la composición: las yemas perciben la sutil elevación de las líneas inscritas en la carne la sedosa vellosidad más intensa bajo los brazos y discontinua en el torso y en derredor a las ventanas de su nariz, la niebla áspera del cigarrillo ingresándole a los pulmones; los oídos, la bajamar y la altamar del pecho y la lengua, el recuerdo de una niña que cerraba sus ojos e intentaba saborear las diferencias del amarillo del añil o del rojo,

algo vuelve: el sudor, que antes frío y en la frente y ahora cálido y entre las piernas y crece, al descender el pincel y la pintura, al palparle el vientre, al circundar de verde y azul sus caderas -una cosa no parece estar dentro de lo previsto: el repentino trepidar del cuerpo que a medida que su mano desciende, se fuera haciendo más ostensible. Pero sigo; ya estoy en los bordes de su sexo;

sucede: la mano choca con algo que el tacto denuncia como inesperado; se apoya en el objeto extraño y lo siente sedoso, mullido, vibrante. Es algo con vida propia, eso que parece ser el epicentro del movimiento. El sudor vuelve a hacerse frío, ya no soporta la máscara, lo veo,

fumando con gesto mecánico y veo su desnudez incólume de nada que no sea su piel mortecina y

veo un gato tan negro como el piso que lo sostiene socavándole los testículos y veo una mujer con lentes redondos dibujándole un extraño alfabeto  en el pecho y veo a mamá recostada a los pies del cuerpo que fuma con el rostro hundido en el sexo de una joven que ella vio apenas durante unos instantes en el lobby de un aeropuerto…

un ruido seco, de vidrios que se rompen. Distrae la atención de Clarise y la rescata del tifón de fonemas que la sacude; mira, por encima del hombro, donde sus ojos atisban la lectura, donde Leandro se transforma en una duda investida con las letras de Chamo, donde unas palabras logran crispar sus labios por ese que le daría la vida como se la sacaría, donde ella ve los trazos de la cerda en la tela encrespando cada forma hasta alucinar la sinuosa evidencia de un culo ¿el culo de Lucila apareciera? una hilera larga y surrealista de culos como si Lucila fuese un origami de carne ¿en cada rasgo apareciera? y Chamo apoyando sus dedos en esas telas de colores sombríos con la lascivia de lenguas que soban puertas para llegar al culo de esa pendeja repetido hasta el ridículo y mira de reojo y ni una, ni una sola de esas pinceladas tiene siquiera una semejanza casual con el culo suyo. Aunque no hay contradicción ni amenaza ni nada fuera de cierta interpretación hiperbólica o de una visión de las cosas celada de ira. Chamo,

o lo único que acierta ella de él.

Tal vez le ocurre lo que tantas veces cuando nos entregamos laxos a una lectura: las palabras se despegan de las hojas y atacan. Letales. Quería distraerse en la asepsia de un ensayo escolar y acabó sometida por los latigazos de una confesión. Piensa en la confidente, en el día que la conoció en el aeropuerto, días atrás. Piensa en Chamo y piensa en un corazón que un papel remojado de lluvia acusa de haber olvidado cómo decir te amo. Piensa que la distancia con ellos excede las varas que le ponen números al tiempo y al espacio,

¿qué cosa sucederá entre ese corazón y ese recatado silencio, juntos en su distancia?

Con la mirada obnubilada por la ira o el humo del cigarrillo que distrae sus ideas, recorre la habitación y maldice a Chamo y su amor por las paredes:

y las pinturas, esos rectángulos infernales ¿no son como ventanas, dime, no lo son? Aquel, aquel, aquel otro, sus ojos señalan cada tela que sostienen las paredes del cuarto, maldita niña tonta ¿de qué te quejas, se puede saber? Ponte feliz, ¿tu deseabas provocar?: lo has logrado ¿y ahora qué carajo hago yo con esto que me has hecho?, también son ventanas desgraciado, lo son sí, lo son… ¿Por qué habrán de ser preferibles a las mías?

Será que espejos antes que ventanas, las pinturas.

La gata evalúa la dirección de sus movimientos. Sabe que estarse quieta, se puede, a condición de tener previsto de antemano una alternativa cinética. Movimiento y quietud no son estados opuestos para ella. Como su cuerpo, a la vez blando y tenso, que no cesa de desplazarse sin trayecto, que reposa sin detener su andar.

Vista con la ansiedad casi infalible de quienes se presumen sus dueños, la gata es una paradoja. Que se hace fuerte en medio del letargo, como si el espacio fuese una dimensión innecesaria. Ni las llaves, ni las ventanas, ni el uso antojadizo de una geografía –la que nos posee o la que se habita, la que nos exilia o la que se conquista. Nada que no sea el uso del tiempo, parece importarle a la gata. Una paradoja, la libertad de la gata,

que mira la mesa del comedor. Se apronta se sube se recuesta; sus ojos se enfocan en la lluvia, se mueven con el agua, se detienen: en una ventana cerrada, donde un niño, horas atrás, se desentendía del tiempo del agua de lo que se debe hacer o de lo que no. Vuelven a moverse, sus pupilas verdinegras, distraídas en una pequeña manchita blanca con motas oscuras que se mueve hacia arriba o hacia abajo: es el cobayo del niño, incapaz de comprender la habilidad del vidrio para fundir en sí, transparencia y clausura. La gata desea ese cuerpo inquieto; casi puede sentirlo, revoloteando en su boca, aquietándose lento, agonizando… Cesar, deshaciéndose entre sus fauces. Sus ojos se retrotraen en el curso de la distancia focal: el vidrio, la ventana del cobayo, la lluvia, su ventana. Puede sentir el trepidar del cazador entre las pausas. Y un ruido mínimo pero suficiente para desatarla: veloz, se apea de la mesa hacia el lado opuesto del epicentro, hacia el lavadero contiguo a la cocina. Desanda pasos lánguidos, con un suceder tan lento que en cada uno late una amenaza de pausa que se desdice en el siguiente -la marcha que incluye el reposo. Se detiene se agacha y mide la distancia. Se ha encontrado con un cuenco de plástico rojo. Se acerca y huele: el sabroso sucedáneo que los humanos fabrican para ella en ausencia de cobayos retenidos en hogares vecinos. No más llegar, hunde su hocico y devora con fruición, poseída por un hambre súbita. Eso y sólo eso atiende. Y goza con esas bolitas marrones que, a su lengua rugosa, saben como una bolita blanca y peluda.

Hubo un tiempo en que la señora estudió medicina y logró escapar; otro que la soñó entre reactivos y precipitados y logró evadirse, una vez más. Y un tercero que la capturó y la convirtió en enfermera: el sueño ajeno es paciente ante una víctima propicia.

Paciente mujer, la madre de la señora. Y ella que sin más le entregó su mano, y se dejó llevar,

cada domingo, cuando la paciente mujer y su fervor del séptimo día sometían a un grupo de ancianos olvidados a piadosas lecturas bíblicas,

fue llevada, la señora. Como un carretel de película que primero se quema y luego se enmienda con cortes de cuadro precisos. El único inconveniente era que el montaje siempre acababa siendo provisorio, como si nunca fuese a acordar un lugar definido para el cuento, como una fábula camaleónica que acomodase la moraleja a las circunstancias

o no, a las circunstancias. A los caprichos de su madre. Sólo ella parecía saber lo justo y necesario de cada momento: a veces hablar, a veces callarse, y siempre sospechar, de los momentos que nos creemos felices. Mamá y su catálogo, inmaculado y fehaciente, de las eventualidades del mundo. Inmaculada,

la solvencia de su madre para atender a los asilados. Seguramente fuese más por el temor que impone un fanático que por la convicción de los viejos. El caso es que se entregaban sin resistencia a sus indicaciones: ingerir las medicinas, asearse, acomodar sus maltrechos cuerpos de forma digna –hasta esto parecía conocer la madre de la señora: cuando era correcta o no la posición de un cuerpo moribundo. Y todo en simultáneo con versículos bíblicos, teología de digestión fácil y otras actividades que, ya se dijo, la mujer desplegaba con una eficiencia militar.

Sin embargo, un día, una tarde cualquiera, algo se interpuso entre el afán de aprehender lo correcto y la señora. Algo repentino, como la picadura de una abeja en medio de sus ojos, la dejó incapaz de separar los objetos de las sombras que emitían,

esa tarde, una sombra: la de un habitante de ese depósito de seres devenidos tiempo muerto. La recorrida marcial de la madre había salteado su habitación. La de la sombra: un anciano robusto, sentado de espaldas en el borde de la cama, junto a una enfermera aún más robusta que le sostenía uno de sus brazos. La distracción hizo que perdiera de vista a su progenitora,

para ingresar en el campo visual de la enfermera. Que a su vez, guía la mirada del anciano y lo obliga a girar su cabeza cubierta de una melena gris y desgreñada. Sus ojos encuentran los de la señora, le sonríe, la invita a pasar:

que milagro ver un cuerpo tan joven entre tanto trasto viejo. Una sonrisa y un rubor notorio, ganan el rostro de la joven; la enfermera sacude con su manaza el muslo del hombre y se disculpa con la inesperada testigo de su rutina,

¿buscabas a alguien?,

no: sólo acompaño a mi madre…

¡la beata!, grita de pronto el anciano y lanza una carcajada estridente, juvenil. La joven enmudece y la enfermera se esfuerza por disimular una sonrisa demasiado notoria…

…y seguramente te extrañó que no entrase en mi habitación. Ella jamás entraría aquí ¿no es así Rita?,

no lo escuches… Es un viejo loco que no sabe lo que dice. Tu madre es una buena mujer…

¡estupideces!, interrumpe el anciano, que vos no te creés una palabra de lo que dijiste eh? Decilo, decilo, dale,

y mientras habla, las manos del viejo revolotean por las pronunciadas ondulaciones del cuerpo de la enfermera que ya no sabe cómo hacer para juntar en un mismo rostro la risa el placer y una forzada actitud de recato,

es un caso perdido. Mejor vamos a buscar a tu madre si?..

¡dejála!.. Ella y yo tenemos que hablar,

vaya tranquila: yo me quedo unos minutos más,

dice la joven mientras se despide de la voluminosa mujer,

perdonáme si fui muy grosero… Aunque tenés que saber que no me desdigo.

La joven ríe con ganas,

sé que no voy a volver a verte y así debe ser: este lugar está bien para mujeres como tu madre, no para vos. El anciano se queda en silencio, como buscando las palabras para continuar, pero antes que te vayas, ¿podría pedirte algo..?,

la señora intuye que su mirada se ha quedado demasiado tiempo entre las sombras de una foto vieja y que ya no podrá desasirse con facilidad,

¿quisieras desabrochar tu camisa..? Sólo un momento…

Ni siquiera atinó a sorprenderse, como si supiese desde siempre que un domingo iba a entrar a la habitación de un anciano que le pediría contemplar sus pechos. Por eso, sin demora, separó cada botón de cada ojal y tras ellos, se deshizo del sostén: sus senos pequeños y vírgenes de miradas masculinas quedaron libres para hacerse ofrenda de las manos del viejo,

de la foto que aprietan sus manos. Es una foto junto a sus padres, el día de su graduación como enfermera. Su padre, apenas visible tras la figura opulenta de su madre, que mostraba un gesto de evidente descontento: frente a un médico, una enfermera es una expectativa demasiado modesta,

de la voz del viejo: ¿sabés por qué amo tanto a estas mujeres de guardapolvos blancos..? Porque cuando sus manos se acercan a mi, lo hacen con la dulzura de una madre y cuando son las mías las que se pierden en sus cuerpos, se enervan como una hembra…

Esa vez, fue la primera que la señora pudo elegir. De quien hacerse rehén.

Algo sucede, detrás de la ventana por donde la cabaña mira y es mirada, por un sol que parece crecer cada vez más, más se aleja de los amarillos suaves del comienzo del día hacia el rojo del crepúsculo. Algo, junto al sol, que crece más, más se acerca a su dejar de ser.

Entrelíneas de hombre frente a mujer (por llamarlo de alguna manera), lo que agoniza,

¿de dónde salió ese tono tan afectado? pregunta la mujer, que no se deja engañar por las declamaciones solemnes de su relatora,

ni por ese espejito espejito que decanta una forma gastada, un fondo oscuro y sospechoso. En lo personal, sueño con uno que refleje otras cosas… Además, es tu sueño no el mío -¿eso crees?,

eso intento: ponerme a salvo de los sueños ajenos: nada tan terrible como caer preso de un sueño que no me pertenece –a veces es irremediable.

El diálogo entre Liza y la escritora se ha tornado áspero, casi en el borde de la ruptura. No pueden evitarlo: desde el mismo comienzo de sus vidas, los destinos andan confundidos como si fuese uno,

creés saberlo todo –es necesario;

presumís estar en todas partes –es necesario,

¿qué sabes del amor a más de escribirlo una y otra y otra vez en una hoja de papel?: cuatro letras son menos que nada –aún así necesarias,

piensa y calla, la relatora. Y deja que Liza se exprese,

pero Liza se interrumpe: el silencio la quebranta. Tanto repudia la compañía de los otros como precisa sus voces para que la suya no se diluya en una mueca aparecida a destiempo o en el acto equivocado. Se consuela, ante la esperanza que no ha de ser un trámite perpetuo, el silencio,

del señor. Por el momento han sucedido preguntas que comienzan a darle vueltas en los márgenes de la lectura. Un milagro que demanda calma, ir paso a paso: no es probable que él se anime a correr un riesgo similar al del autobús.

Y entre la dilación y el silencio, la mirada de la relatora retorna, lo cree necesario, hacia ese territorio infestado de lugares comunes, de fábulas como esa del macho que, harto de sentirse acreedor de la sociedad conyugal, sale al terreno a revalidar su cornamenta enmohecida; como esa de la mujer que, harta de sostener un monólogo con sus fantasías sin hallar la manera de poseerlas, se recluye en expectativas ajenas. Y aunque su hombre y su mujer, no son moldes de serie, a veces se los pueda ver deambular, perdidos o demasiado a gusto en la hondonada de algún lugar común. Si eso fuera, la forma singular de la convención. Por caso la fidelidad, que él hizo suya sin darse la oportunidad de opinar al respecto,

repite en voz baja y tercera persona, la confesión del atribulado que transita el corazón inmóvil. El libro respira aliviado: el contacto necesario con las palabras del señor, surge. Decide cerrarse, no mencionar,

la fidelidad que le sucedió y su torpeza con las mujeres. Que el señor modula a su manera: sentir el deseo de acercarse pero ser incapaz de separar el principio y el fin del camino. Como si la premura fuese un mandato necesario,

procurar llama para un cigarrillo, luego de tres intentos… Hay que buscar otra alusión: esos fósforos de mala calidad que nada más encenderlos y la luz desaparece casi sin arder, como si más allá de la cabeza, el fuego no tuviese fuerzas para sobrevivir.

Él, una cabeza; las mujeres, un camino. Hasta ese viaje familiar en un autobús, sus mujeres eran dos: la señora y su hija. Liza, quizá, ha de ser la tercera,

que llega a su destino, cuando la noche se ha abierto con plenitud. Mira hacia atrás, la señora le indica que tome a Lucila en brazos, que se ha dormido. Dialoga con Liza en silencio: ninguna palabra, ningún gesto que los delate. El paso siguiente guarda las señas necesarias para cualquiera de los conspiradores que decida darlo; por lo demás, nada resta decir. La despedida de él es una mirada y unos dientes que muerden con fuerza sus labios mientras pasa con Lucila aupada en los brazos; la de ella, una boca entreabierta al andar desatento de la señora, a medio camino entre una sonrisa y un saludo. Que la relatora de las cosas, detiene: todo puede suceder siempre que prevalezca el mejor de los mundos. Donde la sucesión de instantes de la historia no se detiene,

me encantaría saber la excusa que inventaste para correrte hasta acá,

ninguna, no inventé nada: solo dí un portazo y me fui. Liza abre grandes los ojos: huele miedo en el hombre; casi no tiene dudas: cuando alguien juega tan al borde de los secretos o lo impulsa el entusiasmo o lo arrastra la temeridad. Pero el tipo le gusta y ella no está para salvaguardarlo de sus imprudencias,

me sorprendés… no te imagino entre los que hacen lo que quieren, sin dar explicaciones, es así: nunca las doy… Resuena falsa la respuesta y Liza se lo hace saber con un gesto,

en verdad, es un recurso viejo que me evita el desgaste de tiempo para construir una mentira creíble… Me peleo: busco algún motivo, el más idiota y provoco una discusión. Después, sólo resta ofenderse y al fin, lo buscado se transforma en irremediable.

Liza se acerca a la ventana para ver los últimos intentos del sol para no caer del borde del horizonte,

y ahora ¿qué se supone que estoy pensando, usted que dice saberlo todo?.. Ya sé, ya sé: ahora vuelve su estribillo preferido: hacerme hablar a mí acerca de cómo ves el amor usted –vos misma lo dijiste: él está invadido de miedo. Y si encima lo desatendés para acercarte a una ventana a divagar con tus fantasmas o para discutir conmigo, a volar a volar,

¡a volar usted!, ¿quién me puso en esta ventana? ¿quién me hizo enredarme con un corazón inmóvil? -intuyo adonde querés llegar: el problema es que por más que sepa donde conducirte, te empeñás en desconocerme,

¡andáte!.. Liza vuelve la mirada hacia el interior de la cabaña y se choca con el rostro aterido del señor,

no, vos no: sólo ahuyentaba fantasmas… Vení acercate…

¿Cómo hacer para dar los pasos que distan de su lugar hasta ella? ¿Cómo desplegar los extremos para que susciten una historia? Mira su reloj, como si fuese un cronómetro y acercarse a Liza una carrera contra el tiempo. Se vence: el tiempo y él se entregan se acercan besan la boca que aguardaba, con desesperación, torpes… ¡pero qué importa cómo se llame eso! ¡Qué importa si el sol es majestuoso, si se apaga pausado, si ama como a usted le gusta! -te equivocás…

silencio: usted escribe, yo vivo… y no me equivoco, y si lo hago es mi historia no la suya, -ese es tu mayor error,  

el desierto es un depredador paciente y artero: no impide el movimiento, sólo lo torna inútil. ¿Qué cosa hay más sencilla que caminar en ese espacio vacío de obstáculos? Camina, camina: eres libre de hacerlo cuanto quieras. Sin límites. La prueba de tus pasos serán el tiempo del reloj y los granos de arena adheridos a la suela de las botas.

Lejos de impedir el movimiento,

convierte la posibilidad en un absoluto. O hace absolutos el tiempo y el espacio. Al fin, esa es la estrategia del depredador: no atacar directamente. Asfixiar. Convertirse en destino. Que ser parte de él se convierta en anhelo. Ser un grano de arena. He allí el rasgo inútil que deviene el movimiento: nunca, jamás, nada ni nadie lo trascenderá ni lo dejará atrás. No importan las horas o los kilómetros que acumulen los aparatos de medición ni cuan sofisticada sea la brújula que señale la dirección de la meta: esas utilidades son parámetros inservibles. Debe entenderse que el único destino que aguarda en el desierto, es fundirse con él.

Espejo difícil

el misterio de ese otro
su sombra tatuada en mi piel
soy un camino viciado en círculo
que vuelve siempre a mí
la ruina de mi reloj sin manecillas
¿quién es ese otro más allá de mí
cómo llego a su respiración
al antiguo dolor de su memoria
a la cima muda de su felicidad?
no supe tensarme hacia ese otro lado
y me detuve en este nido de mí
atrapado en la noria de ser lo mismo
de ser sólo sobre mi propia sombra
sobre mi propia calesita
por este ansía
que no llegó a tener pies para salir
y me quedé en el borde
anhelando el más allá de cualquier espejo difícil
con la intuición de un otro continente
siempre en la orilla de hacer de mí
alguna otra silueta
desdibujada en la arena por la marea
mi río no devino lo que debía
su curso de piedra
fue el museo de lo que pude ser

 

hago ahora este último intento
como la mano de un otro
una conciencia ajena desbocada
que pudiera escribir sobre mí
y dijera todo esto.

Nombres y palabras

Mi universo parece estar formado por un número reducido de palabras, y de nombres, que se repiten unas a otros y los encuentro, como si tan solo estuviesen por ahí, de casualidad, pero también organizados para buscarme y encontrarme.

Parecieran formar parte de las paredes de un laberinto, con las que choco constantemente en mi ciega búsqueda, no de una salida, sino de un camino medianamente digno e inteligente de sobrellevar.

Y cuando en esa búsqueda nuevamente noto que las palabras se repiten, de repente un nombre llama a otro nombre y ese a otro que sin duda conduce al primero; entonces abro bien los ojos, y quedo atento a las palabras que siguen, al nombre que viene, que generalmente es uno más de los mismos de siempre, pero a veces no, y lo anoto y espero después con paciencia a que se repita, a que otra palabra, a que otro nombre me vuelva a llevar a esa palabra, ese nombre, y saber que es también una puerta del laberinto, un pasillo a otras palabras, otros nombres, que no son las mismas palabras, los mismos nombres, y que aunque después se sigan repitiendo y se llamen unas a otros y me busquen, me darán la garantía de que ya no estoy en el mismo sitio, que me muevo y estoy vivo, que hay un camino más allá de la palabras.

El teatro de sí mismo

En una habitación en semipenumbra, donde apenas llega el rumor de la calle, un hombre permanece sentado en la única silla sana, acodado sobre la mesa vacía. El silencio que lo rodea  parece comentar su soledad en algún lugar indefinido de su cuerpo, y termina girando sobre su boca quieta.

El hombre ya ni intenta un rictus, un gesto, en su estática figura secretea con una presión de grito, un pasado activo que ha tomado el cuerpo difuso de su sombra. Desde ese lugar en el que domina la afasia, mira distraído el marco de la puerta, los ojos inertes en una proximidad de lontananzas de eso que es el teatro mismo del vacío. Ya no piensa, abunda el desfile de personajes  que deambulan con esa terrosidad propia del pasado. Pasan y miran indolentes, ¿dónde uno que pueda llegar a ser? El pasado se levanta las solapas del impermeable negro como cubriéndose de esa ancestral humedad que cayó y caerá sobre tierra negra.

Pronuncia la palabra “yo”, como si con eso pudiera detener a esos personajes que pueblan su teatro, que cubren el escenario. Los hay de todo tipo, asesinos, filántropos, viajeros, vagabundos, empresarios, y sobre ellos se yergue el clérigo de sí mismo, el que menos quiere ver, lo enfrenta, el dogmático inquisidor,  que subyacía en un fondo inconfesado de su última trastienda, es el que viene a matar al apóstata, al agnóstico. No hay palabras entre ellos, pero con los ojos, el clérigo va ganando espacio, va apropiándoselo, va siéndolo.

¿Qué espera ahora en su forma resignada de callar frente al hombre encapuchado que quiere serlo definitivamente?, ¿qué espacio va dejándole la delgadísima voz de sí, que se hunde inexorable en el teatro sombrío de su nueva forma clerical?

No hay espejo en el que fotografiarse los ojos con la máquina de la conciencia, y entonces, ciego, dentro de la escena hace gestos y ademanes para sí como un insensato Tiresias que acusa la culpable lucidez de Edipo.

Ahora un preciso automóvil atraviesa a toda velocidad por la calle. Está solo, con su clérigo como un ropaje obligado, solo en esa nueva oscuridad dogmática que habita, donde hasta el sufrimiento más primario merece su representación.

¿Con qué palabras va a declamar su dolor en él, ese monje farsesco que lo habita como en una pesadilla?.

Las palabras, el esfuerzo para estar lejos de ellas, para irse de esa forma que ellas van contorneando, nombrando en el juego reiterado de ritualizar los nombres que vuelven, lo van dejando sin él.

Ya no lee, leer es darle tiempo a aquello que no lo tiene, prestar la propia existencia a esa eternidad quieta que viene silenciada entre dos tapas.

¿Cómo pronunciar cualquier palabra si en vez de ser alguien es el desfile de todos o el obligado clérigo de sí mismo en un escenario continuo donde se está perdido para siempre?, ¿ como leer la más mínima línea sin un yo  que sirva de ancla a ese tiempo de espera de toda palabra en suspenso?.

En las paredes, su rostro niega cualquier identidad y mata el trasfondo de su sombra. Allí, donde la penumbra del clérigo y su culpa actuada hasta el vía crucis comienzan su peregrinaje.

Ahora, arrastrando este silencio que ya lo ha dicho todo, mira fijo el piso sin nada, sin sí mismo. Preparada así la escena, sobrevendrán las miradas de esa platea continua e indefinida, de ese público inmutable que será su única luz.