Mnemothreptos, por Salvador Elizondo

Soñé que yacía en una cámara mortuoria. La blancura gélida de las paredes y el brillo diminuto y preciso de algunos instrumentos metálicos que alguien había dejado olvidados sobre la mesilla –brillan como la punta de un lápiz-tinta- hacen pensar que se trata de un quirófano infame o de un anfiteatro para la demostratio de la anatomía descriptiva.

59 palabras. El proyecto consiste en desarrollar esas 59 palabras tantas veces como

Lo permita una jornada ininterrumpida de trabajo. Se trata de obtener la amplitud de

Ese movimiento pendular de la imaginación. Se trata de escribir. Nada más

I

Sueño que yazgo sobre una losa de mármol. Si no fuera por la cegadora blancura de todas las cosas allí emana como una condición necesaria a la naturaleza imprecisa de este ámbito, pareciera más bien la  cámara mortuoria de una funeraria de beneficencia o el anfiteatro de una facultad subrepticia en un país extraño…

Empleo de la primera persona, presente de indicativo. Primer salto imaginativo.

Mal dado: la palabra yazgo es una palabra inconnotante de naturaleza fónica, ríspida

Que comporta una carga demasiado grande de realidad concreta, gravitatoria para que

la armonía de este sueño enfermizo no se rompa. Imágenes a ser construidas: la de la

mirada del rey de ese país extraño.  Sepulcros de yacientes. Mayor majestad que la de

las estatuas ecuestres. El peso de la cruz de la espada, crispada de escamadas

guanteletas; tal vez la otra presencia, la de María de Lancaster, “la pelirroja”.

II

Yaciente sobre una plancha de mármol. Si no hubiera sido por la blancura cegadora de

De las paredes que más que adivinada parecía penetrar la oscuridad y abrumarla hasta

Hacerla visible como algo muy negro dentro de algo muy luminoso que semejaba un

Quirófano de pobre categoría o un aula de anatomistas, hubiese sido como un cubículo aséptico en una inhumadora municipal gratuita o como una gruta funeraria cavada en el costado de una enorme roca.

Súbitamente la enorme piedra con que las buenas mujeres habían hecho tapar la entrada a la cueva hizo un leve ruido, como el que hace la arena al correr en el reloj. Unos granos me cayeron en los párpados, lo me hizo despertar….

Muy torpemente introducido, el elemento literario ha desbordado excesivamente

El tono de la prosa. De pronto las líneas han dado un paso vacilante en dirección al

Apólogo. Infiltración de elementos de juicio ético. Inevitables en cuanto aparece la figura

Histórica. Proyecto futuro: una historia sin moraleja, de tema evangélico. Por otra parte

Digno de celebrarse considerando anticipadamente la posibilidad de que la versión III

Entronice al Cristo como personaje de primera persona. Un problema meramente

Secuencial.

III

Súbitamente, la enorme piedra que las buenas mujeres habían hecho colocar en la boca de la cueva produjo un ruido levísimo que me hizo despertar el oído: ratas sobre vidrio molido, o como el ruido que hace la arena al pasar por el cuello del vaso del reloj. Unos granos cayeron sobre mis párpados que se contrajeron como las alas de los murciélagos en los resquicios sombríos. Abrí los ojos. Yaciente, estaba yo tendido sobre una enorme losa de piedra, envuelto en un sudario ensangrentado. Un sueño de majestades imponderables me había llevado allí, con el costado traspasado por el pilum y las manos y los pies deshechos por el aguzado hierro de las crestadas escarpias con que me habían crucificado. Si hubiera sido por la blancura cegadora que, cuando la enorme losa comenzó a desplazarse y a dejar entrar el vago relumbror de la mañana en que aquel sepulcro lóbrego, emanaba de las paredes, me hubiera creído en un aula de disecadores de Alejandría o en una de las ínfimas cámaras de la funeraria edilicia gratuita que los romanos han abierto recientemente en Jerusalén.

Basura vulgar. El nuevo “tono” ha dado al traste todo. Cabría especular sobre la

Naturaleza esencial de las blasfemias: estupro a dioses. Para resolver la versión III se me

Ocurre agregar lo siguiente:

Había yo caído en un atelier de asclepíades…

No sé quién me dictó lo de los Asclepíades. Un recuerdo de la lectura de La evolución

Histórica de las ciencias biológicas de E. Nordenskiöld, en la que se atribuye a los

Asclepíades una organización clánica familiar. He empleado el término francés atelier

Solo para darle a la escritura un carácter más grotesco. Inventé la palabra relumbror,

Para designar las fluctuaciones de la llama después de que se ha encendido el pábilo.

La otra operación sería la de verter todo el cauce de la escritura hacia una solución

Ya congruente con la del Cristo concebido como una especie de revolucionario de su

Época. Se trata, como quiera que sea, de un Cristo literario que emplea adjetivos como

“lóbrego” y que está en posesión de datos como que los romanos acaban de abrir una

Agencia funeraria gratuita para judíos indigentes. Ahora la escritura exige una solución

De continuidad hacia el exterior del sepulcro, hacia los que se han quedado afuera:

Emanaba de un bello cráter de alabastro el aroma del bálsamo que José de Arimatea había enviado para que fuera sahumado el sepulcro que hacía poco había mandado cavar en la roca.

A partir de aquí la tarea consiste en volver al asunto original. La versión IV será una tentativa de excluir a Cristo de la Pasión. Regreso, sencillamente, a esa especie de quirófano abyecto:

IV

Como una estatua; soy una misma cosa con el mármol. Voy despertando hacia la blancura de estas paredes, hacia la frialdad de estas losas. Brillan acerados los instrumentos que los preparadores dejaron olvidados sobre la mesilla. Las hojas de las cuchillas despiden reflejos violentos en la penumbra cuando la luz comienza a entrar por la ranura de los batientes de la puerta corrediza de vidrio despulido que comienza a abrirse lentamente, sin que la presencia de nadie advierta más allá del umbral. Muy cerca de mi cuerpo hay un manantial de líquido terapéutico. El perro del olfato que va naciendo en mí husmea y descubre la pista de la muerte en los algodones purulentos, olorosos a llaga, en los pequeños frascos de formol, en el reloj impertinente que me mira con su pupila de manecillas, miope como gato….

Mecánica de la acción demasiado abigarrada y farragosa. Me gusta la idea del

Perro del olfato (el lince de los ojos, etc); pequeñas antonomasias zoológicas con las

Que se podría construir una figura semejante a la estatua de Condillac.

V

Yazgo como una estatua mortuoria y soy una misma cosa con el mármol. Despierto lentamente a la blancura de estas paredes como a un piélago blanquecino; mi cuerpo comienza a ser penetrado por la frialdad de este mármol. Brilla imprevista y cegadora la máquina de morir que han dejado aquí, cuando el haz que se mete por la ranura de la puerta corrediza la toca. Los vendajes y los sudarios mohosos se pudren en el suelo. Despierta el perro del olfato cuando rechinan las puertas. Husmea entre las deyecciones hasta que encuentra la pista que buscaba y la sigue: halla la muerte agazapada en un rincón del quirófano entre los algodones purulentos. Salta sobre la presa y la devora ávidamente. Brilla en mi hocico debatiéndose y brilla con el brillo lento de la punta del lápiz-tinta. Tiene gusto a vómito. No muere nunca. El monstruo, por efecto de máquina que los romanos dejaron aquí, está aprendiendo a renacer, pero mata por efecto de la lentitud extrema de sus movimientos. Su velocidad de acción es exactamente la misma que la de la arena del reloj…

Súbitas metamorfosis. Irrupción de elementos ya totalmente fuera del control de

La razón. Todas esas imágenes son el producto de un movimiento clónico del espíritu.

“El sueño de la razón produce…” El pequeño monstruo no se ha dado a desear mucho.

“Yazgo” y “piélago” me parecen deplorables.

VI

Me sueño despertando hacia la blancura de esas paredes de quirófano deletéreo. Yaciente como una estatua funeraria me va subyugando la frialdad del mármol que me ciñe. El perro de mi olfato se despereza y husmea hacia la sombra cuando se produce un ruido levísimo y por una grieta se cuela un chorro angosto y tenue de luz eclíptica. Dijérase que alguien ha movido la losa que guarda la entrada al sepulcro. A mis pies se pudren los vendajes manchados de agua y sangre y el sudario me envuelve con un abrazo húmedo y tenaz. El perro del olfato da a la caza alcance. Sabe a vómito en el instante en que el cerdo del gusto abre los ojos de su hambre hacia la substancia en descomposición de su alimento. El ruido a ratas sobre vidrio roto solivianta al ganso vigía del oído que grazna zumbidos fisiológicos; mar de graznidos en el caracol que llevo dentro de la oreja. Laberinto de Minos: el toro del deseo; Eros, que compendia los sentidos en la blanca bestia ciega y sorda de la sinestesia. Presencia del Taurómaca más allá de la luz de la puerta. Teseo, Deseo…

…y se concreta una forma de la antitradición literaria: un género perfecto: Diatriba

Del Minotauro contra Teseo- Sólo tiene de Ariadna el cabo del hilo.

Algo así como:

Heme aquí convertido en esa escoria dictómica por la que el carnicero habrá de cruzar

Su tranchete con el ecalpelo anatómico. Las heridas que me inflingió Teseo destinan mis

Despojos con la misma indiferencia a los altares de Zeus que a los de Hades, pues mi cabeza

Cornuda y la fortaleza de mi cuerpo, si en la vida no supieron acumular más que el

Tenebroso conocimiento del laberinto, en la muerte satisfacen por igual el hambre de los

Dioses que han reclamado mi sacrificio y la de los hombres que devorarán la carne de mi

Rostro impasible y mis ojos ciegos; que con los huesos de mi testuz fabricarán copas y

Cráteras, tabaqueras, pequeños receptáculos para substancias nefandas y estimulantes;

Vasijas de i cráneo para llevar pequeñas ofrendas de panecillos a los otros. Ya soñé el

Escalofrío que recorrerá el suave vellocino negro de mis hombros cuando sólo sirva

Para encubrir, como máscara, las inconsecuencias de coribantes ebrios en la procesión

Del dios.

Es por ello que imploro a los dioses, aunque no fuera más que por haber llevado en

La vida la cornamenta que por derecho pertenecía al rey de Cnosos, me concedan la

Gracia de otra vida, el retorno al comienzo de mi tortuosa sabiduría de meandros y

Que me permitan dirimirlo, esta vez, a lo largo de mis años de libertad en la dehesa,

Para morir después a manos del Taurómaca, sobre la blanda arena del coso, oliendo

El hierro melifluo de mi sangre espesa y humeante, resoplando de ardor en el instante

En que el más jubiloso sol del mundo se derrame sobre una muchedumbre sofocada

Que me aclama como a un dios, levantando sus vasos de papel parafinado, haciendo

En mi nombre libaciones de cerveza fría…

La muerte se agazapa entre los algodones purulentos. En la luz triste que se cuela brilla como la punta del lápiz, con su pequeño aguijón. Pero el monstruo renace en cada tarascada y me mira y me retrata con su mirada fija de cámara fotográfica;….

Sueño que soy una estatua que estaba dormida y que va despertando hacia la

Blancura de esas paredes, etc…

…su mirada de carátula de despertador con las pupilas bordeadas de números como pestañas; mirada miope y fija, como de imbécil, la mirada con la que la muerte me mira.

Involuntariamente (como es lo  natural aquí), se ha introducido, antes del final

Previsto para la versión anterior, un elemento que tiene un marcado carácter

Irracional. El desarrollo de la estatua se vuelve problemático en virtud de que basta

Cualquier elemento de este tipo para romper la continuidad lógica de la escritura

(la estatua del abate de Condillac) propone como figura en un discurso filosófico.

Pero aquí se trata de un discurso literario. El personaje de Cristo no ha sido

Totalmente suprimido. A eso se debe la ineficacia de la escritura.

El carácter literario de un personaje de esa naturaleza, en esas circunstancias,

Depende de que ese personaje no tenga ningún carácter significativo; es decir:

De que no sea un personaje histórico.

VII

Sueño que soy una estatua que estaba dormida y que va despertando hacia la blancura de esas paredes de quirófano deletéreo que me circundan. Yaciente como una estatua funeraria me penetra la frialdad del mármol que me ciñe. Por la ranura de la puerta corrediza se cuela una vertical de luz eléctrica; pero todo está en silencio. Cae luz mortecina, como la arena de un reloj, sobre los párpados. El arenero de la muerte va coagulando en prodigiosas cristalizaciones los humores del ojo. Dijérase que alguien ha entreabierto apenas la puerta corrediza. Eso es imposible. El perro del olfato se despereza y husmea por los rincones hasta que descubre a su presa agazapada entre los algodones purulentos. La muerte brilla en esa blancura turbia con un brillo de punta de lápiz. Es inmortal y siempre está naciendo y siempre está mirando todo con su mirada de fotografía: mirada miope y fija, como de imbécil, la mirada con la que la muerte mira desde sus escondrijos infames cuando mata.

Aunque sintetiza la mayor parte de los elementos que ya está  definitivamente

Inscritos dentro de una unidad literaria y aunque corrige muchas deficiencias y

Contradicciones de los desarrollos anteriores, todavía no es redondo. El lenguaje es

Demasiado rígido, expositivo; falta la perspicacia de los acentos dramáticos que deben

Caer siempre en su sitio, de una técnica más atenta a la retórica y a la emoción de algún

Lector conjetural.

Por otra parte eso de “Sueño que soy una estatua que estaba dormida…” no me

Gusta.

VIII

Sueño que estoy despertando hacia un ámbito lívido. Yaciente, como una estatua mortuoria, me ciñe el blancor de las cosas del quirófano. Tienen toda la pobreza de una sala de espera de un crematorio gratuito. Hay una vertical de luz eléctrica en la ranura de la puerta y cae de la bóveda luz blanca y mortecina como arena sobre los párpados. La luz vidrea y coagula los humores del ojo. Dijérase que se oyen pasos más allá de la puerta. Es imposible. El perro del olfato se despereza y husmea por los rincones hasta que da con la presa. Descubre la pieza agazapada entre los algodones purulentos. Salta sobre ella y la atrapa. La muerte sabe renacer. Sus pequeñas garras brillan como la punta del lápiz. Sus ojos tienen la condición horrible de las navajas de rasurar desechadas.

Del desarrollo anterior he tachado la frase “…y mira como aparato fotográfico”.

Decir que la muerte tiene mirada de cámara fotográfica es invertir los términos en que

Esa correlación se plantea: la cámara fotográfica tiene mirada como de muerte. ¿Tiene

La muerte mirada de cámara fotográfica?

Es preciso a estas alturas abandonar la imagen del perro del olfato, aunque no está

Por demás establecer el paralelo de una manera cabal: el sabueso del olfato, el lince de

Los ojos; ¿el qué del oído? ¿el qué del gusto? ¿del tacto? – el gato lo la serpiente del tacto.

Continúan las infiltraciones literarias; involuntarias de mi parte (pero no de la del que

Dicta) como la de la navaja de rasurar. Me gusta más lo de la punta del lápiz.

IX

En este desarrollo los interlocutores son Sidney Greenstreet que ha quedado afuera y Peter Lorre que ha penetrado en el depósito de cadáveres.

-¿Quién es el muerto?

– El muerto es ese que se ve allí, reflejado en el espejo.

-¿Puede usted distinguirlo con claridad?

-No hay más que claridad aquí. Yace sobre una plancha de disección. Está envuelto en un sudario.

-¿Y el recinto?

-El recinto es blanco. Hay mesas de mármol para los cadáveres y mangueras de hule para llevarles las víseras…

-¿Y qué más…?

-Hay marcas en las paredes. Inexplicables. Probablemente inscripciones antiguas; vestigios memorables de anotaciones esgrafiadas por habilísimos anatomistas de la antigüedad.

-¿Se trata de un monumento?

-Probablemente. Un monumento ya desecrado por el olor de todas las deyecciones cadaverales.

-¿No está allí el cadáver de Mr. Sebastian Baalfour?

-No; sólo está ese cadáver que se refleja en el espejo.

-¿Cómo es el monumento? ¿A la memoria de quién fue erigido? ¿Por quiénes?

-No es posible precisarlo. Las inscripciones han sido deslavadas por el tiempo y manchadas por las salpicaduras. Tal vez se trata de un atelier de Asclepíades.

-¿Una fábrica de deyecciones y de malos olores tal vez?

-No, taller industrial para la fabricación de preparaciones anatómicas para la facultad

-¿Hay una gran losa que cierra la otra entrada a la morgue?

-No; solo hay una puerta corrediza al fondo. Una luz eléctrica encendida. Pero es imposible que haya alguien detrás de esa puerta.

-Comprendo. ¿Está usted seguro de que ese cadáver no es el de Sebastián Baalfour?

-Es el cadáver de una mujer.

-¿De una mujer hermosa?

-El pelo rojo le cae sobre el rostro.

-Ah; ahora comprendo.

-También hay lápices.

-¿Cuántos lápices?

-Muchos lápices – tinta. Sus puntas muy afiladas brillan como perlas negras.

-¿Está recién disecado el cadáver de la inglesa?

-No; los tajos recuerdan la secuencia de la Fábrica perseguida a lo largo de tres o cuatro días por un aprendiz acucioso y metódico…

-Se trata entonces, tal vez, de un monumento a la memoria de Vesalio.

-Quizás, pero hay en el piso vendajes manchados de sangre y guantes de hule y algodones con pus.

-¿Una capilla gnóstica?

-Nada aquí lo revela. Yo creo que aquí es el interior de la pupila de la muerte….

En el desarrollo anterior la condición automática del argumento va conduciendo toda la escritura. Ese automatismo está equilibrado por la ausencia de otro elemento, el tercero, que sería el autor acotando dramáticamente el diálogo de Sidney Greenstreet y Joel Cairo. Se trata de una anti-construcción.

X

Sueño que acabo de morir y que estoy tendido en una plancha de anfiteatro. Al fondo hay una inscripción borrosa grabada en la bóveda. Es posible diescernir: Vesalii Bruxellensis… Alguien ha escrito 3273 en mi costado con un lápiz-tinta que dejaron olvidado sobre la mesilla de los instrumentos. La punta del lápiz brilla como una perla negra.

XI

Lo que me dijo la muerte:

Tú estás aquí para cuidar de que una lámpara no se extinga. Hay muchas lámparas y no sabes cuál es la que te toca cuidar. Yo apago las lámparas y tú tienes que luchar conmigo. Si vences te diré el nombre del fuego que tienes que guardar. Si yo venzo de nada te servirá saberlo; de nada te servirá la ayuda de esos dos hombres, el gordo y el pequeñito que han violado la entrada a este lugar; de nada te servirá, si pierdes, la ayuda de Dios para salvarte.

Primera Línea, por Carlos Gardini

El cielo es un caldo rojo cruzado por tajos blancos. Colores sucios vibran en la nieve sucia. El ruido es una inyección en el cerebro. Acurrucado en un pozo de zorro, el soldado Cáceres no tiene miedo. Piensa que el espectáculo vale la pena aunque el precio sea el miedo. De pronto es como si le sacaran la inyección, dejándole un hueco doloroso. Un ruido se desprende del ruido. Un manotazo de tierra y nieve sacude al soldado Cáceres. Un silencio gomoso le tapa los oídos.
Cuando abre los ojos, el cielo es blanco, hiriente, liso. Y el silencio sigue, un silencio puntuado por ruidos goteantes, quebradizos: pasos, voces, instrumentos metálicos. El suelo es blando. El suelo es una cama, una cama en un cuarto de hospital. Un tubo de plástico le llega al brazo. Le duelen las manos.
Un médico joven se le acerca mirándolo de reojo.
—Quedáte tranquilo —le dice—. Te vas a poner bien.
—Mis manos —dice el soldado Cáceres—. ¿Cómo están mis manos?
El médico tuerce la boca.
—No están —dice, sonriéndole a un jarrón con flores marchitas—. No están más.

No era lo único que había perdido.

Los días en el hospital eran largos, un corredor de sombras perdiéndose en un hueco negro. El hueco estaba lejos. Inmovilizado en la silla de ruedas, él no podía alcanzarlo. El corredor era opaco como un vidrio de botella, y detrás del vidrio había sombras. A veces las sombras se le acercaban, y adquirían un perfil borroso. Los rasgos se les deformaban cuando se apoyaban en el vidrio, y las voces sonaban distantes, voces envueltas en algodón.
Hoy tenés un plato especial, le decía una sombra. Pollo. ¿Querés que te guarde una pata de más? Y la sombra le guiñaba el ojo, le acariciaba el pelo a través del vidrio opaco. El soldado Cáceres miraba la manta que lo cubría de la cintura para abajo. Una pata de más, repetía estúpidamente. O bien la sombra se le acercaba para ofrecerle un cigarrillo. El soldado Cáceres alzaba los muñones de los brazos, y la sombra, pacientemente, le ponía el cigarrillo en la boca, se lo prendía, lo compartía. Poco a poco el vidrio se resquebrajó. Alicia, le dijo una sombra un día, me llamo Alicia. Y la voz ya parecía de este mundo, un mundo donde los relojes sonaban y el tiempo transcurría. Alicia le contaba anécdotas de otros heridos de guerra, y de cómo se habían curado. O de cómo no se habían curado. él no hablaba nunca.
Cuando estuvo mejor (o eso le dijeron, que estaba mejor) pasaba el día frente al ventanal. Estaba en un piso alto, y mirando desde el ventanal veía el movimiento de afuera. El movimiento eran camiones militares cargando ataúdes, helicópteros descargando cadáveres y heridos en el parque, jeeps que entraban y salían, grupos de mujeres sin uniforme que traían paquetes y flores, pero el movimiento no era movimiento porque le faltaba el ruido. Sin el vidrio del ventanal habría ruido, pero siempre habría más y más vidrios aislándolo del ruido verdadero, la inyección en el cerebro. En medio del parque ondeaba la bandera. Nunca colgaba del mástil. Siempre había viento, y siempre ondeaba. El soldado Cáceres miraba la bandera y buscaba en su memoria, buscaba algo que lo arrancara del sopor, algo que rompiera todos los vidrios. Un día recordó la letra de «Aurora» y le causó gracia. Le causó tanta gracia que cuando Alicia pasó por el corredor el soldado Cáceres se echó a reír.
—Veo que estás mejor —dijo Alicia, acercándose.
—Cuándo me muero —dijo el soldado Cáceres, poniéndose serio de golpe. No se sabía si era una pregunta, o qué.

Tenía que seguir viviendo. Eso decían, tenía que seguir viviendo. Cuando pensaba que tenía que seguir viviendo se preguntaba cuál era la parte amputada, si él, eso que quedaba de él, puro muñón, o las piernas o las manos perdidas. ¿Qué le habían serruchado a qué? Había descubierto que uno era cosas que podían dejar de ser uno. Esas cosas no eran uno cuando se pudrían bajo la lluvia o la nieve en un fangal sanguinolento o entre desechos de hospital. ¿O sí eran uno? ¿Cuál era la parte mutilada? ¿Cuál era él? Que él estuviera vivo y las otras partes muertas no era suficiente diferencia. Era un misterio, y cuando pensaba en el misterio sentía ganas de llorar, y cuando lloraba pensaba en sus piernas, que al menos tendrían la suerte de no llorar por lo que les faltaba.
A veces recordaba a las mujeres. Veía enfermeras en el corredor, algunas atractivas, y pensaba en las mujeres. Imaginaba bocas, labios de vulva entreabriéndose, superficies húmedas.
Un día Alicia le puso un cigarrillo en los labios, le acarició el pelo traviesamente, le acomodó la manta bajo la cintura y por primera vez lo miró a los ojos.
—¿Cómo está mi bebé? —le dijo—. Hoy tenés mejor cara. ­No terminaba nunca de acomodarle la manta.
Él la miró entre confundido y avergonzado.
—Perdonáme —dijo.
—¿Perdonáme qué?
—Yo no puedo.
—¿No podés qué? —dijo ella.
De golpe abrió la boca como quien recuerda algo, lo miró con severidad, tal vez con asco. Suspiró, dio media vuelta y se fue por el corredor.
El soldado Cáceres la siguió con los ojos, y no supo si él no había entendido. No supo qué no había entendido. Lloraba, y a través de las lágrimas vio de nuevo el vidrio, cada vez más grueso pero menos opaco. Los otros ya no eran sombras. Tenían peso y consistencia, y tenían más peso y consistencia que él. Quería recordar, pero sólo encontraba hilachas de recuerdos humillantes. Un chico roba una revista de un quiosco, y lo sorprenden. El quiosquero no lo castiga, no lo denuncia, sólo dice que no te pesque otra vez. Cuando el chico vuelve al quiosco para comprar el diario para sus padres, sufre de nuevo la vergüenza, pues no sabe que para el quiosquero es sólo una travesura olvidada. ¿Cómo purificaría esos recuerdos, cómo les daría una forma que coincidiera con el dibujo acabado de una personalidad, algo que fuera sólido y no simplemente ridículo? Ahora todos los recuerdos serían así. La mirada de Alicia sería siempre un reproche, un que no te pesque otra vez. Ahora siempre se recordaría como ridículo, una cosa sin forma rebotando en un mundo de gente sólida. Un día estaba acurrucado en su pozo de zorro. Siempre había tenido miedo, y había hablado del miedo con sus compañeros, pero ese día no tenía miedo, o estaba dispuesto a pagar el precio del miedo, y una bomba lo había despedazado. Era ridículo y doloroso, y ni siquiera había heroísmo, sólo una absurda falta de miedo.

Estaba mirando por el ventanal, viendo cómo los helicópteros aterrizaban en cámara lenta en medio del viento, y pensando nunca más, y preguntándose nunca más qué, cuando se le acercó un oficial. Al oficial le faltaba una pierna, y la cara era vagamente familiar. El soldado Cáceres recordó que lo había visto varias veces en el hospital, hablando con otros pacientes.
—¿Cómo va eso? —dijo el oficial, acercando una silla de metal pintada de blanco y sentándose a su lado. Manejaba la muleta como un arma, como un privilegio.
Cómo va qué, pensó el soldado Cáceres, pero no dijo nada. Sonrió vagamente, como diciendo ahí anda. Era un oficial de reclutamiento de los grupos especiales MUTIL. El soldado Cáceres miró la insignia del brazo izquierdo. Entonces notó que estaba la manga, pero no el brazo.
El oficial le habló pausadamente. Sin duda él había oído hablar de las unidades MUTIL, aunque no las hubiera visto en combate. El soldado Cáceres sí las había visto en combate, pero no lo aclaró. Sabía que MUTIL era una sigla, dijo. Móvil Unitario Táctico Integral para Lisiados, explicó el oficial, y se lo escribió en un papel. Después le preguntó si tenía interés. El soldado Cáceres no respondió, y el oficial no repitió la pregunta. Siguió hablando. Mientras él hablaba, el soldado Cáceres pensaba en el ruido, y también pensaba en mujeres. También pensaba que el oficial no le había preguntado cómo se llamaba, e inexplicablemente eso lo deprimió.
—Acepto —dijo de golpe.
El oficial lo miró sorprendido, cortado en medio de una frase. Al fin sonrió y se levantó. No tuvo el reflejo embarazoso de querer darle la mano. Le palmeó el hombro.
—Sólo una cosa —dijo de pronto, como si acabara de recordarlo—. ¿Usted no es judío, verdad? ¿Cómo dijo que se llamaba?
El soldado Cáceres, aliviado, le dijo cómo se llamaba.
—Bien, Cáceres. Le haré llegar los formularios.

El mes siguiente ingresó en un campo de adiestramiento MUTIL. Llegó en un ómnibus militar junto con otra tanda de mutilados dados de alta en el hospital. Todos tenían una franja de tela blanca en el pecho, con el apellido en rojo sobre la tela verde oliva. El rojo los identificaba como miembros de la fuerza especial. Los mandos del ómnibus estaban adaptados para lisiados. El chofer era un suboficial con las piernas inutilizadas. Reía constantemente, y tenía la radio prendida. Por la radio pasaban un programa preparado especialmente por el enemigo. Una locutora de voz dulzona elogiaba el valor de los soldados que creían combatir por su patria, engañados por un gobierno inescrupuloso. Elogiaba su valor, pero les decía que no valía la pena. Para ellos la guerra estaba perdida. El suboficial subía y bajaba el volumen continuamente, como si quisiera despedazar esa voz. Después venían segmentos de música folklórica, y el suboficial tarareaba convulsivamente. Cuando llegaron al campo de adiestramiento, apagó la radio.
—Estamos llegando, chicos —anunció, siempre riendo. Y prendió la radio.
El soldado Cáceres, que viajaba cerca del asiento del conductor, le sonrió extrañamente.
—Antes de la guerra era colectivero, después me enganché —le dijo el suboficial, frenando y abriendo las puertas dobles del ómnibus. El soldado Cáceres siguió sonriendo, pensando que era una broma. El suboficial apagó la radio—. ¿Vos qué hacías? —le preguntó.
El soldado Cáceres tardó en entender la pregunta. La guerra había durado años. El antes de la guerra pertenecía a un pasado remoto.
—No me acuerdo —dijo. Y era cierto, no se acordaba. Algo había muerto dentro de él. O quizá el recuerdo estaba en sus piernas o manos perdidas.
El suboficial prendió la radio. La locutora describía la habilidad de los grupos comando enemigos.
—Debe estar bien esa mina —dijo el suboficial—. ¿Te la imaginás con una muleta en el culo?
Ese mismo día les dieron la primera clase. Los dividieron en grupos, y cada grupo tenía un oficial a cargo de la instrucción. El oficial a cargo no los trataba con piedad, ni con respeto, ni con nada. Los trataba como soldados. El oficial instructor del soldado Cáceres era un capitán sin una pierna, y sin una mano, y no lo disimulaba. Exhibía con orgullo las mutilaciones, y él también manejaba la muleta como un arma. En lugar de la mano que le faltaba, la derecha, usaba un garfio retráctil de cuatro dedos. Se plantaba frente al pizarrón, apoyándose con firmeza en la muleta cromada, y tomaba la tiza con el garfio. Trazaba líneas rectas, sólidas, puras. Jamás le temblaba el pulso.
Lo primero que hizo fue describirles en detalle una unidad MUTIL. Cada unidad MUTIL era básicamente un minihelicóptero con autonomía de vuelo limitada que portaba gran cantidad de armamento de corto alcance. Cada unidad básica era provista con los accesorios que necesitaba cada soldado. Ninguna era igual a otra, pues cada cual respondía a un repertorio específico de mutilaciones. Los accesorios reemplazaban piernas y brazos, pies y manos, caderas y tobillos, y mediante piezas de plástico o metal se conectaban con los mandos: pedales, palancas o botones accionaban las armas y orientaban los rotores. Utilizaban la última tecnología médica en materia de prótesis, decía el capitán, y en ese énfasis se notaba la pobreza, la sofisticación de la pobreza. Una unidad MUTIL era mucho más costosa que un infante, pero menos que un blindado; como arma antipersonal era mucho más rentable que una bomba de alta potencia, y mucho más barata que un avión derribado. Una escuadrilla de unidades funcionaba perfectamente como primera línea de ataque, pero en tierra eran vehículos torpes, enormes y grotescas sillas de cuatro ruedas. Los rotores eran plegables, para facilitar el transporte. El capitán dibujó y explicó todo esto con precisión, y luego les explicó por qué estaban allí. Estaban allí porque los mutilados eran una carga en la paz, una pensión costosa para el Estado, una aflicción para los parientes, muertos en vida. Pero tenían algo más, mucho más que los enteros. Tenían temple. Se habían templado como acero en el fuego de la batalla. Templado como acero, repetía, como si él hubiera descubierto la frase. Estaban allí porque él iba a hacerles parir al héroe que tenían adentro. No eran la resaca sino la élite. El que no pensara así podía pedir la baja y pudrirse en la vida civil, una vida de llantos, pensiones y recriminaciones sordas.
Al día siguiente cada cual recibió su propia unidad adaptada. En la parte frontal tenían un blindaje, con una insignia pintada, un sol militar sin rayos.

El entrenamiento empezaba en la madrugada. Estaban lejos del frente, pero a menudo veían pasar, desde la pista de asfalto donde practicaban, aviones volando rumbo a la zona de combate. Las escuadrillas que volvían eran menos numerosas que las que iban. El soldado Cáceres oía el ruido en el cielo y recordaba ese cielo de ruidos, y cómo le habían sacado la inyección del cerebro. Sentía rencor contra el silencio. Creía haber encontrado una solución, un modo de purificar sus recuerdos, y la clave era el ruido.
El capitán los hacía maniobrar en formación sobre la pista de asfalto. Hay que destruir despiadadamente al enemigo, decía. Como él nos destruyó a nosotros. Cada pieza de metal cromado, cada pieza de plástico opaco, debía ser una prolongación del cuerpo del mutilado. El soldado Cáceres ahora tenía manos, manos de acero. Con las manos de acero impulsaba torpemente las ruedas de su unidad, encendía el motor, y el viento del rotor principal le abofeteaba la cara donde no lo cubrían los anteojos ni el casco. El capitán los hacía desplazar rítmicamente sobre la pista, y era como ensayar para una comedia musical extravagante.
Como un ballet, decía el capitán. Tiene que salir como un ballet.

Los domingos tenían descanso. Era el día de la misa y el descanso y los juegos. Los curas que daban la misa y confesaban estaban enteros, o parecían enteros bajo las sotanas, y eso contribuía a aumentar su aura de santidad, o irrealidad, o extrañeza. En el campo de adiestramiento no había ningún entero, y un cuerpo sin mutilaciones empezaba a parecerles una cosa deforme. El soldado Cáceres creía notar un destello de reproche en la mirada de los curas, algo parecido a la mirada severa de Alicia.
Los curas hablaban de la paz de Cristo, pero la guerra no tenía descanso. Las estelas de los jets surcaban el cielo, y el estruendo les llegaba en oleadas convulsivas aun durante la misa. Ese estruendo evocaba las llamaradas, los gritos, los borbotones de sangre, las máquinas al rojo vivo fundiéndose con los moribundos.
El domingo era día de sermones. Después del sermón de la misa venía el sermón del jefe del campo, que les hablaba de patriotismo y vocación de servicio. El que no tiene patriotismo ni vocación de servicio, decía, ése es un discapacitado. A media mañana venía el sermón informal del capitán. Ese día se mezclaba con ellos como uno más, pero cuando hablaba recobraba la autoridad, siempre dispuesto a que cada cual pariera al héroe que llevaba adentro. La guerra no es inhumana, decía. Los animales no saben hacer la guerra. No hay nada más humano que la guerra. No hay nada más humano, decía con voz acerada, que la guerra.
Antes del mediodía jugaban al básquet. Formaban equipos, y usaban las unidades MUTIL para jugar. Hasta el juego formaba parte del adiestramiento: tenían que adiestrar ese cuerpo nuevo para ser soldados. Soldados más perfectos, decía el capitán. Cualquier hombre sabe matar, pero sólo ellos eran verdaderos hijos de la guerra. Debían el cuerpo que tenían a la metralla del enemigo. Tenemos este cuerpo, decía, gracias a la metralla del enemigo. Y se señalaba el garfio retráctil, con orgullo y con odio.
El domingo era día de bromas. Bromeaban entre ellos cuando jugaban. Che paralítico, se decían cuando alguien no se desplazaba con agilidad. Che manco, se decían cuando alguien no atajaba un pase. Era día de bromas y de risas. Eran risas nuevas, risas de media boca, risas tuertas, risas con media cara congelada para siempre en un rictus de cólera o fastidio. El soldado Cáceres tenía la cara entera, y los músculos faciales en buenas condiciones, pero aun así la risa se le había endurecido. No porque fuera una risa parca, o rencorosa, pero sospechaba que para los enteros pronto sería tan ilegible como la mueca de un simio. Alguna vez había leído que en los perros el bostezo significa gratitud hacia el amo. No sabía si era cierto, pero sí sabía que en él un bostezo ya no significaba sueño ni aburrimiento, sino simplemente que la cara se le contraía en un gesto que significaba algo que hasta entonces no había existido, que nacía con ellos.
El domingo era día de truco por la tarde. Era un truco diferente. Las señas no siempre servían; estaban pensadas para caras enteras, plásticas, no para máscaras medio quemadas, o medio paralizadas. Los mancos de una sola mano aprendían a barajar con esa sola mano. Los que no tenían ninguna aprendían a usar los garfios, y nadie los ayudaba. Cuando estuvieran bajo el fuego nadie los ayudaría; vibraciones nerviosas prolongadas en vibraciones eléctricas serían la diferencia entre la vida y la muerte. Eran partidos tranquilos, sin risas ni cantos floridos; los cantos eran como repeticiones mecánicas, una música de pianola.
El domingo era día de camaradería. La camaradería era aprender a amigarse con uno en la imagen de los demás. Cuando entraran en combate, no habría demasiada coordinación. Sólo órdenes por radio, un blanco, y la voluntad de destruir y sobrevivir. Sólo acciones individuales, pero similares. La camaradería era un espejo partido, y ellos eran los pedazos.

Las últimas semanas empezaron las maniobras más intensas. Muchos habían sido descalificados. Algunos no habían podido acostumbrarse a orinar y defecar regularmente en los tubos de sus unidades: aunque nadie lo notara, se sentían desnudos. Otros querían volver a su hogar o su familia. Muchos ya tenían el suicidio pintado en la cara. Los restantes sólo esperaban el momento de matar y mutilar. Cuando hablaban, si hablaban, nunca se preguntaban dónde habían estado antes, cómo los habían herido. Antes no habían existido. Sólo ahora se estaban pariendo.
Las unidades MUTIL avanzaban como enjambres sobre las defensas enemigas. El porcentaje de bajas por misión estaba calculado en un cincuenta por ciento. Eso incluía no sólo a los derribados por el fuego enemigo, sino a los derribados accidentalmente por sus compañeros, a los que se estrellaban por falta de combustible, a los que caían por fallas mecánicas en el equipo. El secreto era buscar el trayecto más corto hasta el blanco, aprovechar las municiones para causar el mayor daño posible y contar con mayor seguridad en el momento del descenso. Llevaban poco combustible porque con menos combustible se cargaba más armamento, y además se evitaba que la acción conjunta perdiera concentración por un inoportuno exceso de iniciativa individual. Las unidades MUTIL abrían brechas, y en esas brechas penetraban la infantería y los blindados, con pérdidas mínimas.
—¿Por qué el enemigo no ha adoptado un equivalente? ­preguntó una vez el soldado Cáceres.
Lo había intentado, explicó el capitán. No con mutilados de guerra. Habían usado unidades móviles con soldados enteros, pero no habían resultado. Eran costosas, por el gran número de bajas, y poco rentables, porque jamás tenían el ímpetu, el coraje, la voluntad de llegar a cualquier precio. Para esto, dijo el capitán, hace falta patriotismo. Para esto hace falta patriotismo, repitió. Además los otros no eran hijos de la guerra.
Las maniobras no eran la guerra, pero se parecían bastante. Los que sobrevivieron a las maniobras fueron despedidos por el capitán una mañana de lluvia, en una ceremonia sencilla donde fueron felicitados por el jefe del campo de adiestramiento y bendecidos por un capellán que no los miraba a los ojos. En el blindaje de las unidades, junto al sol sin rayos, les pintaron una inscripción en rojo:

LA VIRGEN NOS PROTEGE.

     Cuando se abrieron las compuertas del avión de transporte el soldado Cáceres vio la nieve y puntos negros en la nieve. El avión acababa de girar trazando un arco y ahora daba la cola a las líneas enemigas. Globos de humo negro estallaban en el aire. Las unidades MUTIL se acercaron torpemente a las compuertas. Bajarían en paracaídas y en medio de la caída pondrían los rotores en funcionamiento.
El soldado Cáceres cayó girando en el aire, abrió el paracaídas cuando estuvo horizontal, sintió el tirón brusco del cordaje, vio que algunos se enredaban en el cordaje y se estrellaban. Alrededor se multiplicaban las explosiones. Un viento frío le golpeaba la cara, mezclándose con ráfagas de aire caliente. Dejó de mirar alrededor, pues el secreto era mirar hacia adelante. No se apresuró a maniobrar para evitar los proyectiles enemigos, pues sabía que el combustible no le permitía el lujo de apostar más al miedo que a la suerte. Esperó, y cuando estuvo cerca del suelo desplegó los rotores, los puso en marcha y soltó el esqueleto metálico donde estaba enganchado el paracaídas. Avanzó casi a ras del suelo, en línea recta. Allá adelante la nieve estaba entrecruzada de cicatrices. Las cicatrices eran trincheras, y después de las trincheras había un bulto que parecía un depósito de material o una barraca. Apretó botones y palancas, moviendo frenéticamente todo el cuerpo, reservando los explosivos más potentes para último momento. A medida que se acercaba a las posiciones, la cortina de fuego se hacía más densa. Las venas le palpitaban como si tuvieran un exceso de sangre para un cuerpo que ya no necesitaba tanta. Cuando estuvo a poca distancia, descargó los proyectiles explosivos. Al lado vio pasar las estelas de los proyectiles de otros compañeros de escuadrilla. Un instante antes había carpas, blindados y redes de camuflaje, al siguiente llamaradas y cuerpos viboreando en el aire como cables pelados en la tormenta.
Aterrizó en la nieve cenagosa y esperó. A pocos metros descendieron otros compañeros. Algunos estaban en llamas. Atrás las primeras fuerzas de asalto desembarcaban de los helicópteros y terminaban de limpiar el terreno. Alrededor la nieve sucia estaba manchada por lamparones de sangre. Era como si la tierra menstruara, renovándose. Sentía de nuevo la inyección en el cerebro. El ruido le taladraba los tímpanos como si su cabeza fuera una caja de resonancia. Una voz ladraba órdenes por la radio del casco. A lo lejos, en el horizonte de humo, helicópteros en llamas caían del cielo.
Como una lluvia de maná, pensó el soldado Cáceres.

Una hora más tarde los helicópteros descargaron al personal de auxilio. Eran técnicos ceñudos y eficaces, y trabajaban con la rapidez de los mecánicos en las pistas de carrera. Cambiaban el tanque de combustible de cada unidad intacta por uno lleno, ajustaban las piezas flojas, descartaban las inútiles, renovaban las municiones, daban el visto bueno y revisaban las unidades derribadas en busca de material rescatable. Después las unidades MUTIL se remontaban nuevamente desde el terreno consolidado. Avanzaban un centenar de metros, abrían nuevos claros en las defensas, hostigaban al enemigo en retirada o reconocían la zona. La única forma de pararlas era destruirlas: ninguna retrocedía, ni se posaba en la tierra de nadie, donde sería demasiado vulnerable. Si el tripulante moría, casi siempre seguía disparando y a menudo se estrellaba contra las líneas defensivas. Cada etapa de la batalla pronto se volvió rutinaria para el soldado Cáceres. Despegue, vuelo en línea recta, descarga del material, compás de espera. Sólo en esa última fase se daba el lujo de observar la batalla, inmóvil como una osamenta fosilizada en medio del fuego de ambos bandos. Y entretanto recordaba, claro que recordaba. Alicia. Mujeres. Pero las caricias tibias, la humedad salada, los labios entreabiertos, ya no podían compararse con la sangre, el aceite y el humo. Una sensación nueva le hormigueaba en los garfios de acero, en las piernas cromadas. Poco a poco se iba purificando. A fin de cuentas, el precio del espectáculo había valido la pena.

El tiempo ya no se medía en semanas o meses sino en desgarrones y convulsiones, un tiempo de tierra en llamas. Fuerzas gigantescas despedazaban la tierra, y el soldado Cáceres era un Cáceres entre muchos. Todos eran hermanos, fragmentos de un espejo partido.
Y de pronto hubo un silencio.
Era un silencio inmenso que se extendía sobre la tierra calcinada, sobre la nieve ennegrecida de lodo y sangre. El soldado Cáceres amaba esos silencios que puntuaban los momentos de gloria. Cesaban los estampidos de la artillería, el paleteo de los helicópteros, el rugido de los jets, el crujido de los blindados. Era como el silencio que sigue a la creación de un mundo, una paz de domingo. Hace mucho tiempo, pensaba Cáceres, la tierra vomitó sus vísceras, manchándose con sus propios excrementos. Después quedó agotada y las vísceras se convirtieron en cosas brillantes y cristalinas, y en algunas vetas de su corteza la tierra guardaba esos recuerdos, capas geológicas de paz seguidas por nuevos arranques de violencia. Si uno estudiaba esa corteza, descubriría que la tierra estaba orgullosa de sus mutilaciones.
En esos silencios, el cielo era una membrana tensa, y todos esperaban.
Los prisioneros esperaban. Detrás de las alambradas, las caras desencajadas por el frío, por el recuerdo del frío, esperaban un traslado, un plato de sopa, un cigarrillo. Los combatientes esperaban. Limpiaban las armas, se paseaban nerviosamente, charlaban. Los heridos esperaban. Los muertos esperaban. La tierra esperaba.
Ellos también esperaban, pero su espera era diferente. Las unidades MUTIL se movían grotescamente en la nieve blanda, como grandes coleópteros, y la espera era un domingo. Nadie se les acercaba, nadie les hablaba. Sólo recibían miradas donde el respeto se mezclaba con el odio. ¿Se les notaba en la cara? ¿En la retina les quedaban grabadas las grandes visiones, la tierra abonada por los muertos, los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná?
Pero esta vez el silencio se prolongó. Era como un telón.
Como un ballet, recordó el soldado Cáceres.

Los helicópteros llegaron de noche, barriendo la nieve con haces blancos que de pronto eran círculos rosados y de pronto una luz sucia y polvorienta bajo una mole oscura que eclipsaba las estrellas. Varios integrantes del personal de auxilio bajaron de ellos, con movimientos urgentes, con listas en la mano. Empezaron a llamarlos por el nombre. Era raro, porque a un soldado MUTIL nunca lo llamaban por el nombre, nunca lo llamaban: le dictaban órdenes por radio, pero las órdenes eran voces grabadas, porque más que órdenes eran exhortaciones rítmicas, música de ballet. Además de raro era poco práctico, porque la mayoría de los anotados en las listas ya no estaban presentes.
La gente del personal de auxilio los hizo formar frente a los helicópteros. Les plegaron los rotores, y los subieron uno por uno. Después los helicópteros treparon en la noche y volaron hacia la retaguardia. Dentro de la cabina todos callaban, y había olor a miedo.
Los helicópteros de transporte aterrizaron en una base iluminada por reflectores. Llegaban, descargaban y despegaban enseguida para regresar al frente. Unidades MUTIL de distintas escuadrillas se estaban concentrando en la base. Las hacían esperar en la pista, en medio del ruido y del viento, y después las conducían a un galpón enorme rodeado por latas con brea encendida.
El interior del galpón estaba alumbrado por lámparas desnudas que despedían un fulgor amarillo y sucio. En el fondo había una tarima con un micrófono. Esperaron un par de horas, mientras el galpón se llenaba de combatientes. Afuera, el paleteo de los helicópteros de transporte era incesante. Varios PM se paseaban en los espacios vacíos, jugando con sus cachiporras blancas. No había ningún oficial MUTIL.
Al fin entró un coronel con uniforme de combate y casco. Era un entero, y tenía la cara roja, agitada, como si lo aguardaran asuntos más urgentes. Subió a la tarima y acomodó el micrófono.
La patria les está agradecida, dijo, y el soldado Cáceres sintió una punzada en el vientre. Pronto habremos conseguido una paz justa, y la patria les está inmensamente agradecida. Una paz justa, pensó el soldado Cáceres sin entender. A través de los ojos empañados aún veía los helicópteros en llamas lloviendo del cielo como maná. Las generaciones venideras, dijo el coronel, conocerán las hazañas de hombres como ustedes, y grabarán sus nombres en el libro de la historia grande de nuestro pueblo.
Mientras hablaba el coronel, el personal de auxilio entraba empujando sillas de ruedas. Algunos empezaron a separar los cuerpos de los combatientes de sus piezas cromadas. Trabajaban expeditivamente, como cuando estaban en la zona de combate. Los separaban de las unidades móviles, los instalaban en las sillas, les arrancaban la tela blanca con el apellido en rojo. Otros desmantelaban cada unidad MUTIL desocupada, amontonando las piezas en cajas de embalaje: armas, prótesis, cascos. Otros miembros del personal tendían cables a lo largo del costado de galpón, e instalaban bultos que parecían explosivos en las esquinas y entre las vigas.
No sólo han infligido al enemigo pérdidas materiales, dijo el coronel. No sólo le han infligido pérdidas materiales, repitió, como si no recordara qué decir a continuación. Le han dado una lección moral, añadió resueltamente, una lección de hombría y coraje. Por eso mismo ellos querrán ensañarse con ustedes, utilizando estas unidades que nos enorgullecen como instrumento de propaganda, como una acusación. Querrán transformar su gloria en ignominia, pero no lo permitiremos, porque ustedes les darán una lección de amor a la paz. La justa paz que hemos pactado necesita esa lección de amor.
Las palabras retumbaban secamente en el galpón amarilleado por las lámparas. A su turno, el soldado Cáceres fue separado de su unidad e instalado en su silla de ruedas. Cada cicatriz del cuerpo le palpitaba.
El discurso terminó con una exhortación que sonaba como un reproche. Cuando los sacaron del galpón, todos tenían la cara desencajada, caras de doblemente mutilados. Sin ceremonias, casi con sigilo, el personal de auxilio los empujó hacia otra pista donde esperaban aviones de transporte. Sobre sus sombras panzonas volaban remolinos de nieve polvorienta, y en los remolinos se enredaban órdenes y gritos. Silla tras silla los subieron en los aviones.
Las turbohélices empezaron a girar y el rugido del avión acalló el rugido del viento en la mente del soldado Cáceres. Mientras el transporte carreteaba por la pista, miró hacia el galpón, que temblaba a la luz de las latas de brea. Los hombres del personal de auxilio seguían desenrollando cables.
—¿Qué hacen con las unidades MUTIL? —preguntó el soldado Cáceres a un suboficial.
El suboficial sonrió.
—Nunca hubo unidades MUTIL. Ahora, chicos, volvemos a casa.
El avión despegó y viró trazando un arco sobre la pista. Allá abajo una sombra hizo señas a otra y una secuencia de explosiones despedazó el galpón mientras ellos ascendían. Las llamaradas arrancaron destellos a la nieve arremolinada.
En la cabina penumbrosa, el soldado Cáceres miró a sus compañeros: un Cáceres tras otro, imágenes de un espejo partido. Rezando, preparándose para afrontar la paz.

(c) Carlos Gardini

Jorge Della Picca (1949 -2016)

JorgeQueridísimo Tantalioso Jorge

Dueño absoluto de la admiración de nosotros, los que quedamos de este lado del umbral de la palabra -tú palabra-

Quijote sano de toda locura.

Almacén de historias y metáforas y miles de millones de palabras dichas y no dichas, que te llevaste para escribir en cualquier cielo.

Jorge, querido, tu coherencia y dignidad no eran de este mundo.

Gracias por tanto.

Tantalia

En la montaña, por Sara Gallardo

“Si dejo de mirarlo.” Y dejaba de mirarlo vaya a saber por cuánto rato. Estaban mis heridas.

Estaba el sol, también. A esa altura el sol es otro, no imaginable. Correspondiendo, la sombra también es otra. Buscar reparo es meterse en el hielo; buscar abrigo, ir a la hoguera. Así se muere, de dos zarpazos, en la indiferencia de la montaña.

Sin cordillera, sin cóndores, sin sol, sin sombra, las heridas hubieran seguido estando: mi pierna rota, mi brazo roto, mis costillas rotas, algo en el costado de la cara.

Y estaba la sed. La sed valía por todo.

Alrededor, picos nevados, cortes de carne cruda, pampas de oro falso como la muerte.

¿Por qué estaba solo? Una herradura cerca de mi pie, un cañón, eran mi compañía. Ni un cadáver, ni una voz, ni un arma. Y el cóndor esperando.

Pensé: estoy muerto. El dolor me desmintió.

Comprendí que me había desbarrancado, a no du­ dar por culpa de la mula. Siempre nos odiamos. Habrá caído, de pura maldad, arrastrando pedruscos, arras­ trándome, el cañón saltaría de su lomo. Podía jurarlo: siguió de largo —la herradura era su tarjeta de despedi­ da—, y estaba más abajo según insinuaba el atareo de los cóndores sobre algo cercano. Si podía alegrarme me alegré.

Sirvieron de señal, supongo, los cóndores.

Abrí los ojos —la luz había cambiado—, una mordaza me ahogaba, era mi lengua. Un hongo se deslizaba a mi lado, o tortuga (volví a pensar que estaba muerto), o más bien figura humana bajo un cuero, furtiva, encor­ vada, armada. Luchaba con los cóndores por la mula.

Dije:

—Por Dios…

No me salió la voz.

Grité:

—Hermano, por el amor de Dios.

El recuerdo siguiente es la oscuridad, sin sed, atado como un salame. Hay un ruidito: chac-chac. Es mi yes­ quero. Una pequeña llama surge, veo al ser, veo un brillo en su frente calva. Se inclina a hacer fuego. El fuego se levanta. Él solloza inclinado ante la llama.

Es de día. El lugar resulta ser una cueva. Sigo atado —medicinalmente— con tiras de cuero peludas. Unas ro­ cas cierran la entrada. A cierta hora las oigo remover, cierro los ojos, espío. El personaje envuelto en cueros de pelambre pálida vuelve a clausurar la entrada; antes de mirarme se concentra en el rescoldo, que le interesa mu­ cho más que yo.

¿Por qué me cuesta decir el hombre? Su emoción an­ te el fuego, su cuidado por mí son bien humanos. Su calvicie habla de sangre blanca. Algo me lo vuelve temi­ ble. Ante todo, su negativa a hablar.

Frente a él cambio. Yo, espontáneo, me vuelvo astuto. Corajudo, le temo. Agradecido, me obliga al rencor.

Dos recuerdos más: días en que ahumó los pedazos de mula arrancados a los cóndores, la papilla con que me alimentó. Al restablecerme descubrí que era carne de la mula masticada por él.

Pasaron meses. Ceñudo, gigante, ojos celestes pegados a la nariz de pico rojo, agazapado ante el fuego. Y yo que­ riendo hacerlo hablar cuento historias, canto, hasta recito décimas, para nada. Sordomudo, ni pensarlo. Cuántas ve­ ces no le hablé sobresaltándolo con el sonido, haciéndole volver la espalda furioso. Mi batalla era hablarle. La de él, callar. Como no pudo convencerme, una vez me tiró una piedra. Pequeña, pero de efecto suficiente sobre mis heri­ das. Acepté el silencio. Era renunciar a la amistad.

Español, decidí. Vasco, montañés. Desertor. O co­ mo yo, un desecho. ¿Qué me lo decía? Lo de vasco, su físico. Lo demás, sensaciones.

Llegué a pensar que mi uniforme le impedía hablar­ me. Gusano que roía el imperio. Pero allá arriba, ¿qué era esto? Sonaba a nada. La verdad para mí era que se negaba a lo humano. A pesar de que me había salvado a costa de muchos trabajos éramos enemigos. Por eso, por el silencio.

Pero ¿por qué quería callar?

Para dormir desaparecía en un rincón, supuse que la cueva hacía un codo, después lo comprobé.

El miedo —como si la montaña con toda su maldad se hubiera concentrado en su persona— hizo que al me­ jorar me fingiera más débil de lo que estaba. Cuando sa­ lía y todo ruido se extinguía —menos el viento y los ru­ mores de la altura— me atrevía a sentarme.

Después me arrastré, gimiendo, comprendiendo que mi salud estaba lejos, que debía entregarme al tiempo y a mi anfitrión si quería vivir.

Entregarme, qué palabra. Entregarse es hablar, decir su nombre, ponerse al tanto.

Cuando pude dar unos pasos vi su yacija, sus teso­ ros: el cañón, correajes, restos de uniformes, de armas patriotas y españolas, el arnés de la mula, herramientas de piedra.

Pasaba horas y horas solo. Él salía de caza. Com­ prendí que en previsión del invierno. ¡El invierno! Fui herido en primavera, y ya el frío no se aguantaba en el vivac, qué decir en las marchas. El invierno. Me aferra­ ba a la cueva como al vientre de mi madre. Morir no es cosa rara. Pero en la montaña…

Vamos a la primera nevada.

El frío en la cueva era de solemnidad.

Me incorporé como cada vez que él salía. Qué mareos, me apoyé en la roca. Flexioné como siempre las piernas y los brazos. Una pierna y un brazo. Los otros eran un par de estacas. Había jurado poder más que ellos y me pasaba las horas friccionándolos, obligándolos a ceder. Resistían pero había progreso. Y ese progre­ so era mi idea fija, el sentido de mis días.

La luz distinta me hizo espiar el exterior. Vi la neva­ da reciente. Vi las huellas.

Casi redondas. Un codo de diámetro. Con un pul­ gar aparte y el resto indeciso. Bípedas, descalzas. A juz­ gar por el hundimiento de la nieve el peso del dueño iba en proporción.

Me puse a temblar como una liebre. Imaginé el olfa­ to del monstruo, mi debilidad. Imaginé a mi salvador afuera, a su merced. Estaba por arrastrarme en busca del sable cuando las piedras de la entrada se movieron. Retrocedí hacia el fuego dispuesto a incendiar la manta co­ mo primera defensa; pero apenas vislumbré la mano envuelta en tiras de lana que ya conocía volvió a primar la astucia, me eché al suelo bajo la manta, fingí dormir.

Esta vez me estudió antes que al fuego. Es verdad, yo no estaba en el sitio de siempre, pero era natural bus­ car calor con ese clima. Quería asegurarse de algo a mi respecto. Su respiración era contenida, no agitada. Él, que venía de ver las huellas, quería cerciorarse de mi sueño. Sabía del monstruo. Sólo le preocupaba saber si yo sabía.

Me sacudió. Fingí despertar aunque mi pulso brin­ caba. Señaló mi rincón. Señalé las brasas. En seguida, para no contagiarme su habla por señas:

—Desde hoy pienso dormir cerca del fuego.

Hizo que no, las mechas grises que bordeaban su calva le barrían los hombros. Arrancó la manta, la tiró a mi rincón.

Sigue un período en el que hubo algunos cambios. Mis piernas empezaron a funcionar mejor, mi brazo res­ pondía.

Era algo que él parecía estar esperando. Inició un trabajo de herrería que al principio no entendí. Caños de fusil por pinzas, piedras por yunques. Y el fuego, na­ turalmente. Y un fuelle que había cosido con cueros an­ te mis ojos sin que me percatara de su uso. Empecé a admirarlo.

Como esclavista en primer término. Yo había nota­ do que las gentes de montañas, las gentes de Europa, trabajaban como seres sin corazón, todo el tiempo. Me tu­ vo con ese fuelle durante un millar de horas. Se trataba de convertir mi cañón en otra cosa. Y lo logró. Lo logra­ mos. En un par de palas, de especies de palas.

Si habremos paleado nieve.

A veces pensaba en las huellas como en una alucina­ ción. A veces oía un ruido y saltaba a defenderme. Y veía como si ocurriera la escena de mi sable quebrado como paja entre las manos de un oso, de un mastodonte que se abalanza sobre mí, veía sus colmillos. Un día era peludo, otro cubierto de escamas, otro un gigante que agarraba en cada mano a un hombre y de un mordisco les rebanaba la cabeza. El fuego era mi idea: brasas a los ojos para empezar, una antorcha en seguida al ho­ cico, al pecho, a la panza. Oía su alarido. Lo veía, retro­ cediendo, encogido, las garras retraídas.

Y nunca hablé de él.

Solo, sobando cueros, sacando tientos, cosiendo, ahumando carnes (mi actividad era doméstica; no esta­ ba bien visto que saliera), pensaba. Imaginaba muchas cosas. La luz del día, cómo nos equilibra. Yo vivía en pe­ numbras. Imaginé que mi hombre había domesticado al monstruo y lo hacía cazar para nosotros. Imaginé dema­ siado. Pretextando el viento rodeé mi cama de piedras, quería tener proyectiles a mano.

Cómo salté hacia ellos esa noche. Horrible, una voz me despertó. Clamaba con mil ecos. El monstruo. No. Un resplandor sereno echaba el rescoldo bajo las bóve­ das oscuras. Todo tranquilo. Salvo esa voz, esos ecos, salvo el idioma no de gente, en que flotaban vocablos conocidos: María Luisa, Cayetano.

Mi compañero soñaba en vascuence.

Me acostumbré a tantas cosas en aquel tiempo que ­ acostumbrarme a sus sueños no fue un esfuerzo del otro mundo. Del otro mundo eran su voz, su idioma, el re­ sonar. Y el frío.

En una de mis inspecciones descubrí un hueco ta­ pado con pedrisca, y muy sobado, el documento mili­ tar de Miguel Cayetano Echeverrigoitía, nacido en Hornachuelos, Vizcaya, soldado del 4 de Infantería Ca­ zadores del Rey. Qué inteligente me sentí. Hasta llegué a reírme. Yo, a su merced, me sentí por un instante su dueño.

Eso me despertó la locuacidad, caída hasta el mono­ sílabo, y en forma inesperada: conté chistes subidos. Nunca me divirtieron; en los vivacs se oyen demasiados. Los repetí uno por uno. Mi intención era despertar algo en él, no sabía bien qué. Risa. Eso, la risa; Después de la palabra, es lo más humano (si se exceptúa la traición). Sentí que una risa, una sonrisa, pueden ser aurora de una palabra. Una palabra, y el murallón de su locura podía caer.

Lo estoy viendo esa noche, en la luz rojiza, un hueso metido en la boca como una flauta mientras sorbe la médula. Los chistes, no le hacen gracia. Su respiración se agita. Lamento la posibilidad de haber removido su lu­ juria. Callo, tristísimo.

Me fijé fecha para hablarle del monstruo. “Mañana ape­ nas amanezca.”

El amanecer es la mentira más cruel de la montaña. Hasta parece inocente; hasta bello.

No hubo amanecer. Desperté sin luz. La nieve nos bloqueaba. Ni pensar en las palas.

Sepultados.

Él parecía tranquilo. Decidí estarlo también. Si ha­ bía que morir que fuera dignamente. Mi objeción: ya que era mi sino morir en la montaña, por qué no antes, en el desfiladero, entre el cañón y la herradura; por qué esta relación en la caverna, esta curación para llegar a lo mismo. Bien. No había cóndores, y ya es algo. Había…

Me sabía de memoria qué había. Provisiones, ahu­ madas; yuyos, colgados; combustible, apilado. Mi vasco era hacendoso como un marino.

Siempre confié en salir de allí antes de que fuera ne­ cesario consumir ciertas provisiones que ahumé durante el verano y el otoño. Serpientes, por ejemplo, arranca­ das por mi compañero a los cóndores con pedradas co­ mo rayos. Las encaré con filosofía, considerando el ali­ mento a que debía mis fuerzas.

Empezó la convivencia que lleva al asesinato, la de dos tapiados.

Envueltos en pieles, pegados al fuego conservado en un pozo, vivíamos. Las cabezas empaquetadas en ti­ ras de uniformes de todos los regimientos, escarchadas, sin mostrar los ojos; las piernas y los pies en mandiles rellenos de paja y pelo de cabra. Afuera el viento era, no sé, la montaña vuelta aire, dando tumbos. Nosotros en su vientre éramos amebas listas a ser evacuadas ha­ cia la nada.

Gusano del imperio, gusano de la libertad, retorciéndonos todavía un momento, ¿por cuánto? ¿para qué?

Y sin hablar.

Él mandaba. Era dueño de casa. Nada que objetar. Qué se come, qué se bebe, qué se fabrica, cuándo se ha­ ce ejercicio, todo, todo, mudo.

¿Qué se bebe? Ah, sí. Cada comida se completaba con una tisana. La mía, descubrí, era para mí solo. Amarga, de las raíces de un vegetal negruzco.

Tardé en notar que era narcótica. Empecé a dormir mucho. Despertaba pesado, soñaba, andaba todo el día adormilado. Mejor así, pensé. Hasta los clamores de “¡María Luisa, Cayetano!” pasaban sin despertarme.

Dormido estaría la noche que el monstruo entró en la cueva. Dormido las horas que tardó en cavar la nieve exterior, los días que le llevó llegar a la entrada, dormido cuando se abrió paso removiendo las rocas. El viento no apagó el fuego. No nos mató de frío. Porque una mano estaba lista para rodear el rescoldo con piedras, para ce­ rrar la abertura desde dentro, para dejar salir y cerrar otra vez. La mano de un cómplice del monstruo.

Noté los cambios al otro día, luz por los resquicios, el parapeto que rodeaba el fuego, las piedras de la entra­ da puestas de otro modo. Y cierto olor.

Mi despertar era vigilado con tal atención que com­ prendí: vida o muerte. Decidí ser imbécil. Exulté:

—¡Ah! ¡Se derritió la nieve afuera!

La alianza de don Miguel Cayetano Echeverrigoitía con un monstruo de especie desconocida era bastante para borrar los efectos de su narcótico. Encaucé mi exal­ tación. Inclinado sobre las piedras que entrechocaba desde semanas atrás para lograr algo parecido a un ha­ cha, obligué a mi sistema nervioso a entrar en la regula­ ridad de los golpes. La percepción de mi compañero podía notar el cambio.

Supe, como si lo viera escrito con letras sobre el mu­ ro, que mi muerte había sido decretada, que dependía de mi capacidad de disimulo. Que mi hacha, los cueros que sobé y cosí, las carnes que ahumé, mis propias car­ nes, ahumadas, servirían para la supervivencia del que me había salvado, porque el despotismo del invierno estaba a punto de descubrirme su secreto. De ese descubrimiento dependía mi vida. Decidí demorarlo. Sería el más idiota de los idiotas.

Pero como la curiosidad es común a los idiotas y a los otros, no quise beber la tisana. Conté para ello con el pudor de mi compañero, que apenas uno iba hacia el pozo preparado junto a un correspondiente montón de arenisca, volvía la espalda. Allí fue a parar el té, Y su hu­ mo no difirió de otros habituales al sitio.

Fingí la mayor somnolencia. Me eché a dormir. Y dormí, como todas las noches siguientes. Porque del monstruo no hubo más noticias. Hasta hacer olvidar que existía. Hasta hacer pensar en otra alucinación.

Olvidar, no del todo. La excavación que lo condujo hasta nuestra puerta fue mantenida a pala viva por los dos. Era para morirse de cansancio. Y la inmensidad blanca era para morirse de pesar. Y no preguntar qué milagro había abierto esa brecha era casi, casi, suicidio.

Hice un comentario sobre la buena suerte que nos había deparado ese “derretimiento”. Desperté la más fe­ roz, atenta de las miradas. Inclinado sobre mi pala pare­ cía inocente. Mi despreciable condición de hombre de llanura podía explicar esa falla y otras.

¿Dije que la curiosidad es común a muchos? Sí. También a los monstruos.

Mi hombre se había fabricado algo parecido a ra­ quetas para los pies. Se las arreglaba para salir sin ale­ jarse, cosa que una gran nevada no lo cortara de la cue­ va. Es decir que yo volvía a pasar mis horas solo. Con qué alivio.

Solo estaba pues puliendo mi hacha, cuando me sentí observado. Los pelos se me pusieron lentamente de punta. Seguí en mi tarea. Pensé que el vasco, en un giro de su locura, había resuelto matarme. O bien…

Como para agregar combustible a la brasa hice un ademán y espié. Algo, fuera de las piedras, pispeaba ha­ cia el interior. Algo que cubría más resquicios de luz que los que cubriría un hombre, aun con pieles, aun con turbante. Una gran sombra.

Traje las antorchas. Traje un fusil con bayoneta que había junto a la cama del vasco. Traje la pala y la llené de brasas. Me rodeé de piedras.

Desapareció. La triste luz de afuera volvió a entrar por las junturas.

Decidí: terminemos esa vida de rata; a pelear; a pelear.

Y pensé. El pensamiento, como a muchos, me vol­ vió escéptico. Así matara al monstruo, y matara a mi bienhechor, ¿qué podría hacer en el invierno en aquel sitio? Había que esperar al deshielo antes de intentar cualquier partida.

Bien. Esperaría.

Ahora llega la noche en que entró el monstruo. En que la ráfaga de frío me despertó. En que vi su silueta encaminarse al rincón del vasco.

Me incorporé, el grito de alarma sofocado por el sonido de una voz, la de mi compañero, en una orden bre­ ve. Después… que Dios me perdone, aquellos gruñidos, qué puedo decir de ellos. Qué puedo decir de la luna cuando iluminó al gigantesco ser en su retirada, las ma­ mas colgando sobre el vientre, sí, preñado. Era una hembra.

De la vida a partir de esa noche diré: armas en mano, es­ paldas al muro, comíamos sin hablar, sin un gesto. El secreto era más fuerte que toda alianza. Y cobré simpatía por aquel que no quería volver al mundo de la pala­ bra, el gran desterrado, que había cedido a la compasión por un semejante para su vergüenza. Así la cosa.

Así la cosa hasta el deshielo.

Así hasta el sonido de la caballería, de un clarín, en un desfiladero, abajo.

Salté, frenético, moví los brazos. Después vi laban dera, roja y oro. La bandera del rey.

Algo me agarró por los hombros. No el monstruo, aunque lo parecía por la fuerza. Mi compañero, los oji­ llos como vidrios al sol, me pone un papel en la mano, su matrícula. Me empuja, desbarrancándome, igual que mi mula.

Así caí inconsciente entre las tropas del rey, gusanos de la libertad, yo, gusano del imperio. Así se rompió otra vez mi pierna. Así me transformé en Miguel Caye­ tano Echeverrigoitía, natural de Vizcaya, vestido de pieles, mudo por razones de prudencia, no sordo según notaron y comentaron mis compañeros.

Atado sobre una mula, entablillado exhausto supe que los precipicios, barrancos, cavernas, paredones, em­ pezaban a quedar atrás. Sólo eso pedía.

Entonces fue el alarido. El más extraño, el más terrible. Resonó allá arriba. Golpeó en los abismos, botó, rebotó.

Mis compañeros andaluces se miraron temblando.

Un artillero aragonés murmuró:

—El irrintzi…

Había oído mencionar aquello: el grito de los vascos.

Las sospechas empezaron después. Por el momento quedaron mudos.

—¿Qué celebra? —preguntó un joven a mi lado.

Y yo, para mí, mudo:

—Celebra una raza nueva.

Me reí, con carcajada espantosa. Pero todos me te­nían por loco.

Georgette y el general (de “El país del humo”) por Sara Gallardo

Esta historia cuenta cómo un buen pensamiento transformó un edén en un desierto.

El desierto puede ser visto por cualquiera que se asome a la ventanilla del tren unas estaciones después de Chajáes.

Vi el edén en mi infancia. La casa blanca, el jardín. Plátanos de tronco manchado llegaban hasta el agua. Su balcón, que ahora falta, y las puertas, que ya no están. Aquel primor hacía pensar menos en un establecimiento de campo que en el costurero de una dueña prolija. Alguien preguntó de quién era. Alguien chistó.

Georgette era una muchacha que el general Narváez se trajo de Francia. Lo francés hacía furor. De un viaje había que traer jabones, ropa, libros, cocineros, zapatos, perfumes, pianos, quesos, sombreros, sábanas, institutrices, guantes, vinos, y quien pudiera, una muchacha. En la actualidad todo se consigue bastante bien aquí.

Era especialmente encantadora, no sólo por sus hoyuelos sino porque todo le parecía bien. Habrá sonreído ante la perspectiva de instalarse en el campo. Lo inevitable puede aceptarse también sin sonreír.

El general pasaba la mayor parte del año volviendo magnífica una estancia, hoy famosa. Las avenidas se han vuelto tan bellas que verlas dan ganas de llorar. Hasta sus pájaros desdeñan a los otros sin que nadie piense en discutirles el derecho. Con franqueza, el mayor monumento a la gloria del general es esa estancia. En atención a los bronces que pueblan el país y a las chapas de esmalte azul con su nombre en las calles omitiré decirlo. De cualquier modo, poco papel tiene la estancia en esta historia, si no fuera porque la casa de Georgette quedaba a tres leguas de allí. Algo más de una hora de galope.

Se instaló en un revuelo de baúles. Qué habrá pensado de una llanura tan grande, no sabemos. Conocía los bifes y los monumentos a los próceres. Habrá comprendido.

El general era el más civil de los hombres. Hubiera considerado un mínimo error en su francés una derrota imperdonable. Las sufría. Riendo, ella lo corregía. Nada grave, matices. Lo pasaban tan bien como si nunca hubieran salido de París.

La casa de Georgette era en relación con la estancia como la pluma que deja el cisne al nadar. Quien las viera desde el aire, como ocurría diariamente a las cigüeñas, no podía dejar de pensar en un potrillo blanco que sigue a su madre. Vistas desde el suelo tenían menos vínculos. Una ballena incomparablemente grande y matizada durmiendo al sol, y un bote. Un continente poblado de razas, y una isla.

De perezosa, Georgette se volvió activa. La primera cosecha de huevos dio origen a cierta omelette surprise que motivó bromas picantes. Inventó arreglos de flores para la casa. Si alguien, en verano, sirve cerezas mezcladas con jazmines sepa que ella lo hacía.

Viéndola trabajar, el general la llamaba ma petite abeille. Cuando venía del tren le traía regalos, ella se alegraba. Cuando venía de la estancia le hablaba de arces, álamos y alisos, ella se aburría. Pero nadie disimuló mejor el aburrimiento; mentón en mano, ojos brillantes, pensaba en otra cosa. Después surgían recuerdos de abuelos abanderados en los Andes, del general en persona, catástrofe del indio. Ella recordaba: era un héroe. Se encendía.

De no ser por Obarrio hubiera sido el paraíso. Obarrio había servido a las órdenes del general. Se cuadraba para hablarle. Usaba pelo al hombro, vincha y chiripá. Era el capataz de Georgette. Benévola hacia los hombres desde la infancia, no podía mirarlo sin espanto. El general le había contado cómo, terminada la batalla de Los Pasos, se había demorado a contemplar desde el caballo la llanura; muertos, caballos sin dueños, ruidos. Vio a un hombre a pie entre los restos. Pensó en un ladrón. Se inclinaba sobre los caídos. Les alzaba la cabeza por los pelos. Los degollaba. Cumplido el requisito montó y partió. Era Obarrio.

Inútil que el general explicara a Georgette qué es un gaucho. Inútil que ella pidiera otro capataz. Obarrio solía rascarse un brazo. Ella no dudaba de que la sangre vertida le escocía. Nunca llegó a comprender que las gargantas tratadas por su capataz no le habían merecido pensamientos ulteriores.

En el tren de las seis solían llegarle cajas atadas con moños. Aparecían blusas, enaguas con cintas, un chal. El viento llenaba la casa de un olor a ovejas. Sonreía frente al espejo.

La primera fisura en su reinado se produjo un verano. La familia del general se instaló en la estancia. Pasó días y noches sola. A veces lo veía aún. Llegaba .ti atardecer oliendo a agua de colonia.

Mientras fue ministro dejó de verlo durante meses. Cuando empezó la campaña para la presidencia no lo vio más. Fieles, aliados, adulones llegaban a la estación por docenas. Una noche, un grupo que había bebido champagne dobló en volanta por la huella de su casa y le ofreció la más desagradable de las serenatas. Obarrio dio vuelta los caballos, los sacó a rebencazos. Georgette no saibó por días.

Brillante fue la presidencia del general. Pero Georgette no se interesaba por la política.

Engordó. Aquel rizo que siempre escapaba de sus peinados dejó de escaparse. A veces, sentada ante el piano, hacía sonar una nota.

Se entregó al orden. Un grano de polvo era un drama.

Quedó la cocinera. Quedó Obarrio. Una vez por año él se iba. Adónde. A beber sangre en tierra de indios según la cocinera. Qué sangre, inquiría Georgette temblando. Fresca, de yegua, que salta a la boca desde el pescuezo en un chorro que crece y decrece con el latir del corazón. Pasado un mes volvía, saludaba, soltaba sus caballos. Se ponía a trabajar.

Georgette sufría desmayos. Hacía llamar al médico del pueblo. El peón partía al galope. La fiebre la vencía. El muchacho de la farmacia llegaba en un zaino, los vidrios de las ventosas sonando en la alforja. Ambos, el médico y el muchacho, acudían con solicitud, se retiraban soñadores.

Empezó a hablar en francés sentada en un banco del jardín. Un día alzó los ojos y vio ante sí al degollador de Los Pasos. Un dedo negro emergía de sus botas de potro. Le pidió una cerisette. El traía un cordero en los brazos. Se lo ofrecía para criarlo. No comprendió aquel ceceo gauchesco. El no entendía francés.

Murió una tarde, en su cama imperial. El acolchado de taffetas se correspondía con el poniente rosa. Su fantasma se levantó. La vio, despeinada, dormida. Vio la casa, el piano, la cocina. Vio los caballos en el palenque. Vio un diamante, una estrella, un lirio, creyó verlos. Era el amor de Obarrio. Amor por ella.

Suspendida en la casa recorrió los armarios, las flores que quedaban. Un anhelo por irse, una ansiedad por estar, su destino entraba y salía en ella haciéndola persistir en su zozobra. Temblaba como el corcho de un hilo invisible en un agua invisible.

El presidente de la República jugaba al croquet con sus hijas. Era su mes de vacación. Bajo los árboles una muchacha le sonrió, hoyuelos que variaban en los claroscuros del sombrero de paja; era rubia; un rizo se escapaba de su peinado; como un vuelo de abejas, un recuerdo de besos la envolvía. El general corrió bajo las ramas. El grito de una hija lo detuvo. Se volvió con una sonrisa estática. Estaba a punto de caer en un canal que las lluvias habían vuelto profundo.

Comenzó la decadencia del general. A partir de esa hora perdió la calidad de acero de su mente. En conferencia con los gobernadores se interrumpía para pedir un bombón de licor. El país esperaba un gobierno comparable al primero. El vicepresidente se esforzó por complacerlo. Nada resultó como es debido. De todos modos, el general ya había entrado en la historia. Y la historia no le imputó aquel fin.

Nadie sabía el apellido de Georgette, el general lo había olvidado, en la tumba se puso Georgette y una fecha.

Quedó sola, flotando por la casa y el jardín. Persistió su pasión por el orden. La casa tomó ese esplendor anormal. Ni una pluma fue llevada por el viento, ni una hoja entró por la ventana del salón durante años. Corrían rumores, no se encontraba personal. El edén persistía.

Terminó al medio siglo. Cuando una hija del general, aquella que lo corrió el día del croquet, cumplió ochenta años. Con ese motivo tuvo un buen pensamiento. Hizo rezar una misa a la intención de los miembros vivos y difuntos de la familia de Narváez y de todos cuantos tuvieron algo que ver con ella. Los méritos de la misa son infinitos. Los beneficios alcanzaron y sobraron. Alcanzaron para mucho más de lo imaginado por la hija del general. Alcanzaron a los peones que cavaron pozos para los árboles de su estancia, a los indios que exterminó y a los soldados que mandó. A los aliados y a los enemigos. A Obarrio, a la cocinera, al médico del pueblo y al muchacho de la farmacia. Me alcanzaron a mí, que lo cuento, y a ustedes, que lo leen. Alcanzaron a Georgette.

Esa bendición cayó sobre su ánima. La zozobra se quebró como un vidrio. Una rendija pareció mostrarse. Por ella se coló. Y entró en la paz.

Y la casa se dejó estar. Las hojas pudieron avanzar sobre las avenidas, la glorieta se pudrió, las avispas se instalaron en las arañas. Se desplomó el balcón; perdió las puertas. El edén se hizo desierto.

Allí está. Puede ser visto por cualquiera que se asome a la ventanilla del tren unas estaciones después de Chajáes.

Frases de autores de ciencia ficción

La ciencia ficción nos ofrece, dentro de la literatura, la posibilidad de imaginar fascinantes planetas lejanos, personajes admirables que llevan a cabo proezas imposibles y, por sobre todas las cosas, historias para atesorar en el fondo de nuestro corazón.
Por fortuna, la ciencia ficción ha contado con grandes autores. En esta oportunidad compartiremos sus mejores frases, homenajeando a estos geniales autores que nos han maravillado con sus increíbles visiones…

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19 de diciembre de 1971, por Roberto Fontanarrosa

Yo sé que ahora hay muchos que dicen que fuimos unos hijos de puta por lo que le hicimos al viejo Casale. Yo sé, nunca falta gente así, pero ahora es fácil decirlo, ahora es fácil. Había que estar esos días en Rosario para entender el fato, mi viejo. Ahora es fácil hablar al pedo, ahora habla cualquiera.

Yo no sé si vos te acordás lo que era Rosario esos días anteriores al partido. Y te digo esos días, desde semanas antes se venía hablando del partido, la ciudad era una caldera. Porque eso era lo que era la ciudad: una caldera. Claro, los que ahora hablan son estos turros que después vos los veías por la calle gritando y saltando como unos desgraciados, festejando, en pedo, a los gritos y después, ahora te salen con que son… ¡qué son! ¿moralistas?… De qué se la tiran, hijos de mil putas.
Ahora son todos piolas, es muy fácil hablar, pero si vos vieras lo que era la ciudad en esos días, hermano. Prendías un fósforo y volaba todo a la mierda. No se hablaba de otra cosa, en los boliches, en la calle, en cualquier parte, saltaban chispas, pero te lo juro. Y la cosa arrancó con el fato de las cábalas, o mejor dicho, de los maleficios. Hay que entender que no era un partido cualquiera hermano, era una final, final.
Pero no era un final, final, era una semifinal. El que ganaba después venía a jugar a Rosario y le ganaba a cualquiera, fuera Central como Newels. Acá le hacía la fiesta a cualquiera.

¡Y cómo estaban los lepra! Ellos tendrían que acordarse ahora, los que hablan al reverendo pedo y nos vienen a romper las pelotas con el asunto del viejo Casale. No se acuerdan esos turros cómo estaban los lepra, ¡no se acuerdan ahora! Había que aguantarlos, ¡porque se corrían una fija! ¡Pero una fija se corrían, hermanito! Que hasta creo que se pensaban que nos iban a llenar la canasta. No que sólo se pensaban que nos iban a hacer la colita, sino que además nos iban a meter cinco en el monumental y para la televisión. ¡Pero por qué no se van a la puta madre que los parió! ¡Qué mierda nos van a hacer cinco goles estos culo roto!
La verdad hermano, con una mano en el corazón, ¡tenían un equipazo! ¡Un equipazo de padre y señor mío! ¡Hay que reconocerlo! Jugaban y daba gusto, buen toque, te abrochaban bien abrochadito. Marito Zanabria, el Mono Oberti. Dios querido, el Mono Oberti, ¡qué jugador! Silva, el que era de Lanús, el albañil, Montes de cinco, Santamaría, el cucurucho. Qué se yo, ¡era un equipazo! Un equipazo, hay que reconocerlo. Y la lepra se corría una fija. Sabés cuántos había en la ruta el día del partido. Yo no sé. Eran miles, millones. Yo no sé de dónde habían salido tantos leprosos. ¡Si son cuatro gatos locos! Y de golpe para ese partido aparecieron como hormigas, de abajo de la tierra, esos desgraciados. ¡Todos fueron!
¡Lo que era esa ruta, papito querido! Entonces oíme. ¡Había que recurrir a cualquier cosa! Hay partidos que no podés perder, ¡tenés que ganar o ganar! ¡No hay tutía! Entonces si a mí me decían que tenía que matar a mi vieja, que tenía que hacer cagar a Kennedy, ¡me daba lo mismo hermano! ¡Hay partidos que no se pueden perder! ¡Y qué! ¡Te vas a dejar basurear por estos soretes! ¡Para que después te refrieguen y te pongan la bandera por la jeta toda la vida! No, mi viejo. Entonces hay que recurrir a cualquier cosa. Es como cuando tenés un pariente enfermo viste. Tu vieja por ejemplo. Que por ahí sos capaz hasta de ir a la iglesia, viste.

Y te digo yo, esa vez no fui a la iglesia. No fui a la iglesia porque te juro que no se me ocurrió, mirá vos que si no te aseguro que me confesaba. Y todo si servía para algo. Pero con los muchachos nos enganchamos con la cuestión de la brujería, de la ruda macho, de enterrar un sapo detrás del arco de Fenoy, de tirar sal en la puerta de los jugadores de Newels. Y de todas esas cosas de que siempre se habla.
Por supuesto que todas las brujas del barrio ya estaban laburando en la cosa y había muñecos con la camiseta de Newels clavados con alfileres, maldiciones pedidas por teléfono y hasta mi vieja, que no manya nada de todo esto, tenía un pañuelo atado desde hacía como diez días, de esos de Pilato, Pilato, si no gana Central en Ríver no te desato. Después la vieja decía que habíamos ganado por ella. Pobre vieja, si hubiera sabido lo del viejo Casale. Pero yo le decía que sí, para no desilusionarla a la pobre vieja.
Pero todo el fato de la ruda macho y el sapo de atrás del arco eran, qué sé yo, cosas muy generales. Ya había tipos que lo estaban haciendo y además el partido era en el Monumental. Y no te vas a meter en la pista olímpica a enterrar un sapo porque vas en cana con 30 cadenas y no te saca ni Dios después, hermanito.
Entonces me acuerdo que empezamos con la cosa de las cábalas personales. Porque me acuerdo que estábamos en el boliche de Pedro y veníamos hablando de eso, y veníamos y veníamos. Entonces, por ejemplo, resolvimos que a Buenos Aires íbamos a ir en el auto del Dani, porque era el auto con el que habíamos ido una vez a La Plata, en un partido contra Estudiantes y que habíamos ganado dos a cero.
Yo iba a llevar por supuesto el gorrito que venía llevando a la cancha todos los últimos partidos, y no me había fallado nunca el gorrito ese. A ese lo iba a llevar. Era un gorrito milagroso. El Cuqui iba a ir con el reloj cambiado de lugar, o sea en la muñeca derecha, no en la izquierda, porque en un partido contra no sé quién se lo había cambiado en el medio tiempo, porque íbamos perdiendo, y con eso empatamos.

O sea todo el mundo repasó todas las cábalas posibles, como para ir bien de bien, no dejar ningún detalle suelto. Te digo más, estuvimos como media hora discutiendo cómo mierda estábamos parados en la tribuna en el partido contra Atlanta para pararnos de la misma manera en el partido contra la lepra. El boludo de Michi decía que él había estado detrás del Valija, y el Miguelito porfiaba que era él el que había estado detrás del Valija. Mirá vos, hasta eso estudiamos antes del partido. Para que veas cómo venía la mano en esos días. Sabés qué te lleva eso, hermano, sabes qué te lleva a eso: el cagazo. El cagazo, hermano, te lleva a hacer cualquier cosa. Como lo que hicimos con el viejo Casale. Porque si llegábamos a perder, mamita querida, nos teníamos que ir de la ciudad, mi viejo. Nos teníamos que refugiar en el extranjero, te juro. No podíamos volver nunca más acá. Íbamos a parecer esos refugiados camboyanos que se tomaron el piro en una balsa. Bueno, te juro que si perdíamos, agarrábamos el Ciudad de Rosario y por acá, por el Paraná, nos teníamos que ir todos, millones de canallas, no sé, a Diamante, a Perú, a Cuzco, a la concha de su madre. Pero acá no se iba a poder vivir nunca más con la cargada de los leprosos putos, mi viejo.
Ya el Miguelito había dicho bien claro que él se la daba, que si perdíamos agarraba un bufo y se volaba la sabiola, y te digo que el Miguelito es capaz de eso y mucho más, porque es loco. Así que yo le creía.
¡O hacerse trolo! Y a otra cosa, mariposa. Darle a las plumas y salir vestido de loca por Pellegrini y no volver nunca más a la casa, pero te digo, nadie quería ni siquiera oír hablar de esa posibilidad.
Ni se nombraba la palabra derrota. Era como cuando se habla del cáncer, hermano. Vos ves que por ahí te dicen la papa, o tiene otra cosa, algo malo, pero el cangrejo, mi viejo, ¡no te lo nombra nadie!
Y ahí fue cuando sale a relucir lo del Viejo Casale. Era el padre del Cabezón Casale, un pibe que siempre venía al boliche y que durante años vino a la cancha con nosotros. Pero que ya para ese entonces se había ido a vivir al norte, a Salta creo. Lo vi hace poco por acá, que estaba de paso. Y ahí fue que nos acordamos que en la casa del Cabezón, el viejo había dicho que él nunca pero nunca lo había visto perder a Central contra Newels. Me acuerdo que nos había impresionado porque ese tipo era un privilegiado del destino. Aunque al principio, vos te preguntás, cómo carajo hizo este tipo para no verlo perder nunca a Central contra Newels. ¡Qué mierda hizo! ¡Este coso no va nunca a la cancha! Porque, oíme, alguna vez lo tuviste que ver perder. A menos que no vayas a los clásicos. Y ojo que yo conozco muchos así. Que se borran bien borrados de los clásicos. O que van en Arroyito, pero que a la cancha del Parque no van en la puta vida.

Y me acuerdo que le preguntamos eso al viejo. Y el viejo nos dijo que no. Y nos explicó que él iba siempre, un fana de Central que ni te cuento. Pero se había dado, qué se yo, una serie de cosas, de casualidades que hicieron que en un montón de partidos con Newels él no pudiera ir por un montón de causas que ni me acuerdo, ni se acuerda él. Que estaba de viaje por Misiones, el viejo era comisionista. Que ese día se había torcido un tobillo y no podía caminar. Que estaba engripado. Otra vez le dolía un huevo. ¡Qué se yo! La verdad hermano, la posta era que al viejo nunca le había tocado ver un partido en que la lepra nos había ganado. ¡Era un privilegiado el viejo! Y además un talismán. Porque así como hay tipos mufas que te hacen perder partidos adonde vayan, hay otros que si vos los llevás es número puesto, tu equipo gana. ¡No es joda! Y el viejo Casale era uno de éstos. De los ojetudos.
Entonces ahí nos dijimos: este viejo tiene que estar en el monumental contra Newels, no puede ser de otra forma, tiene que estar. Claro, dijimos, seguro que va a estar. Si es fana de Central, canalla a muerte. Pero nos agarró como la duda, viste. Porque nosotros no era que lo veíamos todos los días al viejo. Te digo más, desde que el Cabezón se había ido al norte a laburar, al viejo de él no lo habíamos vuelto a ver en la cancha. Ni en la calle, ni en ninguna parte. Además el viejo ya estaba bastante veterano, porque debía tener como ochenta pirulos por ese entonces. Bah, en realidad ochenta no, pero sus 60, 65 los tenía por debajo de las patas.
Entonces, con el Valija, el Colorado y el Miguelito, decimos, vamos a la casa del viejo a asegurarnos que vaya y si no lo llevamos atado. Porque también podía ser que el viejo no fuera porque no tuviera guita, qué se yo, nosotros no sabíamos. Ya habíamos pensado en hacer una rifa a beneficio, o una kermés, cualquier cosa, el viejo tenía que ir, era una bandera, un cheque al portador.
La cuestión es que vamos a la casa y a que no sabés con la que nos sale el viejo. Que andaba mal del bobo, que el médico le había prohibido terminantemente ir a la cancha. Nos sale con eso. Que no, que había tenido un infarto en no sé qué partido, un partido de mierda, después de una pelota que pegó en el palo. Que había estado muerto como media hora. Que lo habían salvado entre los indios con respiración artificial y masajes en el cuore. Y que no había clavado las guampas de puro pedo y que le había quedado tal cagazo que no había vuelto a ir a una cancha desde hacía ya, mirá, no sé lo que te digo, dos años, dos años y medio. Y no era sólo que el no quería ir sino que el médico y por supuesto la familia le tenían terminantemente prohibido ir, lógicamente. No sé si no le prohibían incluso escuchar los partidos por radio, para que no le pateara el bobo. Porque parece que el viejo escuchaba cualquier cosa demasiado fuerte y se moría. ¡Tan jodido andaba! Vos le hacías ¡Uuuuuhhh! en la cara y el viejo partía. ¡Para qué! ¿Te imaginás, nosotros, la desesperación? ¡Porque eso era como un presagio, un anuncio del infierno hermano! Era un anuncio de que nos iban a hacer cagar en Buenos Aires.
Entonces empezamos a tratar de hacerle la croqueta al viejo. A convencerlo, a decirle: pero mire, don Casale, usted tiene que estar, es una cita de honor. ¡Qué va a estar mal del cuore usted! ¡Si se lo ve cero kilómetro! ¡Vamos Casale!
Me acuerdo que lo jodía Miguelito y le decía: “¿Cuántos polvos se hecha por día?” “Usted está hecho un toro”. Pero el viejo ni mierda, en la suya, que no y que no. Le decíamos que el partido iba a ser una joda, que Newels tenía un equipo de mierda y que ya a los 15 minutos íbamos a estar 3 a 0 arriba, y que el partido era una mera formalidad. Que el gobierno ya había decidido que tenía que ganar Central para hacer feliz a mayor cantidad de gente. No sé la cantidad de boludeces que le dijimos al viejo para convencerlo. ¡Pero el viejo nada! Una piedra el hijo de puta. Para colmo ya habían empezado a rondar la mujer del viejo, la madre del Cabezón, y una hermana del Cabezón, que querían saber qué queríamos decirle nosotros al viejo en esa reunión. Porque medio que ya se sospechaban que nosotros no íbamos para nada bueno.

En resumen, que el viejo nos dijo que no. Que ni loco. Que ni siquiera sabía si iba poder resistir la tensión de saber que se jugaba el partido, ¡aún sin escucharlo! Porque el viejo los diarios los leía, tan boludo no era. Sabía cómo venía la mano, cómo era la cosa, cómo formaban los equipos, suplentes, historial, antecedentes, chaquetillas, color, todo. Nos dijo: ese día bien temprano, antes de que empiecen a pasar los camiones y los ómnibus con la gente yendo para Buenos Aires, yo me voy a la quinta de un hermano mío que vive en Villa Diego. ¡No quería ni escuchar los bocinazos el viejo! “Me voy tempranito a lo de mi hermano, que a él no le importa nada el fútbol y ahí paso el día sin escuchar radio ni nada.” Porque el viejo decía, y tenía razón, que si se quedaba en la casa, por más que se encerrara en un ropero, algo iba a oír, algún grito, algún gol, alguna cosa iba a oír. ¡Pobre desgraciado! Y se iba a quedar ahí mismo seco en el lugar. Así que se iba a ir a radicar a la quinta de ese hermano que tenía para borrarse del asunto. Muy bien.
¡Te digo que salimos de allí hechos bosta! Porque veíamos que la cosa venía muy mal. Casi ya era un dato seguro que éramos boleta. Para colmo al Valija, el día anterior, le había caído una tía del campo. Y él se acordaba que en un partido que perdimos contra San Lorenzo esa misma tía le había venido el día antes. Era un presagio funesto el de la tía.
Fue cuando decidimos lo del secuestro. Sí, no te asustés, decidimos lo del secuestro.
Nos fuimos al boliche y esa noche lo charlamos seriamente. El Dani decía que no, que era una barbaridad. Que el viejo se nos iba a morir en el viaje o en la cancha. Y que después se iba a armar un quilombo. Que íbamos a terminar todos en cana. Y que además eso era casi un asesinato.
Pero al Dani mucha bola no le dimos, porque siempre ha sido un exagerado. Y más que un exagerado, medio cagón, el Dani.
Pero nosotros estábamos bien decididos. Y más que nada, por una cosa que dijo el Valija. El viejo estaba diez puntos, había tenido un infarto, tenés razón. Pero hay miles de tipos que han tenido un infarto y vos lo ves caminando tranquilamente por la yeca y sin hacer tanto quilombo como este viejo pelotudo, con eso de meterse dentro de un ropero o no ir a la cancha. O dejar que te rigoree la familia, como la esposa, y la otra, la hermana del Cabezón. Por otra parte, y vos lo sabés, los médicos son unos turros, que se ve que lo querían hacer durar al viejo como mil años para sacarle la guita, hacerle experimentos y chuparle la sangre. Y además, como decía el Miguelito, y eso era cierto, vos lo veías al viejo y estaba fenómeno.
Con casi sesenta años, no te digo que parecía un pendejo, pero andaba lo más bien. Caminaba, hablaba, se sentaba, se movía, qué se yo, chupaba… Porque a nosotros nos convidó con Cinzano y el viejo se mandó su medidita. No te digo un vasazo, pero su medidita se mandó. La cosa que el Miguelito elaboró una teoría que, te digo aún hoy, no me parece descabellada.
El viejo era un turro hermano, un turro que especulaba con el fato del bobo para pasarla bien. Y no laburarla nunca más en la vida de Dios. Con el verso del bobo no ponía el lomo, lo atendían a cuerpo de rey. La tenía a la vieja y a la hermana del Cabezón pendientes de él viviendo como un bacán el viejo. ¿Y de qué se privaba? De algún faso. Que no sé si no fasearía a escondidas. Y de no ir a la cancha. Fijate vos, eso era todo. Y vivía como Carolina de Mónaco, el otario.
Bueno, con ese argumento y con lo que dijo el colorado, se resolvió todo. El Colorado vino y habló clarito. Nos habló de los grandes ideales. De nuestra misión frente a la sociedad. De nuestro deber frente a las generaciones posteriores, los pendejos. Nos dijo que si ese partido se perdía, miles y miles de pendejos iban a sufrir las consecuencias. Que para nosotros eso era verdad. Iba a ser muy duro, pero que nosotros ya estábamos jugados. Que habíamos tenido lo nuestro. Y que de última teníamos experiencia en malos ratos y en fulerías. Pero los pibes, los pendejitos de Central, iban a tener de por vida una marca, que los iba a marcar para siempre como un fierro caliente. ¡Las cargadas que iban a recibir esos pibes, esas criaturas, en la escuela! Los iban a destrozar. Les iban a pudrir el bocho para siempre. Iban a ser una o dos generaciones de tipos hechos bolsa. Disminuidos ante los leprosos. Temerosos de salir a la calle, de mostrarse en público. Y eso es verdad, hermano. Porque yo me acuerdo lo que eran las cargadas en la escuela primaria, sobre todo. Yo me acuerdo cuando perdimos cinco a tres con la lepra en el parque después de ir ganando dos a cero, cuando se vendió el colorado Bertoldi, que todavía se estará gastando la guita. Y te juro que yo por una semana no me pude levantar de la cama, porque no me atrevía a ir a la escuela para no bancarme la cargada de la lepra. Los pibes son muy hijos de puta para la cargada, son crueles. No viste cómo descuartizaban bichos, que agarran una langosta y le sacan todas las patas. Son hijos de puta los pibes en ese sentido. Lo que decía el colorado era verdad. Ahora todo el mundo habla de la deuda externa, y bueno hermano, eso era algo así como lo de la deuda externa. Que por la cagada de cuatro reverendo hijos de puta que empeñaron el país la tenemos que pagar todos. Y los hijos y los hijos de nuestros hijos. Y si estaba en nosotros hacer algo para que eso no pasara, había que hacerlo, mi querido.
Además, como decía el Colorado, ya no era el problema de la cargada de los pendejos newelistas. Estaba también el fato del exitismo. Los pibes ven que gana un equipo y se hacen hinchas de ese equipo. Son así, son hinchas del campeón. Entonces, ponele que hubiese ganado Newels, ¡a la mierda! De ahí en más todos los pibes se hacían de Newels, ponele la firma. Y no te vale de nada llevarlos a la cancha, conversarlos, hablarle del Gitano Juárez, del flaco Menotti ni comprarle la camiseta de Central apenas nacen. No te vale de nada. Los pendejos ven que Ríver sale campeón y se hacen de Ríver. Son así. Y en ese momento no era como ahora, que mal que mal, vos los llevás al Gigante y los pibes se caen de culo. Entonces cuando van al chiquero del parque, por mejor equipo que pueda tener Newels, los pibes piensan: ¡Yo no puedo ser hincha de esta villa miseria! Y se hacen de Central. Porque todo entra por los ojos, y vos ves que ahora, los pibes por ahí ni siquiera han visto jugar a Central o a Newels y ya se hacen hinchas de Central por el estadio. Es otra época. Los pendejos son más materialistas. Yo no sé si es la televisión o qué, pero la cosa es que se van de boca con los edificios.

Entonces la cosa estaba clara. Había que secuestrar al viejo Casale. Y si no aguantarse que quince o veinte años después, hoy por ejemplo, la ciudad estuviese llena de leprosos, nacidos después de ese partido. Y esto hoy sabés lo que sería. Beirut sería un poroto al lado de esto, te lo juro hermano.
El que organizó la “Operación Eichmann”, como la llamamos, fue el Colorado. La llamamos así por ese general alemán torturador que se chorearon de acá una vez los judíos, viste. Y lo nuestro era más o menos lo mismo. El Colorado era un tipo muy cerebral, le carbura bien el bocho, y el organizó todo. El Colorado para ese entonces ya no estaba en la OCAL.
La OCAL, no sé si sabés, es una organización de acá, de Rosario, que se llama así porque son iniciales, es Organización Canalla Anti Lepra. Son un grupo de ñatos como el Klux Klux Klan, más o menos. Que tienen reuniones secretas y no sé si no van con capucha y todo a las reuniones. O si queman algún leproso vivo en cada reunión. Mirá, yo no sé si es requisito indispensable ser hincha de Central, pero seguro seguro tenés que odiar a la lepra. Tenés que odiar más a los lepra que lo que querés a Central. Hacen reuniones, escriben el libro de actas. Piensan maldades contra los lepra. Festejan fechas patria de partidos que le hemos ganado, tienen himnos. Son como esos tipos, los masones, esos que nadie sabe quiénes son. Andan con antorchas.
Bueno, de la OCAL al Colorado lo echaron por fanático, con eso te digo todo. Pero es un bocho el Colores. Y él fue el que organizó todo el operativo. Y te la cuento porque es linda. No sé si un día de estos no aparece en el Selecciones.
Averiguamos que ómnibus iba para Villa Diego, adonde tenía la quinta el hermano del viejo Casale. Desde donde vivía el viejo, ahí por San Juan al 1400, lo único que lo dejaba, por ese entonces si mal no recuerdo, era el 305 que pasaba por la calle San Luis. O sea que el viejo tenía que tomarlo en San Luis y Paraguay o San Luis y Corrientes. No más allá de eso. A menos que fuera un pelotudo y lo fuera a tomar a Bulevar Oroño, que no sé para que mierda iba a hacer eso. Ahora la duda era si el viejo se iba a ir en ómnibus o en auto. Porque si se iba en auto nos recagaba. Pero nos jugábamos a que iba a ser en ómnibus.
Porque auto no tenía. Y seguro que el hermano tampoco tenía, porque debía ser un muerto de hambre como él seguramente. Y te digo que la cosa venía perfecta, porque el viejo nos había dicho que iba a salir bien tempranito para no infartarse con las bocinas. O sea que nosotros podíamos combinarlo con el horario de salida nuestro para el partido. Porque también nos cagaba si salía a la una de la tarde para Villa Diego, porque después cómo llegamos nosotros a Buenos Aires, para la hora del partido, con el quilombo que era la ruta, y en un ómnibus de línea. Lo más probable es que nos hiciéramos pelota en el camino por ir a los pedos. Por otra parte, hermano, Villa Diego queda saliendo para Buenos Aires. O sea que la cosa estaba clavada, era posta posta. Después hubo que hablar con los otros muchachos, porque convencer al Rulo no nos costó nada, a él le daba lo mismo. Además le contamos los entretelones del asunto. Te digo que el Colorado manejó la cosa como un capo, un maestro.
El asunto era así: el Rulo es un amigo fana de Central, que tiene un par de ómnibus, está muy bien el Rulo, y en esa época tenía un par de coches de la 305. Tuvimos un ojete así de grande. Porque si no teníamos que conseguir otro coche, cambiarle el color, pintarlo, qué se yo, ponerle el número, un laburo bárbaro. Pero el Rulo tenía dos 305. Y con uno de esos ya tenía pensado pirarse para el monumental el día del partido. Y más bien que se llevaba como 900 o 1000 monos que iban para allá. Lo sacaba de servicio y que se fueran todos a la reputísima madre que los parió. No iba a perderse el partido ese. Entonces el Rulo, con los monos arriba y nosotros, tenía que estar con el ómnibus preparado, el motor en marcha por España estacionadito. Y el Miguelito se ponía de guardia, tomando un café, justo en el boliche de ahí cerquita. Desde donde veía la puerta de la casa del viejo Casale. Creo que a las cinco de la matina ya estaba el Miguelito apostado en el boliche, haciéndose el boludo, junando para la casa del viejo. Te juro que ni los Tupamaros hubieran hecho un operativo como este, hermano. Fue una maravilla.
Apenas vio que salía el viejo, con una canastita, donde seguro se llevaba algún matambre casero, algo de eso el pobre viejo, el Miguelito casó una Vespa que tenía en ese entonces. Dio vuelta la manzana y nos avisó. Cargó la moto en el ómnibus, en la parte de atrás, detrás de los últimos asientos y nos pusimos en marcha.
Ya les habíamos dicho a tres o cuatro pibes, de estos quilomberos de la barra, que se hicieran bien los sota. Que no dijeran ni media palabra y se hicieran los que apoliyaban. Nosotros también, para que no nos reconociera el viejo, estábamos en los asientos traseros, haciéndonos los dormidos, incluso con la cara tapada con algún pulóver, como si nos jodiera la luz, o con algún piloto.

Te digo que aquél día había amanecido frío y lluvioso, como la otra fecha patria, el 25 de Mayo. Además el quilombo había sido guardar todas las banderas, las cornetas, las bolsas con papelitos, los termos, todo eso. Uno de los muchachos llevaba una bandera de la gran puta, que medía 52 metros, loco. Media cuadra de bandera que decía: “Empalme Graneros, presente”. Y tuvimos que meterla debajo de un asiento para que el viejardo no la bichara.
La cosa es que el viejo subió medio dormido. Se sentó en uno de los asientos de adelante, que ya habíamos dejado libre a propósito para que no viera mucho del ómnibus. Rulo le cobró boleto y todo. Nadie se hablaba, como si no nos conociéramos. Y como el ómnibus iba haciendo el recorrido normal, el viejo iba lo más piola, mirando por la ventanilla.
La cuestión es que llegamos a Villa Diego y el viejo tranquilo. Cada tanto, cuando nos pasaba algún auto, con banderas en el techo, tocando bocina, el viejo miraba a los que tenía cerca y movía la cabeza, como diciendo “mirá vos”.
Se ve que tenía ganas de hablar. Pero nadie quería darle mucha bola para no pisarse en una de esas. Así que nos hacíamos todos los dormidos. Parecía que habían tirado un gas adentro de ese ómnibus, hermano. Como cuando se muere algún ñato, viste, que se queda a apoliyar en el auto con el motor prendido, y lo hace cagar el monóxido de carbono, creo. Bueno, así parecía que a nosotros nos había agarrado el monóxido de carbono. Pero cuando llegamos a Villa Diego, por ahí el viejo se levanta y le dice al Rulo: “En la esquina, Jefe”.
Y yo no sé qué le dijo el Rulo. Algo de que ahí no se podía parar, de que estaba cerrado el tránsito, de que había que seguir un poco más adelante. Y el viejo se la comió. Pero se quedó paradito al lado de la puerta. Al rato, de nuevo el viejo: “En la esquina”, le dijo. Ahí ya el Rulo nos miró, porque se le habían acabado los versos. Y ahí, hermano, ¡vos no sabés lo que fue! Fue como si nos hubiésemos puesto todos de acuerdo. Y te juro que ni siquiera lo habíamos hablado. Empezaron los muchachos a desplegar las banderas, a sacar las cornetas y las banderas por las ventanas. Y a los gritos, hermano: “¡Soy canalla, soy canalla!”, por las ventanas.
Pero no para el lado del viejo, el pobre viejo la cara que puso, mirá, no te la puedo describir con palabras, sino para afuera mirábamos, porque los grone, con lo quilomberos que son, se habían ido aguantando hasta ahí, sin gritar ni armar quilombo para no deschabarse con el viejo. Pero cuando llegó el momento agarraron las banderas, empezaron a sacar los brazos, a golpear las chapas del costado del ómnibus. Y también el Rulo empezó a seguir el ritmo con la bocina.

¿Viste esas películas de cowboy, cuando los chorros van a asaltar una carreta, donde parece que no hay nadie, o que la maneja nada más que un par de jovatos y de golpe se abren los costados y aparecen 17.000 soldados que los cagan a tiros? ¿Que levantan la lona y estaban todos adentro, haciéndose los sotas? Bueno, ese ómnibus debió ser algo así. De golpe se transformó en un quilombo, un escándalo, una de gritos, bocinas, bocinazos, cornetas, una joda.
¡Y la gente al lado de la ruta! Porque desde la madrugada ya había gente a los costados de la ruta, esperando que pasaran las caravanas de hinchas. Era para llorar. Eso era conmovedor. Te saludaban, gritaban, levantaban los puños. Por ahí algún lepra, a las perdidas, te tiraba un cascotazo.
Pero vuelvo al viejo. No sabés la caripela del viejo. Porque nosotros lo estábamos mirando porque decíamos, este es el momento crucial. Ahí el viejo cagaba la fruta, el corazón se le hacía bosta, o salía adelante. El viejo miraba para atrás, a todos los monos que saltaban y gritaban. No lo podía creer. Se volvió a sentar y creo que hasta San Nicolás no volvió a articular ni una palabra. Te digo que el Rábano, el hijo de la Nancy, ya se había ofrecido a hacerle respiración boca a boca, llegado el caso, que era algo a lo que todos, mal que mal, le habíamos esquivado el bulto, porque, qué se yo, te da un poco de asco. ¡Además con un viejo!
Pero mirá, te la hago corta. Cuando el viejo vio que no había arreglo, que no había posibilidad que lo dejáramos bajar del ómnibus, se entregó. Pero entregó, entregó, eh.
Porque al principio nosotros nos acercamos y nos reputió. Nos dijo que éramos unos irresponsables, asesinos, que no teníamos conciencia, que era una vergüenza. Qué se yo todo lo que nos dijo. Pero después cuando nosotros le dijimos que él estaba perfecto. Que estaba hecho un toro. Que si se había bancado la sorpresa del ómnibus quería decir que ese cuore se podía bancar cualquier cosa. Y empezó a tranquilizarse. El Colorado llegó a decirle que todo era una maniobra nuestra para demostrarle que él estaba perfectamente sano. Y que incluso el médico estaba implicado en la cosa.
Mirá, hermano, y creéme porque es la pura verdad, qué intención puedo tener en mentirte hoy por hoy.
Mucho antes ya de entrar en Buenos Aires, ese viejo era el más feliz de los mortales. Te lo digo yo, y te lo juro por la salud de mis hijos. El viejo cantaba, puteaba, chupaba mate, comía factura, gritaba por la ventana. ¡Y a la cancha se bajó envuelto en una bandera!
No había en la hinchada un tipo más feliz que él. Vino con nosotros a la popu. Se bancó toda la espera del partido, que fue más larga que la puta que lo parió. Y después se bancó el partido. Estaba verde, eso sí, y había momentos en que parecía que vos lo pinchabas con un alfiler y reventaba como un sapo, porque yo lo relojeaba a cada momento. Y después del gol del Aldo yo lo busqué, lo busqué, porque fue tal el quilombo y el desparramo cuando el Aldo la mandó adentro que yo ni sé por dónde fuimos a caer entre las avalanchas y los abrazos y los desmayos y esas cosas.
Pero después miré para el lado del viejo y lo ví abrazado a un grandote en musculosa casi trepado arriba del grandote, llorando. Y ahí me dije: si éste no se murió aquí, no se muere más. Es inmortal. Y después ni me acordé más del viejo, que lo que alambramos, lo que cortamos clavos, los fierros que cortamos con el upite, hermano, ni te la cuento. Eso no se puede relatar, hermano, porque rezábamos, nos dábamos vueltas, había gente que se sentaba entre todo ese quilombo porque no quería ni mirar. Porque nos cagaron a pelotazos, ya el segundo tiempo era una cosa que la tenían siempre ellos y ¿sabés qué era lo fulero, lo terrible? ¡Que si nos empataban nos ganaban, hermano, porque ésa es la justa! ¡Nos ganaban esos hijos de puta! ¡Nos empataban, íbamos a un suplementario y ahí nos iban a hacer refucilar el orto porque estaban más enteros y se venían como un malón los guachos! ¡Qué manera de alambrar! Decí que ese día, Dios querido, yo no sé qué tenía el flaco Menotti que sacó cualquier cosa, sacó todo, vos no quieras creer lo que sacó ese día ese flaco enclenque que parecía que se rompía a pedazos en cada centro. Le sacó un cabezazo de pique al suelo a Silva que lo vimos todos adentro, hermano, que era para ir todos en procesión y besarle el culo al flaco ése ¡Qué pelota le sacó a Silva! Ahí nos infartamos todos, faltaban cinco minutos y si nos empataban, te repito, éramos boleta en el suplementario. Me acuerdo que miro para atrás y lo veo al viejo, blanco, pálido, con los ojos desencajados, pobrecito, pero vivo.

fontanaY ahora yo te digo, te digo y me gustaría que me contesten todos esos que ahora dicen que fue una hijaputez lo que hicimos con el viejo Casale ese día. Me gustaría que alguno de esos turritos me contestara si alguno de ellos lo vio como lo vi yo al viejo Casale cuando el referí dio por terminado el partido, hermano. Que alguno me diga si, de puta casualidad, lo vio al viejo Casale como lo vi yo cuando el referí dio por terminado el partido y la cancha era un infierno que no se puede describir en palabras. Te digo que me gustaría que alguien me diga si alguien lo vio como lo vi yo. ¡La cara de felicidad de ese viejo, hermano, la locura de alegría en la cara de ese viejo! ¡Que alguien me diga si lo vio llorar abrazado a todos como lo vi llorar yo a ese viejo, que te puedo asegurar que ese día fue para ese viejo el día más feliz de su vida, pero lejos lejos el día más feliz de su vida, porque te juro que la alegría que tenía ese viejo era algo impresionante. Y cuando lo vi caerse al suelo como fulminado por un rayo, porque quedó seco el pobre viejo, un poco que todos pensamos: ¡Qué importa! ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! ¡Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa.

Una modesta proposición, por Jonathan Swift

Para evitar que los niños de la gente pobre de Irlanda se conviertan en una carga para sus padres o para el país, y para hacer que sean de provecho para el público.

Es objeto de melancolía para aquellos, que caminan por esta gran ciudad, o viajan por el campo, cuando ven las calles, los caminos y los portales llenos de pordioseras del sexo femenino, seguidas por tres, cuatro o seis niños, todos ellos cubiertos de harapos y molestando a cada pasajero al pedirle una limosna. Estas madres, en vez de ser capaces de trabajar para ganarse la vida, se ven forzadas a emplear todo su tiempo en vagar, implorando el sustento de sus inermes infantes que al crecer se convierten, por falta de trabajo, en ladrones, o dejan su amado país natal para pelear a favor del Pretendiente en España, o se venden en servidumbre a las Islas Barbados.

Creo que todas las partes están de acuerdo en que este prodigioso número de niños en los brazos, o en las espaldas o pegados a los talones de sus madres, y frecuentemente de sus padres, es en el actual deplorable estado del reino una muy grave afrenta adicional; y por tanto quien pudiera encontrar un método justo, barato y sencillo para hacer de estos niños miembros respetables y útiles de la comunidad merecería tanto agradecimiento del público como para colocar su estatua como un salvador de la nación. Pero mi intención está lejos de encontrarse restringida a proveer sólo para los niños de los pordioseros; es de un alcance mucho más grande, y deberá incluir a todos los infantes de cierta edad, nacidos de padres que, a efectos prácticos, tienen tan poca capacidad de mantenerlos como quienes demandan nuestra caridad en las calles.

Por mi parte, después de dedicar mis pensamientos por muchos años a este importante tema, y de ponderar maduramente los varios esquemas de nuestros planeadores, siempre he encontrado que se equivocan de plano en sus cálculos. Es verdad, un niño recién salido de su madre puede ser sostenido con su leche durante un año solar, con poca

necesidad de sustento adicional: en el peor de los casos, por un valor no superior a dos chelines, los que la madre puede ciertamente obtener, o su equivalente en sobras, a través de su legítima ocupación de pedir limosna; y es exactamente al año de edad que propongo encargarse de ellos de tal manera que, en vez de ser una carga para sus padres, o la parroquia, o de carecer de alimentos y vestidos para el resto de sus vidas, deberán, por el contrario, contribuir a la alimentación, y parcialmente al vestido de muchos miles. Hay además otra gran ventaja en mi esquema, que evitará aquellos abortos voluntarios, y esa horrible práctica de que las mujeres asesinen a sus hijos bastardos, que es, por

desgracia, demasiado frecuente entre nosotros, sacrificando a los pobres bebés inocentes, me temo, más para evitar el gasto que la vergüenza, y que movería a las lágrimas y a la compasión al corazón más salvaje e inhumano.

Con el número de almas en este reino estimado usualmente en alrededor un millón y medio, de estos calculo que habrá unas doscientas mil parejas cuyas mujeres sean fértiles; de tal número resto 30 mil parejas, que son capaces de mantener a sus propios hijos (aunque me temo que no puede haber tantas, bajo las pobres condiciones que imperan actualmente en el reino) pero concediendo esto, quedarán aún ciento setenta mil mujeres fértiles. De nuevo resto cincuenta mil, para considerar a quienes sufren de abortos espontáneos, o aquellas cuyos niños mueren por accidente o enfermedad antes del año. Quedan sólo ciento veinte mil niños nacidos anualmente de padres pobres. La pregunta, por tanto, es, ¿cómo se puede criar y sostener a este número? lo cual, como ya he dicho, bajo las condiciones actuales es completamente imposible usando los métodos que se han propuesto. Pues no podemos emplearlos en la industria o la agricultura; no construyen casas (me refiero al campo) ni cultivan la tierra: es raro que puedan ganarse la vida robando antes de los seis años de edad; excepto cuando son de mente vivaz, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes; y en ese período, sin embargo, sólo pueden ser considerados como aprendices, como me ha informado un

principal caballero en el condado de Cavan, quien me aseguró que nunca ha sabido de más de uno o dos casos de menores de seis años, aún en una parte del reino tan renombrada por su gran habilidad en ese arte.

Me aseguran nuestros mercaderes que un niño o niña de menos de doce años de edad no es vendible, y aún cuando llegan a esa edad, no reportarán más de tres libras, o tres libras y media corona en el mejor de los casos, en el mercado; lo que no puede compensar ni a los padres ni al reino por los nutrientes y harapos que habrán importado al menos cuatro veces ese valor.

Ahora, por tanto, propondré humildemente mis propios pensamientos, que espero no recibirán la menor objeción.

Me ha asegurado un sabio americano, que he conocido en Londres, que un niño saludable y bien alimentado es, al año de edad, un alimento de lo más delicioso y nutritivo, ya sea estofado, rostizado, horneado o hervido; y no tengo duda alguna de que servirá igualmente bien en un fricassé o un ragoust.

Por tanto, humildemente propongo a la consideración pública que de los ciento veinte mil niños ya computados, veinte mil sean reservados para crianza futura, de los que sólo una cuarta parte serán del sexo masculino; una proporción mayor a la que usamos para ovejas, ganado o cerdos, y mi razonamiento es que estos niños rara vez son producto del matrimonio, que es una circunstancia no muy apreciada por nuestros salvajes, y por tanto un macho será suficiente para servir a cuatro hembras. Que los restantes cien mil puedan, al cumplir un año de edad, ser ofrecidos en venta a personas de calidad y fortuna de todo el reino, siempre recomendando a la madre que los dejen mamar abundantemente durante el último mes para que estén rozagantes y gordos para una buena mesa. Un niño rendirá para dos platillos en una reunión de amigos, y cuando la familia cene sola, la mitad anterior o posterior hará un plato razonable, y sazonada con

un poco de pimienta o sal, estará muy bien hervida en el cuarto día, sobre todo en el invierno.

He calculado, en promedio, que un niño recién nacido pesará cinco kilos y medio, y en un año solar, si se amamanta de manera tolerable, aumentará hasta casi 13 kilos. Acepto que esta comida será algo cara, y por tanto muy adecuada para terratenientes quienes, tras haber devorado en su mayor parte a los padres, parecen tener el mayor derecho a hacer lo propio los niños.

La carne de infante estará en temporada durante todo el año, pero será más abundante en Marzo, y un poco antes y después; pues nos ha dicho un serio autor, un eminente médico francés, que dado que el pescado es un alimento de lo más prolífico, nacen más niños en países Católicos Romanos unos nueve meses después de la Cuaresma, los mercados estarán más saturados de lo normal, porque el número de infantes Católicos es al menos de tres a uno en este país, y por tanto tendrá una ventaja colateral más, al disminuir la cantidad de papistas entre nosotros.

Ya he calculado que el costo de mantener al hijo de un pordiosero (en cuya categoría incluyo a todos los campesinos, jornaleros y a cuatro quintos de los granjeros) es de unos dos chelines al año, harapos incluidos; y creo que ningún caballero dudaría en pagar diez chelines por el cuerpo de un buen niño gordo que, como he dicho, rendirá para cuatro platos de excelente carne nutritiva, cuando vaya a cenar sólo con un amigo particular, o con su familia. Por tanto, el joven caballero aprenderá a ser un buen terrateniente y se hará popular entre sus renteros, la madre tendrá ocho chelines de ganancia neta, y estará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro niño. Quienes sean más ahorrativos (como, debo confesar, estos tiempos requieren) pueden desollar el cuerpo; la piel del cual, tratada artificialmente, hará unos guantes de dama admirables, y botas de verano para caballeros finos.

En cuanto a nuestra Ciudad de Dublín, pueden designarse mataderos para este propósito, en las partes más convenientes de ella, y estamos seguros de que no faltarán carniceros; aunque yo recomendaría comprar los niños vivos, y prepararlos recién sacrificados, tal y como hacemos al rostizar cerdos.

Una persona de valía, un verdadero amante de su país y cuyas virtudes tengo en alta estima, se complació recientemente, al conversar sobre este asunto, en ofrecer un refinamiento a mi esquema. Dijo que considerando que muchos caballeros de este reino han cazado a sus ciervos hasta la extinción, imaginaba que la falta de venados bien

podría suplirse con los cuerpos de muchachos y doncellas jóvenes, no mayores de catorce años de edad, ni menores de doce; habiendo un número tan grande de ambos sexos en todos los países que están listos para morir de hambre por falta de empleo y servicio: y que estos podrían adquirirse de sus padres si viven, o de otro modo de sus parientes más cercanos. Pero con toda deferencia a tan excelente amigo, y tan merecedor patriota, no puedo estar de acuerdo en sus sentimientos; pues en cuanto a los machos, mi conocido americano me aseguró por repetida experiencia que su carne es

generalmente dura y magra, como la de nuestros escolares, debido al continuo ejercicio, y que su sabor es desagradable, y engordarlos no sería suficiente para cambiarlo. En cuanto a las hembras, sería, creo, con humildad, que sería una pérdida para el público, porque pronto podrían ellas mismas ser fértiles: Y además, no es improbable que algunas personas escrupulosas pronto reprueben la práctica (aunque de manera muy injusta) como algo que bordea en la crueldad, lo que, confieso, siempre ha sido para mí la objeción más fuerte contra cualquier proyecto, sin importar qué tan bienintencionado.

Pero para justificar a mi amigo, confesó que esta idea fue inspirada por el famoso Salmanaazor, un nativo de la isla de Formosa, quien vino desde ahí a Londres hace unos veinte años, y en conversación le dijo a mi amigo que en su país, cuando cualquier persona joven era condenada a muerte, el verdugo vendía el cuerpo a personas de calidad, como un manjar delicado; y que, en su época, el cuerpo de una rolliza muchacha de quince años, que fue crucificada por intentar envenenar al Emperador, fue vendido al primer ministro de estado de su majestad imperial, y a otros grandes mandarines de la corte directamente desde el cadalso por cuatrocientas coronas. Tampoco puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias rollizas muchachas de esta ciudad, quienes sin tener un sólo grano de trigo a su nombre, no pueden salir de casa sin silla, y que aparecen en el teatro y en reuniones usando finos vestidos extranjeros que nunca pagarán, el reino no estaría peor.

Algunas personas de espíritu desalentador están preocupadas por el vasto número de personas pobres que además son viejos, enfermos o inválidos; y se ha deseado que emplee mis pensamientos en ver qué puede hacerse para aliviar a la nación de tan pesada carga. Pero no me preocupa en lo más mínimo ese asunto, porque es muy bien sabido que todos los días mueren, y se pudren, por el frío y el hambre, y la suciedad, y los bichos, tan rápidamente como puede razonablemente esperarse. Y en cuanto a los jóvenes jornaleros, ya están casi en las mismas condiciones. No pueden encontrar trabajo, y por tanto languidecen por falta de sustento, a tal grado, que si en algún momento son contratados por accidente para realizar labores manuales, no tienen la fuerza para realizarlas, y por tanto el país y ellos mismos son felizmente liberados de los males por venir.

Me he desviado demasiado, y por tanto regresaré a mi tópico. Creo que las ventajas de la proposición que he hecho son obvias y muchas, además de ser de la mayor importancia.

En primer lugar, como ya he observado, disminuiría notablemente el número de papistas, de los que estamos saturados cada año, al ser los principales reproductores en la nación, además de nuestros enemigos más peligrosos, y quienes permanecen en casa a propósito con el designio de entregar el país al Pretendiente, esperando aprovechar la ausencia de tantos buenos protestantes, que han preferido dejar el país a permanecer en él y pagar el diezmo contra su conciencia al clero episcopal.

En segundo lugar, los renteros más pobres tendrán a su nombre algo de valor, que por ley podrá ser aplicado a sus deudas para ayudar a pagar la renta al terrateniente, ya que su trigo y ganado ya han sido embargados, y el dinero les es desconocido.

En tercer lugar, dado que el sustento de cien mil niños de dos años de edad en adelante no puede ser computado en menos de diez chelines cada uno por año, los recursos de la nación se verán incrementados en cincuenta mil libras al año, además de la ganancia de un nuevo platillo, presentado a las mesas de todos los caballeros de fortuna en el reino

que tienen algún refinamiento en el gusto. Y el dinero circulará entre nosotros mismos, al ser los bienes completamente nativos en crianza y manufactura.

En cuarto lugar, quienes se reproduzcan constantemente, además de la ganancia de ocho chelines al año por la venta de sus niños, se librarán del gasto de mantenerlos después del primer año.

En quinto lugar, este alimento con seguridad generaría grandes negocios para las tabernas, donde los patrones ciertamente tendrán la prudencia de encontrar las mejores recetas para prepararlo a la perfección; y consecuentemente verán sus casas frecuentadas por todos los más finos caballeros, quienes justamente se precian de su conocimiento de la buena cocina; y un cocinero habilidoso, que entienda cómo agradar a sus huéspedes, buscará hacerlo tan caro como desee.

En sexto lugar, este sería un gran estímulo al matrimonio, el que todas las naciones sabias han promovido con recompensas o hecho obligatorio con leyes y castigos. Aumentaría el cuidado y la ternura de las mujeres hacia sus hijos, cuando estuvieran seguras de tener una colocación de por vida para los pobres bebés, proporcionada en parte por el público, que les proporcionará una ganancia anual en vez de un gasto. Pronto veremos una honesta competencia entre las mujeres casadas, cuál de ellas podrá traer el niño más gordo al mercado. Los hombres se encariñarían tanto de sus esposas, durante el embarazo, como lo están ahora de las yeguas con potrillo, de las vacas con ternero o de las cerdas cuando están a punto de dar a luz; no más las golpearían o patearían (como es frecuentemente la práctica) por miedo de un aborto.

Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la adición de algunos miles de cuerpos en nuestra exportación de carne: la propagación de la carne de cerdo, y la mejora en el arte de hacer buen tocino, que tanto se ha descuidado ante la gran merma de cerdos, demasiado comunes en nuestras mesas; que de ninguna manera se comparan en sabor o magnificencia a un gordo y bien desarrollado niño anual, que rostizado entero hará una figura considerable en el banquete de un Lord Mayor, o en cualquier otra función pública. Pero estas, y muchas otras, omito, siendo amante de la brevedad.

Suponiendo que mil familias en esta ciudad serían clientes constantes de carne de infante, además de otros que podrían adquirirla en reuniones especiales, particularmente en bodas y bautizos, calculo que Dublín consumiría anualmente unos veinte mil cuerpos; y el resto del reino (donde probablemente podrían venderse un poco más baratos) los restantes ochenta mil.

No puedo pensar en una sola objeción que pueda ser presentada contra esta proposición, a menos que sea que el número de personas se verá muy reducido en el reino. Esto lo acepto libremente, y fue de hecho una de las ideas principales al ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe que calculo mi remedio tan solo para este Reino de Irlanda, y para ninguno otro que haya existido, exista o, creo, pueda existir sobre la Tierra. Por tanto, que nadie me hable de otras soluciones: De imponer impuestos a los emigrantes de cinco chelines por libra: De no usar más telas o muebles caseros que los que son de nuestra propia manufactura: De rechazar de plano los materiales e instrumentos que promueven lujos extranjeros: De curar el derroche causado por el orgullo, vanidad, pereza y ocio de nuestras mujeres: De introducir una vena de parsimonia, prudencia y sobriedad: De aprender a amar a nuestro país, en lo que nos diferenciamos incluso de los Lapones y de los amantes de Topinamboo: De renunciar a nuestras animosidades y facciones, y no más actuar como los judíos, que se asesinaban unos a otros en el momento mismo en que su ciudad era tomada: De ser un poco cautelosos de no vender nuestro país y nuestras conciencias por nada: De enseñar a los terratenientes a temer al menos un grado de misericordia para con sus renteros. Por último, de inspirar un espíritu de honestidad, industria y habilidad en nuestros comerciantes, quienes, si se pudiera tomar ahora una resolución de comprar solamente nuestros productos nativos, de inmediato se unirían para estafarnos en el precio, la medida y la calidad, y que no podrían ser obligados a ofrecer un trato justo aunque a menudo y con sinceridad se les invite a ello.

Por tanto, repito, que nadie me hable de estas y otras similares soluciones, hasta que tenga al menos una mínima esperanza de que habrá algún intento sincero y serio de ponerlas en práctica.

Pero en cuanto a mí, cansado de tantos años de ofrecer vanos, ociosos, visionarios pensamientos, y por fin perdida completamente la esperanza de tener éxito, por fortuna caí en esta proposición, que, así como es completamente nueva, ofrece algo sólido y real, que no requiere pocas molestias y ningún gasto, totalmente dentro de nuestro poder, y con la que no corremos el riesgo de incomodar a Inglaterra. Pues este tipo de producto no se prestará a la exportación, ya que la carne es de consistencia tan tierna que no admite una larga preservación en sal, aunque quizá pueda nombrar a un país que gustosamente se comería completa a nuestra nación sin ella.

Después de todo, no estoy tan violentamente seguro de mi propia opinión como para rechazar cualquier oferta, propuesta por hombres sabios, que deberá ser en igual medida inocente, barata, fácil y efectiva. Pero antes de que algo así sea propuesto en contradicción a mi esquema y ofreciendo uno mejor, deseo que el autor o autores se sirvan con madurez considerar dos puntos. Primero, a como están las cosas, cómo podrán encontrar alimento y vestido para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, habiendo alrededor de un millón de creaturas de forma humana en este reino, cuyo completo sustento colocado en conjunto los dejaría con una deuda de dos millones de libras esterlinas, añadiendo a los que son pordioseros de profesión, a la masa de granjeros, renteros y jornaleros, con esposas e hijos, que son pordioseros de hecho; deseo que aquellos políticos a quienes desagrade mi propuesta, y que quizá tengan el atrevimiento de intentar una respuesta, que primero pregunten a los padres de estos mortales si no pensarían hoy que hubiera sido una gran felicidad ser vendidos como alimento al año de edad, del modo que describo, y así haber evitado la perpetua sucesión de desgracias que han vivido desde entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar renta sin tener dinero ni oficio, la falta de sustento básico, sin casa ni ropas que los cubran de las inclemencias del tiempo, y el inevitable prospecto de condenar a las mismas o peores miserias a sus descendientes para siempre.

Profeso, en la sinceridad de mi corazón, que no tengo el más mínimo interés personal en promover este necesario trabajo, no teniendo otro motivo que el bien público de mi país, al promover nuestro comercio, dando sustento a los infantes, aliviando a los pobres y proporcionando algún placer a los ricos. No tengo niños por los que pudiera planear ganar un sólo centavo; el menor de ellos contando con nueve años de edad, y mi esposa habiendo ya superado la edad de concebir.

Tarde de agosto, por Erskine Caldwell

Cuando Vic Glober despertó, los oídos le zumbaban por causa del calor. Recién hacia media hora que se había dormido, y se preparaba a dar media vuelta para seguir la siesta; pero al abrir por un momento los ojos, vio sobre sus pies desnudos la cabeza lanuda y negra de Huberto. Levantó los párpados y los mantuvo así todo el tiempo que le fue posible, recibiendo en los ojos la luz enceguecedora.

Huberto se hallaba parado en el patio, junto a la galería, con una piña en la mano.

Vic le lanzó una maldición.

El negro volvió a pasarle la piña por los pies desnudos haciéndole cosquillas en las plantas, y retrocedió enseguida para ponerse fuera de su alcance.

– ¿Qué significa eso de pararse ahí, hacerme cosquillas?- le gritó-¿No encontraste otra cosa que hacer? ¿Por qué no vas a la plantación a matar esas larvas de los tallos? Si te quedas ahí sin hacer nada, no me van a dejar una sola planta de algodón.

– La verdad es que no quería despertarlo, don Vic, pero hay un hombre blanco que anda en busca de algo. No quiere decir qué, pero está allí sin hacer nada, esperando algo.

Vic se incorporó, despierto ya del todo. Se sentó en la colcha y se calzó los zapatos sin mirar hacia el patio. La reverberación de la arena blanca le daba directamente en los ojos, y no alcanzaba a ver más allá de la galería. Huberto tiró la piña y se hizo a un lado.

– Debe buscar camorra –dijo Vic – Cuando vienen y no dicen nada, y se quedan sentados, mirando, es porque buscan camorra.

– Ahí está, don Vic – y señaló hacia el lado opuesto del patio con un movimiento de cabeza-Está sentado contra aquel sauce, allí.

Vic buscó con la vista a Guillermina. Se hallaba sentada en el escalón más alto, al otro extremo de la galería, exactamente frente al forastero blanco. No miró a Vic.

– Para otra vez, ten más cabeza y no me despiertes cuando estoy haciendo la siesta. No es hora para andar levantado, en pleno verano. De vez en cuando necesito dormir un poco.

– Patrón, nunca lo hubiera despertado, sea la hora que sea, si no fuera por la señorita Guillermina que se está ahí sentada, mostrando todo lo que tiene de lindo, y ese hombre blanco que hace rato que afila un palito sin decir una palabra. Tengo miedo de que pase algo cuando ya no quede nada del palito ese, y ya le queda muy poco. Por eso lo desperté, don Vic. Ya queda muy poco del palito.

Vic dirigió una rápida mirada a Guillermina y luego se quedó observando al forastero, que se hallaba sentado bajo el sauce de su patio delantero.

El trozo de madera tenía ya el espesor del papel.

– Patrón –dijo Huberto descansando el cuerpo sobre el otro pie, con intranquilidad -, no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?

– ¿De qué lado vino?

– Yo no vi que viniera de ninguna parte don Vic. Levanté la vista, y ahí estaba él, sentado contra el sauce, afilando el palito ese. Creo que debo haber estado adormecido cuando llegó, porque cuno abrí los ojos, ya estaba allí.

Vic se deslizó por la colcha hasta que sus pies colgaron fuera de la galería. Apenas se sentó, el sudor le comenzó a correr por el cuello.

– Pregúntale qué quiere.

– No vamos a tener alboroto hoy día, ¿no es cierto don Vic?

– Pregúntale qué busca por aquí, te dije.

Huberto avanzó hasta casi la mitad del camino, hacia el sauce y se detuvo.

– Dice el señor Vic ¿en qué lo puede servir?

El hombre no contestó. Ni siquiera levantó por un instante la vista del palito que estaba afilando.

Huberto volvió a la galería. A cada paso que daba, se le agrandaba el blanco de los ojos.

– ¿Qué dijo?

– Todavía no dijo nada, don Vic. Parece como si no me oyera. Mejor será que vaya y le hable usted, don Vic. No me hace caso. Me parece que lo único que hace es estarse ahí parado mirado el peldaño de arriba, a la señorita Guillermina. Puede ser que si usted le dice a ella que se entre a la casa y cierre la puerta, él se decida a prestar atención a lo que le decimos.

– No tiene sentido mandarla adentro. Yo puedo hacerlo hablar. Pásame esa romana.

– Don Vic, le estoy tratando de explicar lo de la señorita Guillermina. La señorita se ha estado sentada ahí, en ese escalón alto, mostrando sus cosas lindas, y él estuvo mucho rato mirándola a ella, don Vic. Si usted no se opone, don Vic, yo que usted, creo que le diría a la señorita Guillermina que se fuera a sentar a otra parte. La señorita hoy no tiene mucha ropa puesta encima que digamos, don Vic. Eso es lo que he tratado de explicarle. Salí al patio hace un rato, para ver qué era lo que miraba tanto, y cuando digo que la señorita Guillermina tiene poca ropa puesta, quiero decir que tiene solamente ese traje delgado, don Vic. Usted mismo puede ir a mirar, para ver si miento o no, don Vic.

– Pásame la romana, te digo.

Huberto fue hasta el extremo de la galería y le trajo la pesada romana de hierro, que se usaba para el algodón. Luego retrocedió, dejando el paso libre.

– Patrón, hoy no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?

Vic se preparaba para saltar al patio, cuando el hombre que se hallaba bajo el sauce metió la mano en el bolsillo y sacó otro cuchillo. Tenía unas diez u once pulgadas de largo, y ambos lados del mango estaban cubiertos con cuero peludo de vaca; en uno de los extremos sobresalía un botón automático. El forastero lo apretó con el pulgar y la hoja saltó de la vaina. Comenzó a jugar con los dos, lanzándolos al aire y recogiéndolos en el dorso de la mano.

Huberto se corrió al otro lado de Vic.

– Don Vic, no es que quiera meterme en sus asuntos, pero me parece que usted se echó un fardo bastante grande cuando fue y trajo aquí a la señorita Guillermina. Me parece que ella más nació para niña de ciudad que de campo.

Vic le lanzó unas maldiciones.

– Yo le digo, don Vic, que usted debería conseguirse una mujer que no se sentara en un peldaño alto frente a un forastero, por menos cuando no se ha puesto más que un traje delgado encima, y nada más. Yo salí ahí afuera y miré a la señorita Guillermina, don Vic, y la señorita está tan desnuda como un pollo desplumado, menos una parte muy pequeña que vi.

– Cállate –Vic dejó la romana sobre la colcha, al lado suyo.

El hombre del sauce cerró la hoja del cortaplumas y lo guardó en el bolsillo. En cuanto al cuchillo con mango forrado de cuero de vaca, lo lanzó al aire y lo barajó fácilmente en la palma de la mano.

– Don Vic, usted dormía todo el tiempo, y no sabe lo que yo sé. La señorita hace ya rato que está allí, en ese escalón alto, mostrando las cosas lindas, y él lo tiene parado. Lo sé, don Vic, porque yo mismo salí ahí afuera y miré.

Vic lo maldijo.

El hombre del patio lanzó el cuchillo al aire y lo recibió junto a la espalda.

– ¿Cómo te llamas?- le preguntó a Guillermina.

– Guillermina.

Tiró nuevamente el cuchillo.

– ¿Y tú?- preguntó ella con una risita.

– Floyd.

– ¿De dónde eres?

– Carolina

Lo lanzó a más altura que en ocasión alguna anterior, y lo barajó mediante un hábil movimiento.

– ¿Qué haces aquí, en Georgia?

– No sé; echar un vistazo, nada más.

Guillermina dejó oír una risita ahogada, y le sonrió.

Floyd se levantó, cruzó el patio y fue a sentarse en el último escalón. Rodeó las rodillas con los brazos y miró hacia arriba, a Guillermina.

– No eres tan fea –le dijo-He visto muchas peores

– Tú tampoco estás mal. –Se rió con la risita ahogada, al mismo tiempo que apoyaba los brazos en las rodillas y lo miraba.

– ¿Qué te parece si te diera un beso?

– ¿Y a ti?

– No estaría mal. Creo que he dado muchos peores que este.

– Bueno, no lo vas a poder dar si sigues sentado allá abajo.

Floyd subió los escalones, apoyándose en pies y manos, y se sentó en el inmediato al de ella. Se recostó contra Guillermina, y le rodeó la cintura con un brazo; el otro se lo pasó bajo las rodillas. Entonces ella se deslizó hacia su escalón. Floyd la atrajo hacia sí, al mismo tiempo que con los labios hacía un ruido de succión.

– Patrón –dijo Huberto, encogiendo los labios-, hoy no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?.

Vic lo maldijo.

Guillermina y Floyd bajaron un peldaño sin aflojar el abrazo.

– ¿Quién es ese bobo cabeza-amarilla? –dijo Vic- Hay que tener tupé; venirse aquí a tontear con Guillermina.

– Usted no va a hacer nada que pueda armar alboroto, ¿no es cierto don Vic? Yo no quiero meterme en ninguna dificultad hoy día, don Vic.

Vic echó una rápida mirada al cuchillo de once pulgadas; estaba clavado en el peldaño donde el forastero apoyaba los pies. Se mantenía derecho sobre la punta, con sus veintidós pulgadas de alto, y la luz del sol se reflejaba en su brillante hoja, mancando en la pierna del pantalón de Floyd, una raya de luz.

– Anda y sácale el cuchillo, y tráemelo. No le tengas miedo.

– Don Vic, seguramente que me duele desilusionarlo pero si quiere el cuchillo de ese hombre blanco, va a tener que ir usted mismo. No tengo intención de que me corten de arriba abajo con ese aparato. Seguro que esta vez no puedo servirlo, don Vic. Si quiere el cuchillo de ese hombre blanco, tendrá que ir usted por sí mismo, don Vic.

Vic lo maldijo.

Huberto retrocedió hasta el extremo de la galería. A cada rato miraba hacia atrás, para tener bien presente el lugar en que estaba el tronco del plátano; se hallaba entre él y el bosquecillo de pinos más allá del algodonal.

Vic lo llamó, ordenándole que volviera. El negro lo hizo lentamente, apareciendo en la esquina de la galería; se paró a pocos pasos de la colcha en que se hallaba sentado su patrón. Le temblaban los labios, y se le había dilatado el blanco de los ojos. Le ordenó que se acercara, pero él no quiso avanzar ni una pulgada más.

– ¿Qué edad tienes? – preguntó Floyd a Guillermina.

– Quince

Sacó el cuchillo de donde estaba y lo clavó más profundamente en el mismo lugar.

– ¿Y tú cuantos tienes?

– Alrededor de veintisiete.

– ¿Eres casado?

– Actualmente, no –le respondió él- Y tú, ¿cuánto hace?

– Unos tres meses.

– ¿Te gusta?

– Hasta ahora si.

– ¿Otro beso?

– Recién te di uno.

– Me gustaría darte otro.

– En realidad, yo no debería dejarte que me beses otra vez.

– ¿Por qué?

– A los hombres no les gustan las muchachas que besan demasiado.

– No soy de esos

– ¿De qué tipo eres?

– Me gustaría darte muchos besos.

– Si, pero si te dejara hacer eso, después te irías enseguida.

– No. Me quedo para otra cosa, además.

– ¿Para qué?

– Para que me des lo que falta.

– A lo mejor me haces daño.

– No te va a doler.

– ¿Y si duele?

– Vamos adentro a tomar un trago, y te voy a demostrar.

– Tendremos que ir a la vertiente a buscar agua fresca.

– ¿Dónde está?

– Cruzando el campo, en aquel monte.

– Bueno –dijo Floyd incorporándose-. Vamos.

Se agachó y arrancó el cuchillo. Guillermina bajó corriendo los escalones y cruzó el patio. Cuando él se dio cuenta de que no tenía intenciones de esperarlo, corrió detrás, sosteniendo los cuchillos en el bolsillo con una mano. Ella iba adelante, guiándolo a través de la plantación de algodón, hacia la vertiente del bosquecillo. Poco antes de llegar, la tomó del brazo; corrieron uno al lado del otro el resto del camino.

– Patrón –dijo Huberto, con voz temblorosa -, hoy no vamos a tener alboroto, ¿no es cierto?

Vic lo maldijo.

– No quiero que me maten en un montón de dificultades, y que a lo mejor me abran en dos con ese cuchillo grande y peludo. Si usted no se opone, creo que voy a irme a casa ahora, a cortar un poco de leña para la cocina.

– Ven acá. Quédate donde estás, y déjate de hacer maniobras para escaparte.

– ¿Qué estamos por hacer, don Vic?

Vic se dejó caer de la galería y cruzó el patio. Se detuvo bajo el sauce, y miró el suelo en el lugar en que Floyd había permanecido sentado; luego dirigió la vista hacia los escalones de la galería. El calor meridional se filtraba entre las escasas hojas del árbol; el aire caliente que respiraba le quemaba la boca y la garganta.

– ¿Tienes una escopeta?

– No, señor patrón.

– ¿Por qué no? Justo cuando necesito una, tú no la tienes. ¿Por qué no guardas una para tenerla siempre a mano?

– No sé para qué, don Vic. Solía tener una para matar conejos y ardillas, pero un día me puse a pensar, y la vendí en la primera ocasión que se me presentó. Creo que hice muy bien en venderla. Si la tuviera, me la estaría pidiendo a cada rato, como ahora.

Vic volvió a la galería, recogió la romana y martilló el suelo con ella. Después que hubo dado unos cuatro o cinco golpes, la dejó caer y partió en dirección a la vertiente. Caminó hasta donde terminaba la sombra, en el patio, allí se detuvo. Permaneció un momento escuchando.

Se oía a Guillermina y a Floyd, que estaban en el monte. Floyd le decía algo a Guillermina, y ella se reía ruidosamente. Se produjo un silencio que duró varios minutos y luego rieron otra vez. Vic no podía distinguir si ella reía o lloraba. Ya iba a dar media vuelta para volver a la galería, cuando oyó un fuerte grito. Fue como un alarido, pero no exactamente; como un chillido, pero tampoco precisamente eso; más bien como una persona que riera y llorara a la vez, en un tono agudo y excitado.

– ¿De dónde vino la señorita Guillermina, don Vic? ¿De dónde la trajo?

– De allá abajo, cerca de aquí.

Huberto escuchó los ruidos que llegaban del pinar.

– Patrón –dijo, después de un momento-, me parece que no fue a buscarla lo suficientemente lejos.

– Si, fui lo suficiente. Si hubiera ido más allá, me habría encontrado en Florida.

El negro encogió los hombros varias veces, mientras alisaba la arena con sus zapatos de anchas suelas.

– Don Vic, yo en su lugar, la próxima vez iría hasta allá, y tal vez más lejos todavía.

– ¿Qué quieres decir con “la próxima vez”?

– Y, estaba pensando que la vez no la dejará más tiempo aquí, don Vic.

Vic lo maldijo.

Huberto levantó varias veces la cabeza y trató de mirar sobre la plantación hacia el pinar.

– Cállate y no te metas en lo que no te importa. La voy a tener hasta que se me dé la gana. ¿Dónde crees que voy a encontrar una muchacha más linda que Guillermina?

– Patrón, no pensaba en si es linda o fea, sino en lo que hace. Vino ese blanco y se sentó aquí y no pasó un momento y ya ella lo tenía con el pájaro parado.

– Se porta así porque es muy chica todavía para saber que no debe tontear. Con el tiempo va a comprender mejor las cosas.

Huberto cruzó el patio detrás de Vic. Este se dirigió a la galería, y el negro se detuvo junto al sauce y se apoyó contra él; desde allí, casi alcanzaba a mirar sobre el algodonal hacia el monte de pinos. Vic subió y se tendió sobre la colcha. Se sacó los zapatos y los tiró a un lado.

– Por Dios que yo lo sabía; algo iba a pasar después que acabara de afilar ese palo –se repetía Huberto-. Los blancos demoran bastante en afilar un pedacito de madera, pero cuando terminan no queda nada, se levantan y hacen algo antes de que pase mucho tiempo.

Vic se incorporó.

– Oye Huberto…

– Si, señor patrón.

– Ten el ojo alerta sobre esa romana; que no se mueva de donde está, y cuando vengan de vuelta por la huella, me despiertas enseguida.

– Si, señor patrón. ¿Está por hacer una siestita?

– Si. Y si no me despiertas cuando vuelvan, te voy a retorcer el pescuezo.

Se acostó nuevamente sobre la colcha y se dio vuelta sobre un costado, para no recibir la resolana en la cara.

Huberto se rascó la cabeza y se sentó, apoyándose contra el árbol, cara a la huella que venía de la vertiente. El ronquido del patrón sobrepasaba los ruidos que, a intervalos, llegaban del bosquecillo situado más allá del algodonal. Permaneció sentado mirando la huella, somnoliento, canturreando por lo bajo. Faltaba mucho para la puesta del sol.

Aquí Alejandra, por Julio Cortázar

Bicho aquí,
aquí contra esto,
pegada a las palabras

te reclamo.

Ya es la noche, vení,
no hay nadie en casa

salvo que ya están todas
como vos, como ves.
Intercesoras,

Llueve en la rue de l’Eperon
y Janis Joplin.

Alejandra, mi bicho,
vení a estas líneas, a este papel de arroz,
dale abad a la zorra,
a este fieltro que juega con tu pelo

(Amabas, esas cosas nimias,
aboli bibelot d’inanité sonore

las gomas y los sobres

una papelería de juguete

el estuche de lápices

los cuadernos rayados)

Vení, quedate,
tomá este brazo, llueve
te mojarás en la rue Dauphine,
no hay nadie en los cafés repletos,
no te miento, no hay nadie.

Ya sé, es difícil,
es tan difícil encontrarse

este vaso es difícil,

este fósforo,

y no te gusta verme en lo que es mío,
en mi ropa en mis libros
y no te gusta esta predilección
por Gary Mülligan,

quisieras insultarme sin que duela
decir cómo estás vivo, cómo
se puede estar cuando no hay nada
más que la niebla de los cigarrillos,

cómo vivís, de qué manera
abrís los ojos cada día

No puede ser, decís, no puede ser.

Bicho, de acuerdo,

vaya si sé, pero es así, Alejandra,

acurrucate aquí, bebé conmigo,
mirá, las he llamado,
vendrán seguro las intercesoras,
el party-para vos, la fiesta entera,

Erzebet,

Karen Blixen

ya van cayendo, suban
que es nuestra noche, con el pelo mojado
suben los cuatro pisos, y las viejas
de los departamentos las espían

Leonora Carrington, miraba,

Unica Zorm con un murciélago

Clarice Lispector, agua viva,

Burbujas deslizándose desnudas
frotándose a la luz, Remedios Varo
con un reloj de arena donde se agita un láser
y la chica uruguaya que fue buena con vos
sin que jamás supieras
su verdadero nombre,

qué reyunta, qué húmedo ajedrez,
qué maison close de telarañas, de Thelonious,
qué larga hermosa puede ser la noche
con vos y Joni Mitchell
con vos y Hélène Martin

con las intercesoras

animula
vagula
blandula

el tabaco.
Anaio Nin
vodka tónic

No te vayas, ausente, no te vayas,
jugaremos, verás, están llegando
con Ezra Pound y marihuana
con sobres de sopa y un pescado
que sobrenadará olvidado, eso es seguro,
en una palangana con esponjas
entre supositorios y jamás contestados telegramas.

Olga es un árbol de humo, cómo fuma
esa morocha herida de palabras,

y Natalía Ginzburg, que desteje

el ramo de gladiolos que no trajo.

¿Ves, bicho? Así. Tan bien y ya. El scotch,
Max Roach, Silvina Ocampo,
alguien en la cocina hace café

su culebra contando

dos terrones un beso

Léo Ferré

No pienses más en las ventanas

el detrás

el afuera

Llueve en Rangoon

Y qué.

Aquí los juegos. El murmullo

(Consonantes de pájaro

vocales de heliotropo)

Aquí, bichito. Quieta. No hay ventanas ni afuera
y no llueve en Rangoon. Aquí los juegos.

Frases de Cortázar (Selecciones especiales)

Secuencias. No sé decirlo mejor, es como una noción de que bruscamente se arman secuencias terribles e idiotas en la vida de un hombre, sin que se sepa qué ley fuera de las leyes clasificadas decide que a cierta llamada telefónica va a seguir inmediatamente la llegada de nuestra hermana que vive en Auvernia, o se va a ir la leche al fuego o vamos a ver desde el balcón a un chico debajo de un auto.

De “El perseguidor” en Las armas secretas

 –

Cuan culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar.

De “Carta a una señorita en París” en Bestiario

 –

“Y el pobre con las manos vacías” pensó absurdamente. Le encontraba algo de indefenso, solo con sus ojos para parar aquel fuego frío cayéndole de todas partes.

De “Omnibus” en Bestiario

Frases de Cortázar (referencias comunes)

En literatura no hay temas buenos ni temas malos, hay tan sólo temas bien o mal tratados.

¿Hasta cuándo vamos a seguir creyendo que la felicidad no es más que uno de los juegos de la ilusión?

No me creas demasiado optimista; conozco a mi país, y a muchos otros que lo rodean. Pero hay signos, hay signos.

Ven a dormir conmigo: no haremos el amor, él nos hará.

Cuando mis cronopios hicieron algunas de las suyas en Corrientes y Esmeralda, una eminente intelectual exclamó: ¡qué lástima, pensar que era un escritor tan serio!

Para qué volver sobre el hecho sabido de que cuanto más se parece un libro a una pipa de opio más satisfecho queda el chino que lo fuma, dispuesto a lo sumo a discutir la calidad del opio pero no sus efectos letárgicos.

Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo.

Si la personalidad humana no adquiere toda su fuerza, toda su potencia, entre las cuales lo lúdico y lo erótico son pulsiones fundamentales, ninguna revolución va a cumplir su camino.

El ajedrez es un juego que me apasionó de joven, pero un buen día me empezó a tomar demasiado tiempo y entonces lo eliminé.

Un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil.

Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte.

Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo.

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma.

En realidad las cosas verdaderamente difíciles son todo lo que la gente cree poder hacer a cada momento.

Creo que no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte como la mano izquierda enamorada de ese guante que vive en la derecha.

 

Fragmentos de la poesía de Juan Gelman

Poema con el hijo

Cielo, aire con nombre,
hijo a quien digo hijo sin saber,
sin comprender, y no,
cómo pudo ocurrimos la pureza.

La hija

Ella es alegre corno la luz que gira para verla,
conversa mucho con el aire,
sube como el verano.
Danza en la soledad para hacerla recuerdo.
Prueba que el mundo canta,
construye mi inocencia.

Los niños

Bajo sus delantales la ternura hace ruido,
y todavía creen en el aire, en la flor,
en el cielo, en los rincones.

Golpear el agua

Es inútil que toquen la inocencia,
la miren con un palo
le sacudan la cara con el duro furor.
Inútilmente cae la mano sobre el niño.

La victoria
(texto completo)

En un libro de versos salpicado
por el amor, por la tristeza, por el mundo,
mis hijos dibujaron señoras amarillas,
elefantes que avanzan sobre paraguas rojos,
pájaros detenidos al borde de una página
invadieron la muerte,
el gran camello azul descansa sobre la palabra ceniza,
una mejilla se desliza por la soledad de mis huesos,
el candor vence al desorden de la noche.

Ausencia de amor

Cómo será pregunto.
Cómo será tocarte a mi costado.
Ando de loco por el aire
que ando que no ando.

Oración

Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.

Presencia del otoño

Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome sus puertas en el alma.

Fábricas del amor

II
Entiérrame la sombra, lávame con ceniza,
cávame del dolor, límpiame el aire:
yo quiero amarte libre.
Tú destruyes el mundo para que esto suceda,
tú comienzas el mundo para que esto suceda

V
Como un niño te canto bajo la noche oscura.
Cofre de los secretos, juegos hondos,
temblores del otoño como pañuelos rápidos,
te canto allí para que seas.

En la carpeta

Tomé mi amor que asombraba a los astros
y le dije: señor amor,
usted crece de tarde, noche y día,
de costado, hacia abajo, entre las cejas,
sus ruidos no me dejan dormir perdí todo apetito
y ella ni nos saluda, es inútil, inútil.

Condecoraciones

Condecoraron al señor general,
condecoraron al señor almirante,
al brigadier, a mi vecino
el sargento de policía,
y alguna vez condecorarán al poeta

Nacimiento de la poesía

la poesía pasará como un animal desconocido por la ciudad
llena de bruma
y sonarán los tiros de la palabra, Gelman.

Poema
(texto completo)

Como el amor, como el amor insistes,
nada puede alejarte,
ni la piedra más dura que tiro contra mí.
Vienes, golpeas, pie ligero,
como el amor asciendes,
dicha pura,
oleaje de la oscura desconocida maravilla.
Bajo un día de verano clausura de la sombra
entre un ruido de rostros probables moriré,
solo de ti, solo de ti, pasión del mundo,
poema.

31 de marzo

Ha terminado el mes
y el hijo sin venir
y mi hermano sin volver.

Final

Cómo ha sido posible
que te fueras por un agujerito
y nadie haya ponido el dedo
para que te quedaras.

Los perturbadores

Por Sergio Gaut Vel Hartman

Entre 1922 y 1928, a Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges se les ocurrió derrocar a Alvear y tomar el poder. No pensaron en formas directas o frontales, como amotinar a la tropa o envenenar la voluntad del populacho, sino más bien en procedimientos sutiles y elusivos, indirectos, como reemplazar por sal el azúcar de los bares, hacer livianas las cosas grandes y pesadísimas las pequeñas, burlar la expectativa de la gente mediante series de siete domingos y novecientos lunes y cosas por el estilo. Tuvieron éxito, por cierto, pero cuando eso sucedió la realidad estaba tan desquiciada que no servía para nada. Como eran geniales, la tiraron a la basura y construyeron esta.